La creación del mundo moral · Unidad 9 de 12

Unidad de lectura 9

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

Pero este mundo, que era «un valle de lágrimas» cuando el pesimismo ejercía la regencia del entendimiento humano, empieza á ser un valle de alegría desde que la ejerce el optimismo; desde que es un campo de acción, en el que las energías ambientes trabajan en nosotros, por nosotros y para nosotros y nuestros descendientes en la elaboración del universo moral.

Pues este mundo no es una ordalía á perpetuidad, como lo concibieron los pa-

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dres de la Iglesia, no es una trampa de cazar almas para el infierno, y nosotros estamos en él como una parte de la energía universal en una función específica, para pensar, sentir, amar y soñar; para vivir^ obrar y morir, y no para pasar por probaciones inequiparables en la diversidad infinita de las condiciones de hecho, á fin de ser los unos obsequiados con la dicha eterna y condenados los otros á la eterna desventura, porque esto sería demasiado necio y demasiado inicuo para una inteligencia decente de las cosas.

Porque el cielo, el purgatorio y el infierno son aquí, y es sólo por un efecto de espejismo intelectual, que los visionarios los ven en el más arriba ó en el más allá de la realidad.

Aquí es el cielo del amor y la belleza, el arte y la ciencia; el limbo de la ignorancia; el purgatorio de la superstición y la imbecilidad ; el infierno del odio y la perversidad. Y del individuo que marcha impelido por su egoísmo en pos de su mezquina felicidad postuma, aun de esa

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fuerza, de la que dice Goethe «que quiere siempre el mal, y concurre, sin embargo, al bien», la naturaleza, persiguiendo incesantemente su propio ensueño, hace el obrero consciente ó inconsciente para la obra del perfeccionamiento indefinido del hombre para el mundo y del mundo para el hombre.

Aquí es el lugar de la dicha y la desdicha eternas para la humanidad eterna, y transitorias para la individualidad transitoria; y ahora es el momento de alcanzar la perfección relativa, de que resulta la dicha propia por reversión concomitante de la dicha ajena, haciendo del mundo el valle de la sonrisa, y aquí es «el valle de la amargura» para los que quieren alcanzar la perfección al revés de como es posible, para ellos solos, y en otro sitio, en otro momento y en otra vida, en que serán de ninguna utilidad para los otros seres.

Aquí es la dicha celestial de las almas refinadas para la vida excelsa por la cultura de la mente v del corazón; de los

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que piensan y son comprendidos, de los que sienten y son correspondidos, de los amantes que son amados; aquí, donde están los que sufren, es el lugar de la benevolencia, de la abnegación y de la ternura, que serían inútiles donde fuesen innecesarias; aquí es la oportunidad de la inteligencia y del sentimiento, aquí donde las cosas y los seres hablan al espíritu del hombre en el lenguaje de las simpatías ó de las antipatías que haya depositado ó suscitado en ellos, porque el universo es el banco de la felicidad y de la infelicidad, sobre el que cada uno puede girar, en todo momento, contra sus depósitos de amor, de temor ó de rencor, de sensatez ó de insensatez en cuenta corriente.

Y si el cielo, el purgatorio y el infierno, concebidos fuera de este mundo, sirven para dirigir de rebote la conducta de los hombres en este mundo, ¿por qué no habrían de servir también, directa é infinitamente mejor, si los concebimos dentro mismo de este mundo?

Ideales y sentimientos.

Expresando elocuentemente el sentir colonial, en un discurso pronunciado en 1884 contra la escuela neutra, el matrimonio civil, el divorcio, el cementerio laico y las escuelas normales, el actual ministro de Instrucción pública, decía: «Pueden nuestros pueblos resignarse hasta la humillación y el sacrificio bajo el peso de grandes dolores; pueden consentir, sin estallar terribles y vengativos, que se les arrebate una á una las garantías constitucionales; pueden contemplar, impasibles, que los gobernantes decidan sus desitinos con la punta de la espada. Hay algo, empero, que han de defender hasta el heroísmo, algo por lo que han de arros-

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trar el martirio, si necesario fuese, y ese algo es su fe y su religión, único bien que les queda aún en medio de tantos males y desastres.»

Esa es, en efecto, la descripción perfecta del espíritu que los hispano-americanos tuvimos la desgracia de heredar de nuestra madre patria, y por el cual la libertad ha sido siempre pisoteada por todos los caudillos ambiciosos de poder, sin encontrar defensores suficientes, y han caído siempre los gobernantes ilustrados que pretendieron implantar la primera y la más grande de las libertades humanas: la libertad del pensamiento.

Y es por eso que hemos resultado como los musulmanes, más gobernables por los más capaces de arrebatarnos libertades para construir y fortalecer su despotismo; pues las agrupaciones, como los individuos, no pueden disfrutar sino aquellos beneficios por cuya consecución ó conservación estén dispuestos á luchar hasta vencer, y cuando sólo están ense-

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nados á saber para qué sirve la religión, y á no saber para qué sirve la libertad, sólo están dispuestos á luchar por la conservación del fanatismo religioso, y todo lo demás puede serles arrebatado con ó sin las armas en la mano.

Fué por eso que la única insurrección que puso en serio peligro la dominación de 40.000 ingleses sobre 200.000.000 de indus, fué ocasionada por la grasa de vaca y de cerdo empleada como preservativo contra la humedad en los cartuchos del fusil, porque era necesario cortarles la punta con los dientes antes de introducirlos en el cañón, y esto obligó á los cipayos á sublevarse para escapar á la condenación eterna, que resultaba para los musulmanes del contacto de la grasa de cerdo, y de la de vaca para los bramanistas.

La libertad es de tan poco momento para el que no sabe valorarla y usufructuarla, como un violín para el que no ama la música ni sabe tocarlo, y del cual sólo podría obtener los beneficios que

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le resultasen de empeñarlo ó venderlo.

Y como no se puede tener para sí lo que no se haya hecho tenible para los otros, el hombre común no puede disfrutar ni aun lo que sabe estimar, sino en la medida en que sepa defenderlo para todos. Y cuando desestima la libertad para sí, nada hará para defenderla en los otros, y la suya y la de los otros serán acaparables por los que sepan sacarles provecho, en la medida en que estén indefendidas por los que no saben aprovecharlas para impedir que los despojen. Y de esta circunstancia depende que las libertades individuales en las agrupaciones humanas sean en unos pueblos más y en otros menos monopolizables por los caciques, los ambiciosos y los logreros.

El que hace creyente á un niño en cualesquiera fe, lo hace esclavo de esa fe, y el inquisidor está implícito en el creyente, pues el que ha perdido la libertad de dudar ó de no creer, quiere, naturalmente, hacer perder á los otros lo que él ha

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perdido, y cuando entiende, además, que esa pérdida actual comporta beneficios ulteriores, las funciones diabólicas quedan dobladas en el fanático militante por las funciones divinas, concurrentes con aquéllas á la anulación de las demás posibilidades del espíritu en los otros.

Diablo sin saberlo, el que ha perdido la alegría del vivir, desea imponer á los otros su tristeza, y el que está atormentado por los terrores del infierno , desea comunicar á los otros su miedo al infierno, por el doble motivo de sus beneficios eventuales y porque mal de muchos es consuelo de afligidos. Tal era el caso de aquellos caudillos bárbaros, que querían que todos fuesen bárbaros porque lo eran ellos, exactamente como hoy queremos que los demás sean cultos, porque lo somos nosotros.

Los pueblos enseñados á creer que con Dios basta y sobra, como los turcos, los rusos y los españoles, sólo están dispuestos á defender á su Dios y á sus vicarios, y sólo han conservado sus dioses y sus

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déspotas temporales y espirituales. Y los que han estado siempre resueltos á defender, á la vez, á la religión y á la libertad— Dieu et mon Droit — como reza la vieja leyenda del escudo británico, han conservado , á la vez, la religión y la libertad.

Fué por lo inverso que la más colosal de las guerras afrontadas por los americanos del Norte, y la única contienda civil que los haya dividido, fué la que acometieron para conseguir la emancipación de los negros, á costa de un millón de vidas y de tres mil millones de doUars, resarcidos con exceso por la prosperidad consecutiva á la eliminación de esa mengua en la moral nacional.

Por el contrario, nuestra diferencia fundamental con los anglo-sajones, que en 1215 arrancaron la Magna Carta al rey Juan, arrojando al mar en Dover la bula que contenía la excomunión del papa contra los barones rebeldes, consiste en que ellos han estado siempre dispuestos á defender hasta el heroísmo y el marti-

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rio esas garantías constitucionales^ que en el sentir colonial del Dr. Garro , nosotros estamos dispuestos á dejarnos arrebatar sin estallar^ y es con esa actitud que ellos han hecho imposibles en su ambiente esos déspotas, sátrapas y caciques con facultades ilimitadas que fueron viables en el nuestro.

Porque el espíritu del hombre es fecundable por el ideal. Fecundable de generosidad por el ideal generoso; fecundable de mezquindad por el ideal mezquino; fecundable de insurrección por el ideal de la libertad; fecundable de miedo y de sumisión por el terror al presente ó al mañana.

De los que viven sólo para sí mismos, se ha dicho que «la cal sola de sus huesos los mantiene en pie, y no un propósito sano y generoso», y, en efecto, el propósito hace la consistencia del espíritu, como la cal hace la consistencia del esqueleto, y es de la rectitud del esqueleto que resulta la posición vertical del hombre físico, y de la firmeza y la generosi-

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dad del propósito la rectitud moral del hombre síquico.

«Un fin superior es curativo como el árnica», dice también Emerson. «Napoleón visitaba á los enfermos de la peste para demostrar que el hombre que podía vencer al temor vencería á la peste, y tenía razón», ha dicho Goethe. «Es increíble la fuerza que tiene la voluntad en esos casos; penetra en el cuerpo y lo pone en un estado de actividad que repele toda influencia dañosa, mientras el temor las atrae». La transformación del individuo común en fiera, por la pasión de una causa miserable, ó en héroe por la pasión de una causa generosa, es un fenómeno frecuente, y también lo es en la historia^ la transformación más ó menos repentina, del carácter de toda una agrupación humana por la intervención de un gran terror ó de un alto ideal.

En aquel «pueblo de asnos», como se decía del francés, porque llevaba sin quejarse todas las cargas que le imponían sus gobernantes y sus salvadores^ sobrevie-

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nen los ideales laicos de 1789, y el sentimiento naciente de los derechos y de las posibilidades del hombre suministra fuerzas morales bastantes para abrir en el muro del pasado la brecha del porvenir afrontando la coalición de la Europa absolutista y reaccionaria, y la revolución, es desde entonces^ como dice Carlyle, un deber que los franceses saben llenar.

Sobrevienen también, en 1810, esos mismos ideales entre los colonos españoles del Plata, que vegetaban sin porv^enir en el pasado tradicional, y que acababan de defender con las armas en la mano contra las invasiones inglesas á la dominación española, y las empuñan de nuevo para expulsarla. En tres años, el carácter de los colonos había cambiado hasta el punto de avergonzarse de la misma sumisión pasiva de que estaban antes orgullosos.

La fuerza moral del cristianismo provino de la parte en que era un ideal de porvenir. Pero la idea de realizar los hombres dentro de la vida, por sí mis-

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mos y para sí mismos, la libertad, el derecho, la justicia y la fraternidad; el propósito de embellecer y dulcificar en este mismo mundo la vida humana, que aquél aspiraba á realizar fuera de este mundo, era un ideal más alto, más noble y generoso. Del primero resultó la era cristiana; del segundo la era liberal y científica. Pues, si lo más enalteciente, vale decir, lo más moralizante, del cristianismo provino de ser una aspiración de mejoramiento humano á realizarse en el mismo individuo en el más allá de la vida presente, los ideales racionalistas son aún más moralizantes porque son bienes á realizarse en el porvenir, fuera del individuo que los alienta, á su costa, y sin beneficio para sí.

la herencia social.

El amor, la simpatía y la benevolencia son agradables, y todo lo que es agradable es deseable, por egoísmo. Para suscitar esos sentimientos en los otros á nuestro respecto, deseamos ser gratos á los otros, y para conseguirlo usamos á su respecto la cortesía y la benevolencia, por egoísmo. Pero si ellos y nosotros no deseamos ser estimados, sino temidos, ellos y nosotros apelaremos á la intimidación para ser temidos, por egoísmo. Pues un hombre prefiere que los otros hombres le tengan miedo, y otro prefiere que le tengan simpatía, y cada uno desea suscitar en los otros aquello que desea en los otros.

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Un hombre hace el bien porque esa es su manera de ser feliz; otro hace el mal porque esa es su manera de ser feliz, en razón de la clase de sentimientos de que está provisto. Los dos son impulsados por el instinto de conservación en diferente rumbo, porque su instinto ó su egoísmo está diversamente condicionado por el carácter de sus sentimientos y diversamente alumbrado por las luces de su entendimiento.

Y del mismo modo que la agricultura consiste en sembrar ó plantar en el suelo las plantas cuyos frutos preferimos, la homocultura consiste en implantar ó sembrar en la mente del niño los ideales, la religión, los gustos y las inclinaciones cuyos frutos preferimos en el adulto.

Un piel roja se captaba la admiración de los otros pieles rojas, por el número de cabelleras de adversarios muertos con que se adornaba. Un gaucho se captaba la admiración de los otros gauchos^ por su audacia para jinetear á un potro indo-

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mito, ó para afrontar á los otros gauchos ó á los gendarmes, acreditando con ello ser más gaucho , pues cuando todos son bárbaros, ser más bárbaro que los demás es ser superior á los demás, del mismo modo que ser, respectivamente, más argentino, más boliviano, más español ó más católico, musulmán ó budista que los demás argentinos, bolivianos ó españoles, ó que los demás católicos, musulmanes ó budistas, es ser, respectivamente, superior á los que son lo mismo en menor grado, porque nadie puede estimar en los otros sino lo que considere estimable en si mismo, y, por lo tanto, estimable en mayor grado allí donde exista en mayor grado.

Así, los caracteres sociales de cada comunidad de hombres son los valores ó las calidades personales que el individuo tiende á procurarse por imposición del instinto de conservación, porque «la función no es más que la respuesta del ser á las solicitaciones del medio», como dice Lacombe, y el modo de sentir, de pensar

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y de obrar de los coetáneos, no son menos obligatorios que su modo de vestir, para las nuevas unidades que se incorporan á la masa.

Por esto, nacer en un ambiente social es heredar en germen las posibilidades y las imposibilidades de tal ambiente social; la posibilidad de todas las excelencias ó la de todas las miserias humanas, según que sea grande ó menguado, optimista, pesimista ó fatalista. Y recibir una alta cultura, es heredar una forma superior de riqueza, ciertamente más importante que la que consiste en bienes de fortuna. Y heredar vanidades en lugar de sentimientos, es quedar predestinado á echar los bofes en la conquista de las cosas que despiertan envidias sin allegar simpatías.

Nacer en un ambiente de ilustración, de dulzura de sentimientos y de sobriedad de costumbres, ó en un ambiente de ignorancia, superstición, rudeza y miseria consecutiva, es heredar, respectivamente, la civilización ó la barbarie como

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cauces tradicionales para las energías vitales, pues el capital de vida operante para la felicidad es el remanente que queda después de deducir las deudas y las cargas de la vida, á que están hipotecadas por las supersticiones del pasado las energías del presente^ y por los cuales tradicionalismos no es lo mismo nacer en Marruecos que en España ó en Norteamérica, por toda la diferencia que va del fatalismo al optimismo.

La historia y la tradición, es decir, ocho siglos de guerra contra los moros y tres siglos de Inquisición contra los herejes, habían elaborado el fanatismo patriótico y religioso en el espíritu del español, que consideraba á la ciencia como «la vana presunción de la ignorancia», según la definición del gran Que vedo, y que pensaba, como dijo Felipe lY, que «la única manera de conseguir lo que deseamos es no contar sino con la voluntad de Dios», y porque «Thomme est ce qu'on fait de lui; ensuite il vent rester ce qu'on a fait de hti». como dice Servan, los

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españoles de esa laya se sintieron tan fuera de su ambiente en la Constitución de Cádiz como los peces de agua salada en el agua dulce, y gritalDian en 1814: «¡Vivan las cadenas, muera la libertad!»

Se habían formado con el valor militar la más grande herencia territorial que hubiera conocido el mundo hasta el siglo XVI, y la perdieron por el fanatismo religioso, deteniendo en los Pirineos, con el misticismo que les había venido del África y del Asia, al racionalismo que les venía de la Europa.

Y desde los judíos del tiempo de Tito y Vespasiano hasta los marroquíes de nuestros días; desde la conquista y la repartición del Nuevo mundo, hasta la dominación de la India; desde el reparto de la Polonia, hasta el reparto del iifrica, es siempre la misma tragedia de la herencia territorial de las poblaciones, malograda por la herencia intelectual, lección de la historia todavía inaprendida en estas naciones semibaldías de la América latina, donde los megalómanos si-

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guen soñando en ensanches territoriales, víctimas de la incredulidad hereditaria en el poder de la ciencia, que tienen, en la cultura nacional, el remedio para todos los males del pasado y la más poderosa palanca para el engrandecimiento nacional, y no saben ó no quieren usarlos.

La vida y la moral coloniales.

Lo que define la condición del hombre es el empleo de su mente y de su tiempo, y esto era tan diferente en el pasado de como es en el presente, que solamente los que hemos pasado la infancia en un medio colonial, podemos explicarnos el modo de existencia de nuestros mayores, que lo ignoraban todo en este mundo y eran catedráticos infusos del otro, porque todos los ideales de la vida espiritual estaban destinados á realizarse en el más allá de la vida actual.

«Levantarse temprano, asistir á los trabajos de la heredad, comer á la mitad del día, dormir una siesta de tres horas,

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