La conquista de Méjico : poema histórico · Unidad 35 de 94
Unidad de lectura 35
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
de ciento cincuenta pies ':■ ,7 . de elevación, ó algo más, T \ se alzaba imponentemente, . , en medio de la ciudad, '.'•,.
v en frente de los cuarteles :,./: del cristiano capitán, donde sus tropas estaban sufriendo la tempastad de ese pueblo enfurecido, T :.;.;. como haciendo frente van en pobre esquife unos náufragos á los embates del mar.
Aún con el rey se hallaba : - " el cristiano capitán, . v.-
cuando á decirle vinieron: — que la aUura principal 'i .
del templo y sus altas torres empezábanse á llenar de nobles y de guerreros, con una gran cantidad
"%.
— 197 —
r/^;;; de inflamables proyectiles,
.v ; para desde allí atacar,
■ ' sin tregua ni compasión
/ * al cristiano capitán. —
Todos miran al jefe, y de su labio esperan como deben proceder;
y como ascuas brillando
los ojos de Cortés, esclama: «¿Aún pretenden los aztecas del hispano león las garras ver? ¡Seguidme. . . y vive Dios, que esos infieles
muy pronto las verán!» Y al señor de Tezcuco y otros nobles,
que desde tiempo atrás, por una rebelión estaban presos,
hizo al patio sacar: . - ' h
se alza una horca, dáseles garrote, y dice á su legión el capitán: «Esos tibios cadáveres de las horcas bajad, é idlos arrojando á los aztecas; y prevenidles que de téules son, pudiéndolos llevar al sacrificio del sanguinario Dios.»
Y por sobre los muros comienzan los cristianos á arrojar
los cuerpos de esos indios, gritando á los aztecas: «¡Tomad, tomad,
ahí tenéis cristianos, que degollar en vuestro inmundo altar!» 2]2
Cortés manda á Escobar con cien guerreros á batir á los indios temerarios, que acantonados en el templo estaban, á que pegase Juego á los santuarios, si hacerlos despejar no conseguía; y tres veces al templo los soldados consiguen atacar con bizarría; mas fueron las tres veces rechazados del atrio en la porfía, y fué el esfuerzo vano. 213
En el izquierdo brazo la rodela se hace Cortés atar; porque la mano
herida la tenía; y en aquel duro trance decisivo, ser quería el primero en dar ejemplo; y con trescientos hombres y Alvarado, Ordaz, Sandoval y un grupo aliado,
acométese al templo.
Con denuedo y firmeza, en el atrio gran número de indígenas defienden el gran templo-fortalesa, mientras otros lanzaban, desde arriba,
proyectiles ardiendo,
pedruscos y maderas, y aumentaban con gritos el estruendo; más las voces terríficas, üjeras, de espingardas, mosquetes y arcabuces, también el atrio extenso van barriendo,
y en lucha encarnizada la sangre m^ corriendo; y defienden los indios cada entrada, — haciendo de su vida el sacrificio, — de la gran circular ancha escalera, que ascendiendo, rodea por afuera cinco veces al cónico edificio,
de alta cima truncada, con dos semisantuarios coronada.
Cada escalera y tramo, que subían, era un combate recio, donde unos y los otros
arriesgaban su vida con desprecio: con rabia se batían y el paso se impedían;
mas iban los cristianos avanzando en los adoratorios, y por el suelo echando
los ídolos deformes é irrisorios;
pero allí los caciques y nobleza sus dioses defendían, con arrojo y fiereza,
y abrazando á sus ídolos caían,
como fieras, que lanzan sus rugidos.
Pálidos, desgreñados sacerdotes
sus ídolos llevábanse escondidos, y derramando llanto,
como sombras, que vagan ó demonios;
.-■S*- ".^v- i.
■íf ■ •, J ^'. • > ■
. ( . ■
— 198 —
y flotando en su huida el negro manto, como locos de abiertos manicomios.
Y no encontrando allí los invasores la Cruz y Virgen, que en su altar pusieron, , entre palmas y flores, mayor destrozo hicieron; y al Dios Huitzilopóchtl, que era allí el venerado Dios de guerra,
V en cuvo altar ardían corazones,
arrastran por la tierra, y á los cléricos lanzan ó empellones. 214
Aunque esos mejicanos no usaban, en terrados y escaleras, ni baranda, pretil ni pasamanos,
ignorando sin duda lo seguros que son y convenientes,
allí á brazo partido se ciñen con furor los combatientes, y arrojarse procuran por los lados de aquellas escaleras y terrados;
V así muchos murieron,
que á los patios cayeron, mirándose sus cuerpos destrozados.
Al ver soloá Cortés, por un instante, dos traicioneros indios, vigorosos,
le sorprenden y abrazan,
y procuran, mañosos, hasta el borde llevarle y arrojarle
desde una gran altura; pero Cortés sus hombros sacudiendo, sin poder los salvajes doblegarle,
V súbito sus codos estendiendo,
arroja á uno hasta bajo, en tanto el otro escápase corriendo, como corre el ladrón por el atajo, '¿io
Eran tres veces más los mejicanos, --en la horrible contienda de tan sangriento día, — que esos pocos cristianos, que imparcial voij cantando en mi leyenda, sin que el ritmo de excelsa poesía, que entonar no me es dado, como ofrenda, puede dar á su gloria mayor gloria; pues de ese inmarcesible grupo hispano será tan perdurable la memoria, cuanto el májico suelo mejicano en este mundo exista! Eran tres veces más en la refriega, de los que allí se ven de la conquista,
á quienes no doblega esa triple y brutal fuerza contraria;
sino que la cristiana más erguida,
violenta y temeraria,
va á la azteca arrollando, hasta irla en su empuje concluyendo, mientras todos abajo contemplando ese de arriba ciego aturdimiento,
pasáronse tres horas
de rabia, sed y muertes
é injurias vengadoras; "
y ya no hallando aztecas enemigos
los mandobles y botes, que reparten los últimos sabuesos, caen al Hn los soberbios sacerdotes, de ellos llevando cuatro ó cinco presos . 216
D =» la sangre humeante salpicados, \ arrojando los ídolos inmundos, las escaleras bajan los soldados, erguidos é iracundos,
y suenan las trompetas; y por último, miran azorados
los vencidos aztecas ■
flamear de los léales el pendón,
de su sagrado templo, x
en el más elevado torreón. .-;-'\| ^
Aquel pendón anuncia al pueblo azteca, el triunfo de la Cruz, en toda Anáhuac, y que esos invasores, realizando la antigua I irofecia, ■ seguían derrocando sus leyes, su poder é idolatría. '■^v^í/
Y de allí su pendón sacando luego, como si un rayo de los cielos fuera, manda Cortés que se le ponga fuego^ á esa oscura mansión del gentilismo, que en el acto conviértese en hoguera; y desde la ciudad á la cabana, ■ ''~y^'^'í-:':''t . hasta el rugiente abismo 7,
y la verde pradera; " ^^^S
V desde el fresco valle á la montaña, ^^ • las fulgurosas llamas de ese dia anuncian, como célicos pendones, (\ue se estingue la torpe idolatría de Anáhuac en las espléndidas regiones. ál7
Los Heles zempoaltecas, que hicieron también frente á las legiones ' -_
de millares de aztecas, harto cargados al cuartel volvieron
de muchas provisiones, con las que ellos y téules subsistieron: y unos y otros entraron vencedores con bastantes heridos; y murieron
' t
— 199
más de cuarenta bravos veteranos, y P^'^^^iíí^s mayores
^,'y'^'-'.: sus aliados tuvieron,
' • ' • La noche oscura llega, y la rendidamente mejicana ganosa al sueño sin temor se entrega; mas Cortés y otros jefes, en sigilo, con un fuerte piquete descansado,
saliendo de su asilo, empiezan á incenciar calles enteras: -: los gritos espantosos,
las voces lastimeras estallan, como vientos borrascosas; y al resplandor siniestro de las llamas,
sus hogares dejaron, por las calles corriendo las familias, y unas trescientas casas se incendiaron.
La luz del nuevo día el brillo de las llamas atenuó; y Cortés, conociendo
cuanta fué de los indios la impresión al ver arder de día su gran templo, y luego por la noche su mansión, envía al enemigo un parlamento, y la plaza de aztecas se llenó: Cortés, sus oficiales y Marina
suben al torreón, del cual tres días antes Moíezuma á su irritado pueblo proclamó!
Ven los aztecas á la joven india. . . Malintzín la llamaban, con simpática y gran curiosidad, por lo que era querida de los téules,
y por el mucbo influjo que tenía en el noble capitán. 218 Y el melodioso acento de la joven exactamente traduciando fué al pueblo, que con gusto la veía, esta cáustica arenga de Cortés: 219
«<iNo visteis como en llamas, ayer, vuestros altares, hicimos entre el polvo los ídolos rodar? ;.No visteis por la noche arder vuestros hogares, morir vuestros arqueros, mi lábaro ondear?
¡Vosotros lo quisisteis! Negándole al cristiano, contra las profesías, la entrada á esta región;
V contra el soberano
alzando airada mano, faltasteis á los dioses, en plena rebelión!
Mas yo todo lo olvido y os hablo sin encono, y todo os lo perdono: las armas deponed: marchaos á vuestras casas, vivid tranquilamente.
y hermano sed del téule, que llega del Oriente, y á vuestro soberano, desde hoy obedeced.
Sino, á nadie convida sabrá dejar mi espada, venciendo y aplastando la inicua insurrección; , y os juro, que en verdad, A ^
será vuestra ciudad -
de escombros un montón, ' :
que irá desparramando la negra tempestad.»
Indiferente
tal amenaza
la azteca gente
oye en la plaza;
pues todavía el suspicaz Cortés no conocía al pueblo, que lanzóse á desafiar; ■
y su vibrante proclamar no vibra en esa estoica v tan salvaje fibra, y vano fué el quererla amedrentar!
Y reprimiendo su ira y sus enojos, aunque en sangre bañándose sus ojos. replica así otro jefe al capitán:
«¡Cierto es que habéis quemado los tempios-y los dioses, que habéis asesinado los clérigos también: lechuzas de la noche..,. .Oh. cóndores atroces, á innúmeras familias, hidrópicos de goces, echasteis en las llamas, sonrientes y feroces, con cínico desdén!
¡Si muchos ya sabemos,' que á vuestros golpes rudos al fin cayendo iremos, también que sois mortales pudimos ya saber: y poco nos importa que á mile.< mejicano.^
destrocen vuestras manos, sí de un blanco la sangre logramos obtener.'
Mirad á nuestras plazas, mirad á nuestras «-alies, á los extensos bosques, á los verdosos valles, las costas y montañas ..más lejos, más allá;
y á tanta, tanta gente, que en esta tierra vive y llega diariamente . . . tendréis que irla matando para salir de acá!
Sin agua ni alimentos estáis en el encierro. . .
como el hambriento perro, que flaco y moribundo pretende aún gruñir.
Mil duelos y agonías
tendréis en breves días,
que están por todos lados los puentes levantados, y no podéis salir! Ya bulle entre vosotros risueña la esperanza. . . los dioses impacientes, esperan la venganza ¡Veremos si esos bríos tenéis 'para morí'!*
■.'-;^íí?e:
:ír
- 200
Y millares de flechas
al terminar los indios arrojaron,
no ya poniendo á sus desmanes vallas;
y á los conquistadores obligaron
á acuitarse detrás de las murallas.
El indomable y orgulloso tono
de los torvos aztecas, como si ya se hallasen en un trono,
llenó de abatimiento al grupo de sitiados invasores;
y al saber que los puentes
hallábanse cortados, ya no dudaron, no, de los horrores, que á sufrir se encontraban condenados!
El peligro visible y espantoso,
en los nuevos soldados el descontento y la pavura infunde,
como en los pasajeros.
en medio del mar cunde, cuando ven que la nave se abre y hunde, y hay que lanzarse al mar sobre maderos: y sus tendencias de motín revelan
soldados tan bisónos, cual leves vientos, sni herir azuelan los primeros, tiernísimos retoños.
Y yaá Narvaez maldicen y á Velazquez, . , y también, maldicientes, á Cortés entre dientes, y de oro á su ambición; y entre sus quejas
lamentan la tardanza, y exclaman: — que no deben, como ovejas, el esperar del lobo la matanza. —
Y con la faz medrosa, demandan doloridos:
— /olver cuanto antes á su Cuba hermosa. -
Mas los fieles soldados aguerridos, en los cuales Cortés inspirar supo el amor á la gloria, por su patria, y el desprecio á la vida por la gloria ...
aquel sufrido grupo en tan extrema situación notoria
de duelos y reveses, por esperiencia propia ya confía,
que sacarlos sabría,
como otras muchas veces, de tales trances y de aquel castillo; y teniendo confianza y sangre fría.
[' obedece y admira á su caudillo.
I ■■• -^.^"•^« ■-:'^:.^>r"-ír
Mas cualquier otro que Cortés no fuera,
en tan crítico estado,
desfallecido hubiera, y en deshonra su empresa terminado; pero Cortés estaba dignamente
de esa empresa d la altara;
y aunque todo en su daño
se combina y conjura,
de peldaño en peldaño, con infalible varonil criterio, van subiendo sereno hasta la cima
de aquel grandioso imperio, al que \{úe empujando su destino.
Mas dado caso que salir pudiera, abriéndose camino, -
¡cuan triste y vergonzoso huyendo salir fuera, cuando entró á ese palacio victorioso!
Y saliendo corrido, ¿cómo segunda ve^ tomar podría, ni con un grande ejército aguerrido?
Ese inmenso tesoro, que tenía, ¿cómo sacar del suelo mejicano
en lo huida podría'^ ¿Cómo dejarlo, si con él creía • '
tener á su favor el soberano?
■ i- :'.'■■ >^,y
Cuál náufrago se hallaba el '
en un mar sin orillas; -/^ í^
v del mar los embates tremebundos, raudos hacían á su nave astillas!
En aquella sangrienta noche oscura, '. en ese sm salida mar airado, ¿ya don Diego Velazquez, por ventura,-'-
no se hallaba vengado, -" ..
ante esa situación tan desastrosa? -v
í ; '■-:<', <-.^ /y
Es la hora avanzada, '^ 'lí .; y la triste Marina, sigilosa, 1 ?■ \" ;■
entra sobresaltada, íC^; •/
y á Cortés interroga de esta suerte: • '
«¡Ay, Malinche! ¿,Qué hacemos?
¡Ellos tienen de muerte : ; sobre nosotros sus miradas fijas!» Y él la dice: «¡Marina, no te aflijas.. .. mañana, con más calma, lo veremos!»
— 201 —
¿Quién ¡ay! triste en su vida, de pasadas acciones juveniles, no siente su conciencia arrepentida?
Y cual niño inocenie, un compendio de historia al leer atentamente; ¿no soñó con la gloria, y creyó poder ser un Alejandro, un Dante, un Cicerón ó un Confucio. . y verse, con los años, hecho un rucio, ó cual pálida hoja de coriandro?
Tímido por demás en sus abrilles, quién ¡ay! no se arrepiente de haber tenido miedo, neciamente, de las miradas v hálitos febriles de pálida beldad, que complaciente V amorosa las manos nos tendía, con su tierno mirar nos atraía . . . cuando fuimos doncel, puro, inocente, y cuanda uno, infeliz . . . no se atreviaf .
¿Quién no ha sido espansivo é indiscreto? ¡Ese también lamenta estar á otro sujeto, ó tener que sufrirle alguna cosa, por haberle confiado algún secreto!
Así también, en hora lastimosa, el azteca monarca, entristecido, muy masque su cabeza, siente su ánimo herido; y su pasada criminal flaqueza,
lamenta acongojado: la prolífica tierra ya reclama el polvo de ese cuerpo regalado, que entre el ocio, placeres y perfumes de embriagadora esencia, como un dios venerado, deslizóse sobre un trono su existencia: ya la sangre de ese hombre, casi yerto, estaba por la muerte requerida, como la lluvia en árido desierto, para dar vida á otra futura vida,
que en espíritu existe, en increada forma, en los espacios.
Meditabundo v triste, insensible y callado á los afanes de su esposa^ sus hijos y nobleza, intentan los cristianos capitanes el hablarle de Dios y su grandeza; y afanosos Cortés y el padre Olmedo,
Aguilar y Marina
salvar queriendo su alma,
ora infúndenle el miedo
de infernales castigos, que nos despierta de la estoica calma y al morir al espíritu domina; ora procuran que sus ojos se abran ante los rayos de la luz divina; y cuando arrodillado el padre Olmedo, junto al lecho real de Motezuma el crucifijo levantó en sus manos,
pidiéndole:— adorase al signo redentor de los cristianos, al abrirles las puertas de los cielos;—
con voz casi extinguida,
replicóle el monarca: f Pocos instantes quédanme de vida . . morir quiero en la fe de mis abuelos». 220
Y al fraile rechazando fríamente, vuelve desfallecido á su mutismo,
sombrío, indiferente, hacia ese incomprensible cristianismo. Mas como si un profundo sentimiento
agitase su mente, ase á Cortés las manos, v le dice: «Malinche^ la súplica postrera de este monarca escucha, que infelice, por tí y los tuyos muere escarnecido,
, por querer defenderos, á manos de su pueblo enfurecido: ruégote que á tu rey, piadoso pidas,
que á los hijos que dejo de Niagua Súchil, mi primera esposa,
y Acátlan, la segunda, de todo el patrimonio no les prive, siendo en ellos tu patria generosa.
Y tú Malinche, largos años vive, para cumplir mi súplica humildosa.» 221
Vil.
■'*_..■:■,-. i,-Í!i^
200 -
Y millares de fleclias
al terminar los indios arrojaron,
no ya poniendo á sus desmanes vallas;
y á los conquistadores obligaron
á acuitarse detrás de las murallas.
El indomable y orgulloso tono
de los torvos aztecas, como si ya se hallasen en un trono,
llenó de abatimiento al grupo de sitiados invasores;
y al saber que los puentes
hallábanse cortados, ya no dudaron, no, de los horrores, que á sufrir se encontraban condenadosl
El peligro visible y espantoso, en los nuevos soldados el descontento y la pavura infunde, como en los pasajeros, en medio del mar cunde, cuando ven que la nave se abre y hunde, y hay que lanzarse al mar sobre maderos: y sus tendencias de motín revelan
soldados tan bisónos, cual leves vientos, sni herir azuelan los primeros, tiernísimos retoños.
Y yaá Narvaez maldicen y á Velazquez. . . y también, maldicientes, • . á Cortés entre dientes, y de oro á su ambición; y entre sus quejas
lamentan la tardanza, y exclaman: — que no deben, como ovejas, el esperar del lobo la matanza. —
Y con la faz medrosa, demandan doloridos:
— /olver cuanto antes á su Cuba hermosa. -
Mas los Heles soldados aguerridos, en los cuales Cortés inspirar supo el amor á la gloria, por su patria, y el desprecio á la vida por la gloria ...
aquel sufrido grupo en tan extrema situación notoria
de duelos y reveses, por esperiencia propia ya confía,
que sacarlos sabría,
como otras muchas veces, de tales trances y de aquel castillo; y teniendo con fian ja y sangre fría.
[' obedece y admira á su caudillo.
Mas cualquier otro que ¡Cortés no fuera,
en tan crítico estado,
desfallecido hubiera, y en deshonra su empresa terminado; pero Cortés estaba dignamente
de esa empresa á la altara;
y aunque todo en su daño
se combina y conjura,
de peldaño en peldaño, con infalible varonil criterio, van subiendo sereno hasta la cima
de aquel grandioso imperio, al que vale empujando su destino.
Mas dado caso que salir pudiera, ' > abriéndose camino, '
¡cuan triste y vergonzoso huyendo salir fuera, cuando entró á ese palacio victorioso! , .; '
Y saliendo copi*ido, ;,córao segunda vej tomar podría, • '^,
ni con un grande ejército aguerrido?
Ese inmenso tesoro, que tenía, ¿cómo sacar del suelo mejicano
en lo huida podría'í* ;
¿Cómo dejarlo, si con él creía . ■< y ' tener á su favor el soberano? ^- , : ; :
Cuál náufrago se hallaba f;'
en un mar sin orillas; y del mar los embates tremebundos, raudos hacían á su nave astillas!
En aquella sangrienta noche oscura, ; ; en ese sm salida mar airado, ¿ya don Diego Velazquez, por ventura, / no se hallaba vengado, :■.■
ante esa situación tan desastrosa? . ■ -
Es la hora avanzada, v ¡ >*: . y la triste Marina, sigilosa, :' -l^i'^-^ "
entra sobresaltada, f^£> ' •
y á Cortés interroga de esta suerte:
«¡Ay, Malinche! ¿Qué hacemos?
¡Ellos tienen de muerte sobre nosotros sus miradas íijas!» Y él la dice: «¡Marina, no te aflijas.. .. mañana, con más calma, lo veremos!»
^y^it
■■'"— ■.■"-■;'. ■^ A •':''''' '-^. '• ■~-¡r-\ '■■-•
— 201 —
¿Quién ¡ay! triste en su vida, de pasadas acciones juveniles, no siente su conciencia arrepentida?
Y cual niño inocente, un compendio de historia al leer atentamente; ¿no soñó con la gloria, y creyó poder ser un Alejandro, un Dante, un Cicerón ó un Confucio.. y verse, con los años, hecho un rucio, ó cual pálida hoja de coriandrof