La estirpe brava · Unidad 43 de 125

Unidad 43 · LA ESTIKPE BRAVA QQ

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LA ESTIKPE BRAVA QQ

jiuetes, el obscuro tomó punta, en un avance formidable, distanciándose de su rival en más de diez cuerpos, y en menos de lo que se emplea para decirlo llegó a la raya, la pasó y siguió corriendo como una flecha, aunque iba sofrenando hasta meter la cabeza entre los corvejones, io mismo que el bridón de la estatua de Garibaldi. ¡Qué derrota!

^ — ¡Cómu ha sidu esu! — rugió don Francisco sacudiendo al «jockey» violentamente, por los brazos.

— ¿Cómo ha sido? — contestó el paisanito riéndose. — Que el doradillo es poco menos que un mancarrón y el otro un caballo de raza.

Y agregó sentenciosamente :

— Se acabaron los criollos pa la carrera, créame, don Francisco. Los de «raza» son lo mesmo que la luz elétrica peleando con el candil. Pero, consuélese un poco, porque no sirven más que pa eso . . .

— Pero, ¿cómo — jadeó el «pulpero». — cómu janó la otra carrera?

—Oiga, aparcero — exclamó un paisano, flaco y peludo, encarándose con don Francisco, — ¿cómo iba a ganar esa vez, si el contrario era el caballo del padre de la novia ?

— ¡ La novia ! — exclamó alelado el comerciante.

— Sí, la novia. Aunque el comisario uo lo sabe, el porteño quiere a la hija y ha jm-ao ganar esa carrera, como ha ganao la de hoy. Y la ganará, porque .él tamién es de raza.

Un año después de estos sucesos, la cabana «Los Cardales» estaba en su apogeo, como un símbolo de la transformación pampeana, en tanto que de la caballeriza del comerciante, sólo quedaba el potrero vacío y el galpón solitario en la llanura.

CHUCARO

Tiburcio Linares, por segunda vez en el año, venía de «campear» su hacienda, compuesta de unos cuantos animales, en su mayor parte ariscos, que hubieran podido representar la libertad rebelde y bravia, si no fuera que los vacunos, a semejanza de sus naturales dominadores, sentían muy a menudo sobre el testuz deslizarse el nudo corredizo de la esclavitud en forma de lazo. Pero como desde terneros no vieron otra cosa que gramillales tupidos y abras rodeadas por copiosas arboledas, tan silvestres como ellos, tenían aversión decidida a la «manguera», y en cuanto oían el trote de un caballo, o percibían un jinete, se preparaban a embestir, revolviendo los breñales en un trajín de cornazos furibundos, llenando el aire de mugidos y los pastos de espumas. Eran ejemplares dignos de su dueño, porque Tiburcio se había criado de igual manera, con poco amor al poblado y mucho al rincón en donde construyó su vivienda solitaria. De alta estatura y enjuto de carnes, el gaucho era un tipo original de misántropo agreste. Su piel atezada y sus ojos muy negros, de mirar receloso y penetrante, le daban el aspecto de un moro de leyenda. Hablaba con lentitud y lo necesario para hacerse entender de las pocas personas que trataba y cuando arreando su mísera «tropa» encontraba a algún paisano en el camino, apresuraba o retardaba su marcha, para esquivar el encuentro.

Su rancho se componía del dormitorio y la cocina, y a cuarenta pasos la enramada, hecha de cuatro palos y techo de ramaje, del que las hojas de laurel, amari-