Leyendas históricas de América. La conquista.--La colonia.--La independencia.--La república · Unidad 110 de 121
Unidad 110 · 262 MANUEL J. CALLE
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
262 MANUEL J. CALLE
fíol, era tan judío como Anas, Caifas, los Profetas y los Patriarcas.
Silencioso le escuchó Francisco, hasta que al cabo de un rato, le dijo:
— Escucha: si eres hombre de ánimo, valor y esfuerzo que te atrevas a ir conmigo, sabrás lo que deseas saber; pero adviértete que has de ira pie, has de comer maíz tostado, y hacer en todo y por todo lo que yo te dijere. ¿Quieres así?
— Así lo quiero.
— ¿Convenido?
— Convenido.
— Pues andando.
Y a pie, sin espada, calzado con unas alpargatas, en las manos el bastón, sin más provisiones que un poco de maíz tostado, sin más armas que un machete ni otros instrumentos que unas cuerdas nudosas con garfios, para descender y subir por abismos y atar balsas para esguazar ios ríos, caminaron y caminaron durante ocho días por selvas casi impenetrables: al noveno, llegaron a un gran río, y el indio dijo:
- Aquí has de ver a tus hermanos.
Y haciendo bandera de dos paños de algodón que llevaban ceñidos aí cuerpo, hizo una señal, la que fué contestada con una humareda. Ahí estaban ellos: ¡por finí
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-Ya saben que estamos aquí— dijo Francisco-, y levantando nuevamente la bandera hizo otra señal, que fué contestada en el acto.
En la margen opuesta del río se veían unos bultos que con afán iban de aquí para allá.
Eran tres hombres y una mujer, de extraña catadura, que entraron en una canoa e hicieron fuerza de remo hacia donde los advenedizos se hallaban.
Bien pronto estuvieron en la orilla donde los viajeros les esperaban, los extraordinarios personajes.
No pertenecían, desde luego, a la raza indígena: tenían el cutis algo tostado por el sol, llevaban largos cabellos y un paño a la usanza hebrea alrededor de la cabeza. Por lo demás, eran de alta estatura y hermosa conformación de miembros.
La escena que luego sucedió fué ridicula.
Saltó en tierra la mujer y tuvo una larga conversación con Francisco, mientras los tres hombres aguardaban en la canoa. Volvió la mujer, saltaron los hombres, abrazaron al indio y regresó a la embarcación uno de ellos,
Montesinos se hallaba papando moscas, hasta que el guía le dijo:
—No te asombres, perturbes ni imagines que estos hombres te han de decir segunda cosa hasta que hayas entendido bien la primera.
Y dicho y hecho. Los desconocidos pusieron-