Leyendas históricas de América. La conquista.--La colonia.--La independencia.--La república · Unidad 39 de 121

Unidad 39 · 100 MANUEL J. CALLB

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

100 MANUEL J. CALLB

blante adornaba una espesa barba, que le descendía sobre el pecho, comunicando a su dueño una majestad de procer.

Ya está junto al altar. El sacerdote espera con la hostia levantada... Entonces, el hombre extiende sobre el ara una calinda mano que arranca de una gruesa muñeca semejante al puño de un tigre, y con voz fuerte, bronca, nerviosa, que resuena desapacible en medio del silencio, exclama:

-Juro pur esta hostia consagrada, que es el cuerpo, la sangre, el alma y la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, que respetaré las vidas y las propiedades de los vecinos de la ciudad de Valencia y las de su guarnición, según lo he prometido en las capitulaciones que he ratificado esta misma mañana con mi firma y con mi sello.

Pronunciadas estas palabras, se arrodilla de nuevo, hunde la cabeza en las manos, y se queda estático en una devota oración, hasta el fin de la misa.

Un suspiro de íntima complacencia se exhala del corazón de unos pocos, en cuyos rostros se advierten señales de hondo pesar y grandes sufrimientos. Son los vencidos; los que durante largos días han resistido el asedio de fuerzas superiores, disputando el terreno palmo a palmo, y dejando regueros de sangre en las calles, en las plazas y en el interior de las casas...

LEYENDAS HISTÓRICAS ^ |í^i

Agotado el heroísmo, consumi.ios los últimos recursos, sin fuerzas ni esperanzas, han propuesto capitular; y he ahí cómo el jefe vencedor promete respetar la capitulación concedida.

¿Ese hombre blanco y majestuoso es, pues algún fíe! cristiano, que ¿de tal modo da una especie de consagración solemne a su palabra?

No; sencillamente se llama don José Tomás Boves.

Concluida la misa, entran en la ciudad rendida las tropas victoriosas, al mando del segundo jefe, aquel bendito canario Morales, hombre excelente a quien Boves no le hallaba más defecto—juna bicocal— que ser «demasiado sanguinario». ¡Esos negritos, esos mulatitos tan pacíficos, que llevaban en los sombreros, a guisa de escarapelas, lac orejas y las narices de patriotas, remitidas a don José Tomás después de la terrible jornada de Aragua, por el ¡nocente Zuázolal..,

Los vecinos tiemblan, pero ellos se acuartelan tranquilamente, mientras el caudillo es aposentado en la amplia casa del ciudadano conocido con el apodo de el Suizo. Ya en ella, recibe, con rostro afable y corteses expresiones, a los infelices que acuden a cumplimentarle; y excedién-