Leyendas históricas de América. La conquista.--La colonia.--La independencia.--La república · Unidad 27 de 121

Unidad 27 · 79 MANUEL J. CALLE

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79 MANUEL J. CALLE

glés— ; ahí te dejo: hasta mañana. Hay que continuar la obra comenzada desde la juventud, y limpiar de tiranos toda la haz de la tierra... Esto no vale gran cosa; pero ya que me he metido... Además, esos demonios de muchachos estarán muñéndose de impaciencia.

Sale al corredor, y da una voz.

El eco retumba en la quebrada inmediata; pero nadie responde.

Llama de nuevo: — ¡Ooohl, iSeñora, señora!...—Al cabo de un rato se presenta la señora, en figura de una india vieja, que sale refunfuñando:

—Mande, amo Francisco.

—¿Está ensillado el caballo?

—Sí, patrón.

—Está bien. Óigame. Voy a la ciudad a una diligencia. ¿Entendió?

- Sí, amo.

- Cierre bien las puertas. Tal vez no vuelva hasta mañana; pero suceda lo que quiera, no las abra usted a nadie. ¿Oyó?

—Sí, amo. No abriré a nadie la puerta.

-Bueno, pues. Traiga el caballo.

— Sí, mi amo.

Se entienden perfectamente, él en su mal castellano con fuerte acento extranjero; ella, en su castellano peor, lleno de palabras quichuas.

Viene el bucéfalo: cabalga el hombre. A caballo, parece ¡a propia estampa de Don Qui-

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jote. Pica a la escuálida bestia, y a poco se oye su trote en las solitarias y mal empedradas calles de la dormida y oscura ciudad.

Si llevados de la curiosidad sonsacamos a la vieja, sabremos que el hombre que de tal manera se aventura a caballo por las susodichas calles en aquella noche del 19 de Octubre de 1833 es un inglés, y se llama Francisco Hall.

Dejémosle trotar con dirección a la plaza de San Francisco, silbando un aire de su tierra, mientras busca casi a tientas el camino, ya que, con ponderación y todo, casi puede decirse que la punta de su colorada nariz anglo-sajona es el límite de su potencia visual; y adelantémonos a la plaza grande o plaza de armaSy que una generación más ilustrada, pero no por eso más feliz, llama hoy de la Independencia. Ahí está la vieja casona de los Presidentes de Quito, que, enlucida y remendada, se conoce hogaño por Palacio de Gobierno.

En una de sus salas, un hombre se pasea meditabundo, cabizbajo y en silencio, frotándose las manos de vez en cuando, como entontecido. Es el excelentísimo señor Vicepresidente de la República, señor don Modesto Larrea, a quien Dios guarde muchos años. Otros hombres cuchichean, miedosos y agitados, en derredor