La gaviota · Unidad 17 de 37
Capítulo XV — parte 2
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--Aquí tiene usted, fray Gabriel--le dijo--, un regalito que le hace el señor duque. Yo me encargo de hacerle la camisa.
El pobrecillo se quedó todavía más aturdido que el comandante. Fray Gabriel era más que modesto: ¡era humilde!
Estando todo dispuesto para el viaje, el duque se presentó en el patio.
--Adiós, _Romo_, honra de Villamar--le dijo _Marisalada_--; si te vide, no me acuerdo.
--Adiós, _Gaviota_--respondió este--; si todos sintieran tu ida como el hijo de mi madre, se habían de echar las campanas al vuelo.
El tío Pedro se mantenía sentado en los escalones de mármol. La tía María estaba a su lado, llorando a lágrima viva.
--No parece--dijo _Marisalada_--sino que me voy a la China, y que ya no nos hemos de ver más en la vida. Cuando les digo a ustedes que he de volver. ¡Vaya, que esto parece un duelo de gitanos! ¡Si se han empeñado ustedes en aguarme el gusto de ir a la ciudad!
--Madre--decía Manuel, conmovido al presenciar el llanto de la buena mujer--, si llora usted ahora a _jarrillas_, ¿qué haría si me muriera yo?
--No lloraría, hijo de mi corazón--respondió la madre, sonriendo en medio de su llanto--. No tendría tiempo para llorar tu muerte.
Vinieron las caballerías. Stein se arrojó en los brazos de la tía María.
--No nos eche usted en olvido, don Federico--dijo sollozando la buena anciana--. ¡Vuelva usted!
--Si no vuelvo--respondió este--, será porque habré muerto.
El duque había dispuesto que _Marisalada_ montase apresuradamente en la mula que se le había destinado, a fin de sustraerla a tan penosa despedida. El animal rompió al trote; siguiéronla los otros, y toda la comitiva desapareció muy en breve detrás del ángulo del convento.
El pobre padre tenía los brazos extendidos hacia su hija.
--¡No la veré más!--gritó sofocado, dejando caer el rostro en las gradas de la cruz.
Los viajeros proseguían apresurando el trote. Stein, al llegar al Calvario, desahogó la aflicción que le oprimía, dirigiendo una ferviente oración al Señor del Socorro, cuyo benigno influjo se esparcía en toda aquella comarca como la luz en torno del astro que la dispensa.
_Rosa Mística_ estaba en su ventana cuando los viajeros atravesaron la plaza del pueblo.
--¡Dios me perdone!--exclamó al ver a _Marisalada_ cabalgando al lado del duque--; ni siquiera me saluda, ni siquiera me mira. ¡Vaya si ha soplado ya en su corazón el demonio del orgullo! Apuesto--añadió, asomando la cabeza a la reja--que tampoco saluda al señor cura, que está en los porches de la iglesia. Sí, pero es porque ya le da ejemplo el duque. ¡Hola!, y se detiene para hablarle..., y le pone una bolsa en las manos, ¡que será para los pobres!... Es un señor muy bueno y muy dadivoso. Ha hecho mucho bien. ¡Dios se lo remunere!
_Rosa Mística_ no sabía todavía la doble sorpresa que le aguardaba.
Al pasar Stein, la saludó tristemente con la mano.
--¡Vaya usted con Dios!--dijo Rosa, meneando un pañuelo--. ¡Más buen hombre! Ayer al despedirse de mí lloraba como un niño. ¡Qué lástima que no se quede en el lugar! Y se quedaría, si no fuera por esa loca de _Gaviota_, como le dice muy bien Momo.
La comitiva había llegado a una colina, y empezó a bajarla. Las casas de Villamar desaparecieron muy en breve a los ojos de Stein, quien no podía arrancarse de un sitio en que había vivido tan tranquilo y feliz.
El duque, entre tanto, se tomaba el inútil trabajo de consolar a María, pintándole lisonjeros proyectos para el porvenir. ¡Stein no tenía ojos sino para contemplar las escenas de que se alejaba!
La cruz del Calvario y la capilla del Señor del Socorro desaparecieron a su vez. Después, la gran masa del convento pareció poco a poco hundirse en la tierra. Al fin, de todo aquel tranquilo rincón del mundo, no percibió más que las ruinas del fuerte, dibujando sus masas sombrías en el fondo azul del firmamento, y la torre, que, según la expresión de un poeta, como un dedo, señalaba el cielo con muda elocuencia.
Por último, toda aquella perspectiva se desvaneció. Stein ocultó sus lágrimas, cubriéndose con las manos el rostro.