La gaviota · Unidad 10 de 37
Capítulo IX — parte 2
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--El niño se sentó a la puerta, muy triste y con la mano puesta en la mejilla. Acertó a pasar por allí la Virgen y le dijo:
«¿Por qué no entras, hijo mío?»
--El niño respondió que no quería entrar si no entraba su padrino, y San Pedro dijo que eso era pedir imposibles. Pero el niño se puso de rodillas, cruzó sus manecitas y lloró tanto que la Virgen, que es Madre de la misericordia, se compadeció de su dolor. La Virgen se fue y volvió con una copita de oro en las manos; se la dio al niño y le dijo:
«Ve a buscar a tu padrino y dile que llene esta copa de lágrimas de contrición, y entonces podrá entrar contigo en el cielo. Toma estas alas de plata y echa a volar.»
--El ladrón estaba durmiendo en una peña, con el trabuco en una mano y un puñal en la otra. Al despertar, vio enfrente de sí, sentado en una mata de alhucema, a un hermoso niño desnudo, con unas alas de plata que relumbraban al sol y una copa de oro en la mano.
»El ladrón se refregó los ojos creyendo que estaba soñando; pero el niño le dijo: «No, no creas que estás soñando. Yo soy tu ahijado.» Y le contó todo lo que había ocurrido. Entonces el corazón del ladrón se abrió como una granada y sus ojos vertían agua como una fuente. Su dolor fue tan agudo, y tan vivo su arrepentimiento, que le penetraron el pecho como dos puñales y se murió. Entonces el niño tomó la copa llena de lágrimas y voló con el alma de su padrino al cielo, donde entraron y donde quiera Dios que entremos todos.
--Y ahora, padrino--continuó la niña torciendo su cabecita y mirando de frente al pastor--, ya ve usted lo bueno que es tener ahijados.
Apenas acababa la niña de referir su ejemplo, cuando se oyó un gran estrépito: el perro se levantó, aguzó las orejas, apercibido a la defensa; el gato, erizado el pelo, asombrados los ojos, se aprestó a la fuga, pero bien pronto al susto sucedieron alegres risas. Era el caso que _Anís_ se había quedado dormido durante la narración que había hecho su hermana; de lo que resultó que perdiendo el equilibrio, cumplió el vaticinio de su madre, cayendo en lo interior del tiesto, en el que quedó hundida toda su diminuta persona, a excepción de sus pies y piernas, que se alzaban del interior de la maceta, como una planta de nueva especie. Impaciente su madre, le agarró con una mano por el cuello de la chaqueta, le sacó de aquella profundidad y, a pesar de su resistencia, le tuvo algún tiempo suspenso en el aire, de manera que parecía uno de esos muñecos de cartón que cuelgan de un hilo, y que tirándoles de otro, mueven desaforadamente brazos y piernas.
Como su madre le regañaba y todos se reían, _Anís_, que tenía el genio fuerte, como dicen que lo tienen todos los chicos (lo que no quita que lo tengan también los altos), reventó en un estrepitoso llanto de coraje.
--No llores, _Anís_--le dijo Paca--, no llores y te daré dos castañas que tengo en la faltriquera.
--¿De verdad?--preguntó _Anís_.
Paca sacó las castañas y se las dio; y en lugar de lágrimas se vieron tan luego brillar a la luz de la llama dos hileras de blancos dientecitos en el rostro de _Anís_.
--Hermano Gabriel--dijo la tía María, dirigiéndose a este--, ¿no me ha dicho usted que le duelen los ojos? ¿A qué trabaja usted de noche?
--Me dolían--contestó fray Gabriel--; pero don Federico me ha dado un remedio que me ha curado.
--Bien puede don Federico saber muchos remedios para los ojos, pero no sabe su merced el que no marra--dijo el pastor.
--Si usted lo sabe, le agradecería que me lo comunicase--le dijo Stein.
--No puedo decirlo--repuso el pastor--, porque aunque sé que lo hay, no lo conozco.
--¿Quién lo conoce, pues?--preguntó Stein.
--Las golondrinas--contestó el pastor[15].
--¿Las golondrinas?
[Nota 15: Las cosas que cree y refiere el pueblo, aunque adornadas por su rica y poética imaginación, tienen siempre algún origen. En la segunda parte de la obra intitulada Simples _incógnitos en la medicina_, escrita por fray Esteban de Villa, e impresa en Burgos en 1654, hallamos este párrafo, que coincide con lo que dice el pastor:
«La ibis (que quieren sea la cigüeña) enseñó el uso de las ayudas, que se echa a sí misma llenando de agua la boca, sirviéndole lo largo del pico para el efecto. El perro, el uso del vomitivo, comiendo la grama, que para él es de virtud vomitiva. El caballo marino la sangría, cuando se siente cargado de sangre, abriéndose la vena con punta de caña que le sirve de lanceta, y el barro de venda, revolcándose en él, con lo que cierra la cisura. La golondrina, el colirio en la Celidonia, con que da vista a sus pollos y nombre a esta planta, que se dijo _hirundinaria_, por su inventor la golondrina, etc.»]
--Pues sí, señor--prosiguió el pastor--; es una hierba que se llama _pito-real_, pero que nadie ve ni conoce sino las golondrinas: si se le sacan los ojos a sus polluelos, van y se los restriegan con un _pito-real_, y vuelven a recobrar la vista. Esta yerba tiene también la virtud de quebrar el hierro, no más que con tocarla; y así cuando a los segadores o a los podadores se les rompe la herramienta en las manos sin poder atinar por qué, es porque tocaron al _pito-real_. Pero por más que la han buscado, nadie la ha visto; y es una providencia de Dios que así sea, pues si toparan con ella, poca tracamundana se armaría en el mundo, puesto que no quedarían a vida ni cerraduras, ni cerrojos, ni cadenas, ni aldabas.
--¡Las cosazas que se engulle José, que tiene unas tragaderas como un tiburón!--dijo riéndose Manuel. Don Federico, ¿sabe usted otra que dice y que se cree como artículo de fe?, que las culebras no se mueren nunca.
--Pues ya se ve que las culebras no se mueren nunca--repuso el pastor--. Cuando ven que la muerte se les acerca, sueltan el pellejo y arrancan a correr. Con los años se hacen serpientes; entonces, poco a poco, van criando escamas y alas, hasta que se hacen dragones y se vuelan al desierto. Pero tú, Manuel, nada quieres creer: ¿si querrás negar también que el lagarto es enemigo de la mujer y amigo del hombre? Si no lo quieres creer, pregúntaselo a tío Miguel.
--¿Ese lo sabe?
--¡Toma!, por lo que a él mismo le pasó.
--¿Y qué fue?--preguntó Stein.
--Estando durmiendo en el campo--contestó José--, se le vino acercando una culebra; pero apenas la vio venir un lagarto, que estaba en el vallado, salió a defender al tío Miguel y empezaron a pelearse la culebra y el lagarto, que era tamaño y tan grande. Pero como el tío Miguel, ni por esas despertaba, el lagarto le metió la punta del rabo por las narices. Con eso despertó el tío Miguel y echó a correr como si tuviese chispas en los pies. El lagarto es un bicho bueno y bien inclinado; nunca se recoge a puestas de sol sin bajarse por las paredes y venir a besar la tierra.
Cuando había empezado esta conversación tratando de las golondrinas, Paca había dicho a _Anís_, que sentado en el suelo entre sus hermanas con las piernas cruzadas parecía el Gran Turco en miniatura.
--_Anís_, ¿sabes tú lo que dicen las golondrinas?
--Yo no; no me _jan jablao_.
--Pues atiende: dicen--remedando la niña el gorgeo de las golondrinas, se puso a decir con celeridad:
Comer y beber: buscar emprestado, y si te quieen prender[16] ¡por no haber pagado, huir, huir, huir, huiiiir, comadre Beatriiiiz.
[Nota 16: Este verso no se puede decir, sino con la manera de abreviar las palabras que el pueblo gasta pronunciando _quieen_ por _quieren_.]
--¿Por eso se van?--preguntó _Anís_.
--Por eso--afirmó su hermana.
--¡Yo las quiero más...!--dijo Pepa.
--¿Por qué?--preguntó _Anís_.
--Porque has de saber--respondió la niña:
Que en el monte Calvario las golondrinas le quitaron a Cristo las cinco espinas. En el monte Calvario los jilgueritos le quitaron a Cristo los tres clavitos.
--Y los gorriones, ¿qué hacían?--preguntó _Anís_.
--Los gorriones--respondió su hermana--, nunca he sabido que hicieran más que comer y pelearse.
Entre tanto, Dolores, llevando a su niño dormido en un brazo, había puesto con la mano que le quedaba libre, la mesa y colocado en medio las batatas, y distribuido a cada cual su parte. En su propio plato comían los niños; y Stein observó que Dolores ni aún probaba el manjar que con tanto esmero había confeccionado.
--Usted no come, Dolores--le dijo.
--¿No sabe usted--respondió esta riendo--el refrán «el que tiene hijos al lado, no morirá ahitado»? Don Federico, lo que ellos comen, me engorda a mí.
Momo, que estaba al lado de este grupo, retiraba su plato, para que no cayesen sus hermanos en tentación de pedirle de lo que contenía.
Su padre que lo notó, le dijo:
--No seas ansioso, que es vicio de ruines; ni avariento, que es vicio de villanos. Sabrás que una vez se cayó un avariento en un río. Un paisano que vio se le llevaba la corriente, alargó el brazo y le gritó: «_Deme la mano._» ¡Qué había de dar!, ¡dar!, antes de dar nada, dejó que se le llevase la corriente. Fue su suerte que le arrastró el agua cerca de un pescador, que le dijo: «Hombre, _tome_ usted esta mano.» Conforme se trató de tomar, estuvo mi hombre muy pronto, y se salvó.
--No es ese chascarrillo el que debías contar a tu hijo, Manuel--dijo la tía María--, sino ponerle por ejemplo lo que acaeció a aquel rico miserable que no quiso socorrer a un pobre desfallecido, ni con un pedazo de pan, ni con un trago de agua. «Permita Dios--le dijo el pobre que todo cuanto toquéis, se convierta en ese oro y esa plata a que tanto apegado estáis.» Y así fue. Todo cuando en la casa del avaro había, se convirtió en aquellos metales tan duros como su corazón. Atormentado por el hambre y la sed, salió al campo, y habiendo visto una fuente de agua cristalina, se arrojó con ansia a ella; pero al tocarla con los labios, el agua se cuajó y convirtió en plata. Fue a tomar una naranja del árbol, y al tocarla se convirtió en oro; y así murió rabiando y maldiciendo aquello mismo por lo que ansiado había.
Manuel, _el espíritu fuerte_ de aquel círculo, meneó la cabeza.
--¡Lo ve usted, tía María--dijo José--; Manuel no lo quiere creer! Tampoco cree que el día de la Asunción, en el momento de alzar en la misa mayor, todas las hojas de los árboles se unen de dos en dos para formar una cruz; las altas se doblan, las bajas se empinan, sin que ni una sola deje de hacerlo. Ni cree que el diez de agosto, día del martirio de San Lorenzo, que fue quemado en unas parrillas, en cavando la tierra, se halla carbón por todas partes.
--Cuando llegue ese día--dijo Manuel--, he de cavar un hoyo delante de ti, José, y veremos si te convenzo de que no hay tal.
--¿Y qué pica en Flandes habrás puesto, si no hallas carbón?--le dijo su madre--. ¿Acaso crees que lo hallarás si lo buscas sin creerlo? Pero Manuel, tú te has figurado que todo lo que no sea artículo de fe, no se ha de creer, y que la credulidad es cosa de bobos; cuando no es, hijo mío, sino cosa de sanos.
--Pero madre--repuso Manuel--, entre correr y estar parado, hay un medio.
--¿Y para qué--dijo la buena anciana--escatimar tanto la fe, que al fin es la primera de las virtudes? ¿Qué te parecería, hijo de mis entrañas, si yo te dijese: te parí, te crié, te puse en camino; cumplí pues, con mi obligación?, ¿si sólo como obligación mirase al amor de madre?
--Que no era usted buena madre, señora.
--Pues hijo, aplica esto a lo otro; el que no cree, sino por _obligación_, y sólo aquello que no puede dejar de creer, sin ser renegado, es mal cristiano: como sería yo mala madre si sólo te quisiese por obligación.
--Hermano Gabriel--dijo Dolores--, ¿cómo es que no quiere usted probar mis batatas?
--Es día de ayuno para nosotros--respondió fray Gabriel.
--¡Qué!, ya no hay conventos, reglas ni ayunos--dijo campechanamente Manuel, para animar al pobre anciano a que participase del regalo general--. Además, usted ha cumplido cuanto ha los sesenta años; con que así, fuera escrúpulos y a comer las batatas, que no se ha de condenar usted por eso.
--Usted me ha de perdonar--repuso fray Gabriel--; pero yo no dejo de ayunar, como antes, mientras no me lo dispense el padre prior.
--Bien hecho, hermano Gabriel--dijo la tía María--. Manuel, no te metas a diablo tentador, con su espíritu de rebeldía y sus incitativos a la gula.
Con esto, la buena anciana se levantó y guardó en una alacena el plato que Dolores había servido al lego, diciéndole:
--Aquí se lo guardo a usted para mañana, hermano Gabriel.
Concluida la cena dieron gracias, quitándose los hombres los sombreros que siempre conservan puestos dentro de casa.
Después del padrenuestro, dijo la tía María:
Bendito sea el Señor, que nos da de comer sin merecerlo. Amén. Como nos da sus bienes, nos dé su gloria. Amén. Dios se lo dé al pobrecito que no lo tiene. Amén.
_Anís_, al acabar, dio un salto a pie juntillas tan espontáneo, derecho y repentino, como lo dan los peces en el agua.