La vejez de Heliogábalo · Unidad 35 de 64

Unidad 35 · LA VEJEZ DE HKLIOGÁBALO

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LA VEJEZ DE HKLIOGÁBALO

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ta azul alzando sus cabellos; por acompañante remolcaba una criada.

Acercóse á la mesa con afectadas risas y gran jaleo de broma, tratando á sus compañeros con una fingida camaradería, á que no les tenía ciertamente habituados.

; Cabeza como la suya ! ¡ Pues no había perdido su saco de mano! Y se le había metido entre ceja y ceja que lo había dejado allí.

— Pues aquí no está — formuló secamente Katty.

Los demás aparentaron buscarlo con aparente interés, mientras cambiaban entre sí guiños y sonrisitas irónicas y disimulaban con carraspeos sus rabiosas ganas de reir. Pero la recién llegada no se dió por aludida ni de lo uno ni de lo otro, y rió bromeando:

— Pues nada, lo perdí. ¡ Paciencia !

Como los demás no le hiciesen sitio, no por eso se apuró :

— I Vaya ! Pues ya que estoy aquí me quedaré un ratito. Así como así no tengo ni pizca de sueño.

j Como que iba á irse después de haber sostenido una batalla con Don Florentín, que se empeñaba en subir, y á quien le costó Dios y ayuda convencer de que padecía una horrible jaqueca !

Doña Calatea, exasperada con la presencia de la intrusa, que iba á disputar á su dueña y señora la preciada conquista del conde de Medina la Vieja, lanzó contra ella un dardo envenenado:

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— Ya se ve que viene de incógnito. Ni pieles ni sombrero...

—Como estaba á medio desnudar... — objetó la otra poniendo cara de panfila — . No valía la pena ponerme el sombrero.

— Claro, aquella hermosura de plumas... sería lástima.

La Chamorro creyó adivinar cierta ironía en el elogio y se sintió picada :

— Hija, cuarenta y siete duros pagué por él.

— ¡ Bah! — formuló desdeñosamente la trotaconventos— . ¡ Qué es eso para usted !

¡ Con que esas había ! — pensaba la cómica rabiosamente, al sentirse blanco de la hostilidad de sus camaradas — . Ahora verían ellos lo que era bueno y la diferencia que va de una primera actriz á toda aquella morralla.

— ¡ Ay, Katty!^ — formuló con un tonillo de superioridad protectora, que á la otra la supo á veneno— . Déjeme sitio junto al conde.

Miss Ofelia se mordió los labios sintiendo un deseo loco de darle un trastazo y no se movió. Pero Mollete, adivinando la ira de la segunda actriz, y encantado dje poder hacer algo para mortificarla, apresuróse á dejar su sitio á la recién llegada.

Exasperada ésta por el incorrecto proceder de su inferior jerarquía, y sintiéndose ofendida en su doble vanidad de mujer y de superior, redobló sus coqueterías con Claudio decidida á conquistarle.

El señor Heliogábalo sentíase aturdido ante la inacabable charla de aquella nueva adoradora, y mareado por su juego de miradas y sonrisas, la escuchaba vagamente sin prestar atención á sus palabras. Pero sus ojos tropezaron con los de la funámbula que, como dos espadas, se clavaban en la rival, y comprendió que estaba celosa. Entonces comenzó á su vez un juego de sonrisas y buenas palabras con su adoradora que, encantada c»-eyendo próximo el éxito que coronaría su empresa, redoblaba sus esfuerzos.

Katty se puso en pie:

— Yo me voy. ¿Me acompaña usted, conde?

Su voz era fría, decidida. Sus pupilas de sombra clavábanse en el señor Heliogábalo con una promesa resuelta de claudicación.

Alzóse él de su sitio y, abrochándose el abrigo ofreció :

— Sí ; voy con usted.

Y tras algunas despedidas salieron, seguidos de doña Calatea, dejando á la Chamorro presa de sorda exasperación.

Ya en la calle dieron algunos pasos, y Katty se detuvo.

— ¿Pero has visto qué pécora? — murmuró con concentrada ira, encarándose con su celestina.

— ; Ya! ¡ya! ¡ Qué tía gorrina!

— ¡ Puerca! ¡ Más que puerca! ¡ Ladrona! ¡ Hija de mala madre! — clamó irritada la cómica.

La dueña coreó á su señora:

— ¡ Perra! ¡ Perrona, que anda detrás de los