La zarpa de la esfinge · Unidad 24 de 29
Unidad 24 · 126 ANTOXIO DE HOYOS V VINRNT
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de Cayetana de estar allí, y tenía la seguridad de encontrar en sus ojos la energ"ía precisa para vencer. Pero seg"ún el día se aproximaba experimentaba una vag-a inquietud. ¿Había olvidado la bailarina su promesa? Nada sabía fijamente de ella; de vez encuando un suelto lacónico inserto en algún periódico hablaba desús triunfos, de aquellas peregrinas creaciones del Empayer de Londres, de la Dansa del Silencio^ la Dansa de la Locura y la Dansa de la Voluptuosidad, pero nada más. Faltaban tres días para la tarde de la alternativa y, según las probabilidades de que Judith llegase se alejaban, Cipriano sentía fundirse su bravura. Asaltábanle deseos de echarlo todo a rodar, de fin-
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girse enfermo, de pretextar un viaje, cualquier cosa antes de verse así, solo y desamparado, cara a cara con la muerte. Pero era ya tarde: su pundonor, su reputación, su carrera, y hasta su bienestar material, esa cosa bárbara que un gran torero definió en una frase heroicamente salvaje, «más cornás da el hambre», estaban en juego, y había que vencer... o morir. Morir, no. ¿Por qué morir? Quizá la Israel llegaría a tiempo, quizás él mismo se creciese ante el peligro... Las horas pasaron, la bailarina no acudió a la cita, y Cipriano, desesperado, convencido de que solo no vencería nunca, vió lleg"ar la hora fatídica de la corrida. Por eso, en vez de alegre, como un saludo triunfal, la mú-
sica de las charangas sonaba en sus oídos como el «Ave César» de los gladiadores que iban a la muerte.
Al pisar el callejón, sus ojos recorrieron ansiosamente, con un último rayo de esperanza, la hilera de palcos. Nada. Niñas zangolotinas con presuntuosos sombreros; gordas mamás que charlaban de sus cosas sin hacer gran caso del espectáculo; alguna matrona que defendía sus ruinosas gracias con el encaje de la mantilla; de Cayetana, ni rastro. Un solo palco permanecía vacío; no debía de haberse vendido, pues no se veía allí ni criado, ni preparativos, ni nada que anunciase la próxima llegada de un dueño posible.
Sonó un toque de clarín, abrióse
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la puerta del toril, y de un ciego impulso el primer Miura se precipitó en la plaza y quedó inmóvil, atento y amenazador. Era un toro negro, enjuto de carnes, de fina lámina y afilados pitones. Tras mirar a un lado y a otro con reconcentrado furor, arrancó y, bajando la testuz, embistió contra uno de los picadores. Por un momento, hombre, caballo y toro formaron un grupo de brutal belleza, del que manaba la sangre en abundancia. Al fin, deshízose, y mientras el caballo, despanzurrado, agonizaba en doliente cocear, y el centauro gateaba innoble y grotesco bajo su dorado caparazón, el bruto, embravecido por el dolor y por la sangre, volvía al centro del redondel.