La novela de la sangre · Unidad 22 de 29

Unidad de lectura 22

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

—Sí... He sabido que don Valentín ha estado varias veces á verme; pero estoy tan ocupado con Jos asuntos públicos... ¡Y tan triste por la muerte de mi pobre - esposa! |

Aquí, el Restaurador esperó las ruidosas protestas de condolencia que estaba acostumbrado á recibir; pero doña Mauricia, siempre de pie, limitóse á murmurar: :

—Yo la quería mucho. ¡Pobre Encarnación! — y después de una breve pausa prosiguió: — Ella me había prometido también interceder por Regis, que es un buen federal, y hace ya más de tres años que está preso en Santa Fe por una equivocación, señor, ¡por equivocación!

—¡Hum! No recuerdo bien... |

—¡ Recuerde, recuerde Su Excelencia!—gimió la desolada mujer.—Francisco de Regis Válcena, hijo de don Valentín Válcena, mi hijo, que es un buen mozo, sin vicios, sin defectos, absolutamente adicto al señor gobernador!

—¿ Y qué quiere usted de mí, señora?—preguntó Ro sas recalcando las sílabas con mal disimulada impaciencia, casi con dureza. | h |

—¡Que le perdone, por la Virgen Santísima, por la memoria de Encarnación, á quien Dios salve, que le perdone! |

¡Nefasto día era aquel para pedir una gracia! El diotador acababa de recibir las más alarmantes noticias: el general Lavalle, prestigioso jefe unitario, preparaba un

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ejército en Montevideo para invadir la república; en el Sur se hablaba vagamente de una revuelta próxima á estallar; y en la misma capital, alguien le había insinua- : do la existencia de una conjuración secreta, la que se sospechaba fuera organizada por los jóvenes del círculo -social de Regis... Precisamente hacía unos minutos que el gobernador conversaba sobre tan ingratos temas con De Angelis y Corvalán...

—¡Por ahora, señora—repuso duramente,—nada puedo hacer! |

Y al escucharla, la impaciencia de Rosas, que no estaba para tales temas, crecía y crecía hasta trocarse en súbito odio contra la importuna... Mientras sonreían sus labios, envolvíala en una glacial mirada de ira, meditando acaso en su fuero interno el medio de deshacerse pronto de tan incómoda visita... | |

Meditando algo más... Como todo neurótico, era violentamente expansivo; su temperamento necesitaba proyectar sobre sus circunstantes las siempre exageradas impresiones íntimas, especialmente las dolorosas. Cuando sufría, tenía que hacer sufrir. Y en aquel momento crítico en que su poder amenazaba caer como una fruta podrida, en que su imperioso corazón sangraba horri- : bDlemente humillado, en que su espíritu hambriento de desquite abría en silencio sus venenosas fauces de serpiente... ¿Para tragar á quién? ¿En quién podía satisfacer su callada y epiléptica cólera? Respetaba á De Angelis, Corvalán era demasiado innocuo, de sus locos estaba aburrido... Y he aquí que en tal momento le deparaba la suerte, personificándose en augusta matrona, espléndida ocasión de desahogarse con un atropello tan grande como su impaciencia; espléndida ocasión de volcar: en el ancho receptáculo de esa otra alma de madre, toda Ja amargura que rebosaba en su alma de déspota... Era el instinto de su propia tranquilidad lo que le impulsaba á buscarse un alivio á costa de cualquiera, así como los movimientos reflejos del que se ahoga pugnan por ahogar á quien le socorre. j

- Y no tardó su fecunda inventiva en sugerirle la forma -en que, con el dolor y la humillación ajenos, se desquitaría de la humillación y dolor propios... Apenas concebida no sé qué diabólica idea, habló así á doña Mauricia, muy comedido, casi triste, sin que le denunciase la

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más vaga sonrisa, escondiendo las aceradas garras en la '

sedosisima piel de su pesuña de felino: —¿ Dice usted que su hijo es un buen federal? —¡Lo juro por Dios!

—Pues entonces, levántese, señora, y sométase á una | prueba terminante; si Dios le ayuda, su hijo será ino-

cente y merece perdón; si no, su hijo es culpable y que dará preso.

Sintió doña Mauricia transfigurársele el rostro; una esperanza secreta iluminaba su alma como un rayo de luz divina... ¡Dios no podía, si era justo, desoirla!... Púsose de pie, con una plegaria en los labios, y dijo:

—Sea la voluntad de Dios.

Muy formal, Rosas llamó entonces á don Eusebio de la Santa Federación... Su rostro también se transfiguró, iluminándose recién con una sonrisa; con la triunfal sonrisa del histérico que, oprimido en angustioso día de lucha, siente al fin llegada la oportunidad de distender sus nervios...

En efecto, bajando la voz, dió á su loco, cuando acudió al llamamiento, una orden misteriosa, y éste, cumpliéndola, aunque no sin refunfuñar... ¡se puso en cuatro pies!

—Señora—dijo entonces solemnemente Rosas á la dama, entregándole un rebenque que estaba sobre la mesa, —esta es la prueba que le depara el Cielo. Monte usted á caballo en don Eusebio. Si don Eusebio no la voltea, indultaré á su hijo; si usted cae, Regis continuará en Santa Fe... i

Sin comprender bien, con ojos espantados, la mirada de la matrona pasaba del déspota al histrión, que á gatas la esperaba, relinchando como un potro, y coceando y piafando... Tomó ella maquinalmente el rebenque y, conteniendo su sangre de ricahembra que la impulsaba á cruzar con él el rostro de su verdugo, lo arrojó y exclamó entre dientes:

—¡És usted un cobarde!

Rosas, siempre tan exigente y soberbio, sonrió ante aquel mortal insulto, y adelantóse á detener en la puerta á la matrona, que se retiraba, digna y pálida:

—No, señora, no es para tanto—le dijo, con suave, muy suave insinuación.—No hay de qué enfadarse... Es una ocurrencia que Dios me ha inspirado... ¡Fíjese usted bien en lo que hace! Si usted se niega á esta prueba, yo debo creer que Regis sea aún más culpable de lo que

A Ar RaS

lo suponía y lo mandaré fusilar... Sí, doña Mauricia— agregó cada vez más melifluo,—me veré en la triste necesidad de hacerlo fusilar... ¡Pero Dios no lo puede querer!... En cambio, si usted sale bien, lo que espero, lo indulto... Y si cae, lo dejamos como está... ¡Fíjese bien en lo que hace! Por su orgullo usted perderá á su hijo, y luego se arrepentirá... Usted se arrepentirá de su orgullo, señora mía, ¡y ya será tarde, muy tarde!

Aquí se detuvo un momento, como para dejar que sus palabras, pronunciadas zalameramente con una voz acariciante que rarísimas veces usaba, produjesen todo su efecto; y, entrecerrando la puerta, prosiguió, siempre muy respetuoso:

—Y usted nada perderá, doña Mauricia, con someterse á la prueba... ¿Acaso le exijo yo algo que rebaje su honor?... ¡Y le juro, le juro por la salvación de mi venerada esposa, que cumpliré mi palabra!... Soy un caballero, aunque no siempre lo parezca—añadió con una melancolía que sentaba admirablemente á su belleza varonil.—¡Soy más caballero de lo que usted supone, y por sangre y por sentimientos! Sólo la política, esta endiablada política, me hace á veces aparecer como un mal hombre; pero, ¡nunca como un villano, señora, nunca!

Mareada por este flujo de palabras, doña Mauricia se acercó instintivamente al loco, como para montarle; mientras éste, cansado de la incómoda posición en que le colocara su amo, habíase enderezado, de rodillas... Al verle así, el Restaurador le arrojó otra vez sobre sus manos, de un tacazo tan violento, que la matrona, nuevamente sublevada en su dignidad de patricia, repitió su ademán de retirarse, de huir, enferma de asco...

Pero Rosas, deteniéndola como antes en el umbral de la puerta, díjole, con entonación triste, pero esta vez también amenazante:

—¡Usted juega con la cabeza de su hijo, señora!— agregando luego con su voz más aterciopelada:—;¡Un esfuerzo, doña Mauricia, y acaso Dios la ayude! Nadie la verá; nadie lo sabrá—y cerró las puertas, y los postigos, para que no les vieran desde el patio.—¡ Hágalo por su hijo, se lo ruego, aquí en secreto, entre cuatro paredes que no ven ni oyen!

Como inspirada por una resolución repentina, preguntó doña Mauricia: |

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—¿Jura usted por la salvación del alma" de su esposa cumplir su palabra?

—¡Lo juro!

Y después de una pausa, abriendo violentamente todas las puertas, no dijo sino gritó la matrona, con energía de guerrera:

—¡Pues no á obscuras y solos, sino á la luz del sol, ante los ojos de los hombres como ante los de Dios, quiero someterme á su prueba, y demostrar, no sólo la inocencia de mi pobre hijo, sino que Juan Manuel Rosas, hijo de don León Ortiz de Rozas y de doña Agustina López de Osornio, es un canalla!

Y sin más, á la vista de algunos personajes que estaban en la inmediata galería esperando al gobernador, se enhorquilló en la arqueada espalda del bufón, que, bajo la mole de aquella gruesa dama, comenzó á correr en cuatro pies, á relinchar, á corcovear como epiléptico centauro...

De una habitación inmediata, el «Padre Biguá», el otro bufón, que había olfateado la escena, observábala por entre el cortinaje de la puerta abierta, con creciente interés, todo ojos, todo oídos... Sin quererlo ni saberlo, en atención delirante, arqueaba él también el espinazo imitando las salvajes sacudidas de su compinche... Tanta gracia le causaba el cuadro que, conteniendo la respiración y Saltándosele las pupilas, apretábase el vientre, secún su costumbre, como para no reventar de risa... Y se acercaba, y se acercaba, agitándose y riéndose, hasta olvidar sus temores y la presencia del mismo Rosas, hasta transponer el cortinaje y entrar en el aposento, tendiendo al bellaco don Eusebio sus dilatadas narices... Diríase que iba ya á olerlo, Óó acaso á metérselo entre las jadeantes mandíbulas, como un mono gris en las fauces de una serpiente india, magnetizado por las convulsiones de su danza del hambre...

En tanto, el bellaco humano bufaba y sudaba bajo el enorme peso... La escena duró todavía algunos instantes, porque la valerosa madre, abrazada á su cuello, apretando las cansadas rodillas, desplegaba un heroico vigor en mantenerse firme sobre el potro de ignominia...

Temiendo don Eusebio que si no volteaba á su jinete le castigase su amo con algún suplicio de su inventiva, hizo un gran esfuerzo, dió un berrinche estridente, y de

an violento salto arrojó, en efecto, á la geñora, cuya cabeza, al caer, chocó contra la esquina de un mueble, ene bota sus canas...

penas se produjo el golpe, Biguá, despertando de su fascinación, tomóse las nalgas con ambas manos, como si ya sintiera en ellas la bota del amo; y, antes de que su colega se pusiera de pie y le notase, huyó veloz, desesperada, locamente... ]

Enderezándose don Eusebio, miró á todos lados con sus atónitos ojos de imbécil, sin ver á nadie, pues el mismo Rosas había desaparecido como por encanto... Y cuando fijó su vista en la gruesa matrona que yacía casi sin sentido, con la cabeza enrojecida por una herida traumá.- tica, irrumpió en una serie de soeces risotadas...

Presentóse un. asistente, muy correcto, que levantó á doña Mauricia y la invitó respetuosamente á que se retirase, en vista de que la prueba había fracasado... Cubriéndose el rostro con las manos, la dama salió, sin ver que los hombres que del corredor habían contempla- - do la escena, oficiales y diplomáticos, haciendo con- - traste á las crecientes risotadas del bufón, lloraban de vergilenza.

n tanto, Biguá, que había atravesado el parque en su disparatada carrera, penetraba en el bosque de sauces Morones de la ribera y se detenía en un claro tapizado de lujuriosa maleza. Allí miró para todos lados, sin ver 'á nadie... Una bandada de cuervos que se levantó graznando, sacudióle el cuerpo en un violento escalofrío, que le mantuvo algún rato suspenso... Luego, cuando quedó seguro de que nadie le espiaba en aquellas melancólicas soledades, púsose en cuatro pies, y, remedando precísimamente á don Eusebio, relinchó, coceó, piafó, corrió corcoveó sin parar, hasta que, rendido de fatiga, cayó de boca, quedándose dormido...

Por su parte, el compañero don Eusebio, que calzara espuelas y blandía un enorme rebenque, buscábale desolado por toda la casa, para jinetearlo á su vez; y, como no le encontrase, exclamó entre dientes, jurando obscenamente: | :

—Esta vez te escapaste, maula; pero no te escaparás otra, no...

era tanto su furor que, gimiendo de cólera, acabó po” acurrucarse en un rincón, con aire de bestia herida...

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Llegado era el momento de intentar el último recurse por la libertad de Regis; de facilitarle la fuga, para que, huyendo á la Banda Oriental del Uruguay, se reuniese allí á su esposa, cuya desolación bien se presumía... Y Silvio, autor del proyecto, decidió su realización.

Pero una serie de entorpecimientos le detenía, especialmente la precaria salud de sus padres. Ambos, debilitados por tantos sin-abores, sentían decaer diariamente sus fuerzas, á punto de que, á fines de 1838, no habían conseguido trasladarse aún á Baldelauquen, donde se hallaban Bernardo y el resto de la familia... Con ejemplar abnegación atendíalos Alicia, un tanto consolada porque su novio, Alberto Riglet, les visitaba ahora, cuando se le permitía el servicio militar.

Sólo á principios del siguienle año, 1839, hallándose algo repuestos los viejos, determinóse Silvio á trasladarse, disfrazado de gaucho, á Santa Fe, para operar allí como fuere conveniente; y así lo hizo, juntándose en el Rosario á un grupo de cuatro isleños casi salvajes, quienes le prometieron ayudarle en sus planes, que, cauteloso, sólo les comunicó á medias.

Dándose maña, supo que Regis estaba aún preso en la Aduana. El gobernador de Santa Fe, don Estanislae López, había muerto, poro después de la humillación que sufriera en su última visita á Rosas. Para sucederle interinamente fué electo por la legislatura provinciál don Domingo Cullen, un español de Canarias inmigrado, que por varios años desempeñara la secretaría general de la eobernación... No siendo este personaje simpátice al Restaurador, los federales santafecinos le opusieron como candidato, para las elecciones definitivas, á un hermano natural del finado don Estanislao López, dona Juan Pablo López, á quien llamaban, por su feo rostro picado de viruela, « Mascarilla». Ocupado en luchar contra Mascarilla, olvidó sin duda Cullen, que no comulgaba con Rosas, dar livertad á Regis.

En circunstancias de que los caudillos Cullen y Mas

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carilla se ponían en campaña son sus guerrilleros gauchos, una obscura noche de invierno, Silvio desembarcó sigilosamente en Santa Fe. Acompañábanle los cuatro isleños, adictos merced á una buena paga. Dejó dos en la lancha, disimulada en la maleza, y bajó á tierra con los otros dos. Todo estaba desierto, en un silencio de cementerio. . .Ocultándose atravesaron el puerto, descalzos para no hacer ruido, y llegaron hasta la Aduana sin que xadie les notase, salvo algún perro indiscreto, al que « despacharon » los isleños, de un diestro dagazo en la carótida...

En la puerta del edificio, casualmente, por ausencia de otros suldados, velaba el cabo Ferragut, el de funesta pupila, con su único ojo de cancerbero, vid1ioso y sanguinolento... Dormido de pie en su casilla, y antes de que hubiese podido defenderse ó dar la voz de alarma, sujetóle Silvio vigorosamente del cuello, arrojóle al suelo, estampóle una rodilla en el estómago, y púsole de punta, sobre el corazón, amenazador puñal, intimándole:

—¡Si no me entregas inmediatamente la llave del calabozo de Válcena, te mato!

—No la tengo...—replicó despabilándose atónito el chinote.

—¡Sí! ¡Sé que tú eres el cabo Ferragut, y las tienes! Entrégala inmediatamente ó te clavo el cuchillo.

—Pero, si usted me tiene las manos... ¡nada puedo entregarle!—replicó vencido el centinela, después de un momento de reflexión. E : una señal de Silvio le registraron los isleños, sacándole del cinto un manojo de llaves.

—Ahora me dirás cuál es la de la prisión de Válcena...

—Si lo digo, me fusilarán...

—Y si no lo dices, te degúello...

Ferragut indicó una llave, tal vez al acaso... De todos modos Silvio se conocía por descripciones, de memoria, aquel heterogéneo edificio, aquella aduana, cuartel, cárcel, supliciario y casa de gobierno. Ordenó pues á sus ayudantes que trincaran, amordazaran y vigilasen al cabo mientras él iba hacia el interior, con una linterna, en busca del prisionero. Fácilmente reconoció la celda. Quitó las barras de hierro que atrancaban la puerta; descorrió el cerrojo de un candado monstruo, é inmensamente conmovido, entró:

—¡ Regis]

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El preso, que dormía, incorporóse sobresaltado en su lecho, pasándose la mano por la frente, como para distraer una ilusión inoportuna...

—Regis, soy Silvio y te traigo la libertad—añadió, siempre á media voz, el animoso joven, echando los brazos al cuello de su hermano.

Como tocado de un resorte, Regis, comprendiendo, púsose de pie...

—Vamos, no hay tiempo que perder, porque nos sorprenderían. ¡Vamos! :

El preso señaló sus grillos, con dolorosa mirada... Sacando de sus faltriqueras una lima, Silvio los rozó hasta romperlos con nerviosa rapidez. ¡Y había algo de intensamente dramático en el premioso silencio de aquellos dos hermanos tan ávidos de hablarse!...

—Ya está, vamos—repitió terminantemente Silvio, ayudando á vestirse al prisionero. |

—¡ Vamos! dor

Así, después de casi cuatro años de encierro, abandonó Regis ¡para siempre! su cárcel, sin lanzarle ni una última mirada de despedida. Sólo guardó en un bolsillo un trozo de sus hierros, diciéndose tal vez que ese sería el talismán para su premeditado desquite...

En la puerta vieron á Ferragut, trincado... Por toda despedida, hallándole ahorá demasiado miserable para imponerle su castigo, Regis le lanzó una mirada de desprecio... a

—¿ Este es—preguntóle Silvio—el infame que te vigilaba, según me han contado el padre Amenábar y papá?

—Sií, es—contestó Regis, adivinando una secreta intención de su hermano,—pero déjalo tranquilo. No merece nuestra atención, que debemos llevar á más altas miras... ¡Sigamos! |

—Un momento—objetó firme Silvio, y sacando su daga cortó rápidamente ambas orejas al repelente chino, diciéndole irónico:—;¡Para que lleves un recuerdo mío hasta la muerte!

Al sentirse desorejar, intentó el Mono-tuerto un bramido formidable; hizo desesperados esfuerzos para desasirse de sus cuerdas, sin conseguirlo; y á las risas de los isleños que con los Válcena se alejaban, balbució, entre blasfemias é injurias, llenando de espumarajos sus gruesos labios, mortales amenazas... Y en el suelo, las sreias sortadas parecían dos gusanos carnos08 y par-

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duzcos que, manando rojiza baba, se enroscaban y contraían, como encolerizados. |

Tan débil estaba Regis por su larga reclusión y engrillamiento, que hubo casi que arrastrarle hasta la lancha que les esperaba fondeada en la ribera...

_ Una vez embarcados y libres comunicóle Silvio, en una larga expansión fraternal, todas las novedades. Blanca se hallaba en la Banda Oriental y sus padres estarían ya en la estancia del Sur, Baldelauquen, donde Castelli, Rico y otros patriotas preparaban una gran campaña contra el dictador; lo sabía de buena fuente y comunicábaselo con el sigilo del caso. Hablaba inflamado de vivo ardor bélico; tenía fe en el triunfo de la revolución próxima á estallar...