La cuestión social · Unidad 5 de 14
Unidad de lectura 5
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
Desde el año de 1877 al 84, merced á esa hermosa institución, han recibido los beneficios de la educación 522 varones y 495 hembras.
— 58 — sociedad, observará con asombro que en medio de tantas riquezas acumuladas, de tantos prodigios industriales, de tantos avances científicos, en ios grandes centros de población se agitan y penetran por doquier, como los hálitos de una horrible epidemia, cientos de mendigos, haciendo ostentación de sus miserias, de sus llagas y hasta de sus catalepsias, contrastando con el lujo y la esplendidez que se reflejan en los palacios suntuosos y en los altivos monumentos erigidos por las vibraciones del orgullo y de la majestad de los Cresos y el Estado, y que entre el trémulo y hai^apiento anciano y la mujer cadavérica, que lleva en sus brazos á sus tiernos y hambrientos hijos, se destaca la figura del vago de profesión, del expresidiario, que con mirada fosca y respiración alcohólica pide un pedazo de pan en nombre de la Caridad cristiana, y al examinar esos cuadros sociales, tan conmovedores como repugnantes, los juzgará como un resto de barbarie en medio de las glorias y triunfos que han hecho de este siglo inmenso la epopeya de la historia.
Se dirá que han mejorado las condiciones del pauperismo actual comparado con el antiguo. Es indudable. Víctor Modeste lo ha demostrado. Pero ¿acaso no ha aumentado considerablemente el bienestar social? ¿Qué significa que sean menos duras sus condiciones, si existe y se palpa su podredumbre?
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La Ley debe extirpar de raíz ese cáncer social, debe evitar que el proletario, imposibilitado de trabajar, esté sujeto á este terrible dilema: ó la mendicidad ó la muerte, puesto que las iniciativas de la caridad pública y privada (i), que son muchas, y los esfuerzos, siempre dignos, de las Corporaciones populares y del Estado no son suficientes, hasta el punto de que la mendicidad en España es un hecho social y una de las causas engendradoras del Socialismo, tal vez su arma más temible contra una sociedad culta que aun conserva un resto de barbarie.
Á los que hacen de la mendicidad una profesión debe aplicárseles la Ley de Vagos, y los infelices que no pueden ganarse la subsistencia deben ser recogidos y amparados en amplios asilos, donde no carezcan de luz, de aire, de higiene, de alimentos y vestidos.
¿Son necesarios algunos millones para un objeto tan laudable y benéfico? Ciertamente, pero no serán tan gravosos al Estado como tal vez supondrán ciertos filántropos, que describen las miserias de los pobres con plumas de
(i) La limosna es un precepto divino; e^tá consignada en la Biblia y en el Evangelio; pero para que sea fecunda es necesario darle una dirección acertada. En ninguna provincia de Francia hay tantos mendigos como en Bretaña; obsérvese que en ninguna hay tanta caridad y tantas limosnas. ¿Se dá limosna porque hay muchos mendigos, ó hay mendigos porque se dá tanta limosna? La respuesta no es dudosa. La limosna no sólo atrae al mendigo, sino que le forma.»
— 60 — oro en suntuosas moradas, <') el afeminado dandy, que funda su orgullo en guiar el lujoso carruaje cuyas ruedas salpican de lodo el rostro del mendigo que le persigue, que le asedia con su llanto y su perpetua súplica.
El Erario está exhausto, se dirá; la Hacienda pública es el vampiro que chupa gota á gota todo el jugo del trabajo de los hombres, y sus necesidades se parecen á la sed del hidrópico.... ¡Qué! ¿De concesión en concesión retrocederemos á aquella época romana «en que el Fisco imponía tributos hasta al humo, á la sombra, al aire y á la muerte?»
Esas instalaciones, contestaré, pueden crearse y sostenerse espléndidamente con un impuesto moral y benéfico: al celibato.
El soltero, cuando pasa de treinta años, es un elemento corruptor en la sociedad en que vive. Debe ser castigado. Pero hay más: el castigo reviste dos caracteres, uno esencialmente moral, la violación de las leyes de la naturaleza y la lesión á los intereses sociales, y otro económico, la reivindicación de los principios de equidad en la tributación. El célibe de que trato ni da hijos legítimos á la Patria, ni contribuye en los impuestos indirectos en la proporción de los padres de familia, y en este concepto la Ley debe alcanzar al clero, no como castigo, sino como equidad distributiva, el cual, tratándose de una obra tan eminentemente
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cristiana, no sólo no protestará, esto es imposible, sino que lo aceptará gustosísimo, dando una pjueba más de que la Iglesia, que es nuestra Madre, y ellos son sus altísimos ministros, se inspira en la T.ey de A.mor y en los hermosísimos ideales del Evangelio (1).
El pensamiento no es nuevo; está en la atmósfera que respiramos y hasta se ha iniciado en algún Parlamento de Europa; y el modesto escritor que traza estas líneas, hace veinte años propuso el impuesto á los solterones, que no por haber encarnado el pensamiento, por un rasgo genial, en un jocoso romance, dejaba de entrañar una petición trascendental y justa.
El impuesto á los célibes seglares, si no tiene su sanción legal en la idea del castigo, expuesta por Spinoza, tiene su sanción en la conciencia humana, y particularmente en la de ese ser adorable que imprime en el corazón del hombre todas las ternuras, y en su pensamiento todos los ideales del arte, del amoi* y de la poesía: la mujer, la cual mira siempre con recelo á esos parásitos, que con harta IVecuencia
í'l) De los datos adquiridos de una masa de 134,000 habitantes resultan 3,467 solteros seglares, que exceden de treinta años, ó sea el total de la población de España 446,435 deduciendo un 30 por 100, porque el término de la proporción ha sido tomado de un gran centro de población donde el número de solteros es mayor con relación á los pueblos, quedará como masa imponible 312,525 Estableciendo un impuesto gradual de i á 25 pesetas mensuales podrán obtenerse más de 18 millones de pesetas anuales. Hay que agregará esta cantidad el producto del impuesto al clero, el cuil no debiera exceder de una peseta mensual por individuo.
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llevan la corrupción al seno de las fannilias y de la sociedad entera.
Sé que voy á herir la fibra nriás delicada de aquellos que creen que la función del Estado debe reducirse á mantener el derecho. Más no innporla. España no es individualista.
«En Inglaterra, á causa de las circunstancias particulares de nuestra historia, dice J.Stuart Mili, aunque el yugo de la opinión sea quizás naás pesado, el de la Ley es más ligero que en la mayor parte de los países de Europa, y hay una gran repugnancia contra toda intervención directa del poder legislativo ó ejecutivo en la conducta privada; más bien que por el debido respeto á los derechos del individuo, por la antigua costumbre de considerar al Gobierno como representante de un interés opues-
-Bato ál público. La mayoría no acierta aún á considerar el poder del Gobierno como si fuera su propio poder, ni las opiniones del Gobierno como las suyas propias. Cuando llegue á esto, la libertad individual se verá probablemente expuesta á ser tan dominada por el Gobierno como lo está hoy día por la opinión pública.» España, por el contrario, no es, como dije, individualista; no lo será jamás. El espíritu romano aun vive en nuestras leyes y determina nuestro carácter. De allí que los pueblos, en todos sus conflictos, soliciten el amparo de los Gobiernos; de ahí la intervención del Estado hasta llegar al establecimiento de leyes de carácter eminentemetjte social, como la Real resolución de 28 de Juíiio de 1768 sobre los foros de Galicia y Asturias, de un fondo más socialista que los reglamentos impuestos por los Tradesunions, las leyes de Austria regulando las relaciones entre patronos y obreros y las de los Estados Unidos estableciendo jurisdicción arbitral en los pleitos entre los mismos; de ahí que los Monarcas que más han satisfecho las aspiraciones de los pueblos hayan sido precisamente aquellos que mostraran más paternal participación en sus dolores, Fernando Vf, Carlos III; de ahí, finalmente, que la historia patria consignará como el hecho más memorable ó más popular de la vida del malogrado Alfonso XII, aquel nobilísimo rasgo de ir, rompien-
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do con las tradiciones palatinas y aun con las exigencias de la política, á una población diezmada por horrible epidemia á llevar los auxilios materiales y á comunicar las energías de su alma en holocausto de un amor sublime: el amor á los pueblos. Sentimiento que se extinguiría bajo un régimen esencialmente individualista, cuyo lema es el interés personal, cada uno para si, apoteosis de los ciegos egoísmos alentados por una filosofía desapiadada y cruel, contraria á la moral y á la dignidad del fjombre.
La Iglesia Católica prohibe á los trabajadores que puedan ganarse el sustento los domingos y días de precepto, prohibición encarnada en las leyes positivas y en las costumbres públicas. Pues bien; una ley, previo acuerdo con la Santa Sede, debe disminuir los días de precepto y exigirá los patronos que satisfagan en los días festivos un cuarto de jornal á los trabajadores.
Se podrá protestar de esa ley por considerar que al exigir ese cuarto de jornal se infringe el derecho común, se ataca á la libre contratación.
Empero, ¿no se inspira mi pensamiento en un principio legal? ¿Qué es la obligación impuesta de no poder trabajar en los domingos y días de precepto más que una limitación del derecho? Pues siendo así, ¿no es justo que ya que en nombre de la Religión se impone esa limitación, en nombre de la Caridad, que
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es la Religión misma, se imponga aquélla?
El caso presente es elevar el dogma de la Caridad á una obligación jurídica; es moderar el derecho del fuerte contra el débil; es ponerse al lado del proletariado, víctima de las injusticias del régimen capitalista, que lo entrega por lo general á los azares de la concurrencia; es, en una palabra, encontrar una fórmula de solidaridad, puesto que, si bien se exige ese pequeño sacritlcío al patrono, en cambio se le indemniza con la disminución de los días de precepto, en los que puede encontrar, por la mayor suma de trabajo, una compensación á ese sacrificio. Los que gozan de los beneticios de un régimen, que si ha producido las riquezas no ha sabido distribuirlas equitativamente; aquellos que, como ha dicbo el más grande poeta de este siglo, «creen que todo es rebelión, pura y simple rebelión del perro contra el amo; intención de morder que hay que castigar con la cadena y el encierro; ladrido, aullido, basta el día en que la cabeza del perro, crecida de repente, se esboza vagamente en la sombra con cara de león, y entonces gritan: ¡Viva el pueblo!», deben tener muy presente que es preciso evitar que el tremendo día llegue, porque entonces ese grito iay! será tarde.
¡Ah! Para hacerse cargo de la altura de la cuestión social y comprender toda su grave-
- 66 - dad no basta encerrarse como Fausto en un gabinete, no para evocar los espíritus y las Cierzas de la naturaleza, sino para seguir el proceso histórico de esa escuela, que alirma que en sí misma se enciei'ra el orden y la armonía, lo verdadero, lo justo y lo bello; es necesario, adem^ás, penetrar en los centros mineros, donde entre la explosión déla dinamita estalla la blasfemia; es necesario penetrar también en las fábricas, en el seno de las familias, en los pueblos, en las aldeas; es necesario estudiar atentamante el modo de ser de esas sociedades, no en los tumultos, ni en los regocijos públicos, sino en la vida íntima; es necesario estrechar cientos de manos de esos hombres del pueblo, que aún no se han puesto la careta en la comedia del mundo, y bajar con alguno de ellos á esos antros donde fermentan con el alcohol las heces de las bajas pasiones humanas; es necesario sondear el fondo de sus corazones, de sus pensamientos, y descubrir, en medio de varoniles energías y de afectos nobilísimos, las pasiones que los envilecen y corroen; es necesario ver, palpar en el hogar doméstico sus miserias, sus sufrimientos, sus vicios; es necesario sorprender las sombras de sus espíritus, de los cuales se va alejando aquel soplo de vida que pide á todos los hombres un corazón caritativo y puro; es necesario, en fin, oir de sus labios la explosión de sus quejas y de sus odios.... y cuan-
— 67 — do todo esto se haya hecho, entonces se puede formar un juicio exacto acerca de ella y comprender los peligros que entraña, peligros tremendos, porque hay que decirlo aun cuando se hiele el alma: las atrevidas hipótesis, sin base alguna científica, propaladas en estos últimos tiempos con gran insistencia acerca del origen del hombre, han descendido en las formas más groseras hasta á las capas más ínfimas de la sociedad, y de ahí ese materialismo imperante en el proletariado. Vencedor sin luchas, porque en la ignorancia no cabe la duda, ó cree ó niega; de ahí que se vaya dando al olvido «que la gloria comienza en este mundo con la tranquilidad de la conciencia:* y de ahí que debilitada la fe, la resignación y la esperanza, los proletarios hayan fijado su atención preferente en las cuestiones económicas y sociales que se ventilan en el mundo, y hayan comprendido las injusticias del régimen capitalista, y las injusticias de la tributación, «que, como se ha dicho, por la Ley de la repercusión arroja las contribuciones sobre el acervo común y las convierte en un impuesto de consumios, en una verdadera capitación, que pagan por igual el rico y el pobre, el capitalista y el mendigo,* en vez de ser de carácter progresivo, y aun de buscar las fuentes de riqueza para el Erario en la sucesión de las herencias voluntarias (B) y en las fortunas de aquellos vagos que las convierten en
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elementos de corrupción social y de nefandos vicios.
¡Cuan envidiable sensatez demostró la Confederación Helvética al consignar en sus leyes la protección á los proletarios! ¡Cuánta prudencia ha revelado Guillermo II con sus laudables rescriptos! iCuánto ha contenido al socialismo alemán al iniciar las reformas sociales, de las que dijo Liebknecht, el gran propagandista de las doctrinas del fundador de La Interno áonal, Karl Marx, que eran aplaudidas por millón y medio de socialistas! ¡Y cuánta será la gloria y el prestigio del partido político de España que destruya al naciente socialismo con leyes inspiradas en la conciencia, en la Caridad y en los eternos principios de justicia!
Á la orilla del Oise se yergue un hermoso establecimiento sombreado por el incienso del siglo XIX: ¡el humo del vapor! Un hombre de
f'renle altiva, y en cuya mirada centelleaban los fulgores del genio, recorría hace muy pocos años los talleres é imprimía sus energías, su infatigable actividad á cientos de obreros que, entre el estrépito de las máquinas, el choque de los martillos y el silbato del vapor, entonaban un himno á la paz y al trabajo. Aquel establecimiento es el Familisterio de Guisa; ese hombre era el héroe del trabajo, el gran filántropo, el insigne Godín (1).
Lanzado un tiempo ese hombre extraordinario en el torrente de la vida social, sin contar con más elementos que sus robustos brazos y el ideal que brillaba en su mente, con su actividad, sus iniciativas y su honradez acrisolada se elevó desde las últimas capas sociales á las cimas del saber y de la gloria, é inspirado en el santo y tiernísimó sentimiento de la familia y en la Ley de Amor erigió un templo á la Industria donde el trabajo del obrero no se apreciaba como una mercancía, sino que el obrero participaba de las ganancias, estableciéndose así la armonía entre el capital y el trabajo hasta el punto de que se haya podido decir del Familisterio: «No falta nada allí, hasta lo superfluo. Todos los servicios se hallan perfectamen-
(l) Falleció en el año de 1888, teniendo la satisfacción de ver, dice un ilustre economista, poco antes de su muerte que la participación de los obreros se elevaba A 3.162,739 francos, á los cuales se añadieron en aquella fecha 1.032,721 que el fundador les legó en su testamento.
— vote entendidos, siendo admirables las bibliotecas, las escuelas, el teatro en donde se celebran dos grandes tiestas anuales, la del trabajo el primer domingo de Mayo y la de la infancia el primer domingo de Septiembre.»
Tan hermosa organización, sin caei* en el radicalismo del sistema de Robeito Owen, rompe con los antagonismos del régimen actual, y por otra parte, como la participación que se da á los obreros no constituye una obligación impuesta por éstos á los capitalistas, sino que es un acto de filantropía, una pura liberalidad, no puede tropezar en los escollos de que habla un ilustre economista, esto es, volver á traernos todas las iniquidades y las extravagancias que el derecho á la existencia y el derecho al trabaju llevan consigo.
Ninguna nación de Europa se encuentra en tan favorables condiciones como España para el establecimiento de losFamilisterios (C), porque las industrias, con pocas excepciones, se encuentran unas nacientes y otras estacionadas, hasta el punto de no inspirar gran confianza para el porvenir.
Mas ¿cómo pueden plantearse esos establecimientos, que realizarían un fin social y contribuirían á aumentar la riqueza pública? ¿Por las iniciativas individuales? Imposible. Ya expondré al hablar de los Bancos rurales el estado de nuestro país. Únicamente pueden
establecerse por la acción tutelar del Estado.
Los proletarios que la desdeñan para naejorar sus condiciones econónnicas y sociales, confiando sólo en el movimiento universal de la clase obrera, desconocen sus verdaderos intereses. Ese movimiento no conducirá más que á la revolución, que sería ahogada en sangre, y aun venciendo, conduciría á la anarquía y á la disolución social.
Los proletarios deben convencerse de que el bienestar á que aspiran (no me refiero á los que sueñan ideales imposibles), sólo puede alcanzarse de una manera lenta y progresiva, de evolución en evolución, por medio de una serie de disposiciones legislativas y del espíritu amplio y persistente de asociación.
Si desde hace veinte años los proletarios de España se hubiesen asociado, depositando cada uno veinticinco céntimos de peseta por semana en el fondo común, hoy contarían con un capital de más de mil millones de pesetas distribuido en fábricas, minas y propiedades rústicas.
Pero ¿es posible crear esa enorme asociación? ¿No se oponen la falta de fe, de perseverancia, y la incuria y desunión de los mismos proletarios? De ahí la necesidad de que el Estado ejerza su acci<'»n tutelar. Para allanar el camino á los Poderes públicos, los operarios de-
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herían solicitar de éstos que se establezca un impuesto personal á todos los proletarios de España (l)de setenta y cinco céntimos de peseta mensuales, con dos fines: crear Familisterios y proporcionar un retiro á los inválidos del trabajo (2).
La Ley debiera disponer la creación de un Patronato, compuesto de ex-ministros, que tuviera por objeto reiuiir el producto de las cuotas, establecer los Familisterios y organizar el Monte-pío de los proletarios.