La gaviota · Unidad 27 de 37

Capítulo XXII — parte 2

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La cruz fue erigida en aquel sitio por un milagro que hizo allí Nuestro Señor; porque en aquellos tiempos, como había fe, había milagros. Unos ladrones habían penetrado en la Cartuja y robado los tesoros de la iglesia. Huyeron espantados, corrieron toda la noche y a la mañana siguiente se encontraron a corta distancia del convento. Entonces viendo claramente el dedo del Señor, se convirtieron; y en memoria de este milagro, erigieron esa cruz, a la que el pueblo ha conservado su nombre. Voy a decirle cuatro palabras bien dichas a ese _calavera_.--Rafael, Rafael.

Entre tanto su prima Gracia, sentada en el sofá, le decía:

--Estoy en mis glorias. ¡Qué buenos ratos vamos a pasar!

--No durarán mucho, condesa--dijo el coronel--. Corren voces de que el duque quiere llevarse a Madrid a la nueva Malibrán.

--Y a todo esto--dijo la condesa--, ¿qué nombre de guerra ha tomado? Supongo que no será el de _Marisalada_; que muy bonito, y con algo de cariñoso, no es bastante grave para una artista de primer orden.

--Quizá continuará bajo el apodo de _Gaviota_--dijo Rafael--. Un criado del duque ha dicho al mio, que así era como la llamaban en su lugar.

--Puede que adopte el nombre de su marido--observó el coronel.

--¡Qué horror!--exclamó la condesa--; necesita un nombre sonoro.

--Pues bien, que tome el de su padre: Santaló.

--No, señor--dijo la condesa--. Es preciso que acabe en i para que le dé prestigio; mientras más _íes_, mejor.

--En ese caso--dijo Rafael--, que se nombre Misisipí.

--Consultaremos a Polo--dijo la condesa--. Y a propósito, ¿dónde se ha escabullido nuestro poeta?

--Apuesto cualquier cosa--dijo Rafael--a que a la hora esta se ocupa en confiar al papel las inspiraciones armónicas que ha hecho brotar en su alma la divinidad del día. Mañana sin falta leeremos en _El Sevillano_ una de esas composiciones que, según mi tío, si no es fácil que le lleven al Parnaso, le precipitarán indefectiblemente en el Leteo.

En ese instante fue cuando la marquesa llamó a Rafael.

--Seguro estoy--dijo este a su prima--de que mi tía me hace la honra de llamarme para tener la satisfacción de echarme una peluca. Ya veo despuntar un sermón entre sus labios apretados, una filípica en su nebuloso entrecejo y una reprimenda de a folio, a caballo sobre su amenazante nariz. Pero... ¡qué feliz ocurrencia! Voy a armarme de un broquel.

Diciendo estas palabras, Rafael se levantó, se acercó al barón, a quien el oidor ofrecía a la sazón un polvo de rapé, le dio el brazo y en su compañía se acercó a la mesa del juego. La marquesa se guardó la regañadura para mejor ocasión.

Rita se tapaba la cara con el pañuelo para comprimir la risa. El general golpeaba el suelo con el tacón de las botas, que en él era señal indefectible de impaciencia.

--¿Está incomodado el general?--preguntó el barón.

--Padece ese movimiento nervioso--respondió a media voz Rafael.

--¡Qué desgracia!--exclamó el barón--, eso es un _tic douloureux_[29]. ¿Y de qué le ha provenido? ¿Algún tendón dañado en la guerra quizá?

[Nota 29: Tic es la enfermedad del tiro, que padecen los caballos.]

--No--contestó Rafael. Ha sido efecto de una fuerte impresión moral.

--Debió ser terrible--observó el barón--. ¿Y qué se la causó?

--Una palabra de vuestro rey Luis XIV.

--¿Qué palabra?--insistió el barón espantado.

--El célebre dicho--contestó Rafael--«YA NO HAY PIRINEOS».

Con tanto como se hablaba en las tertulias acerca de la nueva cantatriz, se ignoraba un hecho significativo, que había ocurrido aquella misma noche.

Pepe Vera no había cesado de seguir los pasos de María; y como era favorito del público, le había sido fácil penetrar en lo interior del templo de las Musas, no obstante la enemistad que estas han jurado a las corridas de toros.

María salía a la escena, al ruido de los aplausos, cuando se dio de manos a boca en el vestuario con Pepe Vera y algunos otros jóvenes.

--¡Bendita sea!--dijo el célebre torero, tirando al suelo y extendiendo la capa, para que sirviese de alfombra a María--; ¡bendita sea esa garganta de cristal, capaz de hacer morir de envidia a todos los ruiseñores del mes de mayo!

--Y esos ojos--añadió otro--que hieren a más cristianos que todos los puñales de Albacete.

María pasó tan impávida y desdeñosa como siempre.

--¡Ni siquiera nos mira!--dijo Pepe Vera--. Oiga usted, prenda. Un rey es y mira a un gato. Y cuidado, caballeros, que es buena moza; a pesar de que...

--¿A pesar de qué?--dijo uno de sus compañeros.

--A pesar de ser tuerta--dijo Pepe.

Al oír estas palabras, María no pudo contener un movimiento involuntario y fijó en el grupo sus grandes ojos atónitos. Los jóvenes se echaron a reír y Pepe Vera le envió un beso en la punta de los dedos.

María comprendió inmediatamente que aquella expresión no había sido dicha sino para hacerle volver la cara. No pudo menos de sonreírse y se alejó dejando caer el pañuelo. Pepe lo recogió apresuradamente y se acercó a ella, como para devolvérselo.

--Os lo entregaré esta noche en la reja de vuestra ventana--le dijo en voz baja y con precipitación.

Al dar las doce salió María de su cama con pasos cautelosos, después de asegurarse de que su marido yacía en profundo sueño. Stein dormía, en efecto, con la sonrisa en los labios, embriagado con el incienso que había recibido aquella noche María, su esposa, su alumna, la amada de su corazón. Entre tanto un bulto negro se apoyaba en una de las rejas del piso bajo de la casa que habitaba María y que daba a una de las angostas callejuelas tan comunes en aquella ciudad. No era posible distinguir las facciones de aquel individuo, porque una mano oficiosa había apagado de antemano los faroles que alumbraban la calle.