La gaviota · Unidad 19 de 37

Capítulo XVI — parte 2

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--Digo lo que mi madre--respondió esta--. No es cosa de chanza que el jefe de una familia sea de distinta religión que la de esta; creo como mi tío, que cada cual debe casarse en su país; y digo lo que Rita: que no me casaría jamás con un hombre sólo porque tuviese veinte mil libras de renta.

--Además--dijo Rita--, está muy enamorado de la bolera Lucía del Salto; y así, aunque el señor fuera de mi gusto, le habría dado la misma respuesta. No estoy por las competencias; y mucho menos con gente de entre bastidores.

Rita era sobrina de la marquesa y del general. Huérfana desde su niñez, había sido criada por un hermano suyo, que la amaba con ternura, y por su nodriza, que adoraba en ella y la mimaba; sin que por esto dejase de haberse hecho una joven buena y piadosa. El aislamiento y la independencia en que había pasado los primeros años de su vida, habían impreso en su carácter el doble sello de la timidez y de la decisión. Era de esas personas que algunos llaman oscuras, por enemigas del ruido y del brillo; altiva al mismo tiempo que bondadosa; caprichosa y sencilla; burlona y reservada. A este carácter picante se agregaba el exterior más seductor y más lindo. Su estatura era medianamente alta, su talle, que jamás se había sometido a la presión del corsé, poseía toda la soltura, toda la flexibilidad que los novelistas franceses atribuyen falsamente a sus heroínas, embutidas en apretados estuches de ballena. A esa graciosa soltura de cuerpo y de movimientos, unida a la franqueza y naturalidad en el trato, tan encantadora cuando la acompañan la gracia y la benevolencia, deben las españolas su tan celebrado atractivo. Rita tenía el blanco mate limpio y uniforme de las estatuas de mármol; su hermoso cabello era negro; sus ojos, notablemente grandes, de un color pardo oscuro, guarnecidos de grandes pestañas negras y coronados de cejas que parecían trazadas por la mano de Murillo. Su fresca boca, generalmente seria, se entreabría de cuando en cuando para lanzar por entre su blanquísima dentadura una pronta y alegre carcajada, que su encogimiento habitual comprimía inmediatamente; porque nada le era más repugnante que llamar la atención, y cuando esto le sucedía, se ponía de mal humor.

Había hecho voto a la Virgen de los Dolores de llevar hábito; y así vestía siempre de negro, con cinturón de cuero barnizado y un pequeño corazón de oro atravesado por una espada, en la parte superior de la manga.

Rita era la única mujer que su primo Rafael Arias había amado seriamente: no con una pasión lacrimosa y elegiaca, cosa que no estaba en su carácter, el más antisentimental que entre otros muchos resecó el Levante indígena, sino con un afecto vivo, sincero y constante. Rafael, que era un excelente joven, leal, juicioso y noble en su porte y por su cuna, y que gozaba de un buen patrimonio, era el marido que la familia de Rita le deseaba. Pero ella, a pesar de la vigilancia de su hermano, había entregado su corazón sin saberlo aquel. El objeto de su preferencia era un joven de ilustre cuna; arrogante mozo, pero jugador; y esto bastaba para que el hermano de Rita se opusiese de tal modo a sus amores, que le había prohibido rigurosamente verle y hablarle. Rita, con su firmeza de temple y su perseverancia de española (que debiera emplear mejor que lo hacía en esto), aguardaba tranquilamente, sin quejas, suspiros ni lágrimas, que llegase el día de cumplir veintiún años, para casarse sin escándalo, a pesar de la oposición de su hermano. Entre tanto, su amante le paseaba la calle, vestido y montado a lo majo, en soberbios caballos y se carteaban diariamente.

Aquella noche Rita había entrado, como siempre, en la tertulia, sin hacer ruido, y se había sentado en el sitio acostumbrado, cerca de su tía, para verla jugar. Esta no había observado la proximidad de su sobrina, sino cuando preguntada por el duque acerca del enlace que había rehusado, se había visto obligada a responder.

--¡Jesús! Rita--dijo la marquesa--. ¡Qué susto me has dado! ¿Cómo has llegado hasta aquí sin que nadie te haya sentido?

--¿Queríais--respondió--que entrase con tambor y trompeta como un regimiento?

--Pero al menos--repuso la marquesa--, bien hubieras podido saludar a las gentes.

--Se distraen los jugadores--dijo Rita--; y si no, ved vuestros naipes. Oros van jugados y ya ibais a hacer un renuncio por echarme una _peluca_.

Durante este diálogo, Rafael se había sentado detrás de su prima y le decía al oído:

--Rita, ¿cuándo pido la _dispensa_?

--Cuando yo te avise--contestó sin volverle la cara.

--¿Y qué he de hacer para merecer que llegue ese venturoso instante?

--Encomendarte a mi santa, que es abogada de imposibles.

--Cruel, algún día te arrepentirás de haber rechazado mi blanca mano. Pierdes el mejor y el más agradecido de los maridos.

--Y tú la peor y la más ingrata de las mujeres.

--Escucha, Rita--continuó Arias--; ¿tiene nuestro tío, que está enfrente de nosotros, alguna custodia en la cabeza, que te impide volver la cara a quien te habla?

--Tengo una torcedura en el pescuezo.

--Esa torcedura se llama Luis de Haro. ¿Todavía estás encaprichada con ese consumidor de barajas?

--Más que nunca.

--¿Y qué dice a eso tu hermano?

--Si te interesa, pregúntaselo.

--¿Y me dejarás morir?

--Sin pestañear.

--Hago voto al diablo que está a los pies del San Miguel de la parroquia, de que le he de dorar los cuernos, si carga de una vez con tu Luis de Haro.

--Deséale mal, que los malos deseos de los envidiosos engordan.

--Paréceme que te fastidio--dijo Rafael, después de algunos minutos de silencio, viendo bostezar a su prima.

--¿Hasta ahora no lo habías echado de ver?--respondió Rita.

--Esto es que deseas que me vaya. Ya se ve, ¡como Luis _Barajas_ es tan celoso!

--¡Celoso de ti!--respondió su prima, lanzando una de sus carcajadas repentinas--: tan celoso está de ti como del inglés gordo.

--Gracias por la comparación, amable primita; y ¡adiós para siempre!

--¡La del humo!--respondió Rita sin volver la cara.

Rafael se levantó furioso.

--¿Qué tenéis, Rafael?--le preguntó en tono lánguido una joven, al pasar delante de ella.

Esta nueva interlocutora acababa de llegar de Madrid, adonde un pleito de consideración había exigido la presencia de su padre. Volvía de esta expedición completamente modernizada; tan rabiosamente inoculada en lo que se ha dado en llamar buen tono extranjero, que se había hecho insoportablemente ridícula. Su ocupación incesante era leer; pero novelas casi todas francesas. Profesaba hacia la moda una especie de culto; adoraba la música y despreciaba todo lo que era español.

Al oír Rafael la pregunta que se le dirigía, procuró serenarse y respondió:

--Eloisita, tengo un día más que ayer y uno menos de vida.

--Ya sé lo que tenéis, Arias; y conozco cuanto sufrís.

--Eloisita, me vais a meter aprensión como a don Basilio--y se puso a cantar--. ¡Qué mala cara!

--En vano disimuláis; hay lágrimas en vuestra risa, Arias.

--Pero decidme por Dios, Eloisita, lo que tengo, pues es una obra de misericordia enseñar al que no sabe.

--Lo que tenéis, Arias, harto lo sabéis.

--¿El qué?

--Una _decepción_--murmuró Eloísa.

--¿Una qué?--preguntó Rafael, que no la entendió.

--Una decepción--repitió Eloísa.

--¡Ah!, ¡ya!, había entendido deserción, y mi honor militar se había horripilado. En cuanto a decepción, tengo un ciento, como cada hijo de vecino, amiga mía; y no es poca el inspiraros lástima en lugar de agrado, que es lo que más deseo.

--Pero una hay entre todas que descolora vuestra vida y hace que sea para vos la felicidad un sarcasmo que os llevará a mirar la tumba como un descanso y la muerte como una sonriente amiga.

--¡Ah, Eloisita!--contestó Rafael--; un dedo de la mano habría dado por haber tenido en la acción de Mendigorría tales pensamientos; no que cuando me llevaron al hospital con un balazo en el costado, maldito si me sonreían ni la muerte ni la tumba.

--¡Qué prosaico sois!--exclamó indignada Eloísa.

--¿Es esto un anatema, Eloisita?

--No, señor--repuso con ironía la interrogada--; es un magnífico cumplido.

--Lo que es una verdad de a folio--dijo Rafael--es el que estáis lindísima con ese peinado, y que ese vestido es del mejor gusto.

--¿Os agrada?--exclamó la elegante joven, dejando de repente el tono sentimental--. Son estas telas las últimas _nouveautés, es gró Ledru-Rollin._

--No es extraño--dijo Rafael--que se muera por España y por las españolas aquel inglés que veis allí enfrente y cuya cabeza descuella sobre todas las plantas del macetero.

--¡Qué mal gusto!--contestó Eloísa con un gesto de desdén.

--Dice--continuó Rafael--que no hay cosa más bonita en el mundo que una española con su mantilla, que es el traje que más favor les hace.

--¡Qué injusticia!--exclamó la joven--. ¿Creen acaso que el sombrero es demasiado elegante para nosotras?

--Dice--prosiguió Rafael--que manejáis el abanico con una gracia incomparable.

--¡Qué calumnia!--dijo Eloísa--. Ya no lo usamos las _elegantas_.

--Dice que esos piececitos tan monos, tan breves, tan lindos, están pidiendo a gritos medias y zapatos de seda, en lugar de esas horrendas botas, borceguíes, _brodequines_ o llámense comoquiera.

--Eso es insultamos--exclamó Eloísa--; es querer que retrogrademos medio siglo, como dice muy bien la ilustrada prensa madrileña.

--Que los ojos negros de las españolas son los más hermosos del mundo.

--¡Qué vulgaridad! Esos son ojos de las gentes del pueblo, de cocineras y cigarreras.

--Que el modo de andar de las españolas tan ligero, tan gracioso, tan sandunguero, es lo más encantador que pueda imaginarse.

--Pero ¿no conoce ese señor que nos mira como parias--dijo Eloísa--, y que estamos haciendo todo lo posible para enmendarnos y andar como se debe?

--Lo mejor será que le convirtáis--dijo Rafael.--Voy a presentárosle.

Arias echó a correr pensando: «Eloísa tiene blando el corazón y la echa de romántica: es pintiparada para el mayor, que anda a caza de estos avechuchos.»

Entre tanto, la condesa preguntaba al duque si era bonita la Filomena de Villamar.

--No es ni bonita ni fea--respondió--. Es morena, y sus facciones no pasan de correctas. Tiene buenos ojos; es en fin, uno de esos conjuntos que se ven por dondequiera en nuestro país.

--Una vez que su voz es tan extraordinaria--dijo la condesa, por honor de Sevilla--, es preciso que hagamos de ella una eminente _prima donna_. ¿No podremos oírla?

--Cuando queráis--respondió el duque--. La traeré aquí una noche de estas, con su marido, que es un excelente músico y ha sido su maestro.

En esto llegó la hora de retirarse.

Cuando el duque se acercó a la condesa para despedirse, esta levantó el dedo con aire de amenaza.

--¿Qué significa eso?--preguntó el duque.

--Nada, nada--contestó ella--; esto significa ¡cuidado!

--¿Cuidado? ¿De qué?

--¿Fingís que no me entendéis? No hay peor sordo que el que no quiere oír.

--Me ponéis en ascuas, condesa.

--Tanto mejor.

--¿Queréis, por Dios, explicaros?

--Lo haré, ya que me obligáis. Cuando he dicho _cuidado_, he querido decir ¡cuidado con echarse una cadena encima!

--¡Ah!, condesa--repuso el duque con calor--, por Dios, que no venga una injusta y falsa sospecha a oscurecer la fama de esa mujer, aun antes de que nadie la conozca. Esa mujer, condesa, es un ángel.

--Eso por supuesto--dijo la condesa--. Nadie se enamora de diablos.

--Y sin embargo, tenéis mil adoradores--repuso sonriendo el duque.

--Pues no soy diablo--dijo la condesa--; pero soy zahorí.

--El tirador no acierta cuando el tiro salva el blanco.

--Os aplazo para dentro de aquí a seis meses, invulnerable Aquiles--repuso la condesa.

--Callad por Dios, condesa--exclamó el duque--; lo que en vuestra bella boca es una chanza ligera, en las bocas de víboras que pululan en la sociedad, sería una mortal ponzoña.

--No tengáis cuidado: no seré yo quien tire la primera piedra. Soy indulgente como una santa, o como una gran pecadora; sin ser ni lo uno ni lo otro.

Nada satisfecho salía el duque de esta conversación, cuando a la puerta le detuvo el general Santa María.

--Duque--le dijo--, ¿habéis visto cosa semejante?

--¿Qué cosa?--preguntó escamado el duque.

--¡Qué cosa, preguntáis!

--Sí, lo pregunto y deseo respuesta.

--¡Un coronel de veintitrés años!

--En efecto, es algo prematuro--contestó el duque sonriéndose.

--Es un bofetón al Ejército.

--No hay duda.

--Es dar un solemne mentís al sentido común.

--¡Por supuesto!

--¡Pobre España!--exclamó el general, dando la mano al duque y levantando los ojos al cielo.