La Puchera · Unidad 29 de 37

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¡Vaya si se acordaba! Pero lo negó sin maldita la conciencia; por lo cual tuvo el otro que volver sobre lo tratado en la romería de San Roque, sabiendo que se le engañaba descaradamente en aquella negativa, pero aceptando con gusto el engaño para desenvolver más á sus anchas la metáfora, algo cursi, como todas las metáforas de todos los enamorados de este mundo, del huertuco montañés y de la rosa colorada.

Ya estaba, pues, la gran cuestión en pie, y ya dudaba Inés si seguir cosiendo ó si dejarlo: si no cosía, no sabía qué hacer de las manos ni de los ojos; y si cosía, se pinchaba; y cosiendo ó no cosiendo, le andaban unas cosas por todo el cuerpo y delante de la vista, y le subían unos calores y sentía tales ruidos en las sienes, que no podía parar ni sosegar un punto. ¡Y se estaba todavía al principio de una historia de la que conocía ella hasta la penúltima página! ¿Qué sería cuando llegara el momento de aclararse el único punto que quedó sin aclarar en la romería? ¿Cuando se la dijera terminantemente quién era «la de Robleces?» Pero ¿llegaría á decirlo él? Y si no lo decía, ¿por qué la atormentaba sacando á relucir de nuevo la misma historia?

¡Aprensiones disculpables en un espíritu abierto, noble y generosamente, á las primeras llamadas del corazón, como las rosas de la metáfora al calor de los rayos solares! Puede que resulte también algo cursi esta otra metáfora que tomo del montón de las corrientes; pero no hallo otra de mejor arte ni más al caso, y por eso me valgo de ella para venir á parar á que, con todo el miedo que tenía Inés al final de la historia, se le hacía mucho lo que tardaba en llegar á él el relatante, y hasta temía que no llegara nunca.

En lo cual se equivocaba grandemente; porque el indiano, aunque contando los pasos y gozándose en la contemplación del terreno que exploraba al mismo tiempo, llegó y llegó bien; y llegando, resultó, y así se lo dijo á Inés, claro, muy claro, aunque le temblaba un poco la voz al decírselo, que «la de Robleces» era ella; ella, que en pocas horas se había hecho dueña y señora de su corazón y de su vida, y más que por la hermosura de su cuerpo, que era singular, por la nobleza y sublime candidez de su alma, que no tenía precio.

Todo esto oyó Inés sin morirse, como lo temía desde lejos. Algo la pasó, es verdad, que le pareció el fin de la vida; pero no por las ansias ni los dolores ni el desconsuelo, sino por lo dulce, por lo agradable y, sobre todo, por lo extraño; de manera que, más que muerte, era aquello la terminación de una existencia insulsa, y el comienzo de otra mucho más placentera y amable.

Y todo esto leyó y fué saboreando codicioso, detalle por detalle, el afortunado galán, en el mirar turbado, en el respirar anhelante y en el casto y dulcísimo abandono de todo su sér, con que la pobre novicia, sin voz ni energía en su garganta para responder con palabras, reveló claramente las tempestades de su pecho.

* * * * *

Sucedió después una cosa bien extraña. Á fuerza de contemplar embebecido á Inés, acabó el singular enamorado por mirarla, más que como triunfador satisfecho de su hazaña, como temerario que lamenta, con honrado corazón, el estrago irremediable de una ligereza. En seguida, como para intentar una prueba en que deseara ser vencido, tomó, suave y cariñosamente, una mano de Inés entre las suyas, y la preguntó sin dejar de contemplarla:

—¿Sería usted capaz de hacer un sacrificio por mí?

—Hasta el de la vida,—respondió temblando Inés, no con palabras, sino en una mirada que se fué alzando poco á poco hasta difundirse en la amorosa y á la vez compasiva del otro.

El cual, entendiendo bien la respuesta, añadió:

—Pues la voy á pedir el único con que no contaría usted entre todos los que puede haberse imaginado: que guarde, como en el secreto de la confesión, lo que acaba de pasar entre nosotros... hasta que yo la diga cuándo es la hora de publicarlo á voces. Le pido á usted esto, que sólo por pedirlo yo en tal ocasión ha de parecerle sacrificio, y bien extraño, por el amor que siento por usted, y delante de Dios la juro que es verdadero y grande. Hemos de hablar á menudo de estas cosas, y todo se aclarará cuando se deba.

Se levantó momentos después; se despidió «hasta luégo» con todos los miramientos, entusiasmos y delicadezas que el caso requería; y sin que el Berrugo pareciera por allí ni por las inmediaciones, fuése.

Inés recibió su última despedida desde la portalada, y cayó en seguida, transfigurada y absorta, en las honduras de su pensamiento, que era un volcán; y todo, todo lo creyó posible, menos que aquel hombre fuera capaz de engañarla.

[Ilustración]

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XXV

ANALES DE TRES SEMANAS

No siempre halló el indiano de Nubloso igual comodidad que aquella tarde para hablar con Inés á sus anchas, ni, en rigor de verdad, me atrevo á afirmar que estos inconvenientes le contrariaran poco ni mucho; porque es de saberse que «la cosa bien extraña» que sucedió al acabarse la visita historiada más atrás, continuaba siendo misterio, y misterio bien mortificante, para Inés, por culpa de aquel hombre empecatado que huía de toda ocasión en que pudiera verse obligado á levantar siquiera la punta del velo misterioso. Pero no por eso faltaban el tiempo necesario ni lugar á propósito para decir él lo que quería y necesitaba decir, aunque no fuera, ni con mucho, cuanto deseaba saber ella, ni dejó de seguir su marcha devoradora el fuego amoroso en que parecían estar ardiendo los dos.

Á la tercera visita, ya se tuteaban; y deshechos con esta llaneza en el trato los estorbos que el ceremonioso «usted» opone á la franqueza de la expresión, aun en caracteres más resueltos y adestrados que el de Inés, la máquina de las ideas de ésta, aquella máquina que para ponerse en franco y seguro movimiento tuvo bastante con el impulso casual y rudimentario de una mano tan torpe como la del grosero seminarista, al calor de los afectos nuevamente adquiridos y con el estímulo de su comunicación frecuente con los del hombre que se los había infundido, tomó de repente unos vuelos maravillosos. ¡Entonces sí que estaba desconocida! Como en idénticos casos la había sucedido ya, no pudiendo, por su ignorancia é inexperiencia, extender á lo ancho la labor de sus investigaciones, las hizo á lo hondo, con la fuerza y la luz de su inteligencia clarísima; y la cuenta le salió aún mejor así, porque ahondar se necesitaba, y no otra cosa, para dar con el filón que ella iba buscando. Y ahondando, ahondando con el análisis de sí propia y el de la conexión íntima que «debía haber» entre su modo de sentir y el modo de sentir del otro, aunque llamando las cosas á su manera, llegó con los razonamientos á un punto de cordura y de fortaleza tales, que pusieron en graves apuros al receloso y asombrado galán. Para ser un poco atrevida, además de esto, le sobró con el ansia, que la devoraba, de aclarar el enigma que la servía de tormento á todas horas, y la amargaba las dulzuras de aquella pasión que ella consideraba como un don inmerecido de Dios.

Pero ¿por qué había de haber esa nube negra en un cielo tan limpio, tan puro, tan lleno de luz, como el de sus recién forjadas ilusiones? Y si bastaba un soplo de _él_ para deshacerla, ¿por qué no soplaba? Y entre tanto, aquella nube podía ir extendiéndose y espesando y cubriéndolo todo, hasta el mismo sol; y entonces ¡Virgen María! no quería pensar en ello. Era imposible que las cosas llegaran á un extremo tan espantoso. «¡La nube! ¡el misterio!» ¿De qué se trataba, al fin y al cabo? De que ella no revelara á nadie lo que estaba pasando entre los dos. Sin necesidad del encargo, hubiera quedado el secreto guardado en lo más hondo de su corazón, mientras lo guardado «no diera más de sí.» Pero ¿por qué se le hacía el encargo? Aquí estaba la malicia. ¿Era un pecado lo sucedido? ¡Imposible! Y si no lo era, ¿por qué tenía él tanto empeño en que no se descubriera? Podía haber en este empeño un fin de casta más noble que la del misterio que á ella la alarmaba; por ejemplo: el de probar su fe ó su discreción, atormentando un poco su curiosidad; pero en este caso, ¿por qué andaba él tan preocupado, tan receloso, tan vacilante? Esto, esto solo era lo grave, lo extraño. Á veces la asaltaban recelos espantosos. ¿Habría otra mujer en alguna parte del mundo, que pudiera pedirle cuentas de «lo que estaba pasando entre los dos?...» ¿Estaría...? ¡Qué enormidad! Eso, honradamente, no podía imaginarse: no cabía en lo posible. De todas suertes, la tentación de sospecharlo solamente, la arrastraba á considerar si no habría pecado ella de ligereza al entregarse tan pronto, tan irreflexivamente y tan confiada, á una pasión así, inspirada por un hombre de cuya lealtad no tenía otras pruebas que las de su palabra, que podía muy bien no ser honrada... Tampoco era posible esto; también caía fuera de los límites que la perversidad humana tenía, en el concepto inexperimentado y naturalmente bondadoso de Inés... De cualquier modo, ella no comprendía aquella reserva sospechosa que tan malos ratos la daba y no podían pasar inadvertidos para él. ¡De qué distinto modo se conduciría ella en el caso contrario! Sin haber ocurrido, y sólo por el placer desinteresado de confiarle hasta el último secreto de su conciencia de mujer y de enamorada, le había referido la historia de la resurrección de su espíritu, con todos sus pormenores; y lejos de intimidarse al sacar á relucir los graves episodios de la explosión amorosa de su profesor, los relató con especial parsimonia, porque hasta se recreaba en traer con ellos á la memoria lo abominables qué le parecieron en cuanto pudo considerarlos con serenidad; amén de que, cotejando y comparando tiempos con tiempos, hombre con hombre y sentimientos con sentimientos, los que le había infundido el absorto escuchante adquirían doblada consistencia y mayor intensidad. ¡Y él, que, con trabajo menos escrupuloso, podía proporcionarla á ella un placer más regalado, la dejaba penar y consumirse entre dudas y confusiones! ¡Qué mal hecho estaba eso! ¡Ah! si ella fuera un poco más atrevida ó un poco menos compasiva y tolerante, ¡cuántas veces le hubiera puesto, con una pregunta, en la necesidad de descubrirla el misterio!... ¿Qué harían las demás mujeres en casos parecidos al suyo? Porque ella no sabía nada, nada absolutamente, en materia de amores, sino lo que había leído en las novelejas prestadas por Marcos, y lo que estaba observando en sí misma, lo cual no se parecía en lo más mínimo á lo que ocurría en las novelas.

Entre tanto, la situación de las cosas, en general, no podía ser más embarazosa para todos allí. Su padre, aunque parecía andar siempre á su cuento y no reparar en nada, veía con el rabillo del ojo cuanto pasaba á su alrededor, por lo menos desde que entraba tan de continuo en la casa el indiano de Nubloso. Un día la dijo deteniéndola en lo más obscuro del carrejo, como por casualidad:

—Mujer, ¿sabes tú lo que anda buscando por aquí ese sujeto?

Inés comprendió desde luégo á qué sujeto se refería su padre, y se puso roja y sofocada; pero, por fortuna, no se veía la mano delante en aquel esófago tenebroso, ni se vió, por consiguiente, la turbación con que respondió para salir del paso:

—Á mí nada me ha dicho.

Tosió el hombre, y se marchó golpeando el suelo con algo que llevaba en la mano.

Otro día se encaró con ella á la puerta de la sala; y como si replicara á la respuesta que se le había dado en lo más obscuro del carrejo días atrás, dijo esto solo y sin mirar á su hija de frente:

—Pues á mí tampoco me ha dicho una mala palabra hasta la hora en que estamos, sobre lo que desea y busca por aquí... Y no quisiera tomarle yo la delantera para preguntárselo... ¡Y, cuidado, que motivos no faltan ya!...

Y se fué.

Esta nueva embestida puso á Inés en el colmo de la angustia; porque lo que su boca no decía sobre lo que la estaba pasando, lo publicaban á gritos su raro y nuevo modo de ser, y las idas y venidas del otro, desconcertado y receloso, y sus apartes con él. ¡Y era tonto y ciego don Baltasar para no caer en la cuenta de lo que tan á la vista estaba! ¡Y era, mudo, gracias á Dios, para no explicarse á las claras con el otro, si llegaba á «tomarle la delantera!»

Pues ¿y la Galusa? ¡Válgame Dios, cómo rastreaba por escondrijos y rincones la pista del «fregado indecente,» en cuanto asomaba el tunante por las puertas de la casa! ¡Qué zumbar el suyo mientras iba y venía, como moscardón aprisionado, y qué zaherir con indirectas envenenadas á la pobre Inés, cada vez que se topaba con ella, ó la veía, medio alelada, torpe y desmañada, acercarse á todo para no hacer luégo cosa con cosa! ¡Qué aborrecimiento la tenía y qué poco le disimulaba! ¡Y ella conociéndolo todo, y hasta que había razones aparentes para mucho de ello, y no pudiendo desplegar los labios para defenderse en lo defendible, ni siquiera para decirle á él: «habla tú, que con una palabra puedes hacer que se concluya pronto, y todo esto!»

Y aún fueron más allá los conflictos de la pobre muchacha. Días andando, y en uno de labor, al ir ella á misa, porque las oía muy á menudo, especialmente desde el de San Roque, la esperaba don Alejo paseándose en el portal de la iglesia, de levita y con bonete.

—Vaya, Inesuca—la dijo,—aquí te cojo y aquí te mato; y te cojo, porque te esperaba; y te esperaba, porque, si no te cojo aquí y antes de misa, no te cojo en ninguna parte. ¿Estás? Bueno; pues ahora te advierto qué no se trata de robarte la mantilla, ni de sacarte ninguna tira del pellejo. Esto te lo digo para que te cures del susto que te ha hecho perder de repente los colores de la cara. ¡Valiente foragido soy yo para dar disgustos á nadie, y menos á tí, corderuca de Dios!... En fin, que se trata de que me consume una curiosidad, y de que quiero que tú me saques de ella. ¿Querrás?

De algunos días á aquella parte, todos los ruidos le sonaban á Inés de un mismo modo, y todos los golpes iban á parar á su dedo malo. Por esta triste experiencia, barruntó que lo que pensaba preguntarla don Alejo tenía que ver, por más acá ó por más allá, con lo que «á ella la estaba pasando.» Y dicho y hecho.

Apenas prometió al cura complacerle, si le era posible, en lo que la pedía, cátale metido de hoz y de coz en el asunto, de la siguiente manera:

—Pues has de saberte que el día de San Roque, al anochecer, supe que aquel caballero tan majo que oyó la misa en el altar mayor y tanto me había llamado la atención, resultó ser Tomasín; Tomás Quicanes, el sobrinuco huérfano del Mayorazgo, que vivía con él y me ayudaba las misas con una inteligencia, una gracia y una compostura, que me daban gloria. Te aseguro que no lo quise creer cuando don Elías fué á mi casa á contármelo y á hacerse lenguas de lo campechano que era y de lo mucho que sabía; y no lo quise creer, porque tras de no haberle yo sacado en la iglesia por la pinta, cosa que, bien mirada, no tenía nada de particular, me parecía mentira que hallándose en Robleces y tan cerca de mí ese caballerete tan espetado, no hubiera corrido á darme un abrazo y á decirme: «aquí tiene usted, con barbas ya y cargado de perendengues, á Tomasín Quicanes, el sacristanuco tan querido de usted.» Algo me explicó don Elías de las intenciones del tal sobre el caso, y de las buenas ausencias que había hecho de mí entre él y vosotros aquella tarde; pero, vamos, no me conformaba con eso. Á los pocos días ya vino él en persona á verme á mi casa... por supuesto, después de haber estado en la tuya... ¡Bah!... ¡y se me pone coloradita, lo mismo que si ello fuera un pecado! Á ver si se te bajan esos colores y me escuchas como es debido... Pues, señor, que vino; que se me dió á conocer, y que le conocí hasta en el modo de mirar y en cada una de las facciones de su cara; y que pasé con él, hasta que empezaba á cerrar la noche, el rato más agradable que creo haber pasado en todos los días de mi vida. ¡Qué guapo está, qué bien habla, qué cariñoso es y qué finamente siente y observa y compara lo que aquí dejó, lo que halla al volver... y qué sé yo qué otro tanto más! El arrastrado de él, de recién llegado á la Habana me escribió algunas veces; pero después lo fué dejando, dejando... ¡Y si vieras, Inesuca, qué majamente me pintó él este modo de ir olvidándose, no de mí, sino de escribirme de vez en cuando! ¡Qué fantasía de chico! Daban ganas de decirle que se volviera á marchar para dejar de escribirme, por sólo el gusto de oirle disculparse á la vuelta. Extrañándome yo de estas cosas, le pregunté sobre el particular; y supe, con el contento que puedes suponerte, que había gastado más de la mitad de lo que había ido ganando en sus negocios, en instruirse y en despabilarse, aunque despabilado lo fué él siempre de suyo... y esta opinión es cosa mía; que había cultivado más el trato de las personas letradas, que el de las adineradas; que tenía hasta pasión por los buenos libros; que había viajado mucho... en fin, que no acabaría yo, Inesuca, si te fuera relatando lo que entonces le oí, lo que le he podido sacar después acá; porque te advierto que rara es la visita que te hace á tí... digo, que os hace á vosotros, sin que antes ó después no me haga á mí otra; y lo que de todo ello he ido coligiendo yo á mi manera, aunque lego... ¿Te vas enterando, Inesuca?

¡Si se iba enterando Inés! Sin perder punto ni coma, y con una codicia de ello, que bien se pintaba en sus ojos radiantes de luz y de regocijo.

—Me entero,—respondió, sonriéndose, á la pregunta del cura.

—¡Pues podías no!—replicó éste; y añadió en seguida:—Y ahora va lo bueno, quiero decir, el golpe con que te amenacé al cogerte aquí. Córrese entre las gentes, que Tomasuco el de Nubloso, con haber rodado tanto mundo, no ha podido hallar en todo él lo que, cuando menos se esperaba, tuvo la suerte de encontrar en Robleces; ó séase, hablando claro, una mujer que le llene por entero para casarse con ella y acabar la vida, en santa paz los dos, en la tierruca. Gran pensamiento... y gran ojo, sobre todo; porque resulta, también según los dichos de las gentes, que esta mujer, Inesuca, eres tú... ¿Es verdad eso? Pues cata el golpe que te prometí, y venga la respuesta; pero tal como yo la deseo... Te advierto de antemano que el sujeto ese no me ha dicho nada de por sí, aunque no tiene boca bastante para ponderarte cuando de tí me habla; y cuenta también que esto ocurre en cada visita que me hace.

Inés recibió «el golpe» de don Alejo con mayor serenidad de lo que esperaba, y pudo responder á él con gran firmeza; porque la última noticia, y la única desagradable de cuantas le había dado de carretilla el buen señor, le ofrecía una salida de soslayo, que era al mismo tiempo la verdad fiel de lo que estaba sintiendo; y la salida fué la siguiente:

—Pues si él no le ha dicho á usted una palabra de eso, ¿qué quiere usted que le diga yo?

—Eso no es responderme á derechas, Inesuca,—añadió don Alejo algo contrariado.

—Pues le juro á usted—repuso ella muy serenamente, como que juraba verdad,—que no le puedo decir otra cosa.

Se quedó con esto algo suspenso el cura, y la dijo en seguida: