La estirpe brava · Unidad 111 de 125
Unidad 111 · LA ESTIRPE BRAVA 245
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LA ESTIRPE BRAVA 245
echando pa tras la cabeza, lo mesmo que mancarrón sofrenao. Anda, te digo, y agarra aquella muchacha, que está como vos, a estaca, y medio deslomada por el recao. Movete, que si no me obedeces, te vi a sacar a picana.
Rudecindo, hostigado por la perset'ución que su padre le hacía, e indignado por los términos ofensivos en que éste se expresaba, se levantó del asiento y quiso irse, pero el viejo le tomó del brazo y le empujó hacia adentro. El forcejeó para desprenderse de la garra paterna, hasta que consiguió su objeto. Su madre acudió y al presenciar el triste espectáculo, se puso a llorar como de costumbre, cuando se consideraba impotente para contrarrestar las demasías de su esposo. Don Ciríaco se dispuso a intervenir, pero al ver disparar al mozo se contuvo diciendo :
— Déjelo, compadre. Po má qui estire e sobeo, no conseguirá alargarlo. Y a fin e muchacho sigue su inclina ció y ni a golpe le va a quita e sobrepaso. Dípué de tuito, gaucho va quedando poco, po que la cevilizació ha desterrao la bota e potro y e paisano e una mextura de tuito pelaje.
Usté mesmo, cumpa, — prosiguió, — que se tiene po tan criollo, ya no pita naco, y compra tabaco picao ; y e cojinillo de su mancarró, no e de cuero crudo, sino de vaqueta ; y pa come, usa tenedó : y pa cota e palo tiene serrucho y no duerme en e suelo, sino en cuja, y ya no cose e traje con tiento, sino con hilo.
Don Rosalío cayó entonces en la cuenta, de que para ser nn gaucho realmente primitivo, como él lo deseaba, tenía que desterrar de sus costumbres nna porción de cosas que se habían ido introduciendo poco a poco en su «estancia», impuestas ix)r las necesidades de la época. Pero no dio su brazo a^orcer y se retiró del baile muy disgustado, y con el corazón oprimido por una angustia indecible. Sí, era verdad, — él ya no era un gaucho puro, — estaba corrompido por los otros.
246 SANTIAGO MACIEL
dominado por hábitos adquiridos, sin saber cómo. Recordó lo que le había dicho su compadre y comprendió que en parte tenía razón, pero no en todo. El, se resistía a aquella invasión de procedimientos extraños. Todavía se burlaba del ferrocarril y del telégrafo y se sentía con fuerza y con derecho para seguir burlándose de lo nuevo. Lo que no aguantaría, de ningún modo— eso no, — era lo que él llamaba el retobamiento de su hijo. Se hallaba resuelto a tomar una resolución definitiva, para corregirle.
De lejos, andando silencioso, al lado de su mujer, que también callaba, oyó los com^pases de una pieza que en nada se parecía a las que él conocía y clara y distintamente sonó la voz del «payador», que cantaba en el baile :
¿Dónde vas con mantón de Manila?
¿Dónde vas con vestido chiné?
— ¡Ay, juna! dijo a gritos don Rosalío — ese es el traje de m'ijo, el mismo vestido chiné.
Cuando llegó a su «rancho», buscó en vano a Rudecindo. Este, convencido de que el encono del viejo no se calmaría nunca y de que él tampoco cambiaría su modo de ser, ensilló su caballo, y se puso en camino para la ciudad, resuelto a no volver al «pago» hasta que su padre variase de opinión y le llamara. Pero pasaron muchos años antes de que esto sucediera. Rudecindo se había casado hacía mucho tiempo, con la muchacha de ojos azules y cabellos de oro, no muy acrisolado, que conociera en los arrabales del pueblo, antes recibió una carta en la que su madre le decía que fuera de su metamorfosis completa. Tenía dos hijos, cuando inmediatamente a la «estancia» porque don Rosalío estaba muy grave, y ella había conseguido que le perdonase. Volvió el hijo pródigo al hogar abandonado, en compañía de su mujer, que a semejanza suya, ni era extranjera ni criolla.