La cuestion religiosa en el Congreso Argentino. Discurso pronunciado por el Dr. D. Eduardo Wilde, Ministro de Justicia, Culto é Instruccion Pública, al discutirse en la Cámara de Diputados la Ley de educacion comun · Unidad 4 de 9

Unidad de lectura 4

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

¡Cuántos himnos se han cantado ala Luna^ cuánta influencia se le ha dado en la suerte del hombre y en los asuntos de la Tierra, en todas las épocas y en todas las creencias ! Y qué es ahora la Luna, desposeída de su influjo misterioso, para el astrónoiio? Ya no se discute siquiera si tiene ó no habitantes. Ya se sabe que no tiene atmósfera, que es una bola enjuta, seca, espuesta á quebrarse

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uno de estos días, por la falta de elasticidad.

Así, la ciencia que tiene su teoría sobre la formación de los astros, tiene también su concepto respecto á sus mudanzas y a su terminación; teoría y concepto recientes, puede decirse, y que apartan la posibilidad de que el pensamiento humano, en materia religiosa, hubiera podido armonizar con ellos en los lejanos tiempos. La ciencia de hoy debe estar en contradicción, tiene que estar en contradicción, no puede menos que estar en contradicción con ciertas afirmaciones de la Iglesia. Y yo, cuando A'eo los esfuerzos sobrehumanos que se hacen para acomodar cosas que no pueden estar acomodadas, me quedo absorto!

No hay en esto acomodo posible ; ciencia y religión son dos cosas distintas que caben, sinembargo, separadas, en la mente del hombre: se puede creer una cosa, cuando se trata de religión, y estar convencido perfectamente de otra, cuando se trata de cien-

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cia ; lo uno afecta los sentimientos, lo otro a la razón preparada por el estudio.

¿Que era la física hace tiempo? No se conocía las propiedades de los cuerpos. Los imanes naturales, por ejemplo, eran considerados como animales que devoraban el hierro. La ciencia actual sabe que los imanes naturales son óxidos de hierro, hace imanes y encuentra que la tierra misma es un gran imán, esplicando las atracciones por las corrientes eléctricas.

Hay contradicción, pues, en la misma ciencia, cuando en un siglo se afirma que el imán es un animal, y cuando se afirma en otro siglo que es una atracción determinada por la electricidad.

¿Y la Química? Si hay algo sorprendente, son las contradicciones en las nociones de química, en las diferentes épocas déla humanidad. Antes se buscaba el oro, se trataba de encontrar la piedra filosofal; la alquimia no tenía otro propósito. Ahora, una de las primeras cosas que aprende el

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que estudia química, es que no se puede hacer oro, porque el oro es un cuerpo simple. De los poquísimos elementos simplesque se conocía en la antigüedad, no podía decirse casi nada ; ahora tenemos sesenta y tantos cuerpos, todos ellos más ó menos bien estudiados y revelando cada uno de ellos condiciones que sorprenderían a los antiguos alquimistas.

Mas: los progresos de la ciencia no solo contrarían los datos anteriores de la misma ciencia, sino también en apariencia hasta las nociones del sentido común. Yo pregunto á la Cámara, aunque tenga, lo que es impropio en esta discusión, que referirme á cuestiones técnicas, pregunto, decía, si es posible que á un hombre no versado en ciencias se le ocurra que mezclando dos líquidos puede resultar un sólido. Y, sin embargo, vemos eso todos los dias en los laboratorios de química.

Pero, hay otra proposición (|ue parece presentarse todavía ante el sentido común

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como mas absurda, si puedo em|d(vii' la palabra.

Choca con el sentido común la idea de que, uniendo dos sólidos resulte un líquido. Pues bien, señor: hágase pasar va})or do azufre sobre un carbón encendido y se obtendrá un líquido — sulfuro de carbono.

Ante las verdades de la ciencia, que pueden llamarse un triunfo sobre sí misma considerada en su infancia, me parece desacertado empeñarse en sostener que no haya la contradicción á que aludo y mas desacertado aún, buscar conformidad entre las afirmaciones de carácter religioso y las nociones científicas.

La Historia Natural y la Biología, ¿cómo no han de estar en contradicción con las creencias, si ni siquiera existían aquéllas cuando estas eran propagadas? ¿Cuánto se ha sacado de la historia natural? ¿Cuántos datos históricos no han proporcionado los estudios relativos á la paleontología?

En la Medicina, no hay que decirlo, señor:

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los adelantos son tales, que se ha verificado una completa trasformacion. Hipócrates no sería mas que un escolar mediocre en la mas ruin de nuestras escuelas. Y es de notarse, señor Presidente, que la fisonomía actual de esta ciencia no solo revela un adelanto, sino también una contradicción entre los datos que se reputaba verdaderos en épocas retiradas y los que hoy no son ya discutibles.

Pero voy mas lejos, señor Presidente. — La ley del desenvolvimiento de toda institución, es adquirir.

La misma religión católica tiene diferencias, no diré en la esencia de sus dogmas, sino en las interpretaciones y comprensiones que de ellos se hace, consideradas con diferencia de siglos. Por mas que una institución quiera encastillarse en sus primitivos ])rincipios, en la pureza de sus dogmas y en la forma de sus conceptos, no puede quedar siíMupre la misma, porque esto es contrario si las leyes del desenvolvimiento en la naturak'za.

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En (afecto, la misma religión ha visto cambiarse las faces de su intervención en la vida de las micionesy de los individuos. — Ha progresado diremos, ha modificado los aspectos de su existencia.

La religión actual, en la totalidad i\e su cuerpo de doctrina ¿se parece acaso, á la religión de los primeros siglos?

Entre la religión de Jesu-Cristo, entre su prédica, entre la propaganda de sus apóstoles y la doctrina, la prédica y los desenvolvimientos de los diversos padres de la Iglesia, verificados en la sucesión de los siglos, hay diferencias perceptibles, á veces tan grandes, sobre todo en las consecuencias que se ha sacado, que parece que la doctrina no fuera la misma.

La quietud, la inmovilidad absoluta, es imposible en la naturaleza, ya se trate de elementos materiales, ya de instituciones. A este respecto, toda negación es infundada, porque lo contrario resulta de las afirmaciones verídicas de la Historia.

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Ca«la época, señor Presidente, tiene su carga de errores y de verdades, que le corresponde llevarla con paciencia.

Xo hay, pues, con relación al punto que tratamos, que admirarse de. nada, en cuanto á divergencias individuales, sino seguir las evoluciones de las instituciones y marcar las diferencias que existan entre los propóvsitos de un hombre para sus fines políticos y los propósitos del mismo hombre para sus fines religiosos.

Pero, de que la religión catijlica se manifieste cu contradicción con algunas de las <leclaraciones de los Estados modernos ¿se sigue, señor Presidente, que los Estados deban repudiarla, que deban perseguirla, que de])an, en fin, impedir que los habitantes la veneren, la mantengan y la propaguen?

Muy lejos de eso, señor Presidente. Ningún pensador lo dice; no lo sostienen, por cierto, los libre-pensadores; no lo i)retenden ni siquiera los tenidos por ateos; nadie lo dice.

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Una creencia qnc en su pun^za hal)la de Dios; que trata de penetrar con el espíritu de Dios el corazón humano ; una creencia que habla de caridad, de amor al prójimo, es una creencia necesariamente simpática.

Esta creencia ha tomado los sentimientos mas nobles del corazón humano para nutrirlos. La religión cristiana es un pedazo de la religión natural, puede decirse. Su moral contiene los mas grandes principios, los principios proclamados en todas las épocas por la sana razón.

¿Cómo puede decirse que un Estado, por que encuentre contradicción entre las afirmaciones de sus libros científicos y la religión católica, repudie la religión?

Nadie la repudia. Cada uno puede hacer lo que está en su derecho para propagarla, manteniendo su propaganda en los justos Imiites y con los respetos naturales á los demás cultos. Al contrario, el criterio general de las naciones la ha mirado como un elemento de civilización, eficaz para el bien

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(le los pueblos cultos y de atracción para las tribus salvajes.

Por mi parte, señor Presidente, yo no aconsejaría a ningún Estado repudiar esta religión que esta llena de principios tan grandes y tan consoladores.

La religión es un consuelo. Lo he apreciado prácticamente durante mi permanencia en los Hospitales. He visto á los moribundos abrazarse de un Crucifijo y morir tranquilos.

Yo no puedo permitir que se afirme que son opiniones de libre -pensadores las que inducirían á los Estados a repudiar la religión cristiana. No se puede repudiar lo que es un consuelo.

Indudablemente, señor Presidente, aún cuando no se dijera que debe tenerse lástima al que no tiene religión, podría siempre decirse que debe tenerse compasión del que no tiene un consuelo.

De que un Estado no tenga religión, no

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SO sigue que esc Estado deba ser iudiíercnte respecto al culto de su población.

La religión obra sobre las masas y ella sirve para moralizarlas.

Es una cosa conocida y proclamada por todos los filósofos, señor Presidente, que no bastan las creencias morales para educar las masas. ¿Porqué? Porque las creencias morales tienen una forma abstracta. Es necesario que para las masas los elementos de moralización tengan, diré usando de metáforas, algo de tanjible, de voluminoso y de concreto.

La religión es conveniente con sus formas esternas, para obtener el dominio en ciertos espíritus mediocres que no alcanzan á las sublimidades de la abstracción.

Sr. Goyena — Que no alcanzan á la altura del señor Ministro.

Sr. Ministro de J. C. é I. Pública — O del señor Diputado.

{Aplausos en la barra)

Me parece, señor Presidente, que es una cosa conocida por todos, que hay inteligen-

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€Ías mediocres, é inteligencias superiores ; que el mismo método no se puede tomar para hacer penetrar una idea en una inteligencia de mediana categoría, que en una inteligencia ilustrada; y que un individuo ilustrado comprende una abstracción que para un individuo de cortos alcances es inaccesible.

Por consiguiente, no es una fórmula filosófica; es una fórmula matemática la que emplearía el que dijera: «Para hacer comprender un principio á los individuos poco ilustrados, se necesita formas concretas; mientras que para hacerlo comprender a una inteligencia desenvuelta, bastan las ideas abstractas.

Sr. Goyena — El señor Ministro decía : que la noción religiosa era de las inteligencias mediocres.

Sr . Ministro de J. C. é I. Pública — No lo he dicho.

Sr. Goyena — Me alegro de haberle entendido mal, en ese caso.

7.) —

Sr. Ministro de J. C. é I. Pública — He dicho que la religión es útil; y con esto creía que estnba complaciendo grandemente al señor Diputado.

( /ÍÍh(I'^ 1/ f(])IiiHH09 en Id Ixtnc)

Sr. Goyena — La barra aplaude el error del señor Ministro.

Verdad que no es el único error que he visto aplaudir.

Sr. Ministro de J. C. é I. Pública — ¿Cual es el error?

Sr. Paz — La barra es lógica si ahora aplaude el error; antes ha aplaudido también los errores del señor Diputado.

( Aplausois en la Lana)

Sr. Presidente — La barra está tomando parte en esta discusión. Tenga la bondad de leer el señor Secretario el Reglamento. La Cámara necesita completa libertad de deliberación.

Sr. Leguizamon (L.) — Un aplauso de la barra, señor Presidente, no ejerce presión

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sobre la opinión de los señores Diputados, que es consciente.

(Vanas voce^ de la han-a: Bien!)

Sr. Presidente — Me permito recordar al señor Diputado el mismo Reglamento, que se vá a leer.

Sr. Leguizamorx (L.) — Yo lo cumplo siempre, señor Presidente.

Se lee:

« Art, 169. Queda prohibida toda demostración ó señal bu- « Iliciosa de aprobación ó desaprobación. »

« Art. 170. El Presidente mandará salir irremisiblemente de « la casa á todo individuo que , desde la barra , contra- « venga el artículo anterior. Si el desorden es general, « deberá llamar al orden, y reincidiendo, suspenderá in- « mediatamente la sesión hasta que esté desocupada la « barra. »

Sr. Presidente — Continúa con la palabra el señor Ministro.

quiero dejar pasar esta réplica del señor Diputado Goyena, porque precisamente creo estar en la verdad y espero contar para mi afirmación con el voto de todos los que me oyen.

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L;i religión es útil, Ik^ dielio, y es útil para las masas. No hay libro (jiie no consagre esto.

Sr. Goyena — El error á que yo me refería era aquel con el cual creía el señor Ministro que me complacía, diciendo él algo que no me puede complacer, puesto que entiendo lo contrario.

Sr. Ministro de J. C. é I. Pública — Permítame. ¿El señor Diputado no se complace cuando oye hablar en favor de la religión?

Sr. Goyena — El señor Ministro ha hecho una paradoja.

Esto solo quiero decir; no le interrumpiré más.

Sr. Ministro de J. C. é I. Pública — Decía, pues, señor Presidente, que era necesaria la religión para las masas ; que aún los que negaban la influencia de la religión para la moralidad de las personas ilustradas, la declaraban buena para las muchedumbres.

Esto se encuentra escrito en todas partes, y es una verdad que no admite discusión.

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Además, señor Presidente, se nota perfectamente que esta influencia es positiva y real, porque sirve para dar á los pueblos cierta fisonomía moral reflejada en las creencias y en las costumbres que dependen en parte de esas creencias.

Es sabido cuanto la educación física y moral modifica las costumbres del hombre y no se puede, negar la influencia que la religión tiene en los hábitos de las masas.

Las creencias religiosas tienen una íntima relación con la conducta durante toda la vida; así el carácter, la índole, los odios, las simpatías, las pasiones en fin de los pueblos, cambian según la religión que profesan.

El Estado, pues, aun independiente de la Iglesia, no puede desconocer la fuerza del elemento religioso.

Como ejemplo de esas modificaciones de que hablo, puede señalarse ciertos caracteres particulares implantados i)or la religión [)rofesada.

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El l^rahinismo consagra el 1)0(1(4' de la.s castas.

El Biidlilsmo hace á los pueblos serviles y obedientes, })roelanuindo la santidad de la vida contemplativa ante sus ojos.

El Islamismo escita, impele á los pueblos á las acciones guerreras ; pero mezclando siempre la política con la religión, quita, como dice este libro que tengo á la mano, su resorte racional á la política.

El Cristianismo que nació independiente del Estado y que supo distinguirse de él toda vez que se mantuvo consecuente con su pureza primitiva, apartando las ideas de absorción y de dominio, se aviene bien con los caracteres de la civilización por la proclamación de sus altas doctrinas morales.

Se le reprocha, sin embargo, tender al absolutismo. — El proclama principios autoritarios, hace del sacerdote un representante de Dios en la tierra y habituando a los pueblos a inclinarse ante la palabra del eclesiástico, sin examen y sin reserva, los prepara

-sopara la opresión, debilitando su energía en los asuntos políticos ; pues el creyente que admite el principio de que es mejor obedecer á Dios que á los hombres, pierde la confianza en el Gobierno, entrega á Dios su destino y no lucha con energía en los combates temporales de la tierra. La Iglesia unida al Poder político puede implantar el mas terrible despotismo; pero el Poder político deberá temblar de su formidable aliado en caso de divorciarse con él.

Tales son, señor Presidente, los reproches que los pensadores de este siglo hacen á esta grande religión.

Ella también imprime caracteres definidos á los pueblos y parece, según la Historia, que sus divisiones sirven para hacer mas patente ese acertó.

Se dice que los pueblos protestantes son menos propicios que los católicos apostólicos romanos para la implantación de la monarquía absoluta y de la política absoluta ; que aquellos son los que han dado al mundo

— Hilas nociones mas claras de la independencia y de la libertad, mientras que las razas que han continuado con la religión existente antes de la reforma, han permanecido y permanecen en estado de inferioridad y en cierto modo estacionarias.

Es difícil, señor Presidente, encontrar la causa verdadera de las grandes modificaciones en los pueblos, y muchas veces se incurre en error al señalar una sola como productora de aquello que no puede ser atribuido sino a un conjunto de causas, que no siempre son totalmente conocidas.

La verdad del aserto no es absoluta, en mi opinión.

Nosotros vemos en la raza latina y en los que han conservado la religión cotólica, apostólica romana como base de sus crencias, las mismas tendencias que en los pueblos protestantes, aunque variables en sus manifestaciones, quizá por diferencias de medios.

Acaso no es solamente la religión, acaso

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no es principalmente la religión, acaso no es absolutamente la religión la causa de que los pueblos que han sido la cuna de las libertades públicas, se muestren celosos de su independencia moral.

Quiza ciertas condiciones de virilidad, y la fuerza con que camina la sangre en los individuos robustos que están en la plenitud de la vida y que viven en los climas apropiados para el desarrollo físico, sean la causa compleja que ha hecho posible la implantación de las instituciones que nos sirven de modelo.

Es propio de la salud y de la fuerza el buscar la independencia y rechazar todo yugo que la oprima.

Sr. Presidente — Si no distraigo el orden de las ideas del señor Ministro, podríamos pasar á cuarto intermedio.

hay inconveniente.

Se pasa á cuarto intermedio.

Vueltos á sus asientos los señores Diputados, continúa la scsioD.

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Sr. Ministro de J. C. él. Pública — Señor Presidente: ap(\sar del temor natural que tengo de eansar á la Cámara, me veo en la obligación de esponer todo lo que crea conveniente. Lo que hago en este momento es para mí una tarea, un trabajo, y he de pedir su benevolencia á la Cámara para que me escuche con la atención que su paciencia le permita, teniendo también en cuenta que he estado tres dias oyendo á los oradores que me han precedido en la palabra.

Debo, señor, ocuparme de las relaciones del Estado con la Iglesia.

La idea de aceptar la entera y completa libertad religiosa, se muestra más ó menos claramente en las leyes de muchos Estados; pero indudablemente ella se halla formulada de una manera más clara en los Estados Unidos de Norte- América, donde la Constitución de 1791 dice categóricamente: «El Congreso no puede dar ley alguna que establezca una religión de Estado ó que ponga trabas á la libertad religiosa. »

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Todas las naciones cristianas reconocen que el Estado y la Iglesia forman comunidades esencialmente independientes. Pero independencia no quiere decir falta de relación.— Uno de los diarios católicos de esta ciudad decía, hace poco: «La Iglesia está unida al Estado, pero no está subordinada.» Esa es una forma de reconocer la indepen. dencia, en mi opinión, aun cuando no me haga responsable de la frase.

En el imperio romano-griego, la religión cristiana se hizo religión del Estado el dia de su triunfo definitivo.

El emperador fué el gefe de la Iglesia, reunía los concilios, los dirijía y confirmaba sus decisiones. Su poder absoluto sobre el Estado lo era también sobre la Iglesia. Lo dice Bluntschli, podría leer la parte que se refiere á esto, pero economizo la cita.