La Igualdad Social y Política y sus Relaciones con la Libertad · Unidad 24 de 25

CAPÍTULO IV.

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¿ES LO MISMO IGUALDAD QUE DEMOCRACIA?

La igualdad entre los que no tienen ningún derecho y obedecen á la voluntad de uno solo ó á la ley que de él emana, es el gobierno despótico ó absoluto, no la democracia. La igualdad en el derecho político puede mirarse como sinónimo de democracia; cuando todos tienen los mismos derechos políticos, todos contribuyen igualmente á la formación de la ley, al menos en teoría, y democracia es lo mismo que igualdad.

Pero la igualdad política, la que más se debate, la que más se estudia, la que con más energía se reclama, es la menos importante, y si ha de ser algo más que una palabra vana, debe tener su raíz en la igualdad moral é intelectual. ¿Esta igualdad sigue la misma progresión que la igualdad política? ¿El pueblo está en el estado de cumplir los deberes que son consecuencia de los derechos que para él se piden? ¿No hay contradicción ninguna entre el estado social y el estado político á que tienden las sociedades modernas? La igualdad política, la democracia, ¿no tiene algún obstáculo más poderoso que las preocupaciones, los privilegios escritos y las bayonetas? Investiguémoslo.

Hemos dicho ya en la primera parte de este escrito que la igualdad intelectual de los hombres está en razón inversa de su civilización; hagamos algunas comparaciones para fijar más nuestras ideas sobre este importante asunto.

Suprimamos algunos siglos en el tiempo ó algunos centenares de leguas en el espacio. Allí están una piragua y un gran navío. ¿Qué diferencia notamos entre los tripulantes de la primera? Apenas son perceptibles; tal vez un poco más de vigor, de destreza..... en caso de necesidad aquellos hombres pueden suplirse mutuamente sin que sufra trastorno la dirección de la pequeña nave. Trasladémonos al navío: ¡qué distancia del grumete al piloto! El uno es una especie de máquina que por el resorte de la voz de mando sube ó baja, va á la derecha ó á la izquierda; el otro sabe las leyes del mundo físico, determina los movimientos de los astros; es una especie de encantador que á través de las tempestades y de las tinieblas traza un camino por la inmensidad de los mares, y le sigue sin vacilar y sin extraviarse. Probad, si os parece, á sustituir este hombre con el otro, y pronto veréis á la nave zozobrar entre escollos ó estrellarse contra las rocas.

Allí está un hombre que representa una farsa grotesca y á quien desdeñosamente llamamos _histrión_. Si enferma, si muere, poca dificultad habrá en que le sustituya otro de la compañía; cualquiera, aunque sea el que está encargado de subir y bajar el telón. Y ¿cómo reemplazar al artista, al gran artista de nuestros días, á ese mágico que nos agita, que nos conmueve, que nos aterra, que nos electriza, que nos tiene pendientes de su gesto, de su instrumento ó de su voz, que nos hace sentir con su corazón y llorar con sus ojos? ¡Qué diferencia entre esta privilegiada criatura y el comparsa que sale á blandir maquinalmente una espada que no corta, ó lleva en sus manos un instrumento que no suena!

En aquel pelotón de hombres armados hay un jefe algo más diestro y valeroso que la mayor parte de los hombres que le siguen; pero si cae no es difícil hallarle relevo: las maniobras de la pequeña hueste son tan sencillas que hay pocos que no sean capaces de dirigirlas. Mirad ese jefe de Estado Mayor, de artillería ó de ingenieros; ha pasado su vida estudiando; es un sabio; tiene un papel delante y en la mano un compás; medita profundamente: comparadle con el soldado que monda patatas para el rancho.....

Mirad aquellos dos hombres que se dedican á una industria cualquiera; el uno se llama oficial y el otro maestro, pero se echa de ver que el maestro ha sido aprendiz y que el oficial podrá llegar á ser maestro; éste no sabe la razón de la mayor parte de las cosas que practica; aquél imita las que le ve hacer; pronto sabrá tanto como él, pronto sabrá más acaso. Pero hé aquí que pasan unos cuantos siglos, la industria se perfecciona, toma proporciones gigantescas, y en vez de estar dominada por la rutina, viene á ser dirigida por la ciencia. Entrad en esa inmensa fábrica. Ved centenares de hombres haciendo cabezas de alfileres ó pulimentando mangos de cuchillos. Su inteligencia para nada se necesita; el hábito hace que desempeñen maquinalmente la tarea que les está encomendada. Siempre en la misma postura, hacen siempre idénticos movimientos, ejercitan los mismos músculos, pueden mirarse como otras tantas máquinas. Las facultades de su alma se enervan, se extinguen por falta de ejercicio; su cuerpo se desfigura, se debilita; un miembro adquiere un desarrollo anormal, y los otros se extenúan en la inacción. ¿Qué es esto? ¿Cómo se consiente que por sistema el hombre se degrade física y moralmente? ¿Qué organización es la que exige para consolidarse el sacrificio de la dignidad humana? ¡Qué queréis! La ciencia ha dicho que se hace mejor lo que se hace siempre; la división de trabajo es una indispensable condición del progreso de la industria, y el progreso de la industria es la primera necesidad de un pueblo. Bien está: si la industria reclama víctimas, arrojádselas; entréguensele miles de hombres para que los convierta en máquinas. ¡Si al menos su obra fuera completa! Pero esas máquinas sufren y hacen sufrir, son desdichadas y culpables. Contemplad esas máquinas humanas, pequeños apéndices de los grandes motores, y luego, dejando el taller, subid al despacho del ingeniero. Mirad esa cabeza encanecida antes de tiempo por el estudio, esa frente contraída por la meditación. Asombraos del caudal de conocimientos que ese hombre posee, de la fácil seguridad con que ejecuta prodigios que no comprendéis y se suceden ante vuestros pasmados ojos. ¿Y quién es ese hombre que discurre con él gravemente y tiene el aire de discutir un negocio de Estado, ese hombre que ha salido de un palacio, que ha venido en coche, que habla de las naciones de Europa ó del mundo, y de su ilustración y de sus recursos, que ha viajado, que posee un capital inmenso? Es el dueño de la fábrica, una persona muy instruída, muy inteligente, muy activa, porque la industria en grande escala, la que hace tantos prodigios, necesita actividad, inteligencia y grandes capitales, y como los necesita, los tiene, porque las sociedades modernas no niegan á la industria nada, absolutamente nada de lo que pide.

Mirad aquel hombre mugriento que presta sobre ropa vieja algunas cortas cantidades, y á quien se da desdeñosamente el nombre de _usurero_; ved ese otro, creación de las sociedades modernas, que brilla por su fausto, que deslumbra por sus riquezas, que tiene talento é influencia política; es un capitalista que presta al Rey ó al Gobierno, y recibe en garantía una nación.

No hay por qué continuar estos paralelos: de lo dicho resulta bastante claro que el dogma de la igualdad ha venido al mundo precisamente cuando los hombres son más desiguales. Y no sólo las necesidades de la industria y el estado social exigen de unos pocos grande instrucción é inteligencia y embrutecen las masas, sino que, á medida que los pueblos se han civilizado, los ricos son más ricos y los pobres más pobres. ¿Es éste el estado definitivo de la sociedad? No queremos creerlo, pero es el estado actual. En los grandes centros industriales y las ciudades populosas es cada día mayor la distancia que separa al rico, cuyo lujo aumenta todos los días, del pobre, cada vez más amenazado de la miseria extrema. ¿Qué decimos en las ciudades? En los campos se alza el cultivador capitalista que aplica el vapor á la agricultura, el ganadero opulento al lado del infeliz proletario que ha visto ó verá en breve llegar el día en que no tenga un palmo de terreno común en que pueda cortar un palo de leña, ó mantener una vaca, ni una oveja. Sin entrar en discusiones que no son de este lugar sobre estos fenómenos sociales, notemos solamente que se dice á los hombres: _sois iguales_ cuando hay más diferencias en el desarrollo de sus facultades intelectuales, en su fortuna y en sus goces; el lujo tiene refinamientos, y la miseria angustias que no conocían las sociedades menos civilizadas.

La democracia, al prescindir de la desigualdad social, no la destruye; por el contrario, hace más fatales sus consecuencias, porque se arroja sin precaución en brazos del peligro. A veces cae, ó se para, asombrada de hallar obstáculos invencibles, de ver que de sus propias filas salen tiros que la hieren, por no haber observado que la igualdad política está muchas veces combatida por la desigualdad social.

La democracia adora ciegamente el becerro de oro. Está sedienta de goces materiales, de riqueza, y se preocupa más de producirla que de su distribución. Toma á veces medidas tan insensatas, tan poco en armonía con el objeto que se propone, que no parece sino que ha resuelto suicidarse con una disolución de oro.

El mundo marcha á la democracia; pero es bien que sepa los obstáculos que ha de hallar en el camino para que se prepare á vencerlos; es bien que no se lisonjee con facilidades que no existen. Cuando se sienta como derecho un principio imposible de convertir en hecho, la lucha es inevitable, la lucha con su siniestro acompañamiento de exageraciones, de iras, de represalias. Las represalias en los combates materiales son hombres que se sacrifican; en los del entendimiento, verdades que se inmolan, errores que se enaltecen. Nuestros adversarios, ¿niegan una verdad que sostenemos? Nosotros negaremos inmediatamente otra que ellos afirman. ¿Se parapetan detrás de un error? Levantaremos otro enfrente para guarecernos de sus tiros.

La democracia, como la aristocracia, como todas las instituciones sociales, llama calumnias á las verdades que le dicen sus enemigos, y justicia á las lisonjas de sus parciales. La democracia, que, como empieza á ser poderosa, empieza á ser adulada y á tener pretensiones de infalible, no siempre ve claro, ni escucha distintamente; y deslumbrada por el brillo de sus triunfos, no echa de ver que amamanta en su seno la desigualdad, contribuyendo á que tome proporciones alarmantes. Cerniéndose en la región de las ideas, no teme que los hechos puedan servirle de peligroso obstáculo.

CONCLUSIÓN.

Al terminar nuestro trabajo, no creemos dejar apurada la materia; pero sí nos parece haber tocado los puntos de mayor interés y planteado los problemas de más importancia que la igualdad ofrece. La cuestión está erizada de dificultades, y no obstante, después de haberlas considerado de cerca, no nos parecen tan insuperables. ¿Dependerá esto de que el hombre se familiariza con todo, y el hábito le hace indiferente á la vista del peligro que le aterraba, ó en que, realmente, apartando el error y la pasión del problema de la igualdad, no hay en él nada que deba alarmar ni exasperar á clase alguna? Esta última suposición nos parece la verdadera; y así como el estudio de la Naturaleza convence más y más de la sabiduría del Hacedor, al profundizar en el de la sociedad se ve que si Dios consiente al hombre moverse conforme á su albedrío en una ancha estera, no le abandona, y escribe en su organización leyes eternas que le sirven de antorcha cuando los errores obscurecen la luz de la verdad, y de dique cuando las pasiones se desbordan.

Apartando de la cuestión todo lo que á ella han llevado el espíritu de escuela y de partido, el interés y la cólera, ¿qué es lo que vemos en ella?

La desigualdad de condiciones, que tiene su origen en la naturaleza y su justificación en la necesidad.

El peligro de llevarla más allá de los límites necesarios, y como, pasándolos, los sentimientos se pervierten y las razas se degradan.

La tendencia innata del hombre á reconocer la autoridad, á respetar la jerarquía, á establecer el orden.

Lo absurdo de desplegar grande aparato de fuerza para establecer lo que se establecería por sí solo.

La necesidad de la jerarquía, sin la cual no es posible la sociedad.

La imposibilidad de establecer la jerarquía natural; la conveniencia de aproximarse á ella cuanto sea posible.

La injusticia de atribuir á la jerarquía más derechos de los que tiene, suponiendo que puede pasar los límites que la razón y la humanidad le imponen.

El error de creer que la igualdad ante la ley es la igualdad ante la justicia, y el más fatal todavía de imaginar que la ventura está en razón de la riqueza.

El peligro de dar voto al que no tiene opinión, y la imposibilidad de que realmente pueda tomar parte en la formación de la ley el que tiene su conciencia expuesta á las tentaciones de la miseria, y su razón á las del error.

La imposibilidad de que sea beneficiosa para todos la ley hecha por unos pocos.

El riesgo que la desigualdad aumentada por la civilización presenta á la democracia.

Las facilidades que la igualdad ofrece á la medianía; los obstáculos que opone á las altas concepciones del entendimiento; y, en fin, las razones por las cuales debe considerarse que la igualdad es más bien favorable que enemiga de la libertad.

Examinada la cuestión con imparcialidad, ¿no hay motivo para calmar las iras de los de abajo y el desdén de los de arriba? ¿No se ven claramente los límites puestos por la necesidad y la justicia, y que nadie puede traspasar sin ser insensato ó perverso? ¿No se descubre la profunda raíz de cosas que intentamos derribar por juzgarlas someramente arraigadas, y el íntimo enlace de hechos que suponíamos aislados? ¿No se percibe la razón de ser en muchos fenómenos que aparecían como hijos del capricho ó de la iniquidad? ¿No nos sentimos inclinados á creer alguna cosa que se nos presentaba como dudosa, á dudar alguna que juzgábamos evidente? ¿No hemos modificado algo nuestro modo de pensar ó de sentir? ¿No somos un poco más tolerantes con las pretensiones de los que están más arriba ó más abajo, y con los errores de todos? Después de haber estudiado el problema social de la igualdad, ¿no nos sentimos más fuertes para convencer, y con una mayor tolerancia para ser convencidos?

No nos atrevemos á esperar que se impresione y modifique de este modo el ánimo de los que hayan leído este escrito; pero consistirá en que no hemos tratado el asunto como debía tratarse. ¡Dichoso el que, colocándose á la altura que requiere, haga brillar la verdad con todo su esplendor! ¡Dichoso el que desvanezca con irresistible lógica vanas esperanzas y temores insensatos! ¡Dichoso el que arranque de raíz tantos peligrosos sofismas, y dé al derecho tan ancha base que pueda resistir las oleadas del error, del interés y de la cólera! ¡Dichoso el que, viendo la cuestión de la igualdad por todas sus fases, pueda mostrarla cual es, y sustituya á las prevenciones hostiles los afectos benévolos! ¿Pero quién es bastante poderoso para conseguirlo, para intentarlo siquiera?

En nuestra época, las luchas materiales, aisladas de las del entendimiento, si por acaso existen, duran poco; todo brazo que se levanta y hiere y vuelve á herir, sabiéndolo ó sin saberlo, obedece á una idea, y si pudiera establecerse la armonía en las regiones de la inteligencia, reinaría muy pronto en el mundo material: de aquí la importancia de la teoría, y su poder y su responsabilidad. La teoría forma escuela; la escuela forma partido; el partido forma en batalla las masas armadas ó los ejércitos, y los ejércitos y las masas, acentuando su cólera con el estruendo de la artillería, escriben con sangre todo lo que han aprendido. El error y la pasión, llamando derecho á una igualdad imposible ó á un privilegio injusto, han formado el símbolo de la guerra; apresurémonos á rectificar las ideas, á investigar la verdad, y sin más que formularla, escribiremos el símbolo de la paz.

No podemos concluir este escrito sin manifestar un recelo que nos aflige. El lector, ¿dudará de la sinceridad de nuestras palabras porque á veces parece como que sostenemos el pro y el contra de todas las opiniones, ejercitándonos en una especie de equilibrios intelectuales?

Acaso se disguste de ver que no somos aristócratas, ni demócratas, partidarios del privilegio, ni niveladores, y aun sospeche de nuestra fe política notando nuestros recios ataques á campos opuestos, porque en materias en que la pasión deja rara vez de tomar parte en los fallos, suele llamarse escepticismo á la imparcialidad. Y no es que nosotros presumamos de la nuestra: hemos empezado y concluímos desconfiando de ella; mas queremos hacer notar que el asunto está entre dos escollos: ser parciales ó parecer escépticos; tal vez hemos dado en entrambos, porque no basta ser sincero para ser exacto; hay una imparcialidad que está en la inteligencia, y consiste en ver todos los lados de una cuestión; hay otra, la del corazón, que consiste en decir con lisura lo que se ve: nosotros no podemos responder más que de esta última.

Nuestro modo de discurrir podrá chocar alguna vez con las preocupaciones de la gente despreocupada, que son las más arraigadas; pero cuando hemos creído ver clara la verdad, no hemos vacilado en formularla, porque el error es una arma que acaba siempre por dispararse contra el que la emplea, y hay riesgo en suprimir la lógica de los razonamientos no pudiendo suprimir la de las cosas. ¿De qué sirve decir al pueblo ni á los poderosos: «Marchad por el vasto campo que os abre nuestro buen deseo», si se verán detenidos por la realidad, esa jaula férrea, cuyas barras no ceden nunca y rompen los miembros del que intenta forzarlas? ¿Cuál es el más amigo del pueblo? ¿El que niega la existencia de sus males y los cubre con recamado manto, ó el que los pone de manifiesto para curarlos? ¿Son un bálsamo para los dolores reales las mentidas seguridades de que no existen? La beatitud que proporciona el error es como la del opio: mata al que á ella se entrega, y la verdad es la lanza fabulosa, cura las heridas que hace.

FIN.

ÍNDICE.

Págs.