Leyendas americanas · Unidad 73 de 88
Unidad 73 · QUIBIAM. 235
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QUIBIAM. 235
dQró de mi corazón. tOyeme, dijo, rey de Veraíjoa^^ y que el ángel te dé valor para escucharme. »
Acababa de esconderse el sol en el horizonte, y las sombras habían caido del cielo, cuando salimos romo flechas de la boca del Yebra: en el ancho mar de las islas , lanzamos nuestras canoas como randada de atrevidas águilas El cielo se coronó d^ estrellas y refrescaba la brisa, apenas arrollando con su leve soplo las ondas líquidas de plata. Lianatá tenia fijos sus ojos en las cumbres altísimas de Veragoa ; apretaba sobre el pecho una flor apacible que le entregó tu mano , el dia que la virgen te dio su corazón de paloma ; llorando le dijo adiós á tus riberas ; y parecía que sus ojos no debían apartarse nunca de tu adorada tierra ; pero nuestros remeros llevaban las canoas como si las impeliera el huracán impetuoso. Doblamos la boca d^l Drago; pasamos las orillas del Chiriquiri. DuTjinte tres días navegamos protegidos del cielo por Jas regiones de las tribus Doraces, y en la bahía de las Perlas aguardaba las brisas para cruzar el anchuroso espa^iio que me separaba de Ornofay, cuando el cielo se cubrió de nubes, el sol desapa-
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recio de nuestros pjQs , y la luz. del rayo aauüfiiála : tormenta,
A mi lado reuní ks cwoas ; «Capitanes de la mar , les dige á los guiadores : la tempestad asoma en el Oriente , la mano empuñe el remo ; si nos sq^ paran los vientos, muestra guia es la estrella de la mañana ; siguiendo su rumbo volveremos á hallarnos en las playas de Ornofay.» Lianatá me oyó silenciosa y se asentó sobre la proa. Yo tenia miedo, Quibiam ; el viento silbaba con espantoso furor; los mares alzaban mi canoa hasta el cielo. En las nubes retumbaba el trueno , y falanges interminables de rayos llovían sobre nuestras aturdidas cabezas: el agua caia á torrentes ; todo era espanto y desolación. Mis indios , abandonando los remos se entregaron á la merced de las ondas, y agarrándose como el que teme morir á los costados de la María, pedían al Tzmes auxilio... Lianatá estaba serena, fijos los ojos en el cielo . y estrechando sobre el corazón la flor que le dieron tus manos.
«Uhimá, espera en Dios, me dijo enternecida, que él nunca abandona á los desgraciados. j> Contra