La casa de los espantos · Unidad 2 de 6

Unidad 2 · ESCENA PRIMERA

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

ESCENA PRIMERA

Dorotea y Miguel Uceda

( Enciéndcnse las luces del escenario. Al foro , una puerta vidriera, antigua , que da acceso al jardín. A la izquier¬ da, una puerta que se supone comunica con el vestíbulo. A la derecha, otra puerta más pequeña que conduce al in¬ terior de la casa. Chimenea de leña encendida en el mismo testero de esta puerta y hacia el rincón. En el ángu¬ lo de la izquierda, un banco antiguo, no muy grande, con tibor japonés, y sobre el banco, colgado de la pared, el retrato de un caballero quintañón, de faz avellanada y rizada gorgnera. En el testero de la derecha, gran pano¬ plia con armas antiguas y puñales. Por las paredes correrán anaquelerías lle¬ nas de rancios libros. En el centro de la estancia, una mesa y sillones de cue¬ ro. Una gran lámpara, cubierta de polvo, penderá del techo, envigado. La habitación aparecerá desierta al co¬ menzar el acto. En el ventanal muere el día. Habrá un instante de silencio .)

Dorotea {Desde dentro y con voz estentórea y asustada.) — Señor, señor, socorro ! {Pausa, y a gritos más agu-

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dos y exaltados .) ¡Ay! ¡Socorro! ¡ Se¬ ñor !

Uceda ( Entra violentamente desde el jardín, abriendo con estrépito la vi¬ driera, y corre, intimidado, hacia la puerta de la derecha. Bu ella tropieza a Borotea, que viene huyendo, lívida reflejando en su rostro un gran terror. Al verla, la coge por la cintura y la lleva hasta u n a butaca . sentándola . Luego ríe.) — ¿Otro espanto? Pero ¿no ves que es ridículo, mi vieja y pobre Dorotea, mi ama asustadiza y supers¬ ticiosa? ¿Quién fue ahora? ¿El gato negro de .mirar fosforescente? ¿La comadreja burlona que husmea en tus ollas y que te roba el tocino? ¿El duendecillo de todas las noches, ese picarón, ese ladronzuelo sutil?

Dorotea (Agitada y mirando hacia la puerta.) — No. señorito Miguel. No se ría, por Dios. ; Vámonos fuera ! ; Por qué vivimos en esta casa que nadie quiere habitar y que está conlenada? (Temblando de nuevo.) Yo no duermo aquí otra noche, señorito Miguel. Me va a matar el miedo.

Uceda (Acariciándola.) — ¡ Boba !

Dorotea. — ¿Boba? ;Es sólo a mí a quien le ocurren cosas tan raras? Cua¬ tro días hace que vinimos, por un capricho de usted, a este pueblo, y a este caserón. Y nos tienen a usted, a don Rosendo y a mí por locos. So¬ mos los que viven en la casa de los espantos. Somos los herejes, o los diablos -en persona. Ya ve usted. Na¬ die quiso venir a servirnos. Ni una mala criada he podido encontrar. Ni jardinero.

Uceda ( Compasivo .) — Sí, ya veo, pobrecilla, que tú, que eres como una

madre, que fuiste mi ama, y que me quieres como a un hijo, sufres y tra¬ bajas más de lo que puedes. Ya está la viejecica para pocos disgustos. Prouto volveremos a Madrid. Pron¬ to. Quizás mañana mismo. En cuan¬ to hayamus convencido a esta cater¬ va de palurdos y de bobos de que aquí, en esta casa mía de los espan¬ tos, que heredé de mis padres y de mis abuelos, no hay más diablos que los gatos ladrones que se entran por las gateras, ni más ruidos misteriosos que el chirriar de las polillas, ni más sombras que las sombras tristes de estos muebles viejos. Cuando se con¬ venzan, venderé la casa por lo que me quieran dar, y volveremos a Ma¬ drid. (Sonriéndose.) Y allí, Dorotea, a tu vida regalona. (Pausa y versátil.) Pero aún no me has contado. ¡ Ea ! ;Fué el gato negro, la comadreja, el duendecillo?

Dorotea. — Fué... Pero ¡si usted se va a reír ! ¡ Si usted no quiere creer¬ me ! (Pausa.) Don Rosendo es otra cosa. Me hace caso. Me oye.

„ Uceda. — Sí. También don Rosendo va a perder la chaveta coi: esta3 ma¬ jaderías de los ruidos y de las voces misteriosas. ¿Dónde anda el insigne historiador, bibliotecario y portentoso erudito ?

Dorotea.— Arriba está. Con sus libracos. Por cierto que a don Rosendo tampoco le faltan gana* de marchar¬ se... Sólo él y yo, que le* queremos a usted tanto, seríamos capaces de su¬ frir este suplicio. ¡ Cuatro noches ! • Cinco con la de hoy, María Santí¬ sima ! ¡ Cinco noches sin dormir ni un minuto, atisbando desde la cama, en

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acecho. ( Volviendo al terror .) Ano¬ che, señorito Miguel, sentí que me ti¬ raban de...

Uceda ( Soltando una carcajada .)— ■ ¿De la manta? Es ironista el duendecillo. ¡ Granuja ! ¡ Entretenerse en desvelar a mi Dorotea y en hacerle pi¬ llar un catarro ! Si es a mí, lo trinco de las barbas— porque tendrá barbas — y lo zambullo en el jarro. Ya ves cómo no se atreven conmigo los endriagos. ¡ Querría que se me apareciese al¬ guno r

Dorotea (Santiguándose.)^—: Jesús!

UcEda. — Le diría: ¡Hola, señor en¬ driago ! Qué chiquito es usted. ¿ Cómo le dejan andar solo por el mundo? ¿No le tiene usted miedo a ese ca¬ serón? Y ahora, en confianza, ¿tan holgados están ustedes de tiempo que lo pueden disipar dándole sustos a mi pobre Dorotea ?

Dorotea. — -No los nombre, por Dios. Pueden volver.

Uceda. — «¡ Qué vuelvan ! (Paseándo¬ se, retador por la estancia y chillan¬ do.) Si es lo que deseo. ¡ Ea, demo¬ nios, brujas, espectros, aquí estoy! No creo en vosotros. Me río de vosotros. Soy un cínico materialista. Vamos. ¿ A qué esperáis ?

Dorotea.— ¡ Por Dios, señorito Mi¬ guel !

Uceda.— Si es para convencerte del absurdo en que vives. SÍ es que me das pena, y deseo salvarte. Vamos, dime qué te pasó.

Dorotea (Horrorizada oirá vézP — Yo estaba ahí, en la cocina, prepa rando la cena. De pronto sentí mie¬ do. un miedo terrible, sin razón. Se me erizó la piel. Quise llamar, y no

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pude; quise correr, y no pude tam- <> poco. Por fin hice un esfuerzo, y co¬ rrí hacia aquí, pasillo adelante.

Uceda. — ¿Y qué? Ya lo dices tú. i Miedo absurdo, nervios dislocados. ¿Y qué?

Dorotea (Mirando con estupor ha - <► da la puerta.)— Cuando venía corrien¬ do, me agarró alguien de las faldas. * Uceda. — ¿ Se habrá enamorado de ti <> algún diablillo? \

Dorotea. — Me agarraron de las fal- * das, y me contenían, y no me deja- ,, ban andar. Eué aquí mismo, cerca de la puerta. ' J

Uceda. — Algún... Nada. Probable- 0 mente un clave vulgar e inoportuno que te dió el gran susto. Vamos a sa- t lir de dudas. (Va hacia la puerta y o mira.) Ahí voy yo, diablejo. Veremos si te atreves a estropearme la. ropa. ° Si eres capaz, te mando la cuenta del <> sastre, y tienes que pedir limosna. (Pausa.) Voy a ver, voy a ver. (Des- ? aparece un instante y regresa preocu - f podo.) En efecto, no hay nada. ¿Dón¬ de ha podido tu miedo engancharte la ? falda? ¿Sabes que esta aventura de <, la casita embrujada me está resultan¬ do a mí también muy poco gracio¬ sa? (Reaccionando.) Pero yo tengo 4t mis nervios de buen temple. Ahora verás. (Cierra los puños y se pone có- * nucamente desafiador.) ¿

Dorotea. — ¿Qué va usted a hacer? Uceda. — Una batida de espectros. ° Descomunal batalla con los andría- | gos. (Va hacia el tibor.) ¡ Ya sé que estás ahí, escondido en ese tibor ja- ♦ ponés. Me temes, ¿no? Me temes, co- j mo le temes a don Pascual, el sacer- j dote. Mira como no sales cuando don ♦

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Pascual llega. A él, porque te haría la señal de la cruz y porque sus ma¬ nos están ungidas. Y a mí, porque soy frío como la ciencia, porque me aco¬ raza un escepticismo, contra el cual fracasas. ¡Ha, sa', si te atreves! ¿Que no sales? Entonces te sacaré yo del escondrijo. ( Destapa el tibor y mira dentro. ¿HuísTe? Entonces ( Yendo ha¬ cia la anaquelería de la derecha.) te has refugiado entre esos mamotretos. Siempre os gustaron el polvo, la ro¬ ña. lo vetusto. ¿ Por qué no os apa¬ recéis nunca en mitad de las vidas rientes, en los festines y en los bai¬ les? Tenéis bastante mal gusto, seño¬ ras brujas. Sabed que existen lindos teatros, palacios confortables. ¡ Siem¬ pre sucias V engarabitadas, cabalgan¬ do sobre los duros palos de escoba ! ¿ Estáis ahí ? ( Entra don Rosendo por la derecha , llevando en la mano un gran libro.)