La poesía lírica en Cuba: biografía y crítica · Unidad 15 de 111
Unidad 15 · INTRODÜCCIUN 43
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parecía natural apuntar ahora los caracteres especiales de nuestra literatura. Pretender, como dijimos antes, el sello de originalidad con que se distingue la lírica de todos los países, es imposible. Si examinamos á Zequeira y Rubalcaba, notaremos de seguida sus aficiones clásicas, reminiscencias acaso de la escuela de los Argensolas; Heredia, por el contrario, en el fondo de sus obras, imita más bien á los poetas ingleses. Plácido siguió las huellas de Martínez de la Rosa, descubriéndose en los versos posteriores á él la influencia del autor de Los Miserables y del poeta de Granada.
Pero nos equivocamos.
En la isla de Cuba existe una poesía original, que le es peculiar y característica; brillante en ocasiones, débil y vulgar en otras, suena siempre en nuestro oído como el susurro de las palmas. Nos referimos á las guarachas y á los cantos de los guajiros. En ellos se ve claramente la facilidad que tienen los hijos de este suelo para la versificación. Penas, lágrimas y amoríos, luchas del corazón; todo lo que de noble y santo encierra nuestro ser, es objeto de esos sencillos cantos, ora tristes, ora alegres,
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soñadores siempre y siempre melancólicos.
Dar á conocer los poetas cubanos más notables; presentar á grandes rasgos las bellezas y defectos de sus obras^ estudiando las vicisitudes por que atravesaron en esta vida, para prefijar la índole de sus versos y el fin á que propenden; tales fueron nuestros propósitos y tales los motivos que animaron nuestra pluma.
Si no salimos airosos en nuestra empresa, á otros toca juzgarnos. Obramos con conciencia, y con ella y sin dejarnos llevar de ningún sentimiento de rencor, que no abrigamos, pues lejos de eso, miramos siempre con atenta y cariñosa solicitud cuanto se refiere al engrandecimiento de nuestra patria, hemos seguido el curso de estos apuntes^ valiéndonos, como con repetición hemos dicho, de los datos, consejos y aclaraciones que tuvieron la bondad de concedernos amigos muy queridos.
Jóvenes somos y por lo tanto, nuestros juicios críticos deben carecer de la profundidad y del acierto que son menester á esta clase de trabajos; pero...
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¿por qué callarlo?... Creemos que nuestra obra, incorrecta y falta de, erudición y sólida base, es más aceptable y completa que cuantas se publicaron en Cuba sobre este mismo asunto.
Podemos decir á este propósito, parodiando una frase de Chateaubriand: «Las bellezas de esta obra se componen de los defectos de otras anteriores».
Habana, 1874.
Manuel de Zeciueira y Arango
<'... tú, que el primero desdichado Zeqiieira, índico lauro á tu trente ceñiste... >
Con propósito firme de ser fieles guardadores de la verdad, tomamos la pluma para trazar á la ligera la biografía de un poeta de gabinete; y á f e que nos duele y sentimos pena de ello, pues á pesar de lo atrasadísimo de la época en que floreció, y de las consideraciones á que esto se presta, cumpliendo religiosamente nuestro intento, hemos de censurar algunas obras de Zequeira, aplaudiendo, empero, su beneficiosa influencia en las letras de Cuba. Casi nos sucede lo mismo, tratando de este poeta y de
(*) Zcqiiciía ii>al):i de la Z en lu.L^.sr ile la S cu su pcllido, como lina paite de los individuos de su fami- ■ a; pcio hoy día, no sabemos por qué razón, prevalece
' 1 de la S en la rama que conserva el título de conde de
Laojunillas.
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Rubalcaba, que á cierto distinguido literato que deseaba levantar una estatua al erudito Feijóo, y quemar sus obras alrededor de ella.
Nació Manuel de Zequeira y Arango en la Habana, en 28 de agosto del año de gracia de 1774, y á muy corta edad ingresó de cadete en el regimiento de infantería de Soria, y pasando por diferentes grados, hasta el empleo de coronel, sirvió cuarenta y seis años, desplegando, en este tiempo, conocimientos poco comunes, que le hubieran llevado á ocupar los más elevados puestos de la milicia, si el trastorno de sus facultades mentales no atajara sus pasos en tan gloriosa carrera. Destinado pro natura al cultivo de las letras, y aficionado de suyo al ejército y á las armas, demostró una vez más que no es incompatible la pluma del escritor con la espada del guerrero, y así le vemos pasar en 1793 á Santo Domingo, en la expedición que fué al socorro del cuartel de Cahobas; encontrarse en la acción del río La-Matrie, y en lucha desigual y desaforada contienda, vencer á sus enemigos, que, en crecido número, huían abandonando dos piezas de artillería.