La Puchera · Unidad 25 de 37
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—Y ¿qué nos hacemos nosotros dos ahora, señor don Elías?—le preguntó el indiano mientras se lavaba las puntas de los dedos en el agua de su vaso, y después de limpiarse esmeradamente los labios con la servilleta,—¿Adónde iremos, sin estorbar á nadie?
—Sospecho—respondió don Elías,—que en el balcón del saliente debe de correr ahora un vientecillo muy agradable y hasta digestivo... Podemos ir allá si le parece.
—¡Gran idea, señor don Elías!
Andando los dos hacia el balcón y guiando el médico, que conocía bien el camino, dijo al otro, arrimando mucho la boca á su oreja:
—¡Menudos revolcones ha llevado hoy, señor de Quicanes, el pedantón ese! ¡Buenos fueron los que le dió en seco don Baltasar; pero los de usted por lo fino!... La Inés se bañaba en agua de rosas... Es natural...
—¿Por qué?
—Porque no le puede ver... casi me lo ha dicho á mí ella misma... ¡Pues podía no ser así! ¡Una moza de órdago como la Inés!... ¡Para el zoquete de Lumiacos estaba!
—¿Cómo es eso, cómo es eso?—preguntó aquí con viveza y gran interés el indiano.
—Verdad que usted no está en autos—dijo el médico, muy satisfecho y orondo.—Pero esto no es para hablado aquí.
Apretaron el paso; llegaron al balcón, donde, en efecto, corría un nordeste muy delicioso; sentáronse, y continuó de esta suerte el médico, mientras el indiano, sin apartar la atención de las palabras de don Elías, recorría con los ojos el hermoso panorama que se descubría desde allí:
—Pues el pedantón ese anda tras el gato del Berrugo.
—¿Y quién es el Berrugo?—preguntó el de Nubloso, después de arrojar de su boca una espesa nube del humo de su aromático cigarro.
—El Berrugo es don Baltasar—respondió muy bajito el médico.—Le dan ese mote por lo hebra que es y lo... Pues bueno: el Berrugo es riquísimo, señor de Quicanes.
—¿Lo cree usted así?
—Le digo á usted que poderoso.
—Y ¿de qué modo trata de heredarle el seminarista?
—Casándose con Inés.
—¡Casándose con Inés! ¿Pues no estudia para cura?
—Estudiaba, señor de Quicanes, estudiaba; pero hace meses lo dejó... ó le dejaron. Con la disculpa de dar lecciones de primera enseñanza á Inés, viene aquí todos los días, para ver si se va colando poco á poco... Amaños del zanguango con la pícara de su tía, la Galusa... El Berrugo no sabe jota de ello; y por el trato que le da hoy, puede usted calcular lo que ocurriría si el gandulote se llegara á explicar más claro... ¡Y el pedantón no cae en la cuenta ni en la mala voluntad que le tiene la Inés, y sigue erre que erre!... Pues ¿por qué se le figura á usted que fué el estampido suyo cuando aquello de los Estados Unidos? ¡Bastante se le da al hijo de su padre porque haya herejes allá ó deje de haberlos!... Con el zancarrón de la Meca apechugaría él si, haciéndose moro, aseguraba la puchera.
—Pues ¿qué mosca le picó entonces?
—El estar usted llevándose las preferencias de todos, y en particular las de Inés. Las cosas claras, señor de Quicanes.
—¡Bah!—respondió éste aparentando dar poca importancia á las noticias y pareceres de don Elías.—Cosucas de aldea.
—Hombre—dijo el médico, cambiando súbitamente de actitud, de tono y de temperatura,—y á propósito de esos Estados Unidos y de esas otras tierras lejanas de que nos hablaba usted: ¿conque tan bonitas son esas mujeres de por allá?
—De primera, señor don Elías, ¡de primera!—respondió el interpelado, después de mirar al médico con cierta extrañeza maliciosa.
—Pues vamos á echar un párrafo sobre ese particular, señor de Quicanes, para hacer tiempo.
—¡Hola, hola!—exclamó Quicanes, mirando con socarronería al médico.—¿Esas tenemos también?
—¡Juego limpio, señor de Quicanes, gracias á Dios!—dijo don Elías humildemente.—Pero, créame usted: aquí vivimos en pura tiniebla sobre las cosas del mundo, y no disgusta un recreillo de palabra de vez en cuando. Por lo demás, ¡á buena parte viene usted, señor de Quicanes!
—Pues vaya el párrafo,—dijo éste, acomodándose mejor en la silla en que estaba meciéndose.
Y hablando él y mintiendo á más y mejor, hecho ojos y oídos, don Elías, y sonando sin cesar el repiqueteo de las campanas de la iglesia, fué pasando el tiempo, y llegó el Berrugo á advertirles que Inés estaba pronta y esperando para ir á la procesión.
En lo más obscuro del pasadizo tocó don Baltasar al médico en el hombro; detúvose allí unos instantes con él, y le preguntó en son de chunga:
—¿Y cómo va el negocio de los molinos?
—¡Ya pareció el dinero!—pensó don Elías, vuelto de pronto á la realidad de sus estrecheces.—Para eso me convidó á comer. No es tan malo este hombre como se le cree.—Pues el negocio de los molinos—respondió en voz alta,—en el estado en que le dejamos aquel día, señor don Baltasar. Ya usted ve: falta la guita...
—Pues yo—le añadió el Berrugo,—sigo en mis trece: en cuanto descubra el tesoro, con las señas que usted me dió, le pongo en la mano los cuatro mil duros... ¿No son cuatro mil?...
—Sesenta y dos mil reales solamente, según mis cálculos,—respondió el médico, de mala gana ya.
—En fin, lo que sea—añadió el Berrugo.—Hombre, y á propósito: ¿ha vuelto usted á ver á la fantasma de la linterna?
—He visto la fantasma—respondió el médico algo crispado;—pero sin linterna y á media tarde, en el callejo de los Mulos; y nada me dijo sobre ese particular ni sobre ningún otro.
Soltóle el Berrugo una risotada que era para el pobre médico una zambullida en agua de diciembre, y se largó detrás del indiano, que aguardaba en el crucero de los dos pasadizos. Don Elías le siguió algo cabizbajo y diciendo para sí:
—Verdaderamente es incurable la indecencia de este hombre.
[Ilustración]
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XXII
EXAMEN DE CONCIENCIA
Corta de genio Inés y modestísima como era, no estaba pesarosa de que la gente la viera en público acompañada del caballero del altar mayor, norte de todas las miradas y tema de todas las conversaciones de aquel día en Robleces, por la mañana y por la tarde; particularmente por la tarde, cuando se vió al caballero que tanto había llamado la atención en el presbiterio, cosido á las faldas de la hija de don Baltasar, y á don Baltasar detrás de los dos, y con don Baltasar, el médico. ¡Cosas más raras!
Así fueron á visitar al santo, que estaba en el cuerpo de la iglesia con todos los perifollos de por la mañana, y á echar unas monedas de cobre en el platillo que había sobre las andas, y después á la procesión, mucho más larga que la otra, pero con las mismas cantadoras y los propios danzantes, hechos ya una porquería de polvo y de sudor, mas no rendidos; y el campaneo y los cohetes y la muchedumbre fervorosa de por la mañana, y otro tercio más de la gente forastera que había venido á la romería. Los curas de Piñales y de Campizas, que habían comido con don Alejo, le acompañaban en la procesión, y Quilino, con un librón abierto entre manos, les hacía el tiple en sus cánticos, á los que contestaba el público á cada instante con un clamoroso «_ora pro nobis_.» Al predicador de Pandos, después de comer también con don Alejo, se le había visto salir de Robleces, á medio galope del tordillo que montaba, en dirección á su pueblo.
Si á don Elías se le hubiera permitido satisfacer su gusto en toda regla, mientras la procesión iba por lo más hondo de la carrera que seguía, se hubiera encaramado él en el tejadillo del porche de la iglesia; y después de mandar que cesara el ruido de las campanas y el de los cantores y el de los cohetes y hasta el de las hojas que removía el nordeste en bardales y cajigas, habría referido á voces, á la muchedumbre detenida allá abajo, la historia del caballero del altar mayor, teniendo buen cuidado de añadir que aquella historia no la habían sabido hasta entonces más que él y la familia de don Baltasar.
Pero nada de esto le era permitido al oficioso médico; y, bien á su pesar, se conformaba con decir, á hurtadillas del Berrugo, que iba á su derecha, á cada conocido que pasaba por su izquierda, y aludiendo al indiano que le precedía departiendo con Inés:
—Es natural de Nubloso, y está riquísimo. He comido hoy con él.
La romería se celebraba cerca de la iglesia en una gran pradera, lindante por un lado con un espeso cajigal. En este cajigal humeaban los merenderos y resonaban los cantares, las panderetas y las tarrañuelas de dos ó tres corros de baile; y bailes, hasta de tambor, había también en la pradera, con sus respectivos cercos de espectadores; y por entre estos corros de baile y los del cajigal, el «agua de limón fría como la nieve,» las banastucas clásicas con perojos roderos, rosquillas duras y avellanas tostás; las bandadas de muchachos oliéndolo y curioséandolo todo, pero sin catar gran cosa de ello, por la pícara contra de lo caro que andaba; el mozón pretendiente colmando de _perdones_ el moquero de la moza... y en fin, lo de costumbre, por no apestar al lector con pinturas de que ya le tengo harto.
Por allí andaban, alegres y peripuestos y en amoroso grupo, la repolluda Pilara con toda su familia, y Pedro Juan y su padre; éste con las botas de agua, la medalla de Cochinchina y una corbata de seda, lacia y descolorida, anudada á la marinera. En cuanto Pilara vió á Inés y el Lebrato á su padre, se arrimó toda la comparsa á saludarlos... Ya estaba arreglado aquello. Pedro Juan y su padre habían comido aquel día en casa de Pilara, como si todos fueran ya unos. «La cosa sería allá pa la cogedera de los fisanes, al apuntar la toñá.» _Comenencias_ de cada cual lo pedían así. Todos estaban muy contentos; y ya contaba Juan Pedro con darse una vuelta «por ca su amo, pa ponerle en los autos al respetive, como era debido.» También Pilara tenía pensamiento de avistarse con Inés para pedirla cierto favor que estimaría Pedro Juan en tanto ó más que ella. Era «cosa de los dos en concierto.» Inés, que quería mucho á la noble Pilarona, dió el favor por otorgado, si cabía en sus posibles. El Berrugo se hizo de nuevas, y preguntó á Juan Pedro si su hijo era para en casa de la novia, ó la novia para en casa de él.
—Es ella pa en mi casa,—respondió el Lebrato.
—Más vale así para _nosotros_,—dijo entonces el Berrugo, que, por apego á sus haciendas, parecía muy dispuesto á no haber consentido lo contrario.
Poco después se separaron los dos grupos; y me consta que de la historia de los amores de Pedro Juan y de Pilara, que á instancias del indiano le refirió Inés, tomó pie el placentero acompañante para improvisar una plática que no tenía comparación con aquellas homilías que espetaba Marcones á la hija del Berrugo en los comienzos de su trato con ella. Marcones hablaba y hablaba, tomando los puntos al estilo de predicador, llenando de latines las parrafadas y vomitando tempestades contra gentes que ningún daño le habían hecho. Oyendo á Marcos se podía bostezar y hasta dormirse, y entraban como deseos de santiguarse cuando acababa, y de decir «amén» por remate.
El «predique» del otro fué más dulce, más insinuante y persuasivo: nada de latines ni de Santos Padres; las palabras eran de las más usuales y corrientes y sin adobo de rencores contra nadie; el tema, claro y sencillísimo: parecía que hablaba por boca del oyente; y por eso, con lo que decía á Inés no la daba ganas de bostezar, sino que la llevaba prendida la voluntad; y como si ello fuera gancho con que la sacara de allá dentro lo que más quisiera ocultar ella, la obligó más de dos veces á decir su parecer, sofocada de calor y temblando como una hoja. No había modo de permanecer serena ni enteramente callada, oyendo peroraciones como aquélla en boca de un hombre tan elegante, tan cortés, tan afectuoso y perfumado como el caballero del altar mayor. Después de la predicación para ella sola, se volvió hacia don Baltasar y el médico que los seguían, con trazas de ir algo aburridos, y también tuvo ingeniosas ocurrencias con que entretenerlos un buen rato. Luégo sacó un pañuelo blanco, de finísima batista, limpio y sin estrenar, y le llenó de cuanto se vendía en los puestos inmediatos; pagó rumbosamente, y ofreció aquellos _perdones_ á Inés, que no se atrevió á rehusarlos, después de haber tomado el médico, por cortesía, un puñadito de avellanas y dos perojos; don Baltasar no tomó cosa alguna, porque «no lo usaba jamás... ni de balde.» Pero verdaderamente estaba como algo fascinado con el rumbo y la charla y el atalaje y la conducta de aquel mozo.
El cual, después de bien corrida la media tarde, con el pretexto de que había una hora de camino hasta Nubloso, se despidió afabilísimo de don Baltasar, prometiéndole, y bien recio, no sé si para que Inés lo oyera, volver muy pronto á tratar «del consabido asunto pendiente;» de Inés, con intachable cortesía, y del médico, con la más campechana franqueza. Fuése... y desde aquel momento ya no supieron qué hacerse en la romería ni don Baltasar ni su hija, ni el médico que los acompañaba bostezando.
Dijo Inés, á poco rato, que se encontraba rendida y con ganas de volver á casa; aplaudióla el gusto su padre, y se alegró de ello don Elías que ya estaba impaciente por quedarse solo y en completa libertad de echarse por aquellas espesuras de curiosos, para referir á sus anchas la historia, bien comentada, del caballero del altar mayor.
Atravesando el cajigal para abreviar más el camino, vieron muy alborotada y en desorden á la gente de un corro de baile. Detuviéronse á observar desde lejos; y por una abertura que se hizo en la masa circundante, distinguieron allá dentro un bulto pintarrajeado, que volteaba, hecho un ovillo, entre aullidos de espanto y risotadas de burla.
Acercóse don Elías, por encargo del Berrugo, para averiguar lo que era y, por de pronto, había puesto á Inés tiritando de susto; y al cabo de un rato volvió muy diligente, con las manos atrás, el puño del bastón entre ellas, bamboleando el cuerpo á diestro y á siniestro y queriendo anunciar con la cara lo que comenzó á decir con la lengua mucho antes de llegar adonde le esperaban:
—Lo tengo pronosticado... Ese muchacho no puede acabar en bien.
—¿Qué muchacho?—le preguntó el Berrugo.
—Quilino—respondió don Elías.—Ese berraquillo de los demonios.
—Pues ¿qué le ha pasado?
—Que le han dado otra castaña, pero de órdago.
—Y ¿por qué?—preguntó Inés.
—Según se cuenta—respondió muy espetado don Elías,—parece ser que Quilino, después que le despachó Pilara pocos días hace, en cuanto habló claro Pedro Juan, se encalabrinó por la Marta, la hija del mayordomo de San Roque, buena moza y bien metida en carnes y con su por qué de legítima, por parte de madre, aunque no mucho. Parece ser también que Marta da cara tiempo hace al _Pinto_ de Los Castrucos, mozón con cada puño como una mandarria, que la corteja de firme, aunque sin haber hablado por derecho todavía; y que habiendo todo esto por delante, le dijo la Marta á Quilino, no sé si de buena voluntad ó queriendo entretenerse con él, como tantas otras se han entretenido, que le abriría la puerta, pero dejándole á resultas de lo que determinara el otro. Conformóse Quilino, porque no tenía otro remedio; pero es el condenado de él tan rijoso y emperrado, que quería llevar las cosas al galope; y hurga hoy, hurga mañana, tan pronto á Marta como al Pinto, atrevióse con él hace un momento en el mismo corro del baile: atufóse el mozón, que es una encina brava; y allá va el castañetazo sin más explicaciones, y Quilino al suelo.
—Y ¿no ha habido quien los separe?—preguntó Inés estremecida.
—¿Qué más separados los quiere usted?—dijo el médico.—Al Pinto le bastó un golpe para deshacerse de la mosca, y el otro birriagas no es hombre de volver por el segundo. Nada: les digo á ustedes que, salvo el arranque de muelas que ahora no ha habido, lo mismo que la otra vez.
—¿Qué fué lo de esa otra vez?—preguntó el Berrugo.
—Pues otro castañetazo que, por un motivo exactamente igual, le alumbró el Josco en el callejo del Hisuco. Tres vueltas le hizo dar en redondo, y dos muelas le arrancó de cuajo. Yo las tuve en la mano y curé al provocativo. Les digo á ustedes que en poco tiempo se ha metido bajo un par de mazas de las de órdago; vamos, como no las hay en Robleces ni en diez leguas á la redonda.
No se habló más del suceso; y andando, andando los tres personajes, llegaron á dar vista á la portalada de don Baltasar. Despidióse allí don Elías, sin que le respondiera el Berrugo, y éste y su hija siguieron andando y se metieron en casa.
Inés ponderaba mucho su cansancio; y en cuanto su padre se apartó de ella, sin detenerse á desocupar el pañuelo cargado de perdones, con él entre manos se fué á la solana y se sentó en una silla. Quiso probar el regalo de su cortés acompañante, y no pudo. Sentía como un nudo en la garganta que la impedía deglutir lo que molía y trituraba su fina y esmaltada dentadura. Tendióse hacia atrás hasta tocar en la pared con el respaldo de la silla; apoyó las puntas de los pies en la balaustrada del balcón; dejó sobre el regazo el pañuelo de perdones atado por las cuatro puntas; cruzó los brazos bajo el pecho, y comenzó á mecerse como en aquellos días en que tenía apagadas todas las luces de la imaginación. La tarde caía; el cielo rojeaba sobre la línea del horizonte por donde el sol iba á esconderse pronto; la brisa había cesado; el ambiente era dulce y oloroso; á lo lejos se oían los cantares, intermitentes y como á la sordina, de los romeros que volvían á sus hogares atravesando mieses y collados, y, de tarde en cuando, algún rumor de conversaciones y estallidos de carcajadas, en las callejas contiguas; y con ser los ruidos tan apagados y la luz tan templada, aún le parecían á Inés diablejos que se le metían por los oídos y por los ojos para revolverla y enmarañarla los pensamientos que ella quería ordenar á su gusto para examinarlos mejor... Porque su cabeza estaba llena, rebosando de pensamientos, y en aquel instante quería el silencio absoluto y la obscuridad de las noches sin luna, para entenderse con ellos. El silencio no podía crearle ella por su sola voluntad; pero la noche sí. Cerró los ojos y continuó meciéndose. Los ruidos no la distraían ya tanto. Podía hacer aquel examen que la estaba tentando desde que se había apartado de ella el inesperado é interesante personaje. El examen debía hacerse punto por punto y según el orden riguroso en que los sucesos habían ocurrido.