La mujer, apuntes para un libro · Capítulo real 20 de 21

CAPITULO XXV

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CAPITULO XXV.

ka felicidad.

¡Adelante , viajero! Quieres tocar con tus manos la inmensa cortina azul del firmamento; ¡adelante!

Has llegado al remoto confin donde á tu vista aparecian confundidos el cielo y la tierra. ¡ Qué imperfecta es tu vista!

No es aquí; ¡adelante, viajero!

Alá, á lo lejos, se descubre una montaña; sobre su cima descansa con majestad el firmamento. ¡ Árriba !

Lograste subir ; ¡cuán elevada se ofrece á tus ojos la serena region de las estrellas!

Otra montaña á lo lejos; no hay duda: ó el cielo

ha descendido hasta la montaña , ó la montaña se ha elevado hasta los cielos.

¡ Ánimo, viajero! —¿Por qué te paras? Bien se adivina: tú te acercas, y el firmamento se aleja; es inútil tu fatiga; ¡ no tocarás con tus manos la inmensa cortina azul del firmamento!

Así el mísero mortal, viajero del mundo , anhela uno y otro dia tocar el cielo de su esperanza, que juzga próximo á la tierra; y marcha, y corre, y sube, y se fatiga en vano.

El mundo por donde viaja el mísero mortal, no es la mansion de la felicidad.

En el espíritu humano se agita sin tregua el vehemente deseo de ser feliz. «

¿Hay quien lo sea en efecto?

Alejandro, despues de conquistar el mundo, sentia una pena; no era feliz: la pena de que no hubiese más tierra que conquistar ni más pueblos que rendir. |

Alejandro, que no habia cabido en el universo, cupo, y le sobró espacio, en los ámbitos reducidos de un sepulcro.

IT.

El hombre busca la felicidad ; la mujer la espera.

¡Por eso es tan triste la condicion de la mujer, destinada á esperar, á esperar indefinidamente!....

Si las mujeres supieran escribir, si pudiesen replicar á tantos poetas audaces como han cantado la felicidad , esos poetas audaces quedarian convictos y confesos de sublimes ignorantes ó de pérfidos impostores.

Han creido feliz 4 la mujer cuando siente halagada su vanidad: cuando una nube de lisonjas la rodea; cuando ocupa el trono de la belleza, proclamada reina por la adulacion y coronada por manos de la moda.

Nunca es ménos feliz que entonces la mujer. Sus horas de soledad son amargas; piensa en lo porvenir.

Otros han creido feliz á la mujer cuando en el fondo de su alma abriga un amor intenso y correspondido.

Tambien se engañan. La mujer que ama sufre; y quien sufre no es feliz.

¿Está en el matrimonio la felicidad de la mujer?

Si la amistad es, como decia un gran escritor, el matrimonio del alma, el amor es el alma del matrimonio. Cuando en el matrimonio deje sentirse el úni-

oo influjo de un amor santo, está resuelto el problema de la felicidad, hasta donde es posible la felicidad en este valle de dolor y de miserias.

Cuando un móvil mezquino, que puede llamarse riqueza, blasones, posicion, ejerce el influjo que solo debe ejercer el amor santo, es de temer que, sin saberlo, pacten dos seres, que tal vez no eran antes infelices, su mútua infelicidad.

Dios ha puesto sobre la tierra almas simpáticas, movidas acordemente por iguales afectos; almas que se buscan , se ven y se unen para nunca separarse: hé aquí.la suprema ventura del matrimonio: hé aquí la felicidad de la mujer.

tr.

La gran instruccion suele no hacer felices á las mujeres: la buena educacion las guia á la felicidad.

La gran instruccion mal dirigida puede arrastrarlas al desvanecimiento y á la duda; la buena educacion las enseña á ser humildes y á creer.

La gran instruccion extraviada, puede ocasionarles hastío y tristeza: la buena educacion las enseña á resignarse y á esperar.

La gran instruccion profana puede precipitarlas en

el egoismo y la desconfianza : la buena educacion las enseña á ser tolerantes y á amar.

Creer, esperar, amar; las tres preciosas virtudes, : sin las cuales la educacion no se concibe, y es falsa la instruccion.

Una mujer que no cree, es muy difícil que sea buena esposa , es casi imposible que sea buena madre.

Una mujer que no espera, es una planta seca y sombría en medio de la sociedad. |

Una mujer que no ama, que no se compadece , que no siente, debe reputarse como el baldon y el oprobio de su sexo.

No preguntemos si es feliz á la que no puede ser buena madre y buena esposa. |

No pidamos aroma y belleza á la planta seca y sombría que se alza en medio de la soledad.

No busquemos dicha en donde residen el oprobio y el baldon.

La buena educacion, esto es, la educacion verdaderamente cristiana, dulcifica las horas de la mujer, no en una edad determinada, sino en todas las edades de la vida.

Cuando niña, mata en gérmen la vanidad : cuando jóven, hace resaltar como virtudes la modestia y el pudor: cuando amante, enseña la honestidad y pureza del cariño: cuando esposa, enseña la fidelidad inal-

282 | terable y la obediencia discreta : en las alegrías, enseña la moderacion, y en los infortunios la conformidad; en la opulencia, el noble desprendimiento; en la pobreza, la noble resignacion: para los superiores, el respeto; para los inferiores, el agrado; para los amigos, la constancia; para los enemigos, el perdon; y para todos, en fin, la caridad.

Convengamos en que la educacion verdaderamente cristiana es el gran tesoro de la humanidad.

¡Que no se cierren nunca para la mujer las puertas de ese tesoro! ¡(ue permanezcan siempre de par en par abiertas, sea cualquiera el espíritu de los siglos, sean cualesquiera las preocupaciones de los hombres!

No puede ser feliz un país donde no sean felices las mujeres.

No pueden ser felices las mujeres fuera de la educacion cristiana, que es la única que impone como deberes, pero deberes muy altos, la obediencia justa, la esperanza en Dios, y el amor puro y santo.

La educacion cristiana es, pues, el solo elemento de felicidad que hay en la tierra: es garantía de la dulce paz del alma y del reposo apacible del corazon.

Con el alma turbada y el corazon intranquilo, no busques nunca la felicidad, ¡pobre viajero del mundo!