La Puchera · Unidad 23 de 37
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—¿Quiere usted—saltó el Berrugo muy impacientado ya,—dejarse de jarabes de confitería, y decirme en las menos palabras que pueda, y á la pata-la-llana, lo que pretende de mí?
—Pues pretendo—respondió el sobrino del Mayorazgo, sorteando con soltura y gracia aquellas impetuosidades de su interlocutor,—y por supuesto, señor don Baltasar, pura y simplemente como por ansias del corazón, como por antojo de enamorado sensible...
—¿Otra vez á la confitería?—exclamó el Berrugo, casi levantándose de la media silla que ocupaba.
—Ayúdeme usted, Inesita, por caridad—dijo el indiano entonces, envolviendo á la suspensa joven en una mirada muy risueña y en una nueva onda de fragancias;—ayúdeme usted á contener la noble sinceridad de su señor padre, que no me deja ser tan cortés y respetuoso como yo quisiera y él se merece...
Pero como Inés no le respondía más que con sonrisas, muy dulces, eso sí, y con pellizcos á la falda del vestido, y las impaciencias de su padre crecían por momentos, el indiano añadió en seguida volviéndose hacia don Baltasar:
—Puesto que usted lo pide neto y sin repulgos, allá va tan neto y claro como la luz del sol: deseo comprar esta casa. ¿Me la quiere usted vender?
—¡Demonio!—exclamó el Berrugo alzándose media cuarta sobre el asiento, mientras Inés le miraba con el asombro pintado en los ojos.—¡Venderle yo esta casa!
—Es una proposición como otra cualquiera, señor don Baltasar—dijo el indiano, dominando perfectamente la escena con sus aires de gran personaje.—La quería usted clara, y clara se la he expuesto... Los motivos, ya le he indicado á usted cuáles son... motivos que llama usted, con suma gracia, de confitería; pero que en un hombre de mis ideas y de mis sentimientos, pueden mil veces más que todas las pompas de la tierra... En cuanto al precio, el que usted fijara. No creo que fuera tan alto que pasara de ciertos límites, ni yo me considero tan pobre que no pudiera pagarle á usted, hasta con réditos, las ganas, como sería justo. ¿Es esto hablar claro también, señor don Baltasar? Creo que sí. Pues ahora, si en ello hay algo que pueda mortificarle á usted, bórrese, olvídese... y como si no hubiera dicho nada.
—¡Qué demonio he de ofenderme yo por esas cosas!—respondió el Berrugo, que estaba entonces en sus glorias.—¡Á buena parte viene usted, hombre! ¡Ni que se tratara de una puñalada por la espalda!... Sépase usted, para en adelante, que yo soy de los que creen que hay derecho para proponer la compra de cuanto se le ponga á uno por delante; más creo: creo que el comprar ó no comprar lo que se desea, sólo es cuestión de precio. Y esto no lo digo por empezar á subirle el de mi casa, sino como regla que profeso en la materia, por razón de lo que llevo visto y observado.
—Sin decirle ahora, señor don Baltasar—replicó el indiano, que andaba tan atento á las impresiones reveladas en Inés, como á las palabras de su padre,—hasta qué punto estoy de acuerdo con esa regla de usted, yo me felicito, por lo pronto, de que la proposición que he tenido el honor de hacerle no le haya mortificado lo más mínimo. Y esto declarado, me atrevo á pedirle á usted permiso para dirigirle otra pregunta.
—Ya está usted haciéndomela,—contestó el Berrugo.
—Lo que usted me ha dicho respondiendo á mi proposición, ¿significa que queda aceptada en principio?
—¡En principio! ¡en principio!—recalcó el Berrugo en tono desdeñoso.—En principio están en venta, bien dicho se lo tengo, todas las cosas de este mundo, hasta la honra de las gentes; ¡y no había de estarlo esta humilde casa, aun sin los deseos que usted tiene de ella? ¡Pues, hombre!...
—Entendido, y muchas gracias, señor don Baltasar. Y ahora, siquiera por lo que el asunto parece disgustar á esta señorita, le pido á usted el favor de que no se hable más de él hasta que las circunstancias lo reclamen; pero con la advertencia, entiéndalo usted bien, Inesita, de que ni ese gusto ni otro alguno mío, daré yo por satisfecho á costa de la menor pesadumbre para usted.
—Mi hija—replicó el Berrugo mirando brutalmente á Inés,—no suele permitirse los lujos de apesadumbrarse por cosas que son del gusto de su padre. ¿No es cierto, Inés?...
Y la pobre, perdiendo de repente todos los colores de su cara, respondió tímidamente que sí.
Á este incidente siguieron frases muy superfinas y corteses del indiano, enderezadas, tanto como á templar las crudezas del padre, á quedar él bien acreditado en el concepto de la hija; hasta que al cabo de otra buena ración de palabras sin substancia, cambiadas con el Berrugo, sacó el deslumbrante reló, miróle, púsose de pie y dijo:
—Estoy abusando de la bondad de ustedes hace rato: es más tarde de lo que yo creía... quizás iban ustedes ya á comer...
—Pues á propósito—interrumpióle el Berrugo, que aquel día estaba en vena de despilfarros,—¿por qué no come usted con nosotros? Es ya tarde: desde aquí á Nubloso hay una buena tirada; y además, ó somos ó no somos de la casa, como quien dice...
—¡Oh, señor don Baltasar!—respondió el sobrino del Mayorazgo, haciéndose una pura miel.—¡Tanto favor para mí!... ¡Tanta molestia para ustedes!... Yo no sé si debo...
Y en esto miraba á Inés, la cual parecía decirle con la expresión de sus ojos dulces: «quédese usted, sin cumplidos.» Al mismo tiempo le soltaba el Berrugo estas claridades:
—Ya sabe usted que yo no entiendo de dulzainas. De verdad ofrezco. Diga claro y pronto lo que más desee. Comida hay abundante, porque es día de repique gordo, y ningún perjuicio nos causa con quedarse. Si nos le causara, me hubiera librado muy bien de convidarle, por si me cogía por la palabra... En resumen, ¿acepta ó no?
El indiano, que parecía gustar mucho de las genialidades de don Baltasar, se reía mientras le escuchaba; y en cuanto éste acabó de hablar, le respondió:
—Pues acepto... y con muchísimo gusto.
No bien lo dijo, salió Inés de la sala apresuradamente, al tiempo mismo que entraba en ella, muy sofocado, don Elías.
—Aquí tiene usted otro convidado,—dijo el Berrugo al indiano, señalando al médico.
El cual se quedó estupefacto al hallarse, cara á cara, con el caballero del altar mayor. ¡Venturoso y bien singular para él aquel día de San Roque! ¡Convidado á comer por el Berrugo, quizás para ofrecerle los sesenta y dos mil reales del molino, y verse allí mismo en ocasión de averiguar lo que á la sazón ignoraba todo el pueblo!
—Sentiría—dijo después de hacer una reverencia al forastero,—haber hecho esperar á ustedes. Camino de mi casa me alcanzó el recado que usted, señor don Baltasar, se sirvió mandarme; desde la puerta de la calle, por tardar menos, dije á la familia que no me aguardara hoy á comer, y á escape retrocedí para acá... Pero ¡qué calor el de hoy y qué sudar en aquella iglesia!
Y sudaba todavía, aunque no había entrado en ella, el santo varón; pero sudaba de emociones súbitas, inesperadas... de puro gusto, en fin.
—El señor—dijo el Berrugo al indiano,—es don Elías, el médico de Robleces.
—Para servir á usted, caballero—díjole á su vez don Elías,—aunque no tengo el gusto de...
—Tomás Quicanes—respondió muy cortésmente el forastero, tendiéndole la mano,—y muy servidor de usted.
Estrechósela con ansia el médico; y mientras le miraba anheloso y hasta conmovido, le decía:
—Tomás Quicanes... Tomás Quicanes... Creo recordar... Sí: esa cara... y ese porte... Sólo que no caigo...
—¡Qué ha de caer usted, hombre, qué ha de caer usted?—saltó don Baltasar, que observaba muy atentamente la escena;—¡si en la vida de Dios ha visto á este caballero hasta que le vió esta mañana en el altar mayor! ¡Cuidado que es gana... de confitear!
—¿Quién sabe?—terció Quicanes, apiadado de don Elías.—Aunque es poco el tiempo que llevo en España, puede el señor haberme visto...
—¡Qué ha de ver, hombre, qué ha de ver este infeliz, que no ha salido de Robleces hace trece ó catorce años! Y si no, á la prueba. El señor es—añadió mirando á don Elías y apuntando al indiano,—natural de Nubloso, sobrino del Mayorazgo á quien yo compré esta casa. Hace veinte años que se fué á América, y dos días que llegó á su pueblo. Vamos á ver, ¿sabía usted algo de esto? ¿Dónde le ha conocido usted, visto siquiera, hasta hoy?
Bendijo don Elías la desvergüenza del Berrugo, gracias á la cual averiguaba él de un golpe todo lo que necesitaba saber; pero humilló la cabeza y respondió mansamente:
—En efecto: estaba yo equivocado. Sin duda le he confundido con otra persona... Y ¿viene usted—añadió irguiéndose de pronto, quizás por atajar con la pregunta alguna otra salida genial del Berrugo,—para volver á marcharse, como hacen tantos, ó para dejar los huesos en la tierruca?
—Ese es mi propósito, señor don Elías—respondió afablemente el indiano:—dejar aquí los huesos...
Pero el Berrugo no estaba ya para meter la cuchara en las cosas de don Elías: le preocupaba más lo que pasaría en la cocina en aquellos momentos críticos; y dejando solos á los dos convidados, salió de la sala, advirtiéndoles, y era la verdad, que iba á ver á cuántos se estaba de comida.
Y hablando, hablando, el indiano y don Elías, acertó el primero á preguntar al segundo cuántos años llevaba de médico en Robleces, de dónde era nativo y qué familia tenía.
¡Tú que tal dijiste! Si con pretextos mucho más remotos largaba don Elías la historia de sus soñadas grandezas, tan pronto nacidas como acabadas, ¿cómo no soltarla en aquella gran ocasión, á solas con un personaje que no le conocía más que por los informes cáusticos de don Baltasar, y quizás era otro millonario, pero millonario de verdad? ¡Oh, qué día, que día aquél para el médico de Robleces! Todo, todo se lo dijo; todo se lo refirió al indiano. Lo de sus graneles partidos, lo de las sedas á montones, y la plata por los suelos... lo de la millonada, en fin. ¡Y con qué lujo de pormenores, y con qué emoción tan profunda y conmovedora! Como si lo contara por primera vez. El de Nubloso le escuchó estupefacto.
Cuando, recién acabada la historia, entró don Baltasar avisando que iba ya la sopa á la mesa, aún tenía el médico las mejillas ardiendo, los pelos de punta y los ojos arrasados en lágrimas, las cuales enjugaba con el pañuelo.
—Vamos—dijo el Berrugo al notarlo y dirigiéndose al otro,—ya le echó á usted la millonada encima.
—¿Por qué lo dice usted?—preguntó el indiano, que indudablemente estaba un poco conmovido.
—Por las señales—respondió el Berrugo apuntando á la cara de don Elías,—y porque ya contaba yo con ello.
—¡Ay, señor don Baltasar!—exclamó don Elías, plegando en tres dobleces el pañuelo:—cada cual se queja de lo que le duele...
—Verdaderamente—añadió el indiano,—es historia interesante la del señor.
—¿Interesante, eh?—dijo en el tono burlón de costumbre don Baltasar:—no lo sabe usted bien todavía; pero ya lo irá sabiendo poco á poco... Ahora, señor don Elías, vamos á matar las pesadumbres en la mesa, que ya nos esperan allá; y con buen apetito, si hemos de juzgar por la cara de tigre enciscado que tiene el seminarista.
—¡Hombre!—exclamó don Elías, muy aliviado ya de sus tristezas con aquella noticia.—¡Conque Marcones... digo, conque Marcos también está hoy por acá? ¡Cuánto me alegro!... Pase usted, señor de Quicanes.
—¡Oh, eso no, señor don Elías!... Primero usted...
—¡De ningún modo!
—¡De ninguna manera!
—¡Canario!—dijo entonces el Berrugo que lo presenciaba.—¿Esas tenemos también y á tales horas? ¡Á ver si pasan de una vez juntos ó separados, ó los paso yo de parte á parte!
Echólos por delante, y se fueron los tres al comedor.
[Ilustración]
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XXI
ARROZ Y GALLO MUERTO
En opinión de Inés, desde el momento en que se quedaba á comer el peripuesto indiano de Nubloso, el asunto de la comida aquélla adquiría una gravedad excepcional. Con Marcos y con el médico, todo podía pasar, porque eran personas de confianza y no estaban hechos ni á tanto siquiera; pero ¡con aquel caballero tan planchado y oloroso, que había corrido tanto mundo!...
Y por eso salió de la sala del modo que se dijo. Del tirón, fué á la cocina á advertir lo que ocurría, y sin reparar en la caraza fosca que tenía Marcones, á quien halló paseándose en el carrejo, con las manos en los bolsillos y la cabeza gacha. Examinando los manjares, catando las salsas y reparando en la vasija, ¡qué poco, qué malo, qué sucio y qué viejo le pareció todo! Limpió cuidadosamente los careles de los platos y de la media fuente en que se había cuajado el arroz con leche, que ya tenía su buena costra de canela en polvo: bajó la poca y mala loza que había en el vasar, y escogió los platos menos deslucidos por el uso, para reemplazar con ellos los que aún fueran peores de los que estaban ya en la mesa; encargó mucho que se _barciaran_ con gran curiosidad en las fuentes los cocidos y el gallo en pepitoria, y hasta se atrevió á lamentarse de que estuviera un poco salada la sopa de fideos. La Galusa la veía hacer y mangonear, con un despecho muy mal disimulado, y la oía sin responderla más que con un borboteo de colmena, que no cesaba un punto, y algún cucharetazo que otro, bien sonado, ó tal cual rabonada en corto; pero cuando oyó lo de la sopa salada, se picó de veras y cantó claro.
—¡Ni anque viniera el obispo á comerla!—comenzó á decir, andando de acá para allá y subiendo el tono á medida que trasteaba y removía mesas y cachivaches.—¡Ni anque por ello juéramos á perder casorio con el marqués de la fanfarria!... ¡Bah, que te quiero un cuento con el fachendas, que está bien hecho á comer borona fría!...
—Y tú ¿qué sabes de eso... ni qué te importa?—dijo Inés, á quien indignó la grosera reticencia de la criada.
—¡En gracia de Dios—continuó ésta,—habla bajo el piojo resucitao, pa que no le oyeran los que no son sordos y andaban por los carrejos, por haber sido echaos de las salas! ¡Vaya con el sobrino del borrachón de Robleces, que ahora no coge en ellas de puro inflante, y antayer salió de aquí muerto de hambre y en carnitas!... ¡Y too nos paece poco pa regalale el gusto al gran señor de morondanga!... Pos un rato hace, ni la sopa estaba salá ni los platos negreaban... ni por aquí asomó naide pa alvertir que si esto arriba y que si lo otro abajo... Y me paece á mí que con lo que era mucho y güeno pa unos, bien puede regalase, sin que se le caiga la venera, el hijo de su madre, que no es de mejor casta que el nieto de la mía. ¡Ya lo quisiera el grandísimo... que con ser tanto y un poco menos, se vería muy honrao! ¡Á qué vienen las cosas á parar, María Madre de Dios, y de tan de súpito y contino! Y gracias que paran en esto solo; que al paso que vamos, día vendrá de echanos á comer al estragal, y en una escudilluca, como á los probes de la puerta... ¡Bah, que eso y más merecemos!... Y vete y vente, tonto de tí; y rompe zapatos y enseña lo que no se sabe; y acábate tú, desventurá del jinojo, y gasta los años olvidá de tu hacienda por mejorar la del vecino...
Marcones, que lo oía desde el carrejo, apareció de pronto á la puerta de la cocina, mustio de continente; y con voz enronquecida y lenta, dijo á la Galusa, mirando de reojo á Inés:
—Hace usted muy mal, tía, en tomar tan á pecho cosas que no lo merecen... ó que deben perdonarse, como las perdono yo en la parte que me alcanzan. Obrar bien es lo que me importa; que Dios está en los cielos, y en la tierra no se mueve la hoja de un árbol sin su santa voluntad.
Sin darse Inés por más entendida de las palabras del sobrino que de las últimas de la tía, aunque todas ellas la habían mortificado mucho, salió de la cocina sin desplegar los labios ni mirar á nadie, y se fué en derechura al comedor, pieza triste y destartalada. Allí estaba la mesa puesta para cuatro comensales: faltaba el cubierto del indiano... ¡y qué basto era el mantel y qué mal lavado estaba! Afortunadamente había otro más fino en la alacena... Pero aquellos vasos de vidrio, viejos y con roña indeleble en el fondo... Y de eso sí que no había cosa mejor de reserva... ¡Qué mal, qué mal provista estaba la casa para un lance inesperado como el de aquel día! Y lo peor era que el forastero, al notarlo, pensaría que la culpa de todo la tenía ella, por descuidada é indolente y no su padre, por ahorrativo y hasta roñoso. Después, Romana, á cuyo cargo andaban todavía allí todas esas cosas, estaba tan encariñada como su amo con la suciedad y la miseria... ¡Oh, era preciso que aquello cambiara ya!... y cambiaría, pronto, ¡muy pronto! De nada la servía á ella ser limpia y esmerada y rumbosa, si la otra no la dejaba terreno en que emplearse, ni medios para lucirse, ni ocasión siquiera de pelear contra ciertos resabios de su padre. Pero ¡qué indirectas tan brutales la acababa de echar! ¡Bien las había entendido ella! Lo del casorio, ¡qué barbaridad!... Lo de enseñar lo que no se sabía... lo dijo por el otro, que estaría resentido con las bromas de su padre... Pues también el tal, con aquel aire gazmoño con que habló á su tía desde la puerta tapándola toda... ¡Qué grande y qué negro le pareció allí! ¡Qué diferencia con el de la sala! ¡Y se extrañaba Romana de que ella se tomara por él cuidados que no se había tomado por los demás! ¡Qué falta de sentido común, y qué sobras de malas intenciones!... Bueno. Ya estaba cambiado el mantel, y Luca, la otra criada, había puesto encima de la mesa el montón de platos escogidos. Bien poco más lucían que los retirados. Él se colocaría allí, su padre aquí, ella acá y _los otros enfrente_... No, porque, de este modo, estaría cara á cara con Marcos... Mejor sería poner á Marcos acá y ponerse ella á esta otra parte... Pero entonces tendría de frente al otro... En fin, ya se arreglaría ese punto cuando llegara el caso.
Vino en esto su padre; encargóse de activar las faenas de la cocina, y se fué ella á su cuarto. Allí se lavó las manos; se limpió escrupulosamente las uñas; se refrescó un poquito la cara, que tenía algo ardorosa; se arregló el pelo y los pliegues de la falda; se encajó bien el talle, y pasó repetidas veces las manos abiertas por todas las graciosas hondonadas y gallardas altitudes de su cuerpo, para estirar las arrugas del vestido. Después se miró al espejo, que era bien mezquino ciertamente; y no sé qué juicio formaría de su propia estampa reflejada á pedazos en él; pero aseguro, de mi cuenta y riesgo, que estaba guapísima entonces y hecha una real moza, de los pies á la cabeza, la hija de don Baltasar Gómez de la Tejera.
Oyó, en esto, que la gente se rebullía hacia el comedor; fuése hacia allá, y encontróla arrastrando las sillas para sentarse á la mesa, por mandato imperioso y terminante del amo de la casa. El sitio que la habían dejado á ella libre, estaba enfrente del que ocupaba el forastero... La casualidad, ó quien allí mandaba, lo había dispuesto así... ¿Qué remedio tenía?