La estirpe brava · Unidad 102 de 125

Unidad 102 · 226 SANTIAGO MACIEL

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226 SANTIAGO MACIEL

Ninguno le contestó, para evitar íexplicaciones, pero él volvió a insistir, apostrofándoles, hiriéndoles con palabras duras.

— Son unos cobardes, lenguas largas, les dijo. Hablen si tienen qué. A ver, saquesen el freno.

El más joven, sin moverse de su asiento, le contestó :

— Mira, hablábamos de vos, pero sin intención de ofenderte.

— ¿Y qué decían?

— Decíamos que tu china te engaña.

— Mentís y lo vas a probar ahura mesmo.

— No tenes más que agarrar el flete y dir a tu rancho. Dispués me contarás cómo estuvo el baile.

Laurencio lo atropello, pero los demás se interpusieron y el domador se echó en el banco, apretándose las sienes, resollando, todavía enfurecido.

Cuando los peones se levantaron, él permaneció sentado un rato. Los vio extender las pilchas en el suelo, dentro del cuarto, y en el patio, a la sombra de las paredes y acostarse, quedando dormidos inmediatamente, fatigados por la tarea de aquella mañana calurosa. En las casas, la familia del patrón se había recogido igualmente en los dormitorios y sólo quedaba en pie la negra cocinera, dando la última mano al fregoteo de su monstruosa batería culinaria. En cuanto al viejo deschalador, roncaba estrepitosamente sobre las espigas; el sol le daba de lleno en los «tamangos», y el sudor le corría por la frente y el pescuezo rameado de arrugas. Pocos momentos después, la morena tomó el camino del «rancho» viejo, donde tenía su guarida, dispuesta a descansar en su camaranchón, revuelto como una «vizcachera», — y la casa quedó silenciosa como si nadie la habitara. El corpulento ombú, resistiendo al fuego que caía a plomo de lo alto, ostentaba victorioso el ver deobscuro de su follaje, movido imperceptiblemente por el aletazo fugitivo de una racha. No había un

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i-ineóii a*riaclal)le donde poder reposar a gusto, pues la brisa que soplaba venía caliente, cual si hubiera pasado por un incendio. La «chicharra», siempre invisible, oculta al parecer en la pila de leña, ensayaba su cavatina a frote de élitros; del barril lleno de agua, colocado en la rastra ; salía un vapor blanquecino y el charco de los patos se consumía, absorbido por la tierra caldeada. Las gallinas con los picos abiertos, esponjadas las alas, las crestas encendidas, escarbaban el polvo, buscando la humedad, para darse un baño de frescura,— y en el chiquero, próximo a la cocina, un cerdo, acostado en el barro, dormitaba con agitado sueño, entreabriendo los ojos, sin despertarse, resollando fuertemente por los agujeros del hocico. Más allá, las «mangueras», con las «porteras» caídas, tenían el aspecto de circos abandonados, y en un palo a pique, un casal de «carpinteros», en pleno coloquio, daba la única nota de actividad, en medio del sopor que todo lo invadía. El pasto tierno y jugoso, de color de esmeralda, que empezaba a brotar junto al «rancho», provocaba una ilusión de oasis, creando en la imaginación visiones de cosas frescas, de hamacas vegetales tendidas en el bosque, de aguas cristalinas corriendo sobre álveos de arena, de cardenales azules cantando en las umbrías, — visiones que pronto se esfumaban bajo la impresión de aquella claridad profusa, que hacía insoportable hasta la misma sombra.

Laurencio ensilló precipitadamente su caballo : lo montó, haciéndolo caminar sobre el pasto, para amortiguar el ruido de las pisadas, y cuando calculó que se había alejado lo bastante, le «cerró las piernas», en dirección a su choza, galopando por el camino reseco, levantando oleadas de polvo, en una carrera vertiginosa que demostraba la ansiedad de su espíritu. A media legua, el caballo empezó a «aflojar», resoplando su fatiga, humedecido por la transpiración espumosa, atacado ferozmente por los tábanos, que le hincaban el aguijón