La procesión del Santo Entierro · Unidad 4 de 40
Unidad 4 · LA PROCESIÓN DEL SANTO ENTIERRO 27
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LA PROCESIÓN DEL SANTO ENTIERRO 27
gente, activa, hecha a tales labores y ayudada por María del Rosario, la huérfana recogida por caridad, dirigía la maniobra; la abuela iba y venía diligente, ocupándose del próximo yantar, mirando con ternura inmensa a que el cubierto del niño (el niño, pese a sus diecinueve años era él) estuviese bien, a que el pan fuese tierno y el vino fresco... Por fin, tras el último carro de vendimiadores, sobre el cielo tenuemente violeta ya, destacábase, como figura velazqueña, su padre, cabalgando a Garboso y seguido de Leal y Capitán, sus perros favoritos. Después era la comida, sobre los blancos manteles, en el regalo de conversar familiar, sana, abundante y castiza. Y por fin, bajo el cielo
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espolvoreado de oro, el coloquio misterioso y tierno.
Porque Casiano no era un vulgar campesino, ni un bárbaro de pueblo, sino un señorito. Sus abuelos, obscuros hidalgos arruinados por la guerra de la Independencia, habíanse instalado en Pozaranco para llevar con dignidad su miseria. Y si bien su padre parecía definitivamente aclimatado allí, otra vez, saltando una generación, habían resurgido en él los caracteres distintos de la raza. Casiano era delicado y sentimental; fino, endeble, una sensibilidad enfermiza hacía de él un sér de impresionabilidad casi femenina. Sin fe, las pompas externas del culto le imponían sin embargo, y los versos y la música le hacían
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llorar. Y junto a la malsana debilidad, vivía en él una sensualidad voluptuosa y cruel; una gota de sangre mora que había mezclado su madre, la andaluza, con la sangre de los recios castellanos.
Aquella sensibilidad exquisita era la que había sembrado alarmas en su espíritu, la que despertara a la inquietud primero, dándole, allá en los campos de Cuba, la voz de alerta, el aviso de algo anómalo, de una grotesca y tenebrosa catástrofe. Ella fué la que, a pesar de la distancia, le puso sobre aviso ante las cartas de su pueblo, cartas de su madre y cartas de María del Rosario.
Primero fueron misivas llenas de dulce ternura, de tristeza resignada, de esperanza... Y entrevesados con
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los conceptos de cariño, noticias sobre la marcha de las faenas agrícolas, sobre las cosechas, historias de amigos, Cándidos chismes pueblerinos, comentarios al tenor de acontecimientos insignificantes que en la soñolienta monotonía de la existencia del villorrio adquirían proporciones desmesuradas. Pero de pronto, aquellas cartas recibidas siempre con regularidad, luciéronse intermitentes, abundando o escaseando por rachas, y al mismo tiempo, tornáronse incongruentes, inconexas, absurdas, deslabazadas, reflejando súbitas transiciones de alegría loca y de negra pena. Eran unas cartas incoherentes, en que las dos mujeres parecían unas veces en los linderos de la miseria, otras en