La hija del bandido · Sección preliminar
Preliminares
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 7 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.
LOS SUBTERRANEOS
NOVELA ORIGINAL
de D.a Refugio Barragan de Toscano.
GU ADALA JALA.
Tir. de “El Católico." — Calle de D. Juan Manuel letra L.
1887.
I Q
1 “í^¡
05 í_ > 05 *3 05 03 O
gó:
2! CO
e:£
B §
Í3 fc
?c,ñ. i n? 2.6 u
INTRODUCCION.
Al Poniente de Ciudad Guzman, [antiguamente Zapotlan,] eleva su gallarda cumbre una bellísima montana, conocida con el nombre de ‘'Nevado do Colima,” por hallarse dentro de los límites del Estado de su nombre; y colocada allí por la mano de Dios, para acabarle de hermosear, haciendo aparecer su cúspide á la altura de 3,600 varas sobre el nivel del mar, y rodeada en su falda de una vegetación rica y exhuberante, como lo demuestran esos grandes bosques de palmeras, y tanta multitud de árboles y plantas, que hacen de Colima un pedaz%de aquel paraíso encantado, que arruyó la inocencia de nuestros primeros padres.
Esa azul montaña, dividida en dos altos picachos; el uno árido, consumido por la erupción de sus fuegos internos, ostentando su pavorosa melena de humo y fuego, bajo la cual se desgajan rocas calcinadas, lavas ar dientes, que vienen por decirlo así, formando una muralla en torno del coloso, que con sus constantes erupciones y retumbidos amenaza devorarlo todo y reducir a cenizas al atrevido que se le acerque: el otro esbelto y elevado con su verdor eterno, sus pájaros, sus flores, sus aromas, sus vertientes de agua cristalina, remedan do cintas azuladas, espejos claros, cuyo tenue rumor
IV.
atrae á las palomas que gustan de mirarse en ellas, y mojar sus plumas durante el calor; su cráter coronado do blanca nieve, remedando, á los rayos del sol, la toca de una virgen; ó á la luz de la luna, el pálido sudario de un muerto; esa azul montaña, repito, ha tenido siempre para mi alma un encanto desconocido, sublime y grandioso, que atrae y conmueve sus mas secretas fibras.
Por espacio de largos años, cuando la juventud me sonreía, y las ilusiones rebullían en mi cerebro como bandadas de alegres mariposas, la han contemplado mis ojos con alegría, con admiración, con entusiasmo. Y en esas horas de arrobamiento, ha vibrado mi lira, bajo la presión del sentimiento, y be cantado su belleza agreste y poética.
Hoy la miro aun con la misma alegría; pero no con la misma idealidad que entónces.
Ella, es cierto, no ha cambiado de verdor ni de forma; su belleza es la misma; pero mi corazón
¡cuánto ha cambiado!
A su vista, mil recuerdos tristes se agolpan á mi memoria, mil fantasmas Girantes asaltan mi imaginación; y mis ojos creen mirar las terribles escenas que se agitaron en su seno durante mas de 40 años, y que hacen de ella, la montaña temible de las tradiciones, el testigo inquebrantable del bandalismo, que enseñoreada allí, formó una época de recuerdos desagradables y terribles.
Porque esa montaña, huequeada en la mitad de su base por intrincados subterráneos, desconocidos hasta hoy en su mayor parte, fué guarida de bandidos; abrigo do pasiones bastardas, y depósito impenetrable de tesoros incalculables; tesoros buscados hasta en épocas muy recientes, como lo atestiguan algunas fechas grabadas en la corteza de algunos árboles, por la mano de osos expedicionarios, á muchos de los cuales conozco, y que á fuerza de lucha y de trabajo constante, aunque
infructuoso, pueden proporcionarnos datos verídicos so bre la construcción de esos subterráneos.
En ella se enseñorearon los bandidos por largo tiempo, bajo el mando de diversos capitanes, célebres por su rapiña, ferocidad y valor.
Uno de ellos, y quizá de los más célebres, por sus crímenes, fue sin duda, Vicente Colombo, del que me ocuparé en el presente libro; sin hacer mas que trasladar al papel, aunque ligeramente ataviada con el lenguaje de la ficción y de la novela, la relación que de sus hechos me hizo una tarde la tia Mariana.
La tia Mariana, era una viejecita simpática, divertida, y que solia contarme mil cosas que yo escuchaba siempre con gusto.
Era una de esas mujeres que todo lo inquieren, lo profundizan, lo cuentan y lo abultan, con frases exageradas y agradables al mismo tiempo.
Cuando referia aVun acontecimiento, revelaba en su
O 7
acento, en sus palabras y hasta en sus ademanes, tal animacion, que parecía que sus escenas se desarrollaban realmente á los ojos del que la escuchaba.
En una palabra; la tia Mariana interesaba la ima ginacion, sin cansarla; divertía y amenizaba la monotonía de las horas, con tal que se la pudiese escuchar.
Básteme esto, para que se me perdone que bajo la impresión de sus palabras, haya trazado mi mano los cuadros que forman la presente novela; cuyo argumento se adapta á las tradiciones vulgares, ó no, que se cuentan de esa montaña deliciosa; que la tia Mariana supo presentar á mis ojos como morada de vivientes y envuelta en el misterio del crimen; de esa montaña donde se cree existen inmensos tesoros; y donde, no puede negarse, se encuentran grandes y extensas cuevas subterráneas labradas á pico por la mano del hombre.
Termino esta introducción, suplicando á mis lectores, me juzguen como simple novelista y no como narradora de hechos verídicos.
Lo que escribo no es mas que una novela desarrolla-
da, como dije antes, al influjo de tradiciones puramente vulgares, que si tienen un origen verdadero, solo las habré pasado al papel, embellecidas con el lenguaje de la ficción y de la poesía.
Jhitm
LA HIJA DEL BANDIDO O LOS SUBTERRANEOS DEL NEVADO,
LIBRO I.
LOS BANDIDOS DE CAMINO REAL
CAPITULO I.
La víspera de un cumpleaños*
El toque de oración resonaba en las vecinas rocas, repercutiéndose pausadamente en cada uno de sus altos vericuetos, y comunicando al hltimo miraje del dia, esa melancolía, mezclada de tristeza y de cansancio, en que tanta parte toman las fatigas y rumores que se alejan,, como el reposo que se vi zlu rubra ya cercano.
La ronca voz de la campana que despide al día, vibraba aun, ronca y clamorosa, cuando dos hombres, recatándose cuanto podian á las miradas curiosas de los transeúntes; montados en briosos caballos., que hacían saltar chispas de lumbre, bajo la presión de sus herraduras chocadas con las piedras; perfectamente embozados con grandes zarapes del Saltillo, y los sombreros de anchas alas, calados hasta los ojos, salían de C. Guzmau, por la calle recta de San Pedro.
A juzgar por las apariencias, aquellos hombres parecían ser dos buenos amigos, que se dirigían á la garita, ó simplemente se ocupaban de dar un paseo, gozando la frescura de una noche tibia, embalsamada y envuelta en los efluvios trasparentes de la luna llena; de esa viajera incansable de los espacios, cu va redonda cara,,
parece sonreir a la naturaleza; de esa lámpara de oro que surge entre las estrellas, con la misma altanería, que una reina entre sus damas.
Ai llegar frente á la garita, se vieron detenidos por un guarda, que marcándoles el alto, les preguntó:
— ¿Quienes sois, y á dónde vais?
— Pertenecemos á la policía secreta, y vamos á Zapotiltic, donde sabemos que merodean unos pilletes, hijos de Caco, contestó uno de ellos en voz baja.
— La contraseña, insistió el guarda.
— “Seguridad por la corona de Castilla,” contestó el interpelado al oido del guarda, como si temiese que sus palabras fuesen escuchadas por algún estraño.
/ — ¡Adelante y buen éxito! exclamó el guarda, volviéndose á ocupar su puesto, muy satisfecho de sus deberes. v
Los ginetes desaparecieron entre una nube de polvo, oprimiendo con las espuelas, los hijares de sus corceles, y guardando silencio.
Al llegar al Pedregal, y yá en un punto en que los huizaches, formaban una sombra oscura y compacta, torcieron hacia la derecha, tomando una estrecha vereda, difícil y pedregosa, por la cual comenzaron á subir hácia la falda del Volcan.
Aquel estrecho camino, les era sin duda, muy conocido, porque caminaban de prisa, y sin cuidarse mayor cosa de las grietas, rocas, y aberturas, que tienen generalmente todas las montañas.
Habian andado asi cosa de dos horas, y comenzaban á bordear una bellísima barranca, sombreada por altos y flexibles ocotillos, cuyas ramas movidas por el ambiente de la noche, formaban ese poético rumor que puede llamarse, la armonía de la sierra, por la melancólica dulzura que infunde al corazón.
Uno de los nocturnos viajeros, y que era el mismo que habia contestado al guarda, dirigió entonces una mirada recelosa en torno suyo; y cerciorado sin duda, de que nadie podría escucharle, dijo á su compañero.
— Nos hallamos en la barranca del Arroyo Seco: los peligros disminuyen; podemos hablar algo, porque ya la boca se nos apesta á cobre.
— Es verdad, mi Capitán, contestó el que marchaba á su lado; rato hace que la sin hueso no hace su oficio.
Después de un momento, añadió como refleccionando:
— ¡Qué diablos! si los guardas no fueran tan caballos como todos los gobierneros, esta noche nos hubieran atrapado: porque la luna no deja de ser una mala compañera para los de nuestra calaña.
— Tú ves, Teodoro, el lado malo, pero no el bueno. También pudimos nosotros volarle al maldito guarda la tapa de los sesos; maniobra de que me hubiera encargado con todo mi gusto y sin gran trabajo, por aquello de. . . .
— “Quien roba ó mata ladrón tiene. . . .
Teodoro se interrumpió con malicia.
— ^¡Cien años de perdón! exclamó el Capitán completando la frase y riendo socarronamente. Has acertado. Pero volviendo al mal percance que pudiera habernos sucedido, ya ves que la suerte nos fué favorable como siempre. Me envanezco de tener 17 años reinando en esta montaña, sin que en todo este tiempo haya fracasado ninguna de mis empresas. Tú eres un testigo de ello.
— Si, mi Capitán; pero lo que no me cabe en la mollera, es que Migamos ido á Zapotlan en pleno dia, hoy que la policía nos sigue la pista con tanto ardor, deseosa de echarnos garra. Por mas que me devano los sesos, no hallo. . . .
— No hallas el motivo; pero yo te lo explicaré, dijo el Capitán encendiendo un cigarro. Mañana cumple mi María 15 años: es ya una señorita. Y deseando hacerle un regalo que no se debiera á la rapiña, sino á mi dinero, he ido alia, tomándote a ti por compañero, que eres de mi cuadrilla el más adicto, intrépido y valiente.
Teodoro se irguió sobre la silla diciendo:
— Esa confianza, mo honra mucho, mi Capitán.
¿Y habéis comprado. . . .
—Un regalo, del que forman parte, un libro místico y un Santo Cristo de marfil.
, — ¡Si-pensareis hacerla monja, mi Capitán!
— Casi, casi lo es ya, contestó este melancólicamente. La pobre niña vive siempre guardada, si no por espesas rejas de hierro; si, por rocas impenetrables, donde solo el águila anida, y donde habrán de estrellarse siempre, todas las pesquisas de la policía.
—n ¡Valla un regalo! tornó á exclamar Teodoro.
— qQue ella estimará mucho, porque es buena como un ángel! dijo el Capitán suspirando.
Al terminar estas palabras, llegaban á una espían ada angosta, cubierta de árboles y breñales; tupidas guias de challotillo, zandía cimarrona y yedras silvestres, impedian á cada paso, que las cabalgaduras de los ginetes continuasen su camino sin desvio, por lo que á cada momento, torcian la vereda que llevaban; pero esto sin fatiga ni inquietud, pues parecían familiarizados de mucho tiempo, con aquellos parajes incultos.
Continuando su camino, llegaron al fin de la esplanada, que semejante á un cono dibujado, terminaba en punta, desde allá siguieron culebriilando un sendero angosto, en el cual muy apenas podian dar el pascf los caballos. A los lados de este sendero, se elevaban inmensas rocas, que hacían imposible, la sagacidad de una mirada que desde fuera, quisiese penetrarle.
De cuando en cuando, saltaban sobre aquellos atletas de la ruda naturaleza, esbeltos venados y ligeras ardillas, que hacían volver la cabeza á nuestros hombres, y que huian, perseguidas por algún lobo hambriento.
Al final de aquella barranquilla profunda 3^ lóbrega, los caballos se detuvieron por costumbre; y también porque de allí no habrían podido pasar.
El Capitán aplicó á sus labios un cuerno Mo caza, despidiendo un sonido hueco y prolongado; y acto con-
tinao, aquel sonido fue contestado por otro, que mas bien parecía graznido de lechuza, que sonido humano. Y casi al mismo tiempo apareció por entre las malezas y rocas otro hombre de mala catadura, vestido sucio y harapiento, y con una ancha cicatriz en la mejilla izquierda.
— ¿Qué hay de nuevo*' preguntó el Capitán al apa^ recido.
— Nada, mi Capitán, respondió serenamente el hombre.
— Pues mete los caballos y échales rastrojo, porque lo que hoy han andado no es muy poco, que digamos.
El Capitán y su compañero echaron pié á tierra. Y nuestio hombre tomando los caballos por la brida, se adelantó por una barranquilla montuosa que partía del sitio donde estaban, hácia la derecha.
Acercóse a un alto paredón, examinando antes el sitio; y colocando la mano en un borde saliente que la maleza cubría, y que él apartó con cuidado; separó un grueso tablón tan perfectamente cubierto por el barro, que aun se veian nacidos en él, algunos mechones de zacate.
Entonces pudo verse una oquedad bastante ámplia en dimensiones, y tan profunda, que no se habría podido determinar su grandor á la simple mirada. Básteme añadir, que su entrada era bastante ámplia para dar paso á cucilquier caballo ó muía cargada. ,
Aun existen al pié de este volcan, y en distintas direcciones, algunas bocas detestas cuevas subterráneas, que son frecuentemente visitadas, aunque nadie se atreve á penetrar en ellas. Dícese que estaban destinadas á hacer desaparecer las muías cargadas, secuestradas por los ladrones en aquellos contornos.
El hombre alargó la rienda de un. caballo, hasta colocarlos uno tras otro, y estirándolos, comenzó á andar por aquel estraño pasillo; cuyo declive casi tendido le condujo bien pronto, á un pequeño patio, perdido en aque! laberinto de rocas, y que apénas daban entrada,
— G —
por ignoradas grietas, á una luz débil y opaca. En aquella estraña pesebrera liabia una pileta de piedra llena de agua, y dos ó tres montones de paja y rastrojo.
Desensilló los caballos; colocó las sillas en una alta roca, saliente hácia adentro; y tornó á salir, asegurando bien por medio de un resorte, aquel gran tablón adherido á la roca.
Ya fuera otra vez, retrocedió doce pasos; levantó una piedra, y desapareció por una hendidura, que esta guardaba, dejando caer la piedra tras sí. Encendió lina linterna, y casi arrastrándose, porque no podia ser de otra manera, atravesó un subterráneo, á cuyo término, la oquedad ensanchándose tenía la figura de un cuadrado perfecto.
Aquella cueva, labrada á pico por la mano del hombre, era digna de estudio, por lo bien pulido de sus paredes altas ó iguales. En el centro de cada una de estas, sobresalía, de la misma roca, una especie de nariz como de unas nueve pulgadas de espesor, y atravesada de lado á lado horizontalmente por un taladro.
Por cada uno de estos taladros, pasaba una zoga, cuyos extremos, unidos unos y otros, formaban hácia el centro de la cueva, un grueso calabrote, que iba á perderse en un agujero abierto en el centro de aquella, y que tenia las dimensiones de una boca de noria.
Asido nuestro hombre de aquel macizo calabrote, desendió tan rápidamente como un cubo de noria, encontrándose luego en una cueva cuadrilonga, en cuyo centro, otros hombres mal vestidos y sentados en el suelo formando rueda, jugaban albures, sobre un zarape súcio y raido, que extendido en el suelo, servia de carpeta á aquellos discípulos de Birjan.
Al ver al viajero del calabrote, uno de aquellos hombres, y que parecia ser el mas jóven, porque á lo sumo contaria 25 años, exclamó:
— ¡ El Pinacate en tierra! Ea, muchachos! bien podemos pelarle algunas cuartillas. Campo, y que entre á la rueda.
— ¡Si, si; campo al Pinacate! gritaron a un tiempo todos aquellos hombres con acento vinoso y cara repugnante.
El Pinacate, como sus compañeros le llamaban, no se hizo del rogar; y doblando las piernas íué á sentarse en un claro, que los otros replegándose, habian dejado.
— Mucho has estado fuera, ¿que traes de nuevo? pre guntó uno.
— Lo de siempre, dijo el Pinacate con énfasis, que el señor gobierno pela el ojo y nos sigue la pista.
— ¡Bah! ese señor no dará con nosotros por mas que se desnarice, dijo otro con desprecio.
— No hay que fiar, valecito, exclamó el mas viejo: tarde ó temprano se pagan las deudas; y nosotros tenemos algunas.
— Mientras tengamos un Capitán tan valiente como el que tenemos, creo que no pagaremos las tales deudas, contestó el que se hallaba á la derecha del viejo.
Y codeando al que estaba á su lado, añadió :
, — Y tú, Patiüo, qué diablos tienes que no hablas hoy? ¿En qué piensas?
El interpelado le miró; y con aceuto zocarron le con testó:
— Pensaba, en que si el Capitán es muy valiente, su hija es muy hermosa.
— ¡Cuidado que está muy alta para tí! murmuró otro de la rueda.
— No tanto como crees, dijo Patino con altanería.
— Es que insistió otro.
— ¡Lo bello no puede dejar de admirarse con los ojos y de amarse con el corazón, contestó Patifio.
— sChist ! El Capitán llega, murmuró el Pinacate colocando un dedo sobre la boca y aguzando el oído.
Efectivamente, como si las anteriores palabras fuesen una contraseña, vióse aparecer tras ellos al Capitán, llevando á la cintura un ancho puñal y un par de pisto las bien montadas y finas.
-8-
Pero echemos una mirada rápida sobre su personal, para tener una idea del famoso bandido, que por entonces aterrorizaba todos aquellos contornos.
Su estatura era mas que mediana, y do regular complexión. Su rostro demasiado tostado por el sol, ora ligeramente redondeado, pediendo notarse en el la dureza del alma que le animaba. Sus ojos poseían una mirada sagaz y penetrante, chispa del alma depositada á la sombra de una espesa ceja, que dilatando sus extremos sobre la abultada nariz, parecia formar un solo hilo levemente arqueado. Una patilla negra, abundan te y larga caía sobre su pecho, y sus labios que eran gruesos rara vez dejaban asomar una sonrisa.
Hombre de valor y de resolución, no se arredraba nn te el peligro: y jamás sus compañeros le liabian visto volver la espalda al enemigo.
En el campo del honor, defendiendo los sagrados derechos del ciudadano; sosteniendo una causa justa ó peleando por su patria, Colombo habría sido un héroe: en el campo del crimen y del bandalismo, á cuya carrera se había dedicado desde muy joven, dirigiendo el asalto de despojo; atropellando todo derecho, solo era un bandido terrible, cuyo nombre se recitaba con pavor, cuya crueldad y dureza eran comentadasen grado superlativo.
Adelantándose con aire de rey hacia la rueda de ju gadores, y atizando con una mano la barba, un tanto crespa, exclamó:
— ¡Hola! muchachos! veo que estáis muy descansados, ganándoos las pesetas como si ningún trabajo os
diese adquirirlas.
— ¡Ay mi Capitán! exclamó el Pinacate, y mucho que nos dá. Nos cuesta mas trabajo que á sus dueños legítimos, porque ellos ni exponen la pelleja, ni corren el peligro de balancearse en lo alto de un palo, sirvien do de banquete á los zopilotes, como nosotros.
¡ Eah! ¿con que no tienen ese peligro? ¿pues a qué
— 9 —
están expuestos cuando caen en nuestras manos? preguntó otro, mirando con sorna al Pinacate.
— Hasta ahí, valecito, ni mosca que se te pare en frente, porque has dicho la mera verdá, dijo el mas viejo*
1 r— ¡Bien, bien! exclamó el Capitán, poniendo término al diálogo de sus camaradas, dejad á un lado las balacas. ¿Sabéis borricos que mañana tendremos un gran dia?
— Alguna conducta como la que quitamos hace dos
años, custodiada por el Coronel Miranda ? dijo
Patiño.
— Mejor que eso todavía, murmuró el Capitán riéndose; para la conducta necesitaríamos plomazos y puñaladas; pero para lo que habrá mañana, ni arremeteremos soldados, ni* emprenderemos asalto, ni nos arrastraremos por entre las rocas y matorrales como los lagartijos; solo tendremos que vaciar algunas botellas de buen vino, comer bien y hablar mucho, brindando á la salad de María que ajusta los 15 abriles, como dicen los poetas.
— ¡Viva nuestro Cápitan y su hermosa hija! gritaron en coro los bandidos.
-^Conque á dormir, muchachos, añadió el Capitán, con eso os levantareis mas temprano.
— A dormir, á dormir, repitieron en coro.
El Capitán se alejó de allí. Y los bandidos obedientes á su jefe, disolvieron la rueda; y envolviéndose cada cual en su frazada, se tiraron en el suelo, hablando de la fiesta de otro dia.
Solo uno de ellos, Andrés Patino, quedó largo rato en pié fumándose un puro, y viendo distraidamente hácia la puerta de comunicación por donde el Capitán había desaparecido.
Era probable que aquel hombre meditaba algo, porque al ir á tenderse en su jergón, murmuró entre dientes:
•-Mi plan está trazado: los engañaré a todos para
-10-
Los si'htkiíhant.os peí. Nevado
que no desconfíen, y después /olí! yo veré cómo,
pero ella será ni i a.
Entretanto el Capitán, siguiendo por un estrecho subterráneo, se encontró bien pronto en otra cueva que, aunque mas pequeña en dimensiones que la anterior, revelaba ser su habitación, por los objetos que en ella se veían.
Consistían estos, en un catre de lona, á cuya cabecera había colgadas, sin orden ninguno, armas blancas, y de fuego, de todas clases; una gran mesa de nogal, dos cajas, y media docena de sillas de tule.
El Capitán se sentó en una silla cerca de la mesa, sobre la cual se veian, cercanas á la pared algunas lióte lias de vino á medio destapar; y al centro una gran caja de cartón, atada con un listón de raso encarnado.
Apoyó la frente en el borde de la mesa, y cerró los ojos como si durmiese; aunque en realidad no dormía.
Era indudable que aquel hombre, agobiado con el pe so de una conciencia criminal, no había podido conciliar el sueño tan fácilmente; y solo por dár á su espíri tu fatigado un descanso efímero, apoyaba la dura frente, preñada de pensamientos oscuros como su conciencia, y cerraba los ojos acostumbrados á ver casi siempre imágenes sombrías.
De pronto un relox, que colgaba de una de aquellas frías paredes, dejó escuchar once campanadas, tan tristes como aquellos subterráneos en que el vicio se enseñoreaba protejido por rocas inaccesibles.
Colombo levantó lentamente la cabeza, como si vol - viese de un vértigo terrible, y murmuró con acento ron c o:
¡Oh! si yo pudiese mañana, dar á mi hija un nombre limpio que la protejiera contra toda sospecha! ¡Si pudiera presentarla, ante esa sociedad que me aborrece y pone precio á mi cabeza, no como la hija de un bandido miserable, sino como la hi ja de un Coronel honra
do ! ¡Pero imposible, imposible; mi cío -
seo se estrella siempre contra la voluntad de ese hom-
-li-
bro de hierro, que no vencen ni la oscuridad de su calabozo, ni ei hambre, ni la miseria que le hago sentir, hace dos años!
El Capitán guardó silencio un breve rato, dando vueltas á lo largo de la cueva, con las manos enlazadas por la espalda, hacia la cintura, y luego prosiguió:
¡ Ah! ¿por qué amo tanto á María? Sin ella, no ambicionaría salir de este sepulcro: sin ella, la muerte me seria indiferente, ó indiferente también la vida que llevo; ¡pero ella,! ella! es el lazo precioso que me une
á la vida; la idea fija y constante en mi cerebro para intranquilizar mi corazón! Porque todo, todo lo
quisiera para ella; riqueza, honores, felicidad!
¡Pero bah! ¿No puede lograrse hoy, lo que ayer parecía imposible? Probemos. El Coronel tiene una
hija, una esposa y cederá al fin, como cede la
gruesa encina á la tenacidad del hacha que la derrumba!
Colombo tomó una linterna, y salió con paso precipitado.
Sigámosle por uno de aquellos impenetrables subterráneos, tan conocidos de él; y penetremos á su lado, á otra cueva pequeña, húmeda y hedionda, desconocida aun paia nosotros, y cuyas paredes parecían desmoronarse sobre su cabeza.
¡Nada más lóbrego ni triste que aquel oscuro rincón, donde Colombo acababa de penetrar! Podria decirse con propiedad, que era una tumba, donde el sepulturero aun no arrojaba la tierra que debía cubrirla. Una escasa luz iluminaba sus ángulos, con un reflejo tan débil, como el que despide el moribundo de su apagada pupila; y nada allí denunciara la existencia de algún ser viviente, si al oído no llegase el eco débil y vago de una respiración cortada y afanosa.
Colombo giró la vista en torno suyo, y una sonrisa de soberano desprecio se dibujó en sus labios.
Al frente de él, sobre una sucia manta, un hombre pálido y demacrado, acababa de incorporarse, dejando
—12—
Los SirnTEHHAiNEoS DEL NEVADO.
brillar en sus ojos esa chispa terrible y abrumadora de un odio reconcentrado. Mirada que no pasó desapercibida para el Capital), quien adelantándose algunos pasos, al que parecía provocarle, exclamó:
— El oso tiene garras; pero de nada le sirven cuando se le tiene sujeto.
— ¡Ay! del que le sujeta, si el oso llega á romper la mordaza, y el opresor está á su alcance, contestó el alu dido; que no era mas que un prisionero, una víctima del terrible Colombo.
El Capitán lanzó una carcajada burlesca, cuyo eco re produjeron aquellas huecas paredes, y preguntó en se - guida con sarcástico acento y refinada ironía:
Es decir ¿que tiene vd. esperanza de traspasar es tas impenetrables rocas, que mas fuertes que una mu ralla de hierro, se levantan en derredor, y de burlar lina vigilancia que no fío á nadie, fugándose por una de esas salidas que le harían devanar inútilmente los sesos, sin conseguir el objeto?
Una risa burlona siguió á estas palabras.
El prisionero se mordió los labios hasta hacerse san gre. No era necesario que su antagonista le burlase de aquella manera. Demasiado comprendía, que de aquel profundo sepulcro, solo la Providencia podía salvarle; y como buen cristiano, esperaba en ella. ¡Es tan dulce esperar!
Hay un adagio que dice: “La esperanza es la ultima que muere.”
Este adagio se confirma diariamente en cada uno de los descendientes de Adan, que son innumerables como las estrellas, si desde el Paraíso, los contamos, sujetándolos á la Aritmética.
La esperanza, ese fanal bellísimo de blanca luz, está en todas partes, iluminando con sus benéficos rayos, los mas negros calabozos y las tumbas mas desiertas.
Donde hay lágrimas que enjugar; allí está ella, para recojerlas en su orlado manto. Si hay suspiros, los alivia; si dolores, los suaviza; si infortunios, los endul-
— lo
za con mano pródiga, dejando escuchar esta consoladora frase “Espera!”
Cuando el Señor mandó a la tierra el bello séquito de sus virtudes, viendo á las tres primeras exclamó:
— La Fé, sera la luz que guíe al hombreen las tinieblas de la vida: la Caridad le abrigará en su seno, y la Esperanza le detendrá al borde del abismo, abierto por las amargas decepciones de la vida.
¡Dulce y consoladora misión de la esperanza!
Pero volvamos á nuestros personajes.
El Capitán contempló al preso por unos breves momentos, y luego prosiguió:
— Desengañaos; estáis en poder de un hombre que os necesita, y que ha puesto de sobra todos los medios necesarios para vuestra seguridad. La menor tentativa de evasión por vuestra parte, será una sentencia de muerte.
— ¡La muerte! no la temo: ella me libraría de veros, interrumpió el preso con acento resuelto.
— Y sin embargo, prosiguió el Capitán, con un tono de voz, en que se revelaba la convicción del sentimiento; cuando se tiene una buena esposa y un hija tan bella como la que vd. tiene, debe ser muy doloroso bajar al sepulcro, dejándolas en la miseria; y mas cuando, como vd. posee los medios, no solo de aliviar esa miseria, sino de volver á verlas para vivir siempre á su lado.
El prisionero sonrió amargamente; murmurando:
— Vamos, ¿habéis discurrido otros ó son los mismos medios que me proponéis todos los dias?
—Los mismos; observó el Capitán, mordiéndose los labios con ira.
El prisionero guardó silencio, y el Capitán continuó, como alentando una esperanza.
v — Ese silencio augura en mi favor; y como creo que estaréis aburrido de esta soledad que solo yo interrumpo de vez en cuando
— ¡Estáis engañado! No es la soledad, la que me cansa, sino el tener que veros: esa soledad que me acu-
—14 —
LOS SUBTERRANEOS DEL N EVADO.
sais, es preferible por mi, ;í la compañía de tui bandido miserable! exclamó el prisionero con odio.
— ; Imponed silencio á vuestra lengua si no queréis!
dijo el Capitán temblando de cólera; y dando
en seguida un fuerte golpe con el pié, en el suelo, anadió:
— Por última, vez, ¿aceptáis/
— ¡No! contestó el desconocido con acento firme.
— Esta bien! os haré matar como á un perro!
v— Os he dicho que no me arredra la muerte; ¡dádmela! El frió puñal del asesino herirá mi pecho sin hacerle temblar!
El bandido apretó los puños lívido de cólera.
—Sea, ya que lo queréis, añadió el bandido reponién dose: el asesino como me llamáis no os matará, porque fuera poco á su sed de venganza. Teneis una hija. . . . ¿sabéis lo que será de ella?
El prisionero como si presintiese lo horrible de esta amenaza apenas indicada, exclamó con angustia:
— ¡Oh! callad, callad !
El bandido aparentando no escucharle, prosiguió:
— -El milano, cayendo sobre esa inocente paloma, a ti lará sus garras; y se cebará en ella, destrozando su inocencia, su virtud, su honra!
-^¡Miserable! miserable! exclamó el prisionero con exaltación y cerrando los puños con fuerza.
El Capitán continuó con estoica calma, sin lijarse en aquel ademan amenazador:
— Su nombre resonará en estos oscuros subterráneos, entre las risadas insolentes y burlescas, de esos hombres que me acompañan acaudillados por el crimen! En una palabra, ¡Cecilia Miranda está sentenciada, por el temible Capitán de los Subterráneos del Nevado, que llevará su venganza aun mas allá de lo que podáis imaginaros!
Al terminar amenaza tan horrible, volvió la espalda al preso, en ademan de irse.
Pero este, dando un paso hacia adelante, con la vis-
La Hí.ta peí. Bandido ó
—15—
ta extraviada; convulso y agitado, exclamo en tono su pl i can te.
— ¡Esperad! esperad! ¿sereis capaz de tan gran-
de infamia? ¿Qué os ha hecho mi hija para que asi la aborrezcáis? ¡Oh!
— Os ha dicho alguien que la aborrezco? No; pero está sentenciada á pagar los caprichos de su padre, quien fácilmente la salvaría, si la amase como yo amo á mi hija!
— Pues bien, exclamó el preso con desesperación: ¡matadme! ¡hacedme pedazos, ya que estoy en vuestro poder; pero respetad la familia de un infortunado, que no tiene mas delito que parecerse á vos físicamente!
El Capitán le contempló largo rato con los brazos cruzados, y dijo en seguida, con calma estudiada;
— No tengo necesidad de perder tiempo: ¡un papel firmado por esa mano; ó Cecilia. Escojed.
v — ¡Dios mió! exclamó entonces el prisionero, con extraviados ojos.
— Yeo que estáis por lo ultimo; buenas noches, dijo el Capitán, haciendo ademan de irse.
Un vértigo horrible se apoderó del infeliz preso: en un momento creyó ver á su hija en poder de los bandidos; desgreñada, delirante, y hecha un juguete vil de sus desenfrenadas pasiones. Saltó de la manta é in terceptando el paso del bandido, tomó una de esas resoluciones extremas, que cuando tienen paso por nues - tros labios, es porque han hecho trizas el corazón, causando el extravío del cerebro, si puede explicarse así, puesto que entónces, no tenemos ya conciencia de lo que hacemos, ofuscados por el terrible vértigo del su fri miento.
— ¡Ah! exclamó: ¡el papel, el papel! la muerte
de mi honra, por la vida y la honra de mi hija!
— Al fin sois razonable; dijo el Capitán abriendo su cartera; y entregando al preso un pliego de papel limpio. Sacó en seguida un pequeño tintero de bolsa, y
ir,
Los SC l'.TERK AXF.OS DKI- NMVAI>n.
lo colocó Robre una piedra lisa que sobresalir! de una de aquellas negras paredes.
, — Podéis escribir: voy á dictar.
El pobre hombre arrimó una silla que se lo había destinado como gracia especial, en aquella honible prisión; y sentándose, se dispuso á escribir.
Un terror convulsivo agitaba todo su cuerpo; y grue sas gotas de sudor inundaban su frente.
— Podéis comenzar, dijo el bandido con alegría salvaje; y comenzó á dictar de esta manera:
— “Yo Vicente Colombo, hallándome cercano al sepulcro declaro: que hace 17 años tengo secuestrado al coronel Pedro Miranda; cuyo nombre, apellido y título, llevo desde entonces, aprovechando el parecido (pie tenemos. Declaro así mismo, que hace dos años, durante la refriega que precedió al robo de la última conducta, confiada á mi custodia y asaltada por empresa rnia
— ¡Imposible! imposible! exclamó el preso parándose con la exaltación de un demente, que se ve asediado. ; l mposible! .... yo traidor! .... yo bandido! .... y mí
mi hija, mi hija la hija de un bandido! nó
mil veces no !... . El coronel Miranda minease ha vendido!
Al decir estas palabras y antes que Colombo pudiera evitarlo, rompió con mano crispada el pliego que tenia delante.
Colombo dio un fuerte golpe con el pié sobre la roca, después de intentar en vano impedírselo; y en seguida gritó, con estentórea voz:
— ¡Desgraciado! ¿con que elige vd. la deshonra de su bija? Sea como lo queréis.
--Por ventura, ¿no arrojo la deshonra sobre su frente firmando ese miserable papel? ¿Quien podría verla sin murmurar, señalándola con el dedo '“Es la hija de un bandido?”
— i Da abandonáis entonces ?
<5 LOS SUBTERRANEOS DEL NEVADO.
— 17 —
— Sí; la Providencia velará por ella, exclamó el coronel Miranda con resignación.
— s¿Es vuestra última resolución? pregunto Colombo con ir i.
— Sí. contestó secamente el coronel.
El Capitán apretó con rabia los puños, dirigió al preso una mirada de hiena; y salió de allí, murmurando palabras de venganza.
El preso, á quien en adelante llamaremos el coronel Pedro Miranda, permaneció largo rato dando vueltas en su prisión, hasta que fatigado sin duda, fue á recostarse en la sucia manta que le servia de lecho. (1)
¿Cuál era el fin que se proponía Colombo al arrancar del coronel, escrita de su puño y letra, aquella falsa y horrible confesión?
Por una de esas casualidades tan frecuentes en la naturaleza, el coronel Miranda y Colombo tenian la misma estatura, el mismo color y una, casi idéntica fisonomía.
Tal parecido hizo que concibiese éste, la satánica idea de apoderarse de aquel; y atormentarle, hasta conseguir que firmara el fatal documento, que sellado con su muerte, cosa que entraba en su plan, le abriera á él, las puertas de la sociedad, como al verdadero coronel Miranda, secuestrado haría 1? años, y libre por la muerte y arrepentimiento del supuesto Colombo.
Todo estaba perfectamente combinado por Colombo, que obrando así, no veía mas que el bien estar de su hija; cuyo amor grande, parecía encendido en su alma por la mano de Satán, para atormentarle con el y castigar sus crímenes.
(1) Se cuenta la desaparición de un coronel, durante el bandalismo enseñoreado en el Volcan, y aunque la opinión general sobre ella, fué variada, se consideró siempre al coronel, como victima de un crimen oculto.
oapitulo íl
El )liuiuscri(o.
En ía mañana deí día ocho de Setiembre de 17. . . . es decir, al dia siguiente de los sucesos ya referidos, una jóven hermosa como la ilusión del amor, b como el ensueño de un poeta, acariciaba sobre su falda, y en tre sus rosados dedos, una blanca paloma de sedosa pluma. El inocente y precioso animalillo, levantaba de vez en cuando su encorbado pico para acariciar con suaves picoteos las pequeñas manos de su jóven ama. Llamábase esta María Natividad, y acababa de cumplir 15 años. Su tez poseía ese color perla claro, que tanto embellece á la mujer de los Trópicos: sus ojofc grandes y negros como la noche, estaban velados por una abundante y rizada pestaña, sobre la que se dibujaba con admirable maestría, una ceja lijeramente arqueada: dos ángulos perfectamente cortados, formaban su boca nacarada como las fresas, á través de la cual, se distinguían dos hileras de dientes finos y blancos como las perlas. Vestía una enagua de gaza de Italia blanca adornada con encajes, y una basquiña de razo encarnado con manga corta, un tanto escotada, por lo que podian admirarse los suaves contornos de sus brazos, hombros, y garganta.
Pero si la jóven llamaba la atención, por la belleza (pie la distinguia, no la llamaba menos, el lugar en que se encontraba. Era este, una sala subterránea, sostenida í‘i) sus lados, por gruesas pilastras de roca , cuyo pe destal representaba el busto mal tallado de una mó-
Ó Los SUBTERRANEOS DEL N EVADO.
n -
mia. (1) Penetraban en ella algunos escasos rayos de sol por unas ligeras hendeduras, hechas sobre la elevación intransitable de las rocas; despeñaderos informes, á donde ninguna planta humana habría osado llegar.
Una alfombra encarnada cabria el piso, donde se veian algunas sillas de bejuco, un catre de metal, cubierto con un blanco pabellón de crespón, y colgados en las paredes, varios espeios y cuadros hermosos, representando paisajes y episodios históricos.
Todo lo que el lujo puede amontonar en un rico salón se encontraba allí, aunque en desorden, porque la habitación no se prestaba para un arreglo esquisito. De aquella sala, seguía otra mas pequeña, que servia de comedor; en ella dormía Juana la aya de María, que era una mujer de 50 años, cuerpo obeso, cara ac hatada, y cabeza cana.
Juana amaba á María, con esa idolatría propia solo de una madre, y se hubiera sacrificado por ella, siempre que hubiera sido necesario.
Amas de Juana, solia entrar á la habitación de María, un joven de veinte años, e hijo de un bandido, que había muerto en lina refriega propia de su oficio.
Este jbven se llamaba Martin. Era indio, y como desde muy pequeño había visto á María muy de cerca, pues era el que barría y hacia todos los oficios de criado, se habia acostumbrado a querer, respetar, y cuidar á su ama, como un fiel perro.
Fuera de estas dos personas y el Capitán, nadie penetraba nunca aquel santuario de recato, como todos los bandidos le llamaban.
Hecha esta ligera reseña, volvamos á María.
Cuando mas entretenida se hallaba con su hermosa
(1) El teniente coronel D. José Gómez Humaran, durante la guerra de tres años perseguido por el enemigo, se refugió con su pequeña fuerza en la montaña del Nevado, donde permaneció algunos dias. Extraviado, y acosado por la necesidad del hambre, penetró á una oquedad que tenia la forma de un salón, de cuyos arcos medio derruidos, extrajo unos pedazos de piedra que representaban unos bustos tallados ó momias.
—20
paloma, vió aparecer a sa padre con una gran caja de cartón debajo del brazo.
— ¿Quién te lia regalado esa hermosa paloma'? preguntó á su bija, con tono receloso.
— Martin me la ha traído, di jo la júven mostrándola á su padre, como es dia de mi cumple años. . . .
— Te ha hecho un bonito regalo; pero yo voy hacer te otro. Abre esa caja, dijo, dándole la que llevaba y que Maria colocó sobre su falda.
Su padre la contemplaba embelesado, mientras ella con esa ligereza que presta la curiosidad, sacó de Jacaja un corte de gró rosa, un pequeño libro, y un Santo Cristo de marfil.
— ¡Padre, padre! que hermoso es todo esto; pero sobre todo, ese Crucifijo ¿verdad que infunde mucho respeto?
Hoy mismo le pondré un altar, al pie de esa Virgen que tengo ahí, y que parece verme con tanto amor, exclamó María, con alegría infantil.
El capitán la miró asombrado, ¿era su hija, la que hablaba de aquella manera?
— Vamos le dijo, echándole un brazo al cuello, ¿quien te ha enseñado á expresarte así?
— Mi buena Juana, contestó la jóven, á quien mi madre me recomendó antes de morir.
— Bien, hija mia; ahora diviértete mas que otros dias, porque acabas de cumplir 15 años; hoy debe ser para todos nosotros un dia festivo, nadie trabajará y todos se alegrarán.
^-Ilaré lo que me ordenes, y voy á divertirme leyendo este libro.
El Capitán salió murmurando: ¡Pobrecilla, no sabe quien es su padre, si lo supiera, tal vez me aborrecería!
En la tarde de ese mismo dia, poco después de las tres, Juana se acercó misteriosamente á la jóven, que saboreaba distraída la lectura de su precioso libro.
El Capitán dormía en su asistencia un tanto ebrio,
- 21 -
lo que hacia que sus ronquidos fueren desiguales y descom pasados.
Inútil es decir que sus compañeros se encontraban en igual ó peor estado.
Juana tomó una silla, y sentándose á su lado, le dijo con acento lacrimoso:
— María, hoy has cumplido quince años.
— ¡Oh, si! pero ¿qué cuento tienen todos con esos quin ce años, que desde que amaneció están resonando á mis oidos? ¿Acaso desde ahora cambiará mi vida?pregun tó la joven con acento triste y curioso á la vez.
, — Puede ser , tartamudeó Juana.
Y levantándose fue á la puerta de comunicación á observar el sueño del Capitán.
Este movimiento fue seguido por los ojos de María, con una ansiedad indescriptible; á la que habían dado lugar las ultimas palabras de su criada.
Juana volvió á colocarse cerca de ella, diciéndole casi al oido y en voz muy baja :
— Tu padre duerme: voy á poner en tus manos un sagrado depósito, que ha estado en las mías hasta hoy, hace mas de catorce años.
María la miró con asombro, sin osar interrumpirla, tal era la sorpresa que la dominaba en aquellos momentos.
— Juana sacó de debajo del brazo un cofrecito, de linoloé, y alargándolo á María, le dijo:
— ¡Esta caja te la entrego á nombre de tu madre!
— ¡De mi madre! de mi madre! repitió la joven levantando la voz.
— ¡Silencio, María, silencio! murmuró Juana, dirigien do una mirada recelosa ala puerta que comunicaba con la alcoba del Capitán; y luego continuó:
— A la noche cuando todos duerman, y nadie pueda verte, ni oírte, abrirás esa caja y leerás el manuscrito (pie hay dentro, escrito para tí por la mano de la infortunada Paula.
— ¿Por que no me habías dado antes prenda tan pre~
*22-
ÍíA Hija del Bandido
oiosa? exclamo la jóven con voz entrecortada por las lagrima» .
— Es que ella me dijo al entregármela: '‘El dia que María cumpla quince añoSj pondrás en sus manos este cofre, que hoy fío á tu lealtad. Si mueres ántes, deposítalo á tu vez, en la persona que te inspire mas confianza, para que ella cumpla mi ultima voluntad.”
— ¡Gracia^, Juana gracias! no olvidaré nunca el servicio que nos lias prestado a mi desgraciada madre y á mí; dijo la jóven arrojándose al cuello de Juana, y estrechando el cofre contra su corazón.
— Oculta ese cofre, María; nadie debe verle; mucho menos tu padre.
María se acercó á una caja en que guardaba parte de su ropa, y ocultó en ella aquel precioso regalo de su madre, cerrándola en seguida con una llave que echó á su bolsillo.
Juana había salido; y ella tomando de nuevo el libro se puso á leer, procurando recobrar su tranquilidad.
Después de ver dos ó tres páginas, se arrodilló ante el Santo Cristo de marfil, diciendo: ¡Tu, Dios mió, has permitido que cayera en mis manos este bello libro: reconozco tu bondad y la adoro: tengo fó en tu amor; tengo fe en tu misericordia; tengo fe en tí que me has pro tejido siempre, y que hoy velarás por mí, para que nadie pueda arrebatarme ese tesoro, que me ha sido entregado á nombre de mi madre!
Como la oración tiene tan gran poder para el alma que á ella se acoje, María se sintió con ella mas tranquila, y poco á poco recobró, aunque solo en apariencia, la jovialidad propia de su carácter.
El resto de la tarde, hasta las diez de la noche, hora en que acostumbraba acostarse, le pareció mas largo que otros dias; y era que ansiaba la hora de poder leer aquel manuscrito.
Afortunadamente se había acostumbrado á dormir siempre con luz, cosa que favorecía su ansiedad, sin temor de que su padre sospechase nada.
_ 2:1
Cuando iba á acostarse, sacó la pequeña caja, y sentada junto h su lecho, la abrió silenciosamente, encontrando en ella un pequeño manuscrito.
Largo rato le contempló, sin atreverse á tomarlo entre sus dedos.
Allí estaban los últimos pensamientos de su madre; allí en aquellos dobleces amarillentos, se miraban las huellas que sus manos habian dejado; allí quiza se encerraba una terrible historia, que ella había adivinado en aquellas palabras de Juana, que hablando de su madre, había dicho: “por la infortunada Paula.”
Al cabo de un rato sacó el manuscrito y lo colocó en el borde de su catre; la caja no contenía ningún otro objeto.
Apoyó el codo derecho sobre el colchón, y en la palma de la mano, la blanca frente; rniéntras con la otra, volteó la primer foja, en la que se veía este sencillo encabezado.
“Paula.”
La jóven besó aquel nombre repetidas vece?, y después leyó lo siguiente:
“Veinte abriles habian depositado en la tierra su cas- “to beso vistiéndola de frutos, coronándola de esquisi- “tas ñores, y regándola de aromas delicados y perfúmamelas brisas.
“Mi juventud se encontraba en la fuerza de su vida, “es decir, en esa edad en que las ilusiones tienen para el “corazón femenino doble valor, porque se despiertan “bajo la inÜuencia del espíritu reflexivo, y la ñama del “amor, que no se evapora con una sonrisa, ni con una “mirada, como el de los 15 años.
“Todos decían que era hermosa y yo lo Labia creído “así.
“¿Qué mujer á esa edad no cree que lo es, y mas, “cuando todos los dias lo oye decir?
,kYo era pobre, pero vivia feliz en el pequeño pue- “blo de Zapotiltic.
-24-
La Hija df.i, Bandido
‘ No ten i .*i mtidro ni hermanos; pero tenia a mi partiré que me amaba por todos (il los.
‘‘Perdona hija mía esta debilidad, al recordar mi juventud, que pasó tan veloz para no volver á sonreirán e.
“Mi padre era labrador, motivo por que casi siem- “pre me hallaba sola en mi pobre casa.
“Un dia, me dijo mi padre: Paula, hoy está la rnaña- “na muy nublada, y parece que no ha de llover; ¿quic- “res ir á la labor que tengo hacia la falda del Volcan?
<lYo acepté con gusto la proposición de mi padre, “pues era tiempo en que los campos están muy hermosos; nos hallábamos a principios del mes de Setiembre.
“Montamos á caballo y nos dirigimos á la labor.
“¡No quiero pasar desa percibidas las bellezas que se “presentaron entonces á mis ojos, y las que recuerdo a- “hora desde la negra tumba en que me encuentro!
“En torno mió, se levantaba una naturaleza sonríenbe, con su magnífico ropaje verde, salpicado de catabañas moradas, amarillas y blancas; estrellas de cinco “hojas, zempazúchiles silvestres, escobetillas azules, “cien colores, lirios, violetillas moradas, nacarados ra- “milletes de la viuda, cabellos de ángel, y arrogantes “llores de teja, con el corazón de terciopelo morado os- “curo.
“De cuando en cuando, un murmullo dulce y blando “llamaba mi atención; era el que producia el aire al juguetear en las labores, haciendo balanceaise las blan-- “cas espigas, y los jilotes de morado cabello.
“Parvadas de tordos negros y alegres golondrinas, “pasaban por sobre nuestras cabezas é iban á posarse “en los altos pinabetes, formando una algarabía mórcente.
“La azulada túnica de la montaña, estaba salpicada “de vapores blancos, nítidas nubes que parecían ir «á “besarla antes de evaporarse; los picachos que se elevaban en su parte alta, estaban cubiertos de nieve, y en
— 25'
tus oscuras barranquiilas, sombreadas por corpulentos “madroños, pinos y encineros, bañados algunos por las “blancas hebras del heno, cantaban mil pajarillos, cuyas “dulces modulaciones iban á perderse en aquel laberinto de desiguales cortaduras y rocas con que párete enorgullecerse la arrogante montaña del Nevado.
“Nos apeamos en un rancho pequeño techado de zahuate; allí vivia una buena mujer con su marido, que e “ra mediero de mi padre, y dos pequeños niños: almorzamos unos chilaquiles que olla nos preparó, con ese a- “petito que se adquiere en el campo.
“Poco á poco fué despejándose la atmósfera, y los “rayos del sol, cayendo perpendicularmente, sobre el “paisaje que nos rodeaba, le dieron un colorido espíen - “dido: las ñores se mecieron alegres, y las copas de los “ocoteros silbaron mecidas por ese viento juguetón que “precede al rey del dia, después de un nublado denso.
“Yo estaba tan alegre y contenta, que las horas me “parecían breves.
“Por la tarde, después de comer, salí con Andrea la. “mujer del mediero, á recorrer algunos otros bellos sitios.
“Cosa de las cuatro de la tarde, nos volvíamos á núes* tra casa mi padre y yo; y al pasar por el borde de una “barranquilla, la figura de un hombre se destacó á mis “ojos, en el fondo de ella. Era alto, de regulares faccio- “nes; pero, sin saber entonces por qué, le tuve miedo. “Sus* ojos se fijaron en mí con insistencia, y yó, que me “había quedado atras, procuré acercarme á mi padre, “quien sin duda alguna, no le había visto.
“El sol se encontraba cercano á su ocaso; sus iilti- “mos rayos apenas tibios, iban á quebrarse en las eres* “tas azuladas de esa cadena de cerros, que parecen for- “mar la corte del Nevado: el horizonte con sus nubes “de oro, grana y plata, ostentaba ricos arabescos, montañas, animales y otras mil figuras que divertían mi “vista, y que tan pronto me parecían una abrillantada “paloma, un navio velero, un carro, un muchacho, cuan-
— -2G—
‘‘do, sobreponiédose unas á otras, se levantaban como u- “ na inmensa mole, con sus filetes de oro y purpura, “sus relieves de plata, y su fondo plomizo con ráfagas “de fuego.
' — “¡Qué bello es el campo! dije á mi padre; ¡oh! yo “quisiera venir todos los dias!
“ — ¡Imposible! ántes se hace tarde, y es necesario a- “presurar el paso, porque todo esto está lleno de ban* “didos.
“Aquellas palabras de mi padre me hicieron estremecer. ¿Sería un bandido el hombre de la barranquilla? “pensé; pero entonces, ¿por qué no nos había robado, pu “diendo haberlo hecho con facilidad?
“Por no exponer á mi padre al peligro de matar ó “ser muerto, no quise decirle la aparición de aquel hom- “bre, que desde luego me pareció sospechoso.
“Las sombras de la noche, comenzaban á dibujarse “en torno nuestro; una que otra luciérnaga brillaba en “el negro crespón con que la tarde se engalana, para “desaparecer tras las siluetas de los montes, como brindantes caidos de la diadema de la noche.
“Las brisas de la misma, jugaban con mis cabellos, y “por mi mente cruzaban imágenes de felicidad.
“De repente un silbido agudo y vibrante, se dejó oír “á mi espalda; no pude menos que voltear; mi padre hi- “zo lo mismo. A la luz de un relámpago que iluminó el “horizonte, y á poca distancia de nosotros, vi al hom- “bre de la barranquilla, parado en una pequeña eraí- “nencia con los brazos cruzados sobre el pecho, y en “actitud de esperar ¿á quién ?
“Al dia siguiente, la noticia de un gran robo hecho “en las cercanías de Zapotiltic, puso en alarma á todas • “las poblaciones cercanas al Nevado.
“Entonces se grabó en mi imaginación, más terrible “todavía, la fisonomía del desconocido del monte.
“Hija mia, para tí escribo estos renglones; acaso te “'parecerá puerilidad mía, el relato que te hago de esa
(S Los SUBTERRANEOS DEL NEVADO.
‘‘noche; pero ella vino á ser para mí, como el preludio “de una tempestad que se descarga, para asolarlo todo.”
María, se hallaba tan conmovida, que suspendió la lectura por un momento, para dejar correr dos lágrimas que se desprendieron silenciosas de sus brillantes pupilas..
Alcabo de un instante, ansiosa de leer el resto de aquel manuscrito, que encerraba la historia de su madre, prosiguió de esta manera:
‘‘Ocho dias después, al salir del Templo, á donde ha- “bia ido á oir misa, volví á ver al hombre de la ba “Tranquilla; se hallaba recargado en el atrio, y sus ojos “se fijaron en mí, con esa tenacidad propia de los ena- ‘ ‘morados. Al entrar á mi casa, vi que el desconocido me Labia seguido, porque entonces se hallaba pa- “rado frente á ella. Sin darme cuenta de lo que lia- “cia, cerré violentamente la puerta.
“Aquel hombre me causaba miedo: y me preguntaba: “¿quien era? ¿por qué me seguía?
“Trascurrió el tiempo, y yo seguí víendole, aunque “no todos los dias, pero sí, los bastantes para comprender que me amaba.
“Yo por mi parte, no solo le veia con un marcado “desden, sino que llegué á manifestarle con mis miradas, el odio que me inspiraba con seguirme, expiando “todos mis pasos.
“Entre tanto, los robos del Pedregal, y de algunos “otros puntos cercanos, parecían centuplicarse. No se “escuchaban por donde quiera, mas que lamentos, lie— “gando á verse las poblaciones, que hacen el comercio “con Zapotlan y Colima, aisladas por no afrontar los “peligros de un camino que solo en caravanas se atr.e- “vian á hacer.
“Hácia fines del mes de Mayo, es decir, ocho meses “después de mi paseo al Volcan, comenzó á temerse en “Zapotiltic un asalto de los bandidos. La policía to- “mó sus precauciones, y los vecinos todos, bien arma-
28 —
La IIt.ia dkl Bandido
“dos, se reunían noche a noche, para custodiar la po “blacion.
“Pero poco á poco, los espíritus se calmaron, y la “tranquilidad volvió á las familias.
“Yo también me sentía calmada y contenta, pues ha “cia un mes, que no había vuelto á ver al desconocido.
“Una noche, de esas risueñas noches del mes de Ma - “yo, en que el cielo Lapizado de estrellas, despide sobre “la tierra un suave fulgor; y en que el calor convida al “cuerpo a recojer sobre sí el agradable frescor del “vientecillo, nos hallábamos mi padre y yo sentados á ‘ la mitad del patio de nuestra casa.
“Escuchaba absorta un cuento que me contaba de “las “Mil y una Noches,” cuando el ruido que hizo un “cuerpo pesado al caer cerca de nosotros, heló la sanare en nuestras venas.
“A la débil claridad de las estrellas, pudimos ver a “un hombre, que con un afilado puñal imponía silencio uá mi padre; mientras otro, abría la puerta que daba á “la calle.
“En un momento nos vimos rodeados por ocho ban - didos; dos de los cuales, me arrancaron de los brazos “de mi padre, donde rae kabia refugiado, poniéndome “en la boca un pañuelo; con lo que me impidieron gri* “tar.
— “¡Llevaos todo lo que hay aquí,! dijo mi padre con “tono suplicante, pero no hagais mal á mi hija.
— “Vuestra hija va á vivir desde hoy como una reída, dijo uno de ellos; y tened entendido, que es la ú¡- “nica alhaja que os robaremos.
“Instintivamente levanté mis ojos al que hablaba; era “el hombre de la barranquilla.
“¡Un grito ahogado espiró en mi garganta y quedé
‘desmayada en poder de los bandidos
“A la mañana siguiente, un débil rayo de luz me “hizo ver el sitio en que me hallaba: era una cueva sub- “teránea; y sea por deslumbrarme, y hacer que aquel
-29 ~
“sitio me fuera menos odioso, ó porque así hubiera espado dispuesto de antemano, mis ojos tropezaron con “el brillo deslumbrador del oro y de la plata que allí “me rodeaba; metales preciosos, que se hallaban amontonados junto á las paredes de la cueva, y que me “hicieron recordar el robo de las últimas conductas “que iban para el puerto del Manzanillo, (l) Di un “grito de horror, mis cabellos se crisparon como si el “frió helado de un sepulcro hubiera penetrado en mis “arterias .
“Mis ojos crecieron dentro de sus órbitas, cual si fueran á salirse de ellas: miré a todos lados; mis manos se “cruzaron sobre el pecho, crispadas por un horrible sacu- “dimiento: el recuerdo de mi padre, de quien era yo el “único consuelo, hirió mi coraion como un agudo dardo, “y caí estremecida de terror sobre aquel suelo fétido y “húmedo: una cosa horrible pasó entónces por mi cere- “bro. . . .¡la razón me había abandonado!
“Desde ese momento, hasta el dia en que naciste, no “puedo dar cuenta de mis ideas, porque estas, son confusas y faltas de la luz de la razón.
“Dios quiso que tú, ángel mió, iluminaras con tu vida “la oscuridad de mi cerebro extraviado hasta entónces.
“Cuando recobré la razón, estabas entre mis brazos, y ,,una buena mujer me acompañaba, era Juana.
— “¿Díme, le dije, como es que te hallas aquí?
— “Me lian traido por la fuerza, me contestó, para que “os asistiera.
— “Desdichada! exclamé en un arranque de lástima, el “bandido, el infame Vicente Colombo, te sentenciará á “morir en esta prisión como me ha sentenciado á mí!
(1) Mucho se ha hablado acerca de los tesoros fabulosos que se encuentran en los subterráneos del Nevado de Colima, á donde se han hecho varias escursiones en distintas épocas, en busca de ellos, la última de ellas, fue hecha hace 3 aucs, obteniendo como las anteriores, un resultado inútil, á pesar de haberse descubierto dos grandes cuevas, especie de piezas cuadrilongas.
-80
“Entonces, y como si hubiese evocado tan odioso nombre, Coloni bo se presentó á mis ojos.
“Ilacía mucho tiempo que no le había visto, y su “presencia me causó tal horror, que me cubrí la cara con “ambas manos.
¡Salid! salid! exclamé, é me mataré
“rocas!
contra estas
—“Paula, no te matarás, puesto que te juro no vol- “ver á verte. Te amaba mucho y te hice desgraciada; “hoy amo á mi hija mas que á tí, y no la privaré de su “madre. Vive tranquila. Juana será tu compañera, “mientras María cumple dos años para darte tu libertad.
“El capitán desapareció, y Juana se me acercó dicien - “do:
Paula, desde hoy nos unirá como amigas, el lazo de “la desgracia.
— “¡Acepto tu amistad, le contesté, echándole los “brazos al cuello; aunque sea por los pocos diasque me “quedan de vida!
— “¡Paula ! murmuró Juana.
— “¡Me siento herida de muerte; mi padre no volverá “á verme! exclame, estrechándote á tí hija mia, sobre mi “corazón, mientras de mis ojos se desprendían abundanbes lágrimas que iban á empapar tus manecitas
“Quince soles lian brillado sobre tu tierna frente, y bello dias hace que escribí las últimas palabras; una te- “rrible calentura se há apoderado de mi ser.
“¡Voy á morir! talvezhoy; quizá dentro de bre-
“ves momentos.
“Un buen sacerdote, á quien se ha introducido hasta “aquí, con los ojos vendados, acaba de auxiliarme.
“¡Cuánto consuelo han infundido á mi alma sus palabras.!
“¡Cuán tranquila moriré!
“Pero ántes, hija mia, voy á hacerte mis últimos en- “cargos.
-31
“Cuando hayas leído este manuscrito, tendrás 15 a- “ños, esta es mi voluntad.
“Creo no haberte dicho el nombre de mi padre, voy “á decírtelo. Se llama Pablo Medina.
“Búscale, si es que tienes la felicidad de salir de aquí. “Si es que vive, debe estar muy anciano, porque nada “consume tanto la existencia,como los dolores del alma: “socórrele, consuélale, y habíale de tu madre, la infortunada Paula.
“Ama á Juana y respétala, sin olvidar jamás que está “privada de su libertad por el amor que te profesa.
“Pero sobre todo, ama á, Dios; ten fe en su misericordia que es infinita.
“Adiós María, hija querida de mi corazón, flor inocente, que quisiera arrebatar en pos de mí, del polvo de la “tierra!
“Nada debe saber tu padre, de lo que hoy te confia tu “madre desde el borde de la tumba ! ?’
Al terminar María, la lectura de aquel manuscrito, cuyas fojas estaban regadas con sus lágrimas, levantó la cabeza, y con el pecho comprimido de dolor, exclamó:
— ¡Yo .... la hija de un bandido! .... Madre ma-
dre mia! tu debiste no haberme dejado en este valle de amarguras.!
¡La joven lloró largo rato ante aquellas palabras escritas por la mano de su madre, hacía 15 años!