La Puchera · Unidad 20 de 37

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Lo peor era que aquello se iba acabando poco á poco, y las cosas no habían adelantado un paso; y al día siguiente del agosto del Berrugo, tan abundante y alegre, empezaría el agosto de ellos en Las Pozas. Él y su padre, solos, enteramente solos, á segar; y á ratos perdidos, y como por obra de misericordia, su hermana y la familia de su hermana y el carro de su hermana, ayudándolos á meter en el pajar la pobreza segada. ¡Y todo este cariz tan triste, por no haber orillado él las arrastradas dificultades! Porque sin ellas delante de los ojos, seguro estaba de que no había de parecerle el agosto de su casa menos risueño que el agosto de «ese hombre.» Pilara ausente ó Pilara presente, ¿qué le importaría á Pedro Juan, si la llevaría ya «apalabrada» y como cosa de su pertenencia, en las honduras del pechazo?

Y así llegó el último día, y el Josco á sospechar que muy bien pudiera acabar la temporada sin haber salido él de su apuro; y este temor ¡coles! le desconcertaba. Pilara no faltó tampoco aquella tarde: llegó cantando, con la rastrilla al hombro y mordiscando el último zoquete de la comida de su casa; porque no iba á las labores de la mañana... Y se cargó el primer carro del Josco; y el Josco hizo desde abajo prodigios de soltura y de fortaleza, y Pilara maravillas de habilidad arriba; y él la persiguió á horconadas con mayor empeño que nunca, y ella le celebró las gracias, risotera y cariñosona, como jamás le había celebrado otras tales... y anduvo el carro cargado, y llegó á la portalada, y Pedro Juan le paró allí, y Pilara se _desborregó_, como siempre, por la rabera... y el carro anduvo de nuevo, y se arrimó á la payeta, y le descargó Pedro Juan; y bajó Pilara del pajar, coloradona y reluciente, que daba gloria; y se sentó con otras obreras en el carro vacío; y el Josco las condujo á la mies, como tantas veces las había conducido: ellas cantando y riendo, y él delante de los bueyes, taciturno y con la ahijada al hombro... «y de aquello, ná...» Y se cargó de nuevo el carro, lo mismo que siempre; y de igual modo salió de la mies y llegó á la portalada, y se desborregó por la rabera la mocetona, y se empayó después aquella balumba de yerba... «y de lo otro, ná...» En fin, que llegó la hora de cargar Pedro Juan el último carro que le correspondía en aquel agosto de «ese hombre;» y le cargó, y le sacó de la mies, y le condujo hasta la portalada, y los obreros y el Berrugo que le seguían entraron en el corralón, como de costumbre; y el carro parado y Pilara encima y Pedro Juan abajo, se quedaron solos en la calleja... «y de aquello otro, ná... ¡coles, lo que se llama ná!»

Reconcomiéndose el Josco al considerarlo, arreó un palo á cada buey sobre la espalda para que alzaran más la cabeza, y de ese modo hiciera Pilara con mayor facilidad su bajada de costumbre, cuando oyó que la moza le llamaba:

—¡Pedro Juan!

—¿Qué quieres?—respondió el mozo.

—Ponte por este lao,—le dijo Pilara.

Pedro Juan se puso donde Pilara quería: junto á la rueda derecha del carro. Allá arriba, enfrente de él, estaba Pilara recogiéndose las faldas contra los tobillos y mirándole con los ojos llenos de travesuras inocentonas.

—¿Qué vas á hacer?—la preguntó Pedro Juan.

—Voy á bajar por aquí,—respondió Pilara acurrucándose junto al borde de aquella montaña de yerba.

—¿Por qué no abajas por la rabera, como siempre?

—Porque me da la gana de abajar por aquí hoy...

—Güeno. ¿Y qué quieres que haga yo?

—Que me aguantes... si eres quién pa ello.

—¡Eso sí, coles!—exclamó Pedro Juan largando á escape la ahijada.

Temblaba por adentro de puro gusto y de sorpresa el hijo del Lebrato. Jamás habían tocado sus manos ni el pelo de la ropa de Pilara, y ahora se le iba á ir encima Pilara en carne y hueso, entera y verdadera. «¡Coles, qué barbaridá de suerte!» No se paró á considerar si sería ó no capaz de resistir en el aire aquella mole. Se creía con fuerzas para mucho más... Esparrancóse y se afirmó bien sobre los pies, escupióse las manos, levantó los brazos y los ojos hacia Pilara, y la dijo, pálido de entusiasmos:

—¡Échate sin miedo, recoles!

Pilara se reía como una boba, y no sabía de qué modo lanzarse por aquel precipicio abajo.

—¡Mira que peso mucho, Pedro Juan!—le decía.

—¡Anque pesaras más de otro tanto, Pilara!... Con tal de ser tú lo que me caiga encima, aquí hay aguante pa ello... Échate de cualisquier modo, ¡pero échate, recoles!

—¡Pos allá voy!

Y Pilara se lanzó... no sé cómo; pero sé que cayó en brazos de Pedro Juan, sin que los brazos se doblaran, ni los pies se movieran del sitio en que parecían clavados; que un moflete de Pilara resbaló por un carrillo del atleta; que éste cerró los ojos como si en aquel instante relampagueara; que el roce y el calorcillo y el olor de la moza le emborracharon, y que en medio de aquella borrachera fulminante, en los breves momentos en que estuvo su boca tan cerca del oído de Pilara, introdujo en él estas palabras, encanecidas ya en la punta de su lengua:

—¡Pilara!... ¡Dende aquí á la iglesia á que mos case el señor cura!... ¿Consentirás en ello?

Y Pilara, que se vino al suelo, pero á pie firme, en el instante de recibir este disparo á la oreja, contestó á Pedro Juan, mientras con un dedo meñique mataba las cosquillas que le habían hecho las palabras en el oído:

—¡Cuánto hace ya, hijo de mi alma, que podíamos estar de güelta, á no ser tú tan como eres!

—¿Eso es decirme que sí, Pilara?—se atrevió á preguntar Pedro Juan, temblando de gusto.

—¡Y con alma y vida, bobón!—le respondió ella mirándole mimosona.

Todo esto ocurrió en brevísimo tiempo, y en muy poco más descargó el carro Pedro Juan. ¡En un tris estuvo que no ahogara á su padre, que estaba al boquerón, bajo las tremendas horconadas de yerba que le mandaba sin cesar!

Por la noche no probó bocado en la cocina; y cada vez que sus ojos se encontraban con los de Pilara, se estremecía de arriba abajo, y á veces se reía solo. Ponderó mucho el Berrugo delante de la obrerada sus valentías de descargador, y estuvo á pique de abrazar á «ese hombre,» no por el elogio, sino porque ya nadie ni nada le parecía allí malo ni feo. Entró Inés á dar un vistazo á la mesa, como solía; la halló el Josco pintiparada para madrina, y tuvo tentaciones de proponérselo á voces allí mismo.

Afortunadamente para Pedro Juan, todo era bulla y algazara en la cocina, y nadie reparaba en sus vehementes obsesiones. Hasta el Berrugo estaba menos incisivo y cruel que de costumbre: le habían salido dos carros más de yerba que otros años, y se había recogido el agosto en un día menos.

Por todo lo cual había en la mesa una tartera de plus con el sobrante de la cabra laceriosa, y se remató el festín con una rueda extraordinaria de un blanquillo averiado que el anfitrión pensaba arrojar á la pila del estiércol.

[Ilustración]

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XVIII

VUELTA AL PLEITO DE MARCONES

Y aconteció que Inés, apenas hecha aquel tratado de paz con su maestro, se vió obligada á poner á prueba el buen andar de aquella máquina de su cerebro, que poco antes había comenzado á moverse segura, pero lentamente; porque llegó á encontrarse muy mal á gusto en la escuela, desempeñando el papel de simple receptáculo pasivo de las enseñanzas de Marcones, y quiso tener allí su iniciativa propia, de modo que, sin dejar de ser discípula, pudiera dirigir á su profesor.

Parecerá esto algo contradictorio, y aun muestra de inverosímiles atrevimientos en la dócil y modestísima educanda. Pues no hay semejante cosa. Inés seguía admirando el saber y hasta el método de enseñanza de su maestro, y ni remotamente creía que el que ella trataba en imponer allí valiera ni siquiera tanto como el otro; pero ocurría que entre las aprensiones de Inés se había enmarañado de pronto el concepto personal, la idea cristalizada de Marcos vivo y efectivo, de tal suerte, que no se puede explicar sino con el ejemplo de lo que pasa á ciertas personas aprensivas, con la forzosa y continua presencia de un arma de fuego, cargada: temiendo hasta que se dispare sola, la penen á cubierto de cualquier imprudencia temeraria y de todo golpe casual. Pues bueno: Marcones, desde el estallido de marras, era para Inés un escopetón cargado de metralla hasta la boca, que podía volver á dispararse solo á la hora menos pensada; y para aislarle, para mantenerle en la posición menos peligrosa, para evitar y aun para conjurar los golpes casuales, ó, viniendo á lo concreto, para prevenirse contra sus ímpetus fogosos, para conjurarlos y para dirigirlos, no había encontrado otro medio que _llevar la voz cantante_ en la escuela. Esto no había de conseguirse ventilando allí asuntos de cecina ni chismecillos de vecindad, sino temas de mayor fuste; puntos pertinentes á las materias de su enseñanza, y atrincherarse con ellos; atiborrarse el magín de teorías, de dudas y de reparos, y acosar al profesor incesantemente con estas armas; obligarle á estar atento siempre y amarrado á esas escaramuzas de la discípula; y en cada intento de escapada por el portillo abierto ó por la brecha desatendida, acudir allá con nuevos pertrechos que le distrajeran y hasta le abrumaran.

Todo esto había intentado Inés, y lo que es más de admirar, todo esto había conseguido en pocos días, sometiendo con heróica voluntad su buena inteligencia á una gimnasia desesperada. No eran ciertamente campo adecuado al ejercicio de tan hermosos elementos de investigación y de análisis, los cuatro libracos de texto que Marcones la había prestado, y algunos más, por el estilo, que conservaba de su madre; pero lo que á la labor le faltara de ancho, lo tendría de hondo; y si no hallaba al cabo grandes cosas, aprendía la manera de buscarlas, lo cual, apurando bien su tesis, era lo que más falta la hacía por de pronto.

Procediendo de este modo, buscando el por qué de aquellas materias mal esbozadas, y supliendo con el buen sentido lo que en ellas no se columbraba, se halló de manos á boca con que en lo que iba dejando atrás, después de sometido á nuevo análisis, veía ella mucho más de lo que la había enseñado su maestro; y con esto, y con lo que no traslucía bastante claro, y con lo que de intento enturbiaba para dar que hacer con la supuesta duda á Marcos, no solamente le tuvo durante una semana pendiente de su capricho, sino vencido casi siempre, y muy á menudo estupefacto.

Pero ¿qué mosca había picado á Inés para lanzarla tan de repente por aquellos trigos de Dios?

La mosca esa daría motivo para que se luciera aquí de firme una pluma diestra en anatomías psicológicas y en disquisiciones fantasmagóricas, por los profundos de las más recónditas obscuridades del espíritu humano, cuando encarna en naturalezas tan sensibles, dóciles y bien equilibradas como la de Inés; pero la mía, quiero decir mi pluma, torpe y desmazalada de por sí, que á la luz del mediodía y por caminos muy trillados se ve y se desea para no andar á tropezones, renunciando hasta al intento de echar una suerte entre los, para ella, inextricables laberintos de esos perifollos del arte, dirá á la buena de Dios que el miedo á los tiros escapados del escopetón de mi ejemplo, se le habían infundido á Inés, primeramente su buen instinto y excelente gusto natural, que de hora en hora la iban aclarando aquel lado obscuro que tanto la preocupó durante la noche que siguió al estampido del seminarista; y en segundo lugar, la lectura de aquellos librejos recreativos que la había prestado Marcones «para educarla el sentimiento.»

Los tales librejos eran novelas de las llamadas _ejemplares_, obras de propaganda, pensadas y escritas con las intenciones más honradas del mundo, pero que, con excepciones contadísimas, hacen bostezar á los niños que sólo apetecen lo maravilloso, y se les caen de las manos á las mozas casaderas que ya no se deleitan con austeridades candorosas ni con inocentadas insípidas. Y conste ante todo que no me burlo de esta clase de lecturas, aunque me lamente de que no sean más entretenidas y pegajosas, como lo son las muy contadas que, precisamente por ser así y hasta magistrales, no pasan por el tamiz de las _almas pías_, que tampoco apechugan con aquéllas... ni con las otras. Va todo ello á cuento y en demostración de las buenas tragaderas de Inés, que se envasó tres obras ejemplares en día y medio; hazaña que casi iguala, si no obscurece, á la que yo rematé, siendo niño, leyéndome en igual tiempo á _Misseno_, ó _El Hombre feliz_, la obra más de bien que se ha escrito en el mundo, indudablemente, pero cuya lectura han terminado muy pocos cristianos y no ha repetido ninguno, yo inclusive.

No tenían los alcances filosóficos de esta novela patriarcal las devoradas por Inés; pero, en cambio, eran los primeros libros de imaginación que ella leía; y por esto, y por tratarse allí de cosas muy hacederas en la práctica de la vida entre personajes de carne y hueso, no tomó los asuntos de los libros como ficciones de una fantasía más ó menos gallarda, sino como relatos fieles de aventuras reales y verdaderas. Por feliz casualidad, uno de los tres libros leídos era el mejor de la colección, el menos ñoño, el de más arte y de mayores atrevimientos de pasión y de colorido. Esta novela la cautivó verdaderamente. Reducíase en substancia el asunto de ella á lo siguiente, según resultaba de la lectura, entiéndase bien, no de lo que se proponía el fervoroso novelista:

Cierto don Zacarías Hernández, hombre muy acaudalado, honradote á su modo, receloso y muy escogido en el trato de las gentes, reglamentado en su vida, devoto hasta cierto punto, menguado de mollera, y, por abominación instintiva, al rape en letras de molde, tenía una hija, llamada Amparo, educada con grandes precauciones, recién salida del colegio, hermosa como unas perlas, muy humildita por régimen, y con unos ojos gachos que, cuando los levantaba, eran dos soles que derretían las piedras. El tal don Zacarías era íntimo amigo de un don Justiniano Costales, letrado severo y docto, nacido para la profesión como la hiedra para el muro: á ella se agarraba, de ella se nutría, con ella se deleitaba, y de ella tomaba, con los jugos y el arrimo, las líneas del cuerpo, la expresión de la cara, el corte de su ropaje y hasta los contados chistes con que se permitía, muy de tarde en tarde, despejar un poco los celajes sombríos de su frontispicio austero. Estos chistes, aunque eran de los que dan ganas de llorar, se los celebraban mucho los canónigos, tres, con quienes se acompañaba en sus metódicos paseos, amén, entre otros tales, de don Zacarías, que los reía á carcajadas sin entenderlos, porque estaban, los más de ellos, en latín de las Pandectas.

Este don Justiniano, letrado viejo, era padre venturoso de Justino, que ya oficiaba en estrados, mozo de mirar severo, de patillas lacias y de rostro pálido, de luengos faldones, sombrero de copa y botas relucientes, bastón de ballena y guantes de medio color. Según el novelista, que parecía estimarle mucho, así se presentaba siempre en público este joven, que «era solemne sin arrogancia, digno con los altaneros, y dócil y sumiso siempre á la autoridad de sus señores padres.» Además, hacía versos en latín y cerraba los ojos cuando se encontraba con una chica guapa en sus cotidianos paseos en la amena compañía de ciertos señores graves, que sólo hablaban de derecho político, de filosofía tomística ó de la corrupción de los tiempos. Su mejor entretenimiento era el estudio continuo de la ciencia que profesaba, y no leía libro de imaginación sin someterle previamente «á la censura de su padre espiritual.» Este gran muchacho andaba ya rayando con los treinta, y no fumaba todavía delante de las personas mayores, ni había entrado jamás en un café. Abominaba del teatro, sin conocerle, y no reía otros chistes que los de su padre y las agudezas de los tres canónigos, en latín también, aunque no forense: más bien era de refectorio.

El cuarto personaje de los principales de la novela, era Isidoro, galancete listo y guapo; jurisperito ya igualmente; pero calabaceado varias veces en la Universidad, por andar más atento á las seducciones del mundo que á los libros de la carrera.

Y sucedió que mientras el don Zacarías Hernández pedía al cielo un marido como Justino para su hija, el don Justiniano Costales suspiraba por una mujer como Amparo Hernández para su Justino, que, á su vez, se regocijaba en la contemplación mental de las dotes, y aun de la dote, de que estaba adornada la hija de don Zacarías. De esta mancomunidad de lícitos y honrados deseos, nació, por decreto de la divina Providencia, según el novelista, el declarado propósito entre los dos padres, de que los respectivos hijos se fueran aproximando honestamente, y tratándose y conociéndose poco á poco, de manera que sin esfuerzo se manifestara el afectuoso vínculo que, por necesidad, había de manifestarse entre dos criaturas tan semejantes en la honestidad de sus inclinaciones y en la santidad de sus miras. Y así se hizo. Don Justiniano y Justino dieron en menudear las visitas á don Zacarías; y en cada una de ellas, mientras los dos señores padres departían en un extremo de la estancia, cerca del opuesto, Justino, con las piernas formando dos escuadras rigurosamente paralelas entre sí, dándose golpecitos en la barbilla con el puño de su bastón, cogido por el medio con su diestra enguantada, y la siniestra sobre el muslo correspondiente; Justino, digo, en esta postura, muy recomendada por el autor de la novela, y colgándole los faldones de su ceñido levitón hasta cerca del suelo, recitaba á la hermosa Amparo versos en latín, ó disertaba sobre una ley de Partida, ó acerca de la política dominante «en sus relaciones con los sagrados intereses de la familia y de la sociedad.»