La zarpa de la esfinge · Unidad 27 de 29
Unidad 27 · 138 ANTONIO DK HOYOS Y VINENT
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bles, la noche sin ñn. No podía estarse quieta, salía y entraba en el coche, sentábase y poníase en pie, abría libros que no acertaba a leer... Y todo el tiempo sentía los ojos irónicos de Gutiérrez Sarmiento fijos en ella, como una curiosidad, levemente matizada de burla. Y tenía que disimular. Era la existencia, la existencia dura, implacable, que le obligaba a mentir, a encerrar el corazón de brasa en la estatua de frío mármol. Su hermetismo, su glaciedad desdeñosa, su rigidez de icono, fundíase, deshacíase, transformábase en cenizas que el huracán pasional aventaba al aire. La danzarina bíblica, la reina cruel e inabordable de la leyenda, la esfinge del desierto, no era
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más que una pobre mujer enamorada. Quería a Cipriano. Le quería con un amor canalla, apasionado y ardiente. Para ella era la vida, la vida verdadera, no aquella teatralidad yerta y artificiosa, y en plena fiebre de hiperestesia sentimental, soñaba en las noches de frío pasadas en los quicios de las puertas como en un paraíso perdido.
El tren se detuvo; Judith, se,s>"uida del banquero, cruzó rápida el andén y precipitóse en el automóvil, que les esperaba fuera.
— ¡A casa, y muy deprisa!
El coche subió rápidamente la cuesta de San Vicente e internóse en la calle de los Reyes. Un carro atascado cortaba el paso, y hubo que retrocer. La Israel trepidaba de
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inij^aciencia. Volvió a interrogar: —¿Qué hora es? —Las tres.
Ahora corría el vehículo por la calle de la Princesa para, por allí, co^^er los bulevai*es.
La ciudad tenía un aspecto domini^uero que exasperaba los nervios de la inquieta. Las calles, a la vez aleares y tristes, daban esa extraña impresión que dan las poblaciones en día de fiesta a las i^entes habittiadas a cin ular durante la semana. Las tiendas cerradas y los zaguanes de casa grande vacíos contrastaban con los portales modestos en que se formaban tertulias porteriles, los cafés llenos, los tranvíos rebosantes, y sobre todo, la multitud que, muy puesta con los
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trapitos de cristianar, lo invadió todo. Veíanse familias artesanas, ellas de mantón, ellos de capa, llevando unos cuantos chiquillos presuntuosamente ataviados. Veíanse también matrimonios de clase media, en que las mujeres, pálidas y tristes, lucían mantillas, y los hombres gabán. Pasaba, en fin, alguna madre gorda, hinchada por el sempiterno cocido, llevando a su lado dos señoritas esmirriadas, ostentando en la cabeza extraños armatostes con honores de sombrero.
Al fin llegaron, y la Israel respiró.
Eran las tres y media.
Acababa de vestirse. El traje creado bajo su dirección en uno de
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los mejores modistos de París, era un prodigio de gi-acia y arte. Judith había puesto a contribución los retratos de Goya y los grabados del xviTT francés, y así resultaba una extraña adaptación del Luis XVI a las modas de la majeza madrileña. Una falda en forma de campana, muy ancha, muy pomposa, de gasa blanca adornada de infinidad de volantes de blanco Chantilly, enguirnaldada de miniísculas rosas, dejaba al descubierto el fino tobillo ceñido por la media de alba seda, 3^ el pie de brevedad de ensueño, en cerrado en leve chapín de plata. Un corpiño de raso azul muy pálido oprimía el talle cimbreante, y sobre la cabellera negra, sostenida por alta peineta de carey, caía la neva-