Leyendas históricas de América. La conquista.--La colonia.--La independencia.--La república · Unidad 45 de 121
Unidad 45 · LEYENDAS HISTÓRICAS 113
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LEYENDAS HISTÓRICAS 113
ralelas, después de haber ocupado excelentes posiciones. Y espera. El choque se verifica a las once de la mañana, y hasta la una de la tarde el trabajo fué grande y en riesgo estuvieron los jefes patriotas de ser arrollados por esa tromba humana, que de agredida se había convertido en agresora. Hubo excesos de valor en unos, y la desesperación rayó en otros a la altura del heroísmo sublime; mas, a la una, la constancia de los independientes en medio de la matanza estupenda, desmoraliza a los de Boves, que, aterrorizados, vuelven grupas... El terrible jefe se lanza a contenerlos, y al dirigirse, ardiendo de ira a un pelotón que huía, siente que el caballo se le/esiste, se encabrita, indócil a espuela y freno. Era el soplo de Dios, que le detenía; en ese momento, un oscuro soldado republicano, un desconocido, un cualquiera, le da una formidable lanzada en el pecho y le arroja en tierra, echando borbotones de sangre que le anegan y le ahogan...
Muere lanzando blasfemias atroces; pero con él moría también en Úrica la primera República...
Hombre que desconoció lo que se llama «misericordia», de una crueldad insensata, que sacrificaba a los hijos en presencia de los padres o inventaba tormentos indecibles aun contra los suyos; para quien la matanza era un placer y el peligro un estimulante, pasa en la historia
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fuerte, sombrío y trágico, como sobre el caballo de Atila, por los campos venezolanos, destrozándolo todo y pesando como una gran calamidad sobre un pueblo que en esos precisos momentos era probado con el azote de los terremotos... La figura es grande, aunque terrible.
DE CÓMO UN GOBERNADOR SIRVIÓ DE CANDELERO
Era Cuenca^ hace dos siglos, un panteón de espadachines, con sus brujas y vestigios y sus amenos jardines.
Bueno; ya sé que estos versos que dan comienzo al Espadachín Zabala, del difunto señor Fernández Córdova, no pueden ser más disparatados; y, a fe mía, no necesitó don Juan León Mera emplear tinta y papel para demostrarlo, pues salta a la vista que aquello de vestiglos y jardines y panteones es charla descosida, y que si hay brujas -en las que creo fírmísimamente, por razones que no vienen a cuento - cuesta Dios y ayuda atraparlas //z /ra^an//. ¡Pero los espadachines! En los días de la Colonia, la ciudad de Ramírez Dávalos era, si no un panteón, un vivero de ellos. Ya en 1765 se quejaba de su abundancia el corregidor de aquella ciudad, don Joaquín Merizalde y Santisteban, en un informe