Lecciones elementales de economía política · Capítulo real 16 de 32
Lección XV
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 1 tramo técnico para mejorar el rendimiento.
LECCIÓN XV.
Libertad de comercio.
Bajo dos aspectos esenciales es necesario considerar la cuestión de libertad de comercio. Como comercio interior, es decir, en los límites de una misma nación, y como comercio internacional.
Las aduanas, los peajes, los pasaportes, en una palabra, los varios obstáculos criados y sostenidos para impedir 6 embarazar por lo menos la libre comunicación de los hombres y de los pueblos, han opuesto, dificultando los cambios, tenaces resis* tencias á las mejoras económicas.
A pesar de nuestras instituciones liberales, subsisten aún muchas de estas trabas, como-las referentes al ejercicio de determinadas profesiones, y mas notablemente al antagonismo entre la prevención constitucional que dice que cada hombre es libre para dedicarse á la ocupación honesta que le pareciere, y la práctica 6 subsistencia de disposiciones que restringen esa libertad, r
No obstante estar abolidas las alcabalas, subsisten en unos Estados y en otros no; de donde se origina una anarquía constante que mucho perjudica el tráfico.
En unos Estados, como por ejemplo el de Morolos, se impone un derecho á la extracción de los efectos; en las aduanas se exigen justificantes de la llegada de los efectos á su final destino; en todas partes se ve desatendido el espíritu de la fracción IX del artículo 72 de la constitución, que faculta al
Congreso para impedir que de Estado á Estado se establezcan restricciones onerosas.
Aunque en corto número, se dan casos, en los momentos que aflige la carestía, de pretenderse que se fije la tasa de los efectos d«l mercado, como ha sucedido últimamente en la cueBtion de los panadero»^
No hay derecho para q^ue se obligue á nadie á vender con pérdida; así es que ante el principio tiránico de leyes semejantes y su ruina, no queda mas recurso que matar la producción, y eso es lo que acontece en casos semejantes.
En tiempo de carestía se suele también desatar el odio en contra de los comerciantes en pequeño 6 regatones persiguiéndolos tenazmente, sin considerar los eminentes servicios que prestan en el mercado.
Si cada productor se viese en la necesidad de abandonar su aldea para hacer las ventas por sí mismo, la ausencia de su trabajo le perjudicaría al punto de disminuir su producción y encarecerla; no así el que se dedica á poner el efecto al alcance de la demanda, facilita los medios de trasporte, hace anticipos, colecta pequeñas porciones de producto, disminuye, como dice Smalzs, los costos necesarios para poner el efecto al alcance del consumidor.
Supongamos que veinte mujeres de un pueblo, cada una cargada de un manojo de pollos, algunos huevos, mantequilla y quesos, fuesen al mercado.
Durante todo el tiempo del viaje, de la venta y el regreso, ¡qué de trabajos no podian ejecutar! ¡Qué de incomodidades se evitarían ! ¡ Qué consecuencias de la vagancia de ellas y del abandono de sus familias !
¿No es benéfico el que ahorra todos éstos males por un estipendio convencional?
Otra de las ventajas que procuran al público esos Comerciantes, es la conservación de las semillas y otros artículos de consumo, para cuando la necesidad los demanda.
Es cierto que entra en esa acumulación el cálculo de su interés; pero también es cierto que sin ese intermedio el labrador
que quiere deshacerse de sus frutos para fomento de su industria, tendría que abatir su precio extraordinariamente.
Estas y otras manifestaciones, que podrian ponerse á la vis^ ta de todos, prueban lo perjudicial y lo odioso de la intervención del Estado en estas materias, justificand9 el dicho de un escritor de derecho natural, que limita en estos particulares hu funciones de loa, gobiernos dyoner las condiciones para el desarrollo de los elementos naturales de los pueblos.
Comercio entre las naciones.
Razones análogas á las del comercio de pueblo á pueblo militan en favor de los cambios entre distintas naciones.
Parece, como decia San Gerónimo, que las diversas producciones, hijas de los diferentes climas; la desigualdad de dotaciones en los artículos que posee espontáneamente cada tierra y sus aptitudes especiales, indican la necesidad de que unos pueblos recurran á los^ otros, creándose así vínculos frater* nales.
La nación que exporta cierto producto en cambio de otras mercancías, se entrega, por la certeza de la extensión de su mercado, con mas ardor y habilidad á la producción de aquello que puede cultivar con mas economía.
De aquí la tendencia de cada nación á que cada producto indígena le procure un exótico, para darlo á su vez con mas baratura que los otros. Este es el estímulo mas poderoso de la concurrencia.
Si no hubiese -mas que un solo pueblo en el mundo, reducido á algunos millaires de habitantes, bajo la influencia de determinados productores, es fácil prever la comodidad con que estos les impondrían la ley. También es evidente que los productores se cuidarían poco de procurar la perfección de sus productos.
La carestía y la rutina malearían todas la? ramas del trabajo.
Vamos á citar dos ejemplos, entre muchos, para probar que
la simple concurrencia estimula mas el trabajo que todas las leyes protectoras.
Las fábricas inglesas de seda trabajaban muy mal en 1825, aunque estaban protegidas por una prohibición absoluta.
M. Huskisson cambió la protección por un derecho de 25 por ciento. Los fabricantes pusieron el grito en el cielo. Pero á poca tiempo se encuentran con que smé consumos subian únicamente, porque el estimulo de com'petir con las sedas de Lyon los habia obligado á mejorar su industria.
Roberto Peel, pocos años después, redujo el derecho protector. Nuevo clamor de los fabricantes, nuevos desengaños. Hoy para los ingleses es indiferente la cuestión de protección á su seda.
Lo mismo aconteció en la ruidosa cuestión de cereales, y eso con relación á la tasa de precios. Peel propuso la reforma, y ni se arruinó la agricultura y la ventaja ha sido incalculable para los consumidores.
Querer establecer razones diferentes para el morcado interior de un pueblo, que las que hay para el comercio entre las demás naciones, es querer el absurdo.
Es cierto que abusándose del sentimiento de los pueblos irritan la fibra de su nacionalidad determinados monopolistas; ¿pero en qué se daña ni se hiere la nacionalidad de un pueblo con aconsejarle que se dedique á sus aptitudes natul.ires, que es lo que hace la economía política?
¿ Quó ganaria la nacionalidad inglesa si la Inglaterra tuviese la pretensión de producir algodón y vino ? ¿ Qué fuerza adquirirla el patriotismo en Francia, si los valles déla Pro venza y de Langüedoc, en lugar de estar cubiertos de vjfias estuviesen plantados de árboles de té?
: La economía política no es hostil al espíritu de nacionalidad: funda simplemente la alianza de los pueblos en la difei^encia de sus facultades y caracteres.
Ella no quiere decir que cada gran nación no tenga derecho de apropiarse todas las industrias á que se preste el suelo y la índole de sus habitantes.
Pero esta apropiación tiene sus limites, que es preciso saber conocer. Imponerse sacrificios exorbitantes é incesantes para asimilarse ciertas producciones, que el extranjero nos puede dar con mayor comodidad, será visto siempre por los economistas como la mas loca de las empresas.
Por lo demás, nadie deja de conocer las ventajas de los cambios ni acepta la posibilidad de un absoluto aislamiento. - No pueden aprobar los economistas que el comercio entre nación y nación se envuelva en enredadas preocupaciones y tenga por base las aduanas, no con un carácter fiscal, sino bajo el sistema protector; es decir, como medios de repeler los productos exóttiSos para proteger los efectos nacionales. Esto es lo que se llama sistema protector ó prohibitivo cuando va hasta impedir la entrada de la producción extranjera y la salida de los efectos nacionales. — Dijb