Lecciones sumarias de psicología · Unidad 23 de 80

Unidad 23 · LECCIÓN 17

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LECCIÓN 17

78. Funciones del comercio entre el espíritu y el cuerpo; sus condiciones en el estado normal. — 79. Sensación; su proceso físico; impresión.— 80. Trasmisión.^ 81. Función de los centros nerviosos.— 82. Momento psíquico de la sensación.

78. Procede ahora desenvolver con algún mayor pormenor lo que ya se ha indicado (28 y 75) respecto de las dos funciones que constituyen la vida de relación entre el espíritu y el cuerpo, a saber, aquella mediante la que recibe el primero los estados del segundo (sensación), y la que sirve para trasmitir al cuerpo las modificaciones anímicas (movimiento psico-físico).

Son condiciones previas de ambas, en su ejercicio normal: 1.^, la salud del espíritu y el cuerpo (sin la que se perturba la comunicación entre ellos), y en especial, en el segundo, la del sistema nervioso, sa instrumento para dicha comunicación: la cual se cree hoy comúnmente que se verifica principal, ya que no exclusivamente, en los centros nerviosos; 2.^, la acción y reacción continua entre ambo^ elementos: faltando ésta, permanecen,- en cierto límite,

extraños uno a otro, sin obedecer respectivamente a sus mutuas excitaciones.

79. La intimidad o conciencia que tenemos de los estados de nuestro cuerpo constituye la sensación.

En este proceso se distinguen el momento gíco y el psicológico; sin ambos no hay sensación. El primero comprende a su vez, según la opinión más general, la impresión y la trasmisión.

La impresión en el órgano, se descompone también en: a) la excitación, o acción de la actividad natural en cualquiera de sus procesos (17) sobre el sistema nervioso; esta acción, ora es interioran nuestro cuerpo (v. gr. por acumulación de sangre, ciertas reacciones químicas, etc.), ora procede de algún objeto exterior en comunicación con aquél (v. gr. un foco luminoso); b) la modificación que el cuerpo experimenta bajo el influjo del excitante, ya en aparatos especiales de recepción (sentidos), apropiados a la índole de éste, ya indiferentemente en las diversas partes del sistema nervioso. La impresión se verifica, como todo fenómeno natural, en forma de movimiento; pero este movimiento no se hace directamente sensible: su duración, medida indirectamente, suele fijarse entre 0,02 y 0,04 de segundo.

80. La trasmisión es también un movimiento inmediatamente inapreciable, consecuencia normal de romperse el equilibrio de la actividad nerviosa

por la excitación (que es uno de los casos en que se dice que una fuerza de tensión se convierte en fuerza viva). La trasmisión tiene lugar: a) por los cordones o nervios propiamente dichos; b) por los centros neuro-psíquicos, médula, bulbo raquídeo y encéfalo, hasta terminar en este último. Las principales leyes que hoy por hoy parecen mejor comprobadas, respecto de la trasmisión por los nervios, son: 1.^, que se verifica siempre en sentido longitudinal, por una misma fibra (ley de la trasmisión aislada)', 2.^, crece en intensidad proporcionalmente a la distancia recorrida (ley de Pflüger); 3.^, va acompañada de fenómenos térmicos, eléctricos, químicos, etc. Sobre la rapidez de esta trasmisión, reinan todavía las más divergentes opiniones.

En cuanto a la función trasmisora de los centros, no se ha podido llegar aún tampoco a conclusiones unánimes.

81. Acerca de la íntima acción que éstos puedan ejercer en su comunicación inmediata con la conciencia, nada cabe hoy dar sin temeridad por averiguado y sabido. La hipótesis de la localización de las facultades anímicas en diversas regiones cerebrales tiene enfrente la hipótesis contraria de la sustitución de unos órganos por otros, hasta el punto de que la médula baste para realizar funciones que suelen reputarse como peculiares del encéfalo. Otro tanto acontece con la determinación de esta o aquella parte del cerebro como supuesto órgano del

alma: cuestión renovada en nuestros días sin más éxito que en tiempos anteriores.

82. El momento psíquico de la sensibilidad consiste meramente en la sensación (79), que viene a ser como el eco y resonancia de la impresión nerviosa en el espíritu: eco vago al principio, hasta que se desdobla, según las dos esferas receptivas de la conciencia^ en conocimiento y sentimiento de nuestros estados corporales, así como de los de otros seres que por medio de éstos comunican con nosotros: mostrando entonces dicho fenómeno, ora predominantemente carácter intelectivo o afectivo, ora en el mismo grado uno y otro.

La sensación es inmediata: de aquí su diferencia con la percepción sensible, la cual (según veremos) es sólo el resultado que, merced a un proceso sumamente complejo, saca el espíritu de los datos que aquélla ofrece al pensamiento. La única condición que por nuestra parte requiere la sensación es (78) cierta flexibilidad y receptividad para el co" mercio psico-físico: pues si nos concentramos en la meditación, por ejemplo, o en la pasión, etc, no recibimos en la conciencia la impresión sensible: esta inadvertencia tiene, sin embargo, sus límites, y raras veces es posible en las impresiones muy enérgicas, que nos obligan a hacernos íntimos de los estados de nuestro cuerpo.