La sociología mexicana y la educación nacional · Unidad 254 de 309

Unidad 254 · 554 JULIO S. HERNÁNDEZ

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554 JULIO S. HERNÁNDEZ

todos los fenómenos internos y externos, que fácilmejite distinguirá por sus relaciones de identidad, de coexistencia o de sucesión; en segundo lugar, se sentirá dueño y arbitro de todas sus acciones, que realizará libremente y bajo su responsabilidad, sin impulsivismos pasionales; será, pues, un verdadero carácter; en tercer lugar se sentirá menos vano, menos egoísta, menos orgulloso, menos altivo, y por consiguiente más consciente de su propia personalidad y más dispuesto a obrar para su bien propio y para el bien ajeno.

La disciplina social lo hará más apto para vincularse de un modo solidario y fuerte al psiquismo común de su raza, identificándose con ella, vivir con ella y morir por ella; el concepto de patria es más claro, más evidente, más duradero y más firme, cuando se cultiva integralmente el alma racial, que vale- más, mucho más que el medio ambiente, a pesar de que la raza y el medio son eternamente inseparables.

Esta triple preparación de la raza constituye la enseñanza general, común a todos los hombres, más o menos intensificada según la condición étnica de las razas y su edad histórica, y comprende desde el nacimiento hasta la llamada impropiameinte enseñanza preparatoria.

El segundo punto de vista de la enseñanza nacional consiste en intensificar el heredismo individual, descubierto en la primera iniciación de las actividades generales de cada raza.

En una multitud escolar surgen en pequeñísima

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escala los talentos en ciernes, revelándose constantemente^ por sus tendencias a la observación eficiente, a la^ generalización prematura, y a menudo ostentando marcadas inclinaciones a inducir y deducir con facilidad extraordinaria. Estos son los futuros sabios ; nuestro deber, al descubrirlos, es abrirles de par en par las puertas de la sabiduría y dejarlos que marchen en sus interiores sin ningunos obstáculos, por los anchurosos caminos de la verdad, vedados sin duda a las mayorías, y que la ignorancia paternal actual obliga casi siempre a violar, creyendo que todos tienen el raro poder de resistir en sus pupilas el potente rayo de luz que proyectan los poderosos focos luminosos de las srrandes verdades científicas.

Paralelamente a los escolares que descuellan en la obra indefinida de la ciencia, surgen los sentimentales, los contemplativos, los que miran a la naturaleza, no con los ojos analíticos de la inteligencia, sino con los ojos sintéticos del sentimiento a través de un temperamento cualquiera, más o menos normal, más o menos patológico, y su individualidad artística se manifestará: degenerada a veces, con tendencias de perfeccionamiento en algunos casos, e interpretando en poquísimas ocasiones la verdad misma, embellecida exquisitamente con un realismo incitante y provocador, que nos hace amar con idolatría la obra imperceptible y encantadora de la Naturaleza. Estos son los cultivadores del arte; dejémosles vivir con él, abandonémosles en sus ensue-