La flor humana · Unidad 6 de 41

Unidad 6 · LA CIENCIA DEL NIÑO

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

LA CIENCIA DEL NIÑO

Cada ciencia tiene un objeto de estudio.

Así, La Higiene tiene por objeto la salud.

La ciencia que se ocupa del cultivo de los árbo¬ les, se llama Arboricultora.

La de las flores, Floricultura.

La ciencia que se ocupa del cultivo del n : ño, la más hermosa y útil de las ciencias, se llama Puericul¬ tura. Se la llama así, porque los pueblos antiguos que hablaban en latín, llamaban puer a los niños. Por eso se dice pueril a lo que es propio del niño: una ocu¬ rrencia pueril, es una ocurrencia de niño; una alegría pueril, es una alegría de niño, etc.

La ciencia de cuidar a los niños, como todas las ciencias, se ha formado poco a poco, por el esto, rzo de muchos estudiosos 'y de muchos observadores que le han dedicado sus vigilias. Cada principio que en ella ha quedado definitivamente establecido, es el pro¬ ducto, no del capricho arbitrario de una persona, sino de la observación de muchos hechos, que han dejado un convencimiento.

Un ejemplo concreto os permitirá comprender me¬ jor. Encontraréis én muchas páginas de este libro, máximas destinadas a fijar en vuestro recuerdo los principios fundamentales de la Puericultura; tomemos una, cualquiera de ellas, la que dice:

“No debe hacerse el destete en verano”.

¿Podríais creer que tal regla ha sido sentada por mero capricho? No, ciertamente. Para establecerla co¬ mo principio incontrovertible, ha sido necesario sa-

27 —

ber, por la observación de millares y millares de ca¬ sos, que:

Ningún alimento conviene mejor al niño que el pecho de la madre.

Los cambios de unos alimentos por los otros, pro¬ ducen, a menudo, enefermedades del vientre.

Estas enfermedades son relativamente leves en la estación fría y casi siempre graves en la caliente.

Estas enfermedades producen la muerte de milla¬ res de niños.

Y todavía, debéis pensar que 'todos estos razona¬ mientos y deducciones, se basan en otros más sutiles que los hombres de ciencia han establecido pensando y observando.

Las verdades establecidas por la ciencia, no lle¬ gan, fácilmente, a ser comprendidas por todos y en todas partes. ¿Os habéis detenido alguna vez a con¬ templar un foco de luz en medio de una densa niebla? Para percibirlo claramente, fué necesario que os colo¬ carais muy cerca de él; a medida que os alejabais se iba haciendo menos apreciable, en forma de que, des¬ pués de mostrarse, solo, ante vuestros ojos como un débil resplandor, concluía por desaparecer, dejándoos en tinieblas.

Lo mismo pasa con la ciencia, foco de luz que brilla entre la niebla de la ignorancia colectiva. ¡ Cuánta gente que apenas percibe su vago resplandor! ; Cuánta que, al no percibirlo, asegura que no existe y se cree autorizada a erigirse, a su vez, en foco de ver¬ dad, sin poder irradiar más que sus errores, su inex¬ periencia, su falta de tino, su irresponsabilidad!

La mejor prueba de estas verdades está en el hecho de que la Puericultura ha progresado y sigue progresando incesantemente. Sin embargo, recién en estos últimos tiempos, sus principio han sido estable¬ cidos en forma más definida y han sido agrupados.

— 28 —

ordenados, aprovechados, en forma de constituir una verdadera ciencia. Pero la necesidad de cultivar al niño, como el fundamento de una raza vigorosa en el porvenir, ha sido sentida desde la más remota an¬ tigüedad. Los espartanos, pueblo de la antigua Gre¬ cia, cuidaban de sus niños con toda su precaución y mi¬ nuciosidad. Sus métodos eran a veces bárbaros y es¬ taban en armonía con los conocimientos, con las nece¬ sidades y con los medios de que disponían. Los some¬ tían a una disciplina saludable y benéfica; los hacían vivir al aire libre, resistiendo la intemperie,, el sol, el frío y las fatigas; los ejercitaban en las luchas apenas tenían edad para ello, para que supieran de¬ fender las fronteras de su patria e invadir las agenas; en fin, cultivaban solo los niños sanos y robustos y exagerando su celo, llegaban hasta estrellar, contra los acantilados de sus costas, a todos aquellos que, habiendo nacido débiles y deformes, constituían una carga para el porvenir de la nación.

Los tiempos y los métodos lian cambiado, natu¬ ralmente. El destino de los hombres es ahora diferen¬ te y ya no está orientado hacia la guerra y la des¬ trucción que nuestra moral abomina, sino hacia el amor y el trabajo. Nuestra piedad se exalta ante el espectáculo del niño enfermo, triste y desvalido; tra¬ tamos de defenderlo y protegerlo en vez de destruirlo inhumanamente.

Nuestra ciencia, sabia e inteligente, se funda, so¬ bre todo, en el conocimiento del organismo de los ni¬ ños y en la observación minuciosa de sus necesidades. Todo lo que nuestra ciencia nos dice que se haga, es porque razonablemente debe ser hecho.