Leyendas históricas de América. La conquista.--La colonia.--La independencia.--La república · Unidad 31 de 121

Unidad 31 · flO MAVÜBL J. CALLB

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

flO MAVÜBL J. CALLB

— |A caballo!

—íA caballo! ¡Qué locura! íY para tomar el cuartel!

—En todo caso, será el caballo quien lo tome; porque de ver, él no ve ni sus manos.

En otro grupo:

—¿Tienes armas?

—Ninguna. ¿Para qué? ¿Y tú?

-Yo tengo esta escopeta. Pero no cartuchos.

—Podías haber traído un garrote. Es más cómodo.

—Otros tienen rifles y municiones.

—Pero no pasan de diez. En fin, allá veremos.

En otro, donde sobre las cabezas de los jefes se alza como un espantajo la figura ecuestre de don Francisco:

—¿Y qué es de Medina? ¿Por qué tarda? La cosa se pone fea .

—Ya vendrá. Ahí le tienen ustedes.

Medina.— Señores, todo está hecho: no hay sino que avanzar al cuartel y tomar las armas.

-¿Y si nos reciben a tiros?

—iQué disparate, mi jefe! Están durmiendo hasta los centinelas. El tiempo pasa, y no hay que perder un momento, o todo está perdido.

—¿Los jefes?

— Serán amarrados en cuanto ustedes entren.

LEYENDAS HISTÓRICAS 81

— La prueba es difícil . -Quién no arriesga, no pasa la mar. — -Y usted tiene cara de no estar haciendo cosa buena.

- De lo que usted no debe reprocharme, porque la hago por ustedes.

— ¡Ea! Lo mejor es que usted, sargento, se vuelva; saque cuantas armas pueda, con sus cartuchos respectivos, y nos las trae. Así, a lo menos, tendremos con qué combatir, y no iremos a manos lavadas. En cuanto a los jefes y oficiales. . .

- ¿Quiere que se los traiga también? ¿Y por qué no el cuartel?

Sobre esto se forma una larga y pueril discusión, hasta que, despechado, Medina vuelve al cuartel La conferencia tenía lugar en la plaza de San Francisco.

Los conspirados esperan todavía unos momentos, y al fin se aventuran en grupos por las calles inmediatas. . . Suena una descarga. íMisericordia divinal iCayó la tapa de la ratonera!... Los diez o doce que tienen armas de fuego contestan a la descarga, disparando a tientas, y los soldados se arrojan contra los paisanos, lanza y bayoneta en mano. Desde las primeras horas de la noche les aguardaban, resguardados por la sombra, alineados contra las paredes, defendidos por las jambas de las puertas... La descarga se repite, pero ya no es contestada... Los

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tiros salen de la sombra... Y las ventanas del Palacio de Gobierno, las de la Casa Moneda, resplandecen con los fogonazos: son los señores funcionarios públicos, los señores senadores y diputados, que tiran sobre aquella turba desbandada, que huye por todas partes dando alaridos de angustia, cayendo a los tiros, a los botes de lanza, a los bayonetazos de los negros del capitán Rodríguez... Echanique, Camino, Conde, Albán, yacen cadáveres en media calle. Un oficial da once lanzadas a un negro infeliz que rehusaba decir dónde se hallaba su amo, D. Bernardo Román... La ciudad despierta asustada; comprende lo que sucede, y tiembla en silencio. Las familias de los conspiradores, que estaban en el secreto, desfallecen con ansias tremendas; pero el terror sella sus labios...

Pasan las horas, horas eternas de terror, para los que se han arrojado a las quebradas en busca de salvación, para los que agonizan en el fango de la calle, para los que corren en medio de las tinieblas amparadoras y para las madres y esposas que esperan en vela el regreso de los suyos...

La tenue luz de la aurora empurpura el Oriente; y a poco, entre nubes de nácar y de gualda, sale el sol detrás de ios nevados picachos de la cordillera. . .

Se ve entonces un cuerpo largo y blanco que se balancea, desnudo, de lo alto de un madero,