La mujer, apuntes para un libro · Capítulo real 5 de 21

CAPITULO VII

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 1 tramo técnico para mejorar el rendimiento.

CAPITULO VII.

ha maternidad.

¿Recordais por ventura los años de vuestra infancia ?

¿Recordais aquellas horas tranquilas en que libre el alma de pesares y el corazon de inquietudes, dejábais reposar vuestra cabeza en el regazo de una mujer ?

¿Recordais la ternura con que aquella mujer os acariciaba, estrechaba vuestras manos infantiles é imprimia sin ruborizarse sus lábios en vuestra frente candorosa ?

¿Recordais cuántas veces enjugaba solícita vuestro llanto, y os adormecia dulcemente al eco blando de una balada de amor?

¡Oh! Sí lo recordais. |

Los que tenemos la dicha de ver todavía á esa mujer sobre la tierra, la invocamos con cariño á todas horas. Su nombre está escrito en el corazon: es el nombre más tierno de cuantos encierra el diccionario.

El nombre solo- de MADRE nos representa aquella mujer en cuyo seno bebimos el dulcísimo néctar de la vida, en cuyo regazo dejábamos reposar nuestra cabeza ; aquella mujer que nos acariciaba; que oprimia entre las suyas nuestras manos; que besaba nuestra frente; que enjugaba nuestro llanto; que nos mecia, por fin, en sus brazos al eco blando de una balada de amor.

¡ Dichosos mil veces los que todavía podemos contemplarla con los ojos de la realidad !

Vosotros los que habeis perdido á vuestra madre, tambien podeis verla si teneis corazon y sentimiento.

Podeis verla en el ensueño dorado de vuestra felicidad. Si el astro de la noche envia sobre la tierra su pálido resplandor, figuraos que el resplandor pálido del astro de la noche es la mirada tranquila y cariñosa que vuestra madre os dirige desde el cielo. '

Si veis en la region del firmamento una blanca nubecilla que flota cual ténue gasa sostenida en sus extremos por dos ángeles, es el alma de vuestra madre que al miraros sonrie de cariño desde el cielo,

Si á la caida de una tarde melancólica sentís en el valle un eco vago que se pierde en lontananza, y que no es el canto de las aves ni el murmurio de la fuente, arrodillaos; es el aleteo de la oracion que por vosotros eleva vuestra madre. |

Si en noche apacible del estío acaricia vuestra frente una brisa consoladora , que no es la brisa de los campos ni el hálito embalsamado de las flores, estremeceos de placer: es el beso de pureza y de ternura que os envia desde el cielo vuestra madre.

Aunque la muerte la arrebate, la madre no deja nunca de existir para vosotros, los que teneis corazon _ y sentimiento.

II.

Pueblos que rebajásteis la dignidad de la mujer, que la considerásteis como un sér casi despreciable, ¡ venid! La razon os llama á juicio.

El ser que vilipendiais ha dado vida 4 vuestros héroes y á vuestros sábios.

Cuando vuestros héroes y vuestros sábios, cuando los Alejandros y los Homeros, los Césares y los Virgilios, cruzaban los azarosos dias de la infancia, una

mujer los alimentaba con el jugo de su pecho; una mujer los adormecia con el arrullo de su amor.

Cuando sus lábios empezaron á articular sonidos, una iujer les enseñó á pronunciar los nombres para vosotros venerandos; y les imbuyó vuestras creencias; y les dijo que habia una patria que debian adorar; una patria que ellos ilustraron luego con el brillo de sus conquistas ó con el mágico resplandor de su talento.

¡Detractores sistemáticos del que llamais sexo débil, recordad que habeis tenido madre, ó que la teneis todavía | l o

¡Los que negais absolutamente la virtud de la mujer, acordaos de vuestra madre!

¡Los que al nombre y á la memoria de madre no sintais latir de entusiasmo el corazon, apartad, alejaos! |

-Pero no vayais á los campos; que allí' las tiernas avecillas besan á sus madres en el nido; allí el manso recental brinca de gozo junto-á la oveja. |

No vayais á los bosques; que allí podeis ver á la pantera lamer á sus cachorros, y á la leona acariciar á sus hijuelos. |

Y no es bien que la leona y la pantera de los bosques, y la ovejá y. el ave de los prados enseñen al - hombre las leyes inmutables de la naturaleza; al hom-

bre, que es rey de la naturaleza y primera figura e en el gran panorama de la creacion.

Huid adonde el sol no alumbre, adonde halleis un espacio virgen , jamás hendido por respiracion viviente; porque donde quiera que lleguen los rayos del sol, donde exista un ser organizado y sensible, allí reinará majestuosamente la idea de la maternidad.

IT.

Cuéntase que á un pintor célebre encomendaron un cuadro, donde se bosquejasen á un tiempo el amor y la pureza.

Y el artista trasladó al lienzo la imágen de una mujer que llevaba en los brazos al hijo de sus entrañas.

Aquel pintor era un sábio. Los brazos de nuestra madre son el trono del amor y la pureza, donde en los albores de la vida del hombre brilla su majestad de rey de la creacion.

En esos primeros años de la vida, la madre viene á ser para nosotros una segunda Providencia.

En los años de la niñez, la madre es nuestra primera maestra: ella nos enseña diariamente á alzar

las manos al cielo y á bendecir al Dios de las mercedes.

Por ella aprendemos á coordinar las palabras mismas de nuestras primeras oraciones; de esos primeros himnos que el alma eleva á la Reina de los ángeles..

En los años de la adolescencia, ella nos señala los senderos de la virtud, nos avisa de .los precipicios, y quizá enjuga la primera lágrima de fuego que hace asomar á nuestros párpados un amor que no es el suyo.

¡Oh! el amor materno no arranca lágrimas de fuego; produce llanto apacible que refresca el alma, como el rocío á la tierra, como el céfiro á las flores.

En los años de la juventud consuela nuestras amarguras, perdona nuestros extravíos y es la amiga que nunca nos engaña; la amante inalterable y fiel que nos ama sin cálculo y sin interés, sin falsedad y sin celos.

Ella es la sola mujer que sin avergonzarse y sin avergonzarnos puede besar nuestra frente y estrecharnos en su seno.

Ella es la que comparte con nosotros los infortunios y los males; la que vela nuestro sueño; la que cuenta por segundos las horas de nuestro padecer; la que cierra nuestros párpados en el instante supremo; el único ser, en fin, despues de nuestro padre, que no

admite consuelos por nuestra pérdida; porque se anega su alma en el mar sin bordes del egoismo intenso del dolor.

Si es indudable que los padres ocupan en la tierra el lugar de la Divinidad, concluyamos por declarar absurdo é inconcebible el ateismo.

- No puede existir un ser racional que niegue á su madre; si existiere, debe considerarse como una excepcion.

Las excepciones, tratándose del linaje humano, se llaman. por otro nombre mónstruos. Su número es corto por fortuna. | Si consultamos la historia de la humanidad, hallaremos millares de páginas entre cada dos Nerones.

. Por cada mónstruo, esto es, por cada hombre en cuyo pecho no se abrigue el amor maternal, hay generaciones sin cuento que rinden homenaje á la santa . ley esculpida por la maño de Dios en el corazon de los mortales, y por la mano de Dios en el código inmortal del Sinay. |

En esa doble ley natural y positiva está escrito el amor materno. . ?

El amor materno es el més puro y sublime de todos nuestros amores. |

Un autor profundo y sentencioso nos ha legado esta máxima, que encierra una gran verdad:

«La mujer que con sus virtudes y sus gracias cautiva nuestra cabeza y nuestro corazon, es la que más amamos: la mujer á quien nos unimos con el vínculo del matrimonio, es la que amamos mejor: la madre es la única mujer que amamos siempre.»

IV.

Cuentan que un dia preguntó Mad. Staél al emperador Napoleon, cuál era á sus ojos la mujer más - grande del mundo: «La que haya tenido más hijos, » contestó sin vacilar Napoleon.

De cierto que Mad. Staél no esperaba esta respuesta; y, sin embargo, no cabe otra más propia en los lábios de un guerrero.

Nosotros no tenemos por la primera mujer del mundo á la que más hijos haya parido, sino á la que mejor los haya educado.

La educacion es la segunda naturaleza.

Parir muchos hijos vale infinitamente ménos que educar bien á uno solo.

¿Quién enseña á las mujeres la dificil ciencia de educar á los hijos? |

Nadie.

En los siglos en que la mujer era cosa, en que

para ella marcaba cero el termómetro de la humanidad, es inútil preguntar por la enseñanza de las ma- - dres de familia.

En las épocas posteriores, cuando ya se permitió á las mujeres la libertad de deletrear impresos y de mal pintar el abecedario, comenzaron á recibir idea de la importante mision que están llamadas á cumplir sobre la tierra.

La sociedad actual engaña cobardemente á las mujeres: las confuúnde y desvanece entre una nube de lisonjas, y como en pasados siglos, apenas les enseña á deletrear impresos y á mal pintar el abecedario.

La mujer sabe hoy todo cuanto conduce á acrecentar su vanidad de mujer, y muy poco de lo que con-

duce á desempeñar cumplidamente su noble mision de madre. -

La humanidad progresa á medias.

El .padre imprime de ordinario á los hijos su carácter; la madre lo imprime á los hijos y á las hijas.

El porvenir de las criaturas, dijo tambien Napoleon, es casi siempre obra de su madre. |

En España se agitó no há'muchos años el pensamiento de educar ceentificamente á las madres de familia; pero muy .luego fracasó aquel * pensamiento, - porque este es el país del empirismo; y hoy por hoy, no puede alcanzar fortuna lo que no tienda á disputar.

por líneas el campo de los partidos, y el supremo derecho, ó la candidez suprema, que se llama libertad política.

En dos extremos igualmente peligrosos incurren por lo general las madres en lo que denominan educacion de sus hijas: estos dos extremos son el rigorismo exagerado ó la exagerada condescendencia.:

El primero producé la hipocresía; el segundo produce la desenvoltura : de estos dos vicios ,-el segundo es más desagradable al exterior; el primero es más repugnante al alma. |

Las madres pierden muchas veces la memoria; cuando condenan 4 sus hijas á una horrible esclavitud, cuando les vedan los recreos mas. lícitos, olvidan quizá su propia historia; olvidan que más vieron sus ojos cuando amaban á' hurtadillas, que los cien ojos de Argos de la madre que las. vigilaba.

Esa vigilancia indiscreta ocasiona los “casamientos novelescos y los vergonzosos expedientes de disenso.

La condescendencia exagerada relaja los vínculos mas estrechos: y' pone -en ridículo á la. madre y á la hija. >

Porque, es fenómeno constante; en la educacion represiva de los pasados tiempos, las hijas se nivelaban con las madres en gravedad y en afectacion. En las costumbres de la moderna cultura, las madres suelen nivelarse con las hijas en ligereza y en coquetería..

Ambos extremos son igualmente censurables; el primero, tiene sin embargo una ventaja sobre el segundo; la economía; en un manto bien cumplido y un rosario se compendiaba toda la toilette; la niña más exigente se tenia por feliz ,

«Con un acerico, y una Santa Gertrudis de alcorza. »

El segundo extremo, que empieza por socavar la reputacion , concluye por destruir el capital.

Un consejo á las madres que lo necesiten. La impaciencia por colocar á las hijas es un vicio como otro cualquiera; ese vicio tiene la mala circunstancia de que suele salir á la cara; y la juventud superficial de nuestros dias , que reduce todos sus estudios al estudio de las caras, descubre luego ese vicio.

¿Y saben esas madres impacientes lo que dice la susodicha juventud en sus círculos de confianza? Nosotros, sin que sea visto que hacemos traicion y nos pasamos al ejército enemigo, vamos á revelarlo á las madres tmpacientes.

Esa juventud dice que es buena presa la que se

arranca con iguales armas á la astucia y á la sagacidad.

Dice que de madre formal es muy posible que nazca hija coqueta; pero que de madre coqueta , es casi imposible que nazca hija formal.

Dice que las alhajas de gran mérito se despachan muy bien en los bazares.

Dice, por fin, que contra el vicio de la impaciencia no hay más que una virtud : la cachaza.

Y áfé que es una de las pocas virtudes que esa juventud practica.

VI.

¿Es verdad que existen mujeres que abandonan á sus hijos ?

Hé aquí uno de los fenómenos que son verdaderos y no son verosímiles.

Existen.

Pero esas madres no deben estar organizadas como el resto de los mortales: les falta una víscera.

Un crímen guia á otro crímen: quien ocasionó el primero, es en cierto modo responsable de todos. '

No tanto horror, pero compasion y repugnancia causan tambien esas infelices que comercian con la

maternidad; las que dejan tal vez á la ventura sus propios hijos para alquilarse á los hijos de otra mujer; para vender por dinero el jugo de su pecho.

Estos seres habitan, como diria Campoamor, en el polo del infinito posifivo; pero muy cerca de la línea ecuatorial que lo divide del negativo: están tocando con el instinto.

vil.

Concluyamos.

El sentimiento de la maternidad, es de todos los tiempos y de todos los países; sin embargo, el cristianismo lo ha embellecido y sublimado: entre la Andrómaca de Homero, ó la de Eurípides, 6 la de Virgilio, y la Andrómaca de Racine, existe diferencia muy notable.

En la Andrómaca de los primeros se descubre una madre; pero una madre, como dice Chateaubriand, al gusto griego y romano. La Andrómaca de Racine es tambien una madre; pero madre mas sensible , mas interesante, mas tierna; en ella se ve, añade el sábio poeta citado, la naturaleza corregida, la naturaleza mas hermosa, la naturaleza evangélica.

El amor de la madre cristiana es la síntesis de todos los amores castos y puros.

La madre es nuestra providencia sobre la tierra en los primeros años de la vida: nuestro apoyo más firme en los años siguientes de la niñez; nuestra amiga más tierna y más leal en los años borrascosos de la juventud. |

El amor materno es el único que jamás nos engaña; el único en cuyo horizonte sereno y trasparente nunca aparece la nube de los celos.

La madre es el don de mas precio que el cielo puede otorgarnos.

Con mucha razon ha escrito (suerrero-en su linda novela estas sencillas y poéticas palabras:

«No puede llamarse infeliz el hombre que al nacer recibe de su madre el primer beso, que encuentra durante su vida la mano de su madre para coronarlo en sus glorias y para enjugar su llanto; que lucha con él, y que al cerrar para siempre los ojos vé que recoge su último suspiro quien recogió su primer aliento.» ,

Nunca es malvado el que á su madre adora, ha dicho uno de los primeros poetas de la edad presente. OS

Y los poetas son los intérpretes del corazon.