Las ciudades malditas · Unidad 18 de 67

Unidad 18 · 90 ANTONIO DE HOYOS Y VINENT

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

90 ANTONIO DE HOYOS Y VINENT

violín invisible, o el que no podía encontrar sus ojos, que al mirarse en ellos, se habían caído en las aguas de un canal. Alto, muy alto, flaco, muy flaco, tenía e! rostro larg^o, amarillo y demacrado, un rostro joven y sin embargo muy viejo, encuadrado por larguísima guedeja, lacia, sin brillo, pelo de muerto que coronaba un alto sombrero de copa plano de ala, mate, despintado y abollado. Vestía una casaca roja muy corta y un pantalón negro brillante y raído, tan largo, que parecía un acordeón. Llevaba un viejo violín en la mano.

^Comenzóa tocar,y entonces vino ¡o extraordinario o lo pueril, lo cómico o lo turbador, lo que hacia reir al público y a mí me helaba hasta la medula de los huesos. A cada nota del violín y como e! payaso con supuesta intención de vejarle, alargaba el atril, aquel hombre crecía.

Lorenzo me miró como pidiéndome una palabra de interés, pero como callase yo, prosiguió:

—Volví al Circo muchas noches, aluciñado, obsesionado, preso en aquella tosca evocación,

y siempre, siempre, pese a mi burla, a mi desdén, salía malo de allí.

Ahora mismo hablaba exaltado, nervioso, perdido el dominio de sí mismo. Al fin, tras breve pausa, continuó su historia:

— Una noche de invierno, meses después, ambulaba yo por no sé qué callejones extraviados a caza de lo imprevisto. No había nadie; ni serenos, ni guardias, ni transeúntes, nadie más que yo, que andaba, andaba, oyendo resonar n:is pasos en la glaciedad sonora de la noche. Y de improviso vi a un hombre que caminaba delante de mí a tres pasos de distancia.

»Tú sabes el prestigio que adquiere cualquier figura humana en esas solitarias horab del amanecer; tú conoces bien, puesto que eres noctámbulo empedernido, la inquietud que nace en nuestro espíritu, cómo se agrandan y deforman las cosas más triviales, a la vista de un ser humano que pasea como nosotros su enigma. El anónimo paseante que había surgido imprevistamente no sabia de dónde, me preocupó.

>^Es indudable que la noche es propicia a tales cosas. ¿No has hecho ¡a observación de que los animales que no muestran inquietud de día — los perros, por ejemplo — se sobresaltan de noche? Los que van en ella tienen algo misterioso, sus pensamientos y sus deseos están más a flor de piel; si no fuese paradójico, te diría que en las tinieblas de ía noche se ven los malos deseos como si fuesen la esfera incandescente de un reloj misterioso.

5> Bueno, pues después de fijarme un momento noté con supremo horror ¡que aquel hombre... crecía! ¡Era él, ei personaje de Hoffman, que se refugiara en una barraca de feria, el personaje siniestro que embrujaba mi vida! Lucía ía misma levita roja muy corta, ei fieltro alto y abollado que dejaba escapar las melenas de muerto, y bajo uno de sus brazos llevaba el violín, el violín que gemía con Chopín, con Bethoven y Litz. Intenté escapar y lo vi siempre delante de mí, me extravié rápido por una callejuela y allí le vi surgir; eché a correr, y al recobrar mi paso caminaba él a tres pasos delante de mí.

»Mi mano temblorosa crispóse en el bolsillo del gabán sobre un fino puñal toledano que lie*

vaba en él. Aún traté de alejarle, aún intenté escabullirme; siempre ante mí, siempre fatal e inexorable. Entonces ya no pude más, y herí.

» Así es como llegué a ser asesino de un hombre que solo vivía en los cuentos de Hoffman.»