La religión demostrada al alcance de los niños · Capítulo real 14 de 14
CAPÍTULO XXXI
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 3 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.
CAPÍTULO XXXI.
Continuación de la misma materia.
ggj¿Ui escaso conocimiento manifiestan tener de la historia del saber humano, los que piensan que la incredulidad es hija de la sabiduría. Basta abrir un libro de aquellos en que se refiere la vida de los hombres mas ilustres, que con sus talentos y saber han honrado el mundo desde el establecimiento de la Relijion cristiana, y se verá que los sabios mas distinguidos se han gloriado con el bello título de hijos de la Iglesia Católica. Recórranse los catálogos de los hombres que mas se han señalado en un ramo cualquiera de los conocimientos humanos, y es bien seguro que siempre podrá la Iglesia Católica presentar mucho de entre sus hijos, que sin dejar
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de cautivar el entendimiento en obsequio de la fé, brillaban como esplendentes antorchas por sus talentos y sabiduría.
Pero ¿qué mas? ¿no poseemos inmensas bibliotecas, que son como, el depósito de los conocimientos humanos? ¿De dónde ha salido aquel cúmulo de libros cuya sola vista nos asombra? Re* vuélvanse y se echará de ver que en su inmensa mayoría son obras de autores cristianos, y muchos de ellos eclesiásticos. Luego es una necedad el decir que la Relijion sea enemiga del saber, que la incredulidad sea prueba de la ilustración, y que la fé sea propia de espíritus pequeños y apocados; luego el manifestarse incrédulo por parecer sabio, es señal evidente de ignorancia, es una vanidad pueril;- es una reprensible frivolidad de que debe preservarse todo hombre intelijente y juicioso. Tanta es la fuerza de esta verdad, que hasta en medio de la disipación y bullicio del mundo, empieza ya á ser mirada con mal ojo la irrelijiosidadj y va cayendo en
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desprecio la insensata moda de hacer del incrédulo. Entre personas bien educadas, aun de aquellas que son poco adictas á la Relijion, se mira como cosa indigna de un hombre decente el verter ideas irrelijiosas.
CAPITULO XXXÍL
Reflexiones que debe tener presentes el católico
al proponérsele alguna dificultad contra la
Relijion.
Uede ocurrir con frecuencia que á un católico se le objeten dificultades que él no acierte á soltar; pero este no es motivo bastante para que vacile en su fe. Y lo que mas puede inferirse de ocurrencias semejantes, es ó que el adversario tiene mayores alcances ó mas instrucción en la materia. Si bien se mira, el hallarse el defensor de la verdad vencido alguna vez en la disputa por el defensor del error, no es cosa que suceda exclusivamente en las cuestiones relijiosas, pues que acontece lo
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propio en todos los demás ramos. ¿Cuántas veces no vemos que un abogado de una mala causa, arrolla y confunde á su adversario^ ó por la superioridad de su talento y conocimientos, ó por su mayor sagacidad y sutileza? En las conversaciones ¿no presenciamos á cada paso que un hombre de entendimiento claro y despejado, sobre todo si está dotado de una locución fácil y expedita, da á todos los asuntos el jiro que mas le agrada; y hace ver, como suele decirse, blanco lo negro y negro lo blanco? Luego nada prueba contra la Kelijion el que un incrédulo haya propuesto una dificultad, á la que los católicos que le escuchaban no hayan sabido que responder.
En tales casos conviene que el fiel tenga á la vista las siguientes consideraciones. El incrédulo que propone la dificultad, no es regularmente un hombre mui sabio; será mas ó menos entendido, tendrá mas ó menos instrucción, pero al fin pertenecerá cuando mas á aquella esfera de personas inteli-
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jentes que abundan muchísimo en las clases que han recibido alguna cultura. Se deja pues entender que el argumento de que se vale, no deberá de ser alguna invención rara de que no se tenga noticia en el mundo: sino que será alguna especie tomada de algún libro irrelijioso, y que seguramente habrá sido desvanecida una y mil veces por los apolojistas de la Relijion; y es bien seguro que bastaría la presencia de una persona relijiosa é ilustrada para disipar como el humo la dificultad que tanto engríe al ufano disputador.
Además, aun cuando supusiéramos que la dificultad es tan grave, que ningún sabio del mundo es bastante á soltarla, no por esto se podria inferir que fuere falsa la Relijion. Nuestro entendimiento es tan ílaco, que no ve las cosas sino á medias,' con su poca luz no distingue bien los objetos, de aquí es que aun en las materias en que se encuentra mas certeza, no hai un punto sobre el que no ocurran dificultades gravísimas. Por manera que si el po-
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derse objetar dificultades contra una verdad, fuera motivo bastante para dudar de ella, de nada podríamos estar seguros. ¿'Quién ignora que hasta se ha llegado á disputar de nuestra misma existencia, objetándose dificultades cuya solución no era tan fácil como a primera vista podría parecer? ¿Quién ignora que una cosa tan clara^ como es la existencia del movimiento, fué también puesta en disputa por un filósofo? ¿Qué extraño pues si en materias tan difíciles, y tan graves como son las relijiosas, ocurriesen de vez en cuando algunas objeciones que no acertásemos á desvanecer cual nosotros deseamos? Cuando nuestro entendimiento es tan débil, que alcanza apenas á comprender las cosas mas sencillas y mas claras, cuando al examinar los objetos que vemos con nuestros ojos, y palpamos con nuestras manos, tropezamos á menudo con dificultades inexplicables, ¿deberemos admirarnos si nos sucede lo mismo en tratándose de los altos misterios, que están en rejion elevada á donde llegar
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no puede con sus propias fuerzas el entendimiento criado?
Lo que hemos dicho de las dificultades contra la Relijion, que se oyen en las conversaciones, puede aplicarse también á las que se leen en los libros: solo que en este ultimo caso son mucho mas peligrosas, á causa de que suelen estar presentadas con mayor arte. A mas del preservativo mas sencillo que es no leer libros irrelijiosos, debe considerar el católico, si alguna vez le vienen á la mano, que lo que en ellos se encuentra contra la Relijion, ha sido refutado mil veces, y que no necesita mas que buscar alguna de las muchas preciosas apolojías de la Relijion que circulan por todas partes, para encontrar satisfechos completamente todos los argumentos y reparos con que la impiedad y las falsas sectas han procurado, aunque en vano, desmoronar el indestructible edificio de la Relijion católica.
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APÉNDICE,
(N el curso de esta obrita no he querido emplear el común sistema de preguntas y respuestas, porque proponiéndome inculcar en el ánimo de los niños las razones fundamentales de nuestra santa Relijion, y queriendo por consiguiente evitar el que las aprendiesen de rutina, me ha parecido conveniente exponerlas de manera, que con la misma novedad del método se llamase y fijase mas su atención. Ademas se ha de tencv presente que en mi juicio, el estudio de esta obrita debe reservarse para los niños algo adelantados en edad; y por tanto desaparece ya el pequeño embara-
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zo que podria ofrecer el no estar arreglada por el método de preguntas y respuestas.
Sin embargo para ahorrar en lo posible á los señores maestros todo nuevo trabajo, he echado mano de dos medios: 1. ° Disponer de tal suerte el título de casi todos los capítulos, que para emplear cuando se juzgue conveniente ei método de las preguntas y respuestas, no tengan que hacer otra cosa los maestros que expresar el mismo título ea forma de interrogando, con alguna muí lijera modificación que les sujerirán sin duda su discreción y conocimiento. Si en algún caso ha sido conveniente señalar hasta el curso que se debia dar á la conversación en materias relijiosas, entonces me he valido del diálogo. 2.° Añadir el díálagoque viene á continuación, donde se encontrará en brevísimo espacio, lo principal de la of rita. Los maestros podrán hacer do este diálogo el uso que estimen conveniente^ pero me parece que debería emplearse para fijar mas en la memoria
—Sede los niños lo que hubiesen aprendido por extenso en el cuerpo de la obra. Debe considerarse el diálogo corno auxiliar, no como principal.
I i.
P. ¿Cómo se puede confundir á quien niegue 6 ponga en disputa la existencia de Dios?
R. Levantando la mano y señalando con ella la admirable máquina del Universo.
P. ¿Y esto será bastante?
R. Sin duda; porque si tengo un reloj me reiria de quien dijese que aquella maquinita se ha hecho por sí misma; si veo un hermoso cuadro, tendré por un loco al que afirme que nadie le ha pintado. ¿Y qué máquina mas grandiosa que la de los cielos y la tierra? ¿qué cuadro mas magnífico que el firmamento tachonado de esplendentes astros, y el globo que habitamos, cubierto de tanta riqueza, variedad y hermosura? Todo esto me demuestra hasta la evi-
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ciencia, que hai un Dios que todo lo ha criado y ordenado.
P. ¿Y qué piensa U. de los atributos de Dios?
11. Que el autor de toda perfección ha de tener en sí todas las perfecciones; y que por consiguiente ha de ser eterno, infinitamente sabio, santo, justo, que ve de una ojeada lo pasado, lo presente y lo porvenir, que conoce las cosas mas ocultas, que penetra hasta el mas hondo secreto de nuestros corazones.
P. ¿Cuida Dios de nosotros?
R. Si no hubiese querido cuidar ¿para qué criarnos?
P. Pero siendo nosotros tan pequeños, tan débiles y miserables, ¿no parece extraño que Dios fije en nosotros su atención?
R. Por lo mismo que somos tan pequeños, tan débiles y miserables^ necesitamos mas del cuidado de la Providencia; y seria mucho mas extraño, que quien nos crió, sabiendo ya que seriamos lo que somos, nos hubiese abandonado. Un padre que abandona a sus
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hijos es tenido por cruel y desnaturalizado, ¿y podremos creer que Dios haya criado al linaje humano, echándole á este mundo, solo, desamparado, sin destino, marchando al acaso? No es tal la idea que debemos formarnos de Dios.
P. Ü. supone que Dios ha criado al linaje humano; pero ¿cómo lo manifiesta con alguna razón?
R. Es mui fácil: yo tuve mis padres, estos tuvieron los suyos que eran mis abuelos, estos otros, y así sucesivamente. Esta cadena al fin se ha de acabar, y de consiguiente hemos de venir á unos padres que no nacieron de otros, y de consiguiente debieron ser criados por Dios.
P. Pero ¿y no habia otro medio sino el que los primeros padres fueran criados por Dios?
R. No hai otro: porque es claro que no se pudieron criar á sí mismos.
P. ¿Y si decíamos que nacieron de la misma tierra?
R. Semejante absurdo no merece refutación.
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P. El hombre ¿tiene alma?
R. Sí señor: porque dentro de nosotros hai un ser, que piensa, quiere y siente, como cada uno lo experimenta por sí mismo; y á este ser le llamamos alma.
P. ¿Es corporal el alma?
R. No señor: porque lo que piensa no puede ser cuerpo: pues que los cuerpos no solo son incapaces de esto, sino hasta de moverse por sí mismos.
F. ¿El alma muere con el cuerpo?
R. No señor. Todos los pueblos de la tierra han creido que habia otra vida, á donde iba el alma después de separada del cuerpo. Ademas si no hubiese otra vida de premio para los buenos y castigo para los malos, ¿cómo se podría explicar la dicha de muchos malvados en este mundo, y la desdicha de muchos virtuosos?
i u
P. ¿Existe alguna relijion?
R. Sí, señor: porque de otra suerte.
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no sabríamos de qué modo tributar á Dios nuestro culto, ni cuales son los medios que debemos emplear para llegar al fin á que Dios nos ha destinado.
P. ¿Y qué le parece á U. de los hombres que no piensan jamás en la Relijion, y que no quieren examinar si la hai, ni cual es la verdadera ó la falsa?
R. Que son mui insensatos: porque al fin ha de venir un dia en que han de morirj y entonces experimentarán por sí mismos lo que ahora se empeñan en olvidar.
P. Pero ellos dicen, que quizás no haya nada de cuanto nos habla la Religión.
R. ¿Y si hay? como es bien claro que el cielo no será para los que dudan de él, no les queda otro destino que el infierno. Figurémonos que un hombre anda de noche por un camino, donde, se gun le han dicho muchos, encontrará un horrendo precipicio. Este hombre duda si efectivamente es así, pero no quiere cuidar de asegurarse de la verdad ó falsedad délo que le avisan; y sin luz, sin mirar donde pone sus pies, echa á cor-
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rer por el camino, ¿qué nos parecerá de la prudencia de aquel hombre? ¿no diriamos que ha perdido el juicio? ¿no diríamos que él se tiene la culpa, si encontrando el precipicio se despeñase?
P. ¿Y tenemos algunas señales que nos indiquen cuál es la Relijion verdadera.
R. Sin duda; otramente podríamos decir que Dios nos ha dejado sin luz en el negocio que mas nos importa.
P. ¿Cuáles son estas señales?
R. Son las que muestren que la Relijion de que se trate^ ha dimanado de Dios.
P. ¿Y esto cómo lo conoceremos?
R. Mirando cuál es la relijion que tiene en su favor hechos, que manifiesten la expresa sanción de Dios: como por ejemplo milagros y profecías.
P. ¿Hai alguna relijion que reúna todos los caracteres necesarios para asegurarnos de que es divina?
R. Sí señor : la Católica Romana.
P. ¿Está U. bien cierto de que exis-
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tic Jesucristo?
R. Sí señor; porque aunque no estuviera cierto de ello por la fe, como verdaderamente lo estoi, bastaría para asegurarme de esta verdad, el ver que la existencia de Jesucristo, está humanamente hablando, tan probada como la de Alejandro, de César, de Platón, de Cicerón, de Virjilio, y la de todos los hombres célebres.
P. ¿Cómo se podrá probar que Jesucristo no era un impostor?
R. Es mui fácil: su vida es un espejo purísimo donde nadie ha podido encontrar una mancha; su doctrina es tan elevada y tan santa, que ha llenado de admiración hasta á los mayores enemigos del cristianismo, en Jesucristo se cumplieron de un modo admirable todas las profecías, que con respecto á su persona se habian publicado muchos siglos antes de su venida; hizo tantos y tan estupendos milagros, que llenó de confusión á sus enemigos que no sabían cómo explicarlos; no habiendo aprendido las letras en ninguna parle,
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poseía no obstante tan alta la sabiduría, que ya desde su niñez fué la admiración de los doctores; y además fundó una Iglesia en la que se cumple exactamente lo que él predijo, que todos los esfuerzos del infierno no bastarían á destruirla. ¿Qué mas queremos, para asegurarnos de que Jesucristo era verdaderamente enviado de Dios?
P. Pero Mahoma también fundó una relijion, que se extendió mucho, y que dura todavía; y no creyendo en la de Mahoma, ¿porqué hemos de creer en la de Jesucristo?
R. La diferencia es mui grande. Mahoma fundó su relijion siendo un hombre rico y poderoso, Jesucristo siendo pobre; Mahoma era instruido porque había estudiado, Jesucrisio era sabio sin haber aprendido de ningún hombre; Mahoma halagó las pasiones, Jesucristo las enfrenó; Mahoma se valió de soldados, Jesucristo de apóstoles pobres y desvalidos; Mahoma no hizo ningún milagro en público, Jesucristo infinitos, á la luz del dia, á la faz de to-
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do el mundo; la moral de Mahoma es relajada, la de Jesucristo es severa y pura; las doctrinas de Mahoma son extravagantes y ridiculas, las de Jesucristo son sublimes: en Mahoma no se cumplió ninguna profecía, en Jesucristo todas; y por fin allí donde se ha establecido el mahometismo, allí vemos corrupción, esclavitud, degradación y no parece sino que la humanidad camina rápidamente hacia el sepulcro; y allí donde ha reinado el cristianismo, allí vemos al hombre con dignidad, con moral pura, con bienestar, con dicha, en cuanto cabe en esta vida mortal; ¿qué tiene pues Mahoma de comparable con Jesucristo?
P. Y la idolatría ¿no estuvo también mui extendida por la tierra antes de la venida de Jesucristo; y aun ahora no reina todavía en muchos paises?
R. Sí señor; pero esto no hace mas que ofrecernos una prueba de la ceguera y de las miserias del hombre; porque basta una mirada á la historia de los d!ó$es de los idólatras, para convencer-
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se de que la idolatría, mas bien que una relijion, es una masa informe de errores y absurdos,
§: nr.
P. Ya que ha hablado U. de la ceguera y miserias del hombre, ¿qué le parece á U. del dogma del pecado orijinal?
R. Que es un misterio incomprensible al hombre; pero que al propio tiempo explica otros misterios que se encuentran en el mismo hombre.
P. ¿Qué quiere U. significar con lo que acaba de decir?
R. Que en nosotros se encuentra tan confusa mezcla de bien y de mal, de intelijencia é ignorancia, de grandor y de pequenez, en una palabra, tanta contradicción, que si no suponemos que el linaje humano haya sufrido una dejeneracion no podremos explicarnos á nosotros mismos.
P. ¿Parécele á U, este dogma de alta importancia? i
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R. Sí señor: porque adema s de lo que acabo de indicar, sobre lo mucho que sirve para explicar las contradicciones que se observan en el hombre; es nada menos que uno de los puntos capitales, en que estriba el vasto y admirable conjunto délos dogmas de nuestra santa Reüjion.
P. ¿Cómo explica U. esto?
R. Caido el linaje humano por la culpa en desgracia de Dios, no podia levantarse de tan fatal estado por sus propias fuerzas. Dios se compadeció de él, envió á su Hijo unijénito que se hizo hombre en las entrañas de la Vírjen María. Siendo Dios Hombre eran sus padecmientos y méritos de un valor infinito á los ojos de Dios; y así padeciendo y muriendo por nosotros, satisfizo á la justicia divina la deuda, que el hombre no habría podido satisfacer jamás.
§ IV.
P. ¿Quién fundó la Iglesia? R, Jesucristo.
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P. ¿Hasta cuando durará?
R. Hasta la consumación de los siglos; pues que así lo prometió Jesucristo, quien siendo Dios, no puede engañarse ni engañarnos.
P. ¿Basta para salvarse vivir en una cualquiera de las iglesias que se llaman cristianas?
R. No señor: es necesario vivir en la verdadera; y esta es una sola, que es la Católica Romana.
P. ¿Es absolutamente necesario reconocer al Papa como cabeza visible de la Iglesia? /
R. Sí señor, porque él es el sucesor de San Pedro, quien recibió de Jesucristo la potestad de apacentar todo el rebaño de los fieles.
P. ¿Y los obispos también deben estarle sujetos?
R Sí señor: pues que Jesucristo á nadie exceptuó.
P. ¿Y no bastaría que los fieles obedeciesen a sus respectivos obispos, y que cada uno de estos fuera independiente?
R. Entonces ya no seria una Iglesia, £Íno muchas; ó mas bien habría un cuerpo sin cabeza. Además, ¿quién resolvería los negocios pertenecientes á la Iglesia universal?
P. ¿No podrían los concilios hacer todo lo que hace el Papa?
R. No señor; porque aun prescindiendo de otras dificultades, tendríamos que la Iglesia estaría casi siempre sin autoridad; pues que los concilios no se reúnen sino de vez en cuando; sobre todo los jenerales. El de T rento es el último que se ha tenido y han pasado ya desde su reunión cerca de tres siglos.
P. Para probar en pocas palabras la necesidad del sumo Pontífice, ¿qué razón señalaría U.-?
R. Diría, que no hai ni puede haber sociedad sin cabeza; de consiguiente ni Iglesia sin Sumo Pontífice.
I\ ¿Tiene la Iglesia facultad de ¡ropo-
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ner preceptos á los fieles?
R. Sí señor: porque en toda sociedad ha de haber facultad de hacer leyes, que obliguen á los que pertenecen a ella.
P. ¿Puede la Iglesia prohibirnos la lectura de malos libros?
R. Sí señor; por la misma razón que un padre prohibe á sus hijos el que coman alimentos dañosos.
P. ¿Qué entiende U. por malos libros?
R. Los que extravían el entendimiento, ó corrompen el corazón.
P. ¿Es mui peligroso el que los malos libros nos acarreen semejante daño?
R. Sí señor: son peores que las malas compañías; porque los tenemos á todas horas; el autor, cuya capacidad por lo común es mui superior á la nuestra, adquiere sobre nuestro espíritu mucho ascendiente, y acaba por arrastrarnos á sus errores, por mas que al principiar la lectura, nos hayamos prevenido contra su influencia.
P. Pero entonces ¿no quedaremos sin ilustrarnos en muchas materias?
R. No señor; porque todo lo necesario
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para la verdadera ilustración, se halla también en los libros buenos.
P. ¿Es verdad que la ilustración esté reñida con la Relijion?
R. Es un gravísimo error: la historia entera le contradice: los hombres mas sabios han sido relijiososj si ha habido alguna excepción, esta no destruye la regla.
§. VI.
P. ¿Qué conducta guardará U. en las disputas sobre Relijion?
R. A mas de procurar tener presentes las advertencias que se me han dado en el cuerpo de este libro; cuidaré sobre todo de que un celo indiscreto no me lleve á disputar dé puntos que no entienda.
Pt ¿Y porqué tanto cuidado? ¿por quedar mal?
R. No precisamente por esto; sino porque mi imprudencia podría hacer daño á la causa de la verdad.
P. Si le proponen á U. contra la Relijion una dificultad que no sepa soltar, ¿qué hará U.? ¿se dará U. por conven-
cido?
R. No señor; porque si así lo hiciéramos, de nada podríamos estar seguros. Suponga U. la cosa mas cierta y mas evidente del mundo, y nunca faltarán hombres que la sepan combatir de manera que parezca que vacile. Esto proviene de la misma debilidad de nuestro entendimiento, que no nos deja ver las cosas con toda claridad; y así en teniendo el adversario en la disputa, ó mas talento ó mas instrucción, siempre confunde ó al menos enreda á los otros.
BHUítfR
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Índice,
Advertencia. 3
Capitulo í. — Existencia de Dios. 5
Cap. II.— Atributos de Dios. 6
Cap. III.— Creación del hombre. 8 Cap. IV.- Existencia y espiritualidad del alma, 9 Cap. V. — Aclaración y confirmación de la
misma verdad. 11 Cap. VI. — Inmortalidad del alma; premios y
recompensas de la otra vida. 12 Cap. VIL— Conformidad de ia razón con la Relijion en lo tocante al alma, y á la crea. eion del hombre. 14 Cap. VIII. — Continuación de la misa materia. 16 Cap. IX. — Existencia de una relijion verdadera. 18 Cap. X. — -Lamentable ceguera de los indiferentes en Relijion. 2 1 Cap. XI. — Corrupción del linaje humano 25 Cap. XI I. — Reparación del linaje humano
por Jesucristo. 29 ^Cap. XIII. -Verdad de la venida de Jesucristo. 33 Cap. XIV. — Divina misión de Jesucristo. 36 Cap. XV.- Continuación déla misma materia. 39 Cap. XVI. — El cumplimiento de ks profecías otra prueba de: la divinidad de Jesucristo. 42 Cap. XV[Í. — Continuación de la misma materia. 44
— ntí—
Cap. XVIIL — Argumento irrecusable á favor de la divinidad de la Relijion cristiana. 47
Cap. XIX.— Se deshace el argumento fundado en la extensión y duración del Mahometismo. 50
Cap. XX. — Se deshace la dificultad fundada en la idolatría. 52
Cap. XXI. — Divinidad de la Iglesia Católica. 55
Cap. XXII. — Falsedad de las sectas separadas de la Iglesia Romana. 56
Cap. XXIII. — Se dan algunas reglas para no dejarse engañar por los protestantes y se deshacen algunas de las dificultades que estos suelen proponer. 58
Cap. XXIV. -Otro argumento contra los protestantes. 65
Cap. XXV. — Reglas de prudencia que debe observar el católico al tratar de los misterios. 67
Cap. XXVI. — Método para disputar con los incrédulos sobre los misterios. 70
Cap. XXVII.— Se manifiesta la existencia y la necesidad del Sumo Pontificado. 75
Cap. XXVIII. — Sobre la potestad de la Iglesia para imponer mandamientos á los fieles. 80
Cap. XXIX. — Autoridad de la Iglesia en la prohibición de los malos libros. 83
Cap. XXX. — Demuéstrase la necedad de aquellos que hacen del incrédulo por parecer sabios. 85
Cap. XXXI. — Continuación de la misma materia. 8§
Cap. XXXII. — Reflexiones que debe'tener presentes el católico al proponérsele alguna dificultad contra la Relijion. 91 Apéndice. 96
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