La catástrofe · Unidad 7 de 47
Primera Parte · VII
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
VII
Los zootauros invadían poco a poco la Tierra entera. No quedaba en la totalidad del globo terrestre un solo rincón que no hubiese sufrido las consecuencias de un ataque. A París afluían sin cesar las noticias de las devastaciones realizadas en diversos lugares.
El Japón, que en un principio no había sido molestado por los monstruos, fué pronto objeto de un ataque violentísimo que redujo a polvo, sobre todo en la isla Nipón, la mayor parte de las ciudades y aldeas, como si en todo el país se hubiese hecho sentir un fuerte terremoto. El Mikado y toda la familia imperial habían perecido entre los escombros de su palacio de Tokio, y junto a ellos perecieron millares de "samorai" que habían jurado defender al emperador hasta derramar la última gota de sangre. En el curso de los días siguientes, que fueron declarados de duelo nacional, más de diez mil japoneses se habían suicidado, recurriendo al "hara-quiri", como protesta contra la prueba cruel que los dioses imponían al pueblo.
Las noticias de China eran vagas, y procedían tan sólo de los grandes centros. Los destrozos habían sido allí mayores todavía que en el Japón. La población, enloquecida por un terror místico, huía a la desbandada, se aglomeraba en ciertos puntos y provocaba, con sus vaivenes, epidemias que costaban al país, ya muy debilitado por las guerras civiles, verdaderas hecatombes. En la provincia de Si-jun-cham se había formado una secta religiosa de admiradores de los zootauros, que habían proclamado a éstos de origen divino, y los creían venidos a la Tierra para implantar en ella el Reino de los Cielos. El número de adeptos de esta secta aumentaba de día en día en toda China, y numerosos mandarines, sabios y nobles se hacían sacerdotes y predicadores de ella. Las estatuas de Buda, Confucio y otras divinidades eran en todas partes derribadas y rotas. Muchedumbres fanatizadas por el entusiasmo religioso esperaban con ansia la noche que había de traer la llegada de los zootauros. Al divisar el haz de luz deslumbradora que el zootauro proyectaba, las gentes, presa de un frenesí sin límites, se echaban al suelo, reclinaban la cabeza como esperando el hachazo del verdugo y esperaban la felicidad suprema de ser arrebatados por el monstruo y llevados a las alturas.
No tardó esta secta en extenderse hacia la India. Se esparció el rumor de que un fakir llamado Rabaputra, que habia permanecido inmóvil durante setecientos setenta y siete días, habia profetizado, desde hacia tiempo, la venida de los nuevos dioses. Y la noche misma en que apareció el zootauro, Rabaputra se despegó del suelo, y, siguiendo la columna de luz que del zootauro descendía, se elevó a su encuentro.
Este hecho había sido visto por millares de personas, y centenares de miles empezaron a adorar los nuevos dioses. En ayunos rigurosos y rezos constantes, sometiéndose voluntariamente a suplicios sangrientos, esperaban hasta las altas horas de la noche, como un bien supremo, que el dios alado les recogiera con sus garras curvadas como alfanjes. Este favor no les fué dispensado largo tiempo. Los habitantes de la India, débiles y agotados por las epidemias crónicas de hambre que azotaban al país, dejaron pronto de ejercer la menor atracción sobre los zootauros. La mayor parte de los hindou, arrebatados durante los primeros ataques, cayeron abandonados por los monstruos. Al poco tiempo, los ataques cesaron por completo.
Fatales habían sido, asimismo, las consecuencias de la invasión de los zootauros en Turquía. Desde el primer momento quedaron desiertos los talleres y las tiendas. Por millares abandonaban el trabajo obreros y empleados. La vida se paralizó, y el hambre hacia estragos entre la población. Las gentes morían bajo el cielo abierto, en los patios, a la puerta de las mezquitas. La invasión de perros hambrientos aumentaba todavía el horror de la vida en las ciudades. En Constantinopla los perros fueron pronto los dueños de la ciudad. Nadie tenía voluntad ni fuerzas para luchar contra ellos, y su agresividad era cada vez mayor. Invadían las calles y los patios; penetraban en las casas y atacaban a la gente. Al principio devoraban tan sólo los cadáveres; pero pron to se atrevieron con los enfermos, que, sin fuerzas, yacían en el suelo, a las puertas de las mezquitas. Estos cadáveres vivientes eran lentamente devorados por los perros, que, una vez ahitos, se apartaban hacia un rincón cualquiera donde tenderse y hacer la digestión. De noche el lúgubre rumor de sus ladridos era oído a gran distancia de la ciudad.
En Méjico, desesperada la población ante la invasión de los monstruos alados, se entregaba a una serie continua de revoluciones, como si en ellas esperara encontrar algún alivio. Con la esperanza de que una autoridad enérgica podría devolverles la libertad, los mejicanos colocaban al frente del Gobierno al primer general que encontraban a mano; en la mayoría de los casos era este general un ex artista de circo, un contrabandista o un buscador de oro, conocido por sus aventuras. Conformándose a una vieja tradición, el nuevo dictador tomaba, ante todo, la iniciativa de fusilar al precedente y a sus partidarios, con lo cual la situación, en lugar de mejorar, empeoraba, dando lugar a un nuevo golpe de Estado y al nombramiento de un nuevo dictador, que, a su vez, fusilaba al precedente y a sus acólitos. Mientras tanto, los zootauros continuaban sembrando la muerte, la desolación y el terror entre los hombres como entre las bestias.
En California, en el Brasil, en Chile, Perú, Uruguay y Paraguay, la invasión de los zootauros desencadenó asimismo las fuerzas de desorden. Bandas de aventureros, bien organizadas y bien armadas, entraban a saco en las ciudades, se apoderaban de las minas de oro, raptaban las mujeres y el ganado y perpetraban en masa los más horrendos crimenes. La anarquía más completa y salvaje reinaba en todos estos países.
También se habían recibido noticias del Africa Central, aunque vagas en extremo. Un misionero que consiguió escaparse del Congo explicó que los indígenas atribuían la invasión de los zootauros a los conjuros religiosos de los blancos, a consecuencia de lo cual eran éstos perseguidos y exterminados sin piedad. De la costa de Occidente a la de Oriente, el territorio estaba encendido por la guerra santa contra europeos y americanos. Las plantaciones eran arrasadas; los propietarios, asesinados, y la mayor parte de los misioneros habian caido en poder de los antropófagos. Para escapar de los zootauros, los habitantes se reunían de noche en lo alto de las montañas y colinas, y promovian un infernal ruido, valiéndose de toda suerte de instrumentos y profiriendo gritos ensordecedores, profundamente convencidos de que con ello habrían de asustar a los monstruos.
En algunos lugares los indígenas trataban de conquistar la clemencia de los nuevos dioses sacrificándoles sus hijos y las doncellas más agraciadas, aquellas que con su belleza habían de poder vencer la furia de las divinidades más iracundas. El jefe de la tribu de los Samúes sacrificó con este objeto la mitad de sus seiscientas sesenta y seis mujeres, célebres por su belleza en todo el territorio que desde la desembocadura del gran río se extiende hasta la costa Marfil. El sacrificio fué consumado durante siete no ches sin Luna por el gran sacerdote Pao-Tao, que, con sus propias manos, degolló a las víctimas una a una ante un altar levantado en honor de los nuevos dioses. Pero esta horrible hecatombe fué consumada en vano: en el curso de la octava noche la tribu de los Samúes fué invadida por los zootauros, que a su paso sembraron la desolación y la ruina, arrastrando además consigo a millares de hombres, mujeres y niños. En vista de lo cual, el sabio Pao-Tao exigió nuevos sacrificios.