La calentura · Capítulo real 4 de 5
ESCENA VI
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ESCENA VI
DON RODRIGO y FLORINDA
jUna mujer!
(Fijándose en la lumbre.) Aun arde; á tiempo llego. (Siéntase Florinda al lado del fuego, gozando de su calor con insensata avidez.)
¿Qué traéis? ¿Qué buscáis?
Sed, frió, fuego.
¿Mas quién sois?
Nadie ya; soy una sombra. ¡Sombra! ¿Quién me la trae?
La mar, el viento.
¿Y de donde?
Del Africa.
¡Es la mia!
¡Ah! ¿Qué quiere de mí?
Vida, alimento. ¡Agua!... Tengo el temblor d#la agonía. ¡ Agua!
¡Ay de mí! Yo creo que deliro. ¡Agua!... la calentura me sustenta, y en el momento en que me deje espiro. ¡Agua!
Ahí la tienes. (Señalando una vasija.) (Después de beber.) Gracias. Dios en cuenta te lo tenga, buen hombre; ¡qué cansada estoy!... á esos peñascos he trepado por este fuego y esa luz guiada.
Temí que me la hubieras apagado.
¡Que agradable calor! (Cómo consuela!
Allá en la oscuridad, ¡qué frió hacia sobre la mar! Pues ¿y en el monte? Hiela. ¡Sobre la mar!
Sin duda; yo venia todas las noches á esta playa.
¡Todas! .
Todas. Todas las noches de seis años,
siempre viendo pasar las naves godas
ante mí, y yo ¡qué afan! presa entre extraños.
Porque yo estaba en Africa cautiva,
allá en un torreón... sobre una roca
que daba al mar... mas ya no estaba viva.
¿No estábais viva ya?
Yo lo sabia bien, porque sentía que la razón se me iba por momentos;
mas el dolor con la razón huía, v gozaba en mis locos pensamientos.
Un dia mi señor trajo á un anciano á la torre, y mostrándome, le dijo:
«He'la ahí». El viejo me tomó la mano, é hizo de mí un examen muy prolijo. Aquel viejo era un sabio. ¡Pobre esclava! (decía), mis pronósticos son ciertos; esta es la fiebre que la vida acaba.
¿Nadie la curará? le preguntaba mi señ<|$. .. Yo afanosa le escuchaba.
Y el viejo contestó: Tal vez los muertos. Si el rey que la infamó resucitase; si á su edad virginal volver pudiera, á su patria, á su amor, cual si tornase de un ensueño, tal vez en sí volviera.
Tan sólo esta impresión desesperada
la podria curar. Mas id con tiento; pues sólo por la fiebre alimentada, cuando la deje, morirá. — Y ya siento
que se va poco a poco.
¡Desdichada!
El eco de su voz ¡ay! me estremece, mas me atrae como imán; no sé qué encanto siniestro tiene para mí; es el canto traidor de una sirena que adormece.
Vivifica esta llama; bien has hecho en no apagarla. Mira, me devora la fiebre... me consume hora por hora la vida... Mas percibo que mi pecho se fortalece á su calor un poco; muy poco, porque tiene mi existencia un plazo fijo, y á su extremo toco.
Hoy moriré tal vez; es mi sentencia, i Hoy!
Hoy, que es dia aciago. Tú no puedes comprenderlo, es verdad; pero yo quiero que lo comprendas. Oye: en las paredes de mi prisión había un agujero que daba sobre el mar. Desde él veia siempre atada una barca en la ribera que encima de las hondas se mecia, é imán eterno de mis ojos era.
En ella sobre el mar iba y venia todas las noches yo; me aproximaba á estas playas; en ellas percibía un ser de quien soy sombra; le llamaba; venia... mas mi barca se volvía á Africa, y yo volvía á ser esclava.
¿Veníais á esta playa en las tinieblas?
¿Te he dicho eso? ¡Ja! ¡Ja!... No; lo soñaba.
¡Lo soñabais! ¿Mas hoy...?
Hoy en las tinieblas nocturnas descendí de la montaña.
¿Mas cómo?
Como sombra; por el viento. Rompió la tempestad, y en un momento mi hermano el huracán me trajo á España. ¿Vais á España?
¿Pues qué, no estoy en ella?
Aun no.
Flou.
Ron.
¿Conque es decir que ya no puedo esta noche llegar?
¿Dónde la huella
queríais dirigir?
Voy á Toledo.
I A Toledo! ¿Y á qué?
Allí he nacido.
Yo también.
Allí fui rica y querida.
Yo también.
En su alcázar he vivido.
Yo también.
Allí amé, mas fui vendida.
También yo.
Una corona allí he perdido.
Yo también.
Y allí, en fin, perdí mi vida. (Dadme fuerzas, Señor; luz en su mente derramad, y abreviad este suplicio.) ¿Conque moristeis?
Di, ¿vive realmente
el que pierde el honor, la fe y el juicio?
No vive, no.
Pues bien, yo estoy ya muerta; mas soy mi sombra, y á merced del viento sobre la tierra voy vagando incierta, porque un secreto revelarle intento.
¿A quién?
Al rey.
¿A. cuál?
Al de los godos.
¿Y qué vais á decirle?
Es una historia que él solo entenderá; no es para todos. Nadie la sabe aun; en mi memoria vive no más; y mira, he canecido sólo por conservarla en ella escrita; por ella mi nación me ha maldecido, y por ella mi raza está maldita.
<‘OD.
Y la mia también.
cuanto fui
Odio, detesto
Yo también.
Hasta el cariño
de los que ser me dieron, y el honesto pudor de virgen y el candor de niño. Oyela pues, entera la recuerdo, mas no me la interrumpas; esta fiebre me abandona, y tal vez si tiempo pierdo, al par mi historia con mi ser se quiebre. Habla.
Yo era una flor que cultivaba un rey en el jardín de su palacio; con solícito afan él me cuidaba, y yo con mi perfume embalsamaba de su real corazón todo el espacio.
Era aquel rey galan, rey de las flores, y una elegir debía para esposa; yo era entre ellas la flor de sus amores... ¡mas Dios me hizo brotar de los traidores tallos de una letal flor venenosa!
Aquella flor de quien nací capullo, en vez de contemplarme con orgullo hija suya por ser y la elegida, del aura de la envidia oyó el arrullo, y envidió mi favor y odió mi vida.
Iba de noche el rey enamorado al jardín, mientras yo casta plegaba mis hojas sobre el cáliz delicado, y él en silencio, y á mis piés echado, con el aroma de mi amor soñaba.
Si en la sombra hacia mí tendió la mano, tropezó de mi honor con las espinas; porque yo frágil flor, y él rey liviano, recelé y me previne... y no fue en vano. Una noche... espesísimas cortinas de tinieblas velaban tierra y cielo; tendióme el rey la mano; el aura errante
inclinó á mi rival hacia adelante; no halló espinas el rey, y con anhelo de la traidora flor gozó ignorante. ¡Ah!
Y al siguiente día audaz, risueño, i
confiado, mis hojas purpurinas |,
vino á besar con amoroso empeño; yo ajena á la traición hecha en mi sueño, cerróme, y di á sus labios mis espinas.
Indignó al rey galan mi fantasía, y viendo que de noche flor liviana á su liviano amor correspondía, : .
desairándole hipócrita de dia, me deshojó á la fuerza una mañana.
¡Ah! Comprendo, infeliz, tu horrenda historia ¡Imposible!
Recobra tu memoria; de tí las nieblas del delirio aparta; respóndeme... Una noche á tu aposento fue el rey tras el perfume de una carta.
No era mia.
En la sombra el suave aliento 0 ) sintió de una mujer. L
El mió no era. Su mano halló otra mano.
No era mia.
¿Cuál era, pues, la flor que el rey cogía?
La que el aura inclinó porque él la asiera. ig ¿Cuál la que deshojó con mano fiera? L
La que en su cáliz virginal dormía.
¡Ah! De una vez tus pensamientos fija; tú la inocente flor, ¿quién fué la rea? M ig De SU tallo nací. (Con misterio.)
¡ Maldita sea!
¡Es mi madre! (Con espanto.)
De tigres eres hija.
Y tú que la maldices, tú, ¿quién eres?
¿Quién he de ser sino quien fué contigo de su generación plaga y castigo?
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Mírame.
¿Eres tú?
Mira te digo.
¿Tú... el rey infamador de las mujeres?
¡Tú Florinda infeliz!
¡Tú don Rodrigo! (p ansa.) Mi alma se va... la vida me abandona.
Sí; de nuevo la luz brilla en mi mente; recuerdo... reconozco... me perdona sin duda Dios.
(Acercándosela.) Florinda.
(Rechazándole.) ¡Atrás! Detente.
Yo no soy la mujer que hundid tu trono; yo soy mi sombra, que pasó á tu lado, al volver á su tumba, solamente para decirte: «¡Adiós, rey desdichado!
Yo de tu crimen, víctima inocente,
blanco sere' de universal encono
y execración de la futura gente;
mas el juicio de Dios tengo en mi abono.»
¡Florinda!
Aparta... tentador... el alma se separa del cuerpo... dulcemente la tierra huye de mí... yo la abandono sin pesar... siento en mí la dulce calma, la paz, la sombra del sepulcro...
¡Ah!
¡Tente!
¡Hasta la eternidad! ¡Yo te perdono! (Cae.)
(Asoma Theudia.)
No hay perdón para mí; yo le rechazo. ¡Tierra de maldición, libre muy presto vas á verte de mí!