La conquista de Méjico : poema histórico · Capítulo real 2 de 2

EPÍLOGO

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 37 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.

EPÍLOGO

13 — Y oí una voz del Cielo, que me decía: Esc ribe: Bienaventurados los muertos, que mueren en el Señor. Desde hoy mas, dice el Espíritu, que descansen de sus trabajos; porque las obras de ellos los siguen.

Caf- XIV.— El apocal ipti* del apóttol Sa7i Juan.

¿Sic t ransit gloria mundi! Ha dicho el sabio. \ As i pasan las glorias de este mundo! \Solo en la historia quedan sus recuerdos.... y un puñado de poivo en una huesa/!/

Entonces, pues, ¿por qué tantos afanes los grandes genios en el mundo tienen? ¿Esos seis pies de tierra ha de faltarles, que el Orbe entero acuerda, hasta los restos (le tiranos, idiotas y mendigos'^

¡Nó! No es en ellos la ambición de honores^ riquezas, glorias, triunfos ni placeres, lo que agita á su ser y anhela su alma: es la inmortalidad.... es un destello, en su mundano ser inoculado.... del genio de los genios, quien los guía en sus magnas empresas en el Orbe, do vienen á cumplir misión sublime, cual auras, impregnadas de perfumes, al salir de los bosques y pensiles, la vida y el placer van esparciendo por estensas ciudades, populosas.

Confucio, Galileo y Alejandro, Colón, Cortés, Pizarro y Vasco Nuñez, el Dante, Safo, Píndaro y Homero, Isabel, Rafael, Murillo y Washington, Napoleón y San Martín, Bolívar, Edison, Gutemberg, Moisés y César, Copérnico, Demóstenes y Franklin, Lope de Vega, Sócrates, Licurgo, y la Ristori, en el teatro asombro,

y otra del genio pléyada escojida,

son las chispas de Dios sobre la tierra,

que hasta la altura sideral se encumbran,

y atalayas, que guían á los pueblos

pirámides y honor de sus naciones!

¡Pero ay! ¡Sarcasmo horrible de la vida! ¡De esos divinos genios, colosales, solo en la histoña, quedan sus recuerdos.... y un puñado de polvo.... en una huesa!!!

Mas Dios, en esto, como en todo, es Justo.... Morir es descansar; romper el yugo, que á nuestra alma aprisiona en este suelo, y á la mansión subir de eternas dichas.

¡Oh! Y cuan pocos de los grandes hombres el digno premio por sus magnos hechos en el mundo reciben/ ¡Como amarga su vida, de continuos sacrificios, la venenosa envidia de los viles, cuanto más por los méritos su nombre, como el sol al salir, se encumbra y brilla! Mas esto, no á los fuertes acobarda, si vienen á cumplir misión sublime/

Marciales bardos, de estro magestuoso , — de las fértiles márgenes de El Plata, Uruguay, Blo-bio, Magdalena, El San Juan, Marañón y Pilcomayo, Rio Norte, Amazonas y Orinoco, y los valles y cumbres délos Andes, —

fii-;.-»"->' ' -; .vv

— 336 —

vuestras liras templad, y en sacros himnos,

con la radiosa frente coronada,

del mundo por los ámbitos resuenen

vuestros sublimes cantos, sonorosos,

el Gran Descubrimiento y las Conquistas

de los famosos héroes castellanos:

y así como de Homero, aún es la Ilíada,

— después de treinta siglos transcun-idos, —

de maestría y heroísmo ejemplo,

así en futuros siglos, vuestros cantos,

de otra magna epopeya, más grandinsa,

asombro sean, que también los lauros

(iel gran cantor iielénico os disciernan,

vuestra estirpe y nación engrandeciendo!

Si esos heroicos hechos -Á vuestra alma arrobada extasían y os conmueven; si arde en vuestra frente el fuego sacro y de épica inspiración sentis radiante, de la lira pulsad las cuerdas de oro: dulces notas perfumen sus sonidos, que arpegios de los ángeles parezcan; vibrantes ecos por do quíer resuenen, y el ruiseñor y la calandria, absortos, envidien vuestros cantos y los plagien, y los pueblos repitan de memoria.... y preciosas beldades os coronen: el Dios de la armonía y de los dioses, que el eco escucha de los Orbes todos, su grandeza ensalzando Omnipotente, benigno os dé justicia y patriotismo para loar á Colón, divino genio, para cantar de España las conquistas, de la América, libre, las grandezas, de sus bellas mujeres los hechizos, y su gran porvenir, maravilloso!!!

Yo, — el primero tal oes, — intentar quise, — ya de mi vida en los postreros años, — tales hechos cantar; mas no bastando arrojo y osadía, en tal empresa, para la historia referir en verso, despeñado caeré.... mas no vencido por el desdén, silencio y el sarcasmo, con que trozar mi pluma pretendióse!

¡Bello Méjico! E^dén de amor bendito de arrogantes mujeres voluptuosas; grata mansión de flores tropicales y de ricos productos celebrados;

á tí mis postrimeros, pobres versos^ al concluir de Anáhuac la conquista, ledo consagro, al arrojar mi pluma!

¡Adiós mi lira, adiós, que sin alientos por decepciones, luchas é injusticias no ya mi mano sostenerte puede! * ,

¡Adiós.... tú la que fuiste mi consuelo, mi distracción y goce, y el refugio de mis postreros años de existencia, en los contrastes que sufrí impasible!

¡Adiós por siempre ya! Los ojos alzo hacia esa eternidad desconocida, implorando piedad del Ser Supremo, á quien Orbes y Cielos de rodillas, estáticos admiran v veneran:

al morir se revive, en Dios creyendo

a unque sean nuestra alma v Dios mentiras y muerto, quien le niega, en vida se halla!!!

¡Ya mi oscura misión sobre la tierra, con ánimo sereno, al fin cumplida, débil gusano, como todos dejo; y de mi lira al último sonido, al más eximio ciudadano canto, que la tierra de Anáhuac á orgullo tiene de sus hijos contar, como el primero!

¡Heroico mejicano, ilustre Juárez, hijo puro de Anáhuac, — que á tu patria de extranjera covunda libertaste. de tres grandes imperios, complotados para robarle sus rique-:^as todas, y su forma política imponerle, cuando toda su patria se rendía, cuando toda tu patria la aceptaba;— heroico mejicano, ilustre Juáre;;, —que el patriotismo retemplar supiste de tu ya casi dominada patria, c nal nuevo Dios, que se alza armipotente, para vengarla y libertarla, ungido; — esta de admiración, que te tributa el humilde poeta Demaría, —argentino del Río de la Plata, — ofrenda baladí, benigno acepta, allá en la augusta eternidad divina ... allá do moras, de fulgor ornado, que de tí el Nuevo mundo se gloría!

Buenos Aires, Junio :50 de 1891.

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NOTAS

1 — «Aquel hombre infatigable, que en cuarenta años de imperio había estado nueve veces en Alemania, seis en España, cuatro en Francia, siete en Italia, diez en los Países Bajos, dos en Inglaterra, otros dos en África, que había atravesado once veces los mares, que nuevo Atlante, sostenía sobre sus hombros el peso de dos mundos, sintiéndose debilitado de cuerpo y de espíritu, y no pudiendo ya inspeccionar personalmente sus inmensos dominios, determina retirarse á acabar tranquilamente sus días en el silencio y la soledad de un claustro; en esa misma España, principio y fundamento de su colosal poder: transfiere á su hijo Felipe la corona de España, con todos sus territorios del antiguo y del nuevo mundo, y la de Alemania á su hermano Fernando, el agitador de África y Europa, aquel á cuya presencia temblaban los reyes y se extremecían los reinos, se abisma espon-, táneamente, y pasa desde el solio más elevado de la tierra á sepultarse en la humilde celda del solitario monasterio de Yuste.» Lafuente. «Historia

Pero lo que no ha advertido manifestar dor es que van á hacer cerca de cuatro realizaron tales viajes; y que entonces era peligroso y largo un viaje desde España

que lo que es hoy hacerlo desde un polo á otro.

de España>. este historiasiglos que se

más difícil, á Alemania,

2— Preguntaban los expedicionarios á los indios: cómo llamaba esa tierra, y respondieron: Fectatán, es decir, no entiendo; y por tal causa llamáranle Yucatán. Supone Bernal Díaz, que derivase tal nombre del vejetal yuca y tale, ó del collado en que se plantaba.

ii— Aunque dice Solis, tomado de los autores, que consultara, que esta expedición salió el ocho de Abril, me atengo á la fecha de primero de Mayo, dada por Prescoit, quien expone: «En cuanto á la fecha, me he estado á la que da el itinerario del capellán de Grijalva, aunque generalmente se dice que fué el ocho de Abril.»

La noticia más circunstanciada de la expedición de Grilalva es la que se encuentra en el citado itinerario, cuyo original se perdió, pero antes fué traducido al italiano y publicado en Venecia en 1522, cuyo libro es hoy rarísimo

Una copia que perteneció á Fernando Colón, aún permanece en la catedral de Sevilla, y la recogió el historiógrafo Muñoz, de la cual sacó Prescott la que dice conserva.

4 — En la carta que dirigió Hernán Cortés á su emperador en 30 de Octubre de 1520, pide que se le dé el nombre de Nueva España al país conocido hoy por Méjico, suponiéndose de tal denominación.

5— «Antonio de Herrera y los que le siguen ó los que escribieron después, afirman que este cacique presentó á Grijalva unas armas de oro fino, con todas las piezas de que se compone un cumplido arnés, que le armó con

ellas diestramente, y que le vinieron tan bien, como si se hubieran hecho á su medida: circunstancias notables para omitidas por los autores más antiguos. Pudo tomarlo de Francisco López de Gomara, á quien suele refutar en otras noticias; pero Bernal Díaz del Castillo, que se halló presente, y Gonzalo Fernández de Oviedo, que escribió por aquel tiempo en la isla de Santo Domingo, no hacen mención de estas armas, refiriendo menudamen - te todas las alhajas que se trajeron de Tabasco. Quede á discreción del lector la fe que se debe á estos autores, y séanos permitido el referido, sin hacer desvío á la razón de dudario.» Solís.

tj —Según reputados historiadores de aquella época, supo Motezuma en seguida la llegada de Córdoba á sus costas; y por si volvía, tenía allí á esos tres enviados, con regalos y presentes; pues á pesar de su omnímodo poder y valentía, parece que desde ese momento presintió atemorizado su caída, como la general tradición de que ese imperio la anunciaba.

7 — Aunque dice Solis, que Grijalva despachó á Alvarado, después que estuvieron en la isla de San Juan de Ulúa, sigo la opinión de otros autores, —que dan la salida de Alvarado para Cuba desde el río de Banderas, con la gran noticia del descubrimiento del imperio mejicano y los presentes de Motezuma,- por la obvia razón de que si Alvarado hubiese regresado á Cuba poco antes que Grijalva, mal podría haberse preparado y salido de la flota de Cortés el 18 de Noviembre de 1518 para la conquista de Méjico, cuando únicamente tres días antes había llegado Grijalva.

El oro que condujo Alvarado se calculó en quince mil fuertes oro.

S — Tuvo Velazquez la buena suerte de deslumbrar al emperador y obtener una capitulación, fechada el ? de Noviembre de 15 18, por la cual se le nombraba capitán ■ y adelantado de la tierra descubierta y las que en adelante á su costa descubriese, recibiendo, además, otros privilegios y mercedes.

9 Hernando ó Hernán Cortés nació en Medellin, provincia de Extremadura, en 1848; fueron sus padres don Martín Cortés de Monroy, capitán de caballería y doña Catalina Pizarro de Altamirano; y la mayor parte de sus biógrafos dicen que fué de noble estirpe, haciendo notar Solis, autor de la Historia de la Conquista de Méjico, «que tales apellidos no solo dicen, sino que oscurecen lo ¡lustre de su sangre».

Pero también Las Casas expone, hablando del padre de Hernán Cortés: «un escudero, que yo conocí, harto pobre y humilde, aunque cristiano viejo; y dicen que es hidalgo.»

Argensola, que hizo minuciosos trabajos para aven"

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guar el origen de la prosapia de Cortés, liácele descender de Naznés Cortés, rey de Lombardia y Toscana.

Pizarro y Orellana, en sus Varones ilustres del Nuevo mundo, refiere: tque Cortés vino al mundo precisamente en el mismo día que partió de él la infernal bestia, el falso herético Lutero, sin duda para compensar los esfuerzos que éste hacía por derribar la verdadera religión, con los que hacía por propagarla y afianzarla. «Pero á esto agrega acertadamente Prescott: «Fijar la fecha del nacimiento de nuestro héroe, eomo lo hace este buen cristiano, en 1483, es servir más á la fe que á la historia.»

Las Casas y Bernal Diaz de Castillo aseguran, que Cortés era bachiller en leyes de la Universidad de Salamanca; pero generalmente se supone que dicha Universidad le confirió este título posteriormente y cuando á orgullo tuvo contarle en el número de sus esclarecidos hijos.

El mismo Bernal Diaz, autor de la Historia de Nueva España en donde hallóse en cierto diezinueve encuentros y batallas, ha dejado de Cortés el siguiente retrato: «Fué de buena estatura y cuerpo y bien proporcionado y membrudo, y la color de la cara tiraba algo á cenicienta, é no muy alegre, y si tuviera el rostro más largo, mejor le pareciera; los ojos en el mirar amorosos, y por otra graves; las barbas tenía algo prietas y el cabello que en aquel tiempo se usaba, era de la misma manera que las barbas, y el pecho alto y la espalda de buena manera, y era cenceño y de poca barriga y algo extenuado, y las piernas de muslos tien sacados y era buen jinete y diestro de todas las armas, ansi á pié como á caballo, y sabía muy bien menearlas, y sobre todo corazón y ánimo, que es lo que hace al caso. Oí decir, que cuando mancebo en la isla Española fué algo travieso sobre mujeres, é que se acuchillaba algunas veces con hombres esforzados y diestros y siempre salió con victoria y tenía una señal de cuchillada cerca de un bezo debajo, que si miraban bien en ello se le parecía, mas cubriánselo las barbas, la cual señal le dieron cuando andaba en aquellas cuestiones. En todo lo que demostraba, ansi en su presencia y meneo, como en pláticas y conversación y en comer y en vestir, en todo daba señales de gran señor.»

Y Revilla concluye así su Apéndice á la Conquista de Méjico de Solis: cEn la presencia, ademanes, mesa, traje, conversación y demás actos, así públicos como privados, manifestaba constantemente la grandeza y señorío de su alma, prendas que le hicieron dueño absoluto de cuantos sirvieron á sus órdenes, y que reconocían y con fesaban públicamente hasta sus más encarnizados enemigos. Ni esas grandes cualidades se oponían á las rudas tareas del soldado. (Cortés era el primero en los combates, el primero que asía del azadón para abrir un foso, el el primero en sufrir las privaciones y fatigas de la guerra; el primero también en acudir á sus soldados, cuidar de sus personas, y aun curar sus heridas por sus propias manos. Solo a^í pudo sojuzgar en repetidas ocasiones la indómita fiereza de aquel puñado de gente, con que se atrevió á emprender y realizar uno de los acontecimientos más gloriosos que embellecen las páginas de la historia antigua y moderna.*

10— Dice Solis: «que era una doncella noble y recatada; pero Las (]asas, con menos miramiento, expone: «que era hermana de don Juan Juárez, gente pobre.»

11 — Algunos historiadores suponen que Cortés pudo escapar de la carabela, ayudado por otros, ó por lo menos, que hicieron la vista gorda, como vulgarmente se dice, porque era muy querido de todos.

12 — «Estando conversando Cortés conmigo, me dijo,

que estaba tan contento con ella, como si fuera hija de una gran duquesa.» Gomara.

i;i — Instrucciones dadas á Cortés por Velazquez,

GOBERNADOR DE CuBA, AL TOMAR AQ.U£L EL MANDO DE LA ESPEDICION.

(Este instrumento es de la colección de Muñoz).

Por cuanto yo, Diego de Velazquez, Alcalde Capitán general é repartidor de los caciques é indios de esta isla fernandina por sus Altezas, etc, envié los días pasados, en nombre y servicio de sus Altezas á ver é bojar la isla de Yucatán, Santa María de los Remedios, que nueva mente había descubierto, é á demás cobrir los de que Dios Nuestro Señor fuese servido, en nombre de sus Altezas tomar la posesión de todo, una armada con la gente necesaria, en que fué é nombró por capitán della á Juan de Grijalva, vecino de la villa de la Trinidad de esta isla, el cual me envió una carabela de las que llevaba, pi»rque le facía mucha agua, é en ella cierta gente, que los indios en la dicha Santa María de los Remedios le habían herido é otros adolecido.

Y con la razón de todo lo que le había ocurrido hasta otras islas é tierra que de nuevo descubrió; que la una es una isla que se dice Cozumel, é le puso por nombre Santa Cruz; y la otra es una tierra grande, que parte della se llama Ulúa, que puso por nombre Santa María délas Nieves, desde donde me envió dicha carabela é gente, é me escribió como iba siguiendo su demanda, principalmente á saber si aquella tierra era isla tierra firme, é ha muchos días que de razón había de haber sabido nueva del, de que se presume, pues tal nueva del fasta hoy no se sabe, que debe tener ó estar en alguna ó extrema necesidad de socorro; é así mesmo, porque una carabela, que yo envié al dicho Juan de Grijalva, desde el puerto de esia ciudad de Santiago, para que con él é la armada que lleva se juntase en el puerto de San Cristóbal de la Habana, porque muy mas proveído de todo é como al servicio de sus Altezas convenía fuesen, cuando llegó donde pensó fallarse, el dicho Juan de Grijalva se había fecho á la vela é hera ido con toda la dicha armada, puesto que dejó aviso del viaje que la dicha carabela había de llevar; é como la dicha carabela en que iban ochenta ó noventa hombres, no falló la dicha armada, tomó el dicho aviso y se fué en seguimiento del dicho Juan de Grijalva; é según parece é se ha sabido por información de las personas teridas é dolientes, que el dicho Juan de Grijalva me envió, no se ha juntado con él, ni della había habido ninguna nueva, ni los dichos dolientes ni feridos á la vuelta, puesto que vinieron mucha parte de! viaje costa á costa de la isla de Santa .María de los Remedios por donde había ido; de que se presume que con tiempo forzozo podría caer hacia tierra firme, ó llegar á alguna parte donde los dichos ochenta ó noventa hombres españoles corran detrimento por el navio, ó por ser pocos, ó por andar perdidos en busca del dicho Juan de Grijalva, puesto que iban muy bien pertrechados de todo lo necesario: además de esto, porque después que con el dicho Juan de Grijalva envié la dicha armada, hsido informado de muy cierto por un indio de los de la dicha isla de Yucatán Santa María de los Remedios, como en poder de ciertos caciques principales della están sei> cristianos cautivos, y los tienen por esclavos, é se sirven dellos en sus haciendas, que los tomaron muchos dias ha de una carabela, que con tiempo por allí diz que aportó perdida, que se cree que alguno de ellos debe ser Nicuesa, capitán, que el católico Rey D. Fernando, de gloriosa memoria, mandó ir á tierra firme, é redimirlos sería grandísimo servicio de Dios Nuestro Señor é de sus Altezas: por todo lo cual pareciéndome que al servicio de Dios Nuestro Señor é de sus Altezas convenía enviar así en seguimiento é socorro de la dicha arma da quel dicho Juan de Grijalva llevó y^busca de la carabela que tras é!

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en su seguimiento fué, como é redimir si posible fuese, los dichos cristianos, que en poder de ios dichos indios están cautivos; acordé, habiendo muchas veces pensado, é pesado, é platicándolo con personas cuerdas, de enviar, como envié, otra armada tal, é también bastecida é aparejada, ansi de navios é mantenimientos, como de gente é todo lo demás para semejante negocio necesario; que si por acaso á la gente de la otra primera armada, ó de la dicha carabela que fué en su seguimiento hallase en alguna parte cerca de infieles, sea bastante para los socorrer ó descercar; é si ansí no los hallare, por sí sola puede seguramente andar é calar en busca de todas aquellas islas tierras, é saber el secreto dellas, y hacer todo lo demás que el servicio de Dios Nuestro Señor cumpla é al de sus Altezas convenga: é para ello he acordado de la encomendar á vos, Fernando Cortés, é os enviar por capitán della, por la experiencia que de vos tengo del tiempo que ha que en esta isla en mi compañía habéis servido á sus Altezas, confiado que sois persona cuerda, y que con toda prudencia é celo de su real servicio daréis buena razón é cuenta de todo lo que pjr mí en nombre de sus Altezas os fuere mandado acerca de la dicha navegación, y la seguiréis ó encaminareis como mas al servicio de Dios Nuestro Señor é de sus Altezas convenga, y porque mejor guiada la negociación de todo vaga, lo que habéis de facer y mirar, é con mucha vijilancia y diligencia inquirir é saber es lo siguiente:

I Hágase el servicio de Dios en todo, y quien faltare castiga con rigor.

II Castigareis en particular la fornicación.

III Prohibiréis dados y naipes, ocasión de discordias y otros excesos.

IV Y á salida de la armada del puerto de esta ciudad de Santiago, en los otros dotareis desta este cuidado no se haga agravio á españoles ni indios.

V Tomando los bastimentos necesarios en dichos puertos, partiréis á vuestro destino, haciendo antes alarde de gente ó armas.

VI No consentiréis vaya ningún indio ni india.

VII Salido al mar y metidas las barcas, en la de vuestro navio visitareis los otros, y reconoceréis otra vez la gente con las copias (las listas) de cada uno. VIII Apercibiréis á los Capitanes y Maestres de los otros navios que jamás se aparten de vuestra conserva, y haréis cuanto convenga para llegar todos juntos á la isla de Cazumel, Santa Cruz, donde será vuestra derecha derrota.

IX Si por algún caso llegaren antes que vos, les mandareis que nadie sea osado á tratar mal á los indios, ni les diga la causa porque vais, ni les demande ó interrogue por los cristianos captivos en la isla Santa María de los Remedios: digan solo que vos hablareis en llegando. X Llegado á la dicha isla de Santa Cruz, veréis y sondeareis los puertos, entradas y aguadas, así della, como de Santa María de los Remedios y la punta de Santa María de las Nieves, para dar cumplida relación de todo.

XI Diréis á los indios de Cozumel, Santa Cruz, y demás partes, que vais por mando del Rey á visitarles: hablareis de su poder y conquistas, individuando las hechas en estas islas y tierra firme, de sus mercedes á cuantos le sirven; que ellos se vengan á su obediencia y den muestra dello regalándole, como los otros han hecho, con oro perlas, etc., para que eche de ver su buena voluntad y les favorezca y defienda: que yo les aseguro de todo en su nombre, que me pesó mucho de la batalla que con ellos ovo, Francisco Hernández, y os envió para darles á entender como su Alteza quiere que sein bien tratados, etc.

XII Tomareis entera información de Us cruces, que diz se hallan en dicha isla Santa Cruz, adoradas por los indios, del origen y causa de semejante Costumbre.

XIII En general sabréis cuánto concierne á la religión de la tierra.

XIV Y cuidad mucho de doctrinarlos en la verdadera fé, pues esta es la causa principal porque sus Altezas permiten estos descubrimientos.

XV Inquirir de la armada de Juan Grijalva, y de la carabela que llevó en su seguimiento Cristóbal de Olid.

XVI Caso de juntaros con la armda, búsquese la carabela y concertad dónde podréis juntaros otra vez todos.

XVII Lo mismo haréis si primero se halla la carabela.

XVIII Iréis por la costa de la isla de Yucatán, Santa María de los Remedios, do están seis cristianos en poder de unos caciques, á quienes dice conocer Melchor, indio de allí, que con vos lleváis. Tratadlo con mucho amor, para que os lo tenga y sirva fielmente. No sea que os suceda algún daño, porque los indios de aquella tierra en caso de guerra son mañosos.

XIX Donde quiera tratareis muy bien á los indios.

■ XX Cuantos rescates hiciéredes, meteréis en arca de tres llaves, de que tendréis vos una, las otras el Veedor y tesorero que nombráredes.

XXI Cuando se necesite hacer agua ó leña, etc, en viareis personas cuerdas al mando del de mayor confianza, que ni causen escándalo ni se pongan en peligro.

XXII Si adentro la tierra viereis alguna población de indios que ofrecieren amistad, podréis ir á ella con la gente mas pacífica y bien armada, .Tiirando mucho en que ningún agravio se les haga en sus bienes y mujeres.

XXIII En tal caso dejareis á muy buen recaudo los navios; estaréis muy sobre aviso que no os engañen ni se entrometan muchos indios entre los españoles, etc.

XXIV Avisdo que placiendo á Dios Nuestro Señor halláis los cristianos que en la dicha isla de Santa María de los Remedios están cautivos, y buscando que por ella halláis la dicha armada é la dicha carabela, seguiréis vuestro viaje á la punta llana que es principio de la tierra grande, que agora nuevamente el dicho Juan de Grijalba descubrió, y correréis en su busca por la costa della adelante, buscando todos los ríos é puestos della fasta llegar á la bahía de San Juan y Santa María de las Nieves, que es desde donde el dicho Juan de Grijalva me envió los heridos é dolientes, é me escribió lo que hasta allí le había ocurrido; é si allí hallaredes, juntaros é ir con el Juan; porque entre los españoles que lleváis ó allá están no haya diferencias . . cada uno tenga cargo de la gente que consigo lleva ... y entramos muy conformes, consultareis lo que mas convenga conforme á esta instrucción, y á que Grijalva llevó de sus Paternidades y mías: en tal caso : los rescates lodos se harán en presencia de Francisco de Peñalosa, veedor nombrado por sus Paternidades.

XXV Inquiriréis las cosas de la tierra á do llegareis, así morales como físicas, si hay perlas, especería,

ys-.'. !

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oro, etc., parte de Santa María de las Nieves, de donde Gnjalva me envió ciertos granos de oro por fundir é fundidos.

XXVI Cuando saltéis en tierra sea ante vuestro Soberano y muchos testigos, y tomareis posesión della con las solemnidades usadas: inquirir la calidad de las gentes, porque diz que hay gentes de orejas grandes y anchas, y otras que tienen las caras como perros.... á que parte están las Amazonas, que dicen estos Indios que con vos lleváis, que están cerca de allí.

XXVII Las demás cosas dejo á vuestra prudencia, confiando de vos que en lodo toméis el cuidado de hacer lo que mas cumpla al servicio de Dios y de S. S. A. A.

XXVIII lin todos los puertos de esta isla do hallareis Españoles que quieran ir con vos, no llevéis á quien tuviere deudas, si antes no las paga ó da hanzas suficientes.

XXIX Luego en llegando á Santa María de las Nieves, me enviaréis en el navio que menos falta hiciere, cuanto hubieredes rescatado y hallado de oro, perlas, especería, animales, aves, etc., con relación de lo hecho y lo que pensáis hacer, para que yo lo mande al Rey.

XXX Conoceréis conforme á derecho de las causas civiles y criminales que ocurran, como Capitán desta armada con todos los poderes, etc., etc. Fecha en esta cibdan de -Santiago, puerto de esta isla Fernandina á 2] Octubre 1518.

14— Respecto al modo cómo salió Cortés del puerto de Santiago para emprender su conquista, hay dos opuestas versiones, igualmente muy atendibles por la importancia de sus autores. Fundado Prescott en sus investigaciones, y siguiendo á Herrera y Las Casas, dice que Hernán Cortés salió como semi-fugado de Santiago, con su escuadra, porque ya intentaba Velazquez exonerarle del cargo que le había conferido; pero Solis, fundado también en sus adquiridos datos y los manifestados por Bernal Diaz del Castillo, amigo y aún á veces secretario de Cortés, rebate tal versión.

Ambos historiados en disidencia, refieren incidentes, como si lo hubiesen visto. Prescott dice: que Velazquez se levantó rápidamente de la cama para tratar de oponerse á la clandestina partida de Cortés, quien ya alejándose en su bote, logró burlarle; y Solis manifiesta lo contrario: que, amistosamente se dieron la mano, abrazaron y despidieron, como si también hubiese presenciado tal escena; pero hay una razón muy poderosa á favor de Solis: que publicó su historia más de doscientos años antes que la de Prescott; y por consiguiente estaban más recientes y claros aquellos sucesos. Copiamos á continuación el modo cómo refieren ambos historiadores tal suceso, para que el lector forme el juicio que le parezca; y al describirlo nosotros, lo hacemos ligeramente por la carencia de una general opinión en la ma teria; pero siguiendo la de Solis, por suponerla de más peso y mejor fundada, y también por más próxima al suceso.

Dice Prescott: «Todavía no había completado su gente ni naves, y no estaba bien provisto de aprestos de ninguna clase; pero había resuelto levantar anclas en aquella misma noche. Acercóse, pues, á sus oficiales, comunicóles su designio y probablemente también el motivo de él; y á la media noche, cuando la ciudad entera estaba hundida en el sueño, todos calladamente entraron en la nave y dejaron la bahía. Antes de esto había Cortés dirigídose al dueño de la carnicería, que debía abas-

tecer de carne al mercado al día siguiente, y le quitó su manada de cerdos, no obstante que el otro le hacía presciite todo el daño qae iba á reportar el público por la falta de carne; mas Cortés no hizo caso y le dejó en pago una cadena de oro de gran precio, que traía al cuello. (Las Casas sabía la anécdota de boca del mismo Cortés Gomara. Crónica).

Grande fué el asombro de los vecinos del pueblo de Santiago, cuando al amanecer se encontraron con que la Ilota, que la víspera habían dejado tan mal aparejada para el viaje, había ya dejado sus amarras y estaba pronta á emprender su ruta.

Pronto llegó la noticia á oídos del gobernador, quien levantándose de la cama y vistiéndose á toda prisa, mon tó en su caballo y con su escolta se dirigió al muelle. Cortés tan luego como se apercibió de su llegada, entró en una canoa armada y se acercó á una distancia de la playa tal, que le pudieran oir desde ella. «¿Asi os separáis de mii* exclamó Velazquez. ¡Vive Dios que te neis un modo raro de despediros!» «Perdonadme, replicó Cortés; el tiempo urge y hay coaas que es preciso hacerlas aún antes de pensarlas: ¿tiene su excelencia algo que mandarme.^» El burlado gobernador no tuvo nada que responder: así es que Cortés le saludó cortesmente con la mano y se volvió á su embarcación. Al punto se hizo á !a vela la flota para el puerto de Macaca, que distaba cerca de quince leguas. (Noviembre 18 de 1518.) Velazquez regresó á su casa á pasar su pesar lo mejor que pudo, y probablemente bien convencido de que había hecho, cuando menos, dos disparates: uno el haber nombrado comandante á Cortés, y otro el de haber intentado destituirle; porque tan cieno es, que haciendo confianza á medias, apenas se puede esperar ganarse á un amigo, como que, retirar la confianza ya otorgada, es buscarse un enemigo.

Esta partida clandestina de Cortés ha sido amargamente criticada por algunos escritores, y especialmente por Las Casas. Pero grandes razones se pueden alegar en defensa de aquella conducta. Cortés había sido n-.>mbrado comandante por un acto espontáneo del gobernador, y ese nombramiento había sido plenamente ratificado por las autoridades de Santo Domingo. El ha bía no solo gastado todo su caudal en la empresa, sino que aún había contraído una gran deuda. Se le iba á privar del mando sin alegar, ó por lo menos, sin probar que había cometido falta alguna; y además, la destitución no solo le envolvería á él en la ruina más comple ta, sino también á los amigos á quienes había pedidu prestado, y á aquellos de sus compañeros, que fiados en que él iba á m.indarles, habían gastado en la expedición su fortuna. Ciertamente habrán pocos, que en cifcuns tancias semejantes sean capaces de sacrificar sumisamente sus esperanzas á un injusto capricho y arbitrario. Lo más que se podría exigir de Cortés era que cumpliese fielmente con lo pactado con el que le había encomenda do el mando de la empresa: hasta qué punto haya cumplido con sus compromisos, es cosa que se verá más adelante».

Y Solis refiere esta misma partida del modo siguiente: f Llegó el tiempo de la partida y se ordenó á la gente con bando público que se embarcase; lo cual se ejecutó de día, corriendo todo el pueblo; y aquella misma noche fué Hernán Cortés acompañado de sus amigos á la casa del gobernador, donde se despidieron los dos, dándose los brazos y las manos, con amigable sinceridad; la mañana siguiente lo acompañó Diego Velazquez hasta la ma riña y asistió á la embarcación: circunstancias menores, que hacen poco en la narración, y se pudieran omitir, si no fueran necesarias para borrar la temprana ingratitud con que manchan á Cortés los que dicen salió del puerto alzado con la armada. Así lo refieren Antonio de Herrera y todos los que le trataban, afirmando con poca ra-

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zón, que en el medio silencio de la noche convocó á los soldados por sus casas y se embarcó furtivamente con ellos; y que saliendo al amanecer Diego Velázquez en seguimiento de esta novedad, se acercó á él en una barca, guarnecido de gente armada, y la dio á entender con despejo y libertad su inobediencia. Nosotros seguimos á Hernal Díaz del Castillo, que dice lo que vio, y lo más semejante á la verdad; pues no cabe en humano discurso que un hombre tan avisado como Hernán Cortés, cuando tuviera entonces esta resolución, se adelantase á desconfiar descubiertamente á Diego Velázquez, hasta salir de su jurisdicción, pues había de tocar con la armada en otros lugares de la misma isla, para recojer los bastimentos y la gente que le aguardaba en ellos; ni cuando diéramos en su entendimiento y sagacidad est3 inadvertencia no parece creibleque en un lugar de tan corta población como era entonees la villa de Santiago, se pudieran embarcar trescientos hombres llamados de noche por sus casas, y entre ellos Diego de Ordaz y otros familiares del gobernador, sin que hubiese uno entre tantos que le avisase de aquella novedad, ó despertasen los que observaban sus acciones al ruido de lenta conmoción: admirable silencio en los unos, y extraordinario descuido en los otros. No negaremos que Hernán Cortés se apartó de la obediencia de Diego Velázquez, pero fué después, y con la causa que veremos.»

1.')— Jamás se ha visto, dice Las Casas, una falta de mundo más completa, que la que mostró Velázquez en tal carta, pues llegó á imaginarse que un hombre que acababa de hacerle burla en su presencia, suspendería su viaje, iülo porque á él se le antojaba.»

]i'> — En el poco tiempo que estuvo Cortés en la Habana, captóse la voluntad de Barba; pero aunque hubiera éste querido cumplir la orden del gobernador, no habría podido hacerlo á la vista de su decidida gente, que habíase desencadenado, si hubiese visto que se pretendía atacar á su comandante, por el cual, dice Bernal Díaz: tque todos los oficiales y particulares hubieran dado gustosos la vida.»

«Sobre estos discursos, á este tiempo, y con irritación, tomó Hernán Cortés la primera resolución de romper con Diego Velázquez; de que se convence lo poco que !e favoreció Antonio de Herrera, poniendo este rompimiento en la ciudad de Santiago, y en un hombre acabado de obligar. Estamos á lo que refiere Bernal Diaz del Castillo en esta noticia; y no es el autor más favo rabie, porque Gonzalo Fernandez de Oviedo asienta, que se mantuvo en la dependencia del gobernador Diego Velázquez, hasta que ya dentro de Nueva España llegó el caso de obrar por sí, dando cuenta al emperador de los primeros sucesos de la conquista.

No parezca digresión agena del asunto el habernos detenido en preservar de estos primeros deslucimientos á nuestro Hernán Cortés. Tan lejos tenemos las causas de la lisonja en lo que defendemos, como las de odio en •o que impugnamos; pero cuando la verdad abre camino para desagraviar los principios, de un hombre, que supo hacerse tan grande con sus obras, debemos seguir sus pasos y complacernos de que sea lo más cierto lo quf está mejora su fama.

Bien conocemos que no se debe callar en la historia lo que se tuviere por culpable, ni omitir lo que fuere digao de reprensión, pues sirven tanto en ella los ejemplos que hacen aborrecible el vicio, como los que persuaden á la imitación de la virtud: pero esto de inquirir io peor de las acciones, y referir como verdad lo que se imaginó, es mala inclinación del ingenio, y culpa conocida en algunos escritores, que leyeron á Cornelio Tácito, con ambición de imitar lo inimitable; y se persuaden á que le beben el espíritu en lo que malician ó interpretan con menos artificio que veneno», Solis.

17 — La capitana era de cien toneladas, otras tres de de setenta á ochenta, y el resto, entre carabelas y bergantines, no tenían cubierta.

18 — «Así lo refería él; y que de los otros españoles que estaban cautivos en aquella tierra, solo vivía un marino de Palos de Moguer, que se llamaba Gonzalo Guerrero; pero que habiéndole manifestado la carta de Hernán Cortés y procurando traerle consigo, no lo pudo conseguir, porque se hallaba casado con una india acomodada y tenía en ella tres ó cuatro hijos, á cuyo amor atribuía su ceguedad, fingiendo estos afectos naturales para no dejar aquella lastimosa comodidad que en sus cortas obligaciones pesaba más que la honra y que la religión. No hallamos que se refiriera de otro español en estas conquistas semejante maldad: indigno por cierto de esta memoria que hacemos de su nombre; pero no podemos borrar lo que escribieron otros ni dejan de tener su enseñanza estas miserias á que está sujeta nuestra naturaleza, pues se conoce por ellas á lo que puede llegar el hombre, si le deja Dios.»

El señor Revilla, que ha aumentado con un Resumen histórico la obra de Solis, editada en 1858, agrega la siguiente nota al anterior párrafo de Solis, rebatiendo sus exajeradas ideas: «En tiempo de Soli^ podía mirarse como una maldad el que un hombre no abandonase á su mujer y sus hijos por irse con los cristianos. En el siglo presente no puede reputarse así. Guerrero obedeció en aquel acto á la naturalera y á la religión: ni ni sj desentendió de ésta, puesto que la guardó en su alma, que es el verdadero templo de Dios».

19 — En los cantos 16 y 17 de mi poema Vasco NuÑEZ DE Balboa, describo extensamente todos los trabajos é incidentes del sacerdote Gerónimo de Aguilar y sus compañeros, sufridos en su cautiverio de Yucatán.

'20 — c Pusieron en algún cuidado á Hernán Cortés estas noticias; y sin dudar en lo que convenía, resolvió preguntarle á sus capitanes y obrar con su consejo !o que se había de ejecutar con sus manos. Propúsoles «la dificultad en que se hallaban, el corto número de gente y la prevención grande que tenían hecha los indios para deshacerles,» sin encubrirles circunstancia alguna de lo que decían los prisioneros. Y pasó después á considerar por otra parte: «el empeño de sus armas, « poniéndoles delante de su mismo valor la desnudez y « flaqueza de los contrarios, y la facilidad con que los

< habían vencido en Tabasco y en la desembarcación». Y sobre todo esto cargó la consideración: «en la mala « consecuencia de volver las espaldas á la amenaza de « aquellos bárbaros, cuya jactancia podría llevar la voz « á la misma tierra donde caminaban: siendo de tanto « pero este descrédito, que en su modo de entender, ó « se debía dejar enteramente la empresa de Nueva Es- « paña, ó no pasar de alli sin que se consiguiese la paz

< ó la sujeción de aquella provincia: pero que este « dictamen suyo se quedaba en términos de proposición, « porque su ánimo era ejecutar lo que tuvieren por

< mejor».

Bien sabían todos que no era afectada en él esta do-, cilidad; pero se preciaba mucho de amigo del consejo, y de conocer el acierto, aunque le hallasen en opinión agena: siendo esta una de sus mejores propiedades, y bastante argumento de su prudencia; pues no sobresale tanto el entendimiento en la razón que forma, como en la que reconoce. Votaron con esta seguridad, y concordaron todos en que ya no era practicable el salir de aquella tierra, sin que sus habitadores quedasen reducidos ó castigados; con que pasó Cortés á las prevenciones de su empresa. j^ Solis.

Hacf frtTiiontemente Solis pronunciar arengas, discursos V proclamas á sus personajes, principalmente á r.oMi^s, Ma^iscat/in, Jicotencal y oíros, lo aue le han reprochado varios de sus críticos, entre ellos Kobertson, diciendo: que estos recursos potíticos son más bien pro píos de la epopeya que de la historia; -cuyo punto no es mi objeto entrar i tlilucidar, sino exponer, que sigo el ejemplo del primero y el consejo del segundo.

Prescotl dice que reunió <i los oficiales para manifestarles su propósito de dar el siguiente día la batalla, y no pronunciar un discurso para exigirles su opinión, co mo se ve por el siguiente párrafo:

tA Cortés comenzó entonces á pesarle de haberse atrevido á apartarse del objeto directo de su viaje y de haberse comprometido en una gu*jrra dudosa y que no podía producir ningún resultado ventajoso. Mas ya era tarde para el arrepentimiento, había comenzado su camino y no le quedaba otro partido mas que proseguirlo: retirarse hubiera sido desanimar á su gente, enagenarse la coníianza que como jefe le merecía y aumentar la arrogancia de sus enemigos, la fama de cuyos triunfos le precedería y le causaría grandes apuros y descalabros. N'j vaciló, pues, en seguir adelante; pero convocó á todos sus oíiciales y les manifestó su propósito de dar una batalla al día siguiente.» Y concluye este párrafo, agregándole la siguiente nota: «Según Solís, que cita !a oración pronunciada por C^ortt^s, en esta ocasióo, convocó un consejo de oficiales para que !e aconsejasen sobre el camino que debía abrazar. Puede ser que así sea; pero yo no he visto corroborado esto por ningún oiro escritor>.

"il — Dice Prescoit: cLosojos de la fé llegaron á ver también al mismo santo patrón de España, montado en su caballo de batalla, acudiendo al socorro de sus devotos, y pisando los cadáveres de los vencidos infieles.»

V Pizarro Orellana expone; «Cortés suponía que su santo tutelar era San Pedro; pero lo mas general y mas cierta opinión fué, que no era San Pedro, sino nuestro glorioso apóstol Santiago, baluarte y salvaguardia de nuestra nación.»

«Pero como yo soy pecador, — manifiesta Bernal Diaz, con cierto espíritu de duda, — no me fué permitido ver en esta ocasión á ninguno de los santos apóstoles.»

22— «Quedaron muertos en la campaña mas de ochocientos indios y fué grande el número de heridos. Délos nuestros murieron dos soldados y quedaron heridos setenta.» Solis.

Cortés dio á la hueste india cuarenta mil hombres, que fué el número que tomaron después los historiadores, pues dice lo siguiente: «Crean vuestras Reales Altezas, por cierto, que esta batalla fué vencida mas por la voluntad de Dios que por nuestras fuerzas; porque para cuarenta mil hombres de guerra, poco defensa fuera cuatrocientos, que nosotros éramos.»

Y Prescott dice: «Los mas convienen en que el ejército de los indios se componía de cinco escuadrones de ocho mil hombres cada uno. Mas en cuanto al número de muertos no hay tanta conformidad, pues varían ios cómputos desde mil hasta treinta mil. En medio de tan enorme discordancia, debemos creer, atendida la gran propensión á exajerar, que el cómputo que mas se acerca á la verdad es el mas pequeño.

23 — Se fundó con los años una ciudad, en el paraje donde fué la acción, llamada Santa María de la Victoria, y llegó á ser la capital de la provincia.

24 — El capellán Gomara refiere este hecho, y Las Casas dice: «En suma, trató de hacer al gobernador tan patente como pudo, la necesidad que tenía de oro.»

2.') — Bernal Diaz expone: «que retrataron á todos los capitanes y que iban muy parecidos los retratos;» pero esto es una exajeración, pues su dibujo y pintura eran toscos y primitivos, y su habilidad principal consistía en pintar animales y planta", y otros objetos que servíanles de geroglíficos á la de escritura.

2(1— Bernal Díaz, Las Casas, Gomara, Oviedo y Cía vigero hacen encomiásticas referencias de la joven india Marina, y Comargo dice: «que era hermosa como una dio sa»; y don Nicolás Fernandez de Moratin, en Las nave'i de Cortés destruidas, una corta composición en octavas, se expresa así:

Admira tan lucida cabalgada, '', • y espectáculo tal doña Marina, : !

india noble al caudillo presentada, ', de fortuna y belleza peregrina, de la injuria del clima reservada y del color del alba matutina, muestra que herir bien puede al pecho humano cupido con arpón americano.

Con despeiado espíritu y viveza gira la vista en el concurso mudo: . rico manto de extrema sutileza con chispas de oro autorizarla pudo, prendido con bizarra gentileza sobre los pechos con airoso nudo: reina parece de la indiana zona, varonil y hermosísima amazona.

Ella atónita mira; y asombrada de tanta pompa y tanta gallardía; y ansiosa no queriendo dudar nada, informarse áe todo pretendía; el paso adeíiantó determinada hacia el casto Aguilar, que allí venía, primero haciendo en muestras de obediencia á Cortés, su señor, la reverencia.

E inquieta dice: — Oh noble compañero, á mí por las desgracias semejante, cuéntame del ejérci.o guerrero, quien son aquellos que se ven delante, que aun no á todos conozco, y yo no quiero ignorar ni su nombre ni semblante: di, acaba; —y Aguilar se sonreía de ella y con alta permisión, decía:

La opinión generalmente admitida es que este canto épicu, aunque pasa por de don Nicolás y se halla entre sus obras, pertenece á su hijo don Leandro, quien lo escribió á los 25 años para vindicar la memoria de su padre, á quien consideraba ofendido por no haberse llevado el premio ni accecit en el concurso abierto en 1777 por la Academia Española.

27 — Fué nombrado caballero de Calatrava por la nobleza de sus padres, ó según otros, comendador de la orden de Santiago; y fué muerto en Méjico en 1568 solo por una vaga sospecha y sin fundamento de trai ción.

28— El valle de Méjico es de figura oval y tiene 18 leguas de largo por 12 1/2 de ancho; y Cortés le daba 70 leguas de circuido. Los cinco lagos, que en este valle se estienden, ocupan como un de décimo de su superficie; pero ya solo quedan vestijios de lo que fueron.

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29 — Anáhuac significa cerca del agua, probablemente por su situación entre los lagos del valle, ó por estar entre el Atlántico y Pacífico: y extendieron este nombre los aztecas y tezcucanos en sus conquistas por todos los invadidos territorios.

;íO- Tenochtitlan significa túnel sobre una piedra.

TRADICIÓN DE ANÁHUAC

Llegada de los toltecas á Anáhuac. ... año 684

ADar.donan el país » 1.051

Llegada de los chichimecas » 1.170

Llegada de los acolhuacanos > 1.200

Los mejicanos llegan á Tula > 1.196

Fundan á Méjico . ... > 1.J26

(Estas fechas son las que tiene Clavigero por más exsetas).

.31— Le dieron los españoles al principio el título de rey; pero viendo después que habían otros aliados poderosos, llamáronle emperador, al reconocer su superioridad sobre los otros.

32— «Según varios escritores de peso, había treinta grandes caciques, que residían por lo menos una parte del año en la capital, y cada uno de los caales podía contar cien mil vasallos en sus estados. Sin dar entero crédito á semejantes cómputos, parece cierto, según el testimonio de los conquistadores, que el país estaba repartido entre muchos jefes poderosos, que vivían en sus dominios, como señores independientes.» Prescott.

33~€La oración del confesor en semejantes circunstancias contiene cosas muy notables para que yo las omita. "Oh Señor, amparador y favorecedor: vos que conocéis todos los secretos de todos los corazones, haced que vuestra indulgencia y gracia descienda sobre él, como agua purísima, que lave las manchas de sus culpas, mirad que este pobre no pecó con su libre voluntad, y albediío, sino por la influencia del signo en que nació.> Después de vivas exhortaciones á que, por vía de penitencia se mortifique y practique minuciosas ceremonias, !e pondera la necesidad de p.-ocurar cuanto antes un esclavo que sacrificar á Dios, y le inculca la caridad para can los pobres. Decíale: «Viste al desnudo y da de comer al hambriento, por costoso que te sea: acuérdate de que su carne es como la tuya, y de que es hombre como tú.» Tal es la extraña mezcla de sentimientos de benevolencia cristiana y de abominable crueldad, que formaba la moral de los aztecas, y que prueba, como lo hemos dicho repetidas veces, el origen enteramente distinto de ios unos y de los otros.» El padre Sahagun.

34 — Gomara dice: que en uno de los conservatorios de cráneos de los prisioneros sacrificados, se contaron ciento treinta y seis mil por dos soldados, cuyos nombres menciona, que se tomaron este trabajo; y que estaban colocados tales cráneos de manera que producían un efecto horroroso.

«El obispo Zumárraga, en una carta escrita pocos años Jespues de la conquista, afirma que subían á 20.000 las víctimas sacrificadas anualmente. Torquemada las convierte en 20.000 infantes. Herrera, siguiendo á Acosta, Jice 20 000 víctimas en un día determinado del año, en todo el reino. Clavijero, más cauto, supone que este núnf.ero sería el de las víctimas sacrificadas todo el año. Las casas, contradiciendo á Sepúlveda, que afirma que nadie que había visitado aquellas regiones hacía subir á menos de 20.000 el número de las víctimas inmoladas anualmente, dice que ese es el cómputo de lo? malvados, que ^n esto piensan encontrar la apología de sns atrocidades; pero el verdadero número no pasaba de cincuenta! Probablemente en este caso, como en otros, la aritmética del

buen obispo provenía más bien del corazón que de la cabeza.» Prescott.

¿Pero cómo llegaron los aztecas hasta el extremo de ofrecer seres racionales á sus dioses.? ¿Qué ejemplos ó tradiciones tuvieron.?

¿Fué, acaso, como suponen ciertos investigadores de los remotos tiempos, una de tantas costumbres, llevadas desde el viejo al nuevo continente, en los primitivos tiempos.?

Los egipcios fueron los primeros en sacrificar hombres á sus dioses, como fueron los primeros en inventar el alfabeto.

También hay analogías en los adelantos de ciertas ciencias, en ciertas naciones de ambos continentes. Los aztecas ó sus sacerdotes se parecieron á los babilonios ó sacerdotes caldeos, en su adelanto en astronomía. También en Babilonia, como en la monarquía persa, una de las más antiguas del mundo, adorábase al sol, cual uno de sus tantos dioses, como en el Perú y Méjico, y se conservaba el fuego sagrado; y en la India se creían las viudas obligadas, cuando morían sus maridos, á quemarse vivas. Pero donde se ven muchos más puntos de contacto, es en los ritos, ceremonias y costumbres de la religión cristiana con la de Méjico y el Perú.

Estos similares hechos y otros muchísimos son los que han dado lugar á tales conjeturas, los que haremos notar algunas veces, más adelante.

35— iUn solo rasgo de la superstición azteca basta para hacerla más despreciable que la cristiana, el cani balismo, bien que los mejicanos no fuesen caníbales en la rigurosa acepción de la palabra: no comían carne humana por satisfacer un apetito brutal, sino por obedecer los preceptos de la religión: en sus banquetes eran servidos como manjares, víctimas cuya sangre había humeado en las aras de los dioses: esta es una diferencia muy digna de notarse. Seguramente esto es lo que quiere dar á entender Voltaire cuando dice: no eran antropófagos como un cortísimo número de hordas americanas.» Pre scott.

36 — «La Providencia ordenó sabiamente que la tierra fuese ocupada por otra raza, que desarraigase ¡a superstición, que cundía todos los dias, á medida que el imperio se dilataba. Las degradantes costumbres de los aztecas son la mejor apología de la conquista. Los conquistadores trajeron, es verdad, la inquisición; pero también trajeron el cristianismo, cuya luz benigna debía durar después de extinguidas las fúnebres hogueras del fanatismo, y que debían disipar las horrorosas tinieblas en que por tanto tiempo estuvieron envueltas aquellas hermosas regiones.» Prescott.

37 — «El príncipe tezcucano Netzahualpilli, que, rara vez temblaba la justicia con el perdón, condenó á muerte á un juez por haber sido sobornado, y á otro por haber decidido un pleito en su propia casa, lo cual, según la ley, era delito capital.» Prescott.

38 — Tales son los rasgos principales del código azteca, que se asemejaba mucho el de Tezcuco. Con pocas excepciones, todo él tiene el sello de severidad y aún de ferocidad de un pueblo rudo, endurecido por la familiaridad con escenas de sangre y que confiaba la corrección del mal más bien á medios físicos que morales; ese código revela, sin embargo, un profundo respeto á los grandes principios de la moral, y un conocimiento de ellos tan claro como pudiera encontrarse en la nación más culta.

39 — Además de los impuestos á la agricultura había otro á las manufacturas, principalmente á las de algodón y plumas, recolectándose armaduras de lujo, vasijas de oro, brazaletes, cinturones, polvos de oro, vasos y copas

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dorados y barnizados, armas, etc. La siguiente lista de la Colección de Mendoza, de los tributos pagados por algunas ciudades, dará una idea de la clase de ellos: 20 cajas de chocolate, 40 piezas de armadura de uní divisa particular, 2400 cargas de mantas anchas de hilo torcido, 800 cargas de mantas angostas para ricas vestiduras, 5 armaduras de plumas fínas, 60 armaduras de plumas ordinarias, I caja de habas, 1 caja de chiam, 1 caja de maiz, 800 resmas de papel, cerca de 2000 cargas de sal blanquísima, refmada en moldes, para el consumo de las señoras de Méjico, 800 trozos de copal no purificado, 400 canastillas de copal refinado, 100 hachas de cobre, 80 cargas de chocolate colorado, 800 jicaras para beber chocolate, I vasito de piedra turquesa, 4 arcas de maüera llenas de maiz, 4000 cargas de sal, tejidos de oro del tamaño de una ostra y del grueso del dedo meñique, 40 sacos de cochinilla, 20 sacos de oro en poh'O de superior calidad, i diadema de oro de forma especial, 20 pendientes para los labios, de ámbar transparente, adornados de oro; 2000 cargas de chocolate, 100 jarros de liquidámbar. 8000 manojos de ricas plumas escarlatas, 40 pieles de tigre, 1600 líos de algodón, etc., etc.

40 — € Estos correos, dice Prescott, educados para este oficio desde su infancia, caminaban con increíble velocidad, y no cuatro ó cinco leguas por hora, como cree un antiguo historiador, sino 100 á 200 millas por día.» Y Murray refiere que conoció un indio que anduvo cien millas en veinticuatro horas. El griego, que según Plutarco trajo la noticia de la batalla de Platea, era todavía mejor caminante, pues anduvo ciento veinticinco millas en un día. Buffón ha reunido algunos hechos interesantes, que prueban la gran capacidad que tiene el hombre en el estado salvaje para andar á pie, y saca de aquí \z conclusión bastante exacta «que el hombre civilizado no conoce sus fuerzas».

41 — iHáse dicho, sin embargo, lo bastante para demostrar que las ra7as azteca y tezcucana estaban mucho más adelantadas en cultura que las tribus errantes de Norte América. El grado á que llegaron puede juzgarse por sus instituciones políticas, quizá no más inferiores á las que gozaron nuestros antepasados los sajones bajo el grande Alfredo. Con respecto á su carácter, pueden compararse justamente con los ejipcios, pues que el examen de sus relaciones sociales y civilización, presenta las mayores analogías con este antiguo pueblo.

Aquellos á quienes sea familiar la historia de los mejicanos modernos, difícilmente concebirán cómo pudo la nación ligar en otro tiempo á tan alto grado de civilización. Pero que reflexionen que los mejicanos de nuestros días son una raza conquistada, tan diversa de sus antepasados, como los egipcios modernos de los que edificaron, no ya las inmensas pirámides, sino los magníficos templos y palacios, cuyas ruinas se levantan a las orillas del Nilo, en Luxon y en Karnac: tampoco es tan grande la diferencia como entre el antiguo griego y su degene rado descendiente, que ociosamete vegeta entre aquellas obras de arte, sin tener ni el gusto necesario para admirarlas; que habla la misma lengua en que están escritos aquellos aún más imperecederos monumentos del saber humano: que casi no tiene capacidad para comprender; y sin embargo respira el mismo aire, es calentado por el mismo sol y nacido en h misma cuna que aquellos que cayeron en Maratón y que alcanzaron los trofeos olímpicos de Pisa! ¡La misma sangre corre por sus venas; pero las edades de la tiranía han pasado sobre su cabeza: pertenece á una raza conquistada!

El indio americano tiene naturalmente una sensibilidad especial: se extremece instintivamente al áspero contacto de una mano extraña: por suave que ella sea, él se abate

se agobia bajo su peso. La dominación española la ^gStruía silenciosamente, y desde entonces su energía se

enerva, ya no recorre sus montañosas llanuras con la grata seguridad de su independencia; en su paso tardío y en su sombrío y melancólico aspecto, se leen los tristes caracteres de una raza oprimida. Y sin embargo, la causa de la humanidad ha ganado: vive bajo un sistema más sabio de leyes, goza de una tranquilidad más estable, cree en una fe más pura; pero todo esto de nada le sirve, porque su civilización tenía los varoniles caracteres del estado salvaje; y le pertenecían como una propiedad las ardientes virtudes de los aztecas: rehusa, pues, someterse á la cultura europea y ser ingertado en un tronco extraño. Su forma exterior, su conflexión, sus lineamientos son sustancialmente los mismos; pero los caracteres morales de una nación, los que constituyen una raza, han sido borrados para siempre!» Prescctt.

Indígnase Zurita al referir que á los artecas se le ha dado el epíteto de bárbaros; t epíteto, dice, que no les dará ninguno que conozca la capacidad de aquel pueblo y sus instituciones; epíteto, que bajo ciertos respectos, es igualmente merecido de las naciones europeas.» Este lenguaje es demasiado enérgico; sin embargo, nadie tenía derecho para usarlo como este insigne jurista, que durante diecinueve años ocupó un empleo en las reales audiencias de Nueva España. Durante su larga audiencia en el país tuvo amplias opurtunidades de instruirse en sus usos, cuanto por sus propias observaciones cuanto por su trato con los naturales y con los misioneros, que aún sobrevivían á la conquista. A su regreso á España, probable mente por los años 1560, se ocupó en dar al gobierno el informe que le había pedido sobre el carácter de las leyes y costumbres de los aztecas y sobre las reformas introducidas por los españoles. Una gran parte de su relación es conveniente á esta última; pero la que mira al primer punto, es más breve de lo que se desearía, quizá á causa de la dificultad de obtener noticias completas y auténticas sobre los pormenores. No obstante, en lo poco que ha escrito ha dejado muestras de su juicio sólido y de su criterio. Rara vez incurre en esos defectos de estilo, tan comunes en los escritores de su tiempo: su moderación y las fuentes no vulgares de donde las bebió, hacen su autoridad de grandísimo peso, en los pucos puntos que tocó. Su manuscrito fué consultado por Clavijero, aún ha sido usado por otros escritores; hoy puede cualesquiera consultarlos, en la colección de traduc ciones del infatigable M. Ternaux, de la cual forma parte.

42 — «No están acordes los escritores en el lugar en que se verificó el incendio de los papeles: unos dicen que fué en la plaza de Tlatelolco y otros en la de Tezcuco.

Pero Mártir ha dado una menuda descripción de los mapas indios mandados á España, poco tiempo después de la conquista. Su indagador espíritu se asombra de ver aquellas pruebas de una civilización positiva. Rivera, amigo de Cortés, cuenta que esos mapas eran dechados para bordados y joyeros; pero Martín, que había esiado en Egipto, no vacila en asemejar los dibujos indios con los que había visto en los obeliscos y templos de aquel país». Notas de Prescott. | . ; ;r;' .-

43 — No obstante, merced á los infatigables esfuerzos de un individuo privado, se consiguió depositar una colección harto considerable de manuscritos en el archivo de Méjico; pero se le/enía tan en poco, que algunos fueron robados, otros destruidos por la humedad y el fuego, otros finalmente vendidos por papel inservible.

El ilustrado gobernador del Estado de Méjico, don Lorenzo Zavala vendió, según Bustamante, los documentos existentes en los archivos de la audiencia de aque! Estado, en clase de papel viejo á los boticarios, tenderos y coheteros.

Netzahualcóyotl, el regio poeta de Tezcuco, fué el que hizo más progresos en las letras, cantando en entonados himnos al Ser Supremo.

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La elegante pluma de don José Joaquin Pesado, — mejicano,— ha traducido al castellano una colección de cantares artecas, que aunque imperfectamente, dan una idea de lo que fueron, entre la que se encuentran varias del celebrado autor de los sesenta himnos al Creador.

44— iinventaron un sistema aritmético muy sencillo; los primeros veinte números estaban expresados por otras tantas cifras: los cinco primeros tenían su nombre especial: los siguientes se formaban combinando el quinto con los cuatro anteriores; decían, por ejemplo, cinco y uno seis, cinco y dos siete, etc. Diez y quince tenían cada uno su nombre propio, y combinados con los cua tro primeros, servían para expresar los comprendidos entre diez y quince y entre quince y veinte. Los cua tro primeros números eran, pues, los caracteres radicales de su aritmética oral, como lo eran de la escritura entre los romanos: este mecanismo es probablemente más sencillo que ninguno de los que existen en bluropa. El número veinte se espresa con un jeroglífíco aparte, una bandera. Las sumas considerables se expresan repitiendo el número veinte al hablar, y al escribir repitiendo las banderas. El cuadrado de veinte, (cuatrocientos) se es presa por una pluma, y el cubo (ocho mil) por una bolsa ó saco.

Estos eran todos los signos aritméticos de los mejicanos, por cuyo medio daban á conocer todas las cantidades posibles. Para mayor brevedad acostumbraban denotar las fracciones de las sumas considerables, pintando solo una parte del objeto que los representaba: la mitad de una pluma ó las tres cuartas partes de una bolsa expresaban una cantidad proporcional de la suma total. A nosotros, que ejecutamos nuestras operaciones matemáticas con tanta facilidad por medio de las cifras arábigas, ó mejor dicho, índicas, nos parece muy complicado aquel sistema; pero comparémoslo con el que usaron los grandes matemáticos de la antigüedad, que no conocieron esa bella invención, que ha cambiado la faz de la ciencia matemática, y los cuales determinaban en gran parte el valor denlas figuras, según la posición que guardaban >. Prescott.

45 — Omitimos en la siguiente disertación de Prescott, sobre la astronomía azteca, las muchas citas y notas, con que la ilustra. cEn la medida del tiempo los artecas ajustaban su año civil por el solar: dividíanlo en dieziocho meses de á veinte días cada uno; tanto los meses como los días estaban representados por signos á propósito, y los primeros espresaban por la común estación del año, á la manera que sucedía en el calendario francés del tiempo de la revolución. Había como en Egipto, cinco días complementarios, de modo que él año entero venía á tener trescientos sesenta y cinco días; los cinco días supernumerarios no pertenecían á ningún mes, y se les reputaba por aciagos. El mes estaba dividido en cuatro semanas de á cinco días, el último de los cuales era feriado ó día de mercado. Esta suposición, distinta de todas las conocidas en Europa y en Asia, tiene la ventaja de dar á cada mes igual número de días y de semanas completas, sin dejar residuo ni en el mes ni en el año.

Como el año tiene cerca de seis horas más de trescientos sesenta y cinco días, para compensar este exceso, .ecurrieron, como todas las naciones que han dispuesto su calendario, á la intercalación, no cada cuatro años, como lo hacen los europeos, sino á intervalos más largos, como entre algunos de los asiáticos. Esperaban á que pasasen cincuenta y dos años para intercalar trece días, ó mejor dicho, doce y medio, que es lo que habían dejado atrasarse al año. Si la intercalación hubiese sido de trece, habría resultado demasiada larga, porque en cada año no habrán seis horas completas de los 365

días, sino seis horas menos once minutos; pero como su calendario concordaba en tiempo de la conquista con el de los españoles (hecha la corrección gregoriana), es de suponer que adoptaban la intercalación más corta de doce días y medio, con la cual quedaba el año (salvo un lijero error, casi despreciable), exsactamente de la misma duración del año del trópico, cual ha sido determinada por las más correctas observaciones. La intercalación de veinticinco días cada ciento cuatro año es más exacta que la de todos los calendarios europeos, pues que deben pasar según aquella, más de cinco siglos para que haya un error de un día entero. ¡Tal es la admirable exactitud á que habían llegado los aztecas, ó por mejor decir, sus antepasados los toltecas, en esos cálculos dificilísimos, que hasta hace poco tiempo han burlado los esfuerzos de las naciones más sabias de la cristiandad! Es igualmente digno de atención el sistema de que se valían los aztecas para fijar la fecha de los acontecimientos. El principio de su era correspondía al año 1091 da J. C. y comenzaba con la reforma de su calendajio, poco después de su salid.» de Aztlan. Agrupaba^n los años en siglos de 52 cada uno: llamábanlos haces ó líos, y los representaban por cierto número de carrizos, atados con un cordón. Cada vez que se eocuentre en sus mapas este signo, se denota medio siglo. Para poder designar cada año en particular, dividían su gran ciclo en otro> cuatro pequeños ó indicaciones, de á trece años. Después adoptaban las series de signos para designar cada año: la primera consistía en sus notas numéricas, y la segunda en cuatro jeroglíficos de los años; estos últimos se repetían incesantemente y enfrente de cada uno de estos se encontraba la cifra correspondiente hasta llegar á trece: este sistema se continuaba durante las cuatro indicaciones, de las cuales, como es fácil conocerlo, no había dos que comenzasen por el mismo jeroglífico, y de esta manera todos ellos iban correspondiendo á todos los números sucesivamente; pero nunca correspondía dos veces á un tnismo número de un ciclo: 4 y 13 los factores de 52, que era el número de los años de este admitían las combinaciones capaces de formar aquel producto. Cada año tenía, pues, un símbolo, especial por cuyo medio se le podía reconocer de una ojeada: este símbolo, precedido de cierto número de haces, indicaba exactamente el tiempo que había pasado, desde el principio de la era nacional, año 1091, T. C. El ingenioso recurso de una serie periódica, en vez de una enorme serie de jeroglíficos, destinados cada uno á un año especial, no solo se encuentra entre los artecas, más también en varios pueblos del Asia, aunque el mecanismo material sea diferente.

El calendario solar arriba descripto habría bastado para todos los usos nacionales; pero ios sacerdotes inventaron otro para su uso particular: llamábase el cómputo lunar, aunque no estaba exactamente acomodado á las revoluciones de la luna: constaba igualmente de dos series, la primera formada por las trece cifras y la otra por veinte jeroglíficos; mas como el producto de ambos números es de 260, y como repetir una de ellas en los 105 dias, que sobraban cada año, podía resultar confusión, inventaron otra tercera serie, compuesta de nueve jeroglíficos, que alternando con las otrai dos, hacía imposible la coincidencia de las tres en un solo año, á lo menos durante 2540 que es — 2o-j-i5-j-9- Trece era un número místico de sus tablas; no se atina con la razón por qué en este caso recurrieron al número nueve.

Este segundo calendario excitó la santa indignación de los prisioneros misioneros, y el padre Sahagun lo reprueba airadamente, porque «esta manera de adivinanza en ninguna parte puede ser lícita, porque ni se funda en la influencia de las estrellas, ni en cosa ninguna natura!, ni su círculo es conforme al círculo del año, porque no tiene más de 260 días, los cuales acabados tornan al principio. Este artificio de contar ó es arte de nigrománti-

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co, iS pació ó fabrica del demonio.» No es tJcil decir cuál superstición era mayor, si la de los que invernaron este sistema, 6 la de los que impugnaron así. í*ero ciertamente no hay necesidad de recurrir á agentes sobrenaturales para explicar las ra/.ones en que se funda su orij^en fácil de hallar en esa ambición de mando, que ha sujerido i los sacerdotes de muchas regiones la in vención de misterios, cuya llave estuviese exclusivamente* en sus manos.

Por medio de este calendario arreglaban las fiestas y épocas de los sacrificios; hacían todos sus cómputos astrológicos, y llevaban sus anales. La falsa ciencia de la asirologla es propia de toda sociedad imperíectamente civilizada, en que el espíritu impaciente del exiimen lento y cauto, único capaz de conducir á la verdad, se lanza en un golpe á las regiones de la especulación, é intenta audazmente romper el velo impenetrable que rodea los misterios de la naturaleza. Uno de los caracteres de la verdadera ciencia es reconocer y respetar los linderos que dividen el campo de la razón del de las especulaciones. Tal conocimiento viene tarde. ¿Por cuántos siglos ha agotado el hombre en las brillantes pero estériles pretensiones de la alquimia y la asirología judiciaria, facultades que bien encaminadas le habrían revelado las grandes leyes de la naturaleza.^

La astrología es el estudio favorito de las edades primitivas, de aquellas en que el espíritu, incapaz de comprender que esos millones de luminares que brillan con escasa luz en el firmamento, son el centro de sistemas planetarios tan magníficos como el nuestro, se ve naturalmente inclinado á discurrir sobre sus usos más proba bles, y á buscar conexiones entre ellos y el hombre, para cuyo provecho parecen criados todos los objetos del universo.

Cuando el hijo sencillo de la naturaleza contempla durante la larga noche la marcha augusta de los cuerpos celestes y los mira venir en tropel y desaparecer con las estaciones, es natural que suponga que las últimas están bajo la dependencia de los primeros, que entre unas y otras encuentren relaciones misteriosas, que busque las conexiones que hay entre la venida de los astros y los acontecimientos, que coinciden con ella, y que procure leer en aquellos caracteres de fuego el destino del niño recién nacido. Tal es el origen de la astrología, cuyo falso brillo ha deslumbrado y fascinado á los hombres desde el pr'ncipio de las sociedades hasta estos últimos tiempos, en que lo ha ofuscado la verdadera luz de la ciencia.

El sistema astrológico de los aztecas no se fundaba en la influencia de los astros, cuanto en la de los signos arbitrarios que habían inventado para designar los meses y los días. Él signo dominante en el cielo lunar de trece días, ejercía su influencia en todos ellos, aunque modificado hasta cierto punto por el de cada dia en especial y aún por el de cada hora. El gran arte del adivino consistía en combinar estas influencias contrarias. En ninguna parte, ni aún en Egipto, se ha dado mayor ascenso á los ensueños de un astrólogo. Llamábase á la cuna del niño, luego que éste nacía: se anotaba excrupulosamente el momento del nacimiento, y la familia permanecía suspensa V temblando, mientras el ministro del cielo estudiaba el horóscopo del niño y registraba el oscuro libro del destino. El mejicano recibía la influencia sacerdotal con el primer aliento que respiraba.

Poco nos ha quedado de la astronomía de los aztecas; pero es evidente por lo menos, que conocían las causas de los eclipses, pues en algunas de sus pinturas se verá el disco de la luna proyectada sobre el sol. Si agruparon las estrellas en constelaciones es dudoso; pero que conocían algunas de las más visibles como las Pléyadas, se infiere de que por ellas arreglaban sus festividades. De sus instrumentos astronómicos no conocemos más que el cuadrante solar. Una inmensa mole circular de piedra

esculpida, desenterrada en 1790 de la plaza mayor de Méjico ha proporcionado i un sabio literato, Gama, los medios de establecer ciertos hechos interesantes, con respecto al estado que guardaba entre ellos esta ciencia. Este fragmento colosal, en el cual se ha esculpido el calendario, prueba que tenian procedimientos científicos bastantes para conocer, no solo la hora del día, sino la época de los solsticios y los equinoccios, y el momento del tránsito del sol por el cénit de Méjico.

No se puede contemplar sin asombro la desproporción entre los adelantos en la ciencia astronómica y los demás ramos de la civilización. El conocimiento superficial de algunos de los más sencillos principios de la astronomía, está al alcance hasta del más rudo salvaje; un poco de atención basta para percibir la conexión que hay entre el cambio de las estaciones y al de la posición del sol al salir y al ponerse: fácil es seguir la marcha del gran luminar por los cielos, observando las estrellas que brillan luego que despide en la tarde sus últimos rayos, y las que se apagan al despuntar los primeros: puédese medir la revolución de la luna, señalando sus faces y aún for marse una idea del número de revoluciones, que cabe en un año solar; pero ser capaces de arreglar sus fiestas por el curso de los astros y fijar la verdadera duración del año trópico con una exactitud desconocida de los más célebres filósofos de la antigüedad, no puede menos de ser el fruto de una serie dilatada de exactas y prolijas observaciones, que supone adelantos no pequeños en la carrera de la civilización. Pero ¿de dónde había sacado el grosero habitante de aquellas regiones montañosas tan curiosos descubrimientos.'' No ciertamente de las hordas bárbaras, que vagaban errantes por los hielos del Norte, ni de las razas meridionales en las cuales parece que no tuvieron contacto alguno. Aunque nos veamos por e! gran astrónomo de nuestros días, impulsados á buscar la solución de este problema, admitiendo la analogía del sistema en conjunto, con el de las sociedades asiáticas, siempre nos dejará perplejos la gran discrepancia en los pormenores; por manera que en muchos de estos no podremos menos de reconocer la originalidad de los az tecas.

Concluiré mis noticias sobre la astronomía, dando Ja descripción de la gran fiesta que celebraban al terminar el ciclo de cincuenta y dos años. En el capítulo anterior hemos hablado de la creencia en que vivían que el mundo debía acabar en cuatro épocas subsecuentes, pero ade más esperaban firmemente otra catástrofe semejante, que debía verificar á fin de su ciclo, y en el cual el sol debía desaparecer de los cielos, el género humano de la tierra y la oscuridad de los caos debía envolver todo el globo habitable. El ciclo acababa á los últimos de Diciembre, en que la triste avidez de la estación del invierno y la menor duración de la luz, les sugería melancólicos presagios de su próxima extinción; y sus temores iban creciendo gradualmente, hasta llegar al último de los días aciagos, con que se completaba el año, se abandonaban á todos los extremos de la desesperación. Hacían mil peda zos sus dioses domésticos ó penates, y á nadie se les permitía encender lumbre en su casa: los muebles y utensilios domésticos eran destruidos; las vestiduras desgarradas, y todo puesto en desorden, porque los espíritus malignos iban á venir á desvastar la tierra.

En la noche del último día se encaminaba de la capital hacia unas altas montañas, distan de ellas dos leguas, una procesión de sacerdotes, que conducían las vestiduras y ornamentos de los dioses: llevaban consigo una noble víctima, la flor de sus cautivos, y todos los instrumentos necesarios para encender el nuevo Juego, lo que si se conseguía, se tenía por un agüero propicio de la renovación del ciclo. Después de llegar á la cumbre de la montaña, la procesión esperaba hasta la media noche: al llegar al cénit, la constelación de las pléyades encendían el Juego nueDo, por la fricción de dos estacas^ colo-

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cadas sobre el herido pecho de la víctima. La llama era comunicada al punto á una hoguera fúnebre, adonde era arrojado el cuerpo del destro¿ado cautivo. En cuanto alzaban al cielo las llamaradas, arrojaban gritos yesclama» ciones de gozo y de triunfo la innumerable multitud, que cubría las colinas, las cumbres de los templos y los techos de las casas, y que ni un instante apartaba la vista del monte del sacrificio. A todas las partes del imperio se despachaban correos con hachas encendidas en señal de aviso, y el elemento querido se veía brillar en los altares y en los hogares domésticos muchas leguas en contorno, mucho antes que el sol, levantándose con su acostumbrada magestad, viniese á dar seguras pruebas de que había comenzado á correr un nuevo ciclo y de que no se habían trastornado para los aztecas las leyes de la naturaleza.

Los trece días siguientes estaban consagrados á los re gocijos públicos: las casas eran aseadas y blanqueadas; ¡os V3S0S rotos se reponían con otros nuevos; el pueblo, vestido de gala, y con coronas y sartas de flores, se agolpaba á los templos en alegres procesiones, para ofrecer oblaciones y tributar acción de gracias á los dioses: había instituidos bailes y juegos emblemáticos de la regeneración del mundo. Era el carnaval de los aztecas, ó mejor todavía, el jubileo nacional, la gran fiesta secular de los romanos y etruscos, aquella fiesta de que decía Suetonio, que «pocos vivientes la habían visto y pocos vivientes volverían á verla».

Mde Humboldt decía hace tres años, que «sería de desear que algún gobierno publicase á sus espensas las reliquias, que aún quedan de la antigua civilización americana, porque solo comparando muchos monumentos se podría llegar á encontrar la llave de esas alegorías en parte astronómicas y en parte míssicas. «Este sabio deseo na sido realizado, no por gobierno alguno, sino por un individuo privado: Lord Kingsborough. La gran obra publicada bajo sus auspicios y tantas veces citada en esta introducción, apareció en Londres en 1830. Cuando esté completa comprenderá nueve volúmenes, de los cuales ya han salido siete. Los que no la hayan visto po drán formarse una idea de la magnificenbia de la obra, con solo saber que recien publicados, costaba el ejemplar en Londres 175 libras esterlinas con láminas iluminadas, y 150 con láminas en negro, bien que posteriormente ha bajado mucho su precio. El objeto de la obra es reproducir todos los manuscritos aztecas que han llegado tiasta nosotros, y las pocas interpretaciones que existen, ios bellos grabados de Castañeda, relativos á la América Central, con los comentarios de Dupaix; publicar la historia inédita del padre Sahagun, y finalmente, (y no es esto lo menos), las copiosas notas del dueño y editor de ia obra.

Nunca se pondeiará bastante la ejecución material, su espléndida tipografía, la exactitud y finura de los grabados y la suntuosidad de los materiales. Sin embargo, bien pudo el editor haberse ahorrado muchos gastos supérfluos, y el lector de molestias inútiles, si las láminas hubiesen sido de un tamaño más reducido; pero no es raro en obras calcadas sobre un plan tan magní- -ico Ver sacrificada hasta cierto punto la utilidad ó la ostentación.

La colección de los manuscritos aztecas, aunque no completa, basta para acreditar la diligencia y laboriosidad del compilador, á pesar de que causa extrañeza que ni Jn solo documento haya sido sacado de España. Pedro Mártir habla de algunos que fueron mandados á España en su tiempo. El marqués de Spinetto examinó uno en el Escorial, que era el código de Mendoza y tal vez el original, porque el de Oxford no es sino copia. Mr. de ^^Vaddilove, capellán de la embajada británica en España, dio al doctor Robertson noticia de uno que vio en la misma librería y que él consideraba ser un calendario azteca además de que casi es imposible que los numerosos

viajeros que iban al nuevo mundo, no enviasen á la madre patria algunas muestras interesantes de la civilización de aquellos países. No es ya de temerse que el ilustrado gobierno actual continúe ocultando esos tesoros al examen de los literatos.

No es muy fácil de alabar la disposición de los códigos. En algunos de ellos, como por ejemplo el de Mendoza, las láminas no están numeradas; asi que, quien quisiera estudiarlo, por medio de la interpretación correspondiente, se encontraría perdido en aquel laberinto de jeroglíficos, sin guía que lo condujese. Sobre el valor positivo y autenticidad de los documentos, ó cuando menos su historia, no sedan más noticias que una estéiil referencia de la librería particular de donde se han sacado; si bien es cierto que en estas materias poco se puede de cir, porque poco se sabe. Pero otras partes de la obra sí se pueden tachar justamente de faltas de método. Por ejemplo, el libro 6° de la historia del padre Sahagun se I le ha sacado de su lugar natural, y se le ha llevado del cuerpo de la historia de que es parte, al volumen anterior. La gran hipótesis, que es el objeto de la obra, se esplana en una barabúnda de notas inconexas con el texto, y tan desímbolas como los cuentos de la reina Scheherezada, en las noches arábigas, aunque no tan entretenidas como ellas.

La mira á donde se dirigen las especulaciones de Lord Kingsborough es para probar la colonización de Méjico por los israelitas: á esto se dirigen todos los tiros de su ingenio y de su valor. A este fin se desmarañan jeroglíficos, se comparan manuscritos, se dibujan monumentos. Esta teoría, cualquiera que sea su mérito real, nunca será popular, porque en vez de presentarla en una forma clara, sencilla, fácilmente comprensible, está explanada en infinito número de notas, salpicadas abundantemente de citas en lenguas extranjeras, así antiguas como modernas; por manera que el lector, después de fluctuar en un océano de fragmentos, sin luz ni guía, se siente como el diablo de Milton, cuando quería abrirse paso para el caos: Sin hallar junto así ni mar ni tierra do naufragar ó en que viajar seguro.

Pero sería una injusticia negar que el autor, si no siempre convence, siempre muestra sagacidad en descubrir analogías, da pruebas de que conoce perfectamente su asunto y ostenta una erudición sólida, aunque á veces cansada, que cualesquiera que sean los defectos de la colección, ésta es bastante rica en documentos inéditos, sobre no solo la historia azteca, sino aun pudiera decirse que sobre la de toda la América; y finalmente, que ejecutando esa obra dispendiosa, que ningún gobierno habría querido y pocos individuos habrían podido emprender, el autor-'se ha hecho digno de la estimación y gratitud de todos los amigos de las ciencias.

Otro escritor que debe consultar el que quiera estudiar las antigüedades mejicanas, es don Antonio Gama. Su vida encierra algunos de esos incidentes tan frecuentes en la de los literatos. Nació en Méjico en 1755, de una familia respetable y se le inclinó á las leyes. Bien pronto conoció él que en la carrera de las matemáticas podía hacer progresos, y se dedicó á ellas especialmente. En 1 77 1 comunicó sus observaciones sobre el eclipse de ese año al astrónomo francés Lalande, que las publicó en París, haciendo grandes alabanzas del autor. La reputación sin cesar creciente de Gama, llamó la atención de! gobierno, que lo ocupó en varias comisiones científicas. Su pasión favorita era, en medio de todo esto, el estudio de las antigüedades indias; así es que procuró instruirse completamente en la historia de las razas aborígenes, sus lenguas, sus tradiciones, y en cuanto era posible, en la interpretación de sus jeroglíficos. El descubrimiento de la piedra del calendario en 1790 le presentó una coyuntura de dar á conocer el fruto de sus estudios anteriores, y su habilidad como anticuario. Publicó un ensayo maestro sobre aquel monumento, explicando el objeto á que

ambos estaban destinados, y derramando un torrente de luz sobre la astronomía, mitología y sistema astrológico de lüs aztecas. Continuó después sus investigaciones, siguiendo el mismo camino, y escribió algunos tratados sobre la gromónica, jeroglíficos y aritmética de los in dios. Todas sus obras, juntamente con una reimpresión de la primera, no se han publicado, sino hace pocos años por el laborioso Bustamante. Murió en 1802, dejando en su patria una hermosa memoria de su vida, en la cual, aunque se encontraban rasgos de esa superstición tan frecuente en los hispano-mejicanos, había también los no bles sentimientos propios de un sabio. Su reputación literaria es propia de un escritor diligente, exacto y sagaz. Sus conclusiones no adolecen ni de esa propensión á teorizar, tan común en los filósofos, ni de esa credulidad indiscreta, tan natural de los anticuariosr-^Trata su asunto con la cautela y rigor de un matemá/ico, cuyos pasos son otras tantas demostraciones. M. Humboldt con sultó mucho la primera obra de Gama, de lé cual hace alarde; pero no obstante los elogios de aquel escritor popular y el mérito intrínseco de los escritos de Gama, son poco conocidos fuera de su patria y casi se puede decir que su fama no ha llegado del otro lado de los mares.

■46 — El abate Rainal sostiene que los mejicanos debían estar atrazados en civilización, cuando no conocían el uso del hierro; pero los egipcios tampoco lo conocían ó usaron muy poco, pues sus monumentos han sido construidos con instrumentos de brc>nce, de lo que eran sus utensilios domésticos y sus armas.

47 — "Los célebres bajos relieves del último Motezuma y de su padre, labrados en roca maciza en los bellos bosques de Chapoltepec, fueron deliberadamente destruidos por orden del gobierno, nada menos que en el último siglo. Los monumentos de los bárbaros se tenían tan en poco por los hombres civilizados, como los de estos por los bárbaros>. Prescott.

A este respecto dice Pedro Mártir: cLos conquistadores raras veces reparaban los edificios que estaban arruinados. De mejor gana habrían saqueado veinte magníficas ciudades, que levantar un edificio.»

48 — tLas imágenes esculpidas eran tan numerosas, que los cimientos de la catedral en la plaza mayor de Méjico, se dicen que fueron enteramente compuestos de ellas: este lugar puede por tanto reputarse como el gran depósito de los tesoros de la antigua escultura, que ahora yacen allí escondidos, á pesar de que los monumentos de esta clase se encuentran en la capital esparcidos por todas partes; de manera que casi no se abre un cimiento sin encontrar algunos restos arruinados de las artes barbáricas. Pero como son poco eslimadas, cuando no se les despedaza brutalmente hasta dejarlas inservibles, se las destina á formar las paredes de los nuevos edificios».

4'.' — 'iLa pieza de escultura más interesante de cuantas hasta ahora se han desenterrado, es la piedra del calendario, de que hemos hablado en el capítulo precedente. Es de duro pórfido y del tamaño que tenía cuando se sacó de la cantera: se calcula que pesará cerca de cincuenta toneladas: fué traída de unas montañas que están más allá del lago de Chalco, á muchas leguas de la ciudad, por un camino quebrado y cortado por ríos y canales. Al pasarla por un puente se hundió éste, y la enorme piedra se sumergió en el agua, de donde costó gran trabajo sacarla. El hecho de trasportar tan enorme fragmento de pórfido, á ia distancia de muchas leguas, teniendo que vencer tantos obstáculos y sin la ayuda de bestias de carga, porque como ya hemos dicho, los aztecas no las conocían, da ideas no despreciables, de su habilidad en

la mecánica y de la potencia de sus máquinas: de aquí podíamos inferir que sus adelantos en aquella ciencia no eran inferiores á los que en la astronomía y en la geometría están atestiguando las inscripciones de la piedra mis ma.» Prescott.

Diez mil hombres se emplearon en el trasporte de esta enorme mole, según Pezozomoc, cuya narración, con todos los prodigios que la acompaña, ha sido minuciosamente copiada por Bustamante: este licenciado muestra tal gusto por lo maravilloso, que no le iría en zaga á un fraile de la Edad Media.

El viajero inglés Latrobe ha conciliado perfectamente las maravillas del arte y la naturaleza, suponiendo de esas piedras enormes se trasportaban por medio de mastodontes, cuyos restos se han desenterrado algunas veces

del valle de Méjico.

r)0 — Dice Herrera: tque también sabían esmaltar; pondera la habilidad de los plateros mejicanos para hacer pájaros y animales con alas y miembros, que se movían de la manera mas curiosa». (Pero á fines de este siglo, se les dan todos los movimientos que se quieren, y se es hace cantar, imitando perfectamente el canto de la especie de ese mismo pájaro)»,

Y ya que de pájaros hablamos, diremos que el que se llama calandria en América, es más conocido en Europa por alondra; y que el zorzal, cuyo canto es un estridente y variadísimo silvido, lleno de sorprendentes ondulaciones, también es llamado turpial, trupial y acol chi.

«Los planteros españoles no pudieron menos que confesar, que los aztecas les aventajaban en estas curiosas manufacturas.

Los antiguos mejicanos fabricaban para el uso doméstico utensilios de barro, de que aún quedan muchas muestras: hacían vasos y copas de madera pintada y bar nizada, que ademas de no dejar pasar la humedad, tenían colores muy vistosos. Sus tintes los sacaban del reino vegetal como del animal, y entre ellos figuraba tanto el rico carmesí de la cochinilla, rival moderno de la púrpu ra tiria. A Europa se trajo de Méjico, donde se le con serva con gran esmero en los plantíos de cactus, cuyo cultivo ha caído después en el abandono. Con ella daban los naturales hermosos tintes á sus diversas telas de algodón, el cual crece abundantemente en las regiones cálidas del país. Poseían además el arte de entretejerle con pelo de conejo y de otros animales, con lo cual las telas no eran no solo más bellas, sino de más abrigo: sobre estas manufacturas, enteramente originales, bordaban pájaros, flores y otras figuras graciosas.

Pero el arte en que más sobresalían y que cultivaban con más especial complacencia era el plumaje, ó arte de trabajar las plumas. Con ellas producían todos los efectos del más primoroso mosaico: el vistoso plumaje de las aves de los trópicos y principalmente el de la familia de los papagayos, les ofrecía una variedad infinita de colores: el vello finísimo y brillante del colibrí, que en bandadas frecuenta los bosques de madreselva, les pro porcionaba delicados y esquisitos matices para dar á sus pinturas una perfección admirable. Las plumas sobre puestas á las telas, formaban el vestido de los ricos, el tapiz de sus aposentos y los ornamentos de sus templos. Ningún artículo de la industria azteca fué tan admirado de los conquistadores como éste, del cual remitieron á Europa numerosas muestras. Es ciertamente digno de lamentar que haya caído en el olvido un arte tan gracioso». Prescott.

El conde Carli se sintió arrebatado de entusiasmo a! ver en Strasburgo una muestra de pinturas de plumas: € jamás se ha hecho, según creo, — esclama — cosa más esquisita en cuanto al brillo de los colores, á la imper-

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ceptible gradación de los matices y á la belleza del dibujo: ningún artista europeo pudiera haber trabajado cosa semejante».*

51 — «Los españoles encontraron al llegar á Méjico un número inmenso de pavos domesticados, porque allá los comían más comunmente, que ninguna otra volatería. En el estado salvaje se les encontró en los lugares poco frecuentados, no solo en Nueva España, sino en todo el continente, desde la parte N.O. de los Estados Unidos hasta Panamá. El pavo salvaje es más grande, más hermoso, y por todos títulos una ave más esquisita que la domesticada. Franclin, dice, chanceándose y con cierto chiste, «que merecía haber sido preferido al águila para emblema nacional».

«Esta hermosa ave fué traída de Méjico á Europa; los españoles la llamaban gallopavo^ por su semejanza con el pavo real: igual dice Oviedo, que poco tiempo después de la conquista vio esta ave en láS indias occidentales, donde dice había sido llevado de la Nueva España. Al gunos europeos olvidaron, sin embargo, tan pronto su origen, que la llamaron twrkey, indicando con esto la creencia vulgar de que procedía del Oriente. Varios naturalistas de peso han sostenido su origen asiático ó africano; pero estas opiniones no pueden prevalecer sobre la del sagaz y mejor instruido Buffon». Prescott.

52— Prescott copia los siguientes consejos de una madre azteca á su hija, de la obra de Sahagun, Historia DE Nueva España.

(Por el siguiente fragmento se puede formar el lector idea exacta de la estraña mezcla de sencillez, casi pue ril y de sublimidad moral, del original azteca: tal es el efecto de una civilización que apenas despunta.)

«Hija mía muy amada, muy querida palomita: ya has oído y notado las palabras que tu señor padre te ha di' ho: ellas son palabras preciosas, y que raramente se dicen ni se oyen, las cuales han procedido de las entra ñas y corazón en que estaban atesoradas, y tu muy amado padre bien sabe que eres su hija engendrada de él; eres su sangre y carne, y sabe Dios Nuestro Señor que es así, aunque eres mujer é imajen, de su padre. ¿Qué más te puedo decir, hija mía, de lo que ya está dicho.-* ¿Qué más puedes oir de lo que has oido de tu señor y padre, el cual te ha hablado copiosamente, lo que te cumple hacer y guardar, ni ninguna cosa ha qaedado de lo que te conviene, que no lo haya tocado? Pero por hacer lo que soy obligada para contigo, quiérete decir algunas pocas palabras.

Lo primero que te encargo mucho es que guardes, y que no olvides lo que tu señor y padre ya te dijo, porque son todas cosas muy preciosas; y las personas de su suerte raramente publican tales cosas, y que son palabras de señores y sabias, apreciables como piedras ricas y muy laboradas; mira, pues, que las tomes y guardes en tu corazón y las escribas en tus entrañas. Si Dios te diere vida, con aquellas mismas palabras has de doctrinar á tus hijos é hijas, si Dios te lo diere.

Lo segundo que te quiero decir, es que mires ifue te amo mucho, que eres mi hija querida; acuérdate que te traje en mi vientre nueve meses, y de que naciste y te criaste en mis brazos: yo te ponía en lá cuna y de allí en mi regazo y con mi leche te crié. Esto te digo, porque sepas que yo y tu padre fuimos tos que te engen dramos, y ahora te hablamos doctrinándote. Mira que tomes nuestras palabras y las guardes en tu pecho. Cuida que tus vestidos sean honestos y limpios y como conviene: mira que no te atavies con cosas curiosas y muy labradas, porque esto significa fantasía, poco seso y locura. Tampoco conviene que tus atavíos sean muy viles, sucios ó rotos, como son los de gente baja, porque estos andrajos son señal de gente vil y de quien se hace burlar. Tus vestidos sean honestos y limpios,

de manera que ni parezcas fantástica ni vil. Cuando hablares, no te apresurarás en el hablar con desasosiego, sino poco á poco y sosegadamente: cuando hablares no alzarás la voz, ni hablarás muy bajo, sino con mediano sonido, ni adelgazarás mucho cuando hables, ni cuando saludes, ni hablarás por las narices, sino haz que tus palabras sean honestas y de buen sonido y la voz mediana. No seas curiosa en tus palabras. Mira, hija, que en el andar has de ser honesta; no andes con apresuramiento ni con demasiado despacio, porque es señal de pompa andar despacio, y el andar aprisa tiene el resabio de desasosiego y poco asiento.

Andando, llevarás un medio, que ni andes muy de prisa ni muy despacio; y cuando fuere necesario andes de prisa, hacedlo así, por eso tienes discreción. Para cuando fuere necesario saltar algún charco, saltarás honestamente, de manera que ni parezcas pesada, torpe ni liviana. Cuando fueres por la calle ó por el camino, no lleves inclinada mucho la cabeza ó encorvado el cuerpo, ni tampoco vayas muy levantada la cabeza, porque es señal de mala crianza: irás derecho y la cabeza poco inclinada. No lleves la boca abierta ó la cara con vergüenza: no vayas mirando á manera de cegatona, ni hagas con los pies meneos de fantasía por el camino: anda con sosiego y con honestidad por la calle. Lo otro que debes notar, hija mía, es que cuando fueres por la calle no vayas mirando acá ni acullá, ni volviendo la cabeza á mirar á una parte y á otra, ni irás mirando al cielo, ni tampoco irás mirando la tierra.

A los que encontrares, no los mires con ojos de persona enojada, ni hagas semblante de persona incómoda, sino que mira á todos con cara serena: haciendo esto no darás á nadie ocasión de enojarte contra tí. Muestra tu aspecto y disposición como conviene, de manera que no lleves el semblante como enojada, ni tampoco como risueña. Mira también, hija, que no se t^dé nada por las palabras que oyeres, yendo por el camino, ni hagas cuenta de ellas, digan lo que dijeren los que van y vienen.

No cures de responder ni de hablar; mas haz como que no ios oyes ni los entiendes; porque haciendo de esta manera, nadie podrá decir con verdad que dijiste tal cosa. Mira también, hija, que nunca te acontezca afeitar la cara ó poner colores en ella ó en la boca, por parecer bien, porque es señal de mujeres mundanas y carnales. Los afeites y colores son cosas que las malas mujeres usan, las desvergonzadas, que ya han perdido el pudor y aun el sexo, que andan como locas y borrachas: estas se llaman rameras: para que tu marido no te aborrezca, atavíate, lávate y lava tus ropas, y esto sea con regla y con discreción; porque si cada día te lavas y también las ropas, decirse ha de tí que eres relimpia y que eres demasiado regalada: llamarte han tapepetzon t:- nemaxoch.

Hija mía, este es el camino que has de llevar, porque de esta manera nos criaron tus señoras antepasadas, de donde vienes. Las señoras nobles, ancianas, canas, abuelas, etc., no nos dijeron tantas cosas como yo te he dicho; no nos decían sino algunas pocas pocas palabras, y nos hablaban de esta manera: «Oíd, hijas mías: en este mundo es menester vivir con mucho aviso, y recato: oye esta comparación que ahora te diré y guárdala, y de ella toma ejemplo y dechado para bien vivir. Acá en este mundo vamos por un camino bien angosto, muy alto y muy peligroso, el cual es como una loma altísima, y por lo empinado de ella va un camino muy estrecho: á la una mano está gran profundidad y hondura sin suelo, y si te desviares del camino á una ú otra mano, caerás en aquel profundo; por tanto, conviene con mucho tiento, seguir el camino.»

Hija muy tiernamente amada y palomita mía: guarda este ejemplo en tu corazón y mira que no te olvides que este será candela y como lumbre por todo el tiem-

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po que vivieres en este mundo. Solo una cosa, hija mía, me resta por decirte para acabar mi plática: si Dios te diere vida, si vivieres algunos años sobre la tierra, mira que no des tu cuerpo á algún hombre; mira que te guar des mucho que nadie llegue á tí ni tome tu cuerpo: si perdieres tu virginidad, y después de esto te demandare por mujer alguno y te casares con él, nunca se habrá bien contigo, ni te tendrá verdadero amor; siempre se acordará que no te halló virgen, y esto será causa de gran aflicción y trabajo: nunca estarás en paz, siempre estará tu marido sospechoso de tí.

¡Oh, hija mía, muy amada palomita! Si vivieres sobre la tierra, mira que en ninguna manera te conozca más de un varón; y esto que ahora te quiero decir, guárdalo como mandamiento estrecho. Cuando fuere Dios servido de que tomes marido, estando en su poder no te altivezcas: mira que no le desprecies ni des licencia á tu corazón para que se incline á otra parte; no te atrevas á él; mira que en ningún tiempo ni en ningún lugar le hagas traición que se llame adulterio: mira que no des tu cuerpo á otro, porque esto, hija mía muy querida y muy amada, es una caída en una sima sin suelo, que no tiene remedio ni jamás se puede sanar.

Según es el estilo del mundo, si fuere sabido, y si fueres vista, por este delito matarte han. echarte han en una calle para ejemplo de toda la gente, donde serás por justicia machucada la cabeza y arrastrada; de esto dice un refrán.... Probarás la piedra, serás arrastrada y tomarán ejemplo de tu muerte: de aqui sucederá infamia y deshonra á nuestros antepasados, señores y señoras y senadores de donde venimos y de donde naciste; ensuciarás su ilustre fama y gloria, con la inmundicia y polvo de tu pecado.

Asi mismo perderás tu fama, tu nobleza y tu generosidad: tu nombre será olvidado y aborrecido: de tí se dirá el refrán: tjue fuiste enterrada en el polvo de tus pecados: y mira bien, hija mía, que aunque nadie te vea, ni tu marido sepa lo que pasa, te ve Dios, que está en todo lu gar; enojarse ha contra tí y también despertará la indignación del pueblo contra tí y se vengará como él quisiere ó te tullirás por su mandato ó cegarás ó se te podrirá el cuerpo, ó vendrás á la última pobreza, porque te atreviste y arrojaste á obrar contra tu marido, que por ventura te dará la muerte ó te pondrá debajo de sus pies, enviándote al infierno.

Nuestro Señor misericordioso es; pero si hicieres traición á tu marido, aunque no sepa, aunque no se publique. Dios, que está en todo lugar, tomará venganza de tu marido, que siempre estará enojado contra tí y siempre te hablará con enojo. Mira, hija mía muy amable, á quien amo tiernamente; mira que vivas en el mundo en paz, reposo y contento los días que vivieres; mira que no te infames, que no mancilles tu honra, que no ensucies el lustre y fama de nuestros señores antepasados, de los cuales vienes: mira que á mí y á tus padres nos honres y nos des fama con tu buena vida. Hágate Dios muy bienaventurada, hija mía, primogénita, y llégate á Dios, el cual está en todo lugar».

53 — Dice Las Casas: «que su nombre convenia con su carácter, pues Motezuma, en su lenguaje azteca significa: hombre triste ó austero.

«Puso luego toda su felicidad en ir ganando voluntades, á cuyo fin se sirvió de algunas artes de política: ciencia que no todas veces se desdeña de andar entre los bárbaros, y que antes suele hacerlos, cuando la razón, que llaman de estado, se apodera de la razón natural. Afectaba gran obediencia y veneración á su rey, y extraordinaria modestia y compostura en sus acciones y palabras: cuidando tanto de la gravedad y entereza del semblante, que solían decir los indios, que le venía bien el nombre Motezuma, que en su lengua significa principe

sañudo, aunque procuraba tempiar esta severidad, forzando el agrado con la liberalidad». Solís.

54— Esta alocución, que se encuentra íntegra en Tor quemada, la ha publicado recientemente Bustamante en su obra: Tezcl'co en los últimos tiempos.

55 — No sabemos que admirar más: si la superstición de los indígenas al creer y referir tan fantásticos sucesos, ó la credulidad de Solís al escribir el siguiente párrafo: «En ambos acontecimieutos pudo tener alguna parte, (Nota de Revilla. No en alguna parte, sino en el todo; y aun más todavía, la credulidad de los escritores y su afán por lo maravilloso), la credulidad de aquellos bárbaros, de cuya relación lo entendieron los españoles. Dejemos su recurso á la verdad; pero no tenemos por inverosímil que el demonio se valiese de semejantes artificios para irritar ¿ Motezuma contra los españoles y poner estorbos á la introducción del Evangelio; pues es cierto que pudo (suponiendo la permisión divina en el uso de su ciencia), fingir y fabricar estos fantasmas y apariciones monstruosas, ó bien formarse aquellos cuerpos visibles, condensando el aire con la mezcla de otros elementos, ó lo que más veces sucede, visiando los sentidos y engañando la imaginación, de que tenemos algunos ejemplos en las sagradas letras, que hacen creíbles los que se hallan del mismo género en las historias profanas». Solis.

A propósi o de esos milagros trae Lafuente, en su His TORiA GENERAL DE EsPAÑA, dcsDués de dar razón de la muerte de Carlos V, la siguiente nota: «Sandoval, Vida del emperador en Yuste, pág. 15. No escasean los historiadores eclesiásticos sus relaciones de apariciones y prodigios, que dicen haberse visto y observado á su muerte. Según el P. Sigüenza, uno ó dos cometas anunciaron por espacio de muchos dias su enfermedad y fallecimiento. La noche que murió brotó de repente el ca pullo de una azucena que había en el jardinillo, junto á la ventana de su aposento, cuya flor se colocó después delante de la custodia. Un monge del Escorial avisó, an dando el tiempo, á Felipe II, que le había sido revelado, cómo el alma de su padre había salido del purgatorio. Al decir del obispo Sandoval, una ave grande, mitad blanca, mitad negra, vino por espacio de cinco noches de la parte de Oriente, y posándose sobre el tejado de la capilla, daba cinco gritos con algún intervalo de uno á otro, y luego volaba hacia el Poniente, con gran admiración de los padres del convento. Estos y otros seme jantes prodigios han sido repetidos después por varios historiadores. El lector les dará la fe que le parezca puedan merecer. ,

56— Dice Las Casas: «((Quedaron todos los que vieron aquestas tan ricas y tan bien artificiadas y hermosísimas, como de cosas nunca vistas».

57— El padre Sahagun describe del modo siguiente aquellas piedras tan preciosas en Méjico, que solo á los nobles era permitido usarias: «Las chalcuites son verdes y no trasparentes, mezcladas de blanco; úsanla mucho los principales, trayéndolas á las muñecas atadas en hilo, y aquello en señal de que es persona noble el que las trae».

58— Portocarrero era partidario de Cortés y Montejo de Velázquez; lo que exprofeso nombró á ambos de alcaldes, para que así no tuvieran queja sus contrarios. Todos los demás del Ayuntamiento eran sus amigos.

59 — Solis trae este largo discurso que copió íntegro Robertson, y al que dice Frescott, no debe darse mayor crédito, como á otros muchos, que trae también Solis, «por estar escritos siglo y medio después de pronunciados.» .- . .. ,

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Y nosotros preguntamos además, ¿qué taquígrafos tenían los conquistadores, para que así pasaran íntegros á á la historia? Lo mas que podría concederse es lo que Bernal Díaz y otros trasmitieron en sus relaciones, di ciendo lacónicamente:— en tal situación díjose tal ó cual cosa, -lo que sin duda sirvió á Solis para escribir discursos extensos, segín correspondían al caso.

60— El siguiente extracto.— que tomamos de la obra dePrcscott,— de la célebre carta dirigida al Emperador por el Ayuntamiento de la Villa Rica de Veracruz. da una idea sucinta de la fundación de la orímera colonia en Méjico y del nombramiento hecho en Hernán Cortés para Justicia Mayor y Caoitán general. (El original se conserva en la librería imperial de Viena).

«Después de se haber despedido de nosotros el dicho Cacique, y vuelto á su casa, en mucha cnnfi^rmidad, como en esta armada venimos, personas nobles, caballeros hijos dalgo, zelosos del servicio de Nuestro Señor y de Vuestras Reales Altezas, y deseosos de ensalzar sí Corona Real, de acrecentar sus Seño'-íos, y de aumentar sus rentas, nos juntamos y platicamos con el dicho Capitán Fernando Cortés, diciendo que esta tierra era buena, y que según la muestra de oro que aquel Cacique había traído, se creía que debía ser muy rica, y que según las muestras que el dicho cacique había dado, era de creer que él y todos sus indios nos tenían muy buena voluntad.

Por tanto que nos parecía que nos convenía al servicio de Vuestras Magestades, y que en tal tierra se hiciese lo que Diego Velazquez había mandado hacer al dicho Ca pitan Fernando Cortés, que era rescatar todo el oro que pudiese, y rescatado volverse con todo ello á la isla Fernandina, para gozar solamente de ello el dicho Diego Velazquez y el dicho Capitán; y que lo mejor que á todos nos parecía era, que en nombre de Vuestras Altezas Reales, se poblase y fundase allí un pueblo en que hubiese justicia para que en esta tierra tuviesen Señorío, como en sus Reinos y Señoríos lo tienen, porque siendo esta tierra poblada de Españoles, demás acrecentar los Reinos y Señoríos de Vuestras Magestades, y sus rentas, nos podrían hacer mercedes á nosotros y á los pobladores de que mas allá viniesen adelante, y acordado esto, nos ¡untamos en concordes de un ánimo y voluntad, y hicimos un requirimiento al dicho Capitán, en el cual dijimos: que pues él veia cuanto al servicio de Dios Nuestro Señor y al de Vuestras Magestades convenía, que esta tierra estuviese poblada, dándole las causas de que arriba á Vuestras Altezas se ha hecho relación, que la requerimos que luego cesase de hacer rescates de la manera que los venía á hacer, porque sería destruir la tierra en mucha manera V. V. Magestades sería en ello muy deservidos; queansi mismo le pedimos y requerimos que luego nombrase para aquella villa, que se había para nosotros de hacer y fundar, Alcaldes y Regidores, en nombre de Vuestras Reales Altezas, conciertas protestaciones en forma, que contra él protestamos si ansi no lo hiciesen, y hecho este requirimiento al dicho Capitán, dijo que daría su respuesta al día siguiente; y viendo pues el dicho Capitán como convenia al servicio de Vuestras Reales Altezas lo que le pedíamos, luego otro día nos respondió diciendo, que su voluntad estaba mas inclinada al servicio de Vu<;stras Magestades que á otra cosa alguna, y que no mirando el interés que á él se le siguiese, si proseguía en el rescate que traía, propuso de rehacer los grandes gastos que de su hacienda había hecho en aquella armada, juntamente con el dicho Diego Velazquez, antes poniéndolo todo le placía y era contento de hacer lo que por nosotros le era pedido, pues que tanto convenía al servicio de Vuestras Reales Altezas; y luego comenzó con gran diligencia á poblar y fundar una villa la cual puso por nombre Rica Villa de Vera Cruz, y nombrónos á los que la delantes suscribimos por Alcaldes y Regidores de la dicha Villa y en nombre de Vues

tras Reales Altezas recibió de nosotros el juramento y solemnidad que en tal casóse acostumbra y suele usar. Después de lo cual otro día siguiente entramos en nuestro cabildo y ajuntamiento, y estando así juntos enviamos al dicho capitán Fernando Cortés y le pedimos á nombre de Vuestras Reales Altezas, que nos mostrase los poderes é instrucciones que el dicho Diego Velazquez le había dado para venir á esns partes, el cual envió luego por ellos y nos los mostró; y vistos y leídos por nosotros, bien examinados, según lo que pudimos mejor entender, hallamos á nuestro parecer que por los dichos poderes é instrucciones no tenía mas poder el dicho Capitán Fernando Cortés, y que por haber ya espirado no podía usar de justicia ni de Capitán de allí adelante; pareciéndonos, pues, muy Excelentísimos Príncipes que para la pacificación y con:ordia entre nosotros y para nos gobornar bien, convenía poner una persona para su Real servicio, que estuviese en nombre de Vuestras Magestades en la dicha villa y en estas partes por justicia mayor y Capitán y cabeza, á quien todos acatásemos hasta hacer relación de ello á Vuestras Reales Altezas para que en ello proveyesen los que mas servidos fuesen, y visto que á ninguna persona se podría dar mejor el dicho cargo que al dicho Fernando Cortés, porque además de ser persona de tal cual para ello conviene, tiene muy gran zelo y deseo del servicio de Vuestras magestades.

Y ansi mismo por la mucha esperiencia que de estas partes y islas tiene, de causa de los cuales ha siempre dado buena cuenta, y por haber gastado todo cuanto tenía por venir como vino con esta armada en servicio de Vuestras Magestades, y por haber tenido en poco, como hemos hecho relación, todo lo que podía ganar y intere se que se le podía seguir, si rescatara, como traía concertado, y le proveíamos en nombre de Vuestras Reales Altezas de justicia y Alcalde mayor, del cual recibimos el juramento que en tal caso se requiere, y hecho como convenía al Real servicio de Vuestra Magestad, lo recibimos en su Real nombre en nuestro ajuntamiento y cabildo por Justicia Mayor y Capitán de Vuestras Reales armas, y ansí está y estará hasta tanto que Vuestras Magestades provean lo que mas á su servicio convenga: hemos querido hacer de todo esto relación á Vuestras Reales Altezas, porque sepan lo que acá se ha hecho y el estado y manera en que estamos.

Y Prescott espone: «Esto debe parecer muy natural á quien quiera que considere que Cortés había nombrado á aquel cuerpo y aquel cuerpo le nombró á él. Pero el afectado respeto á las formas legales, encubría por enton ees, á lo menos, de cierto barniz sus procedimientos para con las tropas. En cuanto á lo futuro, se confió á su buena estrella, ó en otros palabras, al éxito de su empresa, para justificar su conducta ante el emperador; y en efecto no se equivocó en su cálculo.

¡Tal era la habilidad de este hombre extraordinario, y tal el influjo que en pocos meses había adquirido sobre aquellas almas indómitas y turbulentas! Con tan súbita transformación de un campamento militar en sociedad civil, había zanjado los nuevos y firmes cimientos para sus operaciones ulteriores. Ya podía desde ahora proceder sin temor de que la sojuzgase ó desaprobase su conducta ninguna otra autoridad superior, excepto la corona, bajo cuya única inspección quedaba desde aquel momento. Procediendo de esta manera, lejos de incurrir en la nota de usurpador, ó de trasgresor de las autoridades le - gítimas, había hecho caer en gran pártela responsabilidad sobre los que le habían precisado á obrar. Sobre todo, aquel paso había vinculado estrechamente la suerte de sus compañeros con la suya propia: habian tomado su suerte en aquella aventura, buenas ó malas, tenían que soportar las resultas. Ya no se proponía á^ ceñirse á un sórdido comercio, sino que seguro de la cooperación de todos, iba á meditar y desenvolver gradualmente los

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magníficos y atrevidos proyectos, que guardaba en su pecho, acerca de la conquista del imperio.»

61 — La cumbre del Drizaba, según Humboldt, se eleva á la inmensa altura de 17.568 pies sobre el nivel del mar.

62— Las Casas daba i este pueblo veinte ó treinta mil habitantes; pero Torquemada lo hizo ascender hasta ciento cincuenta mil. Este lugar fué abandonado después de la conquista, y sus ruinas subsistían hasta fines del siglo pasado.

63— Luego supieron los españoles por doña Marina,— como ellos la llamaban, — que era costumbre entre los aliados ó cuando ayudaban en las guerras á sus señores, el contribuir con sus tamanes ó tropa de cargadores, los cuales andaban cinco ó seis leguas, con dos ó tres arrobas de peso.

61 — «Dice don Antonio de Herrera que pasaría de cien mil hombres la gente de armas, que ofrecieron estos caciques: no la contó Bernal Díaz ni llegó el caso de alistarla: sería grande el número por ser muchos los pueblos y fáciles de mover contra Mjtezuma. particularmente cuando la serranía constaba de indios belicosos, recien sujetos ó mal conquistadosf. Solis.

65— No obstante las ventajas de su situación, á poco de la conquista abandonaron los españoles la Villa Rica y se fueron á un lugar que está hacia el Sud, no lejos de la embocadura del rio de la Antigua. Este segundo establecimiento era conocido con el nombre de «Veracruz la vieja.» A poco tiempo, en el siglo XVil dejaron también este lugar por el llamado hoy «Veracruz la nueva».

66 — «O mas bien relación circunstanciada de todo lo descubierto hasta la fecha: esto es 10 de Jul'o de 1519. Robertson equivoca esta data, tomando la del ló del mes, día de la partida de los dos Comisionados.» José de la Revilla, quien ha aumentado la nueva edición de la Historia de la conquista de Méjico, de Solís, publicada en Paris en 1858 en un Resumen histórico, de la Conquista de Nueva España, desde la rendición de Méjico hasta el fallecimiento de Hernán Cortés, é ilustrándola con notas.

«El doctor Robetson asegura que con este motivo fué registrada la librería imperial de Viena. No he sido yo mas afortunado en las pesquizas que hecho en el Museo Británico, en la Real Librería de Paris y en la de la Academia de Historia de Madrid. Esta última es un gran repertorio de documentos relativos á la historia de las colonias; pero un examen escrupulosísimo de ella, me ha hecho conocer que la carta de que se trata falta en la colección. Como el emperador la recibió en la noche de su embarco para Alemania y la carta de Ve racruz partió á este mismo tiempo, es probable que esté sepultada en Viena.» Prescott.

67— En la carta de Veracruz hay un inventario completo de todas las cosas mandadas por Motezuma.

Las siguientes son solamente algunas de ellas"

Dos collares de oro y piedras preciosas.

Cien onzas de oro puro, para que vieran sus altezas las cosas mandadas por Motezuma.

Dos pájaros con pluma verde con patas, pico y ojos de oro.

Una gran cabeza de serpiente, de oro.

Otro pájaro de pluma verde, con las patas, el pico y los ojos de oro.

Otros dos pájaros de hilo y plumas, con las plumas de las alas y de la cola, las patas, ojos y estremos de los picos, de oro: ambos están descansando en dos cañas cubiertas de oro, que nacen de unas bolas de pluma

bordadas de oro, unas de ellas blanca y la otra amarilla; pendiendo de cada una siete borl.is de plumaje.

Una gran rueda de plata del peso de cuarenta marcos; y otras más pequeñas del mismo metal.

Una caja de cuero bordada de plumas, con una gran lámina de oro de setenta onzas de peso en la parte media.

Dos piezas de estofas tejidas con pluma: otra de colores muy variados y otra con figuras blancas y negras.

Una gran rueda de oro con figuras de animales raros y bordada con penachos de hojas, del peso de tres mil ochucientas onzas.

Un abanico de variadas plumas, con treinta y siete varillas de oro.

Cinco abanicos idem, cuatro de ellos con diez y el otro con quince varillas envueltas en oro. - -

Diez y seis escudos de piedras preciosas, cjn plumas de muchos colores, pendientes de orla.

Dos piezas de algodón finísimo, con bordados negros y blancos.

Seis escudos, cada uno de ellos cubierto con una lámina de oro, y con una cosa en el centro, algo parecida á una mitra.

«Tal era el contenido de la famosa Carta primera de Cortés al Emperador Cdrlos V, que hasta aquí ha sido en vano buscar en las librerías de Europa. Que tal carta existió, lo prueban indudablemente, hasta las referencias á ella, que se hacen en las cartas subsecuentes, como en los escritos de la época». Prescott.

No pudo diriiir Cortés su primera carta i su monarca, dirijida al emperador Carlos quinto, porque éste fué decía rado emperador en Alemania el 28 de Junio de 15 19 y la carta de Cortés es de fecha 10 de Julio del mismo

año.

>. y

68 — € Este documento es de la mayor autoridad é importancia, como que procede de las personas mejor informadas de todo el ejército. Presenta una noticia completa de todo lo que se había encontrado en los países hasta entonces visitados, y de los movimientos hechos por el ejército hasta la fundación de Villa Rica. Por Gira parte, los historiadores se hacen merecedores de nuestra confianza por el tono circunspecto de su narración, t Querer dar á Nuestra Majestad todas las particularidades de esta tierra y gente de ella, podría ser que en algo se errase la relación; porque muchas de ellas no se han visto más de por informaciones de natu rales de ella, y por esto no nos entrometemos á dar más de aquello que por muy cierto y verdadero. Vuestras Reales Altezas podrán tener». La noticia dada por Velazquez debe ser tenida por testimonio de parte, y por lo tanto ser admitida con gran desconfianza, pues que era esencial para su propia vindicación, la vindicación de Cortés. Esti carta jamás se ha impreso; y el original existe, como arriba lo decimos, en la Librería imperial de Viena. La copia, que yo poseo, y que consta de más de sesenta páginas en folio, está tomada de la que hay en la Academia de Historia de Madrid». Prescott.

69 — Pedro Mártir, que aventaja en ilustración á todos los escritores de su época, consagra medio capítulo al examen de los manuscritos indios, en los que encuentra las pruebas de una civilización análoga á la de Egipto.

70— Dice Solís que el día de la partida fué el 16 de Julio, y Prescott el 26. Entre estas dos autoridades duda uno en tal caso á quién seguir; pero cuando Prescott, concienzudo é investigador, munido de tantos documentos y conocedor de la obra de Solís, le contradice en tal fecha, sin temor ni salvedad, ha debido tener poderosas pruebas y razones para ello.

7L — El sacerdote Solís, ya que no puede silenciar el

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atentado del sacerdote Díaz, trata en cierto modo de discurparle ó hacer su cumplicidad dudosa, en el siguiente párrafo; pero Prescott, sin vacilación ni duda y ateniéndose á sus documentos fidedignos, le da como cabecilla de la conjuración.

«Bernal Díaz del Castillo, y á su imitación don Antonio de Herrera, dicen que tuvo la culpa en este delito el licenciado Juan Díaz, y que por el respeto del sacerdocio no se hizo con él la demostración que merecía. Pudiera valerle contra sus plumas esta inmunidad, particularmente cuando es cierto que escribió Hernán Cortés al emperador en treinta de Octubre de mil quinientos veinte, cuyo contesto debemos á Juan Bautista Ramusio en sus navegaciones, no hace mención de este sacerdote, aunque nombra todos los complicados de la misma sedi ción; ó no sería verdad el delito que se le imputa, ó tendremos para no creerlo la razón que él tuvo para ca- • liarlo».

72 — En descargo de tal suposición dicen Olviedo, Bernal Díaz, Las Casas y otros, que al firmar la sentencia exclamó, como Nerón: «¡Para qué aprendí á escribir!»

73 — Ignoramos qué fundamento haya tenido Prescott para decir; «Ordenó que les quitasen á cinco de las naves, peor acondicionadas, las jarcias, el velamen, el fierro y todo cuanto fuese movible, y que en seguida se las echase á pique. Se registró á las demás, y habiendo encontrado cuatro de ellas en el mismo estado, se las condenó á la misma suerte. ¡Una sola nave quedaba! « Se ocurre preguntar: y para qué.? ¿Para que se escapasen algunos á Cuba.?

Casi todos los historiadores están contestes en que fué simultánea la destrucción de la armada, ó bien haciéndola hundir, ó por medio del fuego. ¿Ni cómo pudo Cortés mandar que se echasen primero cinco á pique, cuando, si se amotinaban la jente, podía encaparse en las otras.? El golpe debió, pues, ser tan completo y simultáneo como fué atrevida la concepción, no dejando desde aquel momento esperanza alguna de evasión á los irresolutos. Y como dice muy bien el anotador de Solis: «El verdadero motivo que obligó á Cortés á destruir sus naves fué la poca confianza que tenía en la constancia de s.us soldados: las alteraciones que estos promovieron á fin de regresará Cuba, de que ya, se ha hecho relación, le dieron á conocer que solamente podia confiar en ellos, quitándole toda esperanza de salvación, como no la buscasen en su fuerza y valor. Así lo da á entender el mismo Cortés en sus relaciones».

Y Solis se espresa así: «Resolvióse á deshacer la armada y romper todos los bajeles para acaba de asegurarse de «US soldados, y quedarse con ellos á morir ó vencer; en cuyo dictame hallaba también la conveniencia de aumentar el ejército en mas de cien hombres, que se ocupaban en el ejercicio de pilotas y marineros. Comunicó esta resolución á sus confidentes, y por su medio dispuso, con algunas dádivas y con el secreto conveniente, que los mismos marineros publicasen á una voz que las naves se iban á pique sin remedio, con el descalabro que habían padecido en la demora y mala calidad de aquel puerto: sobre cuya desposición cayó como providencia necesaria la orden que les dio Cortés para que sacando á tierra el velamen, jarcias y tablazón que p:idia ser de servicio, diesen al través con los bnques mayores, reservando solamente los esquifes para el uso de la pesca: resolución dignamente ponderada por una de las mayores de esta conquista; y no sabemos si de su género se hallará mejor alguna en todo el campo de las historias.

De Agatocles refiere Justino, que desembarcando con su ejército en las costas de África, encendió los bajeles en que le condujo, para quitará sus soldados el auxilio de la fuga.

Con igual osadía ilustra Polieno la memoria de Ti-

marco, capitán de los etolos. Y Qjjinto Fabio Máximo nos dejó entre sus advertencias militares otro incendio semejante, si creemos á la narración de Frontino mas que al silencio de Plutarco. Pero no se disminuye alguna de estas hazañas en el ejemplo de las otras; y si consideramos á Hernán Cortés con menos gente que todos, en tierra mas distante y menos conocida, sin esperanza de humano socorro, entre unos bárbaros de costunnbres feroces, y en la oposición de un tirano tan soberbio y tan poderoso, hallaremos que fué mayor su empeño y mas heroica su resolución; ó concediendo á estos grandes capitanes la gloria de ser imitados porque fueron los primeros, dejaremos á Cortés, la de haber hallado sobre sus mismas huellas, el camino de escederlos.»

«Y porque demás de los que por ser criados y amigos de Diego Velazquez tenían voluntad de salir de la tierra, habrá otros que por verla tan grande y de tanta gente, y tal, y ver los pocos españoles que éramos, estaban del mismo propósito; creyendo que si allí los navios dejase, se me alzarían con ellos, y yéndose todos los que de esta voluntad estaban, yo quedaría solo.» Cortés. /

74 — Dice Las Casas que exclamó Cortés: «Si tal sucede, hágase la voluntad de Dios,» y agrega- «Mostró cuando se lo dijeron, mucho sentimiento Cortés, porque sabía hacer finjimientos, cuando le era provechoso, y respondióles, que mirasen bien en ello é.que si no estaban para navegar, que diesen gracias á Dio'S por ello, pues no se podía hacer mas.»

75— «Decían que los querían meter en el matadero.» Gomara.

76 --Al cabo, lo hubieron de sentir la gente y á una se le amotinaron muchos, y este fué uno de los peligros que pasaron por Cortes de muchos que para matallos de los mismos españoles estuvo.» Las Casas.

77— «El hábil orador había herido la cuerda que mas vibraba en el pecho de sus oyentes. Conforme habló fueron olvidándose los antiguos resentimientos: la seductora perspectiva de las futuras riquezas y de la gloria, volvió á presentarse ante sus ojos, animada y embellecida por la elocuencia de su general: corridos de su primera desconfianza, revivió el entusiasmo por su caudillo, pues conocían que solo bajo sus banderas podían caminar á la gloria; por manera que cuando concluyó su arenga, el aire resonó con los gritos de: ¡A Méjico! ¡A Méjico!»

7S— «La destrucción de las naves es acaso el incidente mas notable de la vida de este hombre estraordinario. Pocos son en verdad los ejemplos de este género que nos ofrece la historia; y en ninguno eran mas precarias las esperanzas del triunfo, ni mas desastrosas las resultas de una derrota. Si se hubiese malogrado aquella acción se la habría llamado un rasgo de locura; y sin embargo, era hija de un cálculo profundo. Su caudal, su fortuna, su vida misma, todo lo había arriesgado y era preciso afianzarlo: no cabía alternativa entre morir ó perecer; y la medida tomada aumentaba mucho las probabilidades del triunfo; pero llevarla al cabo al frente de una soldadesca desatada y desesperada, fué un acto de resolución de que pocos ejemplos ofrece la historia.

Acaso el más famoso de estos ejemplos es el de Julián, quien en la malhadada expedición á Asiría quemó la flota en que había pasado el Tigris. Eue pasaje lo refiere Gibbon, quien demuestra satisfactoriamente, que la flota habría sido de más daño que provecho, en el curso de las ulteriores operaciones». Prescott.

79 — «Antes de partir dirigió el general á sus soldados algunas palabras para animarlos. Díjoles que dentro de

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poco iban i dar principio i la gran empresa, objeto de sus anhelos, y que confiasen en que el Divino Salvador les sacaría victoriosos de todas las batallas contra sus eneirigos: añadióles enseguida estas palabras: — no tenemos otro socorro y ayuda sino el de la Divina Provi dencia y de nuestros esforzados corazones. — Acabó su alocución comparando sus hechos con los de los antiguos romanos, en frases de melítlua elocuencia,— que no me es posible repetir, — dice el sencillo y valiente historiador que la escuchó. Poseía Cortés esa elocuencia, que domina el corazón de los soldados, porque le tenían simpatía, y él á su vez del espíritu romancesco de ellos. Todos á una voz esclamaron: estamos prontos á obedeceros: echada está la suerte de nuestra buena ó mala ventura». Prescoit.

80 — El nombre mejicano es Nauhcampatepetl, formado

de Nauhcampe, esto es, cosa cuadrada, tepetl, montaña,

^ Humboldi, que llegó por entre los bosques y los hielos á

la cumbre fija su altura en t?.4i4 pies sobre el nivel

del mar.

SI — El conocido hoy con el nombre eufónico mejicano Tlatlauquitepec, según Lorenzana; y llamado por Bernal Díaz, Cocotlan.

82 — t Puestos tantos rimeros de calaveras de muertos, que se podían bien contar, según el condeno con que estaban puestas, que me parecen que eran más de cien mil, y digo oira vez, sobre cien mil». Bernal Díaz.

Se le podría preguntar á Bernal Díaz, al decir, calaveras de mutrtoSy si hay calaveras de vivos.''

8:i — «El cual casi admirado de lo que le preguntaba» me respondió diciendo: ¿qué quién no era vasallo de Motesuma.'' Queriendo decir que alia era señor del mundo».

84 — «Con cuya breve oración dejó á los indios menos orgullosos y con nuevo aliento á los españoles, diciendo á unos y otros, con poco artificio, lo mismo que sentía; porque desde el principio de esta empresa puso Dios en su corazón una seguridad tan extraordinaria, que sin despreciar ni dejar de conocer los peligros, entraba en ellos coiuo si tuviera en la mano los sucesos».

Y aquí debo agregar dos palabras: No debe extrañarse que use en esta obra, — como en otras anteriores, que del mismo género he escrito, — de ciertos diálogos y arengas de los protagonistas, que según sus historiadores, los reproducen con la íidciidad posible, la que también he procurado yo conservar, tratando de ceñirme exactamente i la historia.

Tal método se ha usado y usa, no solo en leyendas, poemas ) narraciones, sino hasta en las más serias y concisas historias; y comu prueba de ello citaré una de las más circunspectas y ricas por sus datos y estilo y de las que más me sirven para este trabajo, por el acopio de antecedentes, la de Solis, que es reputada como una obra clásica de nuestros tiempos, y de la que se dice quiso seguir las huellas de Plutarco.

Muchos críticos le reprueban la minuciosidad de tales arengas y diálogos, lomados — aunque no tan extensamente como los refiere,— unos de los muchos autores, que consultó y otros de las ideas, que supuso animados á sus protagonistas, sepún las situaciones en que se encontraron y los hechos que se produjeron, tratando de dar á aquellas idt-as y palabras, sin alterar los sentimientos que los dominaban, una mas viva interpretación de ellos, al procurar retratarlos bajo elegante forma literaria; y muchos de sus críticos dicen irónicamente, que el más atento especiaron ó taquígrafo no los hubiera trasmitido mejores. Oíros al contrario, hailan ingenio, maestría y grandes bellezas en ellos, y exactitud y rico acopio de

datos y antecedentes. No se puede contentar á todos. Además, por mucho que respete yo la opinión pública,—la que tal vez clasifique de demasiado minucioso, ó mejor dicho, pesado, este mi trabajo, por creerlo que por su género ha debido estar más bien sujeto á las pres cripciones literarias que á las históricas, — debo decir, que o también tengo mis propias opiniones, que escribo más ien por complacerme y como me parece, sea bueno ó malo mi método, y no como pudiera parecerles mejor á mis lectores, pocos ó muchos.

Salteen lo que no les agrade, hojeen solo él libro ligeramente ó ciérrenlo, si nada íes place, ni aún la relación histórica.

8.5— «Tiene más de treinta príncipes así sujetos, que cada uno de ellos tiene cien mil hombres ó más de pelea.» Oviedo. Y á este dice Prescott: tEste cuento maravilloso ha sido trascrito seriamente por más de un escritor español, al dar idea del poder de la monarquía azteca; no como una aserción de este cacique, sino como un documento de estadística.» ^ , " c>. ^

8t) — «El correcto nombre de la ciudad llamada Ixtacamaxtillan, Iztamasitan de Cortés, apenas puede traducirse en el Xalacingo de Bernal Díaz. En lóoi fué removida la ciudad de la cumbre al valle. En el primer sitio subsisten todavía enormes fragmentos de piedra labrada, que prueban la elegancia de la antigua fortaleza ó palacio del cacique.» Lorenzena.

87 — Menciona Solis, que la consulta que hizo Cortés sobre cuál camino debiérase seguir, la hizo en el pueblo anterior Zocothlan, conocido hoy por Tlatlauquitepec; pero habiéndose hecho sospechoso Olintech, cacique de ese pueblo, no es presumible que allí hiciera esa consulta, sino en Izimasitan, como lo llama Cortés, ó Xacacingo Solis, que es donde Prescott y otros dicen que la hizo.

88 — «Los grandes recibimientos que hacían á los capitanes que venían y alcanzaban la victoria en las guerras, y las fiestas y solemnidades á manera de triunfo, que los metían en andas en su pueblo, trayendo consigo á los vencidos; y por eternizar sus hazañas se les cantaban públicamente y así quedaban conmemoradas, y conestatuas que se les ponían en los templos. > Camargo.

8!* — Camargo, el cronista tlascalteca, descubre en aquel la profunda enemistad con Méjico, la mano de la Providencia, que se valía de este medio para derribar el imperio azteca.

9(» — Dice Camargo, que Jicotencal, padre, llegó á la prodigiosa edad de ciento cuarenta años.

91 — «Que cuando rompiésemos por los escuadrones, que llevasen las lanzas por las caras y no parasen á dar lanzadas, porque no les echasen mano i ellas.» Bernal Díaz.

1)2 — Gomara dice que los indios eran ochenta mil; Herrera treinta mil; Cortés cien mil y Bernal Díaz cuarenta mil.

9)í— A esta costumbre religiosa en Anahuac debió Cortés en gran parte el realizar su conquista.

9t — «En cuanto al número de muertos y heridos por ambas partes, es materia de inciertas conjeturas. Muy considerable debe haber sido la pérdida de los indios; pero la costumbre de sacarlos del campo de batalla, hace imposible calcularla exactamente. La pérdida de los españoles consistía principalmente en heridos, pues los indios de Anáhuac procuraban mas bien que matar cojer prisioneros, con que solemnizar sus triunfos y que

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sirviesen de víctimas en sus sacrificio^: circunstancia á que no pocas veces debieron los cristianos la salvación de su persona. Sí hubiésemos de creer á los conquistadores mismos, la pérdida fué de poca monta; pero nadie que haya consultado á los antiguos escritores españoles, en lo tocante á sus guerras con los infieles, tanto moros como americanos, tendrá gran confianza en sus datos numéricos.

Según Clavijero, ni un solo español murió, bien que muchos salieron heridos en esta acción fatal para los infieles. Díaz confiesa un muerto. En la famosa batalla de las Navaz de Tolosa, habida entre los moros y españoles en 12 12, quedaron en el campo de batalla doscientos mil infieles, siendo iguales á los cristianos en la ciencia militar de aquellos tiempos; y en compensación de tan enorme pérdida, solo perecieron veinte y cinco españoles. Las noticias oficiales de los cruzados cristianos, tanto del nuevo como del vieio mundo, merecen la misma fe que los boletines imperiales de Francia, en estos tiempos.»

95 — «Al día siguiente, viendo Cortés que no volvían los primeros embajadores, resolvió mandar otros nuevos, proponiendo- un armisticio y pidiendo que se le permitiese pasar en calidad de amigo á la capital de la república; y escogió para este mensaje á dos de los principales jefes cogidos prisioneros en la última batalla. Entre tanto, temeroso de dejar á sus tropas en semejante estado de inacción, que el enemigo interpretaría tal vez como resultado de miedo ó debilidad, se puso á la cabeza de la caballería y de todas las tropas ligeras, que estaban más aptas para el servicio, y emprendió una excursión á las cercanías del campamento.» Aquí cae Prescott en una notable distracción ó contradicción; pues en el capítulo anterior dice: que primero llegaron dos de sus cuatro primeros enviados zempoaltecas á Tlascala; y más adelante agrega: «No habían andado mucho, cuando les encontraron los otros áo5 enviados zempoaltecas, que, con ademanes de terror informaron al general, que traidoramente les habían cof^ido y aprisionado con objeto de sacrificarles en una fiesta que estaba para celebrarse; mas que habían logrado escaparse de noche; también añadían la infausta nueva de que había un considerable ejército de indios preparado a impedirles á los españoles, que pasasen adelante.» Y en seguida tuvo lugar la batalla del 2 de Septiembre, que hemos descripto. ¿Como es, pues, que dice, que no había vuelto la primera embajada, cuando Cortés despachó esta segunda á Jicctencal.^

96 — «Temíamos la muerte, porque al fin éramos hombres y cristianos.! Escribe el valeroso Bernal Díaz, refiriéndose á esa noche.

97 — «El espanto que produjo el aspecto de la caballería entre los indios, es semejante al que nos cuenta Plutarco que produjeron los caballos de Pirro entre las legiones romanas

Aquella jornada les proporcionaba harto con que consolarse, pues les debía inspirar confianza plena de que eran superiores á sus enemigos. No es esto decir que debieran despreciarles; que en combate singular y con armas iguales, bien podían habérselas con los españoles; pero por los acontecimientos de ese día habían probado la superioridad He la ciencia y la disciplina sobre el valor y el número: sucedía lo que en las antiguas batallas entre los europeos y los asiáticos: bien que podemos recordar en punto á armas, no llevaban los griegos que vencieron á Jerjes y á Darío las mismas ventajas que tenían los españoles sobre los indios. El uso de las armas de fuego les daba una superioridad tan enorme, que no es fácil estimarla; pero que seguramente es tal, que si hoy se repitiese un combate entre dos naciones iguales bajos todos respectos, y sin otra diferencia que la de usar la una, y la otra no, las armas de fuego, el éxito

sería fácil de predecirse en favor de la primera. Allégase á esto el efecto producido por la caballería: las naciones de Anáhuac no domesticaban animales grandes y desconocían completamente el uso de las bestias de carga. Su imaginación quedaba embargada al ver la rara figura que hacían caballo y ginete, moviéndose unísonos y á un solo impulso, como si ambos estuviesen animados de un mismo espíritu; y nada tiene por lo tanto de extraño, que al ver al terrible animal cuyo cuello estaba envuelto en el trueno y rompía sus escuadrones y los hollaba en el polvo, hayan espeiimentado la :T5Ístériosa pavura que inspira la aparición de un ser '•obrenatural. La más leve reflexión, acerca de la superioridad tanto física como moral de los españoles, basta para explicar el éxito completamente adverso á los indios, sin que ésta redunde en mengua ni menoscabo de su valor y capacidad».

98— Había salido á esta escursión Cortés, después de tomar una purga; y á cuyo respecto dice Prescott, con tono algo burlón: «El efecto de la purga, no obstante que había sido tomada en dosis excesiva, según dice el mismo Bernal Díaz, se suspendió durante aquella expedición, lo cual no tiene Gomara por milagro, aunque sí el padre Sandoval. Solís, después de un escrupulosísimo examen de esta ardua materia, decide la cuestión, — cosa que parece extraña,— contra el padre Sandoval».

He aquí la opinión de Solis, á la que hace Prescott referencia: «Sintió mucho Hernán Cortés este accidente, porque se hallaba con poca salud y le costaba el disimular su enfermedad mayor trabajo que padecerla; pero nunca se rindió á la cama, y solo cuidaba de curarse cuando no había de qué cuidar. Refiérese de él, (no lo pasemos en silencio), que una de las ocasiones que se ofrecieron sobre Tiascaia, se halló recien purgado, y que montó á caballo y anduvo en la disposición de la batalla, y en loa peligros de ella, sin acordarse del achaque ni sentir el remedio, que hizo al día siguiente su operación, cobrando con la quietud del sujeto su eficacia y su actividad. Don fray Prudencio de Sandoval en su Historia del Emperador lo califica por milagro, que Dios obró con él: dictamen que impugnarán los filósofos, á cuya profesión toca el discurrir como pudo en este caso arrebatarse la facultad natural en seguimiento de la imaginación, ocupada en mayor negocio: ó como se recogieron los espíritus al corazón y á la cabeza, llevándose tras sí el calor natural con que se había de actuar el medicamento. Pero el historiador no debe omitir la sencilla narración de un suceso en que se conoce cuanto se entregaba este capitán al cuidado vigilante de lo que debía mandar y disponer en la batalla: ocupación verdaderamente que necesita de todo el hombre, por grande que sea: y ponderaciones que alguna vez son permitidas en la historia, por lo que sirven al ejemplo y animan la imitación».

Y Cortés respondió á los soldados: tque peleaban bajo la bandera de la Cruz, y que Dios era más fuerte que la naturaleza». Lorencena.

99— «Habría sido más honroso para Cortés no haberse conducido con tanto rigor; pero Bernal Díaz imputa aquellos excesos á los indios aliados, á quienes era imposible contenerse en medio de la embriaguez de la victoria. Que se imputasen á quien quiera que fuese, poco cuidado daba al general, quien en una de sus cartas al emperador Carlos V, confiesa que como peleaba bajo la señal de la Cruz por la verdadera fé y en honra de Sus Altezas, el cielo coronaba con el triunfo sus batallas, en los que morían multitud de infelices, y muy poco padecían los cristianos». Prescott.

«Y fué cosa notable, con cuanta devoción y humildad volvían todos alabando á Dios, que tan milagrosas victo-

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lias les daba, de donde se cunocía claro que loi favorecía con su divina asistencia». Herrera.

100- Berna! Díaz rechaza con indignación el cargo de que aquello fuese un motín, como Gomara lo califica: «Las palabras que le decían eran por ví,i de aconsejarle, y porque les parecía que er&n bien dichas y no por otra vía, porque siempre le siguieron muy bien y lealmente; y no es mucho que en los ejércitos algunos buenos soldados aconsejen á su capitán, y más si se ven tan trabajados como nosotros andábamos».

101 — Dice Díaz: cque solo diez y siete perdieron las manos y los demás los dedos». Cortés no titubea en confesar, que los cincuenta perdieron la manos, diciendo: <Les mandé tomar á todos cincuenta y cortarles las manos, y los envié que dijesen á su señor que d<^ noche y de día, y cada y cuando él viniese, verían quiénes éramos».

«El castigo que impuso Cortés á los espías parecerá brutal al lector; pero debe tenerse en abono de aquel, que las víctimas eran espías y podían como tales ser castigados por la muerte, según las leyes de la guerra, generalmente admitidas entre todas las naciones, ya cultas, ya bárbaras. La amputación de los miembros era im castigo suave, y destinada á ofensas de menor tamaño. Cuando nos escandalicemos al pensar en la barbaridad de la sentencia, reflexionemos que no era tan desusada en aquellos tiempos, ni mas desusada tampoco que los azotes y la marca con un hierro ardiente, admitida en nuestro mismo país á principios del siglo presente, ó que la de perder las orejas, en uso todavía en el pasado. Una civilización ya adelantada, rechaza semejantes castigos, es cierto, como perniciosos en sí mismos y degradantes á la humanidad; pero en el siglo XVI estaban admitidos aún por las naciones más cultas de la Europa; sería demasiado exigir de un hombre, y mucho más de un hombre criado en la dura carrera de las armas, que se anticipace en civilización á su época. Ya nos contentaríamos con que en circunstancias tan críticas como esta, no se hubiese abajado á cosas más indignas de la humanidad». Prescott.

102 — Refiere Prescott, que Jicotencal marchó también, llevando sus regalos, con la embajada de Tlascala al campo de Cortés, quien hízoles sus reproches, y concluye así: «Habiendo decidido Jicotencal desistir de todo intento de resistencia, permitió á los cuatro embajadores tlascaltecas que fuesen á desempeñar su cargo, siguiéndoles á poco tiempo él mismo, acompañado de un gran séquito militar». Al expresarse tan terminantemente, habrá encontrado tal cosa en los autores que consultara; y de igual modo procediendo Solís, dice que se marchó á Tlascala con sus amigos y parientes. En nuestro concepto no fué Jicotencal á ver á Cortés, sino á la siguiente embajada, como sin vacilar lo dice Solís, y al que seguimos en esto, dado el altivo carácter y amor patrio del general tlascalteca. Y Prescott concluya este episodio de la guerra de Tlascala, con las siguientes palabras, tan honrosas para los españoles: «Así terminó la sangrienta guerra con la terrible república de Tlascala, durante la cual más de una vez vaciló en la balanza la fortuna de los españoles, y que si hubiese durado un poco más, habría acabado por su completa confusión y ruina, pues estaban agotados por sus heridas, viplias y fatigas, y además, ya comenzaba á cundir el germen del descontento. A pesar de esto, salieron sin mancilla en aquella lucha tre menda: á los ojos del enemigo aparecían invulnerables: sus encantadas vidas eran tan inaccesibles á los golpes de de la fortuna, como á los asaltos de los hombres. Nada tiene de extraño que los conquistadores hayan abrigado en su seno la ilusión, y hasta el último de ellos se haya imaginado ser el instrumento especial de algún decreto de

la Providencia, quien la escuchara en la hora del peligro, reservándole á más alto deslino».

Téngase presente que esta confesión la hace un Norteamericano, hijo de la orgullosa Albion.

10!í— Téula: nombre que daban á los invasores, cuando los suponían dioses.

104 — «Así concluyó su oración el ciego venerable, porque no faltase algún Apio Claudio en este consistorio, como el otro que oró en el senado contra los episotas; y no se puede negar que los tlascaltecas eran hombres de más que ordinario discurso, como se ha visto en su gobierno, acciones y razonamientos. Algunos escritores poco afectos á la nación española, tratan á los indios como brutos, incapaces de razonar, para dar menos estimación á la conquista. En verdad que se admiraban con simpli cidad de ser hombres de otro género, color y traje: que tenían por monstruosidad las barbas (accidente que negó á sus rostros la naturaleza:: que daban el oro por el vidrio: que tenían por rayos las armas de fuego y por fieras los caballos; pero eran defectos de la novedad, que ofende.) pocos al entendimiento, porque la admiración, aunque se suponga ignorancia, no supone incapacidad, ni piopiamente se puede llamar ignorancia la falta de noticia. Dios los hizo racionales, y no porque permitió su cegué Jad, dejó de poner en ellos tod i la capacidad y dotes naturales que fueron necesarios á la conservación de la esoecie, y debidos á la perfección de sus obras. Volvamos empero á nuestra narración, y no autoricemos la calumnia, sobrando en la defensa». Solís.

10.') — »Tenía toda la provincia cincuenta leguas de circunsferencia, di^z de su longitud de Oriente y Poniente y cuatro su latitud de Norte á Sur: país montuoso y quebrado, pero muy fértil y bien cultivado en todos los parajes donde la frecuencia de los r seos daba lugar a! beneficio de la tierra. Confinaba por todas partes con provincias de la facción de Motezuma; solo por la del Norte cerraba mas que dividía sus límites la gran cordillera, por cuyas montañas inaccesibles se comunicaban con los othomis, totonecas y otras naciones bárbaras de su confederación. Las poblaciones eran muchas y de numerosa vecindad. La gente inclinada desde la infancia á la superstición y al ejercicio de las armas, en cuyo manejo se imponían y habilitaban con emulación, hiciéselos montaraces el clima, ó valientes la necesidad. Abundaban de maíz y esta semilla respondía tan bien al sudor de los villanos, que dio á la provincia el nombre de Tlascala; voz que en su lengua es lo mismo que tierra de pan. Solis. «Otros autores anteriores dicen que significa lugar 6 terreno lleno de riscos.)

La ciudad de Tlascala según Cortés, era mayor de Granada, cuando se tomó de los moros; hipérbole que no hace grande el encarecimiento si se considera al perímetro; pues que las casas de los tlascaltecas no tenían más que un techo y las de Granada tenían varios.

«Pero no deja de ser notable, que siendo Hernán Cortés tan pródigo en aumentar guarismos á la numeración, se haya contentado con casi equiparar á Tlascala con Granada, cuando da á la provincia de la primera noventa leguas de circuito en vez de cincuenta que la dan Solis y Herrera; y cuando de una ciudad inmediata á Tlascala asegura que tenía mas de veinte mil casas. Aunque estas fuesen de un solo piso, y habitadas cada una por una sola familia, calculando á cinco individuos cada cual de estas, según se acostumbra, resultará una población de cien mi! almas, esta es mas numerosa que Sevilla: de aquí debemos inferir que Tlascala contendría mayor número de habitantes, y así lo afirma Herrera, quien le da 150.000 vecinos, inclusos los arrabales, por manera que tomada en su verdadero sentido la palabra vecino, resultaría tener Tlascala 750 mil almas. Añade luego Cortés que la

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provincia dé Tlascala tenía ^oo mil vecinos, cuyo cálculo arroja una población dos millones quinientas mil almas; esto es, cerca del duplo de la que tienen las provincias que antes componían nuestro reino de Galicia; lo cual no es creíble. Ni Hernán Cortés, ni los historiadores que han escrito de América, tuvieron á la vista ctfos datos que los que pudieron recoger de los mismos indios, poco exactos en su sistema de numeración; por lo mismo aparecerán siempre muy dudosas en ese punto las reía ciones de los historiadores; como aparece dudoso también el crecido número de combatientes del país». Revilla.

106 — «Dicen que Zahuitl en su idioma significa sarna porque se cubrían de ella los que usaban de sus aguas en la bebida ó en el baño:- segunda malignidad de su corriente. Y no era la menor entre las calamidades que padecía Tlascala el carecer de sal, cuya falta desazonaba todas sus abundancias: y aunque pudiera traerla fácilmen te de la tierra de Motezuma con el precio de sus granos tenían menor inconveniente sufrir el sinsabor de sus manjares, que abrir el comercio á sus enemigos.» Solis.

107 — «A distancia de un cuarto de legua, caminando á esta dicha ciudad, se encuentra una barranca honda, que tiene para pasar un puente de cal y canto de bóveda; y es tradición en e! pueblo de San Salvador, que se hizo en aquellos días que estuvo allí Cortés, para que pasase.» Lorenzana. Y á esto replica Prescott: «Si estuviese bien averiguada la antigüedad de este puente de bóveda, su existencia sería un gran testimonio en favor de la arquitectura india; pero la construcción de una obra tan sólida en un brevísimo espacio de tiempo, es cosa que para creerse necesita de una autoridad algo mejor que ia de los aldeanos de San Salvador.»

108 — «Recibimiento el más solemne y famoso que en el mundo se ha visto;»— exclama Camargo, el historiador de Tlascala, — diciendo que salieron más de cien mil hombres.

109— Según Camargo, los tlascaltecas dieron al jefe español trescientas doncellas para que sirviesen á doña Marina; y viendo el buen trato é instrucción que recibían, determinaron algunos de los principales señores dar á sus hijas, con propósito, de que si acaso algunas se empreñasen, quedara entre ellos generación de hombres tan valientes como temidos.»

110 — Motezuma, para debilitar el reino de Tezcuco, lo había dividido á su voluntad, á la muerte de Netzahualcóyotl, en dos porciones, dando una á Cacama y otra á Ixtiilnóchitl.

111 — Para probar que no merecía Zorrilla tal coronación, vamos á demostrarlo, extractando de su larguísima, pesada y alabanciosa para sí, como son muchas de sus composiciones, la que escribió, — con sobrado tiempo para aquel acto; — y la cual, ni por sus conceptos, ni por contener algún grandioso pensamiento, ni aun siquiera por su entonación,— por usar un metro tan ingrato para él— supo elevarse á ser digno de tan excelso acto, que antes que él, merecían, con muchos mas legítimos títulos literarios, García Gutiérrez, Campoamor y Nuñez de Arce.

He aquí una muestra de las estrofas, de esa inarmónica y pretenciosa composición:

«Oid: cuando cantaba las glorias de Granada, enamorado de ella, ¿que menos pude hacer.? Mas ni pedíia nunca ni á mí me debe nada, ni por mi vuelta ahora ni por mi amor de ayer.

Hoy vuelvo pero vuelvo llamado y sometido

i tan difícil, arduo, excepcional papel.

que ante él debo decirles á los que me han traído: «Me habéis este escenario vosotros prevenido; «sois, pues, los responsables de lo que ya haga é;. «Tan grande apoteosis no se hace á ningún vivo: «soberbio es quien le acepta, par es de Satanás, «y el pueblo que le ensalsa le humiliará agresivo, «no á mí, que ni la ansiaba ni la aceptará jamás. «Absorto aquí conmigo de la que hacéis me espanto; «Yo vengo agradecido y á vuestro antojo aquí. «¿Me conocéis.'' La excelsa coronación aguanto; «pero tened presente que no aspiré yo á tan^o; «vosotros daréis cuenta de lo que hacéis de mí.»

(Parece que dijera, confundido,

no, señores, no quiero . pero echadlo, si os place, en mi sombrero, pues creo, —aparte, haberlo merecido!)

Los siguientes son, poco más ó menos, los grandes é inspirados pensamientos del trozo que copiamos:

Dice que Granada no la debe nada. ... y sin embargo, toma lo que le dan.

Que tan grande apoteosis no se hace á un vivo; pero él aunque esté vivo, (como cree que la merece) la acepta.

Que es un soberbio y un Satanás quien acepta aquello; y él se queda muy quieto esperando la corona.

Que queda absorto y se espanta de lo que hacen con él . . . ¡pobrecito! ¿Por qué no sale disparado?

Que se queda allí á cumplir el antojo de ellos.

Pregunta ¿Si le conocen.'' Y que él aguanta la excelsa coronación, (temiendo que se echen atrás.)

Que tengan presente que él no aspiró.... á tanto.

Y que darán cuenta- no dice á quién — de lo que hacen con él: (yo creo que no es nada malo.)

Y si sabe que le iba á pasar todo eso; ¿'á qué fué á Granada, entonces.?

Pero he aquí otro trozo de su larguísima composición, repitiendo por activa y pasiva lo anterior:

«Broté en un cementerio cual flor de jaramago, parásito en sus tapias y de su tumba flor; cogióme un torbellino, me echó en el viento vago, me trasformó en alondra ... y aspiré á cóndor.»

De cóndor, que es breve, hace una palabra aguda para pescar el consonante: mas ¿por qué no puso: pero aspiré yo d halcón? Porque halcón es muy poca cosa para él, que se cree un Homero ó un Dante: ¡Pero qué se le importa el decir cóndor.? Lo mismo hubiera dicho paloma, cuervo ó perdiz. K\ cree que estas cosas en él son una gracia, untourde forcé, que solo él puede hacerlo, como magister.

He aquí otro rasgo gráfico de la humildad del poeta:

«De gloria, placer y oro corrió á mis pies un río: de España he sido asombro, su pueblo me adoró: el mundo pudo un día y aún hoy tal vez ser mío, y osar pudiendo á todo, á todo he dicho: «¡No!». No sé ni saber quiero, si la ovación merezco; la sufro agradecido, con muda sumisión: y aunque me halaga el triunfo, no de él me ensoberbezco, mi gratitud en frases estériles ofrezco: mi fé no está en mi lengua, está en mi corazón».

¿•Y teniendo un caudaloso río de oro á sus pies y habiendo podido ser dueño del mundo, y aún pudiendo serlo, — pues se cree más que Napoleón, — cómo ó por qué admitió una pobre pensión del Congreso de su país.?

Y todavía... ¡ingrato! refiriéndose á su país, dice que le adoró; y qué, ¿ofrecerle una corona, que no merece, es ya no adorarle.? ¡Pero la culpa es del consonante!

-íS&e-i.,:..

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Y los versos de su célebre Salmodia, también para aquel acto, atestiguan su modestia y empiezan así:

«Y un día á mi pueblo tenía yo atento, al cual decía mi armónico acento ...»

¡Es la vanidad de las vanidades!

Y sigue comparándose á Dios, á la alondra, al ruiseñor, á las tempestades, los zéfiros y á la campana de gótica catedral, y concluye así esta incoherente composición

de propias alabanzas:

€un aura que en él suspira.... un eco que en él espira . . un átomo que en él gira. . . un vagido. . .un son fugaz, que en él vaga, que vacila, que se apaga, que titila, que se queja, que se aleja, que se va: que perdido, ya no da son ni ruido. . . ¡Se fué yá!»

¡Sí. . .ya se fué ¡a Salmonia!

Pero en resumidas cuentas, ¿es la cantidad ó la calidad lo que da nombre en la literatura, como en todas las nobles artes.''

Si es la cantidad, (.no sería Fernandez y González el mejor novelista de España, incluyendo al mismo Cervantes, como Zorrilla su mejor poeta, en la actualidad.?

¿Pero quién ha escrito más versos que Lope de Vega.'' Y debe ser por eso el mejor poeta del Orbe.''

¿Se hubiera impunemente coronado á Zorrilla, si hubiese llegado Espronceda á su edad.''

¡Qué falta hacen algunas veces los Villergas . . . . y mas, para haber hecho la crónica de ¡a coronación!

El verdadero poeta sabe encumbrarse á la altura de la situación, como lo hizo el célebre mulato cubano Gabriel de la C. Valdés, conocido por Plácido, cuando conducido, — no á recibir la laureada corona, como Zorrilla, sino la del martirio, — fué al patíbulo, por sus sentimientos liberales, llevando en sus manos un Santocristo, y recitando con entereza, hasta el lugar de suplicio, esta magnífica composición, que escribió en la capilla la noche antes, 27 de Junio de 1844. 1

PLEGARIA \ DiosSer de inmensa bondad, Dios poderoso, á vos acudo en mi dolor vehemente; extended vuestro brazo omnipotente, rasgad de la calumnia el velo odioso, y arrancad este sello ignominioso, con que el mundo manchar quiere mi frente.

Rey de los reyes. Dios de mis abuelos, vos solo sois mi defensor, Dios mío. Todo lo puede quien al mar bravia olas y peces dio, luz á los cielos, fuego al sol, gito al aire, al Norte hielos, vida á las plantas, movimiento al río!

Todo lo podéis vos, todo fenece ó se reanima á vuestra voz sagrada: fuera de vos. Señor, el todo es nada, que en la insondable eternidad perece,

y aún esa misma nada os obedece, ^

pues de ella fué la humanidad creada!

Yo no os puedo engañar, Dios de clemencia, y pues vuestra eterna sabiduría ve al través de mi cuerpo el alma mía, cual del aire ala clara trasparencia, estorbad que humillada la inocencia, bata sus palmas la calumnia impía!

Mas si cuadra á tu Suma Omnipotencia que yo perezca cual malvado impío, y que los hombres mi cadáver frío ultrajen con maligna complacencia, suene tu voz y acaba mi existencia. ... Cúmplace en mí tu voluntad, Dios mío!

Y el siguiente soneto dejó escrito en la capilla para la madre.

DESPEDIDA Á MI MADRE

{Desde la capilla)

Si la suerte fatal que me ha cabido. y el triste fin de mi sangrienta historia, al salir de esta vida transitoria, deja tu corazón de muerte herido.

Baste de llanto: el ánimo añijido

recobre su quietud moro en la gloria,

y mi plácida liía á tu memoria

lanza en la tumba su postrer sonido! '

Sonido dulce, melodioso y santo, glorioso, espiritual, puro y divino, inocente, espontáneo, como el llanto,

Que vertiera al nacer: ya el cuello inclino! ¡Ya de la religión me cubre el manto! ¡Adiós, mi madre! Adiós. . .

El peregrino.

Esto se llama tener serenidad y corazón en el lance más supremo de la vida, y no perder la cabeza, aumen tándose el satánico orgullo, como le aconteció á Zorrilla en la inmerecida coronación.

Se publicaron en París, por la casa Denne Schmitz, en el año 1857, las Poesías completas de Plácido, en 418 fojas.

112— Dice Bernal Díaz que eran dos mil hombres. Herrera tres mil; pero el mismo Cortés confiesa que eran seis mil, en un párrafo de su Correspondencia.

113 — Herrera refiere este suceso y después Solís y Prescott; pero este último esclama: t/K Solís lo cree!

114 — «Ni un palmo de tierra hay que no esté cultivada». H. Cortés.

lir>— Solis dice: «que tendría veinte mil vecinos dentro de sus muros»; Cortés: «que tenía veinte mil casas dentro de su recinto y otras tantas fuera de él»; y Las Casas: «que la ciudad tendria veinte mil vecinos ó cosa de ciento cincuenta mil habitantes. «Los españoles comparaban á Cholula con la bella Valladolid, según Herrera, cuya descripción de la entrada del ejército, es muy animada. «Saliéronle á recibir otro día más de diez mil ciudadanos, en diversas tropas, con rosas, flores, pan, aves y gentes y mucha música. Llegaba un escuadrón á dar la bien llegada á Hernando Cortés, y con buen orden se iba apartando, dando lugar á que otro llegase. En llegando á la ciudad, que pareció mucho á los castellanos

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tn el asiento y perspectiva á Valladolid, salió la demás gente, quedando muy espantada de ver las figuras, talles y armas de los castellanos. Salieron los sacerdotes con vestiduras blancas, sobrepellices, y algunas cerraduras por delante; los brazos de fuera, con flecos de algodón en las orillas. Unos llevaban figuras de Ídolos en las manos, otros zahumerios: otros, tocando cornetas, ataba lejos y diversas músicas, y todos iban cantando y llegaban i incensar á los castellanos. Con esta pompa entraron en Cholula».

116— Dice Humboldt: «que el teocalli mejicano es una masa de ladrillos capaz de ocupar cuatro veces más la plaza de Vendóme, de París, y de una altura doble de la del Louvre».

«Tiene la forma que es corriente en los leocallis ó templos mejicanos, la de una pirámide truncada, con cuatro caras vueltas hacia los cuatro puntos cardinales y dividida en su altura en otros tantos picos ó tramos. El tiempo y los elementos han borrado los relieves que tuvo en su origen, mientras que una multitud de arbustos y de flores silvestres cubren su superficie: todo lo cual le da el aspecto de una de esas alturas simétricas, levantada por el capricho de la naturaleza, más bien que por la industria de los hombres. Es dudoso, en verdad, si el interior de la pirámide es una colina natural; pero parece más verosímil que sea una composición artificial de tierra y piedras, cubierta por todas partes con capas alternadas de ladrillos y arcilla. La altura de la pirámide es de 177 pies: la base tiene 1.42? pies de largo, que es el doble que tiene la gran pirámide de Cheops. Puede uno for marse una idaa aproximada del tamaño, sabiendo que la base, que es cuadrada, ocupa treinta y cuatro acres, y la cumbre ó base superior de la pirámide trunca, ocupa más de un acre. Nos recuerda aquellos monumentos colosales de ladrillo, cuyas ruinas se conservan á la ribera del Eufrates, y aún todavía mejor á las del Nilo. El aspecto que hoy ofrece aquel monumento, cubierio de verde y ennegrecido musgo, que han depositado los siglos, escusa el escepticismo hasta del viajero más superficial». Prescotí.

117 — Esta descripción la da el padre Sahagun, que vio la imagen antes que los cristianos la derribasen de su templo.

liy_tHay mucha gente pobre y que piden entre los ricos por las calles y por las casas y mercados, como hacen los pobres en España, y en otras partes, cjue hay g¿nte de razón». Cortés.

119_((E certifico á Vuestra Alteza que yo conté desde una mezquita cuatrocientas y tantas torres, y todas son mezquitas». Cortés.

120 — La ciudad de Pueblo de los Angeles fué fundada poco tiempo después de la conquista en el antiguo asiento de un lugarejo insignificante del territorio de Cholula, algunas leguas al E. de la ciudad. Tal ve? es la primera ciudad después de 1^ de Méjico, con la cual rivaliza en belleza. Parece que heredó la preeminencia religiosa de la antigua Cholüla, pues como ella se distingue por el número y magnificencia de los templos, por la multitud de sacerdotes y la pompa y esplendor de las

ceremonias.

121 — Aunque algunos creígi, como así lo parece, algo novelesco este incidente, es ^estrictamente histórico, como son todos los detalles de esta obra, por insignifican tes ó imaginativos que parezcan; y lo mismo sucede en todos los demás trabajos históricos, que he escrito de este género. ¡Bastante novelesco y grandioso es el asunto de todos ellos, para que osemos ni necesitemos agregar nada, que h irto pálido sería!

122 — Dice Cortés que fueron como tres mil indios los que perecieron, y otros que seis mil, y algunos autores los hacen subir á mayor número.

«Este lance es uno de los que ha echado negra mancha sobre la memoria de los conquistadores. No es posible en este siglo contemplar sin horror la suerte de esta ciudad floreciente, invadida hasta el corazón por una soldadesca grosera y brutal. Mas para juzgar el acto debidamente, trasportémonos á aquellos tiempos. La dificultad que encontramos para justificarlo, depende en último resultado de la que hay para justificar él derecho de conquista; pero recordemos que la infidelidad era entonces, y aún mucho tiempo después, tenida por un pecado que debía castigarse con la hoguera y la tortura en este mundo, y la eterna condenación en lo futuro; y no importa que esa infidelidad fuese hija de la ignorancia ó de la educación, hereditaria ó adquirida, herética ó pagana: todo era lo mismo. Esta doctrina, por monstruosa que sea, era el credo de todo el mundo romano, ó en otras palabras, de todo el orbe cristiano: era la base de la inquisición y de todas las demás persecuciones religiosas, que entonces y otras veces han manchado los anales de casi todas las naciones de la cristiandad. Según este código, las tierras de los infieles eran consideradas como una especie de terreno baldío, que á falta de legítimo propietario podrá ser reclamado y poseído por la Santa Sede, y como ta\ podía ser dado libremente por el jefe de la Iglesia al potentado á quien quisiese y tomase de su cuenta el trabajo de la conquista. Así Alejandro VI donó generosamente una gran porción del hemisferio oriental á los españoles y la otra á los portugueses. Estas encumbradas pretensiones de los sucesores del humilde pescador de Galicia, no eran puramente nominales, que por el contrario, se las invocaba y reconocía como decisivas en las disputas entre las naciones.

Juntamente con este derecho venía la obligación, en la cual se fundaba aquél ue rescatar á las naciones que vivían en las tinieblas del paganismo, de la perdición eterna, que les aguardaba; Semejante obligación estaba reconocida por todos los buenos y valientes: la reconocía el monje en el claustro, el misionero en sus predicaciones, el soldado en sus cruzadas. Por muy adulterado que haya sido el sentimiento de este deber por conside raciones mundanas y por la ambición y la codicia de las cosas terrenales, aún era aquel sentimiento vivo y fuerte en el corazón. del conquistador cristiano. Ya hemos visto que en Cortés ese sentimiento superaba con mucho á todas las consideraciones temporales. La concesión del Papa, fundada en la condición de convertir á los infieles, robustecía la creencia de que este era un deber imperioso, y servía de base aparente (y aun podía decirse que para aquellos tiempos, de verdadera base), al derecho de conquista.

Verdad es que este derecho no autoriza para actos de violencia innecesarios. La presente espedición, hasta el período á que acabamos de llegar, había sido mandada con menos de estos actos, que casi todos los descubrimientos de los españoles en el Nuevo Mundo. Durante toda la campaña había prohibido Cortés todas las injurias y ataques á las personas y propiedades de los naturales, y á los que los habían perpetrado, les había castigado con ejemplar severidad. Había sido fiel á sus ami.- gos, y con pocas excepciones, tam.bién poco cruel con sus enemigos. Sean que las conveniencias ó principios les dictasen tal conducta, ella sieu'pre le hace honor, aun cuando nadie que tenga alguna sagacidad dejará de conocer que en este punto estaban de acuerdo las conveniencias y los principios de los conquistadores.

Había entrado en Cholula invitado por el emperador indio, quien ejercía una dominación, aunque encubierta, real y verdadera, sobre aquel territorio donde le habían recibido como amigo, y haciéndole todas las demostracio-

v;..í.-...A.i.

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nes posibles de benevolencia: sin provocación alguna suya ni de sus subordinados, se encontraron de repente amezados de ser víctimas dé la más pérfida trama: puestos sobre una mina que podía estallar en el momento menos pensado y envolverlos á lodos en las ruinas. Razón tuvieron en juzgar que su salvación dependía de anticipar el golpe; pero sin embargo, quién puede dudar que el castigo fué excesivo, que el mismo fm se pudiera haber conseguido descargando la venganza contra los jefes criminales y no contra la plebe ignorante, que no hacía más que obedecer las órdenes de los señores? Pero por otro lado, ¿cuándo se ha visto que el miedo, armado de poder, sea parco ni escrupuloso en el ejercicio de éste? ¿Ni quién, tampoco, que las pasiones violentas de un soldado, inflamadas por un agravio reciente, se contengan en el momento de la explosión?

Quizá decidiríamos más imparcialmente acerca de la conducta de los conquistadores, comparándola con la que han seguido nuestros contemporáneos mismos, cuando se han visto en igualdad de circunstancias. Las atrocidades cometidas en Cholula por los conquistadores, no son tan bárbaras como las que sus descendientes han sufrido en ia última guerra de la Península, de parte de los ingleses en Badajoz, y de los franceses de Tarragona y en otras partes. La desenfrenada carnicería, ios ataques á la propiedad, y sobre todo, esos ultrajes, peores que la muerte, de los que estuvo exento el sexo débil de Cholula, forman un catálogo de excesos tan atroces, como los que se imputan á los españoles, y en cuya defensa no se puede alegar ni el resentimiento, ni la necesidad de hacer una exforzada y patriótica resistencia.

La consideración de todos esos sucesos, cuya repetición nos ha familiarizado con su espectáculo, debe hacernos más induljentes al juzgar de lo pasado: el cual nos enseña que el hombre, ya sea salvaje, ya culto, cuando sus pasiones se han excitado, es el mismo en todos los tiempof.

Las proezas de los españoles, de los dioses blancos, como se les llamaba por los indios, los hacían pasar por invencibles; pero hasta que no llegaron á Cholula no se supo cuan tremenda era su venganza!

Todos temblaron; pero nadie cual el emperador azteca, cuyo trono estaba sentado en medio de las montañas. En aquellos acontecimientos creía leer los negros caracteres trazados por el siniestro dedo del destino. Ya veía su reinado desvaneciéndose, como se desvanece la niebla de la mañana>. Prescott.

1-3 — Tenían los aztecas al gran volcán Popocatépetl y á la nevada sierra Ixtaccihuatl por dioses y marido y mujer; el Popocatépetl tiene 17.852 pies, es decir, más de dos mil pies más alto que el Monte Blanco, el rey de los montes de Europa.

l'J4— «A los dos años despuéa de esta ascención heroica, mandó Cortés una expedición á las órdenes de Francisco Montano, caballero de ánimo resuello y esforzado. El objeto de ella era proporcionar azufre para la fabricación de la pólvora. El monte estaba pacífico en aquella época, y el éxito fué más completo. Los españoles, en número de cinco, llegaron hasta el borde del cráter, el cual representaba en eslipse regular y tenía más de una legua de circunsferencia: la profundidad sería cosa de 800 á 1. 000 pies. Una pálida llama ardía en el fondo de él y despedía un vapor sulfuroso, que al subir se enfriaba y dejaba depositado el azufre en las paredes del cráter. Se echó en suerte quién debía descender, y tocó á Montano mismo bajar en un castillo á aquel horroroso abismo, donde le hundieron sus compañeros á la profundidad de cuatrocientos pies. La operación se repitió bastantes veces, hasta que hubo la cantidad de azufre que necesitaba el ejército. Esta temeraria empresa excitó la admiración

general de aquel tiempo. Cortés concluye su relación, haciendo al emperador la juiciosa reflexión, que después de todo, habría sido mejor mandar traer de España la pólvora». Prescott.

125 — El lago de Tezcuco, sobre el cual se levantaba la ciudad de Méjico, tiene como 7.500 pies de elevación del nivel del mar, según Humboldt.

126— Según Clavijero, la carga ordinaria de un tamán mejicano era cincuenta libras ú ochocientas onzas.

127 — cEl señor de esta provincia y pueblo me dió hasta cuarenta esclavas y tres mil castellanos; y dos días que allí estuve nos proveyó muy cumplidamente de todo lo necesario para nuestra comida». Cortés.

128 — € Cortés habló al emperador de este suceso con toda frialdad.» En aquella noche tuve tal guardia que así de espías que venían por el agua en canoas, como de otras que por la tierra abajaban á ver si había aparejo para ejecutar su voluntad, amanecieron casi quince ó veinte que las nuestras las habían tomado y muerto. Por manera, que pocas volvieron á dar su respuesta del aviso que venían á tomar». Lorenzana. -^ * -

129 — «Esta orden se puso en ejecución, y con tantas veras, que se juntaron brevemente numerosas cuadrillas de nigrománticos y salieron contra los españoles, fiados en la eficacia de sus conjuros y en el imperio que á su parecer tenían sobre la naturaleza. Refieren el padre José de Acosta y otros autores fidedignos, que cuando llegaron al camino del Chalco, por donde venía marchando el ejército, y al empezar sus invocaciones y sus círculos, se les apareció el demonio en figura de uno de sus ídolos, á quien llamaban Tezcatlecupa, dios infausto y formidable; por cuya mano pasaban, á su entender las pestes, esterilidades y otros castigos del cielo. Venía como despechado y enfurecido, afectando en el ceño de la ira la misma fiereza del ídolo inclemente; y traía sobre sus adornos ceñida una soga de esparto que le apretaba con diferentes vueltas el pecho, para mayor significacióa de su congoja, ó para dar á entender que la arrojaba mano invisible. Postráronse todos para darle adoración, y él sin dejarse obligar de su rendimiento, y fingiendo la voz, con la misma ilusión que imitó la figura, les habló en esta sustancia: cYa, mejicanos infelices, perdieron las fuerzas vuestros conjuros; ya se desató enteramente la trabazón de nuestros pactos. Decid á Motezuma, que por sus crueldades y tiranías tiene decretado el cielo su ruina; y para que representéis más vivamente la desolación de su imperio, volved á mirar á esa ciudad miserable, desamparada ya de vuestros dioses». Dicho esto, desapareció, y ellos vieron arder la ciudad en horribles llamas, que se desvanecieron poco á poco, desocupando el aire y dejando sin ninguna lesión los edificios. Volvieron á Motezuma con esta noticia, temerosos de su rigor, librando en ella su disculpa; pero le hicieron tanto asombro las amenazas de aquel dios infortunado y calamitoso, que se detuvo un rato en responder, ó se acordaba de sí para no descaecer; y depuesta desde aquel instante su natural ferocidad, dijo, volviendo á mirar á los magos y á los demás, que le asistían: ¿Qué podemos hacer, si nos desamparan nuestros dioses? Vengan los extranjeros y caiga sobre nosotros el cielo, no nos hemos de esconder, ni es razón que nos halle fujitivos la calamidadi. Y prosiguió poco después: «Solo me lastiman los viejos, niños y mujeres, á quienes faltan las manos para cuidar de su defensa». En cuya consideración se hizo algunas fuerzas para detener las lágrimas.

No se puede negar que tuvo algo de principe la primera proposición, pues ofreció el pecho descubierto á la calamidad que tenía por inevitable, y no desdijo de la

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majestad la ternura con que llegó á considerar la opresión de sus vasallos: afectes ambos de ánimo real, entre cuyas virtudes ó propiedades no es menos heroica la piedad que la constancia.» Solis.

130— Como el rey de Tezcuco fué enviado por Motezuma para conducirle i Méjico, por eso se supone que Herrera, Clavijero y otros digan que entró en Tezcuco, y Solis, siguiéndolos, hace una descripción de la entrada y la ciudad; pero ni Cortés, Bernal Díaz ni Gomara hacen sobre esto la menor referencia; además, Tezcuco no quedaba en el camino, que llevaban los invasores, y en estas razones se funda Prescott para seguir á los autores oculares, haciendo yo lo mismo.

131 — Dice Cortés que Ixtapalapa tendría de doce á quince mil casas, y agrega: ctiene el señor dellas unas casas nuevas, que aún no están acabadas, que son tan buenas como las mejores de España, digo de grandes y bien labradas. > Y Solis dice de Ixtapalapa: dugar que sobresalía en los demás por la grandeza de sus torras y por el bulto de sus edificios; sería de diez mil casas de segundo y tercer alto, que ocupaban mucha parte de la laguna y se dilataban algo sobre la ribera, en sitio delicioso y abundante » Pero razonablemente su comentador expone: «este cálculo es sin duda exajerado, así en el número de casas como en los pisos de ellas. Para ello sería preciso dar á Ixtapalapa mayor población que á nuestro Madrid, puesto que éste solo tiene ocho mil ca sas. Además, los indios no acostumbraban á hacer las suyas con más de un piso, fuera de algún palacio, al que añadían por adorno un segundo piso.>

l.'í"2— Un collar formado de conchas de una especie de cangrejo de río muy estimado de los indios, engastados en oro y unidas con gruesos hilos del mismo metal. De aquí pendían también ocho adornos de oro, que representaban la misma concha y primorosamente trabajados, pues los plateros aztecas todos confiesan que no cedían en habilidad á los de Europa. Al colgar Motezuma al cuello del general el vistoso collar, le dijo: lEste palacio os pertenece Malinche, é igualmente á vuestros camaradas.»

Boturini dice: «Los plateros de Madrid, viendo aquellas piezas y brazaletes de oro, con que se armaban en guerra los reyes y capitanes indios, confesaron que eran inimitables en Europa.» Y Oviedo, hablando de esas joyas, dice: yo vi algunas piedras jaspes, calcidonias, jacintos, corniolas é plumas de esmeraldas, é de otra especie labradas é fechas, cabezas de aves, é otras hechas animales é otras figuras, que dudo haber en España ni en Italia, quien las supiera hacer con tanta perfección. >

133 — «Aunque Solis se extiende mucho en descubrir la riqueza y suntuosidad de Méjico, nada dice del número de su población: solamente afirma que aquella ciudad era tan grande como Sevilla ó Córdoba, lo cual debe entenderse respecto de su extensión. Si en efecto, contenía sesenta mil familias, como dice Solis, el número de habitantes subiría á trescientos mil; y siendo muy diversa la distribución de habitaciones de los indios de las que usamos en España, el perímetro de Méjico tendría que ser tres \eces mayor que el de Sevilla y Córdoba, y aun mas, si se toma en cuenta la vasta extensión que Cortés dio á los palacios, casas de recreo, plazas, templos, jardines, estanques, casas de fieras y aves, que existían en la ciudad. Téngase presente además, para formar juicio de los términos de comparación de que suelen valerse Cortés y los historiadores, que según éste, la plaza principal de Méjico era tan grande como dos veces Id ciudad de Salamanca. Respecto de la extensión del señorío de Motezuma, era (según el mismo) tanto casi como el de España.

La verdadera población de Méjico no excedía de sesenta mil almas, según M. Robertson, apoyándose para >, fijar ese número en un dato que no cita con bastante es pecificación, pero que juzgamos muy cercano á la verdad.» Revilla.

Robertson saca este cálculo de la traducción italiana de Ramusio:

«Esta la ciudad de Méxijo ó Tenuztutan, que será de sesenta mil vecinos.» Zuaro.

«Era Méjico cuando Cortés entró, pueblo de sesenta mil casas.» Gomara.

«En las casas, por pequeñas que eran, pocas veces dejaban de morar dos, cuatro ó seis vecinos.» Herrera.

«En el camino que conduce de la capital á Tanepantla y á los Ahuehuetes, se puede andar más de una hora entre las ruinas de la antigua ciudad: allí se conoce asi como también en el camino de Tácuba y de Ixtapalapan, ' cuanto más pequeño es el Méjico reedificado pur Cortés, de lo que era Tenochtítlan bajo el último de los Motezumas. La enorme amplitud del mercado de Tlaltelolco, cuyos límites se conocen aún hoy, prueban cuan considerable era la población de la antigua ciudad.» Humboldt.

«En cuanto á la población de Tenochtitlan en tiempo de la conquista, hay varios cómputos. Ningún escritor la regula en menos de sesenta mil casas, que según las reglas ordinarias del censo, debían haber contenido trescientas mil almas; mas si es cierto lo que dicen, que algunas de esas casas contenían varias familias, la población debe haber sido más considerable. Nada es más fácil que los cálculos numéricos entre bárbaros, que por una parte viven necesariamente en mayor desorden y confusión que los pueblos cultos, y por otra parte, no tienen un sistema bien arreglado de calcular la población. El testimonio simultáneo de los conquistadores; la extensión de la ciudad, que según se ha dicho, tenía tres leguas de circunsferencia; el enorme tamaño de su mercado; las largas hileras de edificios, de los que todavía se encuentran ruinas á algunas millas de la ciudad; la fama que esta tenía en todo el Anáhuac, donde no escaseaban otras extensas y populosas: y finalmente, el adelanto de la agricultura, los esfuerzos por sacar la subsistencia hasta de los objetos más ingratos, más desagradables, todo atestigua que la población de Méjico era entonces muy superior á la de los presentes. (Se ratifica uno en esta conjetura, comparando los dos mapas, que se encuentran al fin de la obra de Builoc, titulada Méjico. Uno de ellos representa la moderna ciudad, y el otro, tomado del museo de Boturini, que representa la antigua, con sus calles y canales, tan bien dispuestas, que parece un tablero.)» Prescott.

13-4— Humboldt ha dado la descripción detallada de este acueducto, asegurando ser una de las más estupendas obras hidráulicas que se conocen, y que no se acabó hasta el último tercio del siglo pasado.

135 — «Era tan barrido y el suelo tan aseado y liso, que aunque la planta del pié fuera tan delicada como la de la mano, que recibiera el pié detrimento ninguno en andar descalzo.» Toribio.

13G — Estas inmensas masas, (según Pedro Mártir, que obtuvo sus noticias de tesf'gos presenciales), fueron tras portados por largas filas de hombres, que las arrastraban con cordeles, sobre enormes rodillos de madera. Era también la manera como los egipcios movían aquellas enormes moles de granito, según parece por los numerosos relieves esculpidos en sus monumentos.

137 — Motezuma, según Gomara, no permitía que se plantasen árboles frutales, por considerarlos poco ade-

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cuados para un jardín do recreo Hice Toribio: «Los indios señores no procuraban arboles de fruta, porque se la iraen sus vasallos, sino arboles de floresta de donde cogían rosas y adonde se crian aves, asi para gozar del canto, como para las tirar con cerbatanas de la cual son grandes tiradores».

1;'>S — «Este edificio, o para hablar más correctamente, este conjunto de edificios ocupaba un terreno tan vasto, que según nos asegura uno de los conquistadores, el techo o azotea tenía amplituJ bastante para que treinta caballeros corriesen sus caballos en un torneo». Prescott.

«Tenía dentro de la ciudad sus casas de aposentamiento, tales y tan maravillosas, >:jue me parecería c.isi imposible poder decir la bondad y grandeza de ellas; mas de que en Espina no hay una semejante». Lorenlana.

l.V.í — Dice Oviedo: «tenia Motezuma una casa muy grande en que estaban sus mujeres, que eran más de cuatro mil hijas de señores, que se las daban para ser sus mujeres, é él lo mandaba hacer así; é las tenía muy guardadas y servidas; y algunas veces él daba algunas de ellas á quien quería favorecer y honrar de sus principales».

V más parco Gomara expone: «no eran menos de mil. y hubo vez que tuvo ciento cincuenta preñadas».

«Casaban los reyes meiicanos con hijas de otros reyes tributarios suyos, y Moiezuma tenía dos mujeres de esta calidad, con titulo de reinas, en cuartos separados de Igual pompa y ostentación. El número de sus concubinas era escandaloso; pues hallamos escrito, que habitaban dentro de su palacio mas de tres mil mujeres, entre amas y criadas, y que venían a! examen de su anteojo cuantas nacían con alguna hermosura en sus dominics; porque sus ministros y eiecutores las recogían á manera de tributo y vasallaje, tratándose como importancia del reino la torpeza del rey». Solís.

140 — «A la puerta de la sala estaba un patio muy grande, en que había cien aposentos de veinticinco á treinta piés de largo cada uno, sobre sí en torno de dicho patio, é allí estaban los señores principales aposentados como guardias del palacio ordinarias, y estos tales aposentos se llaman galpones, ios cuales á la contina ocupan más de seiscientus hombres, que jamás se quitaban de allí, é cada uno de aquellos tenía más de treinta servidores: de manera que nunca faltan tres mil hombres de guerra en esta guardia cotidiana de palacio>. Oviedo.

141 — En Méjico y en todos !os antiguos virreinatos de Sud América, hoy repúblicas, que hasta después de .muchos años de su Independencia, tenían todas las familias de regular posición, todo el servicio de mesa y aún de cocina, de plata, y muchos objetos eran de oro; porque la loza fina era muy cara. V aún recuerdo en mi niñez, haber visto en muchas casas sustituidos los adornos de pavos reales de oro, y otros objetos del mismo metal, por ricos juegos de porcelana de té ó café, como adornos más valiosos y modernos, que los que existían.

Dice Prescott: «que en ningún pueblo de la China ó el Indostan aventajaban á los juglares aztecas>. Y Clavijero: «Los saltimbanquis mejicanos tenían tal reputación, que Cortés envió dos de ellos á Roma para divertir á su Santidad Clemente Vil».

142— «Pues mas tenia,— dice Berna! Díaz,— en aquella casa muchas víboras y culebras, emponzoñadas, que traen en las colas unos que suenan como cascabeles: estas son las peores víboras de todas», y agrega: «Digamos ahora las cosas irfernales que hacían cuando bra-

maban los tigres y leones y aullaban los adives y zorrus y silvaban las sierpes, era grima oírlos y parecía infierno». «E volvamos á este gran príncipe Motezuma, el qual en una gran sala de 1 50 piés de largo é de 50 de ancho de grandes vigas é postes de madera que lo sostenían, encima del cual, era todo un terrado é azotea, é tenía dentro desta sala muchos géneros de aves é de animales. Había 50 águilas caudales en jaolas tigres; lobos, culebras, tan gruesas como la pierna, de mucho espanto, é en sus jaolas así mismo, é allí se llevaba la sangre de los hombres é mujeres é niños que sacrificaban, é cebaban con ella aquellas bestias; é haoía un suelo hecho de la mesma sangre humana en toda la dicha sala, é si se metía un palo ó vara temblaba el suelo. En entrando en la sala el hedor era mucho é aborrecible é asqueroso: las culebras daban grandes é horribles silvos, é los gemidos é tonos de los otros animales allí presos era una melodía infernal, é para poner espanto: tenían $00 gallinas de ración cada día para la sustentación de esos animales». Oviedo. ]

141^ — Según Clavijero este templo estaba construido donde está hoy la catedral y otros edificios adyacentes; y no era de muy antigua data, pues fué erigido en 1486 por Ahuisotl; y celebróse su consagración con una espantosa hecatombe de víctimas humanas. Está consagra do á Huitzilopótchtl, dios de la guerra.

Según Cortés: «dentro de la vasta muralla de este templo, cabrían quinientas casas».

«Los templos, si es lícito darles este nombre, se levantaban suntuosamente sobre los demás edificios; y el mayor, donde residía la suma dignidad de aquellos inmundos sacerdotes, estaba dedicado al ídolo Viztcilipurzíli, que en su lengua significa dios de la guerra, y le tenían por el supremo de sus dioses: primacía de que se infiere cuanto se preciaba de militar aquella nación. El vulgo df los soldados españoles le llamaban Huchilo bos, tropezando con la pronunciación; y así le nombra Bernal Díaz del Castillo, hallando en la pluma la misma dificultad». Solis.

«Otros historiadores escriben Huizilopozthli. Según las tradiciones ese es el nombre del fundador del imperio mejicano ó Culuácan». Revilla.

144— tY había de este género y opulencia ocho templos en aquella ciudad, siendo los menores más de dos mil, donde se adoraban otros tantos ídolos, diferentes en el nombre, figura y advocación. Apenas había calle sin su dios tutelar; ni se conocía calamidad entre las pensiones de la naturaleza, que no tuviese altar donde acudir por el remedio.» Solis. • v-

145 — Dice Herrera: «Esta plaza, una de las mejores del mundo, se llenaba de tiendas, puestas en hileras, y tan apretadas, que apenas dejaba calle á los compradores. Y Ramuzio: «que era tres tantos mayor que la famosa de Salamanca*.

«Entre nosotros hubo soldados que habían estado en muchas partes del mundo y en Costantinopla, y en Ita lia y Roma y dijeron: que plaza tan bien compasada y con tanto concierto y tamaño, y llena de tanta gente, no la habían visto». Bernal Diaz.

146 — «Oro y plata y piedras de valor con otros plumajes y argenterías maravillosas y con tanto primor fabricadas, que excede todo ingenio humano para comprenderlas y alcanzarlas». Zuazo.

«Contrahechas de oro y plata y piedras y plumas, tan al natural de oro y plata, que no hay platero en el mundo que mejor lo hiciese, y lo de piedras que no baste juicio á comprender con qué instrumento se hiciese tan perfecto, y lo de plumas, que ni de cera ni en ningún bordado se podría hacer tan maravillosamente». Cortés.

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« Pedro Mártir, crítico menos preocupado que Cortés, y que tuvo ocasión de verlas y examinarlas, también atestigua lo esquisiio de la hechura, que excedía con mucho en valor al del material mismot. Prescott.

147 — € Y luego lo supimos entre todos los demás capitanes y soldados, y lo entramos á ver muy secretamen te, y como yo lo vi, digo que me admiré, y como en aquel tiempo era mancebo é no había visto en mi vida riquezas como aquellas, tuve por cierto, que en el mundo no debiera haber otras tantas ».-Bernal Díaz.

148 — Y luego el Moteuezoma dijo riendo, porque era todo muy recojido en su hablar de gran señor: Malinche, bien sé que te han dicho esos de Tlascalan, con quien tanta amistad habéis tomado, que yo, que soy como dios ó Téule, que cuanto hay en mis casas es todo oro, plata y piedras preciosas». Bernal Diaz.

tPero ya veis que es falso; mis casas, aunque amplias son de madera y piedra, como las otras, y mi cuerpo, dijo, enseñando su desnudo brazo, es también de carne y huesos como el vuestro. Verdad es que tengo reinos herederos de mis antepasados y oro y plata; pero vuestro soberano, el de más allá de los mares, conozco que es el legítimo dueño de todo eso». Prescott.

149 — tSegún una cita original que tengo en mi poder, firmada de las tres cabezas de la Nueva España, en donde escriben á la majestad del emperador nuestro señor, que Dios tenga en su santo reino, disculpan en ella á Motezuma y á los mejicanos de esto y de lo demás que se les argulló, que lo cierto era que fué invención de los tlascaltecas y algunos de los españoles, que no veían la hora de salirse de miedo de la ciudad y poner en cobro innumerables riquezas que habían vendido á sus manos». Ixtlixochitl.

lóO — «Los nobles, á imitación de sus príncipe, deseaban obligar á todos con un género de obsequio que tocaba tn obediencia. El pueblo doblaba la rodilla al menor de los soldados. Gozábase de un sosiego divertido, mucho que ver y nada que recelar. Pero tardó poco en volver a su ejercicio el cuidado, porque llegaron á este tiempo dos soldados tlascaltescas, que vinieron á la ciudad por caminos desusados, desmentida su nación por el traje de los mejicanos, y buscando á Cortés, le dieron una carta de Vera Cruz, que mudó el semblante de las cosas y obligó á discursos menos sosegados». Solis.

«Aunque Cortés había sabido esta noticia estando en Cholula, la había ocultado dentro de su pecho, ó había confiádola á unos cuantos oficiales enteramente dignos de confianza; temiendo el mal resultado que ella produciría en el vulgo de los soldados». Prescott.

151 — «La aparición de la Virjen la vieron solamente, quienes [ponderaron á Motezuma lo más que pudieron el suceso, para encubrir su derrota; circunstancia muy sospechosa, pero en que sin embargo no pararon la atención los españoles. Y ciertamente todos los soldados que pasamos con Cortés tenemos muy creídos y así es la verdad, que la misericordia divina y nuestra Señora la Virjen María era con nosotros». Bernal Diaz.

152 — «En medio de tanta incertidumbre, propuso Cortés un recurso, que solo el hombre más audaz y en el último extremo de la desesperación podía concebir, y era ir al palacio de Motezuma y traérselo á los cuarteles espa ñoles: por medios suaves, si era posible, ó por la fuerza, si no podía por otra suerte; pero de eualesquier manera hacerse de su persona.

Bernal Díaz refiere este suceso de muy distinta manera. Según él, algunos oficiales y soldados (de los que él era uno,) sugirieron á Cortés el plan de aprisionar á Motezu-

ma, cuyo plan adoptó aquel sin vacilar. Pero esto es contrario al carácter de Cortés, que en ocasiones taleí era hombre que conducía, no que se dejaba conducir: es contrario al testimonio general de los historiadores; bien que debemos confesar que principalmente se han fundado en el dicho del mismo Cortés: es contrario á la pj-obabi lidad, porque el proyecto es tan desesperado que apenas se concibe cómo pudo caber en la cabeza de uno, cuanto más inverosímil no es que lo hayan concebido muchos.^ Finalmente, es contrario á la positiva aserción de Cortés, estampada en sus cartas al emperador, conocida de todo el mundo, circulada de todas partes y confirmada por el capellán Gomara; todo esto en tiempo en que los sucesos estaban frescos y que vivían todavía las personas interesadas en contradecirla. No podemos menos que creer que el capitán, en esto como en el incendio de las naves, toma para sí y sus compañeros mayor parte de la que les pertenece, olvidos y errores que tienen disculpa en el trascurso de cincuenta años, sin decir nada del manifiesto empeño que muestra por ensalzar la fama de aquellos últimos».

«No se puede negar que fué atrevimiento sin ejemplar esta resolución, que tomaron aquellos pocos españoles de prender á un rey tan poderoso dentro de su corte; acción que siendo verdad, parece incompatible con la sencillez de la historia; y pareciera sin proporción cuando se hallara entre las demasías ó licencias de !a fábula. Pudiérase llamar temeridad si se hubiera entrado en ella voluntariamente ó con mas elección; pero no es temerario propiamente quien se ciega, porque no puede más. Vióse Cortés igualmente perdido si se retiraba sin reputación, que aventurado si se mantenía sin volver por ella con algún hecho memorable; y el ánimo cuando se halla ceñido por todas partes de la dificultad, se arroja violentamente á los peligros mayores; pensó en lo más difícil por asegurarse de una vez, ó porque no se acomodaba su discurso á las medianías. Pudiéramos decir que fué magnanimidad suya el poner tan alta la mirada ó que la prudencia militar no es tan amiga de los extremos como la prudencia política; pero mejor es que se quede sin nombre su resolución, ó que mirando al suceso la pongamos entre aquellos medios imperceptibles de que se valió Dios en esta conquista, escluyendo al parecer los impulsos naturales». Solís.

«La muerte de Juan de Escalante, según Herrera, sucedió antes de la primera entrada de Cortés á Méjico. Lo mismo se deja entender por la relación de éste, pues supone haber tenido lugar poco después de su salida de Veracruz. Respecto de Juan de Arguello y de la presentación de su cabeza á Motezuma, nada dice Hernán Cortés. No es fácil por lo tanto averiguar, por qué motivo hace Solís coincidir aquel suceso, con la estancia de Cortés en Méjico, á menos de no ser con el objeto de acriminar la conducta de Motezuma, y dar mayor colorido de justicia á su prisión. Pero si se reflexiona sobre el carácter tímido é irresoluto de ese príncipe, difícilmente se puede concebir que quien pudo disponer de inmensas fuerzas para detener las rápidas conquistas de los españoles, y careció de arrojo para aventurar una batalla, aunque no fuera mas que por propio decoro, se arriesgase, estando rodeado del ejército invasor, á dar órdenes atentatorias, que pusiesen en riesgo evidente su existencia. Mas fácil es creer que esas órdenes fueron dadas desde luego, cuando los españoles emprendieron su marcha á Méjico, y cuando podía Motezuma prometerse distraer la atención y las fuerzas de Cortés á otros puntos en donde podía hallar tenaz resistencia.

No era menester, pues, que para autorizar la prisión de Motezuma hiciese Solís coincidir con ella la traición de Gualpopoca y muerte de Escalante. El mismo Hernán Cortés nos explica si verdadero secreto de su política y ciertamente son muy notables sus palabras, no tan solo

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para descubrir en ellas su reflexiva prudencia, sino también el valor y audacia de que le dotó el cielo. Asi dice en su relación á t'.arlos W: €i\isados, invictísimo Principe, seis días después, que en la gran ciudad de Temixtitan entré, é habiendo visto algunas cosas de ellos, aunque pocas, según las que hay que ver y notar; por aquellas me pareció, y aún por lo que de ía tierra había visto, que convenía al real servicio y nuestra seiíuiidad que aquel señor (Motezuma), estuviese en mi poder, y no en toda su libertad, porque no mudase el propósito y voluntad que mostraba en servir á Vuestra Alteza, mayormente, que los españoles somos algo imcomportables é importunos, t^ porque enojándose nos podría hacer mucho daño, y tanto, que no obiece memo ria de nosotros, según su gran poder: é también, porque teniéndole conmigo, todas las otras tierras, que á él eran subditas, venían mas aina al conocimiento y servicio de Vuestra Magestad, como después sucedió: determiné de le prender y poner en el aposento donde yo estaba, que era bien fuerte, é porque en prisión no obiese algún escándalo, ni alboroto, pensando todas las formas y maneras, que para lo hacer sin este debía tener, me acordé, nótense estas palabias), de lo que el Capitán que en la Veracruz había dejado, me hahia escrito, acerca de lo que habia acaecido en la ciudad de Nautecal, y como se habia sabido tcdo lo allí sucedido había sido por el mandato del dicho Motezuma; y dejando buen recaudo en las encrucijadas de las calles, me fui á las casas del dicho Motezuma, etc». Queda pues demostrado, que la fechoría de Gualpopoca fué anterior á la entrada de Cortés en Méjico; v que el carecer de causa legítima para reducir á prisión a un monarca tan poderoso de quien podía temerlo todo, le sugerió la idea de promoverle caraos por un suceso anterior á su reciente amistad y muy común en aquel género de guerra. Hernán Cortés conocía muy bien todo esto; y por lo mismo tan solo pue den ponerle á cubierto de censura por tan enorme atentado contra la fé de la hospitalidad, la grandeza misma del hecho y la necesidad de atender á su propia con servaciÓH". Revilla.

V mas adelante agrega el mismo escritor: c Preciso era que un motivo tan poderoso como el de la propia seguridad, obligase á Cortés á dar un paso tan repugnante como era apoderarse de la persona de Motezuma, para no sentirse interesado á favor de este príncipe, y poder acallar el grito de su propia conciencia, contra semejante atropellamiento. Cuando se presentó aquel á verificar la prisión, el monarca mejicano, según el mismo Cortés refiere, le regaló una hija suya; asi como a los demás capitanes españoles que le acompañaron hizo igual asasaio de otras: doncellas, hijas de diversos señores principales: contraste por cierto muy singular, en que por una parte resaltaba el homenage forzoso de la humillación en un príncipe poderoso, pero de ánimo abatido: y por otra la altivez y audacia de un guerrero valiente, cuya única esperanza y apoyo tan solo consistía en su espada. Solís guarda silencio acerca de este regalo, acaso juzgándole perjudicial para el buen nombre deportes; pero fué escusada precaución, puesto que lo declara el héroe mismo, y lo dejó confirmado Herrera en sus décadas. >

Perdone el señor Revilla, no hubo, ni lo dice ningún autor ni documento, que hubiese tal regalo efectivo, sino simplemente un ofrecimiento de Motezuma á Cortés de una hija, poco minutos antes de ser aprendido. No es, pues, cieno lo que dice Revilla: *íjue Solis guarda silencio acerca de este regalo, acaso juzgándole perjudicial para el buen nombre de Cortés* ;Qué culpa tiene Cortés, que Motezuma le ofreciera una hija, la que no aceptó.^

Veamos las siguientes líneas de Prescott:

cLa pequeña comitiva fué amablemente recibida por el emperador, que mediante los intérpretes se interesó

en una animada conversación con los españoles, y desplegó su natural munificencia, regalándoles oro y joyas, é hizo al general el cumplimiento de ofrecerle por mujer á una de sus hijas; honor que aquel rehusó respetuosamente, alegando que era casado en Cuba y que su religión prohibía tener varias mujeres».

Por las antecedentes líneas pudiera haber visto Revilla, quien parece haber desconocido en este caso la perspicacia de Cortés, y la situación en que se encontraba y el mismo (Cortés reconocía que no hubo nada de lo que supuso; que el tal ofrecimiento él supo loable y fundadamente rehusar, prefiriendo disgustar antes á Motezuma y desairar la persona^de su hija, aunque hubiera sido una deidad, antes de disgustar á su ángel de guarda, la leal é inteligentísima Marina, que tanto contribuyó al buen éxito de su empresa, y la que hubiera sido su mas implacable enemiga, si hubiérala él dado justo motivo para que estuviese celosa. , -^.^^v

lóli -«¿Qué hace vuestra merced ya con tantas palabras.^ O le llevamos preso ó le damos de estocadas, por no tomarle á decir que si da voces ó hace alboroto que le matareis, porque mas vale que de esta vez aseguremos nuestras vidas ó las perdamos». Bernal Diaz.

ir)4 — Oviedo duda si la conducta de Motezuma se debe tener por pusilánime ó por prudente. Al cronista le parece, según lo que puede colegir de esta materia, que Motezuma era ó muy falto de ánimo ó pusilánime, ó muy prudente, aunque en muchos casos los que le vieron le loan de muy señor v muy liberal, y en sus razonamientos mostraba ser de tuen juicio. Sin embargo, se inclina á creer que era pusilánime. «Un príncipe grande como Motezuma no se había de dejar incurrir en tales términos, ni consentir ser detenido de tan poco número de españoles, ni de otra generación alguna, mas como Dios tiene ordenado lo que ha de ser, ninguno puede huir de su juicio».

Creemos que en todo esto nada dice Oviedo de nuevo, pues todos suponemos, que todo lo que sucede es por la voluntad del que todo lo puede.

l.'S,5 —«Siempre que ante él pasábamos y aunque fuese Cortés, le quitábamos los bonetes de armas ó cascos, que siempre estábamos armados, y él nos hacía gran mesura y honra á todos Digo que no se sentaban

Cortés ni ningún capitán hasta que el Motezuma les mandaba dar sus asentaderos ricos y les mandaba asentar». Bernal Díaz.

156 — Unos de los modernos historiadores de La conquista DE Méjico, ante tan estupendos hechos, esclama asombrado: «Los sucesos referidos en este capítulo son ciertamente los mas extraordinarios de que hay mención en la historia. Que un puñado de hombres haya entrado en el palacio de un príncipe poderoso, se haya apoderado de su persona, en medio de sus vasallos, se lo haaa llevado cautivo á sus cuarteles, haya inferido en su presencia muerte ignominiosa á sus primeros magistrados, (probablemente en cumplimiento de sus propias órdenes), haya puesto el colmo á todo, cargándole de cadenas, como á un malhechor: que todo esto se haya hecho no á un imbécil, á un impotente, en la decadencia de su fortuna, sino á un monarca altivo, en la plenitud de su poder, estando en el centro de su corte, rodeado de millares de millares, que temblaban al ver su ceño, y que habrían derramado su sangre por defenderle; que todo esto lo haya hecho un puñado de aventureros: es cosa tan extraordinaria, tan increíble, que parece pertenecer á las páginas de una novela. ¡ Y sin embargo, es literalmente verdadero ! Pero no participaremos de la admi ración de los contemporáneos de tales sucesos, no encon-

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traremos títulos para justificar la ignominia inferida á un príncipe amigo, por aquellos mismos, que actualmente disfrutaban de todos sus favores.

Para ver las cosas de otra suerte, debemos colocarnos en el lugar de los conquistadores y convenir en la legitimidad del derecho de conquista. Si la conquista era legítima, todo lo que se necesitaba para efectuarla era también legítimo; y no se puede negar que la prisión del monarca era indispensable, si los españoles querían conservar su dominio en el pais. El arzobispo Lorenzana, nada menos que á fines de la centuria pasada, encontra ba todavía en las Santas Escrituras, razones con que justificar la conducta de Cortés. «Fué gran prudencia y arte militar haber asegurado al emperador, porque sino quedaban espuestos Cortés y sus soldados á perecer á traición, y teniendo seguro al emperador se aseguraban á sí mismo, pues los españoles no se confiaban ligeramente; «Jonatas fué muerto y sorprendido por haberse confiado á Trifon». La ejecución del cacique azteca sugiere reflexiones de otro orden. Si era realmente culpable de la perfidia de que le acusaba Cortés y si el monarca no lo había autorizado, el cacique merecía la muerte, y el general podía aplicársela según el derecho de la guerra. Pero no es de ningún modo claro que estuviese autorizado para envolver á tantos en aquella sentencia, mayormente cuando casi todos ó acaso todos habrían obrado por su mandato. El cruel género de muerte á que fueron condenados, no espantará á nadie, que conozca la severidad de los códigos penales en el siglo XVI.

Pero si el gobernador era culpable, ¿porqué ultrajar la persona del monarca.'' Si este era culpable, el otro ciertamente no lo era. Si el cacique solo había cumplido los mandatos del príncipe, la responsabilidad era toda de éste: mas no podían ser ambos á la vez culpables.

Pero es en vano discutir sobre esta materia, fundándose en principios abstractos acerca de lo justo ó de lo injusto y sin atender á que los conquistadores no se tomaban el trabajo de pararse en las sutilezas del casuismo: su norma de lo justo y de lo injusto, tocante á los indios, era muy sencilla: mirábanles como á raza proscrita, sin Dios ni ley, y participando de las creencias de su época, juzgaron que su misión, (para hablar el lenguaje de moda), era conquistar y convertir. Las medidas que acababan de tomar, facilitaban ciertamente la grande obra de la conquista, pues la ejecución de los caciques llenaba de terror, no solo á la capital, sino á todo el país, y probaba que no se podía tocar impunemente ni á un pelo de un español. Haciendo á Motezuma despreciable á los ojos de su pueblo, se le privaba de la ayuda que podía esperar de él, y se le obligaba á buscar el arrimo de un extranjero. Era sin duda una gran medida política, pe-, ro de la que habrían sido capaces muy pocos de los que conservasen en su corazón un solo rasgo de huma nidad.

Un excelente criterio para juzgar de la moralidad de los actores de aquellas escenas, es Bernal Díaz, que escribió sus reflexiones unos cincuenta años después de acaecidas, cuando el fuego de la juventud ya se había extinguido, y la vista al recorrer lo pasado medio siglo antes, podía contemplar los sucesos sin la niebla de las pasiones y de las preocupaciones, á cuyo través suelen verse los acontecimientos presentes: «Osar quemar sus capitanes, delante desús palacios y ponerles grillos entre lanto que se hacía la justicia que muchas veces ahora que soy viejo me paro á considerar las cosas heroicas que en aquel tiempo pasamos, que me parece las veo presentes; y digo que nuestros, hechos, que no los hacíamos nosotros, sino que venían todos encaminados por Dios. Porque hay mucho que ponderar en ello.»

Y en verdad, que no falta asunto para una meditación no desagradable, al reflexionar en los adelantos que, á lo

menos especulativamente, se han hecho en el siglo XIX por lo tocante á la moralidad. Pero ¿no debe esto por otra parte enseñarnos también á ser tolerantes.'' ¿No nos debe hacer desconfiar al aplicar á las acciones pasadas la misma regla con que mediríamos las presentes.''» Prescotí. . .

157 — Comprendiendo mal Prescott en esta escena la política de Cortés, dice que le dijo á Motezuma:— que toda tentativa para huirse la pagaría con su vida;— como si fuese Cortés hombre que no comprendiera que toda amenaza, que se hace al enemigo, y por cualquier causa no se cumple, es una debilidad y mengua en quien la hace. Así se expresa Prescott: t Manifestó el deseo de ir al templo mayor á tributar el culto que antes acostumbraba á rendir á sus dioses incesantemente. La idea sorprendió á Cortés; pero era demasiado justa la petición para oponerse á ella, sin dejar traslucir algo de lo que tanto convenia tener oculto; mas para asegurar su vuelta le dejó ir escoltado de ciento cincuenta hombres, al mando de los resueltos hidalgos, que habían concurrido á la prisión, diciéndole además que toda tentativa para huirse la pagaría con la vida. Custodiado de esta suerte, visitó el teocalli donde fué recibido con la acostumbrada pompa, y después de cumplir sus oraciones, se volvió á los cuarteles délos españoles.»

Mejor comprendió Solis en esta situación á Cortés diciendo: «Acreditó diversas veces con palabras y acciones la sinceridad de su ánimo; y cuando le pareció que tenía segura y merecida la confianza de Cortés, se resolvió á experimentarla, pidiéndole licencia para salir alguna vez á sus templos: dióle palabra que se volvería puntualmente á I» prisión, que así la solía llamar cuando no estaba presente alguno de los suyos; díjole: «que ya deseaba por su conveniencia y la de los mismos españoles dejarse ver del pueblo, porque se iba creyendo que le tenían oprimido, como había cesado la causa de su detención con el castigo de Qualpopoca; y se podría temer alguna turbación mas que popular, sino se ocurría brevemente al remedio de aquella demostración de su liber tad.» Hernán Cortés, conociendo su razón, y deseando también complacer á los mejicanos, le respondió liberal y cortesanamente: <que podría salir cuando gustase, atribuyendo á exceso de benignidad el pedirle semejante permisión, cuando él y todos los suyos estaban á su obediencia. > Pero aceptó la palabra que le daba de no hacer novedad en su habitación, como quien deseaba no perder la honra, que recibía.

Hízole alguna interior disonancia el motivo de acudir á sus templos, y para cumplir consigo en la foroia que pedía, capituló con él, que habían de cesar desde aquel día los sacrificios de sangre hu.mana, contentándose con esta parte del remedio, porque no era tiempo de aspirar á la enmienda total de los demás errores; y siempre que no se puede lo mejor, es prudente dividir la dificultad para vencer uno á uno los inconvenientes. Ofreciólo así Motezuma, prohibiendo en efecto en todos sus oratorios este género de sacrificios; y aunque se duda si lo cumplió, es cierto que cesó la publicidad, y que si los hicieran alguna vez, fué á puerta cerrada, y tratándolos como delito.

Su primera salida fué al templo mayor de la ciudad, con la misma grandeza y acompañamiento que acostumbraba; llevó algunos españoles, y se previno llamándolos él mismo, antes que se los pusiesen al lado como guardias ó testigos.»

1.58— Algunos autores dicen, que en una de estas primeras salidas de Motezuma al gran templo, fué cuando los españoles derribaron los ídolos; pero no puede suponerse tal cosa, por los pacíficos hechos, que se sucedie ron después, estrechándose mas las relaciones entre inva-

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sores é indígenas: tales derribamientos acaecieron, pero fué después. Prescotí no los refiere, sino cuando se realizaron; y si lo hace Solis es para impugnar e! fundamento que pueda dárseles, pues la política de Cortés entonces era de expectativa; solo los narra Solis como ciertos, cuando parece que verdaderamente debieron efectuarse; también Revilla, su anotador, refuta igualmente tal suposición.

1Ó9— Tiraba Motezuma con cerbatana; y á la caza mayor con flecha ó dardo.

lt)0— Unos autores le llaman Cacama y otros C^aca matzin óCacumatzin.

Según Cortés, contenía Tezcuco ciento cincuenta mil habitantes. Lorenzana le da treinta mil; y Oviedo dice: «Esta ciudad era la segunda cosa principal de la tierra, y así había en Tezcuco muy grandes edificios de templos del Demonio y muy gentiles casas y aposentos de se ñores, entre los cuales tué cosa de ver la casa del señor principal, así la vieja con su huerta cerrada de más de mil cedros muy grandes y muy hermosos, de los cuales hoy día están los más en pié, aunque la casa está asolada: otra casa tenía en que podía aposentar en ella un ejército, con muchos jardines y un muy grande estanque, que por debajo de tierra solían entrará él con barcas.»

1()1 — «Partió luego el nuevo rey á su corle y fué re cibido y coronado en ella con grandes aclamaciones y regocijos, celebrando todos su exaltación con diferentes motivos: unos porque le amaban y sentían su persecución; otros por la mala voluntad que tenían á Cacumatzin; y los más por dar á entender que aborrecían su delito. Tuvo notable aplauso en todo el imperio este género de castigo sin sangre, que se atribuyó al superior juicio de los españoles, porque no esperaban de Motezuma semejante moderación; y fué de tanta consecuencia la misma novedad para el escarmiento, que los demás conjurados derramaron luego sus tropos, y trataron de recurrir desarmados á la clemencia del rey. Valiéronse de Cortés, y últimamente consignieron por su medio el perdón con que se deshizo aquella tempestad; y habiéndose levantado contra él, salió del peligro mejorado, parte por su industria, y parte porque le favorecieron los mismos accidentes; pues Motezuma le agradeció la quietud de su reino, se declaró por su hechura el mayor príncipe del imperio, y favoreciendo á los demás que intentaban des truirle, se halló con nuevo caudal de amigos y obligados.»

1G2 — tSosegados aquellos rumores que llegaron á ocupar todo el cuidado, sintió Motezuma el ruido que deja en la imaginación la memoria del peligro. Empezó á discurrir para consigo el estado en que se hallaba; parecióle que ya se detenían mucho los españoles, y que habiéndose mirado como falta de libertad en él la benevolencia con que los trataba, debía familiarizarme menos, y dar otro color á las exterioridades. Avergonzábase del pretexto que tomó Cacumatzin para su conjuración, atribuyendo á falta de espíritu su benignidad, y alguna vez se acusaba de haber ocasionado aquella murmuración: sentía la flaqueza de su autoridad, cuyos celos andan siempre cerca de la corona, y ocupan el primer lugar entre las pasiones que mandan á los reyes. Temía que se volviesen á inquietar sus vasallos, y que saltasen nuevas centellas de aquel incendio recien apagado. Quisiera decir á Cortes que tratase de abreviar su jornada, y no hallaba camino decente de proponérselo; ni los recelos por ser especie de miedo, se confiesan con facilidad. Duró algunos días en esta resolución, y últimamente determinó que le convenía en todo caso despachar luego á los españoles, y quitar aquel tropiezo á la fidelidad de sus vasallos.

Dispuso la materia con noble sagacidad; porque antes de comunicar su intento á Cortés, llevó prevenidas sus réplicas, saliendo á todos los motivos en que pudieran fundar su detención. Aguardó que le viniera á visitar como solía: recibióle sin hacer novedad en el agrado ni en el cumplimiento: introdujo la plática de su rey al modo de otras veces: ponderó cuanto le veneraba, y dejando traer su propuesta de la misma conversación, le dijo «que había discurrido en reconocerse de supropia voluntad el vasallaje que se le debía, como i sucesor de Quezalcoal y dueño propietario de aquel imperio.» Así lo entendía, y en esto solo habló con afectación; pero no se trataba entonces de restitnirle sus dominios, sino de apartar á Cortés y facilitar su despacho; á cuyo fin añadió: que pensaba convocar la nobleza de sus reinos y hacer en su presencia este reconocimiento para que todos á su invitación le diesen la obediencia y estableciesen el vasallaje con alguna contribución en que pensaba también darles ejemplo, pues tenía ya prevenidas diferentes joyas y presas de mucho valor para cumplir por su parte con esta obligación; y no dudaba que sus nobles acudirían á ella con la mejor de sus riquezas, ni desconfiaba de que se juntaría cantidad tan considerable que pudie::e llegar sin desaire á la presencia de aquel príncipe, como primera demostración del imperio mejicano.» Solis.

Pero Prescott y otros, con más documentos que Solis, dicen que la iniciativa salió de Cortés.,,; vj .

]t»vi— Oviedo ve en las lágrimas y pena de Motezuma una prueba suficiente de que aquel vasallaje, lejos de ser voluntario era exigido por la fuerza. Este historia dor parece que vio la trama de los sucesos más claramente que muchos de los que en ella figuraron como actores. «Y en verdad, si como Cortés lo dice ó escribió, pasó en efecto, muy grande cosa me parece la conciencia y liberalidad de Moteczuma en su restitución y obe diencia al rey de Castilla, por la simple y cautelosa información de Cortés, que le pedía para ello. Mas aquellas lágrimas, con que dice que Motenczuma hizo su oración é amonestación, despojándose de su señorío, y las de aquellos con que les respondieron, aceptando lo que mandaba y exhortaba; y á su parecer su llanto quería decir ó enseñar otra cosa de lo que él y ellos dijeron; porque las obediencias que se suelen dar á los príncipes con cámaras y con risas é diversidad de música é leticia en señales de placer se suelen hacer; é no con luto ni lágrimas y sollozos ni estando preío quien obedece; porque como dice Marco Varron: lo que por fuerza se da no es servicio, sino robo.-

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1G4— «Los cuales demás de su valor eran tales y tan maravillosas, que consideradas por su novedad y estrañesa no tenían precio, ni es de creer que algunos de los príncipes del mundo, de quien se tiene noticia, las pudiera tener tales.» Oviedo.

ir)5 — «Decidle en vuestros anales y cartas: esto os envía vuestro buen vasallo Moteuczoma.» Bernal Díaz.

«Y cuando aquello le oyó Cortés y todos nosotros, estuvimos espantados de la gran bondad y liberalidad del gran Motenczoma, y con mucho acato le quitamos todas las zorras de armas y le dijimos que se lo teníamos en merced y con palabras de mucho amor.» Bernal Diaz.

166— «Por lo tanto, el valor de todo el tesoro eran ciento sesenta y dos mil pesos oro, sin contar las joyas y adornos, cuyo valor reguló Cortés en quinientos mil ducados: fuera de esto había quinientos marcos de plata en láminas, vasos y otros artículos de lujo.

La poca cantidad de plata, comparada con la de oro, fornr.a un contraste con las proporciones relativas de las de ios dos metales, después de la conquista. (La can-

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tidad de plata sacada de las minas de América excede á la de oro, en la razón de 46, según Humboldt. El valor del último de estos metales, en tiempo del descubrimiento del Nuevo Mundo, era siete veces mayor que el de la plata, es hoy de 16 veces, según la Memoria de la Real Academia de la Historia. Esta valuación no difiere materialmente de la que hizo Smith después de mediados del siglo pasado. La diferencia habría sido mucho mas considerable, á no ser por el gran consumo que se hacía de la plata para objetos de adorno y uso. El valor total del tesoro reducido á nuestra moneda común y teniendo en cuenta el cambio sobrevenido en el valor total del oro, desde principios del siglo XVI; el valor total del tesoro, repito, era de seis millones trescientos mil pesos ó un millón cuatrocientas diez y siete mil libras esterlinas, suma suficiente para desvanecer las inexac titudes y vulgares ideas que se tienen acerca de las pocas ó ningunas riquezas que se encontraron en Méjico. (Rebertson, prefiriendo la autoridad de Bernal Diaz, — se gun parece,— dice que el valor del tesoro subía á seiscientos mil pesos. El valor del peso, — dollar — es una onza de plata; mas atendiendo al desmérito que ha tenido este metal, debe haber representado en tiempo de Cortee un valor cuadruplo del que hoy representa; pero el peso de oro valía tres tantos de esta suma, ó lo que es lo mismo, doce pesos sesenta y siete centavos. Robertson rebaja algo de lo que dice el autor que siguió por texto, fundándose en la duda de que haya existido en el país una cantidad tan considerable de uno y otro metal.

La necesidad de recurrir á esta escasez para fundar tal argumento, le ha inducido el error de asegurar que el oro no era uno de los objetos de que se servían los mejicanos para regular el valor de los otros.) Eran pocas sin embargo, esas riquezas, comparadas con las que sacaron los conquistadores del Perú; pero con todo, pocos monarcas europeos podrían hoy preciarse de tener tantas en su cofre. (Muchos de ellos,— los monarcas —de poco ó ningún oro podían hacer ostentación en sus cofres. Maximiliano de Alemania, y aún el mas prudente Fernando, rey de España, apenas dejaron el dinero bastante para costear sus funerales; y aún á principios del siglo pasado, vemos á Enrique IV de Francia abrazar con entusiasmo á su ministro Sully, por haberle dicho éste que á fuerza de grandes economías había en el tesoro real 36 mil libras ó 1.500.000 libras esterlinas, que valen 4.600.000 pesos meiicanos, según memorias del dicho duque de Sully.)» Prescott.

Téngase presente que esto se escribió cuando no se habían descubierto las minas de California, y eran el oro y la plata muchísimo menos abundante que en la actualidad, y lo que representaba también en Europa esa gran masa de oro y plata, el año 1520, en que se vé, por los antecedentes datos, que ascendió el tesoro, que se sacó al emperador.

167 — «Así pudieron sacar el real quinto que se encontró ascender á treinta y dos mil cuatrocientos pesos oro. (Esta regulación se encuentra confirmada — con diferen cia de 400 onzas — por los testigos que á solicitud de Cortés fueron citados para que vieran el monto del quinto del rey. Entre los testigos se encuentran los hombres mas respetables del ejército: Ordaz, Dávila y los padres Olmedo y Díaz, el último de los cuales es de saberse que no era muy amigo de Cortés. El instrumento, aunque sin fecha, se encuentra en la colección de Vargas Ponce.) Y según dice Bernal Díaz, al cuadruplo de esta suma: «Eran tres montones de oro, pesado hubo en ellos sobre seiscientos mil pesos, como adelante diré, sin plata é otras muchas riquezas.» Pero si se atiende á que los españoles tenían interés en no defraudar nada al erario para granjearse el favor del rey, y á que siendo Cortés el responsable de ¡a suma de que se hablaba en la carta,

no podía disminuirla, se verá que la cantidad que él dice es la que se puede tener por verdadera.» Prescott.

1(58— Aquí encuentra Prescott favorable ocasión de insinuar, que Cortés era avariento, ó presupónele, aunque embozadamente, una conducta equívoca, apoyándose en algunas palabras de Bernal Díaz, y dice: cLa repartición del tesoro era cosa no poco difícil: si se hubiera hecho con entera igualdad entre todos los conquistadores, habrían tocado á cada uno mas de quince mil pesos, ¡magnífico botin! pero un quinto era de la corona; otro perteneciente al general, según el tenor de las instrucciones; una gran suma debía partirse entre él y el gobernador de Cuba, para indemnizarse de los gastos de la expedición y de la pérdida de la flota: también debía deducirse la parte correspondiente á la guarnición de Veracruz: á los hidalgos principales les tocaba una liberal compensación; á los ginetes, ballesteros y arcabuceros se les dio paga doble; por manera que cuando llegó el turno á los soldados tacaron á cada uno de ellos cien pesos de oro, suma tan insignificante, comparada con la que esperaban, que algunos se rehusaron á recibirla. «Po»" ser tan poco, — según dice Bernal Díaz, — muchos soldados hubo que no lo quisieron recibir.»

Comenzaron luego las hablillas y las murmuraciones: t(jParaesto — decían — hemos abandonado nuestros hogares y familias.? ¿Hemos arriesgado nuestras vidas, hemos padecido trabajos y escaseces, para recibir tan miserable recompensa.'' Mejor nos hubiera estado permanecer en Cuba, y contentarnos con las ganancias seguras y fáciles de nuestro comercio. Cuando en Veracruz renunciamos á la parte del oro que nos tocaba, lo hicimos en la confianza de que en Méjico nos sería superabundantemente pagado; es verdad que hemos encontrado aquí muchas riquezas; pero apenas las hemos visto, cuando no las han arrebatado aquellos á quienes nos fiamos.» Los descontentos llegaron á decir, que los jefes principales se habían apropiado antes de que se partiese el tesoro las ricas joyas; rumor que tomó algún crédito por una disputa habida entre Mejía, el tesorero de la corona, y Velazquez de León, pariente del gobernador y favorito de Cortés. Ei tesorero acusaba á este hidalgo de haber ocultado algunos pedazos de oro, antes que fuesen sellados: de palabras pasaron los contrincantes á los hechos: uno y otro eran buenos espadachines, y el negocio hubiese terminado fatalmente, á no ser por la intervención de Cortés, que á ambos impuso arresto.

Este procuró después emplear toda su actividad é insinuante elocuencia en calmar las pasiones agitadas de los soldados. Díjoles que le causaba gran pena ver á los leales caballeros y soldados de la Cruz, disputarse el botín como lo harían los salteadores de caminos. Aseguróles que la partición había sido hecha con perfecta igualdad y justicia: que en cuanto á la parte que á él le había tocado, no era más que la que le tocaba según su comisión; pero sin embargo que si les parecía demasiado, estaba pronto á repartirla entre los soldados más pobres, porque no era el oro, aunque codiciable, el principal objeto de su ambición: que si era el de la de ellos, debían reflexionar, que el adquirido hasta entonces era poca cosa, comparada con el que encontrarían después, puesto que eran dueños de toda aquella tierra y de sus ricas minas: que lo que se necesitaba era nj dar cabida al enemigo para que aprovechándose del desorden, los en volviese y destruyese. Con estas melifluas palabras, de que tenía gran caudal y sabía emplear oportunamente, como dice un soldado viejo, en cuyo provecho redundan. («Palabras muy melifluas, razones ;nuy bien dichas, y que las sabía bien proponer.» Bernal Díaz.) Con ellas consiguió aplacar por lo pronto la tempestad; tomando en lo privado las prudentes medidas de dulcificar el des-

contento de los pertinaces por medio de regalos; y aun que hubo algunos rencorosos, que guardaron su resentí miento para otro día, el vulgo de los soldados volvió luc go A su acostumbrada subordinación. Kste fué uno de los lances críticos, on que se necesitaba de toda la habilidad y firmeza de (^ortt's: jamás le faltaban estas dos cualidades; pero menos en semejantes ocasiones. Kn Ve racru/. había persuadido i los soldados Á que renunciasen á lo que no era masque la muestra de sus futuras ganancias: ahora les persuadía á que renunciasen á esas ganancias: arrancaba la presa de las garras mismas del león. jiTorquéeste no se volvía á é\ y lo devoraba.^»

Pero antes que Prescoit formase tal juicio, reinvindicóle Solis de tal cargo; y Prescott, que frecuentemente cita á Solis, hace caso omisi) de tal auuridad, y nada dice sobre el siguiente párrafo:

€ Nombráronse contador y tesorero para que se llevase la razón de lo que se iba recibiendo; y se juntó en breves días tanta cantidad de oro, que reservando las joyas y piezas de primor, y habiéndose fundido lo demás, se hallaron seiscientos mil pesos reducidos á barras de buena ley, de cuya suma se apartó el quinto para el rey y del residuo segundo quinto para Cortés, con beneplácito de su gente y cargo de acudir á las necesidades públicas del ejército. Separó también la cantidad en que estaba empeñado para satisfacer la deuda de Diego Velazquez, y lo qué le prestaron sus -amigos de la isla de Cuba, y lo demás se repartió entre los capitanes y soldados, comprendiendo los que se hallaban en la Vera Cru/..

Diéronse iguales porciones á los que tenían ocupación, pero entre los de plaza sencilla hubo alguna diferencia, porque fueron mejor remunerados los de mayores servicios; ó menos inquietos en los rumores antecedentes: peligrosa equidad en que hace agraviados el premio y quejosos !a comparación. Hubo murmuraciones y palabras atrevidas contra Cortés y sus capitanes; porque al ver tanta riqueza junta, querían igual recompensa los que merecían menos, y no era posible llenar su codicia ni conviniera fundar en razón la desigualdad.

Bernal Díaz discurre con indecencia en este punto, y gasta demasiado papel en ponderar y encarecer lo que padecieron los pobres soldados en este repartimiento, hasta referir como donaire y discreción lo que este ó aquel dijo en los corrillos. («No es efectivamente la ocasión en que Bernal Díaz íe hace más recomendable á sus lectores. » Revilla )

«Habla más como pobre soldado que como historiador; y don Antonio de Herrara le sigue con descuidada seguridad, siendo en la historia igual prevaricación decir de paso lo que no se debe ponderar y detenerse mucho en lo que se pudiera omitir. Pero uno y otro asientan que se aquietó este desabrimiento de los soldados, repartiendo Cortés del oro que le había tocado, todo lo que fué necesario para satisfacer á los quejosos, y alaban después su liberalidad y desinterés, deshaciendo en vez de borrar lo que sobra en su narración>. Solis.

169 — «Para mí le tengo por maravilla é grande la paciencia de Motenezoma y de los indios principales, que así vieron tratar sus templos é ídolos. Mas su disimulación adelante se mostró ser otra cosa, viendo que una gente extranjera y de tan poco número les prendió su señor é porqué formas le hacía tributarios, é se castigaban y quemaban los principales é se aniquilaban y disi paban sus templos, é hasta en aquellos que sUS anteceso res estaban. Recia cosa me parece soportarla con tanta quietud; pero adelante, como lo dirá la Historia, mostró e! tiempo lo que en el pecho estaba oculto en todos los indios generalmente». Oviedo.

170 — «E Cortés proveyó de maestros y personas que -entendiesen en la labor de los navios, é dijo después á los españoles de esta manera; Señores y hermanos, este

señor Moteuczoma quiere que nos vamos de la tierra, y conviene se hayan navios. Id con estos indios y córtese la madera; é entre tanto Dios proveerá de gente é socorro; por tanto poned tal dilación que parezca que hacéis algo, y se haga con ella los que nos conviene; é siempre me escribid y avisad que tales estáis en la Montaña, é que no sienten los indios nuestra disimulación. E así se puso por obra» Oviedo.

Bernal Díaz niega que hubiese dado Cortés tales órdenes secretas, alegando que Martín López, el principal constructor, le aseguró que se diera toda la prisa posible para echar al agua tres naves.

«Pero al tiempo de partir esta gente á la Vera Cruz habló reservadamente con Martín López, vizcaíno de nación, que iba por cabo principal; y siendo maestro consumado en este género de fábrica, sabía cumplir mejor con la profesión de soldado. Encargóle: «que se fuese poco á poco en la formación de los bajeles, y procurase alargar la obra cuanto pudiese con tal artificio que se consiguiese la tardanza sin que pareciese dilación.» Era su fm conservarse con este color en aquella corte, y hacer lugar para que pudiesen volver de España sus comisarios Alonso Hernández Portocarrero y Francisco de Montejo, con esperanza de que la trajesen algún socorro de gente, ó por lo menos el despacho y órdenes de que necesitaba para la dirección de su empresa, porque siempre tuvo firme resolución de seguirla. Y caso que le arrojase de Méjico la última necesidad, pensaba esperarlos en la Vera Cruz, y mantenerse al abrigo de aquella fortificación, valiéndose de las naciones amigas para resistir á los mejicanos: admirable constancia, que no solo duraba entre las dificultades presentes, pero se prevenía para no descaecer en las contingencias». Solis.

171 — «Tenía Francisco de Montejo en la isla de Cuba, cerca de la Habana, una de las estancias de su repartimiento; y cuando llegaron á vista de Cabo de San Antón, propuso á su compañero y al piloto Antón de Alaminos, que sería bien acercarse á ella y proveerse de algunos bastimentos de regalo para el viaje, pues estando aquella población tan distante de la ciudad de Santiago, donde residía Diego Velazquez, se contravenía poco á la substancia del precepto que les puso Cortés, para que se apartasen del distrito. Consiguió su intento, logrando con este color el deseo que tenía de ver su hacienda, y arriesgó, no solo el bajel, sino el presente y todo el negocio de su cargo; porque Velazquez, á quien desvelaban continuamente los celos de Cortés, tenía distribuidas por todas las poblaciones vecinas á la costa diferentes espías, que le avisasen de cualquiera novedad, temiendo que enviase alguno de sus navios á la isla de Santo Domingo para dar cuenta de su descubrimiento, y pedir socorro á los religiosos gobernadores, cuya instancia deseaba prevenir y embarazar. Supo luego por este medio lo que pasaba en la estancia de Montejo, y despachó en breves horas dos bajeles may veleros, bien artillados y guarnecidos, para que procurasen aprehender i todo riesgo el navio de Cortés; disponiendo la facción con tanta celeridad, que fué necesaria toda la ciencia y toda la fortuna del piloto Alaminos para escapar de este peligro que puso en contingencia todos los progresos de la Nueva España.

Bernal Díaz mancha con poca razón la fama de Francisco de Montejo, digno por su calidad y valor de mejores ausencias: cúlpale de que faltó á la obligación en que le puso la confianza de Cortés: dice que salió á su estancia con ánimo de suspender la navegación, para que tuviese tiempo Diego Velazquez, de aprehender el navio. que le escribió una carta con el aviso, que la llevó un marinero, arrojándose al agua, y otras circunstancias de poco fundamento, en que se contradice después, haciendo particular memoria de la resolución y actividad con que se opuso Francisco de Montejo en la corte á los

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ajenies y valedores de Diego Velazquez; pero también escribe, que no hallaron estos enviados de Cortés al emperador de España, y afirma otras cosas, de que se conoce la facilidad con que daba los oídos, y que se deben leer con recelo sus noticias en todo aquello que no le informaron sus ojos. Continuaron su viaje por el canal de Bahama, siendo Antón de Alaminos el primer piloto que se arrojó al peligro de sus corrientes; y fué menester entonces toda la violencia con que se precipitan por aquella parte las aguas entre las islas Lucayas y la Florida, para sal'r á lo ancho con brevedad, y dejar frustradas las asechanzas de Diego Velazquez.» Solís. ]

172 — El título de adelantado á favor de Diego Velazquez estaba firmado el 1 3 de Noviembre de 1518, en Barcelona, y Cortés salió de Cuba el 18 del mismo mes y año.

173— El consejo de Indias, del cual era presidente don Juan Rodríguez de Fonseca, — á quien creo haber retratado exactamente en el canto ó capítulo XXVIII de mi poema Colón, — componíase á la sa^ón de don Francisco Zapata, don Hernando de la Vega, señor Grajal, don Antonio de Padilla y el conocido don Pedro Mártir de Anglería: téngase presente, para demostrar la parcia lidad del dicho Fonseca, el siguiente párrafo de Prescott:

fCuando Fernando é Isabel crearon el Real Consejo de Indias, le nombraron su presidente, cuyo empleo desempeñó desde entonces. Su larga permanencia en un puesto tan difícil é importante, es una prueba de su capacidad para desempeñarlo: en aquella época no era raro encontrar eclesiásticos, llenando los mas altos destinos civiles y aún militares. Fonseca parece que era una persona activa y enérgica; con vocación mas bien secular que eclesiástica; poco tenía de religioso en su carácter: era tan fácil de ofenderse como tardío para perdonar: sus resentimientos se arraigaban en é! tan profundamente, que llegaban á formar parte de su naturaleza.

Desgraciadamente sn posición le ofrecía un vasto teatro donde desplegar contra los más ilustres hombres de su época, su carácter vengativo y rencoroso. Por pique de cierta ofensa, real ó fingida, que le había hecho Colón, había contrariado constantemente los planes del gran navegante: la misma animadversión había mostrado hacia don Diego, el hijo del almirante y heredero de sus honores; é igualmente malas disposiciones mostró desde el principio y siguió mostrando siempre al conquistador de Méjico; siendo la causa inmediata de esto último, sus íntimas relaciones con Velazquez, que estaba casado con una parienta próxima del presidente del consejo».

¿Y quién era, en fin, el mismo Rodrigo de Fonseca, ante los grandes capitanes Cortés y Pizarro, y su ilustre víctima. Colón, cuyo bosquejo nos hace con toda grandiosidad el historiador Lafuente, edición de Barcelona, 1888, Montaner y Simón, par. 5°, f. 8: en el tomo 8° de su Historia general de España.

«¡Cosa maravillosa! Apenas España ve coronada la obra de sus constantes afanes de ocho siglos, apenas logra es pulsar de su territorio los últimos restos de los dominadores de Oriente y de Mediodía, apenas ha lanzado de su suelo á los tenaces enemigos de su libertad y de su fe, cuando la Providencia, por medio de un hombre le depara, como en galardón de tanta perseverancia y de tanto heroísmo, la posesión de un mundo entero! Este acontecimiento, el mayor que han presentado los siglos, merece algunas observaciones, que en nuestra narración no hemos podido hacer.

Una inmensa porción de la gran familia humana vivía separada de otra gran porción del género humano. La una no sabía la existencia de la otra, se ignoraban y desconocían mutuamente, y sin embargo, estaban destinadas

á conocerse, á comunicarse, á formar una asociación general de familia, porque una y otra eran la obra de Dios, y Dios es la unidad, porque la unidad es la perfección, y la humanidad tenía que ser una, porque uno es también el fin de la creación. Pues bien, el siglo XV fué el destinado por Dios para dar esta unidad á los hombres, que vivían en apartados hemisferios del globo, no imaginándose unos y otros que hubiera más mundo que el que cada porción habiiaba aisladamente. ¿Por qué estuvieron en esta ignorancia y en esta incomunicación tantos y tantos siglos.'' Misterio es este que se esconde á los humanos entendimientos; y no es extraño; porque menos difícil sería averiguar cómo teniendo todos los hombres un mismo origen, se habían segregado, y en qué época y de qué manera, las razas pobladoras de los dos mundos, y sin embargo, á pesar de tantas y tan exquisitas investigaciones geológicas, históricas y filosóficas, aún no se ha logrado sacar este punto de la esfera de las verdades descono cidas, aun no se cuenta en el número de los hechos incuestionables.

Es cierto que el siglo XV fué destinado para que se hiciera en él el descubrimiento de este mundo, que impropiamente se llamó nuevo, solo porque hasta entonces no se había conocido. Los hombres de aquel siglo se hallaban preparados para este grande acontecimiento, sin saberlo ellos mismos. Sentíase una general tendencia á descubrir nuevas regiones: un instinto secreto inclinaba á los hombres á inventar y extender las relaciones y los medios de comunicación; el espíritu público parecía como empujado por una fuerza misteriosa hacia los adelantos industriales y mercantiles; había hecho grandes progresos la náutica; se habían descubierto la brújula y la imprenta. ¿Para qué eran estos poderosos elementos, capaces por sí solos de trasmitir los conocimientos humanos y derramarlos por los pueblos más apartados del globo.»* Los hombres de aquel tiempo no lo sabían. Lo sabía solamente el que prepara secreta é insensiblemente la humanidad, cuando quiere obrar una gran trasformaclón en el mundo por medio de los hombres mismos.

Pero hubo uno entre ellos, ingenio privilejiado, que alcanzó más que todos y que á través de las nieblas en que se envolvían los conocimientos geográficos, á favor de un destello de su claro entendimiento, que se asemejaba á la luz de la revelación, comprendió la posibilidad de atravesar los mares de Occidente, y de poner en comunicación el mundo conocido con el desconocido. Hombre de ciencia y de fé, de creencias y convicciones, de religión y de cálculo, estudia á Dios en la natura'eza, levanta el pensamiento al cielo y penetra en los misterios de la tierra, medita en la obra de la creación, y trazando mapas con su mano, descubre que falta conocer la mitad del globo terrestre. Convencido más cada día de la posibilidad del descubrimiento, fijo y constante años y años en esta idea, trató de realizarla; pero necesitaba de recursos y se encontró pobre; sacó su idea al mercado público, ofreciendo la posesión de inmensos reinos al que le diera algunas naves y le prestara algunos escudos; pero los ignorantes no le comprendieron y le dispieciaron los principales le tomaron por engañador y le cerraron sus oídos y sus arcas, los llamados sabios dijeron que deliraba y se burlaron, y el hombre de genio no se desalentó, porque tenía fé en Dios y en su ciencia, aunque faltaran fé y ciencia á los demás hombres.

Nada permite Dios sin algún fin, y fué necesario que Colón encontrara sordos á los soberanos á quienes propuso su pensamiento, para que una secreta inspiración le moviera á acudir á la única potestad de la tierra capaz de comprenderle; y fué conveniente que el mundo supiera que el cosmógrafo genovés había implorado en vano la protección de otros monarcas, para que resaltara más la acojida que había de encontrar en la reina de Castilla.

Si él había concebido una empresa al parecer temeraria por lo inmensa, é inverosimil por lo grandiosa, ne-

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cesita de ft* y de corazón: ^quién podía creer y proteger al autor, V aceptar y prohijar su designio, sino quién tuviera tanta té como tM y tan gran corazón como él y tan gran alma como él? Oistobal ('oliSn necesita una Isabel de Castilla, y solo una Isabel de Castilla, merecía un Cristóbal (-olón. Los genios se necesitaron, se merecie ron y se encontraron.

Ks imposible dejar de ver en la venida de Colón á Castilla algo más que el viaje de un aventúrelo Un navegante de protesién caminando á pió por tierra, sin otro equipaje que las sandalias del apóstol y el báculo del peregrino con unas cartas geográficas debajo del bra/.o, seguí ámenle debió parecer ó un mentecato ó un protela. Kl que iba á ser el presente de un mundo entero tuvo que pedir un pan de caridad para sí y para su hijo á la portería de una solitaria casa religiosa, porque quien había de enviar ilotas de oro y plata de las regiones que pensaba descubrir, no llevaba en su bolsa un solo escudo. Y sin embargo, pobre y extranjero como era, halló en aquella misma casa protectores generosijs: la religión vino en au.xilio del genio, y Colón, vencidas algunas dificultades, lúe presentado a la reina Isabel .. . ¡Momenlo solemne aquel en que por primera vez se pusieron en contacto los dos genios!

No era de esperar que Isabel comprendiera las razone> científicas en que t^olón apoyaba su teoría y con que desenvolvía su sistema; pero el talento y la penetración que se revelaba en la fisonomía del hombre, el fuego y la elocuencia con que se e.xpresaba, la fé ardiente que se descubría en su corazón, la convicción de que se mostraba poseído, y algo de simpático que hay siempre entre las grandes almas, lodo cooperó á que la reina viera en el fiumilde exiranjero al hombre inspirado, y tal vez al instrumento de la Divinidad para la ejecución de una grande obra.

Si entonces no adoptó todavía de lleno su proyecto, le acogió al menos con benevolencia. Isabel nunca tuvo á Colon por un esiravagante ó un iluso, y el marmo genovés había encontrado quien por lo menos no le menospreciara.

¿extrañaremos que tuviera que ejercitar toda su paciencia por espacio de ocho años, alternando entre dificultades y obstáculos, consultas, dilaciones, zozobras, nega livas y esperanzas.- Nunca una gran verdad ha triunfado en el mundo de repenie; y además, la ocasión en que Colón había venido á España, no era la más oportuna para la realización de sus planes. fPero fueron perdidos estos ocho años.^ En este intervalo C^.olón recibió consideraciones y favores de los reyes de España, entró a su servicio, contrajo relaciones y amistades úiileí, halló á quien consagrar su corazón y sus .Tiás íntimos afectos, su segundo hijo nació en Castilla y al cabo de ocho años Colón había dejado de ser extrangero en España, y el genovés se había hecho castellano.

Este fué el momento en que Isabel prohijó de lleno la empresa de Colón; entonces fué cuando pronunció aquellas memorables palabras: «Yo tomaré esta empresa á cargo de mi corona de Castilla, y cuando esto no alcanzare, empeñaré mis alhajas para ocurrir á los gastos». Palabras sublimes, que no hubiera podido pronunciar cuando tenia sus joyas empeñadas para los gastos de la guerra de los moros. Entonces fué cuando le dijo: «Anda y descubre esas regiones desconocidas y lleva el cristianismo civilizador del otro lado de los mares, y difunde la fe divina entre los desgraciados habitantes de esta parte ignorada del universo».

Palabras grandiosas, que Isabel no había podido proferir hasta asegurar el triunfo del cristianismo en España, y hasta arrojar á los infieles de sus naturales y haredilarios dominios.

Adoptada y protegida la empresa por Isabel, pronto iba á saberse si el proyectista era en efecto un visionario, digno de lástima, 6 si era el más sabio y el más calcu-

lista de los hombres. Seguido de un puñado de atrevidos aventureros, el náutico genovés se lanza en tres frágiles leños por los desconocidos mares de Occidente. «Pobre temerario! > quedan diciendo España y Europa. Y Colón, lleno de fe en su Dios, y en su ciencia, en sus mapas y en su brújula, no decía más que: t ¡Adelante!» España y Europa suponían, pero ignoraban sus peligros y trabajos, sus conflictos y penalidades. ^Qué habrá sido del pobre aventurero.''

Trascurridos algunos meses, volvió el aventurero á España á dar la respuesta. Nada necesito decir. La respuesta la daban por él los habitantes y los objetoi que consigo traía de las regiones trasatlánticas en que nadie había creído. El testimonio no admite dudas. ¡El nuevo Mundo había sido descubierto! El miserable visionario, el desdeñado de los doctos, el rechazado por los monarcas, el peregrino de la tierra, el mendigo del convento de la Rábida era el más insigne connógrafo, el gran almirante de los mares de Occidente, el virrey de las Indias, el más envidiable y el más eschrecido de los mor tales. España y Europa se quedaron absortas, y para que en este extraordinario acontencimienio todo fuese singular, asombró á los sabios aún más que á los ignorantes.

La unidad del globo había comenzado á realizarse; la humanidad entera ha empezado á entrar en comunicación. Ya se comprendió por qué habían sido inventadas la brújula y ¡a imprenta; porque era menester hallar caminos seguros por entre las inmensidades del océano, para poner en su relación á los moradores de remotísimas tierras; porque era necesario un medio rá pido y fácil para trasmitir y difundir los conocimientos humanos del mundo antiguo á los pobladores de las apartadísimas regiones del nuevo universo. Si más adelante el vapor acorta estas inmensas distancias; si andando el tiempo la electricidad las hace casi desaparecer, progresos serán del entendimiento humano, y en ello no hará sino cumplirse la ley providencial de la unidad, la ley del progresivo mejoramiento social. Mas no se olvide que á España se debió el que se pusieran por primera vez en contacto las razas humanas de los que entonces se llamaron dos mundos y no eran sino uno solo. Si con el transcurso de los tiempos aquellas razas, entonces groseras é inciviles, se convierten en naciones cultas, y se emancipan y progresan, y trasmiten á su vez al viejo mundo nuevos gérmenes de civilización, no hará sino cumplirse la ley providencial, que destina al género humano de lodos los países á comunicarse recíprocamente sus adelantos, sistema consolador y anuncio lisonjero de la fraternidad universal. Mas no por eso España pierde su derecho á que no se olvide que le pertenece la primacía de haber llenado el principio civilizador al Nuevo Mundo.

Repite Colón sus viajes y multiplica los descubrimientos. En cada expedición se desplegan á sus ojos ricas y vastísimas islas, extensísimas y fértiles regiones, cuyos límites no conoce entonces él mismo, ni será dado á nadie saber en largos años. Todas estas inmensas posesiones vienen á acrecentar los dominios de la corona de Castilla; y España y sus reyes, en premio de su heroica perseverancia de ocho siglos, apenas ponen término á la obra de su emancipación y de su independencia se encuentren poseedores de multitud de provincias de otro hemisferio, cada una de las cuales es mayor que un gran reino. Nunca pueblo alguno llegó i merecer tanto, pero nunca pueblo alguno alcanzó galardón tan abundoso. Cuando ie vuelve la vista á la monarquía encerrada en Covadonga y se la encuentra después dominando dos mundos, se siente estrecha la imaginación para abarcar tanto engrandecimiento. Ya no posee España á aquellas vastas regiones: jqué importa.'' Los hijos que salen de la patria potestad, ¿deiar¿n por eso de ser la houra de los padres, que les dieron el ser.^* Porque la codicia y la crueldad afearán después la obra de la conquista, ¿dejará de ser glorioso el hecho primitivo.? Porque España

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no recojicra el fruto que debió de tan importantes adquisiciones, ¿habrá dejado de ser el suceso inmensamente provechoso i la humanidad?

El descubrimiento de América hubiera bastado por sí solo para hacer entrar á la sociedad entera, y seña'»ada^mente á España, en un nuevo desarrollo y en nuevo período de su vida. Por sí solo hubiera hecho la transición de la edad media á la edad moderna, aunque tantos otros sucesos no hubieren cooperado en el último tercio del siglo XV y en el primero del XVI á obrar una revolución radical en las ideas, y en la política, en el comercio, en las artes, en la propiedad, en las necesidades y en las costumbres.»

174 — fEra Narvaez, alto, fornido, de cabeza grande y barba roja, de agradable presencia y con una voz sonora, como si saliera de profunda cueva.» Berna! Uíaz.

17') — Dicen Solis y otros historiadores; «hiciéronse á la vela, y favoreciéndoles el viento, se hallaron en breves días á la vista de tierra.» Y Prescott y otros: «que después de haber sufrido una temible tormenta, en la que perdieron algunos buques, anclaron en San Juan de Ulúa.t

176 — «Era la importancia de la paz el argumento de la cartas, y en la de Narvaez le daba la bienvenida con palabras de toda estimación; y después de acordarle su amistad y confianza, le informaba el estado en que tenía su conquista, descubriéndole por mayor las provincias que había sujetado, la sagacidad y valentía de sus naturales y el poder y grandeza de Motezuma.» No tanto para encarecer su hazaña, como traerle al conocimiento de lo quj importaba que se uniesen ambos ejércitos á perfeccionar la empresa. Dábale á entender cuánto se debía recelar que los mejicanos, gente advertida y belicosa, llegasen á conocer discordia entre los españoles, porque sabrían aprovecharse de la ocasión y destruir ambos partidos, para sacudir el yugo forastero. Y últimamente le decía: «que para escusar lances y disputas convendría, que sin mas dilación le hiciese notorias las órdenes que llevaba; porque si eran del rey, estaba pronto á obedecerlas, dejando en sus manos el bastón y el ejército de su cargo; pero si eran d" don Diego Velazquez, debían ambos considerar con igual atención lo que aventuraban; porque á vista de una dependencia, en que se interponía la causa del rey, hacían poco bulto las pretensiones de un vasallo, que se podrían ajustar á menos costa, siendo su ánimo satisfacerle todo el gasto de su primer avío, y partir con él, no solamente las riquezas, sino la misma gloria de la conquista.» En este sentir concluyó su carta; y pareciéndole que se había detenido mucho en el deseo de la paz, añadió en fin algunas cláusulas briosas, dándole á entender: «que no se valía de la razón porque le faltasen los brazos; y de la misma suerte que sabía ponderarla, sabría defenderla.» Solís.

177 — Algunos historiadores dicen que Motezuma mandó regalos á Narvaez y que mediaron entrambos ciertas comunicaciones; pero otros lo niegan ó dudan. Solis dice lo siguiente:

cAsientan algunos escritores que Panfilo de Narvaez introdujo pláticas de gran intimidad y confidencia con Motezuma: que iban y venían correos de Méjico á Zempoalla, por cuyo medio le dio á entender que traía comisión de su rey para castigar los desafueros y exorbitancias de Cortés: que no solo él, sino todos los que seguían sus banderas andaban foragidos y fuera de obediei<cia; y de que habiendo sabido la opresión en que se hallaba su persona, trataría luego de marchar con su ejército para dejarle restituido en su libertad y en pacifica posesión de sus dominios; con otras imposturas de semejante malignidad. A cuyas esperanzas dicen no solo

que asintió Motezuma; pero que llegó á entenderse con él y le hizo grandes presentes, recatándose de Cortés, y deseando romper su prisión con ocultas diligencias. No sabemos cómo pudieron llegar á sus oídos estas sugestiones; porque Narvaez no tuvo intérpretes con que darse á entender á los indios, ni pudo introducir por su medio con el lenguaje de las señas tan concertada negociación. De sus españoles solo vinieron á Méjico el licenciado Guevara con los demás de que remitió Sandoval, y estos no hablaron reservadamente á Motezuma; ni cuando se diera Cortés semejante descuido, pudieran hacer este razonamiento sin valerse de Aguilar y doña Marina; caso incompatible con lo que se refiere de su fidelidad. Débese creer que los indios zempoales conocieron de los semblantes y señas exteriores la enemistad y oposición de aquellos dos ejércitos, cuya noticia dieron á Motezuma sus confidentes ó ministros; oorque no es dudable que la tuvo antes que se la participase Cortés; pero de lo mismo que obró en esta ocasión se arguye, que tenía el ánimo seguro y sin alguna preocupación de siniestros informes.

No se niega que hizo algunos presentes de consideración á Narvaez; pero tampoco se colige de ellos que hubiese correspondencia entre los dos; porque aquellos príncipes solían usar este género de agasajo con los extranjeros, que arribaban á sus costas, como se hizo con el ejército de Cortés, á quien pudo encubrir sin artificio esta demostración, por ser materia sin novedad, ó por hacer menos caso de sus dádivas. Pero es de reparar que hasta en ellas mismas, fuesen ocultas ó ignoradas, hubo requisitos ó circunstancia? casuales, que aprovecharon al créJito de Cortés; porque al recibirlas descubrió Narvaez mas complacencia ó mas aplicación que fuera conveniente. .Mandábalas guardar con demasiada cuenta y razón, sin dar alguna señal de su liberalidad á los que mas favorecía; y los soldados, que no conocían su avaricia, cuando culpan la de sus capitanes, empezaron á desanimarse con este desengaño de sus esperanzas; y poniendo el propio interés entre las causas de la guerra, ó daban la razón á Cortés, ó se la quitaban al menos generoso »

A este párrafo de Solis opone Revilla lo siguiente:

«Los argumentos que hace Solis para probar que no mediaron inteligencias entre M>)tezuma y Panfilo de Narvaez no demuestran suficientemente que no existiesen aquella.?. Lisongeado el príncipe con las ofertas que Narvaez le hacía de su próxima libertad y de ver desembarazada de españoles su tierra, dificilmente podía haber resistido al deseo de concertar los medios de ver realizada su esperanza. Ni se debe suponer tampoco tal escasez de lenguas ó intérpretes, que Narvaez careciese absolutamente de ellos, siendo mas ajustado á razón el dar por supuesto que habiéndose de entender en negocio tan arduo con los naturales del país para interesarlos en su partido, forzosamente había de preocuparse ese medio único de comunicaciones. Solis no debía ignorar tampoco, que á Cortés se le desertaron tres soldados que se fueron con Narvaez, los cuales sirvieron efectivamente de intérpretes, según lo asegura Bernal Díaz en el capítulo 1 10 de su historia. Por último, las palabras de Cortés á Carlos V, dichas con el fin de buscar prelestos para nuevos procedimientos contra Motezuma, no dejan duda de que éste tuvo alguna secreta comunicación con Narvaez, aun cuando por su timidez se suponga no haber sido ni muy declarada ni haber omitido tampoco el riguroso sigilo.

He aquí cómo se expresa Cortés: «E tampoco me dijo como había hallado con el dicho Narvaez á un señor natural de esta tierra, vasallo del dicho Motezuma; y que le tenía por gobernador suyo en toda su tierra de los puertos hacia la costa de la Mar: y que supo que al dicho Narvaez le había hablado de parte del dicho Mo tezuma, y dádole ciertas joyas de oro; y el dicho Nar

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vaez le había dado también á él ciertas cosillas; y que supo que había despachado de allí ciertos mensajeros para el dicho Motezuma, y enviado á le decir, que él lo soltaría, y que venía á prenderme á mí y á todos los de mi compañía, é irse luego y dejar la tierra; y que él no quería oro, sino preso yo, y los que conmigo estaban, volverse y dejar la tierra y sus naturales de ella en libertad » Y prosigue diciendo luego: «Y no queriendo

yo ni los de mi compañía tenerle por capitán, y justicia en nombre de dicho Diego Velazquez, venir contra nosotros y tomarnos por guerra: y que para ello estaba confederado con los naturales de la tierra, en especial con el dicho Motezuma, por sus mensajeros: y como viese tan manifiesto el daño y deservicio que á vuestra Magestad de lo susodicho se podía seguir, etc »

El lector juzgará del valor que debe darse á los hechos indicados en esa narración de Cortés al lado de las observaciones de Solis. Herrera, á quien éste sigue con mas fidelidad que á ningún otro historiador de América, se detiene á dar largos pormenores de la empresa de Narvaez y de su inteligencia con Motezuma: y hablando de la notificación que el clérigo Guevara hizo á Sandoval, para que entregara á Narvaez la fortaleza de Vera Cruz, dice que fué acompañado de seis españoles y algunos indios venidos de Cuba, lo mismo que refiere Bernal Diaz del Castillo de quien aquel lo tomó.

Este dato indica también, que entre esos indios habría alguno de las costas del continente, que conociese el dialec'o de los mejicanos, poco diferente del de las demás provincias y bastante conocido además por el vasallage que rendían á Motezuma: lo cual corrobora el juicio que antes hemos formado acerca de la indispensable necesidad que tuvo Narvaez de proveerse de algún intérprete para entablar comunicaciones con los habitantes del país por donde había de penetrar.»

cNarvaez proclamaba también su intención de quebrantar el cautiverio de Motezuma y de restituirle al trono. Dícese que recibió un rico regalo del emperador, con quien entabló correspondencia. Que Motezuma haya tratado á Narvaez, suponiéndole amigo de Cortés, con su munificencia acostumbrada, es muy probable, mas que haya entrado en negociaciones secretas, contrarias á los intereses del general, es demasiado repugnante para creerlo ligeramente.

Oviedo dice que Motezuma convocó su consejo de nobles, en el cual se decidió dejar entrar á las tropas de Cortés en la capital, y después envolverlas á ellas, y á las de Narvaez de un solo golpe. Pero considerando el gran miedo que los mejicanos tenían á este último, se vé que cuento mas improbable no se puede haber imajinado. Pero nada es improbable en la Historia, aunque según la máxima de Boileau, pudiera serlo en la fábula.»

Opinamos como Prescott, de que no hubieron tales negociaciones para libertar é Motezuma: es demasiado repugnante para creerlo ligeramente, dice este último citado autor, y agregaremos, no solo repugnante, sino que está en contra del sentido común.

Como Motezuma, ¿qué estaba fascinado por el terror que tenía á Cortés, no solo desde que le tomó preso y le encadenó, sino mucho -ñas después, cuando ante su prisión se le puso la hoguera donde pereció Quelpopoca con sus compañeros, habría de entrar en negociaciones con Narvaez, las cuales también eran disparatadas y perjudiciales para éste?

¿Pero cómo había Motezuma de entrar en negociaciones estando preso, debiéndose suponer que las fuerzas de Cortés le ultimarían antes de entregarlo?

En la astucia característica del salvaje, no sería lo primero que se le hubiese ocurrido á Motezuma, siendo Cortés y Narvaez de una misma clase de invasores, que tal propuesta era solo una celada para hacerle aparecer

traidor, y dar asidero á que lo condujeran también á la hoguera de Qualpopoca? i Y no hay todavía otras cien consideraciones, que fundadamente se pudieran hacer !

178- tSi aquel capitán Juan Velazquez de León no estuviera mal con su pariente Diegoz Velazques y se pasara con los ciento cincuenta hombres, que había llevado á Goazacualco, á la parte de Panfilo de Narvaez, su cuñado, acabado oviera Cortés su oficio Oviedo.

179 — «Juntóse luego el senado para tratar de la respuesta que se debía dar á Cortés sobre la gente de guerra que había pedido á la república. Y aquí hallamos otra de aquellas discordancias de autores, que ocurren con frecuente infelicidad en estas narraciones de las Indias, obligando algunas veces á que se abrace lo más verosímil, y otras á buscar trabajosamente lo posible. Dice Bernal Diaz que pidió cuatro mil hombres y que se le negaron con pretesto de que no se atrevían sus soldados á tomar las armas contr^* españoles, porque no se hallaban capaces de resistir á los caballos y armas de fuego; y Antonio Herrera, que dieron seis mil hombres efectivos, y le ofrecían mayor número; los cuales refiere que se agregaron á las compañías de los españoles, y que á tres leguas de marcha se volvieron, por no estar acostumbrados á pelear lejos de sus confines. Pero como quiera que sucediese (que no todo se debe apurar), es cierto que no se hallaron los tlascaltecas en esta facción; pidiólos Cortés, mas por hacer ruido á Narvaez, que porque se fiase de sus armas, ni de codiciar su estilo de pelear contra enemigos españoles; pero también es cierto que salió de aquella ciudad, sin queja suya ni desconfianza de ios tlascaltecas; porque los buscó después, lo halló cuando los hubo menester contra otros indios, en cuyos combates eran valientes y resueltos, como lo asegura el haber conservado su libertad á despecho de los mejicanos, tan cerca de la corte, y en tiempo de un príncipe que tenía su mayor vanidad en el renombre de conquistador.> Solís.

«En Tlascala fueron recibidos los españoles con franca y cordial hospitalidad: no se dice si acompañaron á los españoles algunos aliados tlascaltecas de los que estaban en Méjico; pero si acaso lo hicieron, no pasaron adelante de su ciudad natal. Cortés pidió un refuerzo de seiscientos hombres de refresco para que le acompañasen en su expedición: se le concedieron fácilmente; pero apenas había caminado algunas leguas, cuando comenzaron á desertarse uno tras otro. En el caso presente no tenían ninguna venganza que saciar, como sucedía en la guerra con Méjico, y puede ser también, que aunque bastante intrépidos para pelear con las más vigorosas razas indias, tuviesen tales pruebas de la bravura de los blancos, que no se arriesgaban á medir su espada con ellos. Fuera lo que fuese, Cortés despidió á los que quedaban, diciéndoles con mucho buen humor, que más valía que le dejasen entonces y no en la hora del peligro.» Prescott. I

180 — «También quiero decir la gran necesidad que teníamos de armas, que por un peto, ó capacete, ó casco, ó babera de hierro diéramos aquella noche cuanto nos pidieran por ello, y todo cuanto habíamos ganado-. Bernal Díaz.

181— Prescott no mencona esta embajada de Velaz qu ez de León; pero no hay duda que existió, pues la refie ren muchos de los buenos historiadores de esa época, ya citados, con muchos más pormenores que lo hago yo.

182 — tE también que me parece donaire é no bastante la excusa que Cortés da para fundar y fustificar su negocio, que es decir que el Narvaez presentase las provisio-

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nes que llevaba de S. M, Como si el dicho Cortés obiese ido á aquella tierra por mandato de S. M., ó con mas ni tanta autoridad como llevaba Narvaez; pues que es claro ó notorio que el adelantado Diego Velazquez, que envió á Hernando Cortés era parte, en derecho, para le enviar ó remover, y el Cortés obligado á le obedecer No quiero decir más en esto por no ser odioso á ninguna de las partes.» Oviedo.

183— € Pero Cortés apeló al arbitrio de la ficción legal, si así se puede llamar, el decir, que su comisión había sido transferida á la municipalidad de Veracruz, la cual ejercía su autoridad á nombre de la corona. Aquel suterfugio era de tal naturaleza, que no podía engañar masque .i los que tuvieran ganas de ser engañados.»

<Yo le respondía que no vía provisión de V. A. por donde le debía entregar la tierra, é que si alguna traia la presentase ante mí y ante el cabildo de Veracruz, según orden y costumbre de España, y que ya estaba presto de la obedecer y cumplir; y entre tanto por ningún interés ni partido haría lo que él decía, antes yo y ios que conmigo estaban, moriríamos en defensa de la tierra, pues la habíamos ganado y teníamos por V. M. pacífica y segura, y por no ser traidores y desleales á nuestro Rey.... Cosiderando que morir en servicio de mi Rey y por defender y amparar sus tierras y no las dejar usurpar, á mi y á los de mi compañía se nos seguía prez y gloria.» Cortés.

184— «Dicen unos que llevaba orden de introducir esta plática; otro que fué pensamiento de Cortés; y concuerdan todos en que se ajustaron las vistas de ambos capitanes luego que volvió Andrés del Duero á Zempoa la; por cuya solicitud se hizo capitulación auténtica, señalando la hora y el sitio donde había de ser la conferencia, y asegurado cada uno con su palabra y firma, que saldrían al puesto señalado con solo diez compañeros, para que fuesen testigos de lo que se discurriese y ajustase.

Pero al mismo tiempo que se disponía Hernán Cortés para dar cumplimiento por su parte á lo capitulado, le avisó de secreto Andrés del Duero que se andaba previ niendo una emboscada, con ánimo de prenderle ó matarle sobre seguro; cuya noticia (que se confirmó también por otros confidentes), le obligó á darse por entendido con Narvaez de que había descubierto el doblez de su trato; y con el primer calor de su enojo le escribió una carta, rompiendo la capitulación y remitiendo á la espada su desagravio.» Solís.

185— cE así mismo mandaba y mandé por el dicho mandamiento á todas las personas que con el dicho Nar vaez estaban, que no toviesen ni obediencia al dicho por tal capitán, ni justicia; antes dentro de cierto término que el dicho mandamiento señala, pareciesen ante mí para qpe yo les dijese lo que debían hacer en servicio de V. A., con protestación que lo contrario haciendo, procedería contra ellos como contra traidores aleves y malos vasallos, que se rebelan contra su rey y quieren usurpar sus tierras y señoríos.» Cortés.

186— Y el obeso cacique dijo á Narvaez: «¿Qué hacéis que estáis tan descuidado.'' pensáis que Malinque y los Téules que trae consigo que son así como vosotros? Pues yo os digo que cuidado no os cataredes, será aquí y os matará.f*» Bernal Díaz.

187 — Este aviso dado por Duero lo revelan varios autores, y dice Solís: «Despachó luego Andrés del Duero á Hernán Cortés un confidente suyo, que pudo echar fuera de la plaza con poco riesgo para que á boca le diese cuenta de la retirada y de la forma en que se había

dispuesto el alojamiento; mas por asegurarle amigablemente que podía pasar la noche sin recelo, que por advertirle ó provocarle á nuevos designios. Pero él, con esta noticia, tardó poco en determinarse á lograr la ocasión que á su parecer le convidaba con eJ suceso. Tenía premeditados todos los lances que se le podían ofrecer en aquella guerra, y alguna vez se deben cerrar los ojos á las dificultades, porque suelen parecer mayores desde lejos, y hay casos en que daña el discurrir al ejecutar». Aunque Prescott no menciona este aviso, no cabe duda que io tuvo Cortés, pues debió saber en dónde y de qué modo estaban alojadas las fuerzas de Narvaez para disponer con tanto acierto y detalles como debían atacar aquella noche. Indirectamente Prescott lo ratifica, esplicando las órdenes dadas por Cortés, como si supiera cómo estaban distribuidas en el templo las fuerzas contrarias; pero más adelante revela su involuntaria omisión, cuando dice: «Afortunadamente no se había verificado ningún cambio en la posición de Narvaez, después de las noticias del Duero».

188 — Después de distribuir las fuerzas y oficiales, como lo hemos hecho, sigue diciendo Solís: «La orden fué que Gonzalo de Sandoval con su vanguardia procurace vencer la primera dificultad de las gradas y embarazar el uso de la artillería, dividiéndose á estorbar la comunicación de los dos torreones de los lados, y por.iéndose gran cuidado en el silencio de su gente: que Cristóbal de Ólid subiese inmediatamente con mayor diligencia y embistiese el torreón de Narvaez, apretando el ataque á viva fuerza; y él seguiría con los suyos para dar calor y asistir donde llamase la necesidad, rompiendo entonces las cajas y demás estruendos militares para que su misma novedad diese al asombro y á la confusión el primer movimiento del enemigo».

Algunos autores corroboran esta opinión; pero otros, y entre ellos Prescott, aunque haciendo la misma división de las fuerzas, dicen lo contrario: que Olid fué el encargado de llevar el ataque á los torreones laterales, y Sandoval al del centro, donde se hallaba Narvaez.

189 — «Díjose que como Narvaez vido á Cortés, estando así preso, le dijo: Señor Cortés, tened en mucha ventura que habéis tenido, é lo mucho que habéis hecho en tener mi persona ó en tomar mi persona. E que Cortés le respondió é dijo: lo menos que yo he hecho en esta tierra donde estáis, es haberos prendido; é luego le hizo poner á buen recaudo é le tuvo mucho tiempo preso». Oviedo.

«Cuidó en este intermedio Gonzalo de Sandoval de que se curase la herida de Narvaez y Hernán Cortés que acudía incansablemente á todas partes, y tenía en aquélla su principal cuidado, se acercó á verle con algún recato por no aflijirle con su presencia; pero le descubrió el respeto de sus soldados; y Narvaez volviéndole á mirar con semblante de hombre que no acababa de conocer su fortuna, le dijo: «Tened en mucho, señor capitán, la dicha que habéis conseguido en hacerse vuestro prisionero». A que le respondió Cortés: «De todo, amigo, se deben las gracias á Dios; pero sin género de vanidad, os puedo asegurar, que pongo esta victoria y vuestra prisión entre las cosas menores, que se han obrado en esta tierra».

1Í>0 — «No obstante la altiva humildad de Cortés, no pudo él dejar de conocer que su triunfo sobre Narvaez era una de las más brillantes hazañas de su carrera militar. Con unas cuantas veintenas de compañeros mal vestidos, peor calzados, cansados por marchas forzadas, con todas las desventajas personales posibles, faltos de armaduras y aprestos militares, había atacado en sus propios cuarteles á un enemigo más de triple en número, lo había derrotado, lo había hecho prisionero, no obstante que tenía é.ste

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caballería y artillería, que estaba perfectamente equipado y piovisto de toda especie de municiones de guerra. Kl monto total de las tropas empeñadas en esta refriega no era en verdad muy considerable; mas no por eso dejaban de ser desproporcionadas las del uno con respecto á las del otro; por manera que este triunfo siempre debe tenerse por notable en los fastos de la guerra.

Verdad es, sin cmbarj^o, que liubo algunas circunstan cias absolutamente casuales, de que dependió en parte la victoria; tal es, por ejemplo, que Velázque?. de León no haya sido infiel, en cuyo caso la expedición se habría malogrado, Si el tiempo hubiera sido bueno ¡a noche del ataque, el enemigo habría tenido noticia segura de que é! se acercaba y se habría preparado á recibirle. F'ero esta especie de contingencias entran en todo gónero de empresas. La habilidad del general lo que sabe es sacar partido de ellas, aprovechar la sonrisa de la fortuna y ha cer que le ayuden hasta los mismos elementos.

Si Velázquez de León era en efecto lo que despuós se vio, un oficial digno de que le confiase el mando el general, la sagacidad de óste lo descubrió: su astucia la que convirtió i un poderoso adversario en amigo, y amigo tan adicto, que prefirió seguir la incierta fortuna de Cortés á la del gobernador de Cuba, su próximo pariente y antiguo protector. Su habilidad es también la que le granjeó tal ascendiente sobre los soldados, que aún en los morr.enios más terribles le permanecieron fieles y ni uno solo le abandonó Si el buen éxito del asalto dependió en la mayor parte de la oscuridad de la noche y el ruido de la tempestad, también es debido á Cortés, que supo arreglar las cosas de manera que pudiera aprovechar estas circunstancias propicmas. Entre la concepción y la ejecución de sus planes, medió el menor tiempo posible: en poquísimos días bajó de la capital hasta la playa, como un torrente bajo las montañas, arrasando con cuanto encuentra antes de que se p'jeda oponerle una barrera que lo contenga. Esta celeridad de movimientos, efec'o de un entendimiento claro y de una voluntad poderosa, ha formado siempre uno de los primeros recursos estratégicos de los grandes capitanes, y ha sido el rasgo prominente de sus famosas hazañas.

En el caso presente no se puede dudar que contribuyó en gran parte el triunfo.

Pero sería ver las cosas muy mezquinamente considerar que la batalla en que fué derrotado Narvaez, se dió toda ella en Zempoalla: no, que había empezado en Méjico. Con ese influjo irresistible que ejercía Cortés sobre todo cuanto le rodeaba, convirtió en sus amigos y agentes á los emisarios de Narvaez. Los informes de Guevara Á sus compañeros, las intrigas del padre Olmedo y el oro del general, todo fué diligentemente empleado para hacer vacilar la lealtad de los soldados; de suerte que la batalla ya estaba aún, desde antes de dar un solo golpe: puede decirse que se ganó tanto con el oro como con el acero. Cortés previo todo tan e.xactamente, que su principal mira fué hacerse de la persona de Narvaez: seguro de que en este caso la indiferencia con que veían á este los soldados, y el afecto que le tenían á él, los atraería después á todos bajo sus banderas. No se engañó: Narvaez dijo con bastante verdad algunos años después: »que á él le habían vencido sus propias tropas, no las de su rival, y que habían sobornado á los suyos para que le vendiesen » Solo así se puede esplicar la breve é ineficaz resistencia que hicieron». Prescott.

« Miraban aquellos pobres rendidos con vergüenza y confusión el estado en que se hallaban dióles el día con su ignominia en los ojos: vieron llegar este socorro y conocieron las pocas fuerzas con que se había conseguido la victoria: maldecían ¡a confianza de Narvaez. acusjban su descuido y todo cedía en mayor estimación de Cortés cuya vigilancia y ardimiento ponderaban con igual admi ración. Prerogativa es del valor, en la guerra particularmente, que no le aborrezcan los mismos que le envi-

dian: pueden sentir su fortuna los perdidosos; pero nunca desagradan al vencido las hazafias del vencedor: máxima que te verificó en esta ocasión, porque cada uno sin fiarse de les demás, se iba inclinando á mejorar de capitán, y ;i seguir las banderas de un ejército, donde vencían y medraban los soldados. Había entre los prisioneros algunos amigos de Cortés, muchos aficionados á su valor y muchos á su liberalidad. Rompieron ios amigos el velo de la disimulación: dieron principio á sus aclamaciones, con que se declararon luego los aficionados, siguiendo á la mayor parte los demás. Permitióse que fuesen llegando á la presencia del nuevo capitán: arrojáronse muchos á sus pies, si él no los detuviera con los brazos: dieron todos el nombre haciendo pretensión de ganar antigüedad en las listas: no hubo entre tantos uno que se quisiese volver á la isla de Cuba; y logró con esto Hernán Cortés, el principal fruto de su empresa, porque no deseaba tanto vencer, como conquistar aquellos españoles. Fué reconociendo los ánimos y halló en todos bastante sinceridad, pues ordenó luego que se les volviesen las armas: acción que resistieron algunos de sus capitanes; pero no faltarían motivos á esta seguridad, siendo amigos los que más suponían entre quella gente, y estando allí los chinantecas, que aseguraban su partido. Conocieron ellos el favor que recibían: aplaudieron esta confianza con nuevas aclamaciones, y él se halló en breves horas con un ejército que pasaba ya de mil españoles; presos los enemigos de quien se podía recelar, con una armada de once navios y siete bergantines á su disposición; deshecho el último esfuerzo de Velazquez, y con fuerzas proporcionadas para volver á la conquista principal: debiéndose todo á un gran corazón, suma vigilancia y talento militar; y no menos al valor de sus soldados, que abrazaron primero con el ánimo una resolución tan peligrosa, y después con la espada y con el brío le dieron, no solamente la victoria, sino el acierto de la misma resolución; porque al voto de los hombres que dan ó quitan fama, el seguir es crédito de intentar; y las mas veces se debe á los sucesos el quedar con opinión de prudentes los consejos aventurados.»

«Este acontecimiento importante, que puso en inminente riesgo la fortuna de Cortés y todo cuanto hasta entonces había adelantado en la conquista de .Nueva España, se manifiestan en todo su esplendor las revelantes cualidades, que como político y como militar reunía en su persona aquel hombre extraordinario; cuyo arrojo solo puede medirse por la grandeza misma de los pensamientos, que puso en ejecución. La venida de Panfilo de Narvaez con fuerzas muy superiores á las suyas, cuando tan crítica era su situación, en medio de un gran pueblo, admirado, pero no vencido, rodeado por todas partes de provincias enemigas y belicosas, y mal seguro todavía de la reciente amistad de otros pueblos, que fácilmente podían reconocer en la causa común de todo el país la salvación de su independencia; eran por sí mismos suficientes motivos para hacer desmayar otra alma menos varonil y acendrada q^ue ia de Hernán Cortés. Este, negociando un amistoso acontecimiento legal con el imprudente Narvaez, y obligado por último recurso á apelar á la suerte de 'as armas, habiendo de dividir sus escasas fuerzas para conservar su dominación en Méjico y arriesgar una dudosa batalla en los campos de Zempoalla, se muestra grande y sublime, como mezquinos sus miserables competidores. Mientras aquel atento á lo que debía á su rey y él mismo, procura conservar lo adquirido y combatir valerosamente á sus anta gonistas, estos no escuchando otro acento que el de una ruin venganza, apelan á traidoras asechanzas, al soborno y al engaño, para levantar el país contra el conquistador, aventurando en ello la misma conquista y el honor de las armas españolas: y no satisfechos de la seguridad que su mayor fuerza numérica debía inspirarles, aún conciben la villanía de poner á precio las cabezas de Cortés

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y de sus principales capitanes. Su vergonzosa derrota fué un nuevo baldón para su nombre; y si el de Narvaez ha pasado hasta nosotros, con el sello de la arrogancia necia, el de Diego Velazquez, autor de tan odiosa tentativa, lleva consigo el de la insaciable codicia ante quien todo lo sacrificaba. E! nombre de Cortés brilla en medio de ellos, como el astro vespertino entre la densa niebla, que viene esparciendo por todas partes la oscuridad de la noche! Revilla.

191— «No se sabe á punto fijo cuál fué el número de los muertos; mas parece probable que del lado de los vencidos murieron úoce y la mitad de este número del lado de los vencedores; estose explica fácilmente, atendiendo al poco tiempo que duró la refriega y á erradas que debían ser las punterías en medio de la oscuridad de la noche. El número de heridos fué más considerable.» Prescott.

t Murieron del lado de Cortés solo dos soldados, y hubo algunos heridos. En el ejército contrario quedaron muertos quince soldados, un alférez y un capitán, y fué mucho mayor el número de heridos.» Solis.

192 — «Narvacz peleaba valientemente y animaba ajos suyos: su portabandera cayó junto á él con el pecho atravesado: y él mismo recibió muchas heridas, porque su espada corta no bastaba contra las largas picas de sus adversarios. Por último, recibió una lanzada en el ojo izquierdo, y dijo el desgraciado: «¡Santa María!». Los de Cortés al oír aquel grito, exclamaron: ¡Victoria! .

A Narvaez, á Salvatierra y á algunos otros capitanes que le eran enemigos, se les trajeron encadenados: aquel acto de profunda humillación debe haber causado al primero mayor angustia de espíritu que la que le causaba la agonía de sus heridas. . . .

En seguida mandó que se les asistiese con mucha eficacia de sus heridas, y los envió á Veracruz á buen reeaudo.» Prescott.

No recibió muchas heridas Narvaez, sino la pérdida del ojo, que es lo que dice Solis y otros; pues si así hubiese sido, no es posible que resistiera ir engrillado hasta Veracruz, después de su prisión, ni Cortés le hubiera enviado en peligroso estado. Además, dice Solis, que esa misma noche se mandaron á Veracruz, como se verá por el siguiente párrafo: c Narvaez y Salvatierra fueron llevados á la Veracruz con la guardia que pareció necesaria. Quedó prisionero de Juan Velazquez de León, Diego Velazquez, el mozo; y aunque le tenía justamente irritado el lance de Zempoalla, cuidó con particular asistencia de su casa y regalo; generosidad en que medió como intercesora la igualdad de la sangre, y como superior la nobleza del ánimo. Y todo esto quedó ejecutado antes de anochecer. »

103 — Narvaez se quejaba de que Cortés le había hecho un robo que valía cien mil castellanos de oro. (Demanda de Ceballos en nombre de Narvaez). Por eso dice Prescott, con graciosa ironía: «Si en efecto fué así, con lo que robó al general tenía para ser liberal con los soldados.»

1 94 -«La visita de Narvaez dejó tristes huellas, que harán que los indios no le olviden en mucho tiempo. Un negro, que venía con él trajo la viruela, cuya enfermedad se propagó rápidamente por aquellas regiones é hizo gran número de víctimas entre la población indígena.» Herrera.

«La primera fué de viruela y comenzó de esta manera. Siendo capitán y gobernador Hernando Cortés, al tiempo que el capitán Panfilo de Narvaez desembarcó en esta tierra, en uno de sus navios vino un negro herido de viruelas, la cual enfermedad nunca en esta tierra se había visto, y á esta sazón estaba en Nueva España, en extremo muy Ikna de gente.» Toríbio.

Era el i ^ de Marzo de 1890, é iba á acabar el penúltimo renglón de este capítulo 56, cuando de súbito siento un temblor ó convulsión, que helándome todo el cuerpo me hace soltar la pluma, dándome apenas tiempo de ponerme,— ó mejor dicho, que me pusieron en cama,— rodeándome de caloríferos, hasta qne vino en seguida el médico: creyóse, en los primeros momentos, que fuera la inñuenza; pero esa misma noche se declaró una fuerte pulmonía doble y puntada de costado; que con peligro inminente me han tenido mas de un mes en cama.

Hanme prohibido los médicos, que hasta de aquí á bastante tiempo, no me contraiga á ninguna clase de trabajo, tanto por mi delicada salud cuanto por mi edad,— pues tengo sesenta y seis años, habiendo nacido el 1 7 de Enero de 1824, estando mi fé de bautismo en la iglesia La Merced, de esta capital.

Así es, que contra la expresa prohibición, no podré en adelaníe consagrar muchas horas diariamente á este trabajo; y á mediados de Agosto del mismo año, vuelvo á proseguirlo, empezando por cortas horas los primeros días.

19.^ — «Al pasar revista el general, después de reunidos los dos capitanes, encontró que subía á cosa de mil infantes, cien ginetes y los aliados tlascaltecas. Entre los primeros había cien arcabuceros y otros tantos ballesteros; estando los soldados pertenecientes á la expedición de Narvaez perfectamente equipados; sin embargo de que eran inferiores á los antiguos veteranos de Cortés, en eso que vale mas que los arreos exteriores, en disciplina militar y en el conocimiento del modo de hacer aquella campaña.» Prescott.

Y este autor dice: «que este número adoptado es el que resulta de los documentos oficiales, en que consta cuál era la fuerza de cada uno de los ejércitos, antes de juntarse.»

Bernal Díaz hace subir la infantería á mil trescientos y los jinetes á noventa. Y Solis, respecto de los tlascaltecas, dice: «Pero admitió hasta dos mil hombres de buena calidad, con sus capitanes ó cabos de cuadrillas, los cuales siguieron su marcha, y fueron de servicio en las ocasiones siguientes. Llevó esta gente por dar mayor seguridad á su empresa, ó mantener la confianza de los tlascaltecas, acreditados ya de valientes contra los me)icanos y no llevó mayor número por no escandalizar á Moiezuma ó pOner en desesperación á los rebeldes.»

196 — «Salió Motezuma con algunos de sus criados hasta el primer patio, donde recibió á Cortés, tan copioso en afectos de alegría, que tocó en esceso y se llevó tras sí la majestad. Es cierto y nadie lo niega, que deseaba su venida, porque ya necesitaba de sus fuerzas y consejo para reprimir á los suyos, ó por la misma privación en que se hallaba de aquel género de libertad que le permitía Cortés, dejándole salir á sus divertimientos: licencia de que no quiso usar en todo el tiempo de su ausencia; siendo cierto que ya consistía su prisión en la fuerza de su palabra, cuyo desempeño le obligó á no desviarse de los españoles en aquella turbación de su república.

Bernal Diaz del Castillo dice que correspondió Hernán Cortés con desabrimiento á esta demostración de Motezuma: que le torció el rostro, y se retiró á su cuarto sin vi • sitarle, ni dejarse visitar: que dijo contra él algunas palabras descompuestas delante de sus mismos criados; y añade, como de propio dictamen; «que por tener consigo tantos españoles, hablaba tan airado y descompuesto.» Términos son de su historia. Y Antonio de Herrera le desautoriza mas en la suya, porque se vale de su misma confesión para comprobar su desacierto con estas palabras: «Muchos han dicho haber oído decir á Hernán Cor tés, que si en llegando visitara á Motezuma; sus cosas pasaran bien, y que le dejó estimándola en poco, por hallarse tan poderoso.» Y trae á este propósito un lugar de

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("lornelio Tácito, cuv.i sustancia es, qao los sucesos pr SspíTos hacfn insolemos Á los grandes capitanes. No lo d;cc asi KfAncisco Lope?, de Ciomara, ni el mismo Hernán ("".ortés en la segunda relación de su jornada, que pudiera toc;<rlo por dar los motivos que le obligaron .i semejante aspere/.a, tuviera ra/.on ó fuese disculpa. Qiieda al arbitro de la sinceridad que se debe .i los autores; y séanos lícito dudar en ("ortés una sin razón tan fuera de propósito, lyos mismos Herrera y ("astillo asientan, que Mote/urna resistió esta sedición de sus vasallos: que los detuvo y reprimió siempre que intentaron asaltar el cuartel; y que si no fuera por la sombra de su autoridad, hubieran perecido infaliblemente Pedro de Alvaradoy los suyos. Nadie niega que ('.ortés lo llevó entendido así; ni e! hallarle cumpliendo su palabra le dejaba razón de dudar: siendo fuera de toda proporción que aquel príncipe moviese las armas que detenía, y se dejase estar cerca de los que intentaba destruir. Acción parece indigna de Cortés el despreciarle, cuando podía llegar el caso de haberle menester; y no era de su genio la destemplanza que se le atribuye, como efecto de la prosperidad. Puédese creer ó sospechar á lo menos, que Antonio de Herrera entró con poco fundamento en esta noticia, reincidiendo en los manuscritos de Bernal Día/., apasionado intérprete de Cortés, y pudo ser que se inclinase á seguir su opinión, por lograr la sentencia de Tácito: ambición peligrosa en los historiadores, porque suele torcerse ó ladearse la narración, para que vengan 1 propósito las márgenes; y no es de todos entenderse a un tiempo con la verdad y con la erudición». Solís.

r.>7 — «Los escritores forasteros se apartan más de lo verosímil, poniendo el oríjen y los motivos de aquella turbación entre las atrocidades con que procuran desacreditar á los españoles en la conquista de las indias* y lo peor es, que apoyan su malignidad, citando al padre frav Bartolomé de las Casas ó Casaus, que fué obispo de Chiapa, cuyas palabras copian y traducen, dándonos con el argumento de autor nuestro y testigo calificado. Lo que dejó escrito y anda en sus obras es, que los mejicanos dispusieron un baile público, de aquellos que llaman mitones para divertir y festejar á Motezuma; que Pedro de Alvarado, viendo las joyas de que iban adornados, convocó su jente y embistió con ellos, haciéndolos pedazos para quitárselos, en cuyo miserable despojo dice que fueron pasados á cuchillo más de dos mil hombres de la noblez-i mejicana: con que deja la conspiración en términos de justa venganza. Notable despropósito de acción, en que hace falta lo congruente y lo posible. Solicitaba entonces este prelado el alivio de los indios, y encareciendo lo que padecían, cuidó menos de la verdad que de la ponderación. Los más de nuestros escritores le convencen de mal informado en esta y otras enormidades, que dejó escritas contra los españoles. Dicha es hallarle impregnado para entendernos mejor con el respeto que se debe á su dignidad.

Pero lo cieno fué que Pedro de Alvarado, poco des pues que se apartó de Méjico Hernán Cortés, reconoció en los nobles de aquella corte menos atención ó menos agrado; cuya novedad le obligó á vivir cuidadoso y velar sobre sus acciones. Valióse de algunos confidentes que observasen lo que pasaba en la ciudad. Supo que andaba la gente inquieta y misteriosa y que se hacían juntas en casas particulares, con un género de recato mal seguro que ocultaba el intento y descubría la intención. Dio calor á sus inteligencias; y consiguió con ellas la noticia evidente de una conjuración que se iba forjando contra los españoles, porque ganó algunos de los mismos conjurados que venían con los avisos afeando la traición, sin olvidar el interés. Ibase acercando una tiesta muy solemne de ídolos, que celebraban con aquellos bailes públicos, mezcla de nobleza y plebe y conmoción de toda

la ciudad. l£ligieron este día para su facción, suponiendo que se podrían juntar descubiertamente sin que hiciese novedad. Era su intento dar principio al baile para convocar al pueblo y llevárselo tra? sí, con la diligencia de apellidar la libertad de su rey y la defensa de sus dioses; reservando para entonces el publicar la conjuración, por no aventurar el secreto, fiándose anticipadamente de la muchedumbre; y á la verdad no lo tenían mal discurrido, que pocas veces falta el ingenio i la maldad.

Vinieron la mañana precedente al día señalado algunos de los promovedores del motín á verse con Pedro de Alvarado, y le pidieron licencia para celebrar su festivi dad: rendimiento afectado con que procuraron deslumbrarle; y él, mal asegurado todavía en su recelo, se la concedió, con la calidad que no llevasen armas ni se hiciesen sacrificios de sangre humana; pero aquella misma noche supo que andaban muy solícitos, escondiendo las armas en el barrio más vecino al templo: noticia que no le dejó que dudar, y le dio motivo para discurrir con una temeridad, que tuvo sus apariencias de remedio; y lo pudiera ser, si se aplicara con la debida moderación. Resolvió atacarlos en el principio de la fiesta, sin dejarles lugar para que tomasen las armas ni levantasen al pueblo; y así lo puso en ejecución, saliendo á la hora señalada con cincuenta de los suyos, y dando á entender, que le llevaba la curiosidad ó el divertimiento. Hallólos entregados á la embreaguez, y envueltos en el regocijo cauteloso de que se iba formando la traición. Embistió con ellos y los atropello con poca ó ninguna resistencia, hiriendo y matando alguno que no pudieron huir, ó tardaron más en arrojarse por las cercas y ventanas del adoratorio. Su intento fué castigarlos y desunirlos, lo cual se consiguió sin dificultad, pero no sin desorden; porque los españoles despojaron de sus joyas á los heridos y á los muertos: licencia mal reprimida entonces, y siempre dificultosa de reprimir en los soldados cuando se hallan con la espada en la mano y el oro á la vista.

Dispuso esta facción don Pedro de Alvarado con más ardor que providencia. Retiróse con desahogos de vencedor, sin dar á entender al concurso popular los motivos de su enojo. Debiera publicar entonces la traición que prevenían contra él aquellos nobles, manifestar las armas que tenían escondidas ó hacer algo de su parte para ganar contra ellos el voto de la plebe, fácil siempre de mover contra la nobleza; pero volvió satisfecho de que había sido justo el castigo y conveniente la resolución, ó no conoció lo que importaban al acierto los adornos de la razón. Y aquel pueblo que ignoraba la provocación, y vio el estrago de los suyos y el despojo de las joyas, atribuyó á la codicia todo el hecho, y quedó tan irritado, que tomó luego las armas y dio cuerpo formidable á la sedición, hallándose dentro del tumulto con poca ó ninguna diligencia de los primeros conjurados.» Solís.

«Alvarado y los suyos concurrieron en clase de espectadores, quedándose unos en las puertas como por casualidad, y mezclándose otros en la multitud: todos iban armados, cosa que como era corriente, no llamó la atención. Los indios se engolfaron en sus danzas y cantos acompañados de su ingrata y discordante orquesta; pero en el momento menos esperado se precipitaron sobre ellos con las espadas desnudas los españoles. Como los indios no llevaban armas de ningún género é iban enteramente desnudos, sucumbieron sin resistencia á la embestida de los blancos, que no dieron señales en aquella terrible matanza, de abrigar ni un solo rasgo de piedad».

«Sin duelo ni piedad cristiana lo acuchilló y mató». Gomara.

198 — «Fué tan grande el darramamienio de sangre,

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que corrían de ella por el patio como agua cuando mucho llueve». Sahagun.

«Y de aquí á qué se acabe el mundo ó ella del todo se acabe, no dejarán de lamentar y cantar en sus areitos y bailes, como en romances que acá decimos, aquella ca lamídad y pérdida de la sucesión de toda su nobleza de que se preciaban de tantos años atrás». Las Casas.

«E así los indios, todos señores más de seiscientos desnudos é con muchas ¡oyas de oro é hermosos penachos é muchas preciosas piedras é como aderezados é gentiles hombres se pudieron e supieron aderezar é sin arma alguna defensiva ni ofensiva bailaban y cantaban y hacían su areito é fiesta según su costumbre». Oviedo.

Algunos escritores hacen subir á ochocientos ó mil el número de las víctimas. Las Casas, con mayor moderación, que la tiene de costumbre, lo hace subir apenas á dos mil. ¡Cuanto tiempo necesitarían los cincuenta sóida dos para matar á dos mil indios, aunque estos se tendiesen y presentasen su pescuezo!

«Ni un solo azteca sobrevivió á aquella catástrofe: se repetió la horrorosa escena de Choluta; pero con la nueva circunstancia de que los españoles no contentos con asesinar á sus víctimas les robaban los preciosos adornos de que venían ataviadas. En este aciago día pereció la flor de la nobleza azteca: ni una sola familia dejó de perder dentro de aquel recinto algún objeto querido. Aún mucho tiempo después de la conquista cantabjn los indios algunas endechas doloridas, que recordaban esta trajedia.

Varias esplicaciones se han dado á este hecho atroz; pero pocos historiadores han admitido la de Alvarado mismo. Según éste, le habían informado sus espías, (algunos de ellos mejicanos,) que intentaban un levantamiento los indios, habiendo señalado para efectuarlo el día de esta fiesta en que estando congregados todos los caciques, fácilmente podían excitar al pueblo á la rebelión: que él, (Alvarado,) sabedor de esto, les había prohibido que llevasen armas, y que los indios aparentando obedecer esta orden, habían reunido gran número de ellas en los arsenales inmediatos, de donde fácilmente podían sacarlas á la hora necesaria. Pero que el golpe que les dio anticipadamente había desconcertado sus proyectos, y les haría renunciar en lo futuro á toda tentati va del mismo género.

Tal es la relación que Alvarado hizo de aquel suceso; pero si ella es cierta, porqué no la comprobó enseñando ¡as armas, que decía que estaban acumuladas en los arsenales.'^ ¿por qué para vindidar su conducta no publicó la traición de la nobleza azteca, como Cortés lo había hecho en Cholula.'^ Toda prueba que era rebelión ha sido forjada después del hecho para encubrir su atrocidad.

Algunos contemporáneos le atribuyen á la codicia de los conquistadores y alegan como prueba de robo de las joyas de las víctimas. Bernal Díaz dice, que aunque no estuvo presente, conversó con muchos de los que asistieron á aquella matanza, vindica á los españoles de tan fea nota: Según él, el objeto que se propuso Alvarado fué intimidar á los aztecas para apártales de toda idea de insurrección; pero el cronista no nos dice si el Alcalde tuvo razones para tenerla ó si siquiera aparentó tenerlas.

Reflexionando sobre hecho tan negro y de tan peligrosas consecuencias para los españoles, no se puede creer que les haya impulsado á cometerlo el mero hecho de apropiarse los ricos despojos de los indios; y es más verosímil que este deseo se haya despertado en la soldades ca al ver el rico botín que tenían antes los ojos. Tampoco es improbable que haya tenido Alvarado noticias de conspiración entre los nobles; pero cuyas noticias provendrían acaso de los tlascaltecas, inveterados enemigos de los mejicanos, y por lo tanto, pocos dignos de crédito.

Seguramente se propuso desbaratar aquella trama, remedando el ejemplo de lo que hizo Cortés en Cholula; pero omitió imitar también á su comandante en las pre-

cauciones tornadas para evitar un levantamiento; y además, se equivocó groseramente al confundir á los osados y be ticosos aztecas con los cholulas afeminados.» Prescott.

199- «Es dudoso cuál habría sido el éxito de la refriega, si el populacho hubiese insistido en apoderarse de la plaza; pero á siplicas de la guarnición salió Motezuma á la azotea y procuró aplacar la furia del pueblo, haciéndole ver el riesgo en que estaba su propia vida. Los mejicanos respetaban tanto á su monarca, que desistieron de toda nueva tentativa para forzar el cuartel; pero determinaron ponerle sitio. Hicieron fortificaciones al rededor de aquel para impedir la salida de los españoles: suspendieron el tiánguez ó mercado para que no pudiesen los sitiados procurarse víveres; y se pusieron tranquilamente en acecho del momento en que sus ene migos urgidos por el hambre cayesen en sus manos y en que pudiesen saciar en ellos su rabiosa desesperación.» Prescott.

'iOO — «Reprendió Hernán Cortés á Pedro de Alvarado por el arrojamiento y falta de consideración con que aventuró la mayor parte de sus fuerzas en día de tanta conmoción, dejando el cuartel y su primer cuidado al arbitrio de los accidentes que podían sobrevenir. Sintió que recatase á Motezuma los primeros lances de aquella inquietud; porque no se fió de él hasta que le vio á su lado en la ocasión; y debiera comunicarle sus receles, cuando no para valerse de su autoridad, para sondar su ánimo, y saber si le dejaba seguro con tan poca guarnición; lo cual fué lo mismo que volver las espaldas al enemigo de quien más se debía recelar: culpó la inadvertencia de no justificar á veces con el pueblo, y con los mismos delincuentes una resolución de tan violenta esterioridad; de que se conoce que no hubo en el hecho ni en sus motivos ó circunstancias la maldad que le imputaron; porque no se contentaría Hernán Cortés con reprender solamente un delito de semejante atrocidad, ni perdiera la ocasión de castigarle, ó prenderle por lo menos, para introducir la paz con este género de satisfacción: antes hallamos que le propuso el mismo Alvarado su prisión, como uno de los medios que podrían facilitar la reducción de aquella gente, y no vino en ello, porque le pareció camino más real servirse de la razón que tuvo el mismo Alvarado contra los primeros amotinados». Solís.

«Cortés escuchó tranquilamente la explicación que le dio Alvarado; pero antes que éste la hubiese concluido, debió de conocer aquel para sí, que se había equivocado en su elección para un puesto tan importante; aunque fuese equivocación natural, pues era Alvarado un hidalgo de ilustre familia, valiente, y caballero y amigo ín timo del conquistador: tenía actividad, firmeza é intrepidez, y sus modales francos y abiertos le habían hecho el favorito especial de los mejicanos, que le llamaban Tonetiuh. Pero bajo aquel aspecto apacible y suave, ocultaba el futuro conquistador de Guatemala, un corazón rapaz y cruel; además, le faltaba la moderación, que era prueba tan esencial en el delicado puesto que desempeñaba.

Con todo, no estaba el tiempo para romper con un capitán tan popular y bajo varios respectos tan importante como este, ni mucho menos para imponerle el castigo merecido. Los españoles estaban como marineros que luchan con una deshecha tempestad, y cuya nave no se puede salvar del naufragio sin la habilidad del piloto y la cooperación activa de la tripulación. Cualquier motivo de disención hubiera sido fatal en aquellas cipcunstancias, pues aunque es cierto que Cortés podía disponer de más de 1250 españoles y 8.000 guerreros indios, mayormente tlascaltecas, aquel aumento de tropas, si por una parte le hacía capaz de resistir mejor, le ponía tam bien en mayores aprietos para mantenerlas. Así, descontento consigo mismo, disgustado con su subalterno y

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«tliiido por las desastrosas consecuencias ipe debía acarrear la violencia de éste, oí carácter de Cortés se volvicS irritable y extraordinariamente acre, cosa muy rara, pues aunque era hombre de pasiones violentas, poseía el arte de reprimirlas». Prescott.

A este futuro conquistador de (luatemala,— cuando pasó después al Perú, á tomar parte en esta conquista ya emprendida por Pizarro — bosquejamos en un episodio, en nuestro poema Li conijiiista Áel Perú, bajo diversa faz de la que aparece de la conquista del Méjico, pues estuvo poco tiempo, é hizo un desairado papel; pero salió de allí con los bolsillos llenos de oro.

"JiU — «El cual mensajero volvió á dende media hora todo descalabrado y herido, dando voces, que todos los indios de la ciudad venían de guerra, y que tenían iodos las puentes y alzadas; é junto tras él da sobre nosotros la multitud de gentes por todas partes, que ni las calles ni azoteas se parecían con gente; la cual venía con los mayores alaridos y grita más espantable que en el mundo se puede pensar.» Oviedo.

202 — No está bien aclarada la cuestión, si fueran los indios ó españoles los primeros que atacaron, después que entró Cortés por segunda vez á Méjico: dice Solís, que viendo ese día y el siguiente, que no era atacado ni an daba gente por las calles, mandó á Ordaz con cuatrocientos hombres á recorrerlas, y que tuvo que entrar luego perseguido á su cuartel, siguiéndose después los dianos ataques. Prescott dice, que desde el primer momento fué atacado Cortés en sus cuarteles.

203 — «Hondas, que era las más fuerte aripa de pelear que los mejicanos tenían.» Camargo.

«Eran tantas las piedras que nos echaban con hondas dentro de la fortaleza, que no parecía sino que el cielo las lluvia; é las fechas y tiraderas eran tantas que todas las paredes y patios estaban llenos, que casi no podíamos andar con ellas.» Lorenzana.

Dice Herrera que al día siguiente quemaron cuarenta cirretaÁiis.

204 — «Los mejicanos peleaban con tanto furor, dice Bernal Díaz, que en aquel día si hubiesen acudido en nuestra ayuda, diez mil Héctores y otros tantos Orlandos, nada les hubiéramos hecho. Entre nuestros soldados había muchos que habían estado en las guerras de Italia y en batallas con los turcos, y asegura que nunca había visto tacta desesperación como la que tenían los indios.»

«Duró el combate la mayor parte del día, reducidos los españoles y sus aliados á ganar terreno de trinchera en trinchera: hízose gran daño en la ciudad: quemáronse muchas casas; y costó más sangre á los mejicanos esta ocasión que las dos antecedentes, porque anduvieron más cerca de las balas; ó porque no pudieron huir como solían con el impedimento de sus mismos reparos.» Solis

205— «Estos rasgos de valor personal eran más frecuen tes en aquellos encuentros de lo que pudieran haberle sido en una guerra con gente más instruida en el arte de pelear. La conducta caballeresca del comandante encontró imitadores en Sandoval, León, Olid, Alvarado, Ordaz ú otros capitanes, que con proezas gloriosas alcanzadas á la vista de su caudillo, se proponían obtener el mando de provincias que gobernar á su arbitrio, como si fuesen reinos. Prescott.

206 — «Pero los aztecas, hasta entonces engreídos señores de la tierra, habrían sido insultados y vejados hasta ese extremo que produce la abnegación de los sentimientos personales, y que hace despreciable la vida en comparación de la vengaza. .-armado de esta suerte, con el valor de la desesperación, el salvaje es casi igual al hombre civilizado,, y un pueblo entero que ha sido con-

movido en sus entrañas por un sentimiento común y que ve amenazados de muerte sus intereses y su salvación; este pueblo, sean cuales fueren sus recursos, es como el terremoto y el huracán, los más formidables agentes de la omnipotencia de la naturaleza.» Prescott.

207 — «Enserróse con pretesto de la herida y con deseo de alargar las riendas al discurso. Tuvo mucho que hacer consigo la mayor parte de la noche. Sentía el retirarse de Méjico, y no hallaba camino de mantenerse. Procuraba esforzarse con la dificultad, y se ponía la razón de parte del recelo. No se conformaban su entendimiento y su valor, y todo era batallar sin resolver: impaciente y desabrido con los dictámenes de la prudencia, ó mal hallado con lo que duele, antes de aprovechar el desengaño.» Solis. I . : '^ . í=ÍÍ;- ■'

208— Después que conquistó Cortes definitivamente á Méjico, devolvió á María Estrada su ángel de la guarda, dentro de un rico y pesado relicario de oro, guarnecido de esmeraldas, con una linda cadena también de oro, todo en una cajita del mismo metal y á su marido Sánchez de Farfán dio en encomienda el pueblo de Tétela.

209 — Algunos escritores dicen, que Motezuma propuso á Cortés, que él arengaría al pueblo, entre ellos Solís; pero otros, y entre ellos también Prescott, dicen lo contrario.

210 — «fQué quiere de mí ya Malinche, que yo ya no deseo vivir ni oille.'' pues en tal estado por su causa, mi desventura me ha traído.» Bernal Díaz.

«Abatido por aquella posición é indignado contra los que le habían puesto en ella, respondió fríamente al oír la solicitud de Cortés: ¿qué tengo yo que hacer con el Malinche: yo no quiero oírle; lo único que quiero es morir. A qué triste condición me ha reducido mi deseo de servirle.» Habiéndole instado el padre Olmedo y Olid, á que accediese, añadió: «Esto de nada serviría; porque mi pueblo ni me creería á mí, ni á las falsas palabras y promesas de Malinche. Es imposible que salgáis con vida de estas murallas.» Habiéndole asegurado que los españoles abandonarían la capital, siempre que le dejase expedito el camino por donde verificarlo, convino en interceder con el pueblo, deseando seguramente más bien ahor rar la sangre azteca que la de los cristianos.» Prescott.

211 — Refiere el padre Acosta, que según la tradición, fué Guatimozin, sobrino de Motezuma, y quien le sucedió en el trono, el que le arrojó la primera flecha.

Smith, en su Geografía, impresa en Nueva York en 1884, dice, í]ue Motezuma murió asesinado por los españoles^ pero en su edición revisada en 1889, enmienda tal error y dice: (]ue murió herido por una de las piedras que en un mo tin sus subditos arrojaron d los españoles^ mientras trataba de apiciguarlos. Así corrige el gran disparate de la primera edición. |

212 — Copiamos el siguiente párrafo del padre Sahagun, cuyas noticias dimanaban principalmente de los mismos indios. «De esta manera se determinaron los españoles á morir ó á vencer varonilmente, y así hablaron á todos los indios amigos, y todos ellos estuvieron firmes en esta determinación, y lo primero que hicieron fué que dieron garrote á todos los señores que tenían presos, y los echaron muertos fuera del fuerte; y antes que esto hiciesen les dijeron muchas cosas y les hicieron saber su determinación y que de ellos había de co menzar esta obra y luego todos los demás habían de ser muertos á sus manos. Dijéronles: no es posible que vuestros ídolos os liberten de nuestras manos. Y después que les hubieron dado garrote y vieron que estaban muertos, mandáronles echar por la azotea fuera de la casa, en un lugar que se llama Tortuga de Piedra, porque allí estaba una piedra labrada á manera de tortuga.

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Y después supieron y vieron los de afuera que aquellos señores tan principales habían sido muertos por las manos de los españoles y les hicieron sus exequias, al n\odo de su idolatría, y quemaron sus cuerpos y tomaron sus cenizas y las pusieron en lugares apropiados á su dignidad y valor».

213 — Se queja, y con sobrado fundamento, el célebre Ercilla del árido trabajo de describrir los continuos encuentros de los españoles y araucanos, y así dice en el prólogo de la segunda parte de su Araucana: cPor haber prometido de proseguir esta historia, no con poca dificultad y pesadumbre la he continuado; y aunque esta segunda parte de La Araucana no muestre el trabajo que me cuesta, todavía quien la leyera podrá considerar el que se habrá pasado en escribir dos libros de materia tan áspera y de poca variedad, pues desde el principio hasta el fin no contiene sino una misma cosa, y hab^r de caminar siempre por el rigor de una verdad y camino tan desierto y estéril, paréceme que no habrá mucho gusto que no se canse de seguirme».

¿Qué diré yo entonces, que con más paciencia, aunque sin ninguna de sus galas poéticas, he tenido que hacer lo mismo en mis anteriores tres leyendas, Colón, Vasco Nuñez de Balboa, La Conq]Jista del Perú y esta que escribo.''

214 — Dice Prescott: «Que Lorenzana es de opinión que aquella imájen de la Virgen es la misma que ahora se ve en el templo de nuestra Señora de los Remedios. (Y agrega irónicamente.) Lo que no nos dice es, de qué manera se salvó en el saqueo de la ciudad dicha imagen, ni de qué manera volvió á aparecer. Pero el milagro, mientras más inexplicable, más indudable».

2L') — «Dos indios de formas robustas y vigorosas se asieron de él é intentaron arrastrarle consigo hasta el borde de la pirámide; conociendo su intención luchó con ellos con toda su fuerza, y antes que pudiesen realizarla, legró desasirse y arrojar á uno de ellos con un solo movimiento de su brazo. Esta anécdota, no es inverosímil, pues Cortés era hombre de extraordinaria agilidad y fuerza, y varios escritores la han adoptado; pero ningún contemporáneo la refiere». Prescott.

Hc'rera y otros mencionan el hecho.

2l(j— El capitán Díaz, que á veces suele ser elocuente, hablando del valor del general en esta ocasión, se expresa con énfasis. «Aquí se mostró Cortés muy varón, como siempre lo fué. ¡A que pelear y fuerte batalla que aquí tuvisos! Era cosa de notar vernos á todos corriendo sangre y llenos de heridas, y más de cuarenta soldados muertos».

217— «De todas las proezas de los españoles, ninguna causó mayor impresión á los indios que la toma del templo, pues parecía que aquellos habían desafiado el poder del hombre y de los dioses. Después de la conquista, se encontraron varias veces geroglíficos que representaban circunstancias del suceso. El delicado capitán Díaz cuenta, que en los que el vio, no se omitió ninguna de las pérdidas de los cristianos. Era la única venganza que les quedaba que tomar de los conquistadores». Prescott.

«Hicieron tanto aprecio los mejicanos de este asalto del adoratorio, que le pintaron como acaecimienso memorable, y se hallaron después lienzos que contenían toda la facción, el acontecimiento de las grandas, el combate del atrio; y daban últimamente ganado el puesto á sus enemigos, sin perdonar el incendio y la ruina de los torreones, ni atreverse á torcer lo sustancial del suceso por ser estas pinturas sus historias, cuya fe veneraban, teniendo por delito el engaño de la posteridad. Pero se hizo justo reparo en que no les faltase malicia para fingir

algunos adminículos que miraban al crédito de su nación. Pintaron muchos españoles muertos, despeñados y heridos; cargando la mano en el destrozo que no hicieron sus armas, y dejando al parecer colorida la pérdida con la circunstancia de costosa: falta de puntualidad en que no pudieron negar la profesión de historiadores, entre los cuales viene á ser vicio como familiar este género de cuidado con que se refieren los sucesos, torciendo sus circunstancias hacia la inclinación que gobierna la pluma; tanto, que son raras las historias en que no se conozca por lo escrito la patria ó el afecto del escritor». SoÜs.

218— Es el nombre por la cual se le conoce todavía en la poesía popular de Méjico. También es de la famosa montaña tlascalteca, que se llama Sierra de la Mal¡nízin,— y en lo antiguo se llamó Matlalcueye, — en honor de la señorita india.

219 — «Al día siguiente hicieron llamada los mejicanos y fueron admitidos, no sin esperanza de algún acuerdo conveniente. Salió Hernán Cortés á escucharlos desde la muralla; y acercándose algunos de los nobles con poco séquito, le propusieron de parte del nuevo emperador: «que tratase de marchar luego con su ejército á la marina, donde le aguardaban sus grandes canoas; y cesaría la guerra por el tiempo que necesitase para disponer su jornada.

Pero no determinándose á tomar luego esta resolución, tuviese por cierto que se perderían él y todos los suyos irremediablemente, porque ya tenían esperiencia de que no eran inmortales; y aun cuando les costase veinte mil hombres cada español que muriese, les sobraría mucha gente para cantar la última victoria». Solis.

Como se ve, por lo que antecede, da á entender Soiis que la idea del arreglo salió de los aztecas; pero la opinión general es que Cortés hizo tal propuesta; y así de bió ser, dada su situación crítica. Dice Cortés que se jactaban de dar veinticinco mil de los suyos por un solo blanco.

220— «Hizo Cortés de su parte cuanto pedía la obligación de cristiano. Rogábale unas veces fervoroso y otras enternecido que se volviese á Dios y asegurase la eternidad, recibiendo el bautismo. El padre fray Bartolomé de Olmedo le apretaba con razones de mayor eficacia: los capitanes que se preciaban de sus favoritos querían entenderse con su voluntad: doña Marina pasaba de la interpretación á los motivos y los ruegos; y diga ¡o que quisiere la emulación ó la malicia, que hasta en este cui dado culpa de omisos á los españoles, no se omitió diligencia humana para reducirle al camino de la verdad. Pero sus respuestas eran despropósitos de hombre precito, discurrir en su ofensa; prorrumpió en amenazas; dejarse caer en la desesperación y encargar á Cortés el castigo de los traidores; en cuya batalla, que duró tres días, rindió al demonio la eterna posesión de su espíritu, dando á la venganza y la ferocidad las últimas cláusulas de su aliento; y dejando al mundo un ejemplo formidable de lo que se deben temer en aquella hora las pasiones, enemigas siempre de la conformidad, y más absolutas en los poderosos; porque falta el vigor para sujetarlas, al mismo tiempo que prevalece la costumbre de obedecerlas». Solis.

«Respondió, que por la media hora que le faltaba de vida no quería apartarse de la religión de sus padres». Herrera.

«Viendo que se acercaba el fin del monarca, algunos caballeros que le acompañaban y le profesaban algún afecto, trataron de salvar la alma del moribundo del triste destino que está reservado á los que mueren en las tinieblas de la incredulidad. Por consecuencia, se le presentaron presididos del padre Olmedo y le suplicaron que abriese los ojos á la luz de la fe, abnegase sus antiguas

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creencias y consintiese en ser bautizado. Pero Motezuma, á pesar de que le sugerían lo contrario, jamás falló á la fe que había heredado de sus abuelos, y no se le puede tener por apóstata: nombre que merece en la acepción de la palabra, quien quiera que, ya siendo cristiano ó pagano, renuncia á su religión, «in estar canvencido de que es falsa. Lejos de esto, la excesiva fe en sus oráculos le había hecho fiarse incautamente de los españoles: el trato con éstos no era para hacerle amable la religión que pro fesaban, y finalmente, las calamidades que afligían á su pueblo debían parecer al monarca el castigo que sus dioses descargaban sobre él, por haber concedido hospitalidad á los que habían destruido y profanado sus altares. >

«Muchos afirman de los conquistadores que yo conocí, que estando en el artículo de muerte, pidió agua de bau tismo, é que fué bautizado é murió cristiano, aunque en esto hay grandes dudas é diferentes pareceres: mas como dije de personas fidedignas, conquistadores de los primeros desta tierra, de quien fuimos informados, supimos que fué bautizado y cristiano y que fueron sus padrinos Fernando Cortés y don Pedro de Alvarado». (^amargo.

Según Gomara: «el monarca deseaba ser bautizado desde antes de la llegada de Narvaez, mas se había dejado la ceremonia para la Pascua, para qut fuese aquella más solemne; pero la ocupación y peligros, que después sobrevinieron, hicieron que se olvidase, y Motezuma murió sin ser lavado de las manchas de la infidelidad».

Torquemada, á quien nadie tildara de pirrónico en cosas en que se interesa el honor de la religión, desprecia todos estos cuentos, que le parecen irreconciliables con el silencio que guardaron Cortés y Alvarado, los cuales no habrían podido menos que ponderar un triunfo que tan inútilmente habían procurado. Y se cumplió la opinión que Marina manifestó á Cortés.

«Las observaciones de Torquemada, -dice Prescott,— se encuentran confirmadas por e¡ hecho de que ningún escritor digno de fe corrobora las anteriores noticias, mientras que por el contrario, están contradichas por otros muchos, por las tradiciones populares, y aún puede de cirse que están destruidas por sí mismas».

2'Jl— tDejó algunos hijos; dos de los que le asistieron en su prisión fueron muertos por los mejicanos cuando se retiró (Cortés; y otros dos ó tres hijos que se convirtieron después y se casaron con españoles. Pero el principal de todos que fué Pedro deMotezuma, que se redujo tam bien a la religión católica dentro de pocos días, y tomó este nombre en el bautismo. Concurrió en él la representación de su padre por ser habido en la señora de la provincia de Tula, una de las reinas que residían en el palacio real con igual dignidad: la cual se redujo también á imitación de su hijo y se llamó en el bautismo doña Mana de Niagua Súchil, acordando en estos renombics la nobleza de sus autepasados. Favoreció el rey á don Pedro, dándole estado y rentas en Nueva España, con título de conde de Motezuma, cuya sucesión legítima se eonserva hoy en los condes de este apellido, vinculada en él dignamente la heroica recordación de tan alto principio.» Solis.

Prescott, en e! Apéndice de su obra, trae el siguiente documento, relativo á la suce';ión de Cortés.

Concesión hecha por Cortés a doña Isabel de Motezuma, HIJA DEL EMPERADOR MoTEZL'MA, FECHA EN

Méjico .Á 27 de Junio de 1526.

(Ya hemos dicho en nuestra Historia que Motezuma al morir, encomendó sus tres hijas á la especial protección de Cortés. Después de la muerte del padre fueron bautizadas y casadas con nobles españoles, de cuyo entroncamiento son salido varias casas nobles de España. Cortés concedió á la mayor de ellas, en calidad de dote, la ciudad de Tácuba y otros varios lugares extensos y poblados, que formaban un distrito considerable. He co-

piado íntegro este documento, porque me parece sumamente interesante, en razón de las noticias que contiene sobre de los últimos momentos de Motezuma y del claro testimonio que ofrece de la constante amistad que tuvo á los españoles. Mas débese tener presente por el lector, que Cortés tenía interés en presentar la conducta de Motezuma bajo al aspecto más favorable al gobierno de Castilla, para justificar la cuantiosa gracia concedida á la hija del Emperador.

Este documento que he tomado de la colección de Muñoz, ha sido sacado de una antigua copia que existe en la librería de don Rafael Floranes, de Valladolid.)

Privilejio de doña Isabel Motezuma, hija del gran Motezuma, último rey indio y ciudad de Méjico, quE bautizada y siendo cristiana casó con Alfonso Grado, NATURAL DE LA VILA DE AlCÁNTARA, HIDALGO Y CRIADO DE SU MAGESTAD, Q^UE HABÍA SERVIDO Y SERVÍA EN MUCHOS oficios EN AQ^UEL REINO. OtORGADO POR DON

Hernando Cortés, conquistador de dicho reino en nombre df. su magestad, como su capitán general y

GOBERNADOR DE LA NuFVA EsPAÑA.

Por cuanto al tiempo que yo, don Hernando Cortés, capitán general y gobernador de la Nueva España é sus provincias por su Magestad pasé á estas partes con ciertos Navios é gente para las pacificar é poblar y traher las gentes della al dominio y servidumbre de la corona Imperial de S. M. como al presente está, y después de á ellos benido tuve noticia de un gran Señor, que en ésta gran cibbad de Tenextitan residió y era Señor della, y de toda la demás provincias y tierra á ella comarcanas, que <;e llamaba Motezuma, al cual hice saber mi reñida, y como lo supo por los Mensajeros que le invié para que me obedeciese en nombre de S M. y se ofreció para su vasallo. Tuvo por bien la dicha mi venida, y por mejor mostrar su buen celo y voluntad de servirá S. M. y obedecer lo que por mí en su Real nombre le fuese mandado, me mostró mucho amor é mandó, que por todas las partes que pasaren los Españoles hasta llegar á esta ciudad, se nos hiciese muy buen acogimiento, y se nos diese todo lo >:\\ie hubiésemos menester, como siempre se hizo, y muy mejor después que á esta cibdad llegamos, donde fuimos muy bien recevidos, yo y todos los que en mi compañía benimos; y aun mostró haberle pesado mucho de algunos reencuentros y batallas que en el camino se me ofrecieron antes de la llegada á esta cibdad, queriéndose él disculpar dello, y que lo de demás dicho para efectuar y mostrar mejor su buen deseo, hubo por bien el dicho Motezuma de estar debajo de la obediencia de S. M., y en mi poder á manera de preso hasta que yo hiciese relación á S. M., y del estado y casas destas partes, y de la voluntad del dicho Motezuma; y que estando en esta paz y sosiego, y teniendo ya pacificada esta dicha tierra doscientas leguas y más hacia una parte y otra con el sello y seguridad del dicho señor Motezuma por la voluntad y amor que siempre mostró al servicio de S. M,, y complacerme á mi en su real nom bre, hasia más de un año, que se ofreció la venida de Panfilo de Narvaez, que los alborotó y escandalizó con sus dañadas palabras y temores que los puso; por cuyo respeto se levantó contra el dicho señor Motezuma un hermano suyo, llamado Auit Lavaci, señor de Iztapalapa, y con mucha gente que trajo así hizo muy ruda guerra al dicho Motezuma y á mi y á los españoles, que en mi compañía «siaban, poniéndonos muy recio cerco en los aposentos y casas donde estábamos; y para que el dicho su hermano y los principales que con él venían cesasen en la dicha guerra y alzasen el cerco, se puso de una ventana el dicho Motezuma, y estándoles mandando y amonestando que no lo hiciesen, y que fuesen vasallos de S. M. y obedeciesen ¡os mandamientos que en su real nombre le mandaba, le tiraron con muchas hondas y le dieron con una piedra en la cabeza, que le hicieron

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muy gran herida; y temiendo de morir de ella, me hizo ciertos razonamientos, trayéndóme á la memoria que por el entrañable amor que tenía de S. M., y á mi en su real nombre y á todos los españoles, padeeia tantas heridas y afrentas, lo cual daba por bien empleado; y que si él de aquella herida fallecía, que me rogaba y encargaba muy afectuosamente que habiendo respeto á lo mucho que me querta v deseaba complacer, tuvieee por bien de tomar á cargo tres hijas suyas que tenia y que se las hiciese bautizar y mostrar nuestra doctrina, porque conocía que era muy buena; á las cuales después que yo gané esta dicha ciudad, hice luego bautizar y poner por nombres á la una que es la mayor, su legitima heredera, Doña Isabel, y las otras Doña María y Doña Marina: y y estando en fmamientc» de la dicha herida me tornó á llamar y rogar muy ahincadamente, que si éí muriese, que mirase por aquellas hijas, que eran las mejores joyas que él me daba, y que partiese con ellas de lo que tenía, porque no quedasen perdidas, especialmente á la mayor, que esta quería él mucho; y que si por ventura Dios le escapaba de aquella enfermedad, y la daba Victoria en aquel cerco, que él mostraría más largamente el deseo que tenía de servirá S. M. y pagarme con obras la voluntad y amor que me tenía; y que además de esto yo hiciese relación i su Magestad de como me dexaba estas sus hijas y le suplicase en su nombre se sirviese de mandarme que yo mirase por ellas y las tuviese so mi amparo y administración, pues él era tan servidor y vasallo de b. M. y siempre tuvo muy buena voluntad á los españoles, como ya habia visto y vía, y por el amor que les tenía le bavían dado el pago que tenía, aunque no le pesaba dello.

Y aun en su lengua me dixo, y entre estos razonamientos que encargaba la conciencia sobre ello... -Por ende acatando los muchos servicias que el dicho señor Motezuma hizo á S. M. en las buenas obras que siempre en su vida me hizo, y buenos tratamientos de los españoles que en mi compañía yo tenía en su real nombre y la voluntad que me mostró en su real servicio; y que que sin duda él no fué parte en el levantamiento de esta cibdad, sino el dicho su hermano; antes se esperaba, como yo tenia por cierto, que su vida fuera mucha ayuda para que la tierra estuviera siempre muy pacífica, y los naturales de ella en verdadero conocimiento y se sirviera S. M. con mucha suma de pesos de oro y joyas y otras cosas, y por causa de la venida de Narvaez y de la guerra que el dicho su hermano Auit Lavaci levantó, se perdieron; y considerando así mismo que Dios nuestro señor y S. M. son muy servidos en estas parte, plan té nuestra santísima Religión, como de cada día va en crecimiento: Y que las dichas hijas de Motezuma y los demás señores y principales y otras personas de los naturales de esta Nueva España se les dé y muestre toda la más y mejor Doctrina que fuese posible para quitarlos de las idolatrías en que hasta aquí han estado, y traerlos al verdadero conocimiento de nuestra santa fe católica, especialmente los hijos de las más principales, como lo era este señor Motezuma, y que en esto se descargaba la conciencia de S. M. y la mía: y en su real nombre tuve por bien de aceptar su ruego y tener en mi casa á las dichas tres sus hijas, y hacer, como he dicho, que se les haga á todo el mejor tratamiento y acogimiento que ha podido, haciéndoles administrar y enseñar los mandamientos de nuestra santa fe católica y las otras buenas costumbres de cristianos, para que con mejor voluntad y amor sirvan á Dios nuestro señor y cononozcan los artículos de ella, y que los demás naturales tomen ejemplo. Me pareció que según la calidad de las personas de la dicha Doña Isabel, que es la mayor y legítima heredera del dicho señor Motezuma, y que más encargada me dejó, y que su edad requería tener compañía, le he dado por mirido y esposo á una persona de honra.

Hijo-Dalgo, y que ha servido á S. M. en mi compañía, desde el principio que ^ estas partes paso, tenido por mi y en nombre de S. M. cargos y oficios muy honro sos, así de Contador y mi lugarteniente de Capitán Go bernador como de otras muchas, y dado dellas muy buena cuenta, y al presente e5tá su administración el cargo y oficio de visitador general de todos los Indios de Nueva España, el cual se dice y nombra Alonso Grado, natural de la Villa de Alcántara. Con la cual dicha Doña Isabel le prometo y doy en dote y á más á la dicha Doña Isabel y sus descendientes, en nombre de su S. M. como su Governador y capitán General destas partes, y porque de derecho le pertenece de su patrimonio y legítima, el Señorío y naturales del Pueblo de Tácuba, que tiene ciento y veinte casas; y Yeteve, que es estancia que tiene cuarenta casas;ylzqui Luca, otra estancia, que tiene ciento y veinte casas; y Chimalpan, otra estancia, que tiene cuarenta casas; y Chapulma Loyan, que tiene otras cuarenta casas; y Escapucaltango, que tiene veinte casas, é Piloango, que tiene cuarenta casas; y otra que se dice Ocoiacaque, y otra que se dice Castepeque, y otra que se dice Taianco, y otra estancia que se dice Goatrizco, y otra estancia que se dice Duotepeque, y otra que se dice Tácala; que podrá haber en todo mil y doscientas y cuarenta casas; las cuales dichas estancias y pueblos son sujetos al pueblo de Tácuba y al Señor della.

Lo cual, como dicho es, doy en nombre de S. M. en dote y arras á la dicha Doña Isabel para que lo haya y tenga y goce por juro de heredad, para agora y para siempre jamás, con título de Señora de dicho pueblo y de lo demás aquí contenido. Lo cual le doy en nombre de S. M. por descargar su Real conciencia y la mía en su nombre.

Por esta digo: que no le será quitado ni removido por cosa alguna, en ningún tiempo, ni por ninguna manera; y para más seneamiento prometo y doy té en nombre de S. M., que si se lo escribiese, le haré relación de todo, para que S. M., se sirva de confirmar esta Merced de la dicha Doña Isabel y á los dichos sus herederos y subcesores del dicho pueblo de Tácuba y lo demás aquí contenido, y de otras estancias á él subjetas, que están en poder de algunos Españoles, para que S. M., asimismo se sirva de mandárselas dar y confirmar juntamente con las que al presente doy; que por estar, como dicho es en poder de Eapañoles, no se las di hasta ver si S. M. es dello servido; y doy por ninguna y de ningún valor y efecto cualquier cédula de encomienda y depósito que del dicho pueblo de Tácuba y de las otras estancias aquí contenidas y declaradas yo aya dado á qualquiera persona; por cuanto yo en nombre de S. M., las revoco y lo restituyo y doy á la dicha Doña Isabel, para que lo tenga como cosa suya propia y que de derecho le pertenece.

Y mando á todas y cualesquier persona, vecinos y moradores desta dicha Nueva España, estantes y habitantes en ella, que hayan y tengan á la dicha Doña Isabel por Señora del dicho pueblo de Tácuba, con las dichas estancias, y que no le impidan ni estorven cosa alguna della, so pena de quinientos pesos de oro para la Cámara y fino de S. M. Fecho á veinte y siete días del mes de Junio de mil quinientos veinte y seis años. Don Hernando de Cortés. — Por mandato dei Gobernador mi señor. Alonso Baliento.

2íí2 — «La muerte de Motezumza fué una calamidai para los españoles. Mientras vivió tuvieron en sus ma nos una prenda preciosa de que podían sacar gran provecho en un caso de apuro; y hoy estaba ya roto el último eslabón que los unía con los naturales. Pero independientemente del interés, á Cortés y á sus oficiales aflijió mucho la muerte de Motezuma, porque le querían

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y porque era natura! que les consternase ver los yertos restos del herido manarca, y comparar aquella triste condición á que su amistad lo había reducido, con la tan floreciente que tenía cuando llegaron á Méjico. El general español mostró respetar sumamente su memoria. Su cuerpo, ataviado de las reales vestiduras, fué conducido á la ciudad en hombros de los nobles, en un féretro magnífico. > Prescott.

«Y Cortés lloró por él y todos nuestros capitanes y soldados: é hombres hubo entre nosotros de los que le conocimos y tratábamos, que tan llorado fué, como si fuera nuestro padre y no nos hemos de maravillar de ello, viendo que tan bueno era.» Bernal Díaz.

«Dicen que aunque muchas veces instaron á Motezuma, él nunca consintió en la muerte de ningún español, ni se alegró de la herida de Cortés; á quien amaba mucho: pero hay quienes disputan sobre esto Gomara.

«Fué general entre los españoles el sentimiento de su mufrte, porque le amaban con igual afecto; unos por sus dádivas y otros por su gratitud y benevolencia. Pero Hernán Cortés, que debía más que todos y hacía mayor su pérdida, sintió esta desgracia tan vivamente, que llegó á tocar su dolor en congoja y desconsuelo; y aunque procuraba componer el semblante por no desalentar á los suyos, no bastaron sus esfuerzos para que dejase manifestar el secreto de su corazón con algunas lágrimas que se vinieron á sus ojos tarde ó mal detenidas. Tenía fundada en la voluntaria sujeción de aquel príncipe la mayor fábrica de sus designios. Habíasele cerrado con su muerte Ja puerta principal de sus esperanzas. Necesitaba ya de tirar nuevas líneas para caminar al fin que pretendía, y sobre todo, lo congojaba que hubiese muerto en su obstinación, último escarmiento de aquella infelicidad, y punto esencial que le dividía el corazón entre la tristeza y el miedo, tropezando en el horror todos los movimientos de la piedad.

No faltaron plumas que atribuyen á Cortés la muerte de Motezuma, ó lo intentasen por lo menos, afirmando que le hizo matar para desembarazarse de su persona. Y alguno de los nuestros dice que se dijo; y no lo defiende ni lo niega: descuido que sin culpa de la intención, se hizo semejante á la calumnia. Pudo ser que le afirmasen años después los mejicanos por concitar el odio contra los españoles, ó borrar la infamia de su nación; pero no lo dijeron entonces ni 'lo imaginaron, ni se debía permitir á la pluma sin mayor fundamento un hecho de semejantes inconsecuencias. ;Como era posible que un hombre tan atento y avisado como Hernán Cortés, cuando tenía sobre sí todas las armas de aquel imperio, se quisiere deshacer de una prenda en que consistía su mayor seguridad.'' ¿O qué disposición le daba la muerte de un rey amigo y sujeto para la conquista de un reino levantado y enemigo.'' Desgrac'a es de las grandes acciones la variedad con que se refieren, y empresa fácil de la mala intención inventar circunstancias, que cuando no bastan á deslucir la verdad, la sujetan por entonces á la opinión ó á la ignorancia, empezando muchas veces en la credulidad licenciosa del vulgo, lo que viene á parar á las historias. Notablemente se fatigan los estranjeros para desacreditar los aciertos de Cortés, en esta empresa. Defiéndale su entendimiento de semejante absurdo, si no le defendiese la nobleza de su ánimo de tan horrible maldad, y quédese la envidia en su confusión: vicio sin deleite que atormenta cuando se disimula y desacredita cuando se conoce: siendo en la verdad lustre dal envidiado y desaire de su dueño.> Solis.

223 — «Dice que venció nueve batallas y otros nueve campos en desafío, uno auno.» Gomara.

«Era mas cauteloso y ardidoso, que valeroso. En las armas y modo de su gobierno fué muy justiciero; en las

cosas tocante á ser estimado y tenido en su dignidad y magestad real, de condición severo, aunque cuerdo y gracioso. Ixtlibreochitl.

«Fué Motezuma, como dijimos, príncipe de raras dotes naturales; de agradable presencia y majestuosa; de claro y perspicaz entendimiento; falto de cultura pero inclinado á la sustancia de las cosas. Su valor le hizo el mejor entre los suyos antes de llegar á la corona, y después le dio entre los estraños la opinión mas venerable de los reyes. Tenía el genio y la inclinación militar: entendía las artes de la guerra, y cuando llegaba el caso de tomar las armas, era el ejército en su corle. Ganó por su persona y dirección nueve batallas campales; conquistó diferentes provincias y dilató los límites de su imperio, dejando los resplandores del solio por los aplausos de la campaña, y teniendo por mejor cetro el que se forma del bastón. Fué naturalmenie dadivoso y ii beral: hacía grandes mercedes sin género de ostentación, tratando las dádivas como deuds^s y poniendo la magnificencia entre los oficios de la magestad. Amaba la justicia y celaba su administración en los ministros con rápida severidad. Era contenido en los desórdenes de la gula y moderado en los incentivos de la sensualidad. Pero estas virtudes tanto de hombre como de rey, se deslucían ó apagaban con mayores vicios de hombre y de rey. Su continencia le hacía mas vicioso que templado, pues se introdujo en su tiempo el tributo de las concubinas: naciendo la hermosura en todos sus reinos esclava de sus moderaciones: desordenado el antojo., sin hallar disculpa el apetito. Su justicia tocaba en el estremo contrario, y llegó á equivocarse con su crueldad, porque trataba con venganza los castigos, haciendo muchas veces el enojo lo que pudiera la razón. Su liberalidad ocasionaba mayores daños que produjo beneficios, porque llegó á cargar sus reinos de imposiciones y tributos intolerables; y se convertía en sus profusiones y desprecios el fruto abo rrecible de su iniquidad. No daba medio, ni admitía distinción entre la esclavitud y vasallaje; y hallando política en la opresión de sus vasallos, se agradaba más de su temor que de su paciencia. Fué la soberbia su vicio capital y predominante; vttaba por sus méritos cuando encarecía su fortuna, y pensaba de sí mejor que de los dioses aunque fuese sumamente dado á la superstición de su idolatría; y el demonio llego á favorecerle con frecuentes visitas, cuya malignidad, tiene sus hablas y visiones para los que llegan á cierto grado en el camino de la perdición. Sujetóse á Cortés voluntariamente, rindiéndose á una prisión de tantos días, contra todas las reglas naturales de su ambición y su altivez. Púdose dudar la causa de semejante sujeción; pero de sus mismos efectos se cono ce ya que tomó Dios las riendas en la mano para do mar este monstruo, sirviéndose de su mansedumbre para la primera introducción de los españoles; principio de que resultó después la conversión de la gentilidad. > Solis. i „' ■'■

224 — No somos nosotros quienes podemos decir si hemos ó nó hecho un retrato medio parecido de Motezu ma ó solo una caricatura; pero leyendo al célebre Lord Macaulay, creemos, que por poco que valga el nuestro, es mejor que el del afamado poeta inglés Dryden, del siglo XVII, de cuyas obras ha escrito un excelente jui ció crítico el dicho Lord, quien poniendo en evidencia todos los capitales defectos de Dryden, dice de uno de sus dramas á trajedias lo siguiente: «En el Emperador de las Indias, Motezuma ofrece una guirnalda en prenda de amor á la hermosa Almería, y le propone tomarla por esposa y compartir con ella el trono. Pero he ahí que le contesta: — Recibo la guirnalda, no como presente de vuestras manos, sino como agasajo debida á mis mere cimientos y hermosura. La corona que me ofrecéis compartir conmigo, no la quiero, que teniéndoos por m

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esclavo, antes sería humillación para mí que no encumbramiento.—Para corresponder el Emperador á amor tan fino, consiente sin dificultad, en hacer morir á dos de sus hijos y á un bienhechor á quien profesa mucha gratitud.»

Y mas adelante agrega Lord Macaulay: cNo es nuestro ánimo criticar estos pasajes, porque se falte en ellos á las conveniencias históricas y trasportar i Méjico y é Agrá modos de ser que no han existido nunca, ni aun finjidos, excepto entre caballeros europeos; que vo hacemos objeciones á lo convencional, y poco nos hace al caso, por tanto, ver puritanos en Iliria y puertos de mar en Bohemia. Lo esencial es que los personajes sean cual deben ser: lo accesorio y de poca importancia, el fondo del cuatro.»

Y continúa diciendo al principio de otro párrafo: «Entiéndase bien, que no censuramos á Dryden por haber creado personajes moros é indios que no lo son, ni por haberlos representado de una manera impropia de las costumbres orientales ó americanas, sino por no haberles creado verdaderos, que vivan y sientan como sienten y viven los seres humanos, y por haber representado al amur de una manera que no existe ni ha existido nunca.»

225 — tEl señor Calderón de la Barca, último ministro español en Méjico, nos ha referido, que varias veces le aconteció pasar por alguna cabana de indios que después de saludarle á su manera le aseguraron ser deseen dientes de Motezuma.» Prescotí, Pero se me ocurre que esto es solo pillería de indios oscuros y vulgares; ¿cómo después de cerca de tres siglos van á conservar con tanta exactitud su árbol genealójico. También á mí, en Madrid, el año 1850 una gitana con la cara casi negra, tuvo la impavidez de decirme, que descendía de la ilustre casa de Ladrón de Guevara. B. Demaría.

226 — cSin embargo, un hijo y una hija, que abrazaron el cristianismo, fueron el tronco de dos nobles casas de España. El gobierno español, queriendo dar testimonio de su reconocimiento por los vastos dominios que había adauirido procedentes de los progenitores de las dos personas ya mencionadas, les concedió extensos señoríos y distinguidos honores hereditarios. Los condes de Moteuczuma y Tula, enlazados, con las mas ilustres familias de Castilla, están denotando con sus nombres su ilustre descendencia de la real dinastía de Méjico.»

Pero vamos á hacer varias trascripciones, tanto del autor anterior como de otros, respecto á la algo confusa descendencia de Motezuma, según las noticias de cada uno de ellos.

cEste hijo cuyo nombre de bautismo fué Pedro, descendía de una de las concubinas de Moteuezuma tuvo dos mujeres lejítimas; en la primera, llamada Tezalco, tuvo un hijo, que pereció en ía huida de Méjico, y una hija nombrada Fecuichpo, que abrazó la fe cristiana y fué llamada Isabel, la que casó siendo todavía muy joven con su primo Guatimotzin y Je sobrevivió tantos años, que después de su muerte fué casada sucesivamente con tres castellanos de elevada alcurnia. De dos de ellos, don Pedro Callejo y don Thoan Cano descienden las ilustres casas de la Andrade y Cano Moteuezuma.

Motezuma dejó de su segunda mujer, la princesa de Acatlan— ó según Solis, Niagua Súchil— dos hijas, que después de bautizadas recibieron los nombres de María y Leonor. Aquí no se menciona á doña Isabel, la principal y mayor, á la que dio Cortés un pingüe mayorazgo — Doña Leonor casó con un hidalgo, llamado Cristóbal de Valderrama, del cual desciende la familia de los Sotelos y Moteuczumas. Dice Precostt: que ignora á cuál de estas dos ramas pertenecen los condes de Miravalle, de que habla Humbold.»

cEs cosa interesante saber que uno de los descendien*

tes de Moteuezuma, don Joseph Sarmiento Valladares» conde de Moteuezuma, ha gobernado en Méjico, como Virrey, desde 1697 hasta 1701 los dominios de sus barbáricos predecesores.» Humboldt.

Solís dice que esta noble familia mezcló su sangre con la de los Guzmanes y Mendozas. Clavijero trae la descendencia de dichas casas, del hijo del emperador, Yohualicabue ó don Pedro de Moteuezuma, como se llamó después de bautizado, cuya descendencia, según Solís se extinguió á fines del siglo pasado. »E1 último vastago de esta línea, — dice Prescott, — de que he podido yo tener noticias, murió hace mucho tiempo en este país, (los Estados Unidos). Era muy rico y poseía grandes estados en España; pero á lo que parece no era muy cuerdo, pues teniendo setenta años ó más, pasó por Méjico llevado de la loca esperanza de que la nación, por razón de su alcurnia, le elevase al trono de sus antepasados, recientemente ocupado por el presuntuoso Iturbide. Pero los mejicanos modernos, no obstante que detesta á los antiguos españoles, no respetaron la sangre real azteca».

Diálogo de Oviedo con don Thoan Cano, sacado DE LA Historia de las Indias.

(La obra más notable, bajo ciertos aspectos, que nos ha dejado Oviedo, son sus Quinquagéstmas, colección de diálogos imaginarios con los personages más eminentes de su época, sacados indudablemente algunas veces, de las conversaciones, que realmente tuvo con ellos.

En su Historia de Indias trae uno, que nos dice haber tenido con don Thoan Gano, hidalgo castellano, casado con la viuda de Guatemozin, la hermosa hija de Montezuma. Vino al país con Narvaez, y como por otra parte desde antes de la conquista y después de ella, era hombre bien relacionado, su testimonio es de gran peso. Por tal motivo he recurrido á él frecuentemente en el curso de mi historia, y trascribo ahora el diálogo original, que tengo por uno de los documentos importantes sobre la historia de la conquista).

Diálogo del alcaide de la fortaleza de la cib-

DAN É PUERTO DE SaNTO DoMINGO DE LA ISLA EsPAÑOLA, AUTOR f CHRONISTA DESTAS HISTORIAS, DE LA UNA PARTE, t DE LA OTRA, UN CABALLERO VECINO DF. LA GRANO

ciBDAN DE México, llamado Thoan Cano.

Alcayde. Señor, ayer supe que Vm., vive en la grand cibdan de Méxijo, que os llamáis Thoan Cano; y porque yo tube amistad con un caballero llamado Diego Cano, que fué criado del severísimo Príncipe don Thoan, mi señor, de gloriosa memoria, deseo saber si es vivo, é donde soy señor natural, é como quedastes avecindado en estas partes, é recibiré merced, que no rescibais pesadumbre de mis preguntas; porque tengo necesidad de saber algunas cosas de la Nueva España, y es razón, que para mi satisfacción yo procuraré entender lo que deseo de tales personas é hábito que merezcan crédido; y ansi. Señor, recibiré merced de la vuestra en lo que diga.

Cano. Señor Alcayde, yo soy el que gano mucho en conoceros; y tiempo ha que deseaba ver vuestra persona, porque os soy aficionado, y querría muy de veras me tubiésedes por tan amigo é servidor como yo os le seré. E satisfaciendo á lo que Vm. quiera saber de mí, digo que diego Cano, Escribano de Cámara del Príncipe don Thoan, y camarero de la Tapicería de su Alteza, fué mi tio, é ha poco tiempo que murió en la cibdad de Cáseres, donde vivía y yo soy natural: Y quanto á lo demás, yo, Señor, pasé desde la Isla de Cuba á la Nueva España con el capitán Pámphilo de Narvaez, é aunque mozo é de poca edad, yo «ne hallé cerca del quando fué preso por Hernando (Cortés é sus mañas; é en ese trance le quebraron un ojo, peleando él como muy valiente hombre; pero como no le acudió su gente, é con él se hallaron muy pocos, quedó preso é herido, é se hizo Cortés señor del cimpo, é truxo á su devoción la gente que con Pámphilo había ido, é en rencuentros ó en ba-

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tallas de manos en Méjico; y todo lo que ha sucedido después, yo me he hallado en ello.

Mandáis que diga cómo quedé avecindado en estas parles, y que no reciba pesadumbre de vuestras preguntas: satisfaciendo á mi asiento, digo, Señor, que ya me casé con una señora, hija legítima de Motezuma, llamada doña Isabel, tal persona, que aunque se hubiera criado en nuestra España, no estobiera mas enseñada é bien dotrinada é Católica, é de tal conversación y arte, que os satisfaría su manera y buena gracia; y no es poco útil é provechos al sosiego é contentamientos de los naturales de la tierra; porque como es Señora en todas sus cosas é amiga de los christianos, por su respecto en exemplo mas quietud é reposo se imprime en los ánimos de los Mexicanos. En lo demás que se me preguntaré, é de que yo tenga memoria, yo. Señor, diré lo que supiere conforme á la verdad.

Alcayde — Yo acepto la merced que en eso recibiré; y quiero comenzar á decir lo que ocurre, porque me acuerdo que fui informado que su padre Motezuma tuvo ciento cincuenta hijos é hijas, ó más, é que le acaeció tener cincuenta mujeres preñadas; E ansi escribí esto, é otras cosas á este propósito en el capítulo 46; lo cual si así fué, quería saber, ¿como podéis vos tener por legítima hija de Motezuma á la Señora Doña Isabel, vuestra Mujer, é que forma tenía vuestro suegro para que se conociesen los hi jos bastardos entre los legítimos ó espurios, é quales eran mujeres legítimas é concubinas.'*

Cíino— Fué costumbre usada y guardada entre los Mexicanos que las mujeres legítimas que tomaban, era de la manera que agora se dirá. Concertados el hombre y mu jer que habían de contraer matrimonio, para le efectuar, se juntaban los parientes de ambas partes é hacían un aréito después que habían comido ó cenado; é al tiempo que los Novios se habían de acostar é dormir en uno, tomaban la halda delantera de la cam-sa de Novia, é atábanla á la manta de algodón que tenía cubierto el Novio. E así ligados lomábanlos de las manos los principales parientes de ambos, é metíanlos en una cámara, donde los dejaban solos é oscuros por tres días contiguos, sin que de allí saliesen él ni ella, ni allá entraba mas que de una India á los proveer de comer é lo que habían menester en qual en tiempo desde encerramiento siempre había bailes y aréitos, que ellos llaman mitote; é en fin de los tres días no hay mas flesta.

E los que sin esta ceremonia se casa no son habidos por matrimonio, ni los hijos que proceden por legítimos ni heredan. Ansi como murió Muniezuma, quedáronle solamente por hijos legítimos mi Mujer é un hermano suio, é muchachos ambos; á causa de lo cual fué elegido por Señor un hermano de Motezuma, que se decía Cuitcaci, Señor de Irtapalapa, el qual vivió después de su elección 60 días y murió de viruelas; á causa de lo cual un sobrino de Motezuma, que era Papa ó sacerdote maior entre los Indios, que se llamaba Guatimuci mató al primo hijo legítimo de Motezuma, que se decía Asupacaci, hermano de padre é madre de doña Isabel, é fué muy valeroso.

Este fué el que perdió á México, é fué preso é después injustamente muerto con oíros principales Señores é indios; pues como Cortés é los christianos fueron enseñoreados de México, ningún hijo quedó legítimo, sino bas tardos de Motezuma, ecepto mi Mujer, que quedaba viuda porque Guatimuci, señor de México, su primo por fixar mejor su estado, siendo alia muy muchacha, la tuvo por mujer con ia ceremonia ya dicha del atar la camisa con la mania; é no obieron hijos, ni tiempo para procreallos; é ella se convirtió á nuestra santa fee católica é casóse con un hombre de bien de los conquistadores primeros, que se llamaba Pedro Gallego, é ovo un hijo en ella, que se llamaba Thoan Gallego, Motezuma, é murió el dicho Pedro Gallego, e yo casé con la dicha doña Isabel en la cual me h,i dado Dios tres h''os ^ dns h'ia*;, oue llaman

Pedro Cano, Gonzalo Cano Saavedra, Thoan Cano, doña Isabel y doña Catalina.

Alcayde— ^tf\OT Thoan Cano, suplicóos que me digáis porqué mató Hernando Cortés á Guatimuci: ¿'revolóse después ó qué hizo para que muriese.?

Cano— Hzhth de saber que así á Guatimoci, como al Rey de Tácuba, que se decía Tetepanquezal, é al Señor de Tezcuco, el capitán Hernando Cortés les hizo dar muchos tormentos é crudos, quemándoles los pies, é untándoles las plantas con aceite, é poniéndoselas cerca de las brasas, é en otras diversas maneras, porque les diesen sus tesoros; é teniéndoles con continuas fatigas, supo como el capitán Cristóbal de Olit se le había alzado en puerto de Caballos é Honduras, la cual provincia los Indios llaman Guaimuras, é determinó de ir á buscar é castigar el dicho Cristóbal de Olit, é partió de México por tierra con mucha gente de Españoles é de los naturales de la tierra; é llevóse consigo aquellos tres principales ya dichos; y después los ahorcó en el camino; é ansí enviudó doña Isabel, é después ella se casó de la manera que he dicho con Pedro Gallego, é después conmigo.

Alcayde— P\its por cierta información que se envió al Emperador Nuestro Señor, dice Hernando Cortés, que habia sucedido Guatimuci en el señorío de México tras Motezuma; porque en los puentes murió el hijo é heredero de Motezuma; é que otros dos hijos, que quedaron vivos, el uno era loco ó mentecapto, é el otro paralítico, é ináviles por sus enfermedades. E yo le he escripto así en el capítulo 16, pensando aquello sería así.

Cano--Put% escriba Vm lo que mandare, y el Marques Hernando Cortés lo que quisiere, que yo digo en Dios y en mi conciencia la verdad y esto es muy notorio.

Alcayde. Señor Thoan Cano, dígame ¿de qué procedió el alzamiento de México, en tanto que Hernando Cortés salió de aquella cibdad é fué á buscar á Pámphilo de Narvaez, é deió preso á Moniezuma en poder de Pedro de Alvarado.-* Porque he oído sobre esto muchas cosas, é muy diferentes las unas de las otras; é yo querría escribir verdad, así Dios salve mi ánima.

Cano. Señor Alcayde, eso que preguntáis es un paso en que pocos de los que hay en la tierra sabrán dar ra zón, aunque ello fué muy notorio é muy manifiesta la sin razón que á los Indios se les hizo, y de allí tomaron tanto odio con los Christianos que no fiaron más dellos, y se siguieron quantos males ovo después, é la rebelión de México, y pienso de esta manera: Esos Mexicanos tenían entre otras sus idolatrías ciertas fiestas de¡ año en que se juntaban á sus ritos é ceremonias, y llegado el tiempo de una de aquellas, estaba Alvarado en guarda de Montezuma, é Cortés era ido donde habéis dicho é muchos Indios principales juntáronse é pidieron licencia al Capitán Alvarado, para ir á celebrar sus fiestas en los patios de sus mesquitas é quales maiores junto al aposento de los españoles, porque no pensasen que aquel aiutamiento se hacía otro fin; E el dichón capitán les dio la licencia. E así los Indios, todos Señores, más de seiscientos, desnudos é muchas joyas de oro, é hermo sos penachos é muchas piedras preciosas, é como más aderezados é gentiles hombres se pudieron é supieron aderezar, é sin arma alguna defensiva ni ofensiva, baila han y cantaban é hacían aréito é fiesta segund su costumbre; é al mejor tiempo que ellos estaban embebecidos en su rejocijo, movido de cocdicia el Alvaradp hizo poner en cinco puertas del patio quince hombres en cada una, é en él entró con la gente restante de los Españoles, é comenzaron á acuchillar e matar los Indios sin perdonar á uno ni á ninguno, hasta que á todos los acabaron en poco espacio de hora. Y fsta fué la causa porque los de México viendo muertos é robados aquellos sobreseguro, é sin haber merecido que tal crueldad en ellos hobiese fr-cho, se abrazaron é hicieron la guerra al

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dicho Alvarado, é é los christíanos que con él estaban en guarda de Montezuma, é con mucha razón que tenían para ello.

Alcayde. ¿Montezuma como murió? porque diversamente lo he entendido, y ansi lo he escripto diferentemente.

Cano. Montezuma murió de una pedrada que los de fuera tiraron, lo cual no se hiciera, si delante de él no se pusiera un rodelero, porque como le vieran ninguno tirara; y ansi, por le cubrir con la rodela, é no creer que allí estaba Montezuma, le dieron una pedrada de que murió. Pero quiero que sepáis. Señor Alcayde, que desde la primera revelión de los Indios hasta que el Márquez volvió á la cibdan después de preso Narvaez, nos abstante la pelea ordinaria que con los christianos tenían, siempre Montezuma les hacía dar de comer; é después que el Márquez tornó se le hizo gran recibimiento é le dieran á todos los Españoles mucha comida.

Mas habéis de saber, quel capitán Alvarado, como le acusaba la conciencia é no arrepentido de su culpa, mas queriendo dar color, é por aplacar el ánimo de Montezu ma, dijo á Hernando Cortés, que fingiese que le quería prender ó castigar, porque Motezuma le rogase por él, é que se fuesen muertos por muertos, lo qual Hernando Cortés no quiso hacer, antes muy enojado dixo, que eran unos perros, é que no había necesidad de aquel cumplimiento; é envió á un principal á que hiciesen el Franquez ó Mercado; el cual principal enojado de ver la ira de Cortés, y la poco estimación que hacía de los indios vivos, y lo poco que se le daba de los muertos, desdeñado el principal é determinado en la venganza fué el primero que renovó h guerra contra los españoles dentro de una hora.

Alcayde. Siempre he oído decir que es buena la templanza, é sancta la piedad é abominable la soberbia.

Dicen que fué grandísimo el tesoro que Hernando Cortés repartió entre sus milites todos, quando del término de dejar la ciubJad é irse fuera della por consejo de un Botello, que se preciaba de pronosticar lo que estaba por venir.

Cano. Bien sé quien era ese, y en verdad que él fué de parecer que Cortés y los Christianos saliesen; y al mismo tiempo del efectuarlo no lo hizo saber á todos, ante no lo supieron, sino los que con él se hallaron á esa plática; é los demás que estaban en sus aposentos é cuarteles se quedaron, que eran doscientos setenta hombres; los quales se defendieron ciertos días, hasta que de hambre se dieron á los Indios é guardáronles la palabra de la manera que Alvarado la guardó á los que es dicho; é así los 270 Christianos é los que dellos no habían sido muertos peleando, todos, quando se rindieron, fueron cruelmente sacrificados; pero habéis. Señor, de saber, que desa liberalidad que Hernando Cortés usó, como decís, entre sus milites, los que mas parte alcanzaron de ella, é mas se cargaron de oro y joyas, mas presto los mataron; porque por salvar el albarda murió el asno que mas pesado la tomó; é los que ñola quisieron sino sus espaldas y armas, pasaron con menos ocupación, haciéndose el camino con la espalda.

Alcayde. Grand lástima fué perderse tanto Thesoro y 154 españoles, 45 yeguas é mas de 2000 Indios é entre ellos el hijo é hijas de Montezuma, é á todos los otros Señores que trahían presos, lo así lo tengo escripto en el capítulo 14 de esta Historia.

Cano. Señor Alcayde, en verdad que quien tal os dixo, ó no lo vido ni supo ó quiso callar la verdad. Yo certifico que fueron los Españoles muertos en eso, con los que como dixe de suso que quedaron en la ciubdad y en los que se perdieron en el camino siguiendo á Cortés, y continuándose nuestra fuga más de 1170; é así pareció por alarde, é de los Indios nuestros amigos de Tascalte ele, que decis 2000 sin dubda fueron más de 8000.

Alcayde. Maravillóme como después que Cortes se acogió é los que escaparon á la tierra de Tascaltecle, como no acabaron á él é los Christianos, dexando allá muertos á los amigos; y aún así d'z que no les dabín de

comer sino por rescate los de Guaulip que es ya término de Tascaltecle, é el rescate no lo querían sino era oro.

Cano. Tenedlo, Señor, por falso todo eso; porque en casa de sus Padres no pudieron hallar más buen acogimiento los christianos, é todo quanto quisieron, é aún sin pedirlo, se les dio gracioso é de mui buena voluntad.

Alcayde. Para mucho ha sido el Marqués é digno de cuanto tiene, é de mucho más. E tengo lástima de ver liciado un cavallero tan valeroso é manco de dos dedos de la mano izquierda, como lo escribí é saqué de su relación, é puse en el capítulo 15. Pero las cosas de la guerra ansí son é los honores é la palma de la victoria no se adquieren durmiendo.

Cano. Sin dubda, señor Cortés ha ^ido venturoso é sagaz capitán, é los principales suelen hacer mercedes á quien los sirve, y es bien las hagan á todos los que en su servicio real trabajan; pero algunos he visto yo que trabajan é sirven é nunca medran, é otros que no hacen tanto como aquellos sor* gratificados é aprovechados; pero ansi fuesen todos remunerados como el Marqués lo ha sido en los dos de sus dedos de lo que habéis lástima. Tubo Dios poco que hacer en sanarle; y salid, señor, de ese cuidado, que así como lo sacó de Castilla, cuando pasó la primera vez á estas partes, así se los tiene agora en España; porque nunca fué manco de ellos, ni !e faltan; y ansí ni hubo menester cirujano ni milagro para guarecer de ese trabajo.

Alcayde. Señor Thoan Cano, ¿es verdad aquella crueldad que dicen que el Marqués usó en Cholula. que es una ciubda por donde pasó la primera vez que fué á México.?

Cano. Muy grand verdad es; pero eso yo no lo vi; porque aún no era yo ido á la tierra; pero súpelo después de muchos que los vieron é se hallaron en esa cruel hazaña.

Alcayde. ¿Como oísteis decir que pasó.''

Cano. Lo que oí por cosa muy notoria es que en aquella ciubdad pidió Hernando Cortés 5000 Indios para que llevasen el fardaje, é se les dieron, é los hizo todos poner á cuchillo, sin que escapase ninguno.

Alcayde. Razón tiene el Emperador Nuestro Señor de mandar quitar los Indios á todos los Christianos.

Cano. Hágase lo que S. M. mandare y fuese servido, que eso es lo que es mejor; pero no quería que padeciesen justos por pecadores: ¿quien hace crueldades cagúelas, mas el que no comete delicto, porqué le han de castiganf* Esto es materia para mas espacio; y yo me tengo de envarcar esta noche, é es ya cuasi hora del Ave María. Mirad, señor Alcayde, si hay en México en que pueda yo emplearme en vuestro servicio, que yo lo haré con eterna voluntad y obra. I en lo que toca á la libertad de los Indios, sin dubda á unos se les había de rogar con ellos á los que los tuviesen y gobernasen, é los industrasen en las cosas de nuestra sancta fee Católica, é á otros se debían quitar. Pero pues aquí está el Obispo de Chiapa, Fr. Bartolomé de las Casas, que ha sido el movedor é inventor destas mudanzas, é va cargado de frailes mancebos de su orden; con él podéis, señor Alcayde, desenvolver esta materia de indios. El yo no me quiero mas entrometer y hablar en ella, aunque sabría decir mi parte.

Alcayde. Sin dubda, señor Thoan Cano, Vm. habla como prudente y estas cosas deben ser así ordenadas por Dios, y es de pensar, que este reverendo Obispo de la Ciubdad Real en la provincia de Chiapa, como celoso del seavicio de Dios é S. M. se ha movido á estas peregrinaciones en que anda, y plega á Dios que él y sus frailes acierten á servirles; pero él no está bien conmigo, como pensáis, antes se ha quexado de mí por lo que escrebí cerca de aquellos labradores ó nuevos caba lleros, qu¿ quiso hacer, y con sendas cruces, que querían parecer á las de Calatrava, siendo labradores é de otras mezclas é género de gente baja, quando fué á Cubague é á Cumaná, é le dijo al Señor Obispo de San

Joan, don Rodrigo de Bastidas, para que me lo dixese; y ansí me lo dixo: y lo que yo respondí á su quexa nu lo hice por satisfacer al Obispo de San Joan, é su sancta intención; fué que le supliqué que le dixese, que en verdad yo no lube cuenta ni respecto quando aquello escribí, á le hacer pesar ni placer, sino decir lo que pasó; y que viese un Libro, que es la primera parte destas Historias de Indias, que se imprimió el año de i5?S, y allí estaba lo que escribí; é que holgaba, porque estamos en parte que lodo lo que dixe y lo que dexé de decir, se provaría fácilmente; y que supiese que aquel Libro estaba ya en lengua Toscana y Francesa é Alemana é Latina é Griega é Turca é Ar.iviga, aunque yo la escribí en Castellana; y que pues él continuaba nuevas empresas y yo no había de cesar de escribir las materias de Indias, en tanto S. S. M. M. desto fuesen servidos, que yo tengo esperanza en Dios que la dexará mejor acertar en lo porvenir que en lo pasado, y ansí adelante le parecería mejor mi pluma.

i como el señor Obispo de San Joan están noble é la consta la verdad, y quan sin pasión yo escribo, el Obispo de Chiapa quedó satisfecho, aunque yo ando por satis facer á su palabra ni otro; sino cumplir con lo que debo, hablando con vos, señor, lo cierto, por tanto quanto á la carga de los muchos frailes me parece en verdad que estas tierras manan ó que llueven frailes, pero pues son sin canas todos y de ^o años abajo, plega á Dios que todos acierten á servirle. Ya los vi entrar en esta ciubdad en dos hasta 30 dellos, con sendos bordones, é sayas é escapularios é sin capas é el Obispo detras de. los. K no parecía una devota farsa, é agora la comienzan no sabemos en que parará; el tiempo lo dirá, y euo haga nuestro señor al propósito de su sancto ser vicio. Pero pues van hacia aquellos nuevos volcanes, decidme, señor, ¿qué cosa son, si los habéis visto, y qué cosa estotro que tenéis allá en la Nueva España, que se dice Guaxocingo.''

Cano. El volcán de Chalco ó Guaxocingo todo es una cosa é alumbraba de noche ^ á 4 leguas ó mas, é de día salía humo é á veces llamas de fuego, lo qual está en un escollo de la sierra nevada, en la cual nunca falta perpetua nieve, é está á 9 leguas de México; pero este fuego ó humo que he dicho duró 7 años, poco mas ó menos, después que Hernando Cortés pasó á aquellas partes, é ya no sale fuego alguno de allí; pero ha quedado mucho azufre é mui bueno, que se ha sacado para hacer pólvora, é hay quanto quisieron sacar dello; pero en Cuaterna la hay volcanes é montes fogosos, é echan piedras muy grandísimas fuera de sí quemadas é lanzan aquellas bocas mucho humo, é es cosa de muy horrible aspecto, en especial como le vieron quando murió la pecadora de doña Beatriz de la Cueva, Mujer del Adelantado don Pedro de Alvarado. Plega á Nuestro Señor de quedar con Vm. señor Alcayde, é dadme licencia que atienda la Barca, para irme á la Nao.

Alcayde. Señor Thoan Cano, el Espíritu Sancto vaya con Vm. y os de tan próspero viaje é navegación que en pocos días y en salvamento lleguéis á vuestra casa y halléis á la señora doña Isabel y los hijos é hijas con la salud que Vm. y ellos os deseáis.»

Por el anterior diálogo, parece que el socarrón Oviedo se lo estaba fumando, — como se dice ahora vulgarmente por estas tierras, al pedante de don Tnoan Cano.

Pero lo que sí se revela claramente es que el tal don Thoan Cano fué uno de los detractores del gran Cortés, no podiendo disimular su envidia ¿Como se le pudo ocurrir que á un hombre tan previsor y político como Cortés, pidiera en Cholula tres mil tamanes, para tener solo el trabajo de pasarlos á cuchillo.'' ¡l^ué! ¿No oyó también decir don Thoan que se tramaba allí una sorpresa para exterminarlo.'' ;Y por qué no se lo dijo á Oviedo.^

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No es estraño que así se hubiese espresado el vanido' so y fanfarrón hidalgo, cuando se casó con una viuda, — sclo porque fué hija de Motezuma ó tuviese aiguoas tierras, si las tenía,— con una viuda de varios maridos legítimos y sabe Dios de cuantos clandestinos!

227 — Dice Solis que era cada mantelete tirado por cuarenta indios y hasta podrían admitir dentro falconetes. ¡

228— Guapo salto para un jinete y un caballo cubiertos de pesado acero; pero el hecho, no solo lo cuenta Cortés en su relación al Emperador, sino que confirmándolo Oviedo, dice: «1 según lo que he entendiJo de algunos de los que presentes se hallaron, demás de la resistencia de aquellos, había de la una parte i la otra casi un estado de saltar con el caballo sin la faltar pedradas de diversas partes, á manos, é por ir él y su caballo bien armados no les hirieron; pero no dejó de quedar atormentado de los golpes que le dieron.»

Y agrega Oviedo: t Afirman que se vido al Apóstol Santiago á ciballo, peleando sobre un caballo blanco, en favor de los cristianos; é decían los indios que el caballo con los pies é manos é con la boca mataba muchos de ellos' de forma que en poco discurso de tiempo, no pareció indios é reposaron los cristianos lo restante de aquel día. Ya sé que los incrédulos ó poco devotos dirán que mi ocupación en esto destos milagros, pues no los vi, es superflua ó perder tiempo novelando, é yo respondo que esto á mas se puede creer; pues que los gentiles é sin fee é idólatras escriben que obo grandes misterios é milagros en sus tiempos; é aquellos sabemos que eran causados é fechos por el Diablo, pues mas fácil cosa es i Dios é la inmaculada Virgen Nuestra Señora, é al glorioso Apóstol Santiago, é los santos é amigos de Jesucristo hacer esos milagros que de suso están dichos é otros mayores.»

229— iEl astrólogo predijo i Cortés se vería reducido al último estremo de miseria y que después tendría grandes honores y fortuna.» Bernal Diaz.

«Pues al astrólogo Botello no le aprovechó su astrología, que también allí murió.» Bernal Diaz. Y por eso dice Prescott: «El éxito probó que el astrólogo acertó con su horóscopo, aunque no con el de sus compañeros.»

330— «Acaso las predicciones de Botello tendrían alguna parte en las determinaciones de Cortés, porque la superstición era el rasgo predominante de aquella época, y el general, como ya lo hemos dicho, tenía su buena dosis de superstición; por otra parte, en los momentos aciagos, se ven los hombres dispuestos á creer en lo maravilloso. Pero lo mas probable es, que siendo la opi nión del astrólogo, acorde con su propio dictamen, se haya valido de los consejos de aquel para dominar á sus soldados é inspirarles mayor confianza. Sea de esto lo que fuese, es el caso que determinó abandonar esa noche la ciudad.» Prescott. í - - ' / •

231— «Bernal Diaz, — según Oviedo, — se contentó con cuatro chalchivitles, la gran piedra verde tan esti.Tiada de los indios, los cuales escogió de los cofres de Cortés, antes que el mayordomo del rey tuviese tiempo para guardarlos; precaución Iprudente, pues le sirvió para comprar víveres y medicinas en las grandes escaseces que padecieron después.» 1

232 — Dice Prescott lo siguiente: «El lugar donde iba el tesoro se ignora á punto fijo: aunque se sabe de cierto cuál fué la suerte que corrió. El general no estuvo exento de que se le acusara de negligencia y aún con

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más sinrazón t odavía de peculado. La noticia que yo doy en el texto está tomada sustancialmente de las declaraciones juradas que dieron los principales actores de aquel drama y que constan en la Probanza á que tantas veces me he referido. > Hizo sacar el oro é joyas desús Altezas é la dio é entregó á los otros oficiales, Alcaldes y Regidores, é les dijo á la sazón que así se lo entregó, que todos viesen el mejor modo é manera que había para lo poder salvar; que él allí estaba para por su parte hacer lo que tuera posible é poner su persona i cualquier trance é riesgo que sobre lo salvar viniese... el cual le dio para ello una muy buena yegua é cuatro ó cinco españoles de mucha confianza, á quien se encargó la dicha yegua cargada con el oro.»

233 — Hay algunas dificultades para determinar exacta mente la fecha de la salida, como sucede con casi toaos los sucesos de la conquista, á causa de que la cronología pareció cosa superflua á los antiguos cronistas. Gomara y otros dicen que fué el lo de Julio; pero esto es abiertamente contrario á lo que dice Cortés, quien asegura que el ejército llegó á Tlascala el 8 (no el lo de Julio, como equivocadamente copió Clavijero. ) i del exacto itinerario del general resulta, que abandonaron la capital en la noche del último de Junio, ó por mejor de cir, en la madrugada del i° de Julio. El añade que esto fué la noche siguiente á la acción que tuvieron en los puentes de la ciudad.

234—1 así mismo se mostró muy valerosa en este apriero y conflicto María de Estrada, la cual con una espada y una rodela en las manos hizo hechos maravillosos, y se entraba por los enemigos con tanto coraje y ánimo, como si fuere uno de los mas valientes hombres

del mundo, olvidada que era mujer Casó esta señora

con Pedro Sánchez Farfán, y diéronle en encomienda el pueblo de Tétela. > Torquemada.

235 — «Pues la grita y lloros y lástimas que decían demandando socorro: ayudadme que me ahogo; otros: socorredme que me matan; otros demandando ayuda á Nuestra Señora Sania María y á Señor Santiago.» Bernal Diaz.

236— «fi los que habían ido con Narvaez arrojáronse en la sala é cargáronse de aquel oro y plata cuanto pu dieron; pero los menos lo gozaron, porque la carga no les dejeba pelear é los indios los tomaban vivos cargados, é á otros los llevaban arrastrando é y otros mataban allí. E así no se salvaron sino los desocupados é que iban en la delantera.» Oviedo.

«Pues de los de Narvaez, todos los mas en los puentes quedaron cargados de oro.» Bernal Diaz.

«Sonaban estas voces lastimosas á la parte de la ciudad, donde no era posible acudir, porque los enemigos que andaban en la laguna, cuidaron de romper el puente levadizo antes que acabase de pasar la retaguardia, donde fué mayor el fracaso de los españoles, porque cerró con ellos el principal grupo de los mejicanos, obligándolos á que se retirasen á la calzada y haciendo pedazos á los menos diligentes, que por la mayor parte fueron de los que faltaron á su obligación y rehusaron entrar en batalla por guardar el oro que sacaron del cuartel. Murieron estos ignominiosamente, abrazados con el peso miserable que les hizo cobardes en la ocasión, y tardos en la fuga. Destruyeron su opinión y dañaron injustamente el crédito de la facción, porque se pusieron en el cómputo de los muertos, como si hubieran vendido á mejor precio la vida; y de buena razón no se habían de contar los cobardes en el número de los vencidos.»

237— «Murió también Juan Velazquez de León, que se retiraba en lo ultimo de la retaguardia, y cedió á la

miichedumbre, durante en valor hasta el último aliento: pérdida que fué de general sentimiento, porque le respetaban todos como á la segunda persona del ejército. Era capitán de grande utilidad, no ^enos para el consejo que para las ejecuciones; de austera condición y continuas veras; pero sin desagrado ni proligidad; apasionado siempre de lo mejor y de ánimo tan ingenuo, que se apartó de su pariente Diego Velazquez, porque le vio descaminado en sus dictámenes y siguió á Cortés, porque iba en su bando la razón. Murió con opinión de hombre necesario en aquella conquista y dejó su muerte igual ejercicio á la memoria que al deseo.» Solis.

«Unos de ellos fué Francisco de Moria, que cayó al lado de Cortés, viniendo con él en socorro de los que hablan quedado atrás. Pero la mayor pérdida fué la de Juan Velazquez de León, que en unión de Alvarado, mandaba la retaguardia, el puesto de mayor peligro, donde murió defendiéndolo valientemente, muy al principio de la retirada. Era excelente oficial, dotado de muchas prendas caballerosas, aunque algo altanero, por ser uno de los hidalgos mejores relacionados del ejército. Su cercano parentesco con el gobernador de Cuba le hizo ver al principio con tibieza las empresas de Cortés; pero luego que se convenció que este tenía la razón, fuese por preferencia personal, se identificó íntimamente con los intereses de su caudillo. El general correspondió á esta confianza, encargándole un mando independiente y de importancia tal, que una torpeza y hasta un error habría sido fatal, para la expedición. Mas Velazquez se mostró digno de aquella confianza, y no había en el ejército hidalgo alguno, con excepción tal vez de Sandoval y Alvarado, cuya pérdida hubiese sido más profundamente deplorada por el comandante.» Prescott.

238 — «Luego encontraron con Pedro de Alvarado, bien herido, con una lanza en la mano á pié, que la yegua alazana ya se la habían muerto.» Bernal Díaz.

«Se llama ahora la puente del Salto de Alvarado, y platicábamos muchos soldados sobre ello y no hallábamos razón ni soltura de un hombre que tal saltare.» Bernal Díaz.

«Fué tan extremado de grande el salto que á muchos hombres que han visto aquello, he oído decir que parece cosa imposible haberlo podido saltar ningún hombre humano. En fin, él saltó é ganó en ello la vida é perdiéronla muchos que atrás quedaban.» Oviedo.

«Y los enemigos, vista tan grande hazaña, quedaron maravillados, y al instante que esto vieron se arrojaron por el suelo postrados por tierra en señal de hecho tan heroico, espantable y raro, que ellos no hablan visto hacer á ningún Kombre, y ar.si adoraron al sol comiendo puñados de tierra, arrancando yerbas del campo, diciendo á grandes voces: verdaderamente que este es — hijo del sol.- » Camargo.

«Pero el reflujo de los indios obligó á Cortés y á sus compañeros á echarse al agua, aunque no todos escaparon. Alvarado se detuvo un momento á la orilla del lago, sin saber que hacerse. Desmontado, como estaba, ninguna esperanza de salvación le ofrecía el arrojarse al agua, habiendo una multitud de canoas enemigas, que cercaban la cortadura: para resolverse solo quedaba un instante; pero era hombre de formas vigorosas, y por otra parte, la desesperación le dio fuerzas sobrehumanas: clavó de firme su lanza en les objetos que asomaban sobre las aguas, se echó hacia adelante con todo el impulso posible, y de un salto salvó el foso. Ljs aztecas y tlascaltecas que le miraban asombrados y estupefactos, exclamaron al ver aquel salto incomprensible: De veras, este es Tonatiuch, — el hijo del sol.— No se sabe cual era el ancho de la zanja; pero era tan considerable, que el capitán Diaz que la vio, afirma que salto igual no lo puede dar ningún hombre. Sin embargo, hay contemporáneos de la conquista

:v.)o

que no creen en la anécdota. Pero en lo que no cabe duda es, que en aquel tiempo era creencia popular y en que aún en nuestros días es sabida de todos los habitantes de la capital: el nombre de Saito de Alvamdo que tiene el lugar donde se dio, recuerda una de esas hazañas dignas de competir con las de los semi-dioses de la fábula griega.» Prescoti.

230 — «Fué Dios servido de que los mexicanos se ocu pasen en recoger los despojos de los muertos y las riquezas de oro y piedra, que llevaba el badajo, y de sacar muertos de aquella acequia y á los caballos y otras bestias. Y poi esto no siguieron el alcance y los españoles pudieron ir poco á poco por su camino sin tener mucha molestia del enemigo.» Sahagun.

lMO — «En cuanto á la pérdida que tuvieron los españoles en aquella fatal noche, como en cuanto á los demís acaecimientos de la conquista, hay gran discrepancia de pareceres. Si hemos de creer lo que dice (.ortés en su carta, la pérdida subió á ciento cincuenta españoles y dos mil indios; pero los boletines del general, aunque muy exactos en lo tocante d las dificultades que encontró y á los resuUados en general no son muy exactos en cuanto á los recursos con que contaba ni á las perdidas que sufría. Thoan Cano, uno de los hidalgos que se halliron presentes, calcula que los muertos fueron 1.170 españo les y 8.000 llascaltecas; pero este número es mayor que el del ejército entero. Acaso nos apartaríamos menos de la verdad, si adoptásemos l£ autoridad de (jomara, capellán de Cortés, y que no solo pudo consultar los papeles del general, sino otros igualmente auténticos. Según él, el número de los cristianos muertos fué de 450 y el de ¡os aliados 4.000. Esta pérdida, juntamente con las sufridas la semana anterior, habrá reducido á los primeros á mas de la tercera parte; y á los segundos á la cuarta ó acaso á la quinta de lo que eran cuando entraron en la capital. La peor parte de la refriega la llevó la retaguardia, de la cual pocos escaparon. Formábanla principalmente los soldados de Narvaez, que hasta cierto punto fueron las víctimas de su codicia. Quedaron fuera de combate 26 jinetes, que juntos con los muertos anteriores redujieron la caballería á 25 hombres, muchos de ellos en la mas triste situación. La mayor parte del tesoro, los bagajes y los papeles del general, entre los cuales venía un diario de lo acaecido desde !a salida de Cuba, cuyos papeles habrían sido para la posteridad á lo menos de mayor valor que el oro: todo esto quedó sepultado bajo las aguas. (Parece que se salvó parte del oro confiado á los tlascaltecas.) Las municiones y las hermosas baterías con que habían entrado en la capital, se perdieron. No había quedado ni un solo mosquete, pues los soldados los habían arrojado, deseando descargarse de todo cuanto pudiera retardar su fuga. En suma, para asegurar la snperioridad del europeo sobre el bárbaro, nada les había quedado de su aparato militar, fuera de sus espadas, su estropeada caballería y sus descompuestas ballestas.

La tabla siguiente dará al lector alguna idea de la discrepancia, que sobre esto hay en los diversos escritores, entre los cuales hay unos que fueron testigos de vista, y otros que habiendo tratado con los actores de aquellas escenas, son casi de igual peso.

Cortés, en Lorenzana.. 150 españoles 2000 indios Cano, según Oviedo . . 1.170 » 8.000 »

Proban'.a ... 200 » 2.000 »

Oviedo... 150 » 2.000 »

Camargo . 450 » 4.000 »

(jomara ... 450 » 4.000 »

Ixililxóchitl 450 » 4.000 »

Sahagun joo » 2.000 »

Herrera.. 150 » 4.000 »

Bcrnal Díaz no se toma el trabajo de ser concordante

consigo mismo; pues después de decir que la retaguardia que reportó la mayor pérdida constaba de 120 hombres, agrega en el mismo párrafo que de estos murieron 150 V á las pocas líneas dice 200.» Prescoit.

Respecto al envidioso Cano, diremos con el refrán; — más pronto se coje á un embustero queá un co)o;— ¿cómo pudo dejar Cortés, 270 hombres abandonados en su cuartel, cuando el número de muertos que dá el ejército en su retirada el mismo Cano, eí mayor que ti del ejército entero^ como dice Prescoit, sorprendido de la misma contradicción de Cano.''

¿■(^ómo puede suponerse de Cortés, que tanto economizaba á sus soldados, sabiendo lo que allí valía cada uno de ellos, que dejase doscientos setenta hombres abandonados, al salir de Méjico, y que ellos estúpidamente se conformasen á ello para ser llevados á perecer en el maguahuitl ó piedra de los sacrificios.''

Hay calumnias tan absurdas, que pierden y reducen al estado de un miserable á quien las prefiere. Ningún autor se ha hecho eco de tan imbécil mentira. Concluiremos manifestando !o que también sobre este respecto dice Prescott: «("ono comprende en su regulación á aquellos, que aunque pocos comparativamente, perecieron en la subsecuente de la marcha. Este mismo afirma que 270 hombres de la guarnición se quedaron, ignorando la partida de sus compañeros, ó mejor, que fueron pérfidamente dejados allí y que aunque se riniieron con todas las garantías de la guerra, fueron sacrificados por los aztecas. La inveroximilidad desemejante cuento, en el cual se supone que un ejército con todos sus trenes y bagajes podía evacuar una fortaleza, sin que lo sintiesen tantas gentes, y que se las abandonase en las circunstancias e^i que mas se necesitaba de la cooperación hasta del último hombre; la inverosimilidad de tal cuento, repito, es muy obvia para que detenga á refutarlo.» Herrera dice otra cosa mas probable y es: «que Cortés dio orden muy especial al capitán Ojeda de que cuidase no con la precipitación de la salida, fuese á quedarse en la fortaleza alguno que estuviese durmiendo ó herido.»

241 — Dice Prescott: «A lo que entiendo, el último ejemplo que se conoce de la interposición de esta Imá- )en en favor de ¡a metrópoli, es del año de 1853, en que fué llevada á Méjico para que lo libertase del Cólera Morbo. Pero la imájen no quiso pasar la noche en la ciudad y se volvió á su santuario, donde la encontraron al día siguiente, toda salpicada de lodo, que probaba que había andado algunas leguas por entre el cieno» (Latrobe, Viaje á Méjico).

A lo que agrega el traductor la nota siguiente: Áca so sería justa la manera invectiva que antecede, si esa creencia fuera popular; pero tan absurda historieta no ha existido más que en la mente de M. Latrobe. Nadie la ha creído ni la ha podido creer, pues por muy atrasa dos que estemos en civilización, no lo estamos tanto que pudiese tener acojida, ni aún en el vulgo, una patraña seme jante. Hemos creído no deber dejarla sin refutación por redundar en mengua de la ilustración de nuestra patria.

242 — Tierra de pan, significa Tlascala en lengua azteca, por la abundancia de maiz que de allí se producía.

243— «Las dos pirámides principales estaban dedicadas la una á Tonatiuh, el sol, y la otra á Meztli, la luna. La primera, que es considerablemente mayor que ia otra, se ha encontrado tener 682 pies de lado en su base y 180 pies de altura; dimensiones no inferiores á las de algunos de los monumentos famosos de esta misma clase, que hay en Egipto. (La pirámide de Myserinos tiene solo 280 pies de base y 120 de altura. La gran pirámide de Cheops tiene 728 de base y 448 de altura). Eslaba dividida en cuatro tramos, de los que hoy todavía

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se ven tres, pues las gradas que separaban al Uno del otro han sido destruidas por el tiempo. Mas este las ha maltratado de tal suerte y hasta tal punto ha acabado con los materiales la maléfica vejetación, que con manto de rosas encubre los estragos; que apenas se puede distinguir á primera vista la forma piramidal del monumento. (fPara descubrir que son pirámides, dice Tudor: se necesita estar colocado en cierta situación y tener una poca de fé». Con todo, M. Bullock dice: la figura de la base es tan perfecta como la de la gran pirámide de PJgipto». Ambos son de vista, á quién de los dos se debe creer? El historiador no debe cansarse de repetir aquellas palabras de una antigua copla francesa: «Si cou"- je r ai trouvé escrite, Vos conterai la veritét).

Se asemejan tanto las enormes masas i las montañas del Norte América, que algunos han creído que aquellas no son más que eminencias naturales, perfeccionadas por la mano del hombre y adornadas con terrados y grandas, cuyas ruinas aún cubren su falda. Pero otros, no en' contrando ejemplo de eminencias semejantes, en las anchurosas llanuras en que descansan las pirámides, infieren con mucha más probabilidad, que todas ellas son construidas artificialmente. (Tal es la opinión de Humboldt).

Su interior es de cal y quijarros, y la cara extenor una capa de esa piedra tetzontli, de que hay gran abundancia en las canteras inmediatas. Sobre todo esto hay una costra de estuco, de color rojizo, como el que cu bre las ruinas de Palenque. Según una tradición están huecas; pero hasta hoy han sido infructuosas todas las tentativas hechas para descubrir la cavidad de la dedicada al sol. En la otra, se ha encontrado un agujero en la cara meridional á los dos tercios de su altura. Dicho agujero forma una galería estrecha que penetra hasta la distancia de algunas varas y que termina en dos socavones. El más ancho tenía 1 5 pies de profundidad, y sus paredes están cubiertas de ladrillos crudos; pero no se puede conocer á qué objeto estaba destinado; acaso seria á encerrar las cenizas de algún magnate poderoso, como sucedía con el solitario nicho que se encontró en la gran pirámide de Egipto. En lo que no cabe duda es, que estos monumentos estaban dedicados á usos religiosos; y sería muy conforme á Jas costumbres del antiguo continente occidental, que sirviese á la vez de tumbas y de templos.

En la cumbre de la más pequeña de las pirámides se ven señales de este último; pues hay ruinas de un edificio sólido y espacioso de piedra; pero no los hay en la cumbre del templo mayor. Sin embargo, el viajero que quiera tomarse el trabajo de subir á su escarpada cima, quedará indemnizado de su trabajo con la magnífica perspectiva que desde allí se goza. Hacia el Sud Este se ve la tierra de Tlascallan, rodeado de sus verdes y dorados campos de trigo, en medio de los cuales se levanta un pueblecillo, en otro tiempo capital de la república tlascalteca. Un poco más allá, al Sur, recorre la vista las hermosas llanuras que rodean á la ciudad de Pueblo de los Angeles, fundada por los españoles y que en el esplendor de sus templos es digna de rivalizar con las famosas capitales de Europa. Allá en el lejano occidente se divisa el valle de Méjico, que se extiende como un mapa, con sus lagos ya disminuidos y su regia capital que se ha levantado aún más gloriosa de sus antiguas ruinas, y que está ceñida por una cintura de umbríos collados, cubiertos de cipreses.

La cumbre del templo más grande dicen que estaba coronada por un templo en el cual había una colosal imagen de la deidad patrona, el sol, hecha de piedra y de una sola pieza, y que miraba hacia el Oriente. Su pecho estaba cubierto de una lámina bruñida de oro y plata, en la cual se reflejaban los primeros rayos del sol levante. (Tal es la noticia que da el caballero Boturini.)

Un anticuario del siglo pasado dice haber visto fragmen - tos de la estatua que aún existía entera cuando entraron los españoles al país, pero que fué demolida por el infatigable obispo Zumárraga, cuya mano destructora fué más fatal que la del tiempo mismo, para los monumentos aztecas.

Al rededor de las grandes pirámides había otras muchas pequeñas, que rara vez llegaban á la altura de 50 pies, y que según cuentan, estaban dedicadas á las estrellas y servían de sepulcro á ¡os grandes de la nación. La llanura en que se levantaban se llamaba Micoatl ó paso de los muertos. El labrador, cuando remueve la tierra con el arado, todavía encuentra haces de saetas y láminas de obsidiana que demuestran la índole belicosa de la pobla ción primitiva.» Prescott.

244 — «Pues é nosotros no nos dolían las heridas é ni teníamos hambre ni sed, sino que parecía que no ha bíamos habido ni pasado ningún trabajo. Seguimos la victoria hiriendo y matando. Pues nuestros amigos los de Tlascálian estaban hechos unos leones y con sus espadas y montantes y otras armas, que allí apañaron, hacíanlo muy bien y esforzadamente.» Berna! Díaz.

24.5— «El emperador Carlos V permitió á este valiente hidalgo que usase este trofeo en su escudo de armas, en conmemoración de aquella hazaña.» Bernal Díaz.

Todos los historiadores están contestes en alabar esta gloriosa proeza de Cortés, de quien dice Gomara: «que con solo su brazo salvó de la ruina el ejército entero.»

La breve y modesta noticia que el general da de la batalla al emperador, forma un bello contraste con el estilo jactancioso de otros: «Econ este trabajo fuimos mucha parte del día, hasta que quiso Dios que murió una persona de ellos, que debía ser tan p.nncipal, que con su muerte cesó toda aquella guerra.» Prescott.

«En pocos momentos se encontraron en presencia del general indio. Derribó Cortés á los que le llevaban en hombros, acometió con la furia de un león, le atravesó con su lanza y le dejó tendido en su suelo. Un joven hidalgo, nombrado Juan Salamanca, que había permanecido ai lado de Cortés, desmontó á toda prisa y acabó de despachar al indio moribundo: le quitó la bandera y la llevó á su general, que es á quien pertenecía aquel trofeo. Todo esto fué obra de un momento. La guardia del jefe indio, sobrecojida de terror por lo subdito del ataque, hizo poca resistencia, echó á huir y comunicó su pánico á todo el resto del ejército.» Prescott.

Retiráronse los indios, temiendo como solían el choque de los caballos; y antes que se cibrasen al segundo movimiento, se arrojaron á la multitud confusa y desordenada, con tanto ardimiento y desembarazo, que rompiendo y atropellando escuadrones enteros, pudieron llegar sin detenerse al paraje donde asistía el estandarte del imperio con todos los nobles de su guardia; y entre tanto que los capitanes se desembarazaban de aquella numerosa comitiva, dio de los pies á su caballo Hernán Cortés y cerró con el capitán general de los mejicanos, que al primer bote de su lanza cayó mal herido por la otrii parte de las andas. Habíanle ya desamparado los suyos; y hallándose cerca un soldado particular que se llamaba Juan de Salamanca, saltó de su caballo y le acabó de quitar la poca vida que le quedaba con el estandarte, que puso luego en manos de Cortés. Era este soldado persona de calidad, y por haber perfeccionado entonces la hazaña de su capitán, le hizo el emperador algunas mercedes y quedó por timbre de sus armas el penacho de que se coronaba el estandarte.» Solis.

24(j— Hace 2570 añas de esa célebre batalla: el ejército de Jerges, mandado por Mardonio, era de trescientos mil hombres y el de los griegos de ietenta mil. Dice la historia, que en el acto de la muerte del general Mar-

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donio, separóse Artabazo con 40.000 hombres, que fueron los únicos que se salvaron, pues el resto, con excepción de 50.000, pereció en el campo y sus trincheras, y que de los griegos solo murieron 1000. ¡Esto sí que es despacharse uno á su gusto!— R Demaria.

247 — «Los escritores castellanos regulan que la fuerza de los indios era de 200.000 hombres y su pérdida de veinte mil. Los que admitan lo primero, no deben dudar délo segundo. Calcular exactamente el número de una multitud salvaje y desordenada es tan difícil como contar las arenas de la playa ó las hojas de otoño. Sin embargo, esta victoria fué de las mas señaladas que se han alcanzado en el Nuevo Mundo; no solo atendiendo á la desproporción numérica de los dos ejércitos, sino á lo desigual de su condición, pues los indios estaban en toda su fuerza, y los blancos extenuados por el cansancio, el hambre y los dilatados padecimientos, y carecían de cañones, armas de fuego y de todo el aparato bélico que ponía tanta pavura á los bárbaros: careciendo también hasta del terror que inspira un hombre victorioso. Pero tenían de su parte la disciplina, una resolución desesperada y una confianza ciega en su jefe. Este triunfo prueba lo mismo que las victorias délos civilizados europeos, sobre las tribus bárbaras del Asia.

Sin embargo, no todo el buen éxito debe atribuir.se á la superioridad de la disciplina y de la táctica, pues la batalla se habría perdido indefectiblemente á no ser por la muerte del general indio; y aunque la elección era obra del cálculo, fué obra de la casualidad que él se hubiese venido á la mano á ios españoles. Este, entre muchos, otro ejemplo de la parte que tiene la fortuna en el éxito délas operaciones militares. La estrella de Cortés era entonces propicia: de otra suerte, no habría sobrevivido ni uno solo de los españoles para contar la sangrienta catástrofe de Otumba.» Prescott.

«Apenas le vieron aquellos bárbaros en poder de los españoles, cuando abatieron las demás insignias y arrojaron las armas, se declaró por todas partes la fuga del ejército. Corrieron despavoridos á guarecerse de los bosques y maizales: cubriéronse de tropas amedrentadas los montes vecinos, y en breve rato quedó por los españoles la campaña. Siguióse la victoria con todo el rigor de la guerra, y se hizo sangriento destrozo en los fujitivos. Importaba deshacerlos para que no se volviesen á juntar; y mandaba la irritación lo que aconsejaba la conveniencia.

Hubo algunos heridos entre los de Cortés, de los cuales murieron en Tlascala dos ó tres españoles; y el mismo Cortés salió con un golpe de piedra en la cabeza tan violento, que abollando las armas, le rompió la primera túnica del cerebro, y fué mayor el daño que la contusión. Dejóse á los soldados el despojo y fué considerable; porque los mejicanos venían prevenidos de galas y joyas para el triunfo. Dice la historia que murieron veinte mil en esta batalla: siempre se habla por mayor en semeiantes casos; y quien se persuadiera á que pasaba de dos cientos mil hombres el ejército vencido, hallará menos disonancia en la desproporción del primer número »

248— Según Camargo, el belijerante apóstol Santiago vino, como lo tenía de costumbre, en su caballo blanco, en ayuda délos españoles; suce5<o que ellos perpetuaron erigiéndole una capilla; y Bernal Díaz, que en otras ocasiones había dudado de su venida, esta vez la creyó indudable; y el cronista tezcucano dice, que venía ayudado por la Santísima Virgen y el apóstol San Pedro. A todo esto espone Prescott: — Voltaire ha hecho la siguiente observación, que es verdaderamente delicada: «Los que han referido estos sucesos han querido engrandecerlos, haciendo intervenir los milagros, con lo que, lo

que hacen realmente, es oscurecer la gloria de aquellos. El verdadero milagro fué la conducta de Cortés.»

249— Sülís, siguiendo á Cortés, y otros autores la llama Gualipan; y se dice que los cristianos tuvieron que pagar la hospitalidad; pero Thoan Cano, que alK iba, riega tal versión y dice que fueron perfectamente recibidos.

¡ 2.')0— «Sobrevinieron las mugeres tlazcaltecas y todas puestas de luto y llorando adonde estaban los españoles: las unas preguntaban por sus maridos, las otras por sus hijos y hermanos, las otras por sus parientes, que habían ido con los españoles, y quedaban todos allá muertos: no es menos sino que este llanto causó gran sentimiento en el corazón del capitán y de todos los españoles, y él procuró lo mejor que pudo, consolarles por medio de sus intérpretes.» Sahagun. ,

2¿»1— «Hirieron á Cortés con honda tan mal, que se le pasmó la cabeza ó porque no lo curaron bien sacándole los cascos, ó por el demasiado trabajo que pasó.» Gomara.

«Cortés fué uno de los que mas sufrieron, pues perdió el uso de dos dedos de la mano izquierda; fuera de que recibió dos heridas en la cabeza, una de las cuales se agravó después de tal manera con las fatigas mentales ó corporales, que llegó á tener un aspecto alarmante: fué preciso sacarle un pedazo de cráneo, á resultas de lo cual sobrevino una fiebre, y el héroe que había vencido tantos peligros y desafiado tantas veces la muerte, se vio tendido en cama, tan indefenso como un niño; pero al fin su excelente constitución le hizo sobreponerse á la enfermedad, y llegó á recobrar su antigua actividad. Los españoles recompensaron los servicios de sus huéspedes, partiendo con ellos con generosidad los ricos despojos de la ultima batalla; y el comandante español gratificó á Magiscatzin regalándole el trofeo que en ella había quitado la general indio.» Prescott.

«Sintieron los españoles este contratiempo como ame naza de qué pendía su conservación y su fortuna; pero fué reparable por menos debida, la turbación de los indios, que apenas supieron la enfermedad, cuando cesaron sus fiestas, y pasaron todos al extremo contrario de la tristeza y desconsuelo. Los nobles andaban asombrados y cuidadosos, preguntando á todas horas por el Téule, nombra como dijimos, que daban á sus semidioses, ó poco menos que deidades. Los plebeyos solían venir en tropas á lamentarse de su pérdida, y era menester engañarlos con esperanzas de la mejoría para reprimirlos y apartarlos donde no hiciesen daño sus lástimas á la imaginación del enfermo. Convocó el Senado los médicos mas insignes de su distrito, cuya ciencia consistía en el conocimiento y elección de las yerbas medicinales, que aplicaban con admirable observación de sus virtudes y facultades, variando el medicamento según el estado y accidentes de la enfermedad, y se les debió enteramente la cura, porque sirviéndose primero de unas yerbas saludables y benignas para corregir la inflamación y mitigar los dolores de que procedía la calentura, pasaron por sus grados á las que disponían y cerraban las heridas con tanto acierto y felicidad, que les restituyó brevemente á su perfecta salud. Ríase de los empíricos la medicina racional, que al principio todo fué de la experiencia; y donde faltaba la racional filosofía, que buscó la causa por los efectos, no fué poco hallar tan adelantado el magisterio primitivo de la misma naturaleza. Celebróse con otra experiencia mas el afecto de los tlascaltecas; y libre ya la cabeza para discurrir, volvió á la fábrica de sus altos designios, tirar nuevas lineas, dirigir inconvenientes y

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apartar dificultades: batalla interior de argumentos y soluciones en que trabajaba la prudencia para componerse con la magnanimidad.» Solis.

252 — Herrera trae la siguiente inscripción que se halló grabada en la corteza de un árbol: «por aquí pasó Juan Juste con sus infelices compañeros, que estaban tan acosados por el hambre, que tuvieron que dar una barra de oro macizo que pesaba ochocientos ducados, por unas cuantas tortillas de maíz»

253— fDíaz se irrita fuertemente con el capellán Gomara por no haber hecho distinción entre los antiguos veteranos de Cortés y los reclutas de Narvaez, y de haber envuelto á los unos y á los otros en el pecado de rebelión. La noticia que da Díaz me parece mas cierta y por eso la he adoptado en el texto.» Prescott.

254— «En su famosa carta á Carlos V dice, que reflexionando en su situación, recordó el antiguo adagio español, que dice: «la fortuna ayuda á los audaces,» y que siendo cristiano confiaba en la infinita bondad y misericordia de Dios, que no permitiría que pereciesen y quedase aquella tierra en poder de los infieles; y que por lo tanto resolvió no bajar á la costa y aventurarlo todo, retrocediendo y atacando de nuevo al enemigo en su misma capital.» Prescott.

255 — «A la muerte de Monteuczuma fué electo para sucederle en el trono su hermano Cuitlahuatzin, señor de Ixtapalapan. Era hombre activo, experimentado en las cosas de la guerra y propio por la fuerza de su carácter para sostener la vacilante monarquía. Además, parece que era hombre no solo de buen gusto, sino ilustrado, si hemos de juzgar por los bellos jardines llenos de plantas exóticas que dejó en Ixtapalapan, y que llenaron de admiración á los españoles. Por el contrario de su antecesor, detestaba á los blancos, y probablemente tuvo el placer de solemnizar el día de su coronación, sacrificando á algunos de ellos. Al momento que le puso en libertad Cortés, que le tenia prisionero, tomó parte en los patrióticos movimientos de su pueblo. El había dispuesto los ataques de las calles de la ciudad y los de la noche triste; y á instigaciones suyas se reunió el poderoso ejército que disputó el paso á los españoles en las llanuras de Otompan.» Prescott.

«O mejor dicho, á instigaciones del gran demonio, capitán de los demás demonios, Mamado Satanás, que es quien gobernaba á su antojo la Nueva España, antes de que viniesen á ella los españoles.» Sahagun.

256 — Flotoánis llamábanse i los señores y principales qufc eran algo mas que caudillos ó jefes; y Hucitlatoáni al gran príncipe ó emperador.

257— «No le faltó elocuencia para vestir de razones aparentes su dictamen, ni osadía para facilitar la ejecución; y aunque le contradecían y procuraban disuadir algunos de sus confidentes, como estaba en reputación de gran soldado, se pudo temer que tomase cuerpo su parcialidad en una tierra donde bastaba ser valiente para tener razón. Pero estaba tan arraigado en los ánimos el amor de los españoles, que se hicieron poco lugar las diligencias y llegaron luego á la noticia de los magistrados. Tratóse la materia en el Senado con toda la reserva que pedía un negocio de semeiante consideración y fué llamado á esta conferencia Kicotencal el viejo, sin que bastase la razón de ser hijo suyo el delincuente para que se desconfiase de su entereza y justificación.

Acriminaron todos este atentado como indigna cavila ción de hombre sedicioso, que intentaba perturbar la quietud pública, desacreditar las resoluciones del senado, y destruir el crédito de su nación. Inclináronse algunos

votos á que se debía castigar semejante delito con pena de muerte, y fué su padre uno de los que mas esforzaron este dictamen, condenando en su hijo la traición, como juez sin afectos, ó mejor padre de la patria.»

A esta réplica Revilla en una nota: «Este es meramente un episodio, de cuya certeza nos es lícito dudar. Pero dado que fuese cierto, nunca debió condenar Solis en el joven Xicotencal ese noble sentimiento de amor patrio, que hace su mayor elogio.»

«Este discurso provocó una viva réplica de parte de Xicotencal, hasta que con alguna violencia acabó la paciencia del anciano gobernador, quien arrojó á su joven antagonista de la cámara del consejo. Un proceder tan contrario al decoro acostumbrado en los debates parlamentarios de la nación, llenó de asombro á la asamblea; pero lejos de reconvenir al gobernador, permaneció callada. Aún los mas apasionados parciales de Xicotencal, temieron sostener un caudillo, que había recibido til ultraje del mas venerado de los cuatro señores de la república, y hasta el mismo padre reprendió públicamente al guerrero patriota.» Prescott.

Idéntica cosa refieren Camargo, Sahagun, Herrera, Gomara y Bernal Díaz.

258 — «Al principio se propuso emplear sus tropas en escarmentar á los indios de las inmediaciones por haber puesto su mano sobre los españoles, que habían pasado por entre ellos, fiándose en el respeto que siempre se les había tenido. Entre esas tribus se contaban los tepeanecas, pueblo que frecuentemente entraba en guerras con Tlascallan, y que arriba hemos dicho, asesinó españoles que iban para Méjico. Una espedición contra ella fácilmente sería auxiliada por los tlascaltecas, y repararía la dignidad del nombre castellano, muy menoscabado á consecuencia de los últimos reveces ... ■•-■:.

Cortés se puso sin tardanza á la cabeza de sus pocos españoles y de un buen refuerzo de tlascaltecas. Acaudillaba á éstos el joven guerrero Xicotencal, el cual parece que por entonces olvidó su rencor, porque deseaba recibir una lección sobre la guerra, militando á las órdenes del general, que tantas veces le había vencido.» Prescott.» '- •

Tepanecas llamaban los españoles á los hijos Tepejácac, capital y provincia entonces floreciente en las feraces llanuras al pié del Orizaba, y á las que por corruptela pusieron Tepeaca.

259— Los cronistas regulan en cincuenta mil arqueros los que salieron con Xicotencal. Toribio dice: De Tlaxcallan, como ya tengo dicho, solían salir cien mil hombres de pelea.

«Eligió hasta ocho mil tlascaltecas de buena calidad, divididos en tropas, según su costumbre, con algunos capitanes de los que ya tenía esperimentados en el viaje de Méjico. Dejó á cargo de su nuevo amigo Xicotencal, que siguiese con el resto de sus milicias; y puesta en orden su gente se halló con cuatrocientos y veinte soldados españoles, incluso los capitanes, y diez y siete caballos, armados la mayor parte de picas, espadas y rodelas, algunas balletas y pocos arcabuces, porque no sobraba la pólvora, cuya falta obligó á que se dejasen los demás en casa de Magiscatzin.» Solis. ;. *

260 — «Y como vio aquello Cortés, lo comunicó con todos nuestros capitanes y soldados; y fué acordado que se hiciese un acta por ante escribano que diese fe de todo lo pasado, y que se diesen por esclavos.» Bernal Díaz. ' .

261 — «A los pocos días se trabó un nuevo encuentro, cuyos reswítados fueron decisivos, y los tlascaltecas y españoles victoriosos se volvieron en derechura á Tlan-

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callan, donde hicieron su entrada triunfante.» Prescott.

No es exacto esto de la entrada en derechura á Tlascala^ después de la batalla con los tepeanecas, como lo dice él mismo en el subsiguiente párrafo: cSaiisfecho con esta demostración de venganza, estableció su cuartel mayor en lepeaca^ punto que por estar situado en medio de fértiles llanuras, proporcionaba facilidad de mantener al ejército; y que estando por otra parte en las fronteras mejicanis, era un buen punto de apoyo para las operaciones subsecuentes.»

Y Solis dice lo siguiente, siguiendo á los antiguos autores: «Perdió el enemigo en esta facción la mayor parte de sus tropas, hiciéronse muchos prisioneros, y el despojo fué considerable. Los tlascaltecas pelearon valerosamente; y lo que mas se pudo estrañar, tan atentos á las órdenes, que á fuerza de su mejor disciplina, murieron solamente dos ó fes de su nación. Murió también un caballo, y de los españoles hubo algunos heridos, aunque tan ligeramente, que no fué necesario que se retirasen. Al día siguiente se hizo la entrada en la ciudad; y así los magistrados como los militares que salieron al recibimiento, y el concurso popular que los seguía, vinieron desarmados, á manera de reos, llevando en el silencio de los semblantes confesada ó reconocida la confesión de su delito.»

Aquí se puede decir, que ora por descuido ó error, al Señor Prescott, como á todos: — que al mejor cazador se le escapa la liebre.

262— «Y allí hicieron hacer el hierro con que se habían de hacer herrar los que se tomaban esclavos que era una G, que quiere decir: — guerra.» Bernal Díaz.

«Y ya no se llamaban prisioneros sino cautivos, hasta que puestos en venta perdían el nombre, y pasaban á la servidumbre personal, dando el rostro á la nota miserable de la esclavitud.» Solís.

2í)3 — «Llamó Segura de la Frontera á la ciudad, que algunos años después recibió muchos privilegios de la gracia del emperadcr Carlos V, y llegó á tener alguna importancia; pero poco á poco comenzó á declinar, y hasta su nuevo nombre, por una fatalidad semejante á la que ha tocado á los de alpiunas de nuestras ciudades de ¿stados Unidos, fué suplantando gradualmente por el antiguo; así es que el nombre de Tepeaca designa hoy la antigua y floreciente ciudad india y la segunda colonia española.» Prescott.

' 2()4: — «Y toda la ciudad está cerrada de muy fuerte muro de cal y canto, tan alto como cuatro estados por fuera de la ciudad; é por dentro está casi" igual con el suelo. Y por toda la muralla va su pretil tan alto como medio estado para pelear: tiene cuatro entradas tan anchas, como uno puede entrar á caballo.» Cortés.

265 — «Tiene un valle redondo muy fértil de frutas y algodón, que en ninguna parte de los puertos de arriba se dan por la gran frialdad, y allí es tierra caliente, y caúsalo que está muy abrigada de sierras: todo este valle se riega por muy buenas acequias, que tiene muy bien sacadas y concertadas.» Cortés.

2G6— «E iban en mi compañía tama gente de los natu rales de la tierra, vasallos de V. M , que casi cubrían los campos y las sierras, que podíamos alcanzar á ver. E de verdad había mas de ciento veinte mil hombres.»

267 — «Morían como chinches á montones». Toribio. «Eran tantos los difuntos que morían de esa enfermedad que no había quien los enterrase; por lo cual en

Méjico los echaban en las acequias, porque entonces había muy grande copia de aguas y era muy grande hedor el que salía de los cuerpos muertos.» Sahagun.

268— Dice Bernal Díaz que esta carta era de Rodríguez de Fonseca á Narvaez, previniéndole, si no lo había hecho ya, que mandase á Cortés á España para ser juzgado.

«Leyóse después reservadamente la carta que traía Pedro de Barba para Narvaez, en que le ordenaba Diego Velazquez, suponiéndola vencedor y dueño de aquellas conquistas, que: se mantuviese á toda costa en ellas para cuyo efecto le ofrecía grandes socorros; y últimamente le decía: que si no hubiese muerto Cortés se lo remitiese luego con bastante seguridad, porque tenía orden espresa del obispo de Burgos para enviarle preso á la corte; y sería justificada la orden, si se atendió i no dejar su causa en manos de su enemigo; aunque del empeño con que favorecía este ministro .1 Diego de Velazquez, se puede temer que solo se trataba de que fuese mas ruidoso y mas ejemplar el castigo, dando á la venganza particular algo de la vindicta pública » Solis.

260— tPero después se conoció que aquella tibia continuación de la guerra nacía de la gente popular que andaba desordenada y sin caudillos, por hallarse ocupados los magnates de la ciudad en la coronación del nuevo emperador, que según lo que se averiguó después, se llamaba Quetlabaca, rey de izlapalapa, y segundo elector del imperio: vivió pocos días, pero bastantes para que su tibiexa y falta de aplicación dejase poco menos que borrada entre los suyos la memoria de su nombre.» Solis. I .,

Fué todo lo contrario, según la mayor parte de los historiadores, y lo prueban los hechos en que tomó parte, antes, en la noche triste, en Otumba y en los cuatro meses de su reinado; y Cortés le llama sabio y valiente, y conocíase por Cuitlahua, Quetlabaca y Cuiílahuatzin, y su sucesor por Guatimozin, Guatemotzin ó Cuanhtemotzin; y la esposa de éste por Tecuichpo ó Gualcazintla, según la célebre poetisa Gómez de Avellaneda en una anécdota de la vida de Cortés.

270 — «Mancebo hasta de veinticinco años, bien gentil para ser indio, y muy esforzado que se hizo temer de tal manera, que todos los suyos temblaban delante de el; y estaba casado con una hija de Motezuma, bien hermosa mujer para ser india.» Bernal Diaz.

271 — Esta segunda célebre carta de Cortés está fechada en Villa Segura de la Frontera, de Nueva España, á 10 de Octubre de 1520. Fué publicada en Sevilla al año siguiente; y después se reimprimió y tradujo en varios idiomas, causando gran novedad en el viejo mundo. j •; j;r^r -

272— Aprovecha Prescott esta ocasión, como buen pro testante, para zaherir á los cristianos, copiando de Sismondi lo siguiente: «Solo en España é Italia se encuentra esta viciosa costumbre, enteramente desconocida en los países protestantes, y que no debe confundirse con los groseros juramentos que el pueblo de todos los países mezcla en sus discursos. Los pueblos del medio día, en sus accesos de cólera, atacan los objetos de su culto y cargan de palabras injuriosas y ultrajantes á la misma divinidad, al Redentor y á sus santos.»

273— «Cortés conocía bien el carácter de sus compañeros, que rudos, turbulentos, necesitaban ser gobernados con mano de hierro. Sin embargo, procuraba no descargarla por frivolos pretestos. La intimidad en que la mancomunidad de peligros y padecimientos ponía i los

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oficiales y soldados, era muy desfavorable i la disciplina militar. Hasta los modales francos y abiertos del general, favorecía esta licencia que él no reprimía en circunstancias comunes, acaso por considerarlo difícil ó aún impolítico, pues que ella era un especie de válvula de seguridad por donde se evaporaba la hirviente licencia de la soldadesca, la cual, reprimida violentamente, podría producir una explosión. Pero los límites de su condescendencia eran conocidos, y toda tentativa para traspasarlos expeditivamente castigada. Así, templando la severidad con la indulgencia, encubría una voluntad inflexible bajo los modales abiertos de un soldado, y logró tener i Tiya i sus sudaces y desalmados aventureros, mejor de lo que jamás lo habrá conseguido uno de esos pedantes pedagogos, escrupulosos en velar por la observancia hasta de las bagatelas de la disciplina militar.»

Código militar de Cortés, fechd en 22 DE Diciembre de 1520.

Tlaxcala á

(Estas ordenanzas mandadas publicar por Cortés la víspera de su última marcha sobre Méjico, muestran la estríen disciplina que había introducido en su ejército, y hasta cierto punto dan idea de su política militar. Este documento pertenece á la colección de Muñoz.)

Ordenanzas militares

Este día á voz de pregón publicó sus Ordenanzas, cuyo proemio es este:

Porque muchas escrituras y crónicas auténticas nos es notorio é manifiesto quanto los antiguos que siguieron el exercicio de la guerra procuraron é travaxaron de introducir tales y tan buenas costumbres y ordenaciones, con las cuales y con su propia virtud y fortaleza pudiesen alcanzar y conseguir victoria y próspero fin en las conquistas y guerras que hobiesen de hacer ó seguir; é muertes á los que no siguieron la buena costumbre y orden que la guerra se debe tener: é les haber sucedido semejantes casos, con poca pujanza de los enemigos, según parece claro por muchos ejemplos antiguos y modernos, que aquí se podrían espresar; é porque la orden es tan loable, que no tan solamente en las cosas humanas mas aún en las divinas se ama y sigue, y sin ella ninguna cosa puede hiber cumplido efecto, como que ello sea un principio y medio y fin para el buen reximiento de todas las cosas. Por ende yo H. C. Capitán general é Justicia mayor en esta Nueva España del mar occeano por el muy alto, muy poderoso é muy católico D. Carlos nuestro Señor, electo rey de Romanos, futuro Emperador, semper Augusto, Rey de España é de otros muchos grandes reynos é Señoríos, considerando todo lo susodi cho, y que si los pasados fallaron ser necesario hacer Or denanzas é costumbres por donde se rigiesen é gobernasen aquellos que hubiesen de seguir y exercer el uso de la guerra, á los españoles que en mi compañía agora están é estubiesen é á mí nos es mucho mas necesario é conveniente seguir é observar toda la mejor costumbre y orden que nos sea posible, así por lo que toca al serví ■ ció de Dios Nuestro Señor y de la sacra Católica Magestad como por tener por enemigos y contrarios á la mas belicosa y astuta gente en la guerra é demás gene ro de armas que ninguna otra generación, especialmente por ser tanta que no tiene número, é nosotros tan pocos y tan apartados y destituidos de todo humano socorro: viendo ser muy necesario y cumplidero al servicio de su Cesárea Magestad é utilidad nuestra. Mandé hacer é hice las Ordenanzas que de yuso serán contenidas é irán firmadas de mi nombre é del infrascrito en la manera siguiente:

Primeramente. Por quanto por la experiencia que habernos visto é cada día vejnos quanta solicitud y vigi-

lancia los naturales de estas partes tienen en la cultura y veneración de sus ídolos, de que á Dios Nuestro Señor se hace gran deservicio, y el demonio por cegueJad y engaño en que los trae es de ellos muy venerado, y en los apartar de tanto error é idolatría y en los reducir al conocimiento de nuestra Sjnta Fe católica Nuestro Señor será muy servido, y además de adquirir gloria para nuestras ánimas con ser causa de que aquí en adelante no se pierdan ni condenen tantos, acá en lo temporal sería Dios siempre en nuestra ayuda y socorro, por ende con toda la justicia que debo y puedo, exhorto y ruego á todos los españoles que en mi compañía fuesen á esta guerra, que al presente vamos, y á todas las otras guerras y conquistai que en nombre de S. M. por mi mandato hubiesen de ir, que su principal motivo é intención sea apartar y desarraigar de las dichas idolatrías á todos los naturales de estas partes, y reducillos ó á lo meaos desear su salvación, y que sean reducidos al conocimiento de Dios y de su Santa Fe católica; porque si con otra intención se hiciese la dicha guerra, sería injusta, y todo lo que en ella se oviese obligado á restitución, é S. M. no tenía razón de mandar gratificar á los que en ellas sirviesen. E sobre ello encargo la conciencia á los dichos Españoles, é desde ahora protesto en nombre de S. M. que mi principal intención é motivo en facer esta guerra é las otras que ficiese por traer y reducir á los dichos naturales al dicho conocimiento de nuestra Santa Fe é creencia; y después por los sozjugar é supeditar debajo de yugo é dominio imperial é real de su sacra Majestad, á quien jurídicamente el Señorío de todas estas partes.

Yt. En por quanto de los reniegos é blasfemias Dios nuestro Señor es muy deservido, y es de la mayor ofensa que á su Santísimo nombre se puede hacer, y por eso permite en las gentes recios y duros castigos, y no basta que seamos tan malos que por los inmensos beneficios que de cada día del recibimos no le demos las gracias, mas decimos mal y blasfemamos de su santo nombre; y por evitar tan aborrecible uso y pecado, mando que ninguna persona, de cualquier condición que sea, no sea osado decir: No creo en Dios, ni Pese ni Reniego, ni Del cielo ni No no poder en Dios, y que lo mismo se entienda de Nuestra Señora y de todos los otros Santos; so pena que demás de ser ejecutadas las penas establecidas por las leyes del reyno contra los blafemos, la persona que en lo susodicho incurriese pague 1 5 castellanos de oro, la tercera parte para la primera Cofradía de Nuestra Señora, que en estas partes se hiciese, y la otra tercera parte para el fisco de S. M., y la otra tercera parte para el juez que lo sentenciase.

Yt. Porque de los juegos muchas y las mas veces resultan reniegos y blasfemias é nacen otros inconvenientes, é es jv^sto que del todo se prohiban y defiendan; por ende mando que de aquí adelante ninguna persona sea osada de jugar á naipes ni á otros juegos vedados dineros ni preseas ni otra cosa alguna, so pena de perdimiento de todo lo que jugase é de 20 pesos de oro, la mitad de todo ello para la Cámara é la otra mitad para el juez que lo sentenciase.

Pero por quanto en las guerras es bien que tenga la gente algún exercicio y se acostumbra y permítese que jueguen porque se eviten otros mayores inconvenientes; permítese que en el aposento donde estubiese se jueguen naipes é otros juegos moderadamente con tanto que no sea á los dados, porque allí es curarse han de no decir mal, é á lo menos, si lo dixesen serán castigados.

Yt. Que ninguno sea osado de echar mano á ia espada ó puñal ó otra arma alguna para ofender á ningún Español; so pena que el que lo contrario hiciera, si íuese hidalgo, pague 100 pesos de oro, la mitad para el fisco de S. M, y la otra mitad para los gastos de la Justicia; y

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al que no fuese hidalgo se le han de dar loo azotes públicamente.

Yt. Por quanto acaese que algunos Españoles por no valar é hacer otras cosas se dexan de apuntar en las copias de los Capitanes que tienen gente; por ende mando que lodos se alisten en las Capitanías que yo tengo hechas é hiciese, excepto los que yo señalaré que queden fuera dellas, con apercibimiento que dende agora se les face, que el que ansí lo hiciese, no se le dará parte ni partes algunas.

Otrosí, por quanto algunas veces suele acaecer, que están en su capitanía burlan ó porfían de algunas de las otras capitanías, y los unos dicen de los otros, de que se suelen recrecer quistiones é escándalos, ¿ por ende mando que de aquí adelante ninguno sea osado de burlar ni decir mal de ninguna Capitanía ni la perjudicar; so pena de 20 pesos oro, la mitad para la Cámara y la otra mitad para los gastos de Xusticia.

Otrosí, que ninguno de los dichos Españoles no se apo senté en ninguna parle, excepto en el tugaré parte donde estubiese aposentado su capitán; so pena de i 2 pesos de oro, aplicados en la forma contenida en el capítulo antecedente.

Yt. Que ningún capitán se aposente en ninguna población ó villa é ciudad, sino en el pueblo que le fuese señalado por el Maestro de Campo, so pena de 10 pesos oro, aplicados en la forma susodicha.

Yt. Por quanto de cada capitán tenga mejor acaudillada su gente, mando que cada uno de los dichos Capitanes tenga sus cuadrillas de 20 en 20 Españoles, y con cida una cuadrilla un quadrillero ó cabo de escuadra, que sea persona hábil y de quien se deba confiar; so la dicha pena.

Otrosí, que cada uno de los dichos cuadrilleros ó cabos de escuadra ronden sobre las velas todos los quartos que les cupiese velar, so la dicha pena; é que la vela que hallasen durmiendo, ó ausente del lugar donde debiese velar, pague cuatro Castellanos, aplicados en la forma susodicha y demás que esté atado mediodía.

Otrosí, que los dichas cuadrilleros tengan cuidado de avisar y avisen á las velas que hubiesen de poner, que puesto que recaudo en el Real no desamparen ni dexen los portillos ó calles ó paseos donde les fuese mandado velar y se vayan de allí 2 otra parte por ninguna necesidad que digan que les coniriñó hasta que sean mandados: so pena de 50 castellanos aplicados en la forma susodicha al que fuese hijo-dalgo, y sí no lo fuese que le sean dados 100 azotes públicamente.

Otrosí, que cada capitán que por mí fuese nombrado tenga y traiga consigo su tambor, é bandera para que rija y acaudille mejor la gente que tenga á su cargo; so pena de 10 pesos oro, aplicados en la forma susodicha.

Otrosí, que cada Español que oyese tocar el tambor de su compañía sea obligado á salir é salga á acompañar su bandera con todas sus armas en forma y á punto de guerra; so pena de 20 castellanos aplicados en la forma arriba declarada.

Otrosí, que todas las veces que yo mandase mover el Real para alguna parte, cada capitán sea obligado de llevar por el camino toda su gente junta ó apartada de las otras Compañías; sin que se entrometa en ella ningún español de otra Compañía ninguna; y para ello constriñan y aprenien á los que así llevasen debaxo su bandera según uso de guerra; so pena de 10 pesos de oro, aplicados en la forma susodeclarada.

Yt. Por quanto acaece que antes ó al tiempo de romper en los enemigos algunos españoles se meten entre el fardage, demás de ser pusilaminidad, es cosa fea el mal ejemplo para los indios nuestros amigos que nos acompañan en la guerra: por ende mando que ningún Español se entrometa ni vaya con el fardage, salvo aquellos

que para ello fuesen dados é sefíalados: so pena de 20 pesos de oro, aplicados según que de suso coniiene.

Otrosí, por quanto acaece algunas veces que algunos Españoles fuera de orden y sin les ser mandado arremeten ó rompen en algún escuadrón de los enemigos, é por se desmandar ausi se desbaratan y salen fuera de ordenanza, de que suele recrecerse peligros i los mas: por ende mando que ningún Capitán se desmande i romper por los enemigos sin que primeramente por mí le sea mandado; so pena de muerte. En otra persona se demanda SI fuese hijo dalgo, pena de 100 pesos, aplicados en la forma susodicha; y si no fuese hidalgo le sean dados 100 azotes públicamente.

Yt. Por quanto podría ser que al tiempo que entran á tomar por fuerza alguna población ó villa ó ciudad á los enemigos, antes de ser del todo echados fuera, con codicia de robar, algún Español se entrase en alguna ca sa de los Enemigos, de que se podría seguir daño; por ende mando que ningún Español ni Españoles entren á robar ni á otra cosa alguna en las tales casas de los enemigos, hasta ser del todo echados fuera y haber conseguido el fin de la victoria; so pena de 20 pesos de oro, aplicados en la manera que dicha es.

Yt. Si por escusar y evitar los hurtos encubiertos y fraudes que se hacen en las cosas habidas en la guerra ó fuera de ella, así por lo que toca al quinto que dellas pertenece á- su católica Magestad, como porque han de ser repartidas conforme á lo que cada uno sirve ó merece: por ende mando que todo el oro, plata, perlas, piedras, plumage, ropa, esclavos y otras cosas qualesquiera que se adquieran, hubiesen ó tomasen en cualquier manera, ansi en las dichas poblaciones, villas, ciudades como en el campo, que 1?. persona ó personas i cuyo poder viniesen ó la hallasen ó tomasen, en cualquier forma que sea, lo traigan luego incontinente é manifiesten ante mí ó ante otra persona que fuese sin lo meter ni llevar á su posada ni á otra parte alguna, so pena de muerte é perdimiento de lodos sus bienes para la Cámara é fisco de S. M.

E por quanto lo susodicho é cada una cosa é parte dello se guarde é cumpla según é de la manera que aquí de suso se contiene y de ninguna cosa de lo aqui contenida pretendan ignorancia, mando que sea apregonado públicamente para que venga á noticia de todos: Que fueron hechas las dichas Ordenanzas en la ciudad y provincia de Taxclategue sellado 22 días del mes de Diciembre, año del nacimiento de Nuestro Salvador Jesús Cristo de 1 520 años. !

Pregonáronse las dichas Ordenanzas de suso contenidas en la ciudad é provincia de Taxclatecle, miércoles día de San Esiévan, que fuesen 26 días del mes de Diciembre, año de nuestro Salvador Jesús Christo de 1520 años; estando presente el magnífico Señor Fernando Cortés, capitán general é Jusiicia mayor de esta Nueva España del mar Occeano por el Emperador nuestro Señor, por ante mí Juan de la Rivera, escrivano é Notario público en todos los Reinos é Sefiorios de España por las Autoridades apostólica y Real. Lo qual pregonó en voz alta Antón García, pregonero, en el Alarde qne la gente de á caballo é de á pié que su merced mandó facer é se fizo el dicho día. A lo qual fueron testigos que estaban presentes, Gonzalo de Sandoval, Alguacil mayor, é Alonso de Prado, contador, é Rodrigo Alvarez Chico, veedor por su S. M. é otras muchas personas. Fecho et supra. Juan de Rivera.

274— fEl ejército de los aliados pasó después revista ante el general. Los escritores lo regulan de iio ó 1 50.000 hombres. La discrepancia entre estos dos números y la exageración de ambos dan á conocer cuan poca fe merecen tales regulaciones. Pero no pnede dudarse que era muy numeroso, pues estaba formado no

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solo de los guerreros tlascaltecas, sino también de los de Choiúlan, Tepeaca y demás provincias comarcanas, ya sometidas i la corona de Castilla.» Preseott.

t Quiere Antonio de Herrera que fuese de ochenta mil hombres la muestra de los tlascaltecas, en que se aparta de Bernal Diaz y de otros autores; si ya no le pareció que importaba poco incluir er. ella la gente de Choluba y Guacocingo, cuyos dos ejércitos estaban acampados fuera de la ciudad; porque no se duda que salió de 1 láscala Hernán Cortés con más de sesenta mil hombres, y esto sin los que remitieron después al cami no y á la plaza de armas las demás naciones confederadas; cuyo movimiento fué tan numeroso, que durante la espugnación de Méjico llegó á tener debajo de su mano más de doscientos mil hombres. ¡Notable concurrencia de circunstancias admirables! porque no se dice que hubiese falta de provisión ni discordia entre naciones tan diferentes, ni embarazo en la distribución de las órdenes, ni menos puntualidad en la obediencia. Mucho se debió á la gran capacidad y singular providencia de Cortés; pero esta obra no pudo ser toda suya; quiso Dios que se redujese aquel imperio; y sirviéndose de su talento le facilitó los medios que conducían al fin determinado, mandando en los ánimos lo que pudiera mandar en los sucesos.» Solis.

275 — Algunos escritores dicen que Cortés salió llevando parte de las legiones aliadas y dejando las otras en Tlascala, para que se encaminasen á los lagos de Tezcuco con los españoles y tamanes, que condujeran los materiales para armar los barcos: y de este modo se veía más desembarazado para maniobrar contra el enemigo.

276 — Dice Cortés: «I prometimos todos de nunca de ella salir sin victoria ó dejar allí las vidas. 1 con esta determinación íbamos todos tan alegres como si fuera á cosa de mucho placer.»

277— «La cual es tan grande, que aunque fuéramos doblados los españoles nos puuiéramos aposentar bien en ella». Cortés.

278 — Copiamos á continuación las biografías de Bernal Díaz del Castillo y Francisco López Gomara, tomada de Preseott, como la de los dos autores más importantes, tanto por haber sido sus contemporáneos, el uno asistiendo desde su principio á toda la Conquista de Méjico, y el otro por haber sido después su capellán, y por tal motivo estar muy al corriente de todos los hechos de aquel colosal acontecimiento.

cLos dos ejes en que principalmente descansa la historia de la conquista son las crónicas de Gomara y Bernal Díaz, dos hombres que distan tanto el uno del otro, como el cortesano y culto eclesiástico puede distar del rudo soldado.

El primero, Francisco López de Gomara era uriundo de Sevilla. Cuando volvió Cortés á España después de la conquista, fué su capellán; y después de la muerte del conquistador siguió en el mis.iio empleo con su hijo el segundo marques del Valle. Entonces escribió su crónica, por donde se puede conjeturar que no debe ser severamente imparcial, y en efecto, semejante sospecha se encuentra confirmada, porque la historia de la conquista es necesariamente la de héroe; pero Gomara, para realzar el carácter de Cortés, ha oscurecido la de sus valientes compañeros de armas; y el mismo empeño que tiene por ocultar las debilidades del héroe, tiene por ponderar sus proezas. Su posición puede excusar hasta cierto punto esta parciabilidad; pero no fué bastante á vindicarlo á los ojos de Las Casas, quien rara vez concluye un capitulo de su obra sin castigar duramente á Gomara, llegando hasta el extremo de acusarlo de falsedad ma-

nifiesta, y decir que no tenia ojos ni oídos mas para ver y escuchar lo que á su general le placía de dictarle. Que esto no es literalmante exacto lo prueba el simple hecho de haber sido la crónica escrita después de la muerte de Cortés. Por el contrario, los informes de Gomara dimanan no solo de su patrono, sino de otras fuentes igualmente puras, pues trató con los principales actores de aquel gran drama.

Los materiales que había reunido de esta suerte, los dispuso en un orden que raros escritores de aquel tiempo acostumbraban. En vez de ser vago é incoherente su estilo, es elegante é igualmente claro y conciso.

Si alguna vez sucede que los hechos están de tal mo do aglomerados que el espíritu no puede discernirlos fácilmente ni tiene holgura para meditarlos, sin embargo todos ellos tienden á un solo punto y la narración, ea vez de arrastrarse lentamente hasta agotarnuestra paciencia, por el contrario, proviene sin interrupción. Ea unj palabra, la obra por lo que hace á la ejecuc¡ói, no solo es superior á la mayor parte de las de su tiempo, sino que bien pudiera aspirar á título de clásica. í -

Debido á estas prendas tué general el acogimiento y rápida la circulación que tuvo la historia de Gomara: y mientras que dormían manuscritas muchas cartas de Cor tés, y las mejores composiciones de Oviedo y Las Casas, los escritos de Gomara eran impresos y reimpresos todos los días y traducidos en varias lenguas europeas. La primera edición de La Crónica de Nueva España, aparecía en Medina en 1555 y fué reimpresa en Antuerpia al año siguiente. Después fué incorporada en la colección de Barcia, y finalmente en 1820 la reprodujeron más acá de los mares, las prensas mejicanas.

Las circunstancias que acompañaron á esta última edición son curiosas. El gobierno mejicano señaló una pequeña suma para costear la traducción de lo que se suponía un manuscrito de Chimalpain, escritor indio que floreció á fines del siglo XVI. El desempeño de la traducción se confió al laborioso Bustamante, pero este literato todavía no había adelantado mucho en su tarea, cuando averiguó que el pretendido manuscrito no era mas que la traducción en lengua azteca, de la crónica de Gomara. No obstante, Bustamante continuó sus tareas hasta dar al público una edición americana de Gomara. Otro hecho aún mas notable es que el editor mejicano al referirse en otras de sus obras, á la qne vamos hablando, la llama la crónica de Chicalpain.

La otra autoridad á que me he reíerido e> Bernal Díaz del Castillo, natural de Medina del Campo, en Castilla la Vieja. Nació de una pobre y oscura familia, y en 1514 vino al Nuevo Mundo en busca de buena fortuna. Se embarcó en clase de soldado raso, á las órdenes de Córdoba, en la primera espedición de Yucatán: acompañó á Grijalva en la que hizo á este mismo país, y finalmente se alistó bajo las banderas de Cortés. Acompañó á su victorioso caudillo en su primera marcha por la mesa, bajó con él á la costa cuando atacó á Narvaez, estuvo presente en la catástrofe de la noche triste, y finalmente asistió al sitio y toma de la capital: en una palabra, apenas hubo en toda la campaña un suceso importante en que no tuviese parte. Encontróse en ciento diez y nueve batallas ó encuentros, en muchas de las cuales quedó herido y en que mas de una vez escapó milagrosamente de caer en manos del enemigo. Siempre mostró Bernal Díaz el valor de un castellano viejo y una lealtad purísima, que le hizo oponerse siempre á los motines que tan frecuentemente turbaron la armonía del ejército. Constantemente fué fiel á su general y á su bandera; constando esta fidelidad no solo por su propio dicho, sino por las recomendaciones del general, quien á causa de esta cualidad le encomendó comisiones de confianza y respetabilidad, qne proporcionaron al futuro cronista la oportunidad de in-

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formarse auténiicamentt sobre todo lo respectivo á la conquista.

Cuando se consolidó el país tocó á Bernal Díaz su repartimiento de tierras y colonos; pero no quedó contento, y frecuentemente murmuraba del egoismo del general, que procuró aumentar su parte á expensas de sus compañeros: repartir despojos es siempre una odiosa tarea. Díaz estaba de tal modo habituado á una vida activa y peligrosa, que no se contentó con la ociosa é indolente seguridad á que se vio condenado; por lo que tomó parte en las expediciones de los oficiales de Cortés y acompañó á este capitán en su terrible excursión por los bosques de Honduras.

Por fin en 1568 vemos al veterano establecido en la ciudad de Quauhtémallan, pacíficamente ocupado en referir las valerosas proezas de su juventud. Habían pasado cincuenta años desde la conquista á aquella fecha: y había sobrevivido á su general y casi á todos sus compañeros. Únicamente cinco quedaban del puñado de valientes que acompañó á Cortés desde Cuba: y los cinco, para usar las palabras del anciano cronista, testaban pobres, viejos y achacosos, cargados de hijos y nietos que mantener, y careciendo de los medios de hacerlo, y terminando su vida como la habían comenzado, en medio de los traba jos y miserias». Tal era la suerte de los conquistadores del opulento Méjico.

El motivo que impulsó á Bernal Díaz á tomar la pluma en una edad tan avanzada, fué el deseo de vindicar para sí mismo y para sus compañeros la parte de la fama que de derecho les pertenecía, y que hasta entonces les había sido defraudada por ensalzar el mérito del general; principalmente en los escritos de Gomara Sin embargo, él no tuvo noticia de la crónica de éste, sino después de co menzada la suya; por manera que al ver el contraste que formaban su estilo familiar y desaliñado, y el culto y castigado de su predecesor, se disgustó tanto, que se vio tentado de dejar la pluma. Pero cuando leyó la crónica y vio sus groseras equivocaciones y lo que él, Diaz, llamaba la injusticia de su rival, continuó sus tareas y determinó dar á luz una narración que tuviese por lo menos el mérito de la fidelidad. Tal fué el origen de la Historia verdadera de la Coníjuista de la Nueva España.

Debemos confesar que el historiador logró su objeto. Al recorrer sus páginas se conoce luego, que sean cuales fueren los errores en que incurre, ya por olvido de cosas tan antiguas, ya por demesurada vanidad, ya por credulidad ó por cualquier otro motivo, no hay mala intención de desfigurar la verdad; y aún cuando tal intención hubiese tenido, su misma sencillez le habría vendido. Aún con respecto á Cortés, si bien procuró equilibrar la balanza entre el mérito de él y de sus compañeros, y bien condena libremente la codicia y aún la crueldad del general; hace justicia plena de sus grandes y heroicas cualidades, y no obstante sus defectos, le considera supe rior á todos los capitanes de lus tiempos antiguos y modernos.

Aun cuando se queja de él, protesta su lealtad, y su afecto personal hacia el general. Si le calumnian ó insultan indignamente, salta á su defensa en el momento. En una palabra, por mucho que él censure á Cortés, no permite que nadie haga otro tanto.

Bernal Díaz, el rudo hiio de la naturaleza, es fiel y exacto copista de ella. Si me es lícito expresarme así, trasladó á las páginas de su historia las escenas de la vida; por medio de procedimientos cdaguerreotípicos». Es entre los historiadores lo que De Foe entre los novelistas. Nos lleva en medio de los campamentos; nos hace velar con los soldados del vivac; nos hace acompañarles en sus penosas marchas; escuchar sus cuentos, sus quejas de descontento, sus planes de conquista; saber sus esperanzas, sus triunfos y sus desengaños; en las páginas de Bernal Díaz se reflejan como en un espejo, tocias las escenas pintorescas y acontecimientos romancescos de la

campaña. El trascurso de cincuenta años no había hecho mella en las facultades mentales del viejo veterano, pues que á cada línea resalta el fuego de la juventud; y al recordar lo pasado parece que la memoria de los valientes compañeros que fueron y no son, da á sus descripciones un colorido mas animado, que si hubiesen sido escritas en una edad mas temprana de la vida. El tiempo, la reflexión y la tranquilidad acerca de lo futuro, hacían que sus ideas juveniles estuviesen ya consolidadas. No tenía dudas en cuanto á los derechos de la conquista, ni en cuanto á lo merecido de las penas impuestas ú los infieles. El no es mas que soldado de la cruz, y los que murieron á su lado, los reputa por mártires de la fé. «¿Donde están mis amigos.''» pregunta: «han caído en el campo de batalla ó han sido devorados por los caníbales, ó han servido de pacto á fieras encerradas en jaulas. Sus restos debieran haber sido guardados bajo mármoles, donde estuviesen inscriptas sus proezas; sus nombres debieran perpetuarse en letras de oro, porque murieron en el servicio de su Dios y de su Rey y por dar luz á los que vivían en las tmieblas de la infidelidad y también adquirir las riquezas que la mayor parte de los hombres codician. «Este último motivo del cual habla rara vez y por incidente, es de presumir que impulsaba á los conquistadores con mas fuerza que los dos primeros. Bernal Díaz nos ofrece en su Historia una muestra de ese candor, que hace tan encantadoras las crónicas antiguas, y que sin co nocerlo el historiador, descubre su pecho y lo pone ente ramente abierto á la vista del lector.

Parecerá cosa extraordinaria que después de tanto tiempo aún haya conservado fresco el recuerdo de los pasados acontecimientos: pero debemos considerar que eran tan romancescos y raros, que debían hacer una impresión muy profunda en una imaginación joven y ardiente. Probablemente los habría oído y contado mil veces á sus parientes y amigos, por manera que le serían tan fami liares como el sitio de Troya al rapsodista griego, ó como las interminables aventuras de Sir Lancelot y de Sir Gaw^ain, el menestral normando. Disponer esta narración en forma de historia, no era, pues, mas que repetirla de una manera nueva.

El mérito literario de la obra es muy escaso, como es de esperar, atendida la clase del escritor. Este no tiene arte ni siquiera para disimular su vanidad, que robosa de un modo ridículo á cada página de su obra.

Sin, embargo, se le puede perdonar al ver que en vez de despreciar el mérito ageno, lo reconoce y lo alaba, y que su vanidad es mas bien efecto de candor. Por otra parte, él confiesa francamente este defecto, si bien lo escusa. «Cuando acabé de escribir mi historia,— dice,— la entregué á dos licenciados que tenían mucha curiosidad de leerla y á los cuales respetaba yo tanto, como un hombre rudo é ignorante debe respetar á dos literatos. Al mismo tiempo les rogué que no hiciesen ninguna alteración en el manuscrito, pues todo lo que allí se hallaba estaba escrito de buena fé. Luego que leyeron mi historia ponderaron lo maravilloso de mi castellano antiguo; pero sin ninguna de las flores ni adornos que tanto acostumbran nuestros buenos escritores. Al mismo tiempo me advirtieron, que mi obra sería mucho meior, si no hubiese yo tomado por mi cuenta, sino que hubiese dejado á otros, el cuidado de alabarme á mi mismo y de alabar á mis compañeros; á los que les contesté, que era común y corriente que los vecinos y compañeros se alabasen los unos á los otros y que si no hablábamos bien de nosotros, ¿quien había de hacerlo.?

Demás, que nadie había presenciado nuestras batallas y nuestras proezas, si no eran las nubes del cielo y las aves que volaban por nuestras cabezas.»

No obstante los elogios de los dos licenciados en lo tocante al buen estilo, este es demasiado pedestre, abunda en barbarismos y á veces está sazonado con chistes propios de cuartel; sin embargo, tiene el mérito de ex

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presar muy claramente los pensamientos del autor y de ser muy acomodado á la sencillez de su carácter. La

. obra está dispuesta con menos cuidado y esmero que el ordinario entre las de su género y abunda en esas digresiones y repeticiones que acostumbran los hombres vulgares al contar sus cosas. Pero es inútil criticar según las reglas del arte á un escritor, que las ignoraba completamente, y mas, atendiendo poi otra parte á sus obras serán leídas y releídas por los literatos y estudiosos á pesar de los defectos de que adolece, mientras que las composiciones de escritores mas clásicos dormirán tranquilamente. "- .. ¿En qué consiste, entonces, el encanto de la Historia

#de Bernal Díaz? En el espíritu de verdad que la anima; en que nos presenta las situaciones tales cuales eran, y los sentimientos tales cuales existían en el corazón del escritor. Este es el mérito de su Historia; mérito que frecuentemente tienen las obras de los que siendo ignorantes se cuidan tan solo de referir los sucesos, y de que carecen las de esos consumados y fastidiosos literatos, que solo piensan en el modo de expresarse.

Una mera contingencia hizo que esta preciosa crónica saliese del olvido en que habían caido en la península tantas otras de mas alto mérito. Por mas de sesenta años estuvo sepultada en una librería privada, hasta que llegó á manos de fray Alonso Remon, cronista general de la orden de la Merced, quien tuvo la sagacidad de descubrir bajo el tosco exterior de la obra su grande importancia para ilustrar la historia de la conquista. Este monje alcanzó licencia para imprimir dicha crónica; y bajo sus auspicios se la púbiicó en Madrid en 1632, cuya edición es la que he consultado para mi obra.

279 — «Mandó Cortés que le buscasen para traerle á su presencia, y por este medio averiguó que se había reti rado poco antes el ejército de los mejicanos, llevando consigo la poca gente que se quiso ajustar á seguirle, que según lo que decían aquellos paisanos, era de cortas obligaciones, porque la nobleza y el resto de sus vasallos aborrecían su dominio, y se quedaron con pretesto de buscarle después. Averiguóse también que tenía resuelto agasajará los españoles hasta merecer su confianza y conseguir su descuido para introducir después las tropas mejicanas que acabasen con todos ellos en una noche; pero cuando supo de su embajador las grandes fuerzas con que le buscaba Hernán Cortés, le faltó el ánimo para mantener su estratagema; y tuvo por mejor consejo el de la fuga, dejando su ciudad y sus vasallos á la discreción de sus enemigos.» Solis.

280 - Algunos historiadores aztecas dicen qu£ Cortés, antes de abandonar á Méjico arrojó ahorcados á Cacama y otros por sobre los muros de su cuartel, para intimidar á los indios, poco antes de salir de Méjico, y los mas y el mismo Prescott que pereció (".acama con los hijos de Motezuma en los canales de la noche triste.

Solis parece ignorar 6 no acordarse de la muerte de Cacama, cuando dice: tNo nos dicen los historiadores ó la dicen con variedad, si reinaba entonces en Tezcuco el hermano de Cacumaiziná quien dejamos preso en Méjico por haber conspirado contra Motezuma y contra los españoles. Queda referido como se dio la corona á su • hermano, y el voto electoral á instancia de Cortés; y según el suceso parece que ya reinaba el desposeído, siendo muy creíble que lo dispusiese asi el nuevo emperador, mediando en su restitución la circunstancia de ser enemigo capital de los españoles, á cuya opinión hace algún viso la desconfianza de Cortés, porque apenas recibió la embajada cuando se apartó del embajador, para conferir con sus capitanes la respuesta.»

A esto decimos que mal pudo ser restituido por el emperador por estar ya Cacama en el otro mundo, bien

por haber sido arrojado muerto con otros por las paredes del cuartel ó haber muerto en la noche triste; y que ¡a duda de Cortés no abona nada en su posición de So-, lis; no solo porque no tenía motivo para tener desconfianza, desde que el emperador era enemigo mortal de los cristianos, y debería tener en Tezcuco un acérrimo partidario suyo, sino también, porque alli le mataron últimamente los españoles que iban á Méjico, poco antes de su salida.

Lo mismo que Solis, Bernal Díaz y Gomara y otros no dicen el nombre del señor que volvió á poner Cortés en Tezcuco, sino dicen algunos, que se convirtió al cristianismo y llamóse Hernando Ticocolzin; dice Prescott que no vivió uno algunos meses. El único que lo llama Tecocol es Sahagun. Y aunque dice Prescott: <Este, que era general de sus ejércitos, —por Ixtlilxochitl -puede decirse que gobernó el reino durante la vida de su her mano», no obstante, dudando que Tecocol é Ixtliinr. chitl no sean mas que uno mismo, dice lo siguiente en una nota:

«El advenimiento de Tecocoí y aún su existencia ha quedado sin mencionar por algunos historiadores, y por otros ha sido dado á conocer, pero de una manera tan equívoca por haber omitido el nombre, que es muy dudoso si se habla mas bien de su menor hermano Ixiililxochitl. El historiador Tezcucano, que lleva este melodioso nombre, es el único que ha hablado algo de la historia de aquel príncipe. He adoptado sus noticias, que supongo exactas, porque como pariente debía saberlas bien, aunque es necesario confesar que es tan crédulo que no siempre se le debe dar fé.»

Y mas adelante agrega: «Reina entre los historiadores la mayor obscuridad en lo tocante á este príncipe, al cual parece que han confundido muy frecuentemente con. su hermano el que le precedió en el trono de Tezcuco. Es raro que á ninguno de los dos se le miente con otro nombre que el de Herna.ido; y si es cierto, como Herrera lo asegura, que los dos tenían ese nombre, esto explica hasta cierto punto la dicha confusión.»

Y Cortés en su Relación tercera dice: «Istrisuchil, (Ixtlilcochitl) que es de veintitrés ó veinticuatro años, muy esforzado, amado y temido de todos.»

281— En esta arenga, que dirigióse á Cortés, donde dice Solis, Cacumatzin pongo yo Coanaco, por las razones expuestas en la nota anterior.

282 — En la misma forma que los españoles aplicaban la pena capital, lo hacían los tezcucanos, comx) hácelo notar Prescott, en lo siguiente: «Este desagradable consejo llegó á oídos del príncipe, quien ofendido é irritado «e puso á la cabeza de su compañía de mancebos, entró en las casas de los principales consejeros, los sacó de ellas arrastrándoles y les dio garrote, que era el modo con que se ejecutaba la pena capital en Tezcuco.» . vv

283 — € Murieron de ellos mas de seis mil ánimas entre hombres, y mujeres, y niños; porque los indios nuestros amigos, vista la gran victoria que Dios nos daba, no entendían otra cosa sino matar á diestro y siniestro.»

284— «Y certifico á V. M. que allende nuestro trabajo y necesidad, la mayor fatiga que tenía era no poder ayudar y socorrer á los indios nuestros amigos, que por ser vasallos de V. M. eran molestados y trabajados por los de Colhua.» Cortés. :- : .

.285— «El m.iedo era el gran principio de cohesión que unía los heterogéneos elementos de que se componía la monarquía azteca, la cual debía disgregarse bajo la acción

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de una fuerza mas enérgica. No era esta por cierto la primera vez que las razas oprimidas trataban de recobrar su libertad; pero hasta entonces todas las tentativas se habían malogrado por falta de concierto. Estaba reservado al genio pujante de Cortés extinguir ios odios hereditarios, combinar los esparcidos elementos de fuerza y dar á todos un principio de acción común.» P^escott.

Lleno de admiración Oviedo hacia su héroe hace de él el siguiente elogio, prediciendo, como se ha verificado, que su nombre sería inmortal. «Sin duda alguna la habilidad y esfuerzo é prodencia de Hernando Cortés, muy dignas son que entre los caballeros é gente militar en nuestros tiempos se tenga en mucha estimación y en los venideros nunca se desacuerden. Por causa suya me acuerdo muchas veces do aquellas cosas que se escriben del capitán Visiato, nuestro español y estremcño; y por Hernando Cortés me ocurren al sentido las mtjchas fatigas que aquel espejo de la caballería, Julio César, dictador, como parece por sus comentarios é por Suetonio é Plutarco é otros autores que en conformidad escribieron los grandes hechos suyos. Pero los de Hernando (>ortés, en un mundo nuevo é tan apartadas provincias de Kuropa, é con tantos trabajos é necesidades é pocas fuerzas, é con gente tan innumerable é tan bárbara é belicosa é apacentada en carne humana, é aún habida oor excelente é sa broso manjar entre sus adversarios; é faltándole á él y sus milites el pan é vino é los otros mantenimientos todos de España, y en tan diferentes regiones é aires, é tan desviados é lejos de socorro é de su príncipe cosas son de admiración.»

28t» — t^^ue era cosa maravillosa de ver, y así me parece que es de oír, llevar trece furtas, diez y ocho leguas por tierra.» Cortés.

«Dos ejemplos se recuerdan de un trasporte de naves por tierra: el uno en la Historia antigua y el otro en la moderna; ambos, ¡cosa rara! en el mismo lugar, en Tárente, en Italia. El primero ocurrió cuando el sitio de esta ciudad por Annibal, el otro acaeció 17 siglos después, cuando el gran capitán Gonzalo de Córdova; pero la distancia de donde se las trajo era muy pequeña. Un ejemplo mas análogo es el de Balboa, el audaz descubridor del Pacífico: este dispuso que fuesen trasportados cua tro bergantines á distancia de veintidós leguas, atravesando el Istmo de Darien; pero á pesar del estupendo trabajo llegaron á su destino, (véase á Herrera). Esto se verificó en 1516, poco tiempo antes de lo de Cortés, cuyo genio emprendedor acaso de allí tomaría la idea de su gran empresa, la cuál fué mas feliz, pues era mas vasta.»

287 — Jaltocán, Yaltócan ó Xaltócan; como Haustépec ó Guastepeque; Tucápan ó Tizápan; Malcalzinco ó Me xicalzingo; Ácitlan ó Naucálpan; Capistlan, Guauhiitlan ó Cuauhtitlan; Tenajócan ó Tenayuca,

288 — «Los españoles acostumbraban abrir el combate con una carga de caballería; pero si la ciencia de los aztecas hubiera s<Jo iguala su valor, habrían podido, por medio de largas lanzas, volver algunas veces en favor suyo el éxito de la batalla; porque mediante esta arma formidable, lograron los montañeses suizos, pocos años antes de este período de nuestra historia, derrotar y vencer completamente la famosa caballería de Carlos el Calvo, la mejor de sus tiempos. Mas los bárbaros ignoraban la utilidad de esta arma para contener la caballería; aunque pudo suceder también que la vista del caballo y del jinete haya causádoles una impresión misteriosa, que acaso contribuía tanto á desconcertarles con el mismo caballo, c Prescott.

A esta observación de Prescott, narro yo en mi ConQ^uiSTA DEL Perú, anterior á la presente, un caso con-

trario: al emprender Pizarro su Conquista del Perú, bajó un grupo de caballería en una de las costas del Pacífico, á la que hicieron frente los indígenas, y tuvieron á mal traer; pero cae uno de los jinetes, y huyen espantados los indios, creyendo, —al haber tenido i caballo y jinete por una sola pieza,— que súbitamente iban á bajar todos para atacarlos, y á esta casualidad otros autores suponen, que sino hubieran perecido los invasores i la orilla del mar. j ^ -

281Í — «Ya amaneciendo los indios nuestros amigos comenzaron á saquear y quemar toda la ciudad, salvo el aposento donde entibamos, y pusieron tanta diligencia, que aun del se quemó un cuarto; y esto se hizo porque cuando salimos la otra vez desbaratados de Temixtítan,' pasando por esta ciudad, los naturales de ella, juntamente con los de Temixtítan, nos hicieron muy cruel guerra y nos mataron muchos españoles.» Cortés.

«Cortés y los suyos hicieron cuanto pudieron para impedir que cundiese el incendio; pero los tlascaltecas eran hombres feroces y difíciles de conducir en todos tiempos; pero cuando estaban inflamados no obedecían ni al general mismo. Eran temibles auxiliares, y á causa de su insubordinación, tan terribles á veces como amigos, que como enemigos». Prescott.

21)0 — Dice Prescott e! estandarte de Cortés; pero aténgome d una bandera, como dice Solís; pues no era Cortés tan lento para sacar su gran estandarte en canales ni guerrillas, sino en las grandes batallas ó manifestaciones.

291 — c¿Pensais que hay agora otro Motezuma para que haga todo lo que quisiérades?» Cortés.

292 — cEl distinguido naturalista Hernández habla frecuentememte de este jardín de donde sacó muchos de los ejemplares para su grande obra. Tuvo el mencionado jardín la buena fortuna de que se le conservase hasta después de la conquista; y sirvió por sus plantas medicinales para el hospital que se estableció en las inmediaciones». Clavijero.

«La cual huerta es la mayor y mas hermosa y fresca que nunca se vio, porque tiene dos leguas de circuito y por medio della va una gentil ribera de agua, y de trecho en trecho cantidad de dos tiros de ballesta, hay aposentamientos y jardines muy frescos é infinitos árboles de diversas frutas y muchas yerbas y flores olorosas, que cierto es cosa de admirar ver la gentileza y grandeza de toda esta huerta». Cortés.

Y Bernal Díaz, según Prescott; «no le va en zaga á Cortés en punto á ponderaciones y elogios de dicha huerta».

293 — Dice Cortés: «que quedó tan teñido de sangre el riachuelo, que por mas de una hora no pudieron beber su agua;» á lo que agrega Prescott;— que no permitiendo Diaz exajeracioaes, sino las suyas, dice: «tanto ttempo cuanto tarda uno en decir Ave María.» Recuérdese que ninguno de los do.? estaba presente. ;

294— El capitán Bernal Díaz, que afecta en sus cal culos una sobriedad que le hace á veces apocar los del capellán Gomara, dice que las tuerzas de los aztecas eran 20.000 indios en 2.000 canoas.

295 — «Ixtlilxochitl procuraba siempre traer á la devoción y amistad de los cristianos, no tan solamente á los del reino de Tezcuco, sino aún los de las provincias mas remotas, rogándoles que todos se procurasen dar de paz al capitán Cortés, y que aún de las guerras pasadas, algunos tuviesen culpa, era tal su amistad y de deseaba tanto la paz, que luego al punto los recibiría afable.»

• ■' - 296— Cortés dice: que estas embarcaciones vinieron al

mismo tiempo, pero sin decir de qué parte. Bernal Díaz,

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que solo habla de un buque, dice que llegó de Castilla, lo que autores posteriores juzgaron improbable, entre ellos Prescott, que dice: «Pero soldado viejo, escribió muchos años después de la conquista, y puede haber confundido el verdadero orden de los sucesos. Es sumamente improbable que haya venido de Castilla un refuerzo tan importante, siendo así que Cortés no habla recibido ninguna protección del rey y ni aún la confirmación de lo que había hecho, para que en vista de ella los aventureros de la madre patria tuvieran ningún aliciente que los hiciese alistarse bajo las banderas del conquistador. > El mismo Prescott dice que eran tres naves. Herrera, que hace mención de una, no dice de dónde vino, quizá por evitar la incertidumbre con la omisión, y Solis se expresa en estos términos;

€ Parece impracticable que viniese de Castilla, encaminado á Cortés, sin traer cartas de su padre y de sus procuradores, particularmente cuando podían avisarle de los buenos efectos que iban produciendo sus diligencias; cuya noticia, según estos autores, recibió mucho después! Con menos repugnancia nos inclinamos á creer que vino déla isla de Santo Domingo, á cuyos gobernadores, como se dijo en su lugar, se dio noticia del empeño en que se hallaba Cortés; y no es argumento de que se induce lo contrario, el venir tesorero del rey, pues era de su jurisdicción el nombrar personas que recogiesen los quintos de su magestad, y tenían á su cargo todas las dependencias de aquellas conquistas. Como quiera que sucediese, no pudo el socorro llegar á mejor tiempo, ni Hernán Cortés dejó de acertar con el origen de aquellas asistencias, atribuyendo á Dios, no solamente la felicidad con que se aumentaban sus fuerzas, sino el mismo vigor de su ánimo, y aquella maravillosa constancia, que no sienio impropia de su valor natural, la extrañaba como efecto de influencia superior.»

Y Prescott dice terminantemente: cTambien recibió el general la placentera noticia de que habían arribado i Veracruz tres naves, que conducían á doscientos hombres, bien provistos de armas y municiones, y setenta ú ochenta caballos. No podía ser mas oportuno este refuerzo ue no se sabe d pauto fijo de dónde venía, aunque es proable que de la Española. Como recordará el lector, había enviado Cortés á pedir refuerzos á esta isla, cuyas autoridades tenían á su cargo el gobierno de todas las tierras nuevamente descubiertas, y se habían manifestado varias veces favorables á Cortés, probablemente mas que por cualquier otro motivo, porque lo consideraban el hombre mas capaz de llevar á cabo la conquista.»

297 — En su origen llamóse Quahuahuac; pero en tiempo de la conquista llamábase también adulteradamente Quatlabaca y Cuernavaca, siendo hoy conocido por este último.

«Era Quatlabaca lugar populoso y fuerte por naturaleza, situado entre unas barrancas ó quiebras del terreno, cu - ya profundidad pasaría de ocho estados, y servía de foso á la población y de tránsito á los arroyos que bajaban de la sierra.» Solis.

298— «Porque de mí digo que verdaderamente cuando pasaba, que lo vi muy peligroso y malo de pasar, y se me fué desvaneciendo la cabeza, y todavía pasé yo y otros veinte ó treinta soldados y muchos tlascaltecas.» Bernal Díaz.

«Tomaron la vuelta con ánimo de acometer por las espaldas y lo consiguieron, asistidos ya de alguna infantería, cuyo socorro se debió á Bernal Diaz, que aconse jándose con su valor, penetró el foso por dos ó tres árboles, que pendientes de sus raíces descansaban de su mismo peso en la orilla contrapuesta. Siguiéronle algu nos españoles de los que asistían á la diversión, y número considerable de indios, llegando unos y otros i incorpo rarse con los caballos al mismo tiempo que se disponían para embestir.» Solis.

Otros autores refieren e>te pasa¡e de los barrancos como lo dejo yo narrado.

299 — «La ciudad de Cuernavaca estaba comprendida en los dominios del duque de Moteleone, descendiente y heredero del conquistador. Los españoles en su derrotero hacia el Norte no se apartaron mucho probablemente del camino real, que va actualmente de Méjico á Acapulco, y que en su parte elevada tiene -hoy los mismos caracteres que ofrecía en tiempo de la conquista.» Prescott.

300 — fUna tierra de piñales, sin ninguna agua y cual y un puesto pasamos con grandísimo trabajo y sin beber, tanto que muchos de los indios que iban con nosotros perecieron de sed.» Cortés.

SOI — «Salió Hernán Cortés de este combate con dos heridas leves, y Cristóbal de Olea con tres cuchilladas considerables, cuyas cicatrices decoraron después la memoria de su hazaña. Dice Antonio de Herrera que se debió el socorro de Cortés á un tlascalteca, de quien ni antes se tenía, ni después se tuvo noticia, y deja el suceso en reputación de milagro; pero Bernal Díaz del Castillo, que llegó de los primeros al mismo- socorro, le atribuye á Cristóbal de Olea, y los de su linage, dejando á Dios lo que le toca, tendrán alguna disculpa si dieron mas crédito á lo que fué que á lo que se presumió.»

«Otro día buscó Cortés al indio que le socorrió, y muerto ni vivo no pareció; y Cortés por la devoción de San Pedro juzgó que él le había ayudado.» Herrera.

802— «Puede escusárs^ile que haya presumido la intervención de algún ángel bueno, si se considera lo tremenda que era la suerte de los cautivos, y que en el presente caso no debía tener grandes esperanzas de que fueren mitigados sus tormentos. ¡Demasiado intrépido debe haber sido el corazón que, faese el motivo que fuese, desafiaba voluntariamente semejante peligro! Pero sus compañeros hicieron tanto como él, y lo que es mas, con menores recompensas.

La época de que vamos hablando pertenecía todavía á la edad soiprendente y novelesca de la caballería; á esa edad de que no podemos formarnos una idea en estos tiempos de práctica y positiva realidad. El español, con su nimio pundonor, sus romances heroicos y sus altiveces y vanagloriosas bravatas, era el legítimo representante de aquella época. Los europeos, en general, todavía no se acostumbraban al ocio de la vida literaria, ni á la actividad del comercio, ni á la mansedumbre de la agricultura; estas ocupaciones se quedaban para el solitario y recluso monje, para el humilde aldeano y el miserable siervo. Las armas eran la única profesión de hombres nobles, la única carrera en que podían entrar con « honor los hidalgos bien nacidos y esforzados. El nuevo mundo ofrecía vasto teatro al ejercicio de esta vocación, :', ; y el español la abrazó con todo el entusiasmo de un hé- ■ roe de romance.

Otras naciones entraron también, pero por diferentes \ motivos. El francés mandaba allí sus misioneros para ^' que, habituado entre los infieles, ganasen almas para el '^ paraíso y sobrellevasen ó aún buscasen para sí la corona ' del martirio. El holandés tenía también su misión, la del lucro terrenal, y encontraba sobrada recompensa de sus fatigas y peligros, en el ganancioso tráfico con los indios. Nuestros antepasados los puritanos, llevados verdaderamenre por un espíritu anglo sajón, abandonaban . los placeres de la patria y se echaban al océano para ir á buscaren desiertos espantosos, todas las dulzuras de - la libertad civil y religiosa. Pero los españoles venían al nuevo mundo llevados de un espíritu de verdaderos acballeros errantes, en busca de aventuras y peligros, como si este fuese su único objeto. Siempre estaban prontos á ^'

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esgrimir la espada y la lanza en defensa de la fé, y cuando daban el grito de «Santiago», se imajinaban estar militando bajo !as banderas del apóstol en persona; sentían que su brazo era igual al de cien hombres inicies. Era la hora en que espiraba la edad de la caba Hería; pero España, la romántica España, fué la tierra donde la luz alumbró por mas tiempo el horizonte. »

\MX\ — «Que mis huesos los lleven i la mi villa de Coayacan, y allí les den tierra en el monasterio de monjas que mando hacer y edificar en la dicha villa.» Testamento de Cortés.

«Este lugar notable por su belleza excesiva, — dice Prescott,- fué después de la conquista la residencia favorita de Cortés, el cual fundó allí un convento de monjas y mandó en su testamento que allí se enterrasen sus huesos, fuera cual fuere el lugar donde muriera;» pero su traductor agrega: í\o se llegó d fundar e^te conventa.

304 — «Pues cuando vieron la gran ciudad de Méjico y la laguna, y tanta multitud de canoas, que unas iban cargadas con bastimentos y otras iban á pescar y otras baldías, mucho mas se espantaron, porque no las habían visto hasta ahora en aquella sazón y dijeron que nuestra venida en esta Nueva España, que no eran cosas de hombres humanos, sino que la gran misericordia de Dios era quien nos sostenía.»

cEn este instante suspiró Cortés con una muy gran tristeza, mucho mayor que la que de antes tenía » Bernal Díaz.

30.") — «No se puede dudar que Cortés, lo mismo que cualquier otro del ejército, conocía que estaba militando en una santa cruzada, y que independientemente de toda consideración mundanal, no podía servir mejor á Dios, que plantando la Cruz en las torres salpicadas de sangre, de la metrópoli azteca. Pero era natural que sintiese alguna aflicción al ver aquel soberbio espectáculo y al pensar en la próxima tempestad y en que aquellos ricos pimpollos de la civilización iban á ser dentro de breve marchitados y desbaratados por el violento soplo de la guerra. ¡Magnifico espectáculo el del gran conquistador deplorando á sus solas la devastación que amenazaba á aquella tierra! Parece que verle de esta suerte produjo una fuerte impresión en sus soldados, poco acostumbrados á descubrir en él semejantes pruebas de sensibilidad. Esto prestó asunto para algunos romances ó cantos nacionales, con que los copleros castellanos de los tiempos antiguos acostumbraban recordar á los héroes favoritos de su país, y los cuales siendo un intermedio entre las tradiciones orales y las crónicas, han sido una memoria imperecedera como las crónicas mismas.»

cDíaz trae las primeras redondillas del romance, que no he podido encontrar en ninguno de los romanceros impresos:

En Tacuba está Cortés

con su escuadrón esforzado;

triste estaba y muy penoso,

fiste y con gran cuidado,

la una mano en la mejilla

y la otra en el costado.» Prescott. Yo tampoco lo he podido encontrar, ó mejor dicho, no existe en la única edición que tengo, publicada en París por la casa de Baudry en i8j8 — con el título: Tesoro de los romanceros y cancioneros españoles, históricos, caballerescos, moriscos, y otros, recogidos y ordenados por don Eugenio de Ochoa.

H06 — Dice Prescott, refiriéndose á Ixtlilxochitl: «El anal por su parte, también había sido concluido, mer-

ced á ocho mil indios, que hablan trabajado en él por cerca de dos meses.

«Era obra de irucho trabajo, pues tenía media legua de largo, doce pies de ancho y otros tantos de profundidad. Los dos lados estaban asegurados por palizadas ó con obras de mampostería. De trecho en trecho había compuertas y diques, y parte del canal estaba cortado en la viva peña. Por aquel canal podían ser echados los bergantines en el agua, con toda seguridad.»

.'M^7 — «I desde allí adelante, aunque mostraba gran voluntad á las personas que eran en la conjuración siempre se recelaba de ellos.» Bernal Díaz.

Y uno de sus mejores hist«)riadores dice lo siguiente:

«La conducta de Corsés en esta ocasión prueba una gran sangre fría y conocimiento del corazón humano. Si hubiese publicado á las claras ó siquiera dejado traspirar los planes que había descubierto, habría vuelto sus enemigos irreconciliables á todos los implicados en aquellos: á una imprudencia de esta clase, que cometió Luis XI al principio de su reinado, debió los disturbios que le agitaron después. Una vez arrancada la máscara, ya no había ocasión ni de disimular las apariencias: parece que se cerraba la puerta al arrepentimiento y la malevolencia que sin esto se habría mitigado por el tiempo las circunstancias ó la generosidad, habría degenerado con otra conducta en odio profundo é implacable rencor. Cortés se habría rodeado en su campo mismo de enemigos mas implacables que los aztecas.

De todos modos, los culpables habían recibido el escarmiento bastante para no volver á arriesgar sus vidas en tramas de las misma clase; y procuraron con demostraciones de lealtad y con la asiduidad en el servicio, alejar de sí toda sospecha. Cortés por su parte tuvo estudio en guardar su porte habitual, igualmente distante de la desconfianza, y— lo que es todavía mas difícil, — de esa estudiada afabilidad, que revela con claridad las sospechas que se tienen de aquel á quién se dispensa.»

IVKS— cAplicó Cortés á cada bergantín veinte y cinco españoles con un capitán, doce remeros, á seis por banda y una pieza de artillería. Los capitanes fueron Pedro de Barba, natural de Sevilla; García Hólguin, de Cáseres; Juan Portillo, de Portillo; Juan Rodríguez de Villatuerte, de Medellin; Juan Jaramillo, de Salvatierra, en Estremadura; Miguel Díaz de Auz, aragonés; Francisco Rodriguez Magariño, d2 Mérida; Cristóbal Klores, de Valencia de don Juan; Antonio de Carbajal, de Zamora; Gerónimo Ruiz de la Mota, de Burgos; Pedro Briones, de Salamanca; Rodrigo de Morejon, de Lobera, de Medina del Campo; y Antonio Sotelo, de Zamora; los cuales se embarcaron luego cada uno á la defensa de su bajel y a! socorro de los otros.» Solis.

De los trece bajeles uno salió defectuoso, así es que solo quedaron doce, poniéndose un falconete á cada uno^ y quedó reducido á trescientos soldados el número destinado á esta escuadrilla. , -.; ;

309— «Los bergantines se conservaban todavía mucho tiempo después de la conquista, en los astilleros de Méjico, como monumentos preciosos.» Toribio.

«Otras muchas é notables cosas cuenta el autor que he dicho de aqueste famoso rey Sesótris, en que no me quiero detener ni las tengo en tanto como esta tranchea ó canja que es dicho, y los bergantines de que tratamos, los cuales dieron ocasión á que se hnbiesen mayores tesoros é provincias é reinos, que no tuvo Sesóstrís; para la corona Real de Castilla por industria de Hernando Cortés.» Oviedo.

310— Según la relación de Cortés la división de Alvarado llevaba p jinetes, i68 infantes, 2 piezas 725.000 tlascaltecas; la de Olid 33 caballos, 178 infantes, 2 pie-

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zas y 25.000 tlascaltecas; y la de Sandoval 24 jinetes, y 167 infantes y 2 piezas y ;o.ooo indios, los cuales eran, según Herrera, del Chalco, Nolula y Güacocingo. Díaz Berna! reduce las fuerzas aliadas á !a tercera parte.

311 — Hay diversas versiones entre ios antiguos y modernos historiadores respecto á la muerte del general Jicotencal. Nosotros seguimos la de Herrera, quien la tomó del memorial de Ojeda, uno de los encargados de la prisión del dicho caudillo. Dice Bernal Díaz que fué ejecutado en el camino, según orden secreta de Cortés; ly Solis, hácele morir del mismo modo, suponiendo que así debió ser y no en Tezcuco, donde esiaban las huestes tlascaltecas; pero á tal objeción replica Prescott, que ya habían salido del Tezcuco, cuando se efectuó la ejecución, porque Cortés despachó á todos los aliados antes que á sus divisiones, las que ya se hallaban también fuera de allí, incluso el mismo Bernal Díaz, que estaba agregado i Alvarado.

Y todos están contestes, que el mismo Jicotencal, padre, manifestó en el Senado, al recibir el aviso de Cortés, que según también las leyes de Tlascala, merecía su hijo la pena de muerte por desertor.

312 — cE encontrárnosles de tal manera, que ninguno de ellos se encapó, excepto las mugeres y niños, y en este combate me hirieron á veinticinco españoles, pero fué muy hermosa victoria.» Cortés.

313 — I como yo deseaba que el primer encuentro que con ellos hubiésemos fuera de mucha victoria, y se hiciese de manera que ellos cobrasen mucho temor de los bergantines, porque la llave de toda la guerra estaba en ellos.» Cortés.

tPlugo á Nuestro Señor, que estándonos mirando los unos á los otros, vino un viento de la tierra muy favorable para embestir con ellos. t Cortés.

€Solo una pequeña parte de la flota india logró llegar al puerto y buscó abrigo en los canales del corazón de la ciudad, donde no podían perseguirla los pesados bergantines. Esta victoria, aún mas sangrienta de lo que el sanguinario Cortés había pronosticado, probó decisiva mente la superioridad de los españoles y los dejó dueños absolutos de las aguas.» Prescott

cPero aquella inefable providencia, que no se descuidaba en declararse por los españoles, dispuso entonces que se levantase de la tierra un viento favorable, que hiriendo por la popa en los bergantines, les dio todo el impulso de que necesitaban para dejarse caer sobre las embarcaciones mejicanas. Dieron principio al ataque las piezas de artillería, disparadas á conveniente distancia, y cerraron después los bergantines á vela y remo, llevándose tras sí, cuanto 5e les puso por delante. Peleaban los arcabuces y ballestas sin perder tiro: peleaba también el viento, dándoles con el humo en los ojos y obligándolos á proejar para defenderse; y peleaban hasta los mismos bergantines, cuyas proas hacían pedazos á los buques menores, sirviéndose de su flaqueza para echarlos á pique sin recelar el choque. Hicieron alguna resistencia los nobles que ocupaban las quinientas embarcaciones de la vanguardia: lo demás tué tal confusión y zozobrar las unas al impulso de las otras. Perdieron los enemigos la mayor parte de su gente: quedó rota y deshecha su armada, cuyas reliquias miserables siguieron los bergantines, hasta encerrarlas á balazos en las acequias de la ciudad.

Fué de grande consecuencia esta victoria, por lo que influyó en las ocasiones siguientes el crédito de incontrastables que adquirieron este día los bergantines, y por lo que desanimó á los mejicanos el hallarse ya sin aquella parte de sus fuerzas, que consistía en la destreza y agilidad de las canoas, no por lo que perdieron entonces, número limitado, respecto de las que tenían de reserva, sino porque se desengañaron de que no era de servicio,

ni podían resistir á tan poderosa oposición. Quedó por los españoles el dominio de la laguna, y Hernán Cortés tomó la vuelta cerca de la ciudad, despidiendo algunas balas, mas á la pompa del suceso que al daño de los enemigos. I no le pesó de ver la multitud de mejicanos, que coronaban sus torres y azoteas á la esperacion de la batalla, tan gustoso de haberles dado en los ojos con su pérdida, que aunque á la verdad eran muchos para enemigos, le parecieron pocos para testigos de su hazaña: complacencias de vencedores, que suelen comprende» á los mas advertidos, como adornos á la victoria ó como accidentes de la felicidad.» Solis.

314 — I era tanta la multitud, que por el agua y por la tierra no veíamos sino gente, y daban tantos gritos y alaridos que pa.'^ecía que se hundía el mundo.» Cortés.

31.5 — 1 con todo esto no so determinaban los cristianos de entrar en la plaza, por lo cual diciendo Hernando Cortés que no era tiempo de mostrar cansancio ni cobardía, con una rodela en la mano, apellidando Santiago, arremetió el primero.» Herrera.

316 — c La gran masa de otamíes era una raza salvaje que habitaba las anchas crestas de la mesa, allá en lo apartado del Septentrión. Pero algunos de ellos habían penetrado en el valle y habían entrado en alianza con lerzucanos y aun con tlascaltecas; y eran unos de los mejores soldados de los ejércitos de estas naciones.»

31 7-- En cada asalto se volvían á encontrar los fosos mas ó menos reparados por los obstinados mejicanos, y los materiales de que se les había llenado con gran trabajo, removidos de allí. Extraño parecerá que Cortés no tomase una providencia para impedir que se repitiese esta operación que en cada ataque le ocasionaba tanta dilación y tropiezos; pero Cortés dice al emperador en su relación tercera, que para impedirlo se habría vi^to necesitado de establecer cuarteles en la misma ciudad, se habría visto cercado de enemigos y separado del resto del país; ó que si se hubiese destacado suficiente número de españoles, porque los indios no eran para el caso, para que defendiesen las cortaduras durante la noche, les habria impuesto un trabajo superior á sus tuerzas, pues eran hombres que durante el día tenían que trabajar con asiduidad.

-I Alvarado y Sandoval por su parte también lo hicieron bien, culpando á Hernando Cortés por estas retiradas, queriendo muchos que se quedaran en lo ganado por no volver tantas veces á ello.» Herrera.

318— cSin embargo, este fué el arbitrio que tomó Alvarado, el cual destacaba por ¡as noche? una guardia de cuarenta hombres para que cuidara de lo> fosos próximos á la ciudad. Este destacamento era relevado ai cabo de cuatro horas, por otros de refresco, y este por otro ter cero, permaneciendo los dos primeros en el puerto; por manera que en el momento de alarma se encontraba dispuesto á repeler el ataque un cuerpo de ciento veinte hombres. Algunas veces, toda la división pernoctaba cerca del foso y permanecía sobre las armas en actitud de combate.» Prescott.

«Porque como era de noche no aguardaba mucho y desta manera que he dicho velábamos, que ni porque lloviese, ni vientos ni frios, y aunque estábamos metidos en grandes lodos y heridos, allí habíamos de estar.» Bernal Díaz.

319 — «No recuerdo haber encr»ntrado en ningún conquistador el censo de la población; sin embargo de que tampoco sería muy digno de fé, aunque se encontrase. No obstante, debe aquella haber sido muy numerosa,

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puesto que donde quiera que se presentasen los sitiado res, eran resistidos pronto y cumplidamente.» Prescott.

el como aquel día llevábamos mas de ciento y cincuenta mil hombres de guerra.» Cortés.

•Que ni podían ver los ojos de los católicos y cristianos mas espantable y aborrecida cosa que ver en el real de los amigos confederados el continuo ejercicio de comer carne asada ó cosida de los indios enemigos, é aun de los que mataban en las canoas é se ahogaban y después el agua los echaba en la superficie de la laguna ó en la costa, no los dejaban de pescar é aposentar en sus vientres.» Oviedo.

í?20 — . tíl exacto cumplimiento de la ceremonia déla misa en medio e las lluvias y del trabajo incesante ha merecido un elogio del editor de (Cortés.» Esto dice Prescott, refiriéndose á Lorenzana, quien expone: tEn el campo, en una calzada, entre enemigos, trabajando día y noche, nunca se omitió la misa para que toda la obra se atribuyese á Dios, y mas en unos meses en que incomodaban las aguas del cielo, y encima del agua las habitaciones é mas las tiendas.» Luego, pues, ya reconoce y confiesa el señor Prescott, que no era solo la ambición del oro ni el noble anhelo de la gloria, los que alentaban á esos héroes, sino también su amor á su religión y el vehemente deseo de ese triunfo, no olvidados ni entiviados en mayores trabajos y peligros.

1521 — «En la división del tesorero, según la carta de Cortés, habían 70 infantes, 7 ú 8 caballos y 15 ó 20000 indios, en la de Tapia 80 infantes y 10 000 indios, y en la suya propia 8 caballos, 100 infantes é infinito número de aliados.» Lorenzana.

322— «Guatemuzi manda tocar su corneta que era una señal que cuando aquella se locase, que habían de pelear sus capitanes de manera que hiciesen presa ó morir sobre ello, y retumbaba el sonido que se metía en los oidos, y de que lo oyeron aquellos sus escuadrones y capitanes, saber yo que decir ahora con que razón y esfuerzo se metían entre nosotros i nos echar mano, es cosa de espanto.» Bernal Díaz.

32)5— «E aquel capitán que estaba con el general, que se decía Antonio de Quiñones, díjole: Vamos, señor, de aquí que salvemos vuestra persona, pues ya esto está de manera que es morir desesperado atender, é sin vos ninguno de nosotros puede escapar, que no es esfuerzo sino poquedad porfiar aquí ot.'"a cosa.» Oviedo.

324 — «Era medio día, porque en las dolorosas escenas que acababan de pasar solo se habían empleado pocas horas, cuando Sandoval montó su hermoso caballo en el que podía confiar por su fuerza y lijereza: era un noble caballo, famoso en todo el ejército y digno de su valiente duf-ño, al cual había llevado y sacado salvo en las largas marchas y de sangrientas batallas.» Prescott.

Este famoso corcel, que puede rivalizar con Babieca, el caballo del Cid Campeador, se llamaba Morilla y cuando alguno quería ponderar la bondad de su caballo decía: es tan bueno como Motilla. «Así lo dice Bernal Díaz:» Era de color castaño, con una mancha en la frente, y para que fuese mas afamado, tenía solo una pata blanca.»

32.") — € Llama el vulgo á este género de cirujía curar por ensalmo, sin otro fundamento que haber oído entre las bendiciones, algunos versos de los salmos, habilidad ó profesión no todas veces segura, en lo moral, y algunas permitida con riguroso examen. Pero en este caso no sería temeridad que se tuviese por obra del cielo semejante maravilla, siendo la gracia de sanidad uno de los dones gratuitos que suele Dios comunicar á los hombres; y no parece creiable que se diese concurso del demonio en

los medios con que se conseguía la salud de los españo* les, al mismo tiempo que procuraba destruirlos con la sugestión de sus oráculos.» Solis.

320— Bernal Díaz hace la descripción mas aterradora de la bárbara inhumanidad con que los mejicanos inmolaron aquellas víctimas en las aras de sus dioses. Puede formarse una idea de la horrorosa sensación que produjo en el alma de los españoles la vista de aquel sangriento espectáculo, que sin poder evitar, contemplaban asombrados desde sus reales, por las siguientes palabras de ese viejo cronista: «Después que vide abrir por los pechos y sacar los corazones y sacrificar aquellos sesenta y dos soldados, que dicho tengo que llevaron vivos de los de

Cortés, y ofrecelles los corazones á los ídolos y ha-

había visto que les aserraban los pechos, y sacalles los corazones bullendo, y cortalles pies y brazos, y se los comieron á los sesenta y dos que dicho tengo; temía yo que un día que otro habían de hacer de mí 10 mismo, por que ya me habían llevado asido dos veces, y quiso Dios que me escapé; y acordóseme de aquellos muertos; y por esta causa desde entonces temí desta cruel muerte, y esto he dicho, porque antes de entraren las batallas, se me ponía por delante una como grima y tristeza grandísima en el tarazón, y encomendándome á Dios y á su bendita madre Nuestra Señora, y entrar en las batallas todo era uno, y luego se me quitaba aquel temor.» Qué confesión tan ingenua y franca- -dice Revilla,— y qué bien sienta y cuan verdadera parece en un hombre que en ciento diez y ocho batallas jamás había dado la menor muestra de cobardía!

327— < Mi difícil, sino imposible, es formar juicio de las fuerzas de que constaban los ejércitos de los indios, y mas todavía calcular sus pérdidas. Ya hemos visto en las batallas con los de Tlascala el número inmenso de sus combatientes; y sobre ese punto y con especialidad acerca de su población, hemos hecho las observaciones que naturalmente nacen de un cálculo prudente, fundado en dalos al parecer verosímiles. Después de aquella inmensa muchedumbre, hemos visto igualmente presentarse en el valle de Otumba un ejército de doscientos mil mejicanos y sufrir en su derrota la pérdida de veinte mil hombres muertos: de suerte que, sin contar los heridos, cada uno de los mil cuatrocientos españoles y tlascaliecas, que próximamente componían la columna de Cortés, hubo de matar catorce indios, y herir por lo menos á otros tantos, correspondiendo á cada uno ciento cuarenta y dos contrarios poco mai ó menos. Mas si estos hechos parecen increíbles, no solo por el número de combatientes y la inmensa población relativa que debe suponerse, sino por la dificultad de reunir bastimentos para semejanre muchedumbre en un país en que, como dice con sobrada razón Mr. Robertson, se hallaba muy atrasada la agricultura; y carecía de animales domésticos; todavía es mas sorprendente, y por lo tanto mas dudoso, el crecido número de tropas que defendían á Méjico, y las no menos numerosas que le combatían á las órdenes de Cortés. Según éste tenía ciento cincuenta mil indios auxiliares; Herrera los hace hace subir á cerca de doscientos mil; y Solis, confiando á Gomara, sienta que pasaban de este número. Además, por los datos que aparecen en los historiadores, resulta que dentro de Méjico se hallaban encerrados mas de doscientos mil indios; y como debe suponerse que ese número solamente se refiera á la gente de armas, puesto que los historiadores dicen haber reunido allí los mejicanos sus principales fuerzas con anticipación, hay que agregar á esa suma otras doscientas mil personas que por lo menos habitarían la ciudad, si su población había de ser proporcionada á la de las capitales subalternas de que ya hemos hablado en otra nota, y sobre todo, á la estensión y grandeza que los mismos historiadores conceden á la

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ciudad de Méjico; entiéndase que para este cálculo suponemos cierto el hecho indicado por varios autores, y juzgamos verosímil, de haber salido de aquella capital antes de acercarse Cortés á ella, muchas familias, que solamente servían para consumir vituallas; y que salieron esas familias de la población, mas no todos sus habitantes, lo prueban las relaciones de Cortés y Beiaal Díaz, que dicen les hacían guerra hasta las mujeres, lanzando desde las azoteas piedras y otras armas arrojadizas. Ahora bien, aun haciendo un calculo tan reducido, todavía aparecen dentro de Mé¡ico cuatrocientas mil almas, á quienes era preciso alimentar. Cualesquiera, pues, que haya tenido ocasión de tocar de cerca las inmensas dificultades que es necesario superar para proveer de víveres á un ejército igual de europeos, á pesar de ser tan cuantiosos los recursos agrícolas de los pueblos civilizados, podrá formarse juicio de la casi absoluta imposibilidad de abastecer á Méjico para un largo asedio, no produciendo el país mas fruto abundante que el maíz y los frijoles, y careciendo de animales domésticos. Asi es que aun cuando, como creemos, no fuese tan crecido el número de combatientes, tanto de una como de otra parte, no era posible pudiesen los mejicanos resistir mucho tiempo el asedioprueba de ello que apenas Cortés estrechó el bloqueo interceptando las comunicaciones de la plaza con tierra firme, cuando al momento comensaron sus defensores á esperimentar todos los horrores del hambre, y de las enfermedades que la acompañan, no obstante la considerable disminución de consumidores, causada por las numerosas pérdidas que sufrieron en sus repetidos encuentros con los sitiadores. Resulta, pues, de todo lo dicho, la suma dificultad que hallamos en dar asenso á los historiadores cuando refieren el crecido número de indios que entraban en combate, así como el persuadirnos que dentro de Méjico hubiesen podido almacenar suficientes víveres para alimentar, aunque fuese por poco tiempo á doscientos mil hombres. Esta misma dificultad la comprueba la penuria que sufrían los n'ismos sitiadores, sin embargo de ser due ños del campo y de proporcionarles las provincias aliadas tortas de maíz, peces y alguuas frutas del país, como cerezas, tunas y quilites, que son unas yerbas de que hacían uso los indios para su alimento. En medio de tantas dificultades y dudas como á cada paso nos ocurren, y sin datos por otra parte para fundar nua opinión que se acerque en lo posible i la verdad, solamente de los desahogos de Bernal Díaz del Castillo contra el cronista Gomara, podemos sacar alguna luz, que si bien no tan clara como sería de desear, puede servir de mucho para que cada uno al leer las historias de aquella conquista, pueda formarse juicio prudente de lo que en ellas vea referido. Las palabras de Bernal con referencia á Gomara son ciertamente muy notables: «I también dixe este cronista, que iban tantos millares de indios con nosotros á las entradas, que no tiene cuenta ni razón en tantos como pone; y también dize de las ciudades y pueblos y poblaciones, que eran tantos millares de casas, no siendo la quinta parte; que si se suma todo lo que se pone en su historia, son mas millones de hombres, que en toda (bastilla están poblados, y eso se le da poner mil que ochenta mil, y en esto se jacta, creyendo que va mu> apacible su historia á Iss oyentes, no diciendo lo que pasó.» Poco antes había consignado Bernal Díaz estas notabilísimas palabras: «I sepan que hemos tenido por cierto los conquistadores verdaderos, que eso vemos escrito, (la crónica), que debieron de grangear al Gomara con dádivas, porque lo escribiese desta manera.» Débese tañer presente que los historiadores han copiado en mucha parte los errores de Gomara, por haber sido el primero que escribió de las cosas de Nueva España: con esta prevención, nuestros lectores podrán formar el juicio que mas acertado les parezca.» Revilla.

328— El noble y romántico don Juan Ponce de León,

uno de aquellos célebres conquistadores del tiempo del Descubrimiento de las Indias, lo fué de Puerto Rico; y luego oyendo hablar de un país, donde había una fuente milagrosa, trató de buscarlo; le dijeron unos viejos indios que daban sus aguas la eterna juventud y estaba llena de oro, y fué á dar hasta La Florida, doide fué herido y murió en Cuba. Era romanesco y ambicioso de gloria y la tuvo postuma, al colocarse sobre su sepulcro este dístico:

Mole sub hac fortis requiescunt Leonis, Qui vicit nomina magna suis. . El que parafraseado por el licenciado Juan de Castellanos dice:

Aqueste lugar estrecho es sepulcro del varón, que de nombre fué León, y mucho mas en el hecho.

329 — Según Bernal Díaz aceptó y siguió Cortés el consejo que le dio Súchel.

«Vinieron todos los labradores con sus cosas para este efecto con toda brevedad: llegaron mas de cien mil de ellos.» Ixtlilxochitl.

33) — cMuchas cosas acaecieron en este cerco, que en otras generaciones estuvieron discantadas y tenidas en mucho, en especial de las mujeres de Temextitan, de quien ninguna mención se ha hecho. I soy certificado que fué cosa maravillosa y para espantar, ver la prontitud y constancia que tuvieron en servir á sus maridos y en curar á los heridos é en el labrar de las piedras para los que tiraban con hondas, é en otros oficios para más que mugeres.» Oviedo,

331 — El teanquisco ó plaza del mercado, todavía era después déla conquista muy extenso, aunque decaído de su antiguo esplendor. Dice el padre Sahagun: c Entraron en la plaza ó teanquisco de esta Tlatelolco, (lugar muy espacioso, mucho mas que lo que es ahora,) el cual se podía llamar emporio de esta Nueva España: al cual venían á tratar gentes de toda ella y aun de los reinos á ella contiguos, y donde se vendían y compraban todas cuantas cosas hay en esta tierra y en los reinos de Guahtimalla y Kalisco, cosa cierta mucho de ver. I la vi por muchos años morando en esta casa del Señor Santiago, aunque ya no era tanto como antes de la conquista.»

332— «E yo miré desde aquella torre lo que teníamos ganado de la ciudad, que sin duda de ocho partes teníamos ganado las siete.» Cortés.

333 — «Toda la llanura del santuario de Nuestra señora délos Angeles y de Santiago de Tlatelolco se ve sembrada de fragmentos de lanzas, con tantos de macanas y flechas de piedra obsidiana, de que usaban los mejicanos, ó sea chinapos, y yo he recojido no pocos, que conservo en mi poder.» Bustamante.

334— <I como comenzó á arder levantóse una llama tan alta, que parecía llegar al cielo; al espectáculo de esta llama todos los hombres y mujeres que se habían acogido á las tiendas, que cercaban todo el teanquisco, comenzaron á llorar voz en grito; que fué cosa de espanto el oírles; porque quemado aquel delubro satánico, luego entendieron que habían de ser del todo destruidos y robados.» Sahagun.

Por esta opinión del padre Sahagun, se ve cuan acertados y eficaces fueron ios consejos que dio Marina á Cortés, como el único y mejor medio de triunfar, el destruir los santuarios y templos de los aztecas.

4|335 — < Estaban los tristes mejicanos, hombres y mujeres, niños y niñas y viejos, heridos y enfermos en un

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lugar bit-n estrecho, y apretados los unos con los otrcsj y grandísitra falla de bastimentos y al calor del sol y al frío de 'a noche, y cada hora esperando la muerte.»

«De los niños no quedó nadie, que los mismos padres y madres los comían, que era gran lástima de ver y mayormente de sufrir.» Sahagun.

«No tenían donde estar, sino sobre los cuerpos muertos de los suyos.» Cortés.

tNo podían andar sino entre cuerpos y cabezas de indios muertos.» Bernal üíaz.

:\iU)— «Y como le llevaron delante de Cuauhtemotzin, su señor, y él le comenzó á hablar sobre paz, dizque lúe g o le mandó matar y sacrificar.» (Cortés.

;^,'^7 — iNo se pueden refutar las pruebas de que du rante todo el tiempo de asedio, ofreció Cortés frecuente y empeñosamente la paz á los mejicanos, según el testimonio del mismo Cortés, Oviedo, Herrera, Bernal Díaz, Torquemada, Ixtliinóchit!, Solis, y todos los que han escrito sobre esta conquista. Esto demuestra, pues, que si ardientemente anhelaba la conquista, quería evitar la efusión de sangre.

;^38— «Corrían arroyos de sangre por las calles como pueden correr de agua cuando llueve y con ímpetu fuerte» 1 orquemada.

«Era tanta ia grita y lloio de los niños y mujeres que no había persona á quien no quebrantase el corazón.»

,'i;^9- «La cual crueldad nunca en generación tan recia se vio, ni tan fuera de toda orden de naturaleza, como en los naturales de estas partes.» Cortés.

«Como la gente de la ciudad se salía á los nuestros, había proveído el general que por todas las calles estuviesen españoles para estorbar á los amigos que no matasen á aquellos tristes que eran sin número. E también dijo á los amigos capitanes que no consintiesen á su gente que matasen á ninguno de los que salían.» Oviedo.

340 — Supone Prescott que murieron cuarenta mil en este liltimo ataque: dice Ixtlilxóchiil: »que cincuenta mil fueron los muertos y prisioneros en esta espantosa carnicería,» y el mismo número fija Cortés, que presume que durante el sitio perecieron otros tantos de hambre y peste.

341_(,Y al fin me dijo, que de ninguna manera el señor venía ante mí; y antes quería por allá morir é que. él pesaba mucho de todo esto, que hiciese yo lo que quisiera; y como vi en esto su determinación, yo le dije: que se volviese á los suyos, y que él y ellos se aparejasen, porque los quería combatir y acabar de matar, y así se fué.» Cortés.

342— «No me tiren, que soy el rey de México y desta tierra, y lo que te ruego es que no llegues á mi mujer ni á mis hijos, ni á ninguna mnjer ni á ninguna cosa de lo que aquí traigo, sino que me tomes á mí y me lleves i Matintzín.» Bernal Díaz.

Mr. Humboldt, ha emprendido un gran trabajo para identificar el lugar de la prisión de Guatimozin, el cual lugar está hoy reducido á tierra firme, y considérase que se encuentra situado entre la garita de Peralvillo, la plaza de Santiago, en el puente de Amaxac.

343 — Según Bernal Díaz el general reprendió severamente á los dos oficiales por una contienda tan inoportuna, y les recordó los peligrosos efectos de otra reyerta semejante entre Mario y Sila, con respecto á Jugasia. Pero Prescott dice, este rasgo de pedantería parece ser mas bien del antiguo cronista que no del general. El re» sultado final fué, que el emperador no concedió i nin-

guno de ios dos contendientes, sino i Cortés, que recordase aquel memorable suceso en su escudo de armas, poniendo en la orla de dicho escudo una cabeza de Guatimozin y de otros siete prisioneros.

344 — «Cuanbtemotzin era de muy gentil disposición así de cuerpo como facciones, y la cara algo larga y alegre, y los ojos mas parecía que cuando miraban que era con gravedad y halagüeños y no había falta en ellos; y era de edad de veintitrés á veinticuatro años, y el color tiraba mas i blanco que al color y matiz de esos otros indios morenos.» Bernal Diaz.

34.')— «Llegóse i mí y díjome en su lengua: que ya él había hecho todo lo de su parre era obligado para defenderse á sí y á los suyos, hasta venir en aquel estado: que ahora ficiese de él lo que yo quisiese, y puso la mano en un puñal que yo tenía, diciéndome, que le diese de puñaladas y le matase.» Cortés. » . ■ ,¿

.'U'í -Dice Prescott: «era famosa por su hermosura esta bella princesa; v de ella descendieron varias muy ilustres familias de España.» j

347 — E así preso este señor, luego en este punto cesó la guerra, á la cual plugo á Dios nuestro señor dar conclusión, Martes, día de Santo Hipólito, trece de Agosto de mil quinientos veintiún años; de manera que desde el día que se puso cerco á la ciudad que fué á treinta de Mayo de dicho año, hasta que se ganó, pasaron setenta y cinco días.» Cortés.

«No es difícil saber lo que ocurrió el jo de Mayo, para decidir por qué ese día comenzó el s'tio. Clavijero opina que ese día fué la ocupación de Coyuácan por Olid; pero yo no sé en qué se funda. Ni Bernal Díaz, ni Herrera ni Cortés fijan esta fecha; por el contrario Clavijero dice que Alvarado y Olid salieron de Tezcuco el 20 de Mayo y Cortés dice que el lo. Acaso el conquistador comienza á contar el sitio del día en que Sandoval ocupó la calzada Norte y en que se completó el cerco: Bernal Díaz dice repetidas veces, que el sitio duró tres meses, y es que seguramente lo cuenta desde que la división de Alvarado á que el pertenecía, se situó en Tacuba.» Prescott.

«Sucedió ia prisión de Guatimozin y la total ocupa* ción de Méjico á trece de Agosto en el año de mil y quinientos y veinte y uno, día de San Hipólito, en cuya memoria celebra hoy aquella ciudad la fiesta de este insigne mártir con título de patrón. Duró el sitio noventa y tres días, en cuyos varios accidentes prósperos y adversos so deben igualmente admirar el juicio, la constancia y el valor de Cortés: el esfuerzo infatigable de los españoles: la conformidad v la obediencia de las naciones amigas: concediendo á los mejicanos la gloria de haber asistido á su defensa y á la de su rey, hasta la última obligación del espíritu y de la paciencia.

Preso Guatimozin y rendida la ciudad, cabeza de aquel vasto dominio, vinieron á la obediencia, primero los príncipes tributarios, y después los confinantes: unos á la opinión y otros á la diligencia de las armas: y se formó en breve aquella gran monarquía, que mereció el nombre de Nueva España, debiendo el Máximo Emperador Carlos V á Fernando Cortés no menos que otra corona digna de sus reales sienes ¡Admirable conquista! ¡ 1 muchas veces ilustre capitán de aquellos que producen tarde los siglos y tienen raros ejemplos en la historia!»

«Este acontecimiento es, ó mejor dicho, era celebrado todos los años en tiempo de la dominación española, con una solemne procesión por las calles de la ciudad. Verificábase el i j de Agosto, aniversario del día de ia rendición, y ia formaban los principales nobles y ciudad danos montados á caballo, con el virrey á la cabeza, y llevaban el venerable pendón del conquistador.» Prescott.

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34H—Dice Prescott: tEn la noche se desató una tremenda tempestad cual nunca habían visto otra los espafióles, etc.;» y Berna! Díaz: t que se sintieron los españoles como si hubiesen salido súbitamente de un campanario, donde por algunos meses les hubiese aturdido un no interrumpido repiquet.

349 — «Digo que en tres días con sus noches iban todas tres calzadas llenas de indios é indias y nuchachos de bote en bote, que nunca dejaban de salir, y tan flacos y sucios é amarillos é hediondos que era lástima de ver». Bernal Díaz.

Herrera dice que salieron ?o.ooo sin contar los chicos; Torquemada 70.000; Ixtliinóchitl 60.000; y Oviedo 70.000.

H50 — «He conversado con muchos hidalgos y otras personas de las que allí se hallaron presentes, y he oído decir que el número de los muertos fué incalculable y mayor que el de los que perecieron en el sitio de Jerusalen, descripto por Josefó.» Oviedo. A lo cual agrega Prescott: tComo el cómputo del historiador judio sube á 1. 100. 000, la comparación debe parecer estupenda aún al más incrédulo. Pero se puede dispensar una aritmética inexacta, cuando los datos son tan destestables que no ofrecen cimiento sólido á la verdad.» Cortés regula las pérdidas que sufrió el enemigo en los diferentes asaltos en 67.000, que juntos con los 50.000 que calculaba perecerían de hambre y peste hacen 117.000; pero esto es sin contar con los que perecieron antes de que se pusiera por obra el plan de amasar la ciudad. Ixtliinóchitl hace subir el número á 240.000, y Bernal Díaz dice: «He leído la historia del sitio de Jerusalen; pero dudo que en él haya habido la mortandad que en este, porque estaba reunido en la ciudad inmenso número de guerreros indios de las ciudades y provincias inmediatas; la mayor parte de los cuales perecieron».

351 — «Fuese que tan desmesuradas crueldades se tuviesen como justo título para invadir la tierra; fuese que, discurriendo con los protestantes, encontramos ese título en los ultrajados derechos de la civilización; fuese que con los católicos romanos, lo encontremos en la voluntad del Papa, es inútil discurrir bajo qué aspecto se defendía la legitimidad de la conquista por las naciones europeas, ya en Oriente, ya en Occidente, pues lo hemos hecho ver en uno de los capítulos anteriores.

Es todavía más interesante investigar si, dado por sentado la lejitimidad de la conquista, fué hecha con arreglo á los principios de la humanidad, y entonces veremos que por mucha indulgencia que se tenga con la ferocidad de aquellos siglos, y con la relajación de sus costumbres, cualquier español que ame á su patria, que rría de buena gana borrar ciertas páginas de la historia de la conquista de México; páginas en que se recuerdan crímenes que no se pueden justificar ni con el derecho de defensa ni con la necesidad.

Sin embargo, considerada en su conjunto, desde la invasión hasta la toma de la Capital, se vera que la conquista de México fué llevada respectivamente con poca inhumanidad, tal vez con menos que ninguna otra de las que hicieron los españoles en el Nuevo Mundo.

Poca alabanza me parece decir, que los compañeros de Cortés no usaron de crueldad para rendir á sus miseras víctimas, como sucedió en otras partes del continente, ni exterminaron á una pacífica y sumida población, por mera crueldad, absolutamente inútil, como sucedió en las islas. Es verdad también que no estaban contaminados délos feroces sentimientos de su siglo, y que su espada no se manchaba con sangre, sino cuando era estrictamente idispensable para asegurar el éxito de la empresa. Aún en el último sitio de la capital, por muy terrible que haya sido, no se puede acusar á los vencedores de

desusada crueldad; no han gastado mas que la que su propia nación ha recibido de otras bastantes cultas, no solo en los tiempos antiguos, sino en los modernos. Esos desmanes son la consecuencia que inevitablemente se sigue de la guerra, cuando en vez de quedarse esta confinada en su legítimo campo,, se extiende á la parte pacífica de la sociedad, á los campesinos no acostumbrados á las armas, y á las mujeres y niños aún todavía mas indefensos.

En el presente caso gran parte de los crueles trabajos que pasaron los sitiados, puede imputársele á ellos mismos, á iU patriótica resistencia. Ciertamente que no entraba en los deseos ni en los intereses de los españoles arrasar la ciudad ni exterminar á sus habitantes; y lejos de esto, cuando cayeron prisioneros algunos de estos, se les trató afablemente, se cubrieron sus necesidades y se trató de infundirles un espíritu de conciliación, y todo esto no obstante la negra suerte que eüos reservaban á los cautivos cristianos. Las puertas de la capitulación les estuvieron abiertas á los aztecas, siempre, ¡hasta el último momento del sitio.

El derecho de conquista supone necesariamente el de usar de toda la violencia necesaria para vencer las resistencias que se opongan á ese derecho, y ciertamente qué si los españoles hubiesen procedido de otra suerte, habrían tenido que abandonar la toma de la capital y la sujeción de todo el país. Haber permitido que se escapasen los moradores de la capital y su intrépido monarca habría sido prolongar los males de la guerra, llevándola á otro nuevo teatro, tal vez inaccesible; de suerte que ellos realmente no tenían otra cosa que hace.'-, si querían que la empresa no se malograse. Si bien se aterra la imajinación al pensar en todos los horrores de la conquista, debemos reflexionar por una parte, que esto es lo que sucede siempre que se chocan dos grandes masas. Lo excesivo de la crueldad de los conquistadores no piiede medirse por lo excesivo de los padecimientos del pueblo invadido, y aún es de {usticia decir: que el brillo y la importancia de las hazañas heroicas de los conquistadores de México ha adquirido cierta triste celebridad, que ha realzado sus yerros y crímenes, aún mas de lo que era debido.

Es justo, pues, como tantas veces lo hemos establecido, que aunque no excusemos sus excesos, juzguemos imparcialmente su conducta, comparándola con la de otras naciones en igualdad de circunstancias, y que no la veamos solamente al través de los males que la guerra trae consigo inseparablemente. Mas no corramos un velo sobre esos males, porque el historiador no tiene por qué retraerse de pintar con sus verdaderos colores las atrocidades de aquellos cuyos triunfos quiere circuncidar con una auréola de falsa gloria; pero que rompiendo los vínculos de la confraternidad, han alcanzado sus triunfos armando al hermano contra el hermano, embruteciendo al que ya era civilizado y encendiendo en el seno de los bárbaros, pasiones infernales.

Pero de cualesquier modo que se considere á la conquista, bajo el aspecto moral, como proeza militar debe llenar de asombro. Que un puñado de aventureros armados y equipados de muy diversas maneras, hayan arribado á las playas de un imperio poderoso, habitado por una raza feroz y belicosa, y que despreciando las prohibiciones reiteradas por el soberano, hayan penetrado hasta el corazón del país, sin conocer ni la lengua ni la tierra, sin guía ni brújula que los condujese, sin idea de las dificultades que tendrían que vencer, totalmente ignorantes de si el paso que iban á dar inmediatamente los pondría en tierra enemiga ó en un desierto, caminando en completa oscuridad por decirlo así; que aunque casi derrotados en su primer encuentro hayan osado penetrar en el interior del imperio y arrojarse sin vacilar en medio de los enemigos; que lejos de amedrentrarse al ver el pode-

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río y civilización de la nación, se hayan confirmado en su primera resolución; que hayan aprisionado al monarca y ejecutado á su presencia y á la del pueblo y sus ministros; que arrojados de las puertas de la ciudad, hayan reunido sus diseminados restos y merced á un plan bien combinado de operaciones, hijo de la política y la intrepidez, hayan logrado sojuzgar á la capital y asentar su poder sobre todo el país; que todo esto se haya hecho por un puñado de desvalidos aventureros, es casi un milagro, que sería inverosímil, si se encontrase en un romance; y que no tiene igual en la historia.

Sin embargo esto no debe entenderse muy literalmente, porque sería una injusticia hecha á los aztecas, al menos por lo tocante á su forma militar, atribuir exclusivamente á los españoles el mérito de la conquista; para que esto fuera así sería necesario suponerlos armados del encantado escudo de Ruggiero y de la mágica lanza de Astolfo, que derribaba de un solo bote á centenares. El imperio indio se puede decir que fué conquistado por indios. El primer encuentro terrible y sangriento entre españoles y tlascaltecas, que estuvo en el punto de causar la ruina de los primeros, no fué realmente sino el principio desús victorias. Entonces se ganaron el poderoso apoyo de un aliado al que se refugiaron en la hora de la desgracia, y que sirvió de centro ó núcleo para reunir en rededor á todas las demás razas indígenas, y con las fuerzas confendera das preparar el golpe decisivo. El imperio azteca ha sido minado y derribado por mano de sus vasallos, dirigidos, es cierto, por la sagacidad y la política europea. Si ese imperio hubiese sido compacto, habría provocado y burlado el furor de los invasores, pero tal como estaba, se puede considerar que la capital estaba disgregada del resto del imperio; asi es que el golpe que recibió, no la habría conmovido, si la hubieren defendido la lealtad y el patriotismo de todos, pero faltándole, fue tan violenta la sacudida, que la derumbó completamente. Este suceso puede servir de prueba de que un gobierno que no des cansa en las simpatías de sus subditos, no puede durar largo tiempo; de que las instituciones humanas, cuando no tienden á la prosperidad y bienestar de todos, tienen que caer por precisión, sino por efecto de los progresos de ía civilización, por lo menos de la violencia: sino por causas internas por externas. ¿Y quién lamentará su caica.?» Prescott.

'^i^2 — iQue todos los que tienen alguna ciencia y esperiencia en la navegación de las Indias, han tenido por muy cierto que descubriendo por esta parte la mar del Sud, se habían de hallar muchas islas ricas de oro y perlas y piedras preciosas y especería, y se habían de descubrir y hallar otros muchos secretos y cosas admirables.» Cortés

353 — tComo entre los aztecas no había bestias de carga, se necesitaba para el trasporte un número enorme de brazos; mas todo se hizo con la mayor prontitud, bajo la inspección del mismo Cortés. Los sitios poco antes abandonados y solitarios, abundaban ahora en indios y europeos, los primeros trabajando, los segundos dirigiendo la obra para que se cumpliese la profecía de los aztecas; y la reedificación de la capital fué emprendida con la misn'a rapidez que acostumbraban los déspotas del Asia, que concentraban la población de todo un imperio, para construir una ciudad favorita.» Prescott.

lEn la edificación de la ciudad los primeros años andaban más gente que en la edificación del templo de Jerusalen, porque era tanta la gente que andaba en las obras, que apenas podía un hombre romper por alguna calle y calzada, aunque son muy anchas.» Toribio.

Y dice Prescott. tlxtlixochitl suple el hueco que dejó la imaginación en cuanto al número de operarios, diciendo que eran 400.000!»

354— Esta nota está fechada en Cuyoácan el 15 de Marzo de 1522. "; '^'■^■--'■" .''■'■ :'..-''^/ I ' > >

cSirvieron al emperador con muchas piedras y entre ellas con una esmeralda fina como la palma de la mano, pero cuadrada y que se remataba en punta como pirámide.» Gomara.

«Contóse al rey y al consejo que la dicha esmeralda era tan ancha como la palma de la mano, y los que la vieron dijeron que era imposible conseguir por ningún precio otra cosa igual.» Pedro Mártir.

Una de las cosas que mandó Cortés á España mas adelante, fué una pieza de artillería, hecha de oro y plata, y cuyos materiales, solamente valían 25.500 H oro; y Oviedo que la vio en el palacio habla de ella con admiración.

Antes de salir Cortés á sofocar la rebelión de Cristóbal Olid, en Honduras, hibía remitido i Carlos V un presente cuyo valor hacen subir los historiadores á ochenta mil pesos oro; entre los objetos remitidos hacen mención de una culebrina llamada el Fénix, que dicen llevaba el siguiente mote: V

Esta ave nació sm par;

yo en serviros sin segundo, . .

vos sin igual en el mundo.

Ese cuantioso presente, como el destinado á su padre don Martin, lo remitió Cortés con Diego de Soto y Juan de Ribera, conocido por el tuerto, á causa de tener una nube en un ojo, el cual había sido secretario del mismo Cortés. Llegados á Castilla los comisionados, manifestó desde luego Ribera la maligna condición de que tenía dadas pruebas entre los conquistadores de Méjico, según lo espresa Bernal Díaz. Su primer atentado consistió en apropiarse el regalo que Cortés remitia á su padre, negando á este abiertamente haber recibido cosa alguna con semejante destino; y en seguida coligarse con los enemigos de Cortés, empleando lodo su conato en desacreditarle y acriminar su conduela como militar y como político» Revilla.

Üf).') — El documento firmado por el regente y autorizado por Fonseca á favor del interventor don Cristóbal de Tapia, que era veedor de la fundición de oro de Santo Domingo, es de fecha 11 de Abril de 1521, y por el también se le acuerda inquirir la conducta que observó Narvaez con el padre Ayllon; y en otro están las contestaciones que mediaron entre Tapia y la municipalidad de Vera Cruz, fechado en Zempoalla á 1 1 de Diciembre de 1521; y estos antecedentes se encuentran en el archivo de la Real Academia de Historia, de Madrid.

Era tan honorable el consejo nombrado por el mo* narca para que resolviera el asunto de Cortés y sus adversarios, que Sayas, en sus anales de Aragón, dice: «Suficiente título para respetarla alta autoridad de este consejo es encontrarse en él el doctor Galindez de Carbajal, eminente jurista, que había formádose al servicio, de S. S. M. M. C. C. cuya confianza obtuvo en grado eminente.»

Los importantes nombramientos, conferidos á Cortés, fueron firmados por el emperador en Valladolid en 1 5 de Octubre de 1522.

Prescott dice lo siguiente, sobre el ya perdido influjo de Fonseca.

«Desde este instante terminó el influjo de Fonseca en el Consejo de Indias; á resultas de cuya pesadumbre murió poco tiempo después. Ningún hombre pudo como él, en la situación en que estuvo, hacer la felicidad de su patria. Durante treinta años, en los cuales se verificó el primer descubrimiento de Colon, tuvo una suprema intervención en los negocios de Indias, lo cual debiera haberle hecho alentar el espíritu de empresa y fomentar la naciente prosperidad de las colonias; mas era entera-

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mente al contrario; veía de mal ojo á los ilustres descubridores españoles, y se ocupaba únicamente en oponer obstáculos i su carrera. Tai fué también su conducta, respecto de Colon y Cortés. Con una política sabia habría logrado poner su nombre entre los de los mas ilustres varones de su tiempo; pues con la que siguió, solo consiguió hacerlo aparecer mas oscuro é indigno, al lado del brillante y famoso de sus contemporáneos. El ha dejado una muestra del fuerte ascendiente que el clero de Castillla ejerció en el siglo XVI, pues que un hombre tan inepto llegó á tan alto puesto y se conservó en él aun después de haber manifestado, que no era digno de ocuparlo.»

Y también Prescott, bosqueja á Velasquez del siguiente modo: cLos comisionados de traer á Cortesía resolución de la corte, tocaron en Cuba, en donde al son de las trompetas se publicó la noticia de su llegada; lo cual des concertó todas las esperanzas del gobernador Velazquez. Viéndose burlado en sus pretensiones y empobrecido por los gastos hechos en una espedicion, cuyos frutos recojieron otros, aun aguardaba una reparación por daños y perjuicios; y secretamente alimentaba la esperanza de vengarse algún día; cosa que por tanto tiempo se le ha bía frustrado. El tiempo de realizarla había llegado, pero en el tono seco é imperioso de la corte, conoció que era preciso renunciar á toda idea de reparación, y el orgulloso gobernador, arruinada su fortuna, deshonrado á los ojos de su nación, se vio humillado en el polvo. Después de esto no volvió á tener consuelo y cayó en una gran melancolía, de cuyas resultas, según dicen, murió á poco tiempo.

El retrato, que ordinariamente se pinta de Velazquez no It hace favor; pero con todo. Las Casas habla bien de él, y es de advertir que cuando no intervienen las preocupaciones del obispo, apenas hay autoridad mejor. Mas Las Casas le conoció cuando por primera vez había venido á Cuba; el gobernador le había tratado con cortesía y hasta con confianza; y es muy natural que la afabilidad de un alto personaje haya prendado al pobre eclesiástico. En la mayor parte de las noticias que nos han quedado de Velazquez, se le pinta altanero, pagado ■de su autoridad y codicioso de dinero. Rompió con Grijaiba, el predecesor de Cortés, sin tener motivo para ello; y con este último tuvo una injusta desavenencia, poco antes de salir la flota. Sus pretensiones eran absurdas: quería que otros peleasen en el campo de batalla y recoger él los laureles: que otros hicieran descubrimientos para él aprovecharse de ellos. Solo una alma débil podía haberse sometido á estas condiciones y una alma débil era incapaz de realizar tales empresas. El nombramiento que hizo en Cortés le puso en una situación falsa para toda su vida, habiéndole sucedido que esa condición empeoraba cada vez que intentaba mejorarla. Si el nombramiento de Cortés había sido un error, el de Narvaez había sido mayor aun; porque parece que todo lo que hacía Velazquez debía ser una serie de dislates.»

356— La ordenanza que hizo Cortés,— dice Prescott, — para el gobierno de aquellos países, durante su virreinato, todavía se conserva en Méjico, de donde obtuve la copia que poseo. Ella da testimonio ie la sabiduría y penetración de aquel injenio que no se olvidaba de nada de cuanto es digno de la atención de un lejislador ilustrado, y voy á citar originales las prevenciones á que me he referido en el testo.» (I yo que trascribo lo que antecede, prevengo: — que lo que está en cursiva es de mi cuenta y riesgo.)

Las ordenanzas tienen fecha Tenochtitlan, Marzo, 1524.

ítem. Porque mas se manifieste la voluntad que los pobladores de estas partes tienen de residir y permanecer en ellas, mando que todas las personas que tuvieren Indios, que fueren casados en Castilla ó en otras partes,

que traigan sus mugeres dentro de un año y medio primero siguientes de como estas ordenanzas fueren pregonadas, so pena de perder los Indios, y todo lo con ellos adquirido é grangeado; y porque muchas personas podrían poner por achaque que, aunque tuviesen aparejo de decir que no tienen dineros para enviar por ellas, por hende las tales personas que tuvieran esta necesidad parezcan ante el Reverendo Padre Fray Juan de Feto y ante Alonso de Estrada, tesorero de su majestad, á le informar de su necesidad, para que ellos la comuniquen á mí, y su necesidad se remedie; y si algunas personas hay que casados y no tienen sus mugeres en esta tierra, y quisieran traerlas, sepan, que trayéndolas serán ayudadas así mismo para las traer, dando fianzas.

ítem. Por cuando en esta tierra hay muchas personas que tienen Indios de encomienda y no son casados, por hende porque conviene así para la salud de las conciencias de los tales por estar en buen estado, como por la población é nobíecimiento de sus tierras, mando que las tales personas se casen, traigan y tengan sus mugeres en esta tierra, dentro de un año y medio, después que fuesen pregonadas estas ordenanzas, é que no haciéndolo por el mismo caso sean privados y pierdan los tales Indios que asi tienen.

357 — De una nota de Prescott trascribimos lo siguiente: «La muerte de doña Catalina acaeció en un momento tan oportuno y feliz para los adelantos de Cortés, que la imputación de haberla matado ha gozado de mayor crédito entre el vulgo, que las demás, hechas contra el conquistador. Este, por el- motivo que se quiera, y acaso por el convencimiento que la imputación era de por sí demasiado mostruosa para ser creída, jamás trató de probar su inocencia.

Pero además de los argumentos aducidos en el testo para combatir la acusación en lo general, deberá tenerse presente: que ésta llamó tan poco la atención en Castilla, donde Cortés tenía multitud de enemigos, que cuando volvió á España, siete años después, no encontró dificultad enlazarse con una de las casas mas nobles del reino, que ningún escritor de aquellos días, (escepto Bernal Díaz, que llama á la acusación, baja calumnia,) ni aún el mismo Las Casas, acusador eterno de Cortés, nuestra sospecha que éste haya cometido tal crimen; y finalmente, que ni mención se hace de él en el pleito intentado algunos años después de la muerte de Cortés, por los parientes de doña Catalina, reclamando los bienes de su marido, á los que pretendía tener derecho, siendo así que el pleito fué seguido con mucha acrimonia y que duró muchos años. Yo no he examinado los documentos relativos á este pleito, que se conservan en los archivos de la casa de Cortés; pero me lo ha contado un distinguido mejicano, que los ha examinado cuidadosamente; y no puedo menos de considerar como concluyente por sí mismo en favor de Cortés, el hecho de que ni aún la familia de doña Catalina haya dado crédito á la acusación.

Sin embargo, tan grande lo ha tenido en Méjico, donde á la presente no es muy querida la memoria de los primeros españoles, que se han suscitado sobre este punto una polémica, en los periódicos de esta ciudad».

358— «Cuyo hecho del rolísimo y humilde recibimiento, fué uno de los heroicos hechos que ene capitán hizo, porque fué documento para que con mayor fervor los najü^les de esta tierra viniesen á la conversión de nuestra fá». Camargo.

tl/e manera que á mi juicio y verdaderamente serán baumzados en este tiempo que digo, que será quince años, más de nueve millones de ánimas de indios». Toribio.

El arzobispo Lorenzana se maravilla de ese acto del conquistador, y el padre Sahagun dice: cTomamos á los

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hijos de los caciques y les pusimos en nuestras escuelas donde les enseñamos á leer, escribir y <:»ontar. Los hijos de los mas pobres son llevados á los atrios y allí se les instruye en la fé cristiana. Después de la Ifícción, uno ó dos de nuestros hermanos toman á los discípulos, ios llevan á un teocalli inmediato, y después de algunos días de trabajo lo dejan completamente arrasado. De esta suerte han sido destruidos los templos aztecas, tan totalmente, que no han quedado ni vestijios de uno de ellos.*

Refiere Cavo, en su Historia de los tres siglos esta extraordinaria anécdota, — como la llama Prescott — ¿no pudiera decirse mas bien política.'' «En Méjico se cuenta generalmente, que después de la conquista mandó Cortés, que todos los dommgos y fiestas de guardar se asistiese á la explicación de las escriti^ras. Un día se olvidó el general de cumplir con esta orden, y después de escuchar humildemente la reprehensión de un sacerdote, se sujetó con edificante humildad á la pena de ser azotado, lo que causó indecible admiración á los indios. >

No en balde dijo Lope de Vega, aludiendo á Cortés:

Al rey infinitas tierras y á Dios infinitas almas.

:{r)9— De toda la relación anterior, referente á doña Marina, concluye Bernal Díaz diciendo: *y todo esto que digo se lo oía muy certificadamente, y se lo juro, amen »

cDesde este momento desaparece de la historia el nombre de doña Marina; nombre que será siempre grato á lüs españoles y á los mejicanos: á los unos por la ayuda que les prestó en sus conquistas; á los otros por la ternura é interés con que miró y procuró mitigar sus padecimientos. Varias canciones indias recuerdan las virtudes de la Malintzin, el nombre azteca de doña Marina. Aun ahora su alma anda vagando en derredor de la ca pital á cuya conquista cooperó eficazmente y el pasajero queda algunas veces sorprendido por la aparición de una princesa india, que en medio de las sombras recorre silenciosa los bosques umbríos y las calladas grutas del cerro de Chapoltepec.» De la Vida en Méjico. He aquí un lindo asunto para una leyenda ó un poemiía á lo Nuñez de Arce.

360 — Culpa Prescott á Solis, á pesar de hacerle la debida justicia por su Historia de la Conq^uista de Méjico, de haber idealizado de tal modo á Cortés, que parece un héroe de novela, olvidando que el mismo ha dicho, ífue los sucesos de esa historia mas bien parecen novelescos cjue históricos. No tememos, que si aún viviera, nos hiciera tal cargo también, pues aunque en un poema histórico ó leyenda son permitidas ciertas licencias, como para dar amenidad ó embellecimiento, sin embargo, hémenos ceñido extricta y severamente, á narrar solo los hechos históricos, tanto porque así ha sido nuestro plan en este trabajo, como en los anteriores, que son Colon, Vaco Nuñez de Balbcfa y Conquista del F'erú, que hemos escrito de igual género; cuanto pareciendo los sucesos mas bien novelescos ~}ue históricos, nada mejor podríamos inventar.

He aquí las palabras de Prescott, respecto á Solis: «Así es como Solis presenta una bella imagen de un héroe; pero de un héroe de novela, un hombre inmaculado. Un eminente crítico e.^ pañol ha hecho déla historia de Solis la recomendación de decir que está concebida con tal arle, que es un panegírico, lo cual acaso es cierto; pero historia que es un panegírico, no es historia.

No obstante estos defectos, que ningún crítico imparcial puede negar, la Histof^ia de la Conquista de Méjico ha tenido la mayor boga entre los compatriotas de Solis, y ha sido impresa y vuelta á imprimir con toJos los primores del lujo tipográfico.

También se la ha traducido á las principales lenguas europeas, y es tal el encanto del estilo y acabado de ella,

como obra literaria, quesera seguramente tan imperecedera como la lengua en que está escrita ó como la memoria de los sucesos que refiere.

3t)l_cCuanhtemotzin, señor que fué de esta ciudad de Tenochtitlan, á quien yo después que la gané he tenido siempre preso, teniéndolo como hombre bullicioso y llevé siempre conmigo. > Cortés.

La esplicación mas probable parece ser que Guatimozin era para Cortés un prisionero estorboso y aun forn.idablp; así lo indica la carta de este último al emperador. El destronado rey de Méjico conservaba todavía sobre sus antiguos vasallos, tanto por el puesto encumbrado que había ocupado, como por sus insignes prendas, un gran ascendiente, y no habría sido difícil que hubiese cnn un soplo de su aliento reanimado el amortiguado, mas no extinguido rencor, y provocado un alzamiento. Los españoles vivieron, durante los primeros años de la conquista, siempre temerosos de una insurrección; y esto lo prueban numerosos pasajes de los escritos de aquel tiempo. Seguramente ese mismo temor hacía á Cortés llevar consigo en su peligrosa espedición á tan estorboso compañero. La desconfianza llegó al punto de que, según Gomara, jamás salía Cortesa ninguna espedición ni á un paseo distjnte, sin llevar consigo i Guatimozin. Personas que estaban bajo tal pié, debían tenerse recíproca desconfianza y aversión. La mísera situación de los españoles en la presente marcha, en la que estaban espuesios á seratacados improvisadamente por los indios, aumentaba las sospechas de Cortés, quien muy dispuesto por estas razones á pensar mal de Guaiimozin, prestó oído fácil alas acusaciones que contra él se dirigían Tales acusaciones fueron convertidas en pruebas, y á esto se siguió la sentencia y e)ecución. ProDÚsose al conquistador libertarse de un solo golpe, del enemigo mas peligroso, por cuanto era un enemigo solapado. Si Cortés bien aconsejado hubiese pensado más en su honra y fama, hubiera sido el mas interesado en que no recibiese daño alguno Guatimozin: *á quien, — para usar las familiares palabras de su panegirista Gomara, —debía haber querido y guardado como oro en paño, como el mejor trofeo desús victorias.» Prescott.

«En el suceso, pues, á qae nos referimos, (^.ortés y Sandoval no hicieron otra cosa que aplicar un derecho admitido en la práctica, so pena de renunciar al dominio de una provincia, que si tuvo el derecho de defender su independencia, sin otra resposabilidad que los azares de la guerra, no podía resistirse después de sometida, sin quebrantar las leyes que le impuso el vencedor, y sin incurrir en las penas que la infracción de la misma su-. pone. Quisiéramos, pues, preguntar á los extranjeros, que tanto se lamentan de la invasión y crueldades de nuestros conquistadores de América, ¿si tuvieron otro derecho é hicieron de él diversa aplicación en la práctica, cuando fueron á hacerse dueños de varios puntos de aquel vastísimo continente.'' ¿Si son los ingleses mas fieles conservadores del derecho de gentes, cuando opri- ' men con yugo de hierro á los infelices moradores de la India, haciéndolos gemir bajo la rapaz avaricia de sus compañías mercantiles.'' ¿O si es una prueba del respeto que guardan á ese derecho, cuando á una nación pacífica, como la China, la obligan á cañonazos á recibir en sus mercados un producto nocivo á la salud, y que en uso de su derecho podían escKjir del tráfico ordinario. Pasemos á examinar el último cargo.

La muerte de Quantemoctzin es un acontecimienio que no se halla suficientemente esclarecido en la historia. Hablase por los historiadores de no haberse probado su ■ ficientemente la conjuración que aquel príncipe y sus amigos tenían premeditada para asesinar .1 Cortés en su expedición á Honduras; y concluyen que le sentenció á muerte por leves sospechas y con sobrada ligereza. Repetimos que no podemos conocer por la narración de los

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historiadores, la parte de razón ó arbitrariedad con que pudo proceder Cortés en tan grave negocio. Pero es oien extraño que un hombre como éste, que sabía disimular y prevenirse contra las asechanzas para sorprender los hechos; que toleró la compañía de Jicotencal, cuya libia adhesión le fué siempre sospechosa; en suma, que había distinguido siempre al vencido y último rey de los mejicanos, llevándole por último á su lado en la expedición á Honduras, es singular, volvemos á decir, que por una leve sospecha, apoyada en disposiciones sin fuerza, como dice Mr. Kobertson, hiciera Cortés ahorcar á Q^jantemoctzin y á sus dos principales caciques. No obstante la obscuridad de la historia en este asunto, aparece en ella, sin embargo, que estos caciqnes confesaron francamente la conspiración y que solo su príncipe estuvo mas dudoso y equívoco en las declaraciones. Si en efecto, no tuvo suficiente causa legal Hernán Cortés para proce der tan violentamente contra aquellos personajes, no seremos nosotros los q\if. tratemos de constituirnos defensores de la injusticia y de la tiranía para presentarle exento de defectos, como lo procura Solis. Pero la obscuridad misma de ese asunto, excluye los jueces ab solutos y dichos con aire de seguridad, cuando tan íá cilmente pudiera aparecer algún documento olvidado entre el polvo de los archivos, que derramase nueva luz sobre la justicia ó la barbarie con que se procedió á la ejecución de aquellos desgraciados. Sin embargo de todo, si lo que escribe Herrera es cierto, Cortés pudo y debió imponer la última pena á los conspiradores, ó suscribir un levantamiento general en que pereciesen todos los españoles. Los extranjeros ponen el grito en el cielo contra los suplicios que allí se empleaban, qué no fueron otros que la horca ó la hoguera, olvidándose de que en aquellos siglos eran estos, el tormento y la decapitación, los mas usados entre los cultos enropeos. Consúltense las guerras civiles de Inglaterra en los siglos XVI y XVII; las de Alemanta, Italia y Francia; véase que género de suplicio se aplicaba en todas partes á los disidentes en materias de religión: cuál fué el que sufrió la doncella de Orleans; y en suma, otros infinitos sucesos, que por lo muy sabido dejamos de enumerar; y dígase después, si debemos admirarnos de que se trasladasen á América las mismas atrocidades que se ejecutaban en Europa. Por otra parte, los indios estaban acostumbrados á suplicios tan horribles ó mas que estos, como puede verse en los bárbaros sacrificios, qne hacían de sus prisioneros; era preciso, pues, si la necesidad obligaba á atemorizarlos con el ca.-stigo, que estuviese á la altura de sus toscas sensaciones; de otro modo no hubieran producido efecto ninguno.» Revilla.

362— Dice Prescott lo siguiente, refiriéndose á lo referido Dor Villagutierre, en su Historia de Yucatán: cAI irse Cortés de aquella tierra hospitalaria dejó allí un caballo que se le había enfermado de una pata. Los indios lo reverenciaron como si el animal tuviese parte en el misterioso poder de los blancos. Cuando se fueron los castellanos, los indios ofrecieron flores al caballo y le hicieron todas las medicinas y alimentos, como si hubiese sido un hombre enfermo. El animal no tardó en en*Iaquecerse y al fin murió, sometido á tal régimen: mas los indios asustados, labraron una ejifie en piedra, la colocaron en uno de sus teocallis y la adoraban como á una divinidad. En 1668, que vinieron dos frailes fran císcanos á estas rejiones, todavía casi desconocidas, como en tiempo de la conquista, una de las cosas mas notables que encontraron fué la imagen del caballo, á la que se tributaba culto, como si fuese la del Dios del trueno y del relámpago.»

363— «Los trabajos que pasó Cortes en esta marcha, que según Gomara, no fué menos de tres mil millas, — la distancia puede estar muy exajerada,— tanto á causa del híimbre, de las guerras de los naturales, como del clima y de los demás riesgos y dificultades, solo tienen igual

en la historia de los otros aventureros del Nuevo Mundo. Empleó Cortés en esta espedición cerca de dos años y aunque ella no ha quedado señalada por ningún hecho brillante, jífro durante ella desplegó Cortés mis valor personal, mas fortaleza de alma y mas perseverancia inconstrastable y paciencia, que en ninguna otra época de su vida.> Robertson. *:

Esto dice un orgulloso inglés, al contemplar la magna figura del conquistador de Méjico; y quiero también agregar otro acto de admiración de uno menos orgulloso, — y con sobrada razón,— Norte-Americano, á quien la heroicidad, la inmarcesible grandeza del titán, que sojuzgó al Anáhuac, hácele esclamar estusiasmado.

€ Después de restauradas las tropas, el emprendedor é infatigable comandante preparó otra espedición, cuyo objeto era reconocer y sojuzgar la estensa provincia de Nicaragua. Asombra ver al indómito espíritu de aquel hombre, que sin arredrarse de los terribles padecimientos, que había tenido en su mircha anterior, preparaba otra igualmente peligrosa. Es difícil en este siglo discreto y positivo comprender el carácter de un caballero castellano del siglo XVI, de un caballero que no tiene semejanza en ninguna otra nación ni aun en aquel mismo siglo, ni en ninguna parte, sino es en los cuentos de caballería, que por estraños y estravagantes que nos parezcan, representan fielmente, sino los hechos, el carácter de la época. El mero deseo de esplorar ignotas regiones era para el caballero españal compensación sobrada de todos sus padecimientos y peligros. Parece que estaba determinado por la Providencia que tal raza de hombres fuese contemporánea del descubrimiento del Nuevo Mundo, para que saliesen á luz aquellas regiones cercadas de peligros y de dificultades tan espantosas, que habrían desalentado y agobiado á hombres del temple ordinario. Cortés, dotado de un temple superior, se proponía fines mas nobles que el vulgo de los aventureros, pues determinaba hacer una espedición á Nicaragua, como lo había hecho en la de Honduras, un reconocimiento ^e todos los recursos del país, y ^obre todo, de los medios de comunicación entre los dos océanos. Si ningunos medios existían al menos esto quedaba ya establecido, y según las mismas palabras de Cortés, no era poco importante saberlo. Demás de esto, proponíase Cortés dilatar los dominios de la corona de Castilla. La subyugación de Méjico solo debía ser el principio de una larga serie de conquistas. Al guerrero, que había hecho esta, ninguna otra debía parecerle impracticable; íuera que, bastaba que una cosa pareciese serlo, para que él intentase conseguirla. La imaginación se esparcía viendo el conquistador de Méjico internarse en las vastas provincias del Istmo, Nicaragua, (]osta Rica y Darien, hasta plantar su bandera victoriosa en las orillas del golfo de Panamá, y mientras ondea mecida por la brisa del Sud, la dorada tierra de los Incas, verle dar de aquellos países informes tan halagüeños, que parecía disponerse á llevar sus armas aun mas lejos y á anticipar, por decirlo así, la espléndida carrera de Pizarro.» Prescott.

364 — «Después mandó hacer preces y rogativas públicas, implorando del cielo que hiciese conocer su voluntad, y aún depusiese su enojo. Su salud comenzó ya á resentirse de los trabajos y á declinar bajo la influencia de la fiebre que le consumía: su espíritu se abatió á la par y daba las señales de un sombrío decaimiento.» Prescott. Y Bernal Díaz dice, hablando sobre esto, que llegó Cortés al último grado de consunción y deterioro, y que se posesionó de él tan fuertemente la idea de que estaba próximo su fin, que buscó una mortaja de franciscano en que lo llevasen á la tumba; pues entonces era costumbre ser envuelto después de muerto, en el hábito propio de algunas de las órdenes monásticas.

365 — ¿No podría el vehemente deseo de vivir para vengarse desús enemigos, para recibir la gloria y lauro

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merecidos, y también el voraz anhelo de dejar consolidadas y mas extendidas sus conquistas y sus nobles aspiraciones, al rendir tan magnos servicies á su patria; no podría todo esto haber contribuido con su voluntad de acero, á que reaccionara su vigorosa naturaleza, tan tra bajada por su activa vida, tan llena de terribles emociones?

Hasta dónde el espíritu y la voluntad dominan á la materia?

He aquí un caso que creemos digno de los estudios de la patología.

366 — Según Bernal Díaz del Castillo, la enfermedad del doctor Ponce de León consistió: «en lo que vulgarmente llamamos modorra ó propensión invencible á dormir; circunstancia de que se valieron los enemigos de Cortés para propalar que él y Sandoval le habían envenenado; pero no hay dato alguno que lo compruebe; ni la favorable disposición del licenciado hacia Cortés, da motivo á creer que este necesitase valerse de tan reprobado medio para desembarazarse de una persona de quien nada podía temer; además había reinado esa enfermedad en aquel año, con todas las apariencias de epidemia, según el crecido nú-nero de los que la padecieron »

De todo lo que hemos referido en el canto anterior, referente á los disturbios de Méjico, durante la ausen cia de Cortés, nada dice Prescott, sino que regresó Cortés de Honduras por las noticias que tuvo de la anarquía que había en Méjico, sin decir quién ni quiénes eran los que dejó en el gobierno, ni nada sobre el particular; así, pues, no es extraño que después diga esto: «En el lecho de muerte delegó Ponce de León sus facultades á un anciano achacoso, que murió pocos meses después, y que transfirió las riendas del gobierno á un tal Estrada ó Strada, uno de los empleados de hacienda, enviados de Madrid, y enemigo de Cortés».

367 — «No dejaron los émulos de Cortés de atribuirle la muerte de Aguilar; no obstante ser patente la causa verdadera; pues que según Bernal Diaz consistía en una tisis, que tan solo pudo sobrellevar alimentándose por espacio de ocho meses con leche de mujer y de cabra.» Revilla.

368 — «No podía, sin embargo, acomodarse la presuntuosa arrogancia del tesorero Estrada á consentir un compartícipe de su poder; y así resolvió escribir el Emperador para que le confiriese esclusivamente el gobierno de aquella colonia, según le habían tenido los licenciados Ponce y Aguilar. Acompañaron á su carta otras muchas en que se hacían fortísimas acusaciones contra Cortés, único estorbo de las ambiciones miserables de aquellos tiranuelos, vindicándole de asesino de su mujer Cataluña Juárez, de Francisco Garay, de Luis Ponce de León y Marcos de Aguilar, que como asegura Bernal Díaz del Castillo eran maldades y traiciones que le levantaron. Llegó á la corte para dar mas fuerza á la acusación el contador Albornoz; y no fué menester mas para que Carlos V nombrase desde luego un nuevo juez que residenciase á Cortés, dándole facultad para que si le hallaba culpado le hicieron cortar la cabeza.» Revilla.

389— Dice Prescott, que la compañía de juglares se la juzgó regalo digno del papa, que a la sazón lo era Clemente Vil, déla festiva familia de los Médicis. y los cardenales quedaron muy complacidos de ver las suertes de los juglares, según nos cuenta Bernal Díaz: y su Santidad,—(que es preciso saber que al mismo tiempo había recibido de Cortés un suntuoso regalo de oro y alhajas) testificó públicamente el gran aprecio que hacía de los servicios prestados á la fé católica por los conquistadores de Méjico; celebrando procesiones y diciendo preces, y en viándoles, bulas en que les absolvía plenamente de todos sus pecados.

370 — «Venía como un gran señor, » dice Herrera, pues Cortés llevaba doscientos mil pesos en oro, mil quinientos marcos de plata y un rico tesoro de alhajas, entre las que iban esmeraldas de extraordinario valor.

371 — Dice Prescott que encontraron en Mayo, y Revilla en Diciembre de 1527. ,

372 — Antes de salir de la Rábida había escrito á la corte avisando su llegada. Grande fué la sensación que tal noticia produjo, y tanto mayor, que según los temores qne se tenían de su traición, su llegada era enteramente inesperada; mas este suceso hizo cambiar al punto las prevenciones hacia él: quedó removida toda causa de sospecha y desechas las nubes que por mucho tiempo habían oscurecido su mente; el emperador estaba impacente por demostrar toda la estimación en que tenía los distinguidos servicios de su tan temible vasallo. Enviáronse, pues, órdenes á los puntos por donde debía pasar, para que le proporcionasen todo género de comodidades, y se hicieran grandes preparativos para recibirle brillantemente en la capital.» Prescott.

«Vino de las Indias después de la conquista, con tanto acompañamiento y majestad, que mas bien parecía de príncipe ó señor poderosísimo, que de capitán y vasallo de algún rey ó emperador.! Lanuza.

373 — Dice Gomara que el haber ido el emperador i visitar á Cortés, enfermo, y haber permanecido algún tiempo en su aposento, era una estraordinaria prueba de aprecio, muy ponderada por los historiadores de aquel tiempo, que pretendieron ver en esta distinción una sobrada recompensa de todos los trabajos y servicios de Cortés. i ::.;--.

374 — Por un instrumento fecha 6 de Julio de 1529 se le concedió el título de marqués de Oajaca; y cuando en las Colonias se decía el manjues, entendíase que se hablaba de Cortés, como cuando se decía el Almirante, referíase á Colón.

37.')— Por otra cédula del 25 de Julio de 1529 concediéronse á Cortés vastos terrenos en la provincia de Oajaca y muchas posesiones en Méjico y en el Valle. En los dominios concedidos habían como veinte ciudades y pueblos y mas de veinte mil vasallos. En el texto de esta donación se hacían estensamente las menciones honoríficas, que referimos. ■ . '

376 — «El benigno recibimiento que á mi vuelta me hizo V. M., vuestras graciosas expresiones, y generoso trato, me hicieron no solo olvidar mis penas y trabajos, sino aun sentir no haber pasado mas en vuestro servicio.» Cortés.

377— «Era el presidente Ñuño de Guzman, persona de afable condición y amante de la rectitud, pero tan flexible en sus juicios y tan dócil á estrañas influencias, que con semejante debilidad dio cabida al mayor desorden que se había conocido en Méjico, aun en la época del gobierno del factor y del veedor. Dominado por los enemigos de Cortés y de los conquistadores, sufrieron éstos no pocas vejaciones y molestias arbitrarias, en virtud de demandas caprichosas, en que frecuentemente se mezclaban la calumnia y la codicia; y hubo de llegar i tal estremo la anarquía, que sabedor de semejantes desórdenes el monarca, á consulta dei consejo de Indias, depuso de sus cargos á los miembros de aquella audiencia^ formó otra que pasó inmediatamente á Méjico; dio por nulo cuanto había acordado la primera; y dispuso se tomase residencia al presidente y oidores por sus arbitrarias sentencias y despojos de bienes acordados contra Cortés y sus compañeros de gloria.» Revilla.

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«Los desmanes de ia Audiencia y la conducta de Guzman, opresora, especialmente contra los indios, excitaron la indignación de la colonia, hasta llegar á temer en ella un levantamienio. Era preciso cambiar aquella administración funesta y despótica.» Prescott.

378 — «Aun existe un documento,— que forma parte de la colección de Vargas Ponce,— titulado Pesijuisa secreta, que tiene la relación de todas las providencias tomadas contra Cortés: está redactado por el secretario de la audiencia y firmado por varios de sus miembros; es bastante largo, pues tiene mas de cien páginas en folio: constan en él las deposiciones de varios testigos, y todo él es conjunto de fastidiosas menudencias, mas propias de un pleitetülo municipal, que del proceso de uno de los grandes oficiales de la corona.

Los cargos son ocho, y entre ellos el de haber intentado deliberadamente hacerse independiente de Castilla; el de haber asesinado á dos comisionados enviados para velar su conducta; el de haber matado á su propia mujer doña Catalina Juárez; el de extersiones y faltas licenciosas, que mas bien pertenecen por su propia naturaleza á la vida privada, que no á su carrera pública. Los testimonios son vagos y aun contradictorios: los testigos por lo común, personas oscuras, á los que son de alguna consideración, enemigos declarados suyos, que parece que han sido buscados á propósito. Si se consi dera que la pesquiza se hace en ausencia de Cortés, ante un tribunal cuyos jueces eran sus enemigos, que ios cargos no están especificados, y que por consecuencia de todo esto, él no pudo desvanecerlos, es imposible dar valor ninguno á semejante documento; ni menos después de tanto tiempo. Si se añade á esto que el gobierno al cual se mandó, no procedió á nada en vista de él, se acabará de conocer que esa pesquiza se debe tener por un testimonio de la malicia de los enemigos del conquistador. Ella ha sido sacada por un curioso anticuario de los empolvados achivos de indias, de Sev'illa; mas como documento histórico no tiene valor alguno, y solo sirve para probar que el que en el siglo XVI tenía un nombre ilustre, estaba entonces, como ha estado ahora, espuesto á los tiros de la calumnia.» Prescott.

379 — f Que según se decía, escedía en las hazañas á Alejandro Magno y en las riquezas á Creso> Lanuza.

Según Marines Sículo. que por aquel tiempo vivía en la corte, alcanzaban sus rentas á sesenta mil ducados de oro.

3o0—€ Entre las personas que mas deseos demostraron de entroncarle con su familia, se cuenta á doña María de Mendoza, esposa del comendador mayor de León, que le ofreció una hermana suya en casamiento; pero como Cortés se hallaba muy obligado á los favores del duque de Béjar, y había tratado matrimonio con su sobrina doña Juana de Zúñiga, hubo de recusar forzosamente la honrosa invitación de la esposa del comendador, incidente siniestro para el porvenir de Cortés, puesto que el extraordinario valimiento del comendador con Carlos V y la emperatriz Isabel, hizo resfriar el aprecio que estos príncipes y la parte mas principa! de la nobleza habían dispensado hasta entonces al conquistador de Nueva España. Verificáronse, por fin, las bodas de Cortés con la sobrina del duque; y desde aquel momento variaron completamente de semblante sus negocios.» Revilla.

381 — Según Marineo Sículo era doña Juana Zúñiga de la casa de Arellano, y de línea real de Navarra; su padre era noble, no muy rico.

cNo pasó mucho tiempo sin que tributara sus homenajes á una dama de la noble casa que con tanta firmeza

le defendió en la hora aciaga de la desgracia. Llamábase doña Juana Zúñiga, hiia segunda del <luque de Aguilar y sobrina y ahijada del duque de Béjar. Era mucho mas joven que él, bella, y según lo demostraron los sucesos posteriores, no le faltaba ingenio. Uno de los regalos que hizo Cortés á su novia excitó la admiración y la envidia de la corte. Consistía en cinco esmeraldas de estraordinario tamaño y brillantez. Estas piedras preciosas habían sido labradas por los aztecas en figuras de flores, peces, y otras igualmente vistosas y estaban trabajadas con un primor que realzaba sobremanera su valor intrínseco. No es difícil que hubiesen formado parte del tesoro del infortunado Motezuma, y que siendo muy portátiles hubiesen escapado de la catástrofe de la noche triste. Cuéntase que la esposa de Carlos V,— pero puede ser hablilla de corte, —mostró algún deseo de poseer aquellas piedras, y la preferencia que dio á su bella novia suscitó en el pecho de la emperatriz algún resentimiento, que tuvo después desfavorable influjo en la suerte del marqués. » Prescott.

Hablando Gomara de las esmeraldsa, dice que una de ella era tan valiosa como la turquesa de Shylock, y que unos comerciantes jenoveses le ofrecieron por ella cuarenta mil ducados: y de estas varias noticias curiosas una de las esmeraldas tenía la forma de una rosa; la segunda la de una corneta: la tercera la de un pescado con ojos de oro: la cuarta era de forma de una campanilla, que por debajo tenfa una perla y en cuyo borde se leía esta inscripción: ¡Bendito sea el que te crió ! La quinta era la más valiosa: tenía la figura de una copa, con el pié de oro y con cuatro cadenitas del mismo metal, que pendían como de un botón, de una gran perla.

382 — Dice Prescott: «El palacio está reducido á ruinas, y el sitio solo es ya notable por su belleza natural y sus recuerdos históricos. Y la señora de Calderón, en su Vida de Méjico, dice: cEra la capital de la nación Tlahuica, y después de la conquista edificó Cortés un palacio magnífico, una iglesia y un convento de franciscanos, creyendo que aquellos serían principios de una ciudad. Sin embargo, es un lugar de poca importancia, aunque muy favorecido por la naturaleza. El palacio del conquistador es una barranca ruinosa, aun pintoresca, construida sobre una colina y frente á la cual se levanta el gran volcan.

Hay algunas buenas casas, y se conservan los restos de la iglesia construida por Cortés, famosa por su atrevido pórtico.»

383 — Los productos de estas minas no eran entonces tan abundantes como últimamente; pero los costos de producción eran también menores, pues el metal estaba mucho mas á la superficie que ahora.

3S4 — Estas dos expediciones fueron mandadas por los años 1552 y 1553.

385 — Dice Prescott que llevaba Cortés cuatrocientos españoles y trescientos negros esclavos, lo que nos parece exajeradísimo.

cDe vuelta á Méjico se vio reducido á un papel casi secundario por la rivalidad y la envidia de los miembros de la audiencia. Para evitar mas disgustos y no sentir tanto la decadencia de su poder, equipó una flota considerable y partió á hacer descubiertas en el gran mar del Sud, y descubrió la gran península de la California y reconoció una parte del golfo que la separa de Nueva España.» Lafuente.

386— En el año 1536.

387— Dice Prescott, refiriéndose á Ramusio, que no se volvió á saber nada de Ulloa; pero Revilla ma-

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nifíesta que murió á manos de sus marineros sublevados. ,

388— Refiriéndose Berna! Diaz á palabras de Corles, expone: «que estas expediciones le cosiaron de su peculio mas de trescientos mil pesos oro; suma considerable, que después de tantas pérdidas de su fortuna hace formar una idea de las inmensas riquezas que tuvieron los conquistadores.»

389 — En la colección de Vargas Ponce hay una petición de Cortés, en que se queja de los agravios que ha recibido y pide que se averigüe la conducta del Virrey. No tiene techa y se intitula petición contra don Antonio Mendoza, Virrey, pidiendo residencia contra él.

390 — «Durante esta corta permanencia en España, tuvo la desgracia y la pesadumbre de perder á la emperatriz, que murió en Toledo, de parto (i° de Mayo 1539,) á poco de haber dado á luz un niño también sin vida. La muerte de esta excelente señora fué muy sentida y llorada en todo el reino, porque á su notable hermosura reunía las mas bellas prendas del alma, y adornábanla grandes y muy excelsas virtudes. Contaba entonces treinta y ocho años de edad, uno menos que su marido. Hiciéronsele suntuosísimas exequias y fué llevada é enterrar á la capilla real de Granada, con numerosa y brillante procesión de prelados, clérigos, grandes, títulos y caballeros. Hasta el rey Francisco I de Francia, le hizo solemnísimas honras fúnebres. La emperatriz doña ts»^ bel era hija de los reyes de Portugal don Manuel y doña " María, hija ésta de los reyes católicos. No se logró de ella mas sucesión varonil que el príncipe don Felipe, de edad entonces de doce años. Dejaba además la infanta doña María, que fué mujer del emperador Maximiliano, y doña Juana que fué reina de Portugal» Lafuente.

391 — cEl pronóstico de Andrés de Doria se había cumplido con demasiada y harto dolorosa exactitud: el célebre marino aseguraba no haber atravesado tan horrorosa tormenta, en cincuenta años de andar por los mares; y gracias á que él pudo, con algunos medio destrozados buques, ganar el cabo de Metafuz, aun algo distante del campamento; y desde allí envió una galera á dar aviso al emperador, aconsejándole que marchase allá con el ejército lo mas presto que pudiese para reembarcarle, sino había de acabarse de perder

No le sirvió seguir á Carlos V y combatir como voluntario en su famosa expedición de Argel . Este nuevo servicio no fué mejor pagado que los anteriores: antes bien, con haber perdido en esta guerra, de que luego habremos de hablar, joyas de gran valor, ni aun siquiera se le indemnizó de los trescienios mil escudos que había gastado en su expedición á California » Lafuente.

fCortés se embarcó con las fuerzas que debían ir con el emperador, á bordo del navio que naufragó cerca de la costa. Cortés y su hijo escaparon nadando, mas el primero perdió el tesoro de alhajas de que hemos hablado en el capítulo precedente; pérdida dice un antiguo escritor. Gomara — por la cual la expedición salió mas cara á Cortés que á ningún otro de los que iban, excepto al Emperador.»—Prescott.

392 — cDe este dictamen era el ilustre Hernán Cortés, famoso ya por sus hazañas en el Nuevo Mundo, y el cual se halló en esta jornada, sin que de su persona, por miserables envidias, se hiciese caso, y menos se la diese parte en los consejos; y tanto que como después de pasada la tormenta propusiese que se le dejara con la gente que allí había, y que se obligaba á ganar con ella á Argel, los unos no quisieron escucharle, y los otros hasta se burlaron; ¡se burlaron del atrevido conquistador de Méjico! Decidióse, pues, el emperador por el reem-

barque, y como las naves eran pocas y la gente mucha, hubo necesidad de arrojar al mar caballos para hacer lugar á los hombres, cosa que dio á todos gran Ijstima, y especialmente á ios dueños de aquellos, con quienes tuvo el emperador que usar de toda autoridad. Embarcáronse, pues, primero los italianos, los alemanes luego, y los últimos los españoles, siendo el emperador de los postreros á dejar la playa.» Lafuente.

Y este historiador agrega la siguiente nota á este párrafo: cDice Sandoval, hablando de esto, que quien mas perdió en la expedición, después del emperador, fué Hernán Cortés, marqués del Valle, porque se le cayeron en un cenegal tres esmeraldas riquísimas, que se apreciaban en cien mil ducados, y nunca se pudieron hallar».

393- - Lo siguiente corresponde al Apéndice de Prescott. .

■ Ultima carta de Cortés al Emperador

(Pongo aquí esta úliima y sentidísima carta, como la llama Vargos Ponce, quien la incluye en su importante colección, sacada de los archivos de Sevilla. Justamente puede llamársele sentidísima, si se considera el tono triste en que está escrita y que contrasta con las anteriores, y las amargas circunstancias en que fué escrita. Sin embargo, cuando Cortés se lamenta de su pobreza, no debemos entender esto literalmente, pues cuando murió, tres años después, dejó inmensos estados: bien que tuvo que gravarlos considerablemente para subvenir á_Jos gastos de la expedición al Mar del Sur: de manera que sus rentas apenas le alcanzaban en los últimos días de su vida, para cubrir los gastos mas precisos. Los últimos instantes de Cortés se pasaron en infructuosas solicitudes diiigidas á la corona, pidiendo la recompensa de los distinguidos servicios que le había prestado; suerte que nos recuerda la no menos infeliz de Colon. La vida de estos dos hombres nos enseña que la carrera mas brillante puede terminar en medio del dolor y el desengaño, á la manera que el sol está rodeado de nubes cuando baja al ocaso.)

«Pensé que haber trabajado en la juventud me aprovechara para que en la vejez tuviera descanso, y así á quarenta años que me he ocupado en no dormir, mal comer, y á las veces ni bien ni mal, traer las armas á cuestas, poner la persona en peligro, gastar mi hacienda y edad todo en servicio de Dios, trayendo obejas á su corral, muy remotas de nuestro imperio, ignotas y no escripias en nuestras Escrituras, y acrecentando y dilatando el nombre y patrimonio de mi Rey, ganándole y trayéndose á su yugo y Real cetro muchos y muy grandes reynos y señoríos de muchas bárvaras naciones y gentes, ganado por mi propia persona y espensas, sin ser ayudado de cosa alguna, hantes muy estorvado por nuestros muchos émulos y envidiosos, que como sanguijuelas han reventado de artos de mi sangre.

De la parte que á Dios cupo de mis trabajos y vigilias asad estoy pagado, porque la obra suya quiso

tomarme por medio, y que las gentes me atribuyen alguna parle; aunque quien conociere de mí lo que vo beré claro, que no sin causa, la divina providencia quiso que una hobra tan grande se acavase por el mas flaco é inútil medio que se pudo haber, porque seyendo Dios fuese el atributo.

De lo que á mi rey quedó, la remuneración siempre estuve satisfecho que ceteris paribus no fuera menor, por ser su tiempo de V, M. que nunca estos reynos después donde yo soy natural, y á quien cupo este beneficio fueron poseydos de tan gran Católico príncipe magnánimo y poderoso Rey; y asi V. M. la primera vez que vesé las manos y entregué los frutos de mis servicios, mostró reconocimiento de ellos, comenzó á mostrar voluntad de me hacer gratificación, honrando mi persona

con palabras y hobras, que pareciéndome á mi que no se equiparaban i mis méritos. V. M. sabe que yo reusé de recibir. V. M. me dijo y mandó que las aceptase, porque pareciese que me comenzaba á hacer alguna merced, y que no las recibiese por pago de mis servicios; por V. M. se quería haber conmigo, como sean los que se muestran á tirón de ballesta, que los primeros tiros dan fuera del terreno, y enmendando dan en él y en el blanco y fiel: que la merced que V. M. me hacía hera dar fuera de) terreno, y que iría enmendando hasta dar en el fiel de lo que yo merecía; y pues no se me quitaba nada de lo que tenía, ni se me había de quitar que reciviese lo que me dava; y ansí vesé las manos á V, M. por ello, y en bolviendo las espaldas quitóseme lo que tenía todo, y no se me cumplió la merced que V, M. me hizo.

1 demás de estas palabras que V. M me dijo, y otras que me prometió, que pues tiene tan buena memoria, no se le habrán olvidado, por cartas de V. M. firmadas de su real nombre tengo que muy mayores. 1 pues mis servi cios hechos hasta aquí son beneméritos de las obras y promesas que V. M. me hizo, y después acá no la han desmerecido; antes nunca ecesado de servir y acrecentar el Patrimonio de esos reynos, con mil estorvos, que sino obiese tenido no fuera menos lo acrecentado, después que la merced se me hizo: lo hecho porque las merece, no sé porque no se me cumple las promesas de las mercedes ofrecidas, y se me quitan las hechas. I si quieren decir que no se me quitan, pues poseo algo; cierto es que nada inútil será una mesma cosa, y lo que tengo, está sin fruto, que me fuera arto mejor no tenerlo, porque obiera entendido en mis grangerías, y no gastado el s. de ellas por defenderme del fiscal de V. M. que á sido y es mas dificultoso que ganar la tierra de enemigos: así que mi trabajo aprovechó para mi contentamiento de haber hecho el dever, y no para conseguir el efecto del pues no solo... no me siguió reposo á la vejez, mas trabaio hasta la muerte; y pluguiese á Dios que no pasase adelante, sino con la corporal se acabase y no se estendiese á perpetua, porque quien tanto trabajo tiene en defender cuerpo, no puede dejar de ofender el ánima.

Suplico á V. M. me permita que á tan notorios servicios haya tan poco miramienio; y pues es de creer que no es culpa de V. M. que las gentes lo sepan; porque como esta .obra que Dios hizo por mi medio es tan grande y maravilosa, y se ha estendido la fama de ella por todos los reynos de V. M y de los otros reynos cristianos y aun por algunos infieles, en estos donde hay noticias del pleito de entre el fiscal y mí no se trata de cosa mas; y unos atribuyen la culpa al fiscal, otros á culpas mías; y estas no las hayan tan grandes, que si bastasen para por ellas negarme el servicio, no bastasen también para quitarme la vida, honrra y hacienda; y que puesto no se hace que no de be ser mía la culpa, á V. M., ninguna se atribuye; porque si V. M. quisiese quitarme lo que me dio, poder tiene para ejecutarlo, pues al que quisiere y puede, nada hay imposible; decir que se buscan formas para colorar la obra, y que no se siente el intento, ni caven ni pueden caver en los reyes unjidos por Dios tales medios, porque para con él no hay color que no sea transparente, para con el mundo no hay para que colorarlo, porque así lo quiero, así lo mando, es el descargo de lo que los reyes hacen.

Yo supliqué á V. M. en Madrid fuese servido de aclarar la boluiitad que tubo de hacerme merced en pago de mis servicios, y le traje á la memoria algunos de ellos; díjome V. M. que mandaría á los de su consejo que me despachasen, pues que se les dejaba mandado lo que habían de hacer; porque V. M. me dijo que no quería que trajese pleito con el fiscal, quando quise saberlo dijéronme, que me defendiese de la demanda fiscal; porque había de ir por tela de justicia, y por ella se había de sentenciar, sentílo por grave y escribí á V. M. á Barcelona, suplicándole que,pues era servido de entrar en juicio con sus siervos, lo fuese, sin que obiese Juezes sin sospecha; y

V. M. mandóme que con los del Consejo de las Indias se juntasen algunos de los otros, pues todos criados de V. M., y que juntos lo determinasen, no fué V. M. servido que no puedo alcanzar la causa, pues quantos mas los bienes mejor alcanzarían lo que se debía hacer.

Véome viejo y pobre y empeñado en este reyno en mas de veinte mil ducados, sin mas de ciento otros, que he gastado de los que truje; é me han enviado, que algunos de ellos devo, también que los an tomado prestados para enviarme y Correcambios; y en cinco años poco me-

nos que ha que salí de mi casa no es mucho lo que he gastado, pues nunca he salido de la Corte, con tres hijos que traygo en ella, con letrados, procuradores y solicitadores; que todo fuera mejor empleado que V. M. se sirviera de ello y de lo que mas hoviera adquirido en este tiempo: ha hayudado también laida de Argel.

Paréceme que al cojer del fruto de mis trabajos no debía hecharse en basijas rotas, y dejarlo en juicio de po eos, sino tornar suplicar á V, M sea servido que todos quantos jueces V. M. tiene en sus Consejos, conozcan de esta causa, y conforme á justicia la sentencia sea. Yo he sentido del obispo de Cuenca quedasen, que obiese para estos otros jueces demás de los que hay; porque él y el licenciado Salmerón, nuebo Oidor en este Consejo de Indias, son los que me despojaron sin hoyrme del hecho, siendo jueces en la Nueva España, como lo tengo provado, y con quien yo tengo pleito sobre el dicho despojo, y les pida cantidad de dineros de los intereses y renta, de lo que despojaron; y está claro que han de sentenciar contra mí.

No les he querido recusar en este caso, porque siempre crey que V. M. fuera servido que llegara á estos términos; y no seyendo V. M. servido que hayan mas jueces, que determinen esta causa, se me á forjado á recusar al obispo de Cuenca y á Salmerón, y pasarme ya en el ánima porque no podrá ser sin alguna dilación; que para mí no puede ser cosa mas dañosa, porque he sesenta años y anda en cinco que salí de mi casa y no tengo mas de un Varón que me suceda,; y aunque tenga la mujer moza para tener mas, mi hedad no sufre esperar mucho; y si no tuviera otro, y Dios dispusiera de este, sin dejar sucesión, ¿qué me habría aprovechado lo adquirido.^' pues subsediendo hijas se pierde la memoria; otra y otra vez tornar á suplicar á V. M. sea servido que con los Jueces del Consejo de Indias se juntan otros jueces de estos otros consejos.

Pues todos son criados de V. M. y le fia la gobernación de sus reyes y su real conciencia, no es inconveniente fiarles que determinen sobre una escritura de merced, que V, M. hizo á un su vasallo de una partecica de un gran todo con que se sirvió V. M. sin costar trabajo ni peligro de real persona, ni cuidado de espíritu de proveer como se hiciese, ni costa de dineros para pagar la gente que lo hizo, y que tan limpia y lealmente sirvió, no solo en la tierra que ganó, pero con mucha cantidad de oro y plata y piedras de los despojos que en ella ubo; y que V. M. mande i los jueces que fuere servido que entiendan en ello, que en cierto tiempo, que V. M. le señale, la determinen y sentencien, sin que haya esta dilación, y esta será para mí muy gran merced; porque adilatarse, dejarlo é perder y bolverme á mi casa; porque no tengo la edad para andar por mesones, sino para recogerme á aclarar mi cuenta con Dios, pues la tengo larga, y poca vida para dar los descargos, y será mejor dejar perder la acienda que el ánima.

Dios Nuestro Señor guarde la muy Real persona de V. M. con el acrecentamiento de Reynos y estados que V. M. desea.

De Valladolid á tres de Febrero de quinientos quarenta y cuatro.

De V. E M. muy humilde siervo y vasallo, que sus muy reales pies y manos besa.

Marqués del Valle.

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Cubierta.— A la S. C. C. M. Emperador y Rey de las Españas.

Tiene este decreto. — A su Magestad del Marqués del Valle, ? de Febrero de 44: No hay que responder. Parece letra de Covos.

Original. Archivo de Indias.»

394 — Cuenta Voltaire, que un día que no pudo Cortés obtener audiencia del emperador, se abrió campo entre la multitud que cercaba la carroza del monarca, y subiendo al estribo, preguntó Carlos: fk^quién es este hombre?»; y que el hombre contestó: *Uno que oí ha dado mas reinos, que ciudades tenías antes.

€ Llegó á no poder conseguir una audiencia de su soberano. Tratado por el emperador Carlos V con el mismo desden y con la misma ingratitud que á Cristóbal Colon por Fernando el Católico, un día aguardó el carruaje del emperador, y se abalanzó sobre el estribo: ¿Quién sois vos? le preguntó el monarca. — Yo soy, contestó Hernán Cortés, con entereza, un hombre que os ha ganado mas provincias que heredasteis de vuestros padres y abuelos. Esta noble y altiva respuesta, que encierra una nueva lección tan sublime como triste, íué la última venganza del gran conquistador». Lafuente.

395 — «Apenas había llegado á Sevilla, acompañado de su hijo, cuando cayó enfermo de una indigestión, causada probablemente por el mal estado de su espíritu; aquella enfermedad declinó en disentería y sus fuerzas se acabaron con tal rapidez á causa de la enfermedad^ que no se pudo dudar de que su vida se acercaba á su término. El se preparó, haciendo todas las disposiciones necesarias. Algún tiempo antes había hecho su testamento y ahora lo ejecutó. Este documento, demasiado largo, es notable bajo diversos aspectos. La parte principal de sus bienes la dejó á su hijo don Martin, que entonces tenía quince años de edad: fija en veinticinco la edad en que debe eqtrar en mayoría; pero sus tutores deben darle á los veintiuno todas sus rentas, para que pueda vivir cual corresponde á su calidad. En un documento que acompaña al testamento, mienta Cortés los nombres de todas las personas encargadas de cuidar sus vastos dominios, esparcidos por diferentes provincias, y suplica á los albaceas que las confirmen en aquel encargo, para lo cual las ha escogido en vista de las cualidades peculiares que cada una de ellas tiene. Nada prueba mejor que esto la entera atención que en medio de las ocupaciones del servicio público daba al cuidado de sus estensos señoríos.

Deja un caudal considerable á sus otros hijos, y jenerosos legados á varios criados antiguos que aun permanecían en su servidumbre. En otra cláusula del testamento lega sumas considerables para objetos de caridad, y aplica las rentas de las propiedades que tiene en la ciudad de Méxijo, al sostenimiento de tres establecimientos públicos. ,Un hospital, en la capital, dedicado á la Virgen de la Concepción, un colegio en Coyuacan para la educación de los frailes, destinados á predicar entre los indios; y finalmente para monjas en el mismo lugar. Ordena que sus huesos sean enterrados en una capilla de este monasterio, situado en la ciudad predilecta, sea cual fuere la parte del mundo en que él muera. Después de declarar que ha procurado cerciorarse de la verdadera suma á que ascienden los tributos que sus vasallos indios pagaban anteriormente á sus antiguos soberanos, previene á su heredero, que si acaso lo que han pagado hasta allí ascendiese de la legítima suma que deben pagar, les restituya el exceso que se encontrare. En otra cláusula manifiesta la duda, sobre si es justo exijir de los indios el trabajo personal, y manda se averigüe exactamente lo que puede valer este trabajo y que en todos casos se les dé la debida recompensa. Finalmente, él hace esta notable declaración: «Por mucho tiempo se ha

disputado sobre si se puede en conciencia tener dominio y propiedad sobre esclavos indios: como este punto todavía no ha sido resuelto, suplico á mi hijo don Martin y á sus herederos, que no perdonen diligencia por averiguar exactamente la verdad; por ser cosa que concierne á la conciencia de todos ellos y á la mía propia».

Cortés no tuvo hijos en su primer matrimonio, del segundo dejó cuatro: un varón, don Martin, heredero de sus honores y de persecuciones aun mas crueles que las de su padre, y tres hijas, que casaron brillantemente. También dejó varios hijos naturales, á los cuales enumera en su testamento, y á quienes deja un legado suficiente. Dos de ellos, don Martin, el hijo de doña Marina y don Luis, llegaron á obtener grados, distinciones á ser comendadores de la orden de Santiago.

Don Martin Cortes, segundo Marqués del Valle, fué acusado lo mismo que su padre, de haber intentado hacerse independiente de España. Sus hermanos naturales don Martin y don Luis fueron envueltos en la misma acusación, y el primero de ellos condenado al tormento. Otros varios amigos suyos, á los que se acusaba también de traición, fueron decapitados. El marqués y su familia se refugiaron á España, donde se practicó la averiguación; durante la cual, que duró desde 1 S67 á 1 574, fueron confiscados sus Estados de Méjico. Al fin fué declarado inocente y se le devolvieron; mascón grande detrimento, por los empleados reales». Prescott.

396— Allí permaneció hasta el año 1562 en que fué removido de orden de su hijo don Martin, y llevado, no á Coyuacan, conforme había sido voluntad de Cortés, sino al convento de San Francisco, en Tezcuco, donde descansaba al lado de un hijo y su madre doña Catalina Pizarro. En 1629 volvieron á ser removidos los restos de Cortés, y cuando murió don Pedro, cuarto marqués del Valle, determinaron las autoridades de Méjico llevarlos á la iglesia de San Francisco de esta capital. La ceremonia se hizo con toda la solemnidad acostumbrada en tales casos. Se formó una procesión militar y religiosa, á cuya cabeza iba el Arzobispo; acompañábanle las principales autoridades de la iglesia y del Estado, las cofradías con sus banderas respectivas, las órdenes relijiosas y los oidores. La urna que encerraba las cenizas de Cortés estaba cubierta de un paño negro y la llevaban los jueces de los tribunales reales. De uno y ovro lado del féretro ibaí^ dos hidalgos con armadura completa: el uno llevaba \xn estandarte enteramente blanco, donde estaban bordadasde oro las armas de Castilla; y el de la izquierda una bandera de tercipelo negro con el escudo de armas de la casa de Cortés, bordado de igual manera. Delante del cuerpo venía el Virrey acompañado de multitud de hidalgos españoles, y tras el cuerpo marchaba un batallón de infantería, armado de picas y arcabuces, y cuyas banderas arrastraban por el suelo. En medio de esta pompa fúnebr** al son de una música melancólica y al toque de una caja destemplada, se encaminó la procesión á paso lento hacia la ciudad, cuyas puertas se abrieron para recibir los restos mortales del héroe que un siglo antes la había asombrado con sus prodijios de valor.

Mas sus huesos no debían quedar allí en quietud: en 1794 se les llevó al hospital de Jesús Nazareno, lugar mas adecuado, pues era el mismo establecimiento que bajo el nombre de Nuestra Señora de la Concepción había fundado y dotado, y había sido hasta entonces administrado con arreglo 'A noble objeto de su fundación: lo que es muy frecuente en casas de caridad de este género. Las cenizas del guerrero fueron depositadas en una urna de cristal, asegurada con láminas y barras de plata v puestas en la capilla donde se levantó un monumento sencillo, en que estaban grabadas las armas del conquistador, y que remataba en un busto ejecutado en bronce por Tolsa, escultor digno de los mejores tiempos de las artes. i

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Desgraciadamente para Méjico no acaba aquí la historia. En 182^ la plebe patriota de la capital, en conmemoración de la era de la independencia y por odio á los primeros españoles, se disponía á abrir la tumba de Cortés y arrojar al viento sus cenizas. Las autoridades se rehusaron á intervenir; mas las personas de la familia, según se refiere comunmente, enterraron secretamente la urna, que encerraba los restos de Cortés, é impidieron que se cometiese un sacrilejio, que habría echado en el escudo de la bella ciudad de Méjico una mancha endelebie. Humboldt notaba hacia cuarenta años, que se podía atravesar toda la América, desde Buenos Aires hasta Monterey, sin encontrar en ninguna parte monumento nacional alguno, levantado por la gratitud en honor de Hernán Cortés ni de Cristóbal Colon. Pero estaba reservado á nuestros días presenciar el conato de violar el reposo de los muertos y de insultar sus reliquias! Sin embargo, los que meditaron este ultraje no fueron los descendientes de Mot'CZuma, ansiosos de vengar los pasados ultrajes y y vindicar los derechos de su lejítima herencia; ¡fueron ios descendientes y compatriotas de los antiguos conquistado res! ¡Fueron aquellos que debieron al derecho de conquista sus títulos sobre el suelo que pisaban!» Pres cotí. , .^

Uocumento relativo á los entierros del señor don Hernando

ENTIERRO DEL AÑO DE IÓ29

Entierro del marqués del Valle de Oajaca, Hernán Cortés, y de su meto don Fedro Cortés, que se hizo en esta ciudad de Méjico en 2¿f. de Febrero del año ¡62^.

Se trajeron los huesos de D. Hernán Cortés, primer Marqués del Valle de Oajaca, que estaban en un monasterio de San Francisco de Tezcuco; y sucedió, que habiendo muerto en esta corte de Méjico D. Pedro Cortés, Mar qués del Valle, en ?o de Enero de dicho año, acordó el Sr. Arzobispo de Méjico, D. Francisco Manso dj Zúniga y el señor Virrey de México, Marqués de Cerralvo, que se hiciesen estos dos entierros juntos en uno, honrándolos principalmente á los huesos de Cortés; fué el entierro en San Francisco de Mélico: salió de las casas del Marqués del Valle; fueron adelante todos los estandartes de las cofradías; fueron todas las ordedes de frailes; fueron todos los tribunales de México; fué la audiencia de los oidores; iba el dicho Arzobispo de la Catedral de México, y en este lugar iba el cuerpo del Marqués" D. Pedro Cortés, en un ataúd descubierto y detrás los huesos de don Hernando Cortés en un ataúd de terciopelo negro, cerrado; llevaba á un lado un guión de raso blanco con un crucifijo y Nuestra Señora y San Juan Evangelista, bordado de oro; y del otro lado las armas del Rey de España, bordadas de oro, este guión del lado derecho de los

huesos, llevaba otro guión á la mano izquierda de terciopelo negro, con las armas del Marqués del Valle, bordado de oro; y los que llevaban los guiones iban armados; y detras del Señor Arzobispo con todos los prebendados, y detras los enlutados, y un caballo despalmado todo enlutado; todo lo dicho con mucho orden; luego preseguían todos los tribunales y la universidad y tras éstos iba la audiencia y el Virrey, con mucho acompañamiento de caballeros; y tras de éstos iban cuatro capitanes armados, con sus plumeros, picas en los hombros; y tras éstos iban cuatro compañías de soldados con arcabuces, y otros con picas, y detras banderas arrastrando, y los tambores cubiertos de luTo: llevaban los huesos oidores, y el cuerpo del Marqués D. Pedro Cortés, caballeros del hábito de Santiago: la concurrencia era inmensa y hubo seis posas donde ponían los ataúdes y todas órdenes de frailes, en cada posa decían un responso.

(El original de este documento existe en los archivos del hospital de Jesús, en Méjico.)

:*)97 — «El actual dueño de aquellos honores propios de príncipe y de tan vastos dominios esparcidos por el Nuevo y el antiguo Mundo, vive en Sicilia, y puede vanagloriarse de lo que pocos príncipes pueden preciarse: de descender de dos de los mas ilustres capitanes del siglo XVI: el Gran Capitán y el Conquistador de Méjico.» Prescott. -:. • / :;i

398— «Grandísimo limosnero: daba cada año mil ducados de limosna ordinaria.» Gomara.

399 — «Los vestidos que se ponía eran según el tiempo y usanza, y no se le daba nada de no traer muchas sedas ni damascos ni rasos, sino llanamente y muy pulido; ni tampoco traía cadenas grandes de oro, salvo una cadenita de oro de prima hechura-, con un joyal con la imagen de de Nuestra Señora la Virgen de Santa María, con su Hijo precioso en los brazos, y con letrero en latín en lo que era de Nuestra Señora; y de la otra parte del joyal el S^ñor San Juan Bautista con un letrero y también tenía en el dedo un anillo muy rico con un diamante, y la gorra, que entonces se usaba de terciopelo, traía una medalla, y no me acuerdo el rostro, que en la medalla 'raía figurada la letra del, mas después el tiempo andando siempre traía gorra de paño sin medalla. Servíase ricamente como gran señor, con dos Maestresalas y Mayordomos y muchos pages, y todo el servicio de su casa muy cumplido é grandes bajillas de plata y oro.t Bernal Díaz.

400- «El prefería que le llamasen Cortés, mas bien que de ninguna otra manera, y con razón; porque el nombre de Cortés es en nuestros días tan famoso como el de César entre los romanos ó el de Anibal entre los cartajineses.» Bernal Díaz.

FIN

No habiéndose, por omisión, antepuesto la siguiente fé de erratas de la Invocación, á la de La Historia, se hace á continuación:

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COLUMNA

LÍNEA

7 .

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En seguida se publicará La Conquista del Perú: Vasco Nuñez DE Balboa, descubridor del Océano Pacífico, y la segunda edición de

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