La sociología mexicana y la educación nacional · Unidad 268 de 309
Unidad 268 · LOS BDÜOADORRS DEL PORVENIR 58d!
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LOS BDÜOADORRS DEL PORVENIR 58d!
á$l analfabetismo por medio de la escuela primaria, difundiéndola intensivamente y extensivamente por todo el territorio nacional. i
Y para que esta hermosísima promesa revolucionaria pueda cumplirse, no hay que escatimar ningún g^to por oneroso que sea; no hay que pretextar sacrificios por dolorosos e imposibles que parezcan; no hay que acudir jamás al *^peor es nada'' de los pobres de espíritu, porque eso equivaldría a abandonar a la patria, hoy apenas embrionaria, a la tutela de otro coloso, (jue no querría seguir embruteciendo a la raza como el hispano, sino que la haría, desaparecer a sangre y fuego, como lo ha hecho sin piedad, ni compasión ninguna, con sus antepasados aborígenas del Norte.
Bay, pues, que salvar del embrutecimiento, que es peor que la muerte, a la raza indígena del país, educándola primero y asimilándola después al núcleo de los mestizos sanos, para que juntos nos hagamos fuertes, si no por el número, cuando menos por la calidad cultural, que servirá de muralla infranqueable a la desenfrenada ambición de las razas anglosajonas, que .aspiran, por su indiscutible poderío, a ser las dueñas y señoras de todo el
Y la grande e inmensa obra educativa del indio no puede encomendarse tranquilamente a un ejército de ignorantes maestros de escuela, preparados a la ligera, como se hace actualmente en todas las escuelas Normales de la Kepública. Y si pues las causas de orden biológico y económico ya do existen
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para (iiie se continúe embruteciendo sistemáticamente al analfabeto mexicano, entonces se deduce, con una lógica: inflexible, que la preparación de los educadores del porvenir debe cambiar radicalmente en el sentido de elevarlos a un nivel intelectual mucho más alto y distinto del que hoy tienen.
Si la sociedad culta desprecia a los educadores de la niñez y manifiesta gran estima por otros profesionales, no hay más que una sola razón: la proverbial ignorancia de los primeros, agravada por una gran dosis de vanidad y de orgullo, que acompaña siempre a todos los ignorantes. Y no importa que yo entre en el grupo, porque soy, por desgracia, educador por vocación, y tengo que soportar el anatema social que pesa sobre todos nosotros. TJrgje, pues, que la Revolución derogue toda la legislación escolar existente, por mala, pqr deficiente, })or absurda, porque ya no llena eu'cl momento historio© actual su misión civilizadora: ni en el kindergarten, ni en la escuela primaria, ni en la escuela Normal, ni en las escuelas especiales y. . . . ¿por qué no decirlo de una vez?^ ni en la escuela nacional Preparatoria, ni en las escuelas universitarias.
Hay que emprender una revolución escolar dentro de la revolución social y política que invade a la Eepública; pero entendidos que esta revolución interna de las inteligencias no logrará su triunfo simplemente con leyes, decretos o reglamentos, que son utópicos en la mayor parte de los caso6, sino por medio de hechos reales y concretos. Y ya señalo la «olosal llaga, la verdadera causa de nuestras de«-