Las ciudades malditas · Unidad 41 de 67
Unidad 41 · LAS CIUDADES MALDITAS 167
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rodillas; el padre, en pie, miraba a su hijo. Con un esfuerzo reanudó éste:
— Tengo que pediros una gracia...
Y a un gesto de ambos contúvoles con una mirada.
— Me muero, es seguro; pero juradme que si vivo me dejaréis casarme con «ella».
El padre bajó la cabeza; la madre clavó en su marido los ojos con desesperada súplica e imploróle:
— ¡Vé por ella!
Murmuró:
—Voy.
Y salió. Leopoldo, vencido por el esfuerzOt Jiabíase dejado caer sobre las almohadas, y cerrando los ojos parecía muerto.
Desde las altas bóvedas descendían como en %in vuelo de serafines las notas graves y majestuosas del órgano. Guirnaldas de albas flores, surgiendo de los macizos de palmeras, enroscá-
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banse a las columnas; rico tapiz de terciopelotrazaba un camino de púrpura desde la puerta de entrada hasta las gradas de piedra del presbiterio, y en el altar, entre parterres de rosas y zodíacos de luces, surgían la imagen de María Inmaculada, recamada de oro y cargada de brillantes.
Y en aquella pompa litúrgica, en la magnificencia de fulguraciones, flores y bordados, era aún más pobre el cortejo, compuesto por apenas una docena de personas.
Arrodillados ante el altar, Cruz, envuelta en los tules del traje de desposada, inclinábase vagamente teatral; a su lado Leopoldo, vencido de emoción. Luego los padres de él en funciones de padrinos y, en fin, por testigos unos oscuros parientes, reclutados dificultosamente para las circunstancias. Nadie más: ni los poderosos familiares, ni los compañeros de «su clase», ni los políticos amigos del padre, ni las grandes damas compañeras de la madre en saraos y beneficios. Una sensación glacial de abandono, de desdén» de vacíOo
Después de la gravedad que le pusiera a orillas del río fatal, y ya presente Cruz, tal vez por
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ello, tal vez, y es lo más probable, porque estaba escrito, Leopoldo comenzó a mejorar hasta ponerse bien del todo. Entonces su padre le habló. No se opondrían a la boda; cumplirían la promesa empeñada en momentos solemnes y se resignarían; pero... pensáralo bien. Ellos se retirarían a vivir en el campo y allí les esperarían siempre que quisieran; ya habían gozado y sufrido bastante; eran viejos, y la paz era un descanso. Ahora bien: él debía meditar con calma; si estaba seguro de que aquel amor era su vida, de que la llenaría por completo, hacía bien; si no... En posición social o política no había ni que pensar...
Por un momento más que las palabras de su progenitor, el tono grave en que eran pronunciadas le impresionó; pero se rehizo. Confesar su vacilación hubiera sido confesar la falsedad de los motivos de su resurrección. Empezó a hablar. Sería feliz con Cruz; no quería aquel mundo donde no se era sino una cifra o una fuerza. Quería una vida libre y fuerte, una vida de arte y amor; luego sus hijos...
Según hablaba embriagábase con sus palabras mismas y «creía>. Desde entonces, sin darse
cuenta, algunas veces, una vacilación, una sospecha, decíale que iba a dudar; entonces hablaba ^para convencerse a sí mismo».
Y ahora, súbitamente, arrodillado ante el altar donde iba a santificar y a hacer eterno el lazo, tuvo la sensación de helada soledad y, lo que era peor, la de la teatralidad de Cruz. Entonces dudó. La idea de que tal vez no le quería bastante para aquel renunciamiento le atenazó de horror.
En aquel momento el sacerdote interrogaba: — ¿Quiere usted por esposa... — Si quiero.
Mientras Cruz se ponía el traje de viaje y el automóvil esperaba abajo, Leopoldo, en su despacho, sentía que le faltaba el punto de apoyo, que la duda era cada vez mayor y, en fin, que no podía ser feliz. Sus ojos acariciaron un revólver que asomaba entre papeles en el cajón