Leyendas históricas de América. La conquista.--La colonia.--La independencia.--La república · Unidad 105 de 121
Unidad 105 · 250 MANUEL J. CALLB
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del Guayas», a las órdenes del coronel D.Jacinto Bejarano y teniente coronel D. José Garbo, agrupados en el único punto fuerte de la ciudad, y una irrisoria batería de dos piezas emplazada fuera de la población y mandada por D. Juan Ferruzola.
Al aparecer Brown al día siguiente fué esta batería la que comenzó el combate disparando sobre los agresores.
El comodoro sonrió con desdén, observó las escasas fuerzas de resistencia y se preparó a atacar inmediatamente.
—Póngame a tiro de pistola de esa bateríadijo brevemente al práctico que había tomado en Puna.
-Señor- le contestó éste— , la marea está al vaciar, la ventolina es del Norte, y si el buque falta a virar irá a la costa.
-Si usted ama su vida— replicó el inglés colérico-obedezca en el acto.
El práctico ejecutó el movimiento que se le ordenaba.
Entretanto las fuerzas de defensa habían acudido al lugar del tiroteo, y seguía disparándose con viveza de una parte y otra. En estos tiempos de perfección balística la función no hubiera durado un minuto; entonces había para rato con el sistema de cañones y fusiles que se conocía.
El bergantín continuaba avanzando.
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De pronto, jtracl, una brusca sacudida, un balanceo rápido y nada más. El práctico tenia razón: e! buque había varado en firme a pocos metros de la costa.
Los defensores acaso esperaban también que sucediese esto, ai ver cómo una nave de esa clase se acercaba con tanta imprudencia, pues inmediatamente» el medio batallón de milicianos se arrojó a nado con la bayoneta en la boca, mientras la otra mitad sostenía los fuegos para entretener al enemigo.
El abordaje fué terrible. Intimidados los ingleses abandonaron la cubierta, y los asaltantes comenzaron a matar a diestra y siniestra.
Ya la mitad de la tripulación yacía mutilada y sangrienta, cuando advirtiendo desde la orilla lo que pasaba el caballero guayaquileflo don Manuel de Jado tomó una canoa, se lanzó al lugar de la carnicería, y precipitándose en medio, exclamó a gritos:
-¡Muchachos! jEstáis manchando vuestra victoria! ¡Cuartel a los vencidos!
«Estas palabras, proferidas con voz imponente por un hombre imponente de suyo -dice el mismo Villamil, de cuyo curioso folleto sobre la revolución de Octubre extractamos esta relación - , hicieron caer las bayonetas de las manos de los vencedores.»
«He visto—agrega—, sin haber estado a bordo, lo que acabo de referir.»