La perfecta casada · Unidad 7 de 14
INTRODUCCIÓN — parte 6
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Y en una dellas, que pinta en los _Proverbios_[56] el Espíritu Santo, se ve algo desto; de la cual dice así:
«Parlera y vagabunda, y que no sufre estar quieta, ni sabe tener los pies en su casa, ya en la puerta, ya en la ventana, ya en la plaza, ya en los cantones de la encrucijada, y tiende por dondequiera sus lazos.
»Vió un mancebo, y llegóse á él y prendióle, y díjole, con cara relamida, blanduras:
«Hoy hago fiesta y he salido en tu busca, porque no puedo vivir sin tu vista, y al fin he hecho en ti presa.
»Mi cámara he colgado con hermosas redes, y mi cuadra con tapices de Egipto; de rosas y de flores, de mirra y _lináloe_[57] está cubierto el suelo todo y la cama.
»Ven y bebamos la embriaguez del amor, y gocémonos en dulces abrazos hasta que apunte la aurora.»
Y si todas las ociosas no salen á lo público de las calles como ésta salía, sus abscondidos rincones son secretos testigos de sus proezas, y no tan secretos, que no se dejen ver y entender. Y la razón y la naturaleza de las cosas lo pide. Que cierto es que produce malezas el campo que no se rompe y cultiva, y que con el desuso el hierro se toma de orín y se consume, y que el caballo holgado se manca.
Y demás desto, si la casada no trabaja, ni se ocupa en lo que pertenesce á su casa, ¿qué otros estudios ó negocios tiene en qué se ocupar? Forzado es que, si no trata de sus oficios, emplee su vida en los oficios ajenos, y que dé en ser ventanera, visitadora, callejera, amiga de fiestas, enemiga de su rincón, de su casa olvidada y de las casas ajenas curiosa, pesquisidora de cuanto pasa y aun de lo que no pasa, inventora, parlera y chismosa, de pleitos revolvedora, jugadora también y dada del todo á la conversación y al palacio, con lo demás que por ordinaria consecuencia se sigue, y se calla aquí ahora, por ser cosa manifiesta y notoria.
Por manera que, en suma y como en una palabra, el trabajo da á la mujer, ó el sér ó el ser buena; porque sin él, ó no es mujer, sino asco, ó es tal mujer, que sería menos mal que no fuese.
Y si con esto que he dicho se persuaden á trabajar, no será menester que les diga y enseñe cómo han de tomar el huso y la rueca, ni me será necesario rogarles que velen, que son las otras dos cosas que les pide el Espíritu Santo, porque su misma afición buena se las enseñará; y así, dejando esto aquí, pasaremos á lo que se sigue.
[Ilustración]
[Ilustración]
X
HA DE SER LA PERFECTA CASADA PIADOSA CON LOS POBRES Y NECESITADOS; PERO DEBE IR CON CUIDADO EN VER Á QUIÉN ADMITE EN CASA Y FAVORECE.
_Sus palmas abrió para el afligido,_ _y sus manos extendió para el menesteroso._
PROVERBIOS
Á muy buen tiempo puso esto aquí Salomón, porque repitiendo tanto lo que toca á la granjería y aprovechamiento, y aconsejando á la mujer tantas veces y con tan encarecidas palabras que sea hacendosa y casera, dejábala, al parecer, muy vecina al avaricia y escasez, que son males que tienen parentesco con la granjería, y que se le allegan no pocas veces. Porque, así como hay algunos vicios que tienen apariencia y semejanza de algunas virtudes, así hay virtudes también que están como ocasionadas á vicios; porque, aunque es verdad que la virtud consiste en el medio, mas como este medio no se mide á palmos, sino es medio que se ha de medir con la razón, muchas veces se aleja más de un extremo que del otro, como parece en la liberalidad, que es virtud medida por la razón entre los extremos del avaro y del pródigo, y se aparta mucho menos del pródigo que del avaro. Y aun también acontesce que de la virtud y del vicio, que en la verdad son principios muy diferentes en la vista pública y en lo que de fuera parece, nazcan frutos muy semejantes.
Tanto es disimulado el mal, ó tanto procura disimularse para nuestro daño, ó por mejor decir, tanta es la fuerza y excelencia del bien, y tan general su provecho, que aun el mal, para poder vivir y valer, se le allega y se viste dél y desea tomar su color.
Así vemos que el prudente y recatado huye de algunos peligros, y que el temeroso y cobarde huye también. Adonde, aunque las causas sean diversas, es uno y semejante el huir.
Y vemos por la misma manera que el hombre concertado granjea y beneficia su hacienda, y el avariento también es granjero, y que son unos en el granjear, aunque en los motivos del granjear son diferentes. Y puede tanto este parentesco y disimulación, que no solamente los que miran de lejos y ven sólo lo que se parece, engañándose, nombran por virtud lo que es vicio, mas también esos mesmos, que ponen las manos en ello y lo obran, muchas veces no se entienden á sí, y se persuaden que les nace de raíz de virtud lo que les viene de inclinación dañada y viciosa. Por donde todo lo semejante pide grande advertencia, para que el mal disimulado con el bien no pueda engañarnos. Y así, porque á Dios no aplace sino la virtud, y porque ser la mujer muy granjera le puede nacer de avaricia y de vicio, para que no se canse sin fruto y para que no ofenda á Dios en lo que piensa agradarle, avísale aquí que sea limosnera, que es decirle que, dado que le tiene mandado que sea hacendosa y aprovechada y veladora y allegadora, pero que no quiere que sea lacerada, ni escasa, ni quiere que todo el velar y adquirir sea para el arca y para la polilla, sino para la provisión y abrigo, no sólo de los suyos, sino también de los necesitados y pobres, porque en ninguna manera quiere que sea avarienta. Y por eso dice elegantemente que abra la palma, que la avaricia cierra, y que alargue y tienda la mano, que suele encoger la escasez.
Y dado que el ser piadoso y limosnero es virtud que conviene á todos los que se tienen por hombres, pero con particular razón las mujeres deben esta piedad á la blandura de su natural, entiendo que ser una mujer de entrañas duras ó secas con los necesitados, es en ella vituperable más que en hombre ninguno. Y no es buena excusa decir que les va á la mano el marido; porque aunque es verdad que pertenesce á él el dispensar la hacienda, pero no se entiende que si veda á la mujer y le pone ley para que no haga otros gastos perdidos, le quiere también cerrar la puerta á lo que es piedad y limosna, á quien Dios con tan expreso mandamiento y con tan grande encarecimiento la abre. Y cuando quisiese ser aun en esto escaso el marido, la mujer, si es en lo demás cual aquí pintamos, no debe por eso cerrar las entrañas á la limosna, que es debida á su estado, ni menos el confesor se lo vede. Porque si el marido no quiere, está obligado á querer; y su mujer, si no le obedece en su mal antojo, confórmase con la voluntad que él debe tener de razón; y en hacer esto trata con utilidad y provecho su alma dél y su hacienda; porque lo uno, cumple con la obligación que ambos tienen de socorrer á los pobres; y lo otro, asegura y acrescienta sus bienes con la bendición que Dios, cuya palabra no puede faltar, tiene á la piedad prometida. Y porque muchos nunca se fían bien de esta palabra, por eso muchos hombres son crudos y lacerados. Que si se pusiesen á considerar que reciben de Dios lo que tienen, no temerían de le tornar parte dello, ni dudarían de que quien es liberal no puede jamás ser desagradecido; y quiero decir en esto que Dios, el cual, sin haber recibido nada dellos, liberalmente los hizo ricos, si repartieren después con él sus riquezas, se las volverá con gran logro.
Esto que he dicho, entiendo de las limosnas más ordinarias y comunes que se ofrescen cada día á los ojos; que en lo que fuere más grueso y más particular, la mujer no ha de traspasar la ley del marido, y en todo le ha de obedecer y servir. Y yo fío que ninguno habrá tan miserable, ni malo, que si ella es de las que yo digo, tan casera, tan hacendosa, tan veladora y tan concertada en todo y aprovechada, le vede que haga bien á los pobres. Ni será ninguno tan ciego, que tema pobreza de la limosna que hace á quien le enriquece la casa.
Así que, abra sus entrañas y sus brazos y manos á la piedad la buena mujer, y muestre que su granjería nasce de virtud, en no ser escasa en lo que según razón es debido. Y como el que labra el campo, de lo que coge en él da sus primicias y diezmos á Dios; así ella de las labores suyas y de sus criadas aplique su parte para vestir á Dios en los desnudos y hartarle en los hambrientos, y llámele como á la parte de sus ganancias, y abra, como aquí dice, sus manos al afligido, y al menesteroso sus palmas.
Mas si dice que abra sus manos y su casa á los pobres, es mucho de advertir que no le dice que las abra generalmente á todos los que se profesan ser pobres. Porque á la verdad una de las virtudes de la buena casada y mujer es el tener grande recato acerca de las personas que admite á su conversación y á quién da entrada en su casa; porque, debajo de nombre de pobreza, y cubriéndose con piedad, á las veces entran en las casas algunas personas arrugadas y canas, que roban la vida y entiznan la honra y dañan el alma de los que viven en ella, y los corrompen sin sentir, y los emponzoñan paresciendo que los lamen y halagan.
San Pablo[58] casi señaló con el dedo á este linaje de gentes, ó á algunas gentes deste linaje, diciendo: «Tienen por oficio andar de casa en casa ociosas, y no solamente ociosas, mas también parleras y curiosas, y habladoras de lo que no conviene.» Y es ello así, que las tales de ordinario no entran sino á aojar todo lo bueno que vieren, y cuando menos mal hacen, hacen siempre este daño, que es traer novelas y chismerías de fuera, y llevarlas afuera de lo que ven ó les parece que ven en la casa donde entran, con que inquietan á quien las oye y les turban los corazones; de donde muchas veces nascen desabrimientos entre los vecinos y amigos, y materias de enojos y diferencias, y á veces hay discordias mortales.
En las repúblicas bien ordenadas, los que antiguamente las ordenaron con leyes, ninguna cosa vedaron más que la comunicación con los extraños y de diferentes costumbres. Así Moisén, ó por mejor decir, Dios por Moisén, á su pueblo escogido le avisa desto en mil lugares[59] con encarecimiento grandísimo. Porque lo que no se ve no se desea; que, como dice el versillo griego: «Del mirar nace el amar[60].» Y por el contrario, lo que se ve y se trata, cuanto peor es, tanto más ligeramente, por nuestra miseria, se nos apega. Y lo que es en toda una república, eso también en una sola casa por la misma razón acontece. Que si los que entran en ella son de costumbres diferentes de las que en ellas se usan, unos con el ejemplo y otros con la palabra alteran los ánimos bien ordenados, y poco á poco los desquician del bien. Y llega la vejezuela al oído, dice á la hija y á la doncella que por qué huyen la ventana ó por qué aman la almohadilla tanto; que la otra Fulana y Fulana no lo hacen así. Y enséñales el mal aderezo, y cuéntales la desenvoltura del otro, y las marañas que ó vió ó inventó póneselas delante, y vuélveles el juicio, y comienza á teñir con esto el pecho sencillo y simple, y hace que figuren en el pensamiento lo que con sólo ser pensado corrompe; y dañado el pensamiento, luego se tienta el deseo, el cual en encendiéndose al mal, luego se resfría en el bien, y así luego se comienzan á desagradar de lo bueno y de lo concertado, y por sus pasos contados vienen á dejarlo del todo á la postre. Por donde, acerca de Eurípides[61], dice bien el que dice: «Nunca, nunca jamás, que no me contento con decirlo una sola vez, el cuerdo casado consentirá que entren cualesquier mujeres á conversar con la suya, porque siempre hacen mil daños. Unas por su interés tratan de corromper en ella la fe del matrimonio; otras, porque han faltado ellas, gustan de tener compañeros de sus faltas; otras porque saben poco y de puro necias. Pues contra estas mujeres y las semejantes á éstas conviénele al marido guarnecer muy bien con aldabas y con cerrojos las puertas de su casa; que jamás estas entradas peregrinas ponen en ella alguna cosa sana, sino siempre hacen diversos daños.» Pero veamos ya lo que después de aquesto se sigue.
[Ilustración]
XI
DEL BUEN TRATO Y APACIBLE CONDICIÓN CON QUE SE DEBEN PORTAR LAS SEÑORAS CON SUS SIRVIENTAS Y CRIADAS.
_No temerá de la nieve su familia,_ _porque toda su gente está vestida con_ _vestiduras dobladas._
PROVERBIOS
No es aquesta la menor parte de la virtud de aquesta perfecta casada que pintamos, ni la que da menos loor á la que es señora de su casa, el buen tratamiento de su familia y criados; antes es como una muestra donde claramente se conoce la buena orden con que se gobierna todo lo demás. Y pues le había mostrado Salomón, en lo que es antes de esto, á ser limosnera con los extraños, convino que le avisase ahora, y le diese á entender que aqueste cuidado y piedad ha de comenzar de los suyos; porque, como dice San Pablo[62], «el que se descuida de la provisión de los que tiene en su casa, infiel es y peor que infiel.» Y aunque habla aquí Salomón del vestir, no habla solamente dél, sino por lo que dice en este particular enseña lo que ha de ser en todo lo demás que pertenece al buen estado de la familia. Porque así como se sirve de su trabajo della el señor, así ha de proveer con cuidado á su necesidad, y ha de compasar con lo uno lo otro, y tener gran medida en ambas cosas, para que ni les falte en lo que han menester, ni en lo que ellos han de hacer los cargue demasiadamente, como lo avisa y declara el Sabio en el capítulo 33 del _Eclesiástico_. Porque lo uno es injusticia, y lo otro escasez, y todo crueldad y maldad.
El pecar los señores en esto con sus criados, ordinariamente nace de soberbia y de desconocerse á sí mismos los amos. Porque, si considerasen que así ellos como sus criados son de un mismo metal, y que la fortuna, que es ciega, y no la naturaleza proveída, es quien los diferencia, y que nascieron de unos mismos principios, y que han de tener un mismo fin, y que caminan llamados para unos mismos bienes; y si considerasen que se puede volver el aire mañana, y á los que sirven ahora servirlos ellos después, y si no ellos, sus hijos ó sus nietos, como cada día acontece, y que al fin todos, así los amos como los criados, servimos á un mismo Señor, que nos medirá como nosotros midiéremos; así que, si considerasen esto, pondrían el brío aparte, y usarían de mansedumbre, y tratarían á los criados como deudos, y mandarlos hían como quien siempre no ha de mandar. Y aquí conviene que las mujeres hinquen los ojos más, porque se desvanescen más fácilmente, y hay tan vanas algunas, que casi desconocen su carne, y piensan que la suya es carne de ángeles, y las de sus sirvientas de perros, y quieren ser adoradas dellas, y no acordarse dellas si son nascidas; y si se quebrantan en su servicio, y si pasan sin sueño las noches y si están ante ellas de rodillas los días, todo les parece que es poco y nada para lo que se les debe, ó ellas presumen que se les ha de deber. En lo cual, demás de lo mucho que ofenden á Dios, hacen su vida más miserable de lo que ella se es, porque se hacen aborrescibles á los suyos, que es una encarescida miseria; porque ninguna enemistad es buena, y la de los criados, que viven dentro del seno de los amos y saben los secretos de casa y son sus ojos, y aunque les pese, de su vida testigos, es peligrosa y pestilencial. Y de aquí ordinariamente salen las chismerías y los testimonios falsos, y las más veces los verdaderos. Y esta es la causa por donde muchos hallan, cuando no piensan, las plazas llenas de sus secretos. Y como es peligrosa desventura hacer de los criados fieles, crueles enemigos con no debidos tratamientos; así el tratarlos bien es, no sólo seguridad, sino honra y buen nombre. Porque han de entender los señores que son como parte de su cuerpo sus gentes, y que es como un compuesto su casa, adonde ellos son la cabeza, y la familia los miembros, y que por el mismo caso que los tratan bien, tratan bien y honradamente á su misma persona. Y como se honran de que en sus facciones y disposición no haya ni miembro torcido, ni figura que desagrade, y como les añaden á todos sus miembros cuanto es en sí hermosura y los procuran vestir con debido color; así se han de preciar de que en toda su gente relumbre su mucha liberalidad y bondad. Por manera que los de su casa, ni estén en ella faltos, ni salgan della quejosos.
[Ilustración: Fases de la vida de la mujer
La maternidad]
Conoscí yo en aqueste reino una señora, que es muerta, ó por mejor decir, que vive en el cielo, que del caballo troyano que dicen, no salieron tantos hombres valerosos, como de su casa sirvientas suyas doncellas y otras mujeres remediadas y honradas. Á la cual, como le acontesciese echar de su casa, por razón de un desconcierto, á una criada suya no tan bien remediada como las demás, la oí decir muchas veces que no se podía consolar cuando pensaba que de las personas que Dios le había dado, que así lo decía, había salido una de su casa con desgracia y poco remedio. Y yo sé que en esta bondad gastaba muy grandes sumas, y que haciendo estos gastos y otros de semejantes virtudes, no sólo conservó y sustentó los mayorazgos de sus hijos, que estaban en su tutoría, y les venían de muchos abuelos de antigua nobleza, sino que también los acrescentó é ilustró con nuevos y ricos vínculos; y así era bendita de todos. Deben, pues, amar esta bendición las mujeres de honra, y si quieren ellas ser estimadas y amadas, aqueste es camino muy cierto. Y no quiero decir que todo ha de ser blandura y regalo; que bien vemos que la buena orden pide algunas veces severidad; mas, porque lo ordinario es pecar los amos en esto, que es ser descuidados en lo que toca al buen tratamiento de los que los sirven, por eso hablamos dello, y no hablamos de cómo los han de ocupar, de que ellos se tienen cuidado. Síguese:
[Ilustración]
XII
DE CÓMO EL TRAJE Y MANERA DE VESTIR DE LA PERFECTA CASADA HA DE SER CONFORME Á LO QUE PIDE LA HONESTIDAD Y LA RAZÓN. AFÉASE EL USO DE LOS AFEITES, Y CONDÉNANSE LAS GALAS Y ATAVÍOS, NO SÓLO CON RAZONES TOMADAS DE LA MISMA NATURALEZA DE LAS COSAS, SINO TAMBIÉN CON DICHOS Y SENTENCIAS DE LOS PADRES DE LA IGLESIA Y AUTORIDADES DE LA SAGRADA ESCRITURA.
_Hizo para sí aderezos de cama;_ _holanda y púrpura es su vestido._
PROVERBIOS