Leyendas americanas · Unidad 42 de 88
Unidad 42 · 140 ANACAONA.
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necesario que vuelva á mi sepulcro antes que luzca el dia, porque si no, se cerrarán para mi las puertas de la eternidad... Acompáñame á cruzar el camino de la vida, me dijo llena de melancolía, y con aquella ternura infinita y angustiosa , que derraman los ojos del que ama con el espíritu del cielo... le di mi mano abrasada por la ftebre , y unidas como dos palomas , atravesamos_ los rios , los espesos montes y las desiertas sabanas , á la sombra azulada de la luna : llegamos á la piedra del sepulcro, allí, Ainaima, ahogada por los sollozos, quedó convertida en lágrimas y desapareció de mi vista , envolviendo mi cabeza en silencio y soledad infinita.
Agitada abrí los ojos ; asomaba la mañana , penetrando el sol con sus rayos encendidos por las espesas ramas que cubrían la entrada de Cazibaxagua : yo me encontré empapada en lágrimas, recostando la cabeza sobre la piedra, donde con mis propias manos había encerrado las osamentas de Ainaima y Guacanajari , para que no profanara su eterno sueño la audaz irreverencia de los estranjeros.
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Tres veces había brillado en el horizonte la luz eterna que ilumina el día, sin que mis caciques vieran las plumas de mi cabeza ondear entre las tribus desesperadas del Xaragua. Mi palacio estaba envuelto en la maldición del cielo , y mis pueblos, enfermos y desesperados , deseaban arrojar al sepulcro el peso insoportable de la vida; pero la esperanza 5 que no abandona nunca á los que son desgraciados , sostenia el cuerpo y el espíritu de mis tribus desesperadas.
Principiaba ya á notarse por los estranjeros mi
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ausencia 3 cuando entré en mis dominios. El ene- ;nigo me liabia desconocido en el combate de Bonao 5 y mis caciques se hubieran dejado arrancar el corazón antes de haber vendido á su reina... sublime virtud de los que son salvajes. El Adelantado no recelaba el ansia feroz de venganza que ardia en mis entrañas: sagaz como la culebra, me presente en mis dominios, adornada la cabeza de tempranos ramos de penebezenuc y de guayaba, como si viniera de las deliciosas fiestas de las vírgenes: pendían de mi cuello guirnaldas de curias, y tocaban mis manos la marimba (1) melancólica, que acompañó los cantos amorosos de mi dichosa juventud.
Mi hija Higuanamota me aguardaba en el umbral de la puerta, alegre y sin recelos como en los primeros años de la vida; y loca de amor con sus amores, que la virgen contaba á las corrientes y á
(1) Marimba: pedazo de tronco cuadrado y agujereado por el centro ; tenia peco mas de una cuarta de largo; sobre el aguj«>ro colccaban unas laminitas finas de ero , ó de canas , ó de concluís de carey , con las cuales , oprimiéndolas con las puntas de los dedcs, hacían un sonido dulce y melancólico que acompañaba sus tantanes.