Leyendas históricas de América. La conquista.--La colonia.--La independencia.--La república · Unidad 71 de 121
Unidad 71 · LEYENDAS HISTÓRICAS 173
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LEYENDAS HISTÓRICAS 173
— Pero, ¿quién yo?
-Abra la buena mujer, y vea.
La puerta se abre, y en ella aparece una pálida mujer vestida de negro, con la cabellera suelta, y un niño en brazos. Al ver a don Blasco, quédase plantada, con la boca abierta, los ojos llenos de espanto fijos en el sudoroso rostro del viejo... Después de un momento de estupor, hace un esfuerzo y con voz breve y ruda, en la que había inflexiones de asombro, de dolor y de odio, pregunta secamente:
—¿Qué quiere?
- Un vaso de agua, por la caridad de Cristo; un poco de agua a un soldado que se muere de sed.
-i Agua!... ¡Yo!... ¿A mí me pide su señoría agua?
—Sí. ¿Tiene algo de extraño?... ¿Cómo es tu gracia, mujer?
-Mari-Juana.
-Pues bien, ¿hay agua en casa para mí, Mari-Juana?
-Sí, señor; sí, la hay. Se la traigo en el acto.
A poco vuelve con un gran vaso lleno hasta los bordes. Núñez Vela bebe con ansia, y al acabar exclama nuevamente «¡Gracias!»
—De mal agüero me paiece esta agua, señor — dice sonriendo la mujer al recoger el vaso.
—¿Por qué?
—Porque. . . porque...
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- Acaba, mujer.
- Pues, porque Pizarro tiene mucha gente... El otro se encoge de hombros y continúa la
marcha hacia la plaza. La mujer cierra la casa y le sigue.
Tiene hambre el señor virrey del Perú; ¿qué comerá? Al fin salen tres mujeres españolas y le dan por todo desayuno un mísero panecillo y un pedazo de rábano, que devora el anciano en media plaza, mientras oye cariñosos pronósticos—siempre fatales— que, fiado en la attrología, murmura en su oído su venerable amigo el franciscano fray Jodoco.
La pálida enlutada, detras de él, le mira con sus ojos de odio profundo, pensando:
—Sí, de mal agüero... de mal agüero... Porque... porque... ¡Ah, tirano, tirano, tirano!...
Porque... porque... ¿Por qué?
Mari-Juana bien lo sabía; pero no era para dicho en las blancas barbas del infortunado virrey...
Cuando ella cerraba los ojos y miraba pa.a sus interiores, una ola amarga de dolor y angustia le subía a la garganta; pues allá, en la distante Tomebamba veía una horca plantada de apuro, y colgado de ella un hombre de ros-
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tro cárdeno, la lengua afuera y babeando, saltados los ojos, las manos atadas a la espalda, que se bamboleaba, se bamboleaba en movimiento sin fír, cuyas oscilaciones la volvían loca... Se abrazaba entonces a su pequeño, y vertía sobre su inocente cabeza un diluvio de lágrimas quemantes.
—¡Infeliz! ¡Huérfano y solo en el mundo! Y tan pobres, tan miserables, tan lejos de la patria los dos; perdidos en las soledades de este mundo nuevo al que había venido en solicitud de fortuna... ¡Ah, la ambición del aventurero complementada con una muerte en la horca!...
¡Su amante Gil era tan bueno, tan leal y caballero ¡Y le había ahorcado aquel viejo loco del virrey, que dudaba, lleno de desconfianza, hasta de su misma sombra... ¿El capitán Gil se entendía con Pizarro, en ese desbande general, en ese sálvese quien pueda que cada día iba dejando más aislados a los estandartes reales? ¡Y qué le importaba a ella! Cuestión de hombres políticos; lo sustancial era que su marido fué ahorcado por orden del virrey, en junta de aquel otro desgraciado capitán Serna... Y también ahorcó a Diego de Ocampo, y fusiló en Riobamba a tres frailecitos franciscanos y mandó ejecutar en Quito a Estacio, a Ojeda y a Carvajal... ¡Y esto, después de la estocada traidora con que personalmente victimó, a impulso de su carácter irascible, en una