La zarpa de la esfinge · Unidad 20 de 29

Unidad 20 · 106 Ax\TONIO DE HOYOS Y VIXENT

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106 Ax\TONIO DE HOYOS Y VIXENT

En una de las últimas filas de butacas, el Cautivo seg-uía anhelante los pasos de su amada. Cinco días sin v^eiia. Cuando creía haberla recuperado, se encontraba con que estaba tan lejos de ella como antes. Su ser primitivo, violento y apasio nado, sublevábase ante el hermetismo de aquella mujer que había doi'- mido con él en el quicio de las puertas, en las interminables noches de invierno, y con quien había compartido el hambre y el frío. Sin darse exacta cuenta de sus sentimientos asombrábase de encontrarla tan lejana, tan inabordable, y sentía una rebelión de hombre primitivo pronto a apelar a la violencia ante la hembra que se le resistía.

Desde la tarde del miércoles de

Ceniza no había conseguido volverla a ver. Sus intentos de avistarse con ella habíanse estrellado contra la consigna del portero, rígido e intratable, y como, por otra parte, con esa cortedad que queda siempre en la gente del pueblo cuando por su valor escala ciertas cumbres, no se atreviese a insistir mucho, limitábase a acudir todas las noches al teatro que su amada ennoblecía con la rara evocación de sus danzas. Judith Israel no parecía ni aun notar su presencia. Desdeñosa, indiferente, abstraída del mundo, parecía vivir en la ilusoria región de sus bailes. Pero aquella noche, no. Cipriano adivinó los ojos de esmeralda líquida que le buscaban en la obscuridad. Sintió un vago males-

IOS ANTONIO DR HOYOS Y VINENT

tar; las pupilas verdes, hipnóticas, dominadoras y atrayentes como las de un reptil clavadas en su presa, permanecieron fijas en él con constancia obsesionante , adivinándole en la obscuridad.

Un soplo perverso había animado a la esfinge. En la desolación infinita del desierto, una desolación de cataclismo geológ'ico, era el monstruo quimérico, el Misterio, el Remoto hecho pecado, pero no un pecado vulgar, sino eso, el Pecado que vive en el fondo obscuro del Misterio y del Remoto, el Pecado monstruoso y horrendo de la leyenda, el Pecado tremendo y alucinante, el Pecado de la Biblia y de la antigüedad, el que hizo rameras de las emperatrices y convirtió en bestias a

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los Sátrapas, el Pecado infame y terrible que vive en el fondo de nuestras vidas como el Dragón en el fondo de los círculos infernales. El vendaval de Lujuria que, como un ardiente soplo del arenal, había hecho temblar la estatua, se alejaba. Los gestos de la danzarina se hacían más lentos, más cansados, se iban extinguiendo, y, al fin, Judith Israel cayó sobre su pedestal para tornar a su inmutable serenidad.

La corfina descendió entre una salva de aplausos que, r.edoblando, hiciéronla alzarse otra vez. Entonces, en plena luz, apareció la artista envuelta en amplio albornoz de seda negra, y saludó. El público, presa de loco entusiasmo, no se cansaba de aplaudir. Judith, rígida,