Leyendas americanas · Unidad 81 de 88
Unidad 81 · 258 QÜIBIAM.
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las rocas mismas de mí palacio: de ella salieron los hijos del cielo : con la astucia de la culebra los abrigué y les tendí la mano ofreciéndoles hospitalidad. Mis tribus estaban emboscadas en la espesura , mi soledad les causaba recelo ; pero yo , con la inocencia del salvaje, para entretener su codicia, les di mi corona , el águila de Guanino que llevaba al cuello y un higüero lleno de pepitas de oro. Necesitaba tenerlos encerrados en las montañas para arrancarles la vida. . . les ofrecí un guia que los llevó á las minas para perderlos entre las selvas , mientras combocaba los guerreros y los preparaba para el sangriento combate.
XI.
Las sombras envolvían la tierra; como un yaguar Uhimá se escondió entre la yerba , atisbando el movimiento de los estranjeros : sus ojos parecían dos brasas de fuego. «Quibiam, me dijo apaciblemente: el capitán que ves es el amigo de Guacanajarí, que estrechó en sus brazos la virgen de Ornofay y nos llevó prisioneros por las ondas...» El furor no me dejaba respirar; toda la noche tendido entre espinosas ramas, tuve en él fijos los ojos , y la flecha envenenada apuntando á su fiero corazón ; pero toda mi tribu no había descendido de las cumbres : yo quería rodear sus barcos , abrasarlos ron sus marinos en fuego , convertir en humo sus
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Iluesos y disipar en los aires las cenizas de su maldita memoria...
Al salir el sol , mis caciques cruzaron las arenas del mar. | Siempre la desgracia preside las grandes empresas de los hombres...! Lejos de la playa, siguiendo el Yebra , se reunieron en las llanuras de Veragoa ; estaba ordenada la falange para arremeter al enemigo , cuando un estranjero la sorprendió afilando ya la punta de sus flechas... «¿Qué quieres,» le preguntaron mis caciques, al verlo entrar audazmente en la llanura. . . « Acompañaros á la guerra de Cobraba Aurira , para luchar con vuestros enemigos,» contestó el inicuo , con la frialdad de la inocencia; la tribu, desconfiada, se esparció por las montañas. El estranjero se fué á sus barcos : Uhimá desde la espesura volvió á vigilar su movimiento.
• Pasé la noche aguardando la luz para ordenar mis caciques y acabar mis enemigos... Mi corazón contaba los momentos con la ansiedad del odio. . . Empuñando mi arco, me asomaba á la entrada de mi palacio, cuando vi delante de 'a puerta
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al estranjero que había sorprendido mí tribu reunida en el llano de Veragoa. No lo espantaron las cabezas arrancadas de los cuerpos quo rodeaban el monte : al verlo Iraíba y mis hijos , huyeron aterrados, llenando el aire de lamentos, ühimá saltó de la espesura como una fiera , y levantándolo en sus brazos lo lanzó á lo lejos , como al tronco de un árbol arrancado ^de la tierra. Mis ojos detuvieron la mano del cacique que iba á clavarle en el corazón la flecha envenenada : el estranjero apaciguó la ira de mis indios , diciéndoles que venia á curar las llagas de mi cuerpo (1) : yo cornil) (Las Casas, t. 2.°, cap. 27. Navarrele, 1. 1.'', pág. 314, reación de Diego Méndez).
«E sin embargo de sus consejos hice que me llevasen en sus canoas el rio arriba hasta llegar á los pueblos de los indios , tos cuales hallé todos puestos en orden de guerra, que no me querían dejar ir al asiento principal del cacique ; y yo fingiendo que Je iba á curar como cirujano , de una llaga que tenia en una pierna , y con dádivas que les di , me dejaron ir basta el asiento real que estaba encima de un cerro llano como una plaza grande , rodeada de trescientas cabezas de muertos que habían ellos muerto en una batalla: y como yo hubiese pasado toda la plaza y llegado, á la casa real , hubo grande alboroto de mugeres y muchachos que estaban á la puerta , que entraron gritando dentro en el palacio. Y salió de él un hijo del señor muy enojado , diciendo palabras recias en su lenguaje, é puso las manos en mí y de un empellón me desvió muy lejos de sí: diciéndole yo por amansarle como iba á curar |á su padre de la pierna, y mostrándole cierto ingüen-