La vejez de Heliogábalo · Unidad 46 de 64
Unidad 46 · ANTONIO DE HOYOS Y VINBNT
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ANTONIO DE HOYOS Y VINBNT
guna iniciativa, inerte como un trozo de madera que las olas zarandean á su placer, entregóse á la dulce tutela de las Pastor. Orgullosas éstas del triunfo que suponía haberle llevado á casa de tantas campanillas como la de la Otumba, desbordábanse en pueril alegría, admiraban todo y querían hacérselo admirar á Claudio.
Los criados, de empolvada cabellera, vestidos con libreas arcaicas pero bellas, llenas de ese prestigio de pátina que no puede mixtificarse, inclinábanse á su paso respetuosamente.
Semframis, casi arriba, se detuvo para arreglarse un rizo rebelde (en estos dichosos tiempos hasta los rizos son rebeldes) y formuló con pena :
— ¡ Qué fastidio ! Hemos perdido la entrada de la Corte ; están bailando el rigodón de honor.
— ^Tú tienes la culpa — exclamó la Pastor mayor— . Yo te lo decía: «Date prisa, que con ese calmazo no llegamos nunca. » Contigo es imposible.
Semíramis hizo un pucherito como si fuese á llorar; pero, pensando prudentemente en los estragos que una lágrima inoportuna haría en su rostro, se contuvo.
Nuevas y más interesantes cosas solicitaban su atención. Cuando ellas penetraban en la galería pompeyana con que comunicaba el salón de baile, la orquesta, instalada en alta tribuna, oculta por dorados enrejados enlazados de hiedra y flores, daba al aire las últimas notas del rigodón. Los que no bailaban, por carecer de puesto oficial, aglomerábanse en las puertas, prensándose y estrujándo-
LA VEJEZ DE HBLIOGÁBALO
como si jamás hubiesen contemplado aquel espectáculo, que les era familiar. Claudio, empinado sobre las puntas de los pies, consiguió ver algo. A pesar de la hórrida fealdad del salón, la magnificencia de las monstruosas columnas talladas en mármoles de colores, la inmensidad de las lunas que multiplicaban las imágenes hasta lo infinito, la pesada magnificencia de las arañas y candelabros de bronce, la ostentosa riqueza de los cortinajes de brocado, la enorme abundancia de plantas y flores — las palmeras arborescentes que se erguían en los cuatro ángulos con espesuras de bosque ; las rosas y claveles, que desbordándose de las jardineras, caían en guirnaldas ó escalaban las columnas ; los macizos de geranios, que formaban fondo á los sillones regios — y sobre todo las galas y preseas de las mujeres, instaladas en derredor del salón, daban teatral belleza al espectáculo. Ocupando el centro del escenario, los protagonistas de aquella comedia de magia iban y venían á los acordes de la música, se inclinaban ceremoniosamente, se daban las manos, giraban, desenlazábanse y tornaban á doblarse en grandes genuflexiones. Alternando con la fealdad de los trajes masculinos, cuya monotonía cortaban solamente las cruces y bandas, las cabezas femeniles, coronadas de suntuosas pedrerías, se inclinaban pausadamente ; los cuellos, prisioneros en el nacarado oriente de las perlas, se tronchaban en cortesanas reverencias, y las largas colas, de tonos pálidos, esteladas de diamantes, confundíanse en fantásti-
co iris, enlazábanse, desenlazábanse, y al fin se separaban como flores de un jardín de gigantes.
Acabó el rigodón y hubo un instante de bulla en que las gentes se replegaban para dejar paso á la Corte, que se dirigía á otros salones. Entonces la Otumba encaminóse á la galería para saludar á sus invitados. La corona ligeramente ladeada sobre los pintados cabellos, el escote cubierto por los fulgores de portentoso collar de brillantes y arrastrando tras de sí la cola de su vestido — Worht puro — de raso verde pálido, estampado de grandes ramos de terciopelo, resultaba un poco anticuada, atrasada de estilo, junto á todas aquellas mujeres que se movían como cocottes y enseñaban todo lo que Dios les dió y ellas tuvieron á bien añadirse ; pero señora, infinitamente señora, no con esa distinción importada de Rusia ó Inglaterra de ciertas grandes damas, sino con distinción á la antigua española, un poco aturdida, inocentona y campechana.
Las Pastor Cordero se precipitaron á su encuentro:
— ^El primo Claudio Medina la Vieja, que te está tan agradecido.
— Señora... — y Claudio se inclinó besando la mano que la dama le tendía.
— Encantada, encantada... ¡Cuánto tiempo sin verle!... — Y sin escuchar á las dos hermanas, que se deshacían en elogios á propósito de la fiesta, siguió su camino, solicitada por nuevas gentes que iban llegando.